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La barbarie apaga la luz en la ciudad de la razón

Nunca he sido notablemente afrancesado, por razones que no vienen al caso. No niego tal vez un cierto sesgo motivado por la envidia. Como ya conté aquí en una ocasión, cuando uno comprueba cómo los franceses pudieron tachonar el friso de la Torre Eiffel con una larga serie de nombres de personajes que cualquier estudiante de ciencias en cualquier país del mundo ha tenido que aprenderse incluso con sus acentos circunflejos, se comprende por qué aquí no tenemos una Torre Eiffel. Como mucho, en España un monumento semejante se podría haber decorado con nombres de futbolistas.

La imagen de hoy. No hay otra.

La imagen de hoy. No hay otra.

Ayer por la noche mis hijos se quedaron dormidos viendo una película. No supe de lo ocurrido hasta que, siendo ya el único de mi familia aún despierto, la 1 interrumpió momentáneamente una película de Kim Basinger para conectar con el canal 24 horas. Horrorizado por lo que escuchaba y veía, de inmediato repasé toda la parrilla para absorber la información que iba lloviznando en esos caóticos momentos. Y como ya cuenta Eduardo Madinaveitia en su blog, descubrí que ninguna cadena alteraba su programación para rendir un homenaje informativo a aquel horror sin límites. Además del canal 24 horas, que sirve para eso, solo Telemadrid estaba dando cuenta de lo que ocurría en París, con Ana Samboal ojerosa y trastabillada ya al límite de sus fuerzas.

Históricamente, el mejor antídoto contra la barbarie no ha sido la política, sino la razón. La Revolución Francesa no habría sido un acontecimiento de tanto calado si simplemente se hubiera limitado a reemplazar a un rey absolutista por un emperador absolutista. En París nació un concepto del mundo, del progreso y de la civilización basado en el conocimiento. Salvo cuando es instrumentalizada con fines políticos, la ciencia no mata a nadie.

Muy simbólicamente, anoche la Torre Eiffel se apagó. Lavoisier, Coulomb, Lagrange, Laplace, Poncelet, Cuvier, Ampère, Gay-Lussac, Becquerel, Coriolis, Cauchy, Poinsot, Foucault, Fourier, Carnot, todos ellos dejaron de brillar. En el Panteón de París, hoy Voltaire, Rousseau o Curie se estarán revolviendo en sus tumbas. Tanto sufrimiento por conseguir el triunfo de la ilustración sobre la ignorancia, para ahora acabar así.

Hubo un tiempo en que el mayor adversario de la luz representada por la razón y la ciencia fue la religión católica. Pero quienes siguen arrastrando este viejo cliché deberían actualizarse. La vieja inquisición ha legado una religión que, en el balance actual, ya es más agredida que agresora. Y en cambio, el actual enemigo de la luz es heredero de la fanática realimentación de un victimismo histórico estancado en las tripas más sórdidas del Islam. Hoy Maalouf debería ser lectura obligatoria en todos los colegios del mundo.

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