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¿Tienen las plantas otra forma de inteligencia?

Bárbol, el Ent, en la trilogía cinematográfica de 'El señor de los anillos' dirigida por Peter Jackson. New Line Cinema.

Bárbol, el Ent, en la trilogía cinematográfica de ‘El señor de los anillos’ dirigida por Peter Jackson. New Line Cinema.

Los Ents son pastores de bosques, criaturas gigantes de aspecto vegetal que habitan la Tierra Media y que a menudo rematan sus vidas muy longevas echando raíces y convirtiéndose en verdaderos árboles. Tienen otra noción del tiempo más pausada que la nuestra: para ellos, una deliberación de tres días es casi una improvisación acelerada. En estos personajes, John Ronald Reuel Tolkien acertó a encajar ese sentido casi de eternidad, o al revés, de nuestra propia fugacidad, que nos punza cuando contemplamos los árboles que ya estaban frente a la casa de nuestros abuelos cuando ellos nacieron, y que seguirán allí cuando nuestros nietos hayan muerto.

Las plantas manejan el tiempo y el espacio de formas muy diferentes a las nuestras. Nosotros nos movemos rápido y pasamos deprisa. Para llegar a cualquier lugar, necesitamos desplazarnos, y para reproducirnos no nos basta con esto, sino que estamos obligados a embutir físicamente los gametos en el interior de un recóndito bolsillo corporal de otro miembro compatible de nuestra especie. Nuestra arquitectura está centralizada, con un núcleo operativo, el cerebro, que procuramos mantener lo más alejado posible del suelo; y necesitamos conservar nuestra estructura lo más intacta posible para seguir vivos.

Frente a todo esto, las plantas representan casi todas las alternativas opuestas. Su tiempo transcurre muy despacio. No se mueven, sino que el mundo pasa a su alrededor. Pueden expandirse dispersando sus gametos en el viento, evitando la molestia de buscar pareja. Hace millones de años ya inventaron ese modelo de arquitectura en nube que los humanos acabamos de descubrir para nuestros sistemas de información: su estructura es modular y descentralizada; pueden perder una parte, o casi todas, sin que afecte a su supervivencia. Y a pesar de que no dependen de un solo núcleo operativo, su órgano más esencial está enterrado en el suelo a buen recaudo. Así han logrado triunfar sobre el tiempo y el espacio: algunos ejemplares llevan miles de años sobre esta roca mojada, alcanzando alturas de cien metros como las secuoyas de California, extensiones de copa de miles de metros cuadrados como el baniano Thimmamma Marrimanu en India, e incluso son capaces de formar un solo organismo clónico con miles de tallos unidos por las raíces cubriendo un bosque entero, como los álamos temblones conocidos colectivamente como Pando, en Utah (EE. UU.). Entre Ibiza y Formentera existe una pradera de Posidonia formada por una sola planta de ocho kilómetros de longitud cuya edad se estima en 100.000 años.

¿Realmente creemos que nuestras opciones son mejores? Tal vez por tratarse de un estilo de vida tan radicalmente contrario al nuestro, es posible que el conocimiento y la comprensión científica que hemos alcanzado sobre las plantas sean inferiores a los que tenemos de otros parientes vivos más cercanos. Y es posible que esto esté cambiando. En diciembre pasado, el influyente semanario The New Yorker publicó un extenso reportaje del escritor y periodista Michael Pollan titulado The intelligent plant (“La planta inteligente”). En el artículo, Pollan recordaba la oleada de mitología nuevaerista sobre la sensibilidad vegetal surgida a raíz de un libro publicado en 1973 y titulado La vida secreta de las plantas, en el que, entre otros, se narraban los experimentos realizados por un experto en polígrafo de la CIA llamado Cleve Backster, que afirmaba haber detectado reacciones en las plantas no solo en respuesta al daño directo, sino también a la intención de un humano de hacer daño. Según Backster, una planta había sido capaz incluso de reconocer al asesino de una compañera en una rueda de sospechosos.

En su artículo, Pollan recordaba que las arriesgadas hipótesis defendidas en La vida secreta de las plantas no solo no han encontrado respaldo científico, sino que han sido ampliamente ridiculizadas. Pero seguidamente, el autor aportaba extensa documentación y declaraciones de científicos que atribuyen a las plantas insospechadas capacidades de “cognición, comunicación, procesamiento de información, computación, aprendizaje y memoria”, y que algunos expertos, con la firme oposición de otros, han encajado en la controvertida denominación de neurobiología vegetal. Las plantas, repasaba Pollan, poseen entre quince y veinte sentidos corporales, incluyendo análogos de nuestros cinco, y reaccionan en consecuencia: huelen y prueban estímulos químicos en el aire o en sus cuerpos; ven la sombra, la luz y sus distintas longitudes de onda; tocan objetos a los que se agarran; y, además, oyen: en un sorprendente experimento, la investigadora de ecología química de la Universidad de Misuri (EE. UU.) Heidi Appel mostró que una planta fabricaba sustancias de defensa cuando en su presencia se reproducía la grabación del sonido de una oruga devorando una hoja. Pollan enumeraba ejemplos documentados de cómo las plantas se comunican entre ellas mediante señales químicas, cooperan con miembros de su especie, reconocen a su parentela, nutren a su descendencia, e incluso intercambian información con otros seres vivos, como ciertas especies que responden al ataque de las orugas emitiendo un compuesto que atrae a las avispas parasitarias, las cuales depositan sus huevos en el cuerpo de los atacantes.

