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Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

¿Cuántas veces se descubren los descubrimientos científicos?

Como me consta que hay algún visitante de este blog que aspira algún día a dedicarse al periodismo de ciencia (a pesar de mis intentos por disuadirlo), hoy me dirijo especialmente a los muy cafeteros; voy a hundir las manos en la masa de esta cuasiprofesión para aclarar algo que tal vez desconcierte a ese público minoritario seguidor de las noticias de esta particular materia periodística hecha de partículas subatómicas, átomos, moléculas, polímeros, células y organismos.

Este miércoles/jueves ha saltado a las pantallas y papeles una noticia que reescribe la historia de nuestra tecnología más antigua. El hallazgo en Kenya de herramientas de piedra datadas en 3,3 millones de años no solo atrasa en el calendario en 700.000 años la primera aparición de instrumentos líticos trabajados con un propósito, sino que arrebata este mérito a nuestro género Homo para traspasarlo a alguno de nuestros ancestros/primos, tal vez a un australopiteco o a una especie todavía borrosa y discutida denominada Kenyanthropus platyops, u “hombre de Kenya de cara plana”.

La cuestión es que quizá algún lector especialmente avezado recuerde que hace poco más de un mes ya se divulgó una noticia similar. Sin dedicarle una búsqueda exhaustiva, basta con citar que Europa Press la difundió el 16 de abril, y unos días más tarde la publicó National Geographic en español vía Yahoo! Noticias, mientras que en medios anglosajones fue ampliamente cubierta a mediados del mes pasado.

Pues bien, no era una noticia similar: era exactamente la misma. Un solo descubrimiento científico ha sido noticia dos veces en dos momentos distintos, con un intervalo de separación de un mes. ¿A qué se debe esto?

La arqueóloga Sonia Harmand examina una de las herramientas de piedra halladas en Kenya. Imagen de MPK-WTAP.

La arqueóloga Sonia Harmand examina una de las herramientas de piedra halladas en Kenya. Imagen de MPK-WTAP.

La explicación es sencilla: el 14 de abril de este año la arqueóloga Sonia Harmand, investigadora de la Universidad Stony Brook de Nueva York y codirectora del Proyecto Arqueológico del Oeste de Turkana, en Kenya, presentó los últimos hallazgos de su equipo en la reunión anual de la Sociedad de Paleoantropología de EE. UU., celebrada en San Francisco, bajo el título “Herramientas tempranas del oeste de Turkana, Kenya”. Con ocasión de la presentación y en vista del gran alcance del descubrimiento, algunos periodistas que cubrían la reunión informaron de ello, entre ellos Ewen Callaway para la sección de noticias de Nature.

Los congresos científicos suelen servir como canales donde los investigadores presentan sus resultados en caliente, antes de lograr su publicación formal en una revista especializada. Así, lo ocurrido con los hallazgos de Turkana es en realidad lo más frecuente. Esta semana se ha publicado el estudio detallando el descubrimiento, curiosamente también en la revista Nature. Pese a tratarse del mismo medio, la sección de noticias y la que publica los trabajos de investigación funcionan de manera independiente, así que no es raro que esto suceda dentro de la misma revista.

Pero la pregunta que surge es: ¿cuándo deben publicarse los descubrimientos? ¿Deben los medios informar de los resultados en caliente, cuando se anuncian a través de una presentación o de una nota de prensa, o debería esperarse a que todos los detalles del hallazgo estén disponibles y hayan sido avalados por los expertos que revisan un manuscrito para certificarlo oficialmente como ciencia?

Algunos, sobre todo científicos, critican la primera opción, acusándola de “ciencia de nota de prensa”. En realidad, en este país ya se viene haciendo demasiada información científica de nota de prensa. Desde que la mayoría de los medios cerraron sus secciones de ciencia, y dado que los medios nuevos no suelen abrirla, la información científica viene demasiado condicionada por los teletipos de las agencias y por los gabinetes de comunicación de las instituciones. La consecuencia de esto es que en ocasiones se presentan informaciones sin demasiado criterio, valorando como trascendentales noticias que no son para tanto (¿cuántas veces ya se ha encontrado en España la solución al cáncer?), o dando por válidas algunas proclamas sesgadas (¿cuántos procedimientos clínicos realmente se han realizado en España por primera vez en el mundo?). O, como en el caso que traigo, dando como nueva una noticia que ya se divulgó hace un mes sin hacer referencia alguna a ello.

