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Europa y Rusia, ¿romance espacial a la luz de la Luna?

El desenlace de la carrera espacial de los 50 y 60, con Armstrong ejecutando su famoso paso-salto, fue en cierto modo una victoria inesperada para el bando estadounidense. La Unión Soviética había ganado en todas las metas previas: entre otras, el primer satélite (Sputnik 1, 1957), el primer animal en órbita (Laika, 1957), el primer hombre en el espacio (Yuri Gagarin, 1961), el primer paseo espacial (Alexei Leonov, 1965) y las primeras sondas lunares no tripuladas.

Después, la historia es sabida: EE. UU. pisó la Luna cinco veces más después de Armstrong y Aldrin, pero la pérdida del interés público y político resultó en la cancelación de las tres últimas misiones Apolo planeadas, las 18, 19 y 20, mientras la NASA veía cómo su financiación se desplomaba. Por su parte, la URSS se concentró en las misiones no tripuladas y en las estaciones espaciales, logrando también situar la primera en órbita en 1971, Salyut 1.

Han pasado 43 años desde que el hombre pisó la Luna por última vez. En este casi medio siglo la Unión Soviética se ha desarbolado, nuevas potencias han saltado a la arena espacial (Europa, China, India, Japón, Canadá…), y la exploración más allá de la órbita baja terrestre se ha concentrado en las misiones no tripuladas, más baratas y rentables desde el punto de vista científico. En este período, la ciencia espacial ha progresado espectacularmente, pero la ausencia del factor humano ha alejado al público de la aventura del espacio. La interesante ciencia que se practica a bordo de la Estación Espacial Internacional apenas logra abrirse camino en las páginas de los medios. De hecho, solo Alfonso Cuarón y su Gravity han conseguido atraer el interés general hacia la única presencia humana actual más allá de nuestro planeta.

Algunos analistas hablan de una nueva edad de oro de las misiones tripuladas, aunque de momento se trata solo de embriones de planes. La NASA ya tiene una nueva cápsula, Orión, pero aún necesita un cohete que la lleve de un lugar a otro. La agencia estadounidense tiene la vista puesta en Marte, un caro sueño para el que no tiene dinero. China también baraja misiones tripuladas más allá de la órbita baja.

Rusia ha anunciado que pretende enviar misiones tripuladas a la Luna, y hace unos días puso fecha a estos planes: 2029. Cinco años antes, una sonda llamada Luna 25 o Luna-Glob se posará en el polo sur lunar para estudiar la posibilidad de fundar allí una base permanente. Este proyecto se ha demorado ya varias veces desde que empezó a concebirse en 1997, pero se diría que ahora va en serio; el pasado junio, la agencia espacial rusa Roscosmos presentó un modelo de la sonda en una feria aeroespacial en París.

Además de esto, otro factor aporta más solidez al proyecto lunar de Rusia. Hace dos semanas, la BBC reveló detalles de una misión conjunta ruso-europea llamada Luna 27 que dentro de cinco años explorará el polo sur lunar en busca de los recursos necesarios con vistas a esa base permanente, un objetivo que forma parte de los planes de la ESA y que cuenta con el respaldo del nuevo director general de la agencia, el alemán Johann-Dietrich Wörner.

Concepto de la ESA para una base lunar, diseñada por el estudio del arquitecto Norman Foster. Imagen de ESA / Foster + Partners.

Concepto de la ESA para una base lunar, diseñada por el estudio del arquitecto Norman Foster. Imagen de ESA / Foster + Partners.

¿Veremos a los astronautas europeos (re)conquistando la Luna? La colaboración entre dos grandes agencias como la rusa y la europea sería crucial para alcanzar metas tan ambiciosas. Pero al mismo tiempo, no parece que la tendencia actual del gobierno ruso avance hacia una mayor apertura en materia de ciencia, sino más bien al contrario: la semana pasada, la revista Nature informaba de una decisión de Vladimir Putin que camina de vuelta hacia los tiempos de oscurantismo y opacidad de la URSS.

En mayo, Putin amplió una ley de 1993 que obligaba a los científicos a obtener aprobación del Servicio Federal de Seguridad (el neo-KGB) para publicar resultados de interés industrial o militar. Con el nuevo decreto, esta exigencia se extiende a todo lo que se denomina “nuevos productos”. Tal vez por la vaguedad de este término, y según Nature, un instituto de biología de Moscú ya ha comunicado a sus investigadores que todos los estudios deberán pasar el filtro de seguridad.

La pregunta es obvia: en un campo tan estratégico como el de la tecnología espacial, ¿podrá Europa confiar en el futuro de una alianza con un socio tan suspicaz?

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