De la lectura de toda la información recopilada por Pollan, no puede negarse que estamos asistiendo a una progresiva revelación de capacidades en las plantas que no creíamos posibles. De hecho, subrayaba el autor, ahora el debate se centra más en la terminología a emplear que en cuestionar las pruebas desveladas. Lo que para unos es aprendizaje y memoria, para otros es habituación y desensibilización. Lo que para unos es intención o voluntad, para otros es simple tropismo. Lo que para unos es toma de decisiones, para otros es respuesta adaptativa. Lo que para unos es percepción de dolor, para otros es ruido fisiológico. Lo que para unos es inteligencia vegetal, para otros es solo la respuesta a una programación evolutiva. Pero según señalaba Pollan, incluso los científicos más reticentes a animalizar las nuevas capacidades descubiertas en las plantas se muestran dispuestos a aceptar la etiqueta de “comportamiento inteligente”, asimilándolo a la conducta colonial en los animales.

Bayas de agracejo, 'Berberis vulgaris'. Steffen Hauser / botany photo.

Bayas de agracejo, ‘Berberis vulgaris’. Steffen Hauser / botany photo.

Un nuevo estudio publicado en marzo en la revista The American Naturalist viene a aportar una muestra más de lo que sus autores no tienen reparo en calificar como “inteligencia vegetal”. Un equipo de investigadores de la Universidad de Gotinga y el Centro Helmholtz para la Investigación Medioambiental, en Alemania, ha descubierto un nuevo caso de “toma de decisiones complejas” en las plantas. Los autores han estudiado un arbusto llamado comúnmente agracejo (Berberis vulgaris), distribuido por toda Europa y que produce unos llamativos frutos rojos. La planta sufre el ataque de un parásito, una mosca de la fruta llamada Rhagoletis meigenii, que inyecta sus huevos en las bayas. Estas pueden contener una o dos semillas. Si la larva sobrevive, puede echar a perder todas las semillas del fruto. Sin embargo, la planta posee la capacidad de abortar sus semillas condicionalmente; si aborta una semilla, el parásito que la infesta también morirá, salvando así la segunda semilla si existe.

Los investigadores examinaron unas 2.000 bayas recogidas en distintas regiones alemanas. Tras introducir los datos de campo en un modelo informático, descubrieron que el 75% de las bayas con dos semillas abortaban la semilla infestada. Por el contrario, solo el 5% de las bayas que contenían una única semilla hacían lo mismo. “Esta estrategia proporciona un beneficio adaptativo si el hecho de abortar puede prevenir la coinfestación de una semilla hermana, y si el hecho de no abortar una sola semilla infestada, pero que pueda sobrevivir, ahorra los recursos invertidos en la envoltura del fruto”, interpretan los científicos. El director del estudio, Hans-Hermann Thulke, explica: “Si el agracejo aborta un fruto con solo una semilla infestada, todo el fruto se pierde. En su lugar, parece especular que la larva podría morir naturalmente, lo cual es una posibilidad. Una ligera opción es mejor que ninguna en absoluto”. Así, los autores concluyen que “las pruebas ecológicas de una compleja toma de decisión en las plantas incluyen una memoria estructural (la segunda semilla), un razonamiento simple (integración de condiciones internas y externas), conducta condicional (la acción de abortar), y la anticipación de riesgos futuros (la depredación de semillas)”. Thulke añade: “Este comportamiento anticipatorio, en el que se sopesan las pérdidas estimadas y las condiciones externas, nos ha sorprendido mucho. El mensaje de nuestro estudio es, por tanto, que la inteligencia vegetal está entrando en los dominios de lo ecológicamente posible”.

La mosca de la fruta 'Rhagoletis meigenii' deposita sus huevos en las bayas del agracejo. Janos Bodor.

La mosca de la fruta ‘Rhagoletis meigenii’ deposita sus huevos en las bayas del agracejo. Janos Bodor.

Un sorprendente dato adicional es que, al parecer, la estrategia del agracejo funciona: esta planta tiene un pariente americano, la uva de Oregón o mahonia (Mahonia aquifolium), originaria de Norteamérica y presente también en Europa desde hace unos 200 años. Los científicos descubrieron que en esta especie, que carece del mecanismo de defensa del agracejo, la infestación por la mosca alcanzaba una densidad diez veces superior que en su prima europea.

