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“La ciencia encarna los valores del punk”

Un apunte metaperiodístico (periodismo sobre el periodismo), o del making of de esta profesión: cuando uno trata de comunicarse con una fuente fría –no creo que esto sea terminología estándar, sino mi manera de designar a alguien con quien no he tenido contacto anterior y que no me conoce– cuya única vía de acceso es el correo electrónico, ocurre con frecuencia que la respuesta de esa persona llega una vez que el artículo está entregado y ya no es posible incorporar sus ideas. En la mayoría de los casos, los comentarios de esa fuente se quedan para siempre en el tintero digital. Pero en ocasiones, el interés de esas opiniones merece que se compartan y se difundan, algo que afortunadamente puedo hacer a través de este blog.

En el caso que me ocupa, estuve trabajando en una historia sobre la relación entre punk y ciencia que se publicó ayer sábado en el Huffington Post. Recibí, ya fuera de plazo, las respuestas a mis preguntas de una de esas fuentes frías. Bill Cuevas es investigador del sector bioquímico, director musical de la emisora de radio de la Universidad de Stanford KZSU, y guitarrista de la banda de hardcore punk Conflict, de Tucson (Arizona). Cuevas presta voz a esa tendencia de quienes compartimos interés por la ciencia y el punk, algo que de ninguna manera podría denominarse colectivo, al menos por dos razones: primero, porque el punk nació empapado de la filosofía individualista del posmodernismo. Lo que no significa narcisismo ni egocentrismo, sino una visión menos alienadora de la colaboración social frente al asociacionismo uniformador que domina el siglo XXI (esta es solo mi humilde opinión). Segundo, porque probablemente existen tantas interpretaciones de la relación entre punk y ciencia como del propio punk, según las opiniones que he podido recoger de cara a la elaboración del reportaje del Huff.

La banda estadounidense de 'hardcore' Conflict, tocando en Tucson el 27 de febrero de 1984. Bill Cuevas aparece a la izquierda. Imagen de Ed Arnaud, reproducida con permiso de www.shavedneck.com.

La banda estadounidense de ‘hardcore’ Conflict, tocando en Tucson el 27 de febrero de 1984. Bill Cuevas aparece a la izquierda. Imagen de Ed Arnaud, reproducida con permiso de www.shavedneck.com.

El propio Cuevas subraya esta visión multicéntrica del punk: “El término punk ya era amplio incluso hace 32 años”, dice. “A menudo se asociaba con el nihilismo y el anti-intelectualismo; por ejemplo, los Sex Pistols vomitando sobre los ejecutivos de las discográficas. Pero esos eran elementos de choque para cementar la implicación de los valores contrarios al establishment“. Se ha citado a menudo que uno de los posibles desencadenantes de que el punk estallara precisamente cuando estalló, dejando aparte que todos los movimientos sociales reaccionen contra los anteriores y al mismo tiempo sean consecuencia de evoluciones naturales, fue el hecho de que en la década de 1980 la política mundial estuviera dominada por el eje conservador que sostenían Margaret Thatcher en Reino Unido y Ronald Reagan en EE. UU. (aunque es justo decir que el nacimiento del punk británico en los 70 coincidió con un período de gobiernos laboristas). A este respecto, Cuevas señala: “Lo que llevó a muchos a ese género, a la escena, incluyéndome a mí, era el intelectualismo, la política y el activismo, las ideologías puras y la música intensa e implacable, que en realidad era musicalmente bastante técnica”.

En el caso de Bill Cuevas, su experiencia nace del semillero estadounidense del punk, a partir de bandas como la Velvet Underground, New York Dolls, The Stooges, Television, Ramones, Talking Heads, Blondie, Minutemen, Descendents, Dead Kennedys o Bad Religion, por citar un espectro amplio de estilos. A menudo se subestima la contribución norteamericana en la explosión inicial del punk, pero de hecho allí nació el look que seduciría a millones de jóvenes: cuentan que Malcolm McLaren, el cerebro que inventó los Sex Pistols, diseñó la imagen de su banda copiando la de Richard Hell, por entonces en Television antes de fundar The Heartbreakers y luego The Voidoids.

En aquella escena norteamericana, el punk nació de un sustrato diferente al de su versión británica, más incubada en los barrios obreros. “El hardcore fue engendrado desde las clases medias, chicos de buenas familias (léase: disfuncionales), con padres que se aferraban al Sueño Americano nacido en los 50″, relata Cuevas. “Éramos como los beats y los hippies en su día, cuestionando el sentimiento de superioridad de los estadounidenses y el clima socio-político que Reagan y sus ideologías conservadoras habían vomitado por el mundo”. Para Cuevas y su generación, como para sus coetáneos al otro lado del Atlántico, el punk era una esperanza de escape del No future: “Nosotros queríamos familias no disfuncionales y trabajos que amáramos y que armonizaran con nuestras ideologías. Si otros no nos veían así y pensaban que no había lugar para nosotros en la sociedad, fue porque el punk y el hardcore fueron incomprendidos por las masas”.

Y fue en esa búsqueda de un trabajo ético y coherente con la filosofía punk como varios de ellos acabaron en la ciencia, como Dexter Holland (The Offspring), Greg Graffin (Bad Religion) o Milo Aukerman (Descendents). Sin embargo, Bill Cuevas advierte de que el camino no está libre de trampas. “Todo el que tenga una moral elevada e ideales éticos, los valores punks, debería tener cuidado a la hora de elegir la ciencia como carrera en 2014. Hoy la ciencia se ha difuminado por la ingeniería, y lo que un día motivó a la gente para descubrir e iluminar se ha utilizado para crear productos cuestionables en la medicina y la agricultura, bajo una falsa bandera de salvar a la humanidad”. Ni siquiera la llamada investigación básica se libra de esto, según el investigador y guitarrista: “Incluso el escenario universitario de la ciencia pura sirve como incubadora para la industria y la propiedad intelectual. Elegir una carrera siempre ha sido difícil para los idealistas, pero hoy la ciencia presenta desafíos particulares”.

Con todo, Cuevas reivindica la pureza que la ciencia y el punk tienen en común. “Estudiar ciencia, física, biología, observar el mundo a tu alrededor de forma global con espíritu de curiosidad y descubrimiento, eso es la encarnación de los valores del punk”. Para él, como para otros de sus colegas que han elegido la ciencia como carrera, la intersección entre ambos mundos se centra en la actitud díscola y rebelde hacia los mayores y sus normas, algo que difícilmente encaja en profesiones de cuello blanco como el derecho, las finanzas o la política (o si me apuran, incluso el periodismo). “El punk trataba sobre ignorar las reglas y no crearlas de forma inadvertida, ignorar el juicio de otros”, expone Cuevas, detallando qué significa esto: “En su día, la música ignoró las estructuras obligatorias de entonces, como la guitarra solista o el solo de batería, o los tempos y voces comprensibles, mientras aprendía, pero no copiaba, los ejemplos de otras grandes bandas”. En el caso de la ciencia, prosigue Cuevas, “la buena ciencia depende de prestar atención al trabajo de otros sin aceptarlo ciegamente como un evangelio. Escribir tus propias conclusiones basadas en tu propia realidad, tus propias observaciones reales, siempre asumiendo que todo lo que se considera dogma es de hecho cuestionable. De eso es de lo que trata el punk”.

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