Dicho lo cual, no hay ningún problema en informar de hallazgos científicos aún sin publicar, siempre que se especifique que aún están pendientes de publicación. Dado que el formato blog se presta especialmente a ello, suelo hacerlo aquí a menudo. El argumento fundamental para defender este criterio es simplemente la vieja y familiar libertad de prensa: igual que los políticos no son los propietarios de la información, sino los objetos de ella, tampoco lo son los científicos o las revistas. El periodismo de ciencia debe informar de la ciencia que se hace, no de lo que investigadores, publicaciones o gabinetes de comunicación quieren que vendamos al público. Y sin embargo, en muchos casos los científicos son cautivos de las revistas, cuando no pueden comentar libremente sus resultados hasta después de su publicación porque el editor les impone un embargo.

Y por si alguien piensa que el riesgo de informar sobre resultados aún sin publicar estriba en que podrían refutarse, tampoco su publicación necesariamente garantiza su veracidad. Muchos estudios se retractan después de publicarse con todas las bendiciones del papado científico. Un ejemplo fue la presunta detección de las ondas gravitatorias del eco del Big Bang por el telescopio antártico BICEP2, un descubrimiento que se anunció en rueda de prensa en marzo de 2014 y que se valoró como el próximo premio Nobel. Desde el principio, otros expertos alegaron que el hallazgo podía ser solo un trampantojo debido a la interferencia del polvo cósmico, pero aun así los científicos publicaron sus resultados en Physical Review Letters, una de las revistas más reputadas en el campo de la física. Resultados posteriores obtenidos por el telescopio espacial Planck han terminado por tumbar lo que se presentó como el descubrimiento del año en física.

En el fondo, la razón de que puedan producirse situaciones tan rocambolescas como la publicación de la misma noticia dos veces en momentos distintos recae en un sistema que se ha quedado anticuado. Entre la redacción de un manuscrito científico y su difusión pública puede pasar un año, entre rechazos, revisiones, aceptación y publicación. En un mundo de la información hoy dominado por la inmediatez y la urgencia, este plazo es decimonónico, y parece natural que los investigadores deseen dar a conocer sus resultados cuanto antes, no por una cuestión de notoriedad pública, sino por el interés de acelerar el progreso científico. Y qué diablos, porque en la ciencia también existe la competencia, y ser el segundo nunca es plato de gusto.

Algunas revistas digitales de nuevo cuño, como F1000Research o PeerJ, pretenden acelerar el proceso simultaneando la publicación con un proceso de revisión transparente y facilitando el acceso online abierto e inmediato. La primera de ellas precisamente acaba de publicar un editorial bajo el título Los cinco pecados mortales de la publicación de ciencia. Su autor es Vitek Tracz, editor de la propia publicación y fundador de otros medios científicos como la revista Current Biology, la colección Current Opinion y la plataforma de acceso abierto BioMed Central, entre otras muchas iniciativas. Tracz es una especie de Steve Jobs de la publicación científica, uno de los tipos más innovadores en este campo y un devoto defensor del acceso abierto. Y pese a todo, el adusto, apolillado y arcano establishment de las revistas científicas le critica su propósito de hacer la ciencia accesible a todos y en el menor plazo posible.

Viñeta de una manifestación de científicos ante la sede de una revista. Imagen de F1000Research.

Viñeta de una manifestación de científicos ante la sede de una revista. Imagen de F1000Research.

En su artículo, Tracz escribe: “La ciencia no puede progresar sin que los científicos informen de sus hallazgos. Y a pesar de ello, los investigadores han entregado el control de este pilar central del proceso científico a las editoriales de ciencia, cuyo negocio es servir a los intereses de sus revistas; estos no siempre son los mismos intereses que los de la ciencia”. El editor comienza su texto reconociendo: “Yo fui un pecador”. “Yo fui, durante muchos años, un típico editor de ciencia, aprovechándome de un inusual conjunto de circunstancias y haciendo dinero sin ayudar (posiblemente incluso dañando) a la ciencia, aunque por entonces no me daba cuenta de cuánto. Después, cuando internet llegó en los 90, tuve una conversión parcial”.

De los “cinco pecados mortales” de la publicación científica, el primero es precisamente el retraso. Tracz se pregunta por qué nadie protesta por esto. “¿Por qué no hay manifestaciones de científicos ante las oficinas de las revistas con pancartas diciendo No al retraso, Abajo las revistas o Fuera los editores?”, se pregunta Tracz. Y todos esos desajustes, defectos y errores, que hoy son más patentes que nunca, no solo dañan la ciencia, sino también el periodismo que se ocupa de ella y que trata con su mejor tino de colaborar en la construcción de una sociedad más instruida.

1 comentario

  1. Dice ser Antonio Larrosa

    Todo es descubierto por cada persona la primera vez que lo ve o lo siente de alguna forma.

    Clica sobre mi nombre

    22 mayo 2015 | 08:38

Los comentarios están cerrados.