¿Adaptación? ¿Programación evolutiva? ¿Toma de decisiones? ¿Inteligencia? No cabe duda de que el debate continuará a medida que la ciencia vaya desvelando la auténtica vida secreta de las plantas. Y esta discusión terminológica no es algo trivial, ya que de ello pueden depender sus repercusiones más allá del ámbito científico. Como ejemplo, la Constitución de Suiza insta a respetar la dignidad de los seres vivos, entre los cuales se mencionan específicamente las plantas. Para esclarecer el posible desarrollo legal de este artículo, el gobierno encargó un estudio al Comité Federal de Ética en Biotecnología No Humana. El resultado fue un documento publicado en abril de 2008 bajo el título The dignity of living beings with regard to plants: Moral consideration of plants for their own sake (“La dignidad de los seres vivos con referencia a las plantas: consideración moral de las plantas por su propio bien”). Y aunque el punto de partida para el estudio era la investigación en biotecnología vegetal, el informe fue mucho más allá al afirmar, entre otras cosas, que es “moralmente inaceptable causar daño arbitrario a las plantas”, poniendo como ejemplo “la decapitación de flores silvestres junto a la carretera sin un motivo racional”.

El documento suizo provocó una sacudida en los medios científicos. Un artículo en la revista Nature expresó su preocupación por la posibilidad de que la investigación en biotecnología vegetal quedara seriamente cercenada en Suiza, ya que “todas las solicitudes de ayudas en biotecnología vegetal deberían incluir un párrafo explicando hasta qué punto se considera la dignidad de las plantas”. En especial, proseguía el artículo, el comité definía como ofensivos hacia las plantas los experimentos que les hacen “perder su independencia, por ejemplo interfiriendo en su capacidad para reproducirse”. En la revista Plant Signaling & Behavior (la publicación de la sociedad científica que investiga la existencia de capacidades avanzadas en las plantas), su entonces editor asociado y biólogo de la Universidad de Haifa (Israel) Simcha Lev-Yadun expresó su protesta en un artículo titulado Bioethics: On the road to absurd land (“Bioética: el camino hacia tierra absurda”). “Con nuestra comprensión creciente del comportamiento de las plantas, o como llamamos a esta área científica emergente, neurobiología de plantas, será fácil ver cómo esto se convertirá en la próxima frontera para los activistas extremos”, advertía Lev-Yadun. “El problema es que, una vez que el extremo se convierte en el estándar, los activistas buscan nuevos horizontes”.

El artículo de Lev-Yadun tuvo respuesta en la misma revista por medio de otro texto titulado The dignity of plants (“La dignidad de las plantas”), obra de la bióloga, ambientalista y activista Florianne Koechlin, miembro del comité suizo que produjo el informe. “No sabemos si las plantas son capaces de sensaciones subjetivas. No hay demostración científica de que las plantas sientan dolor. Pero está bastante claro que no podemos simplemente descartarlo. Hay pruebas circunstanciales de esto, pero no una cadena completa de pruebas”, escribía Koechlin. “Hasta ahora, las habilidades de las plantas para percibir su entorno han sido ampliamente subestimadas”. Y agregaba: “Que las plantas tengan derecho a dignidad no debería reducir o limitar su uso. Ni debería prohibirse la investigación. Del mismo modo que el reconocimiento de la dignidad de los animales no significa eliminarlos de la cadena alimentaria o prohibir la investigación con ellos. La dignidad significa mucho más que eso cuando se refiere a las plantas; como con los animales, se deben considerar los principios de proporcionalidad”.

Entre el descubrimiento y el escepticismo, el concepto de neurobiología vegetal va ganando voz en la literatura científica, en la curiosidad del público e incluso en influyentes foros de pensamiento innovador como las conferencias TED. Muestras como el vídeo que acompañaba al reportaje de Pollan en The New Yorker, y en el que cuesta ver tan solo un tropismo mecánico, hacen que sea difícil seguir pensando en las plantas como simple mobiliario terrestre. E incluso continuar ignorando impávidos que, cuando hincamos el diente a un vegetal crudo, estamos comiéndonos un ser vivo… vivo.

14 comentarios

  1. Dice ser andres125sx

    La verdad que da que pensar el artículo, el video del último enlace de la noticia es flipante, sobre todo el de la planta sóla buscando el palo…. ¿Cómo demonios sabe que está ahi? Porque va creciendo directa en esa dirección….

    Y ni un comentario, pero 30 tios intentan rodear el congreso, y cientos de comentarios….

    11 junio 2014 | 20:56

  2. Dice ser David Marco

    Así nos luce el pelo andres125sx

    11 junio 2014 | 22:01

  3. Dice ser manuel

    Excelente post!.

    11 junio 2014 | 22:24

  4. Dice ser Kikuchiyo

    Es interesante, hace poco leí un pequeño artículo relacionado. Ya veremos, según avancen las investigaciones se podrá conocer mucho más del maravilloso mundo de las plantas. Saludos

    11 junio 2014 | 22:28

  5. Dice ser Syl

    Yo estoy convencida de que sí tienen algún tipo de inteligencia. Flipo viendo, por poner un ejemplo, cómo algunas adaptan sus flores para que sean más atractivas a los insectos, ya sea con olor o con formas parecidas a la hembra del insecto que quieren atraer. Si eso no es inteligencia, o consciencia, yo ya no sé qué puede ser. Y ya puestos, los insectos igual… los que pueden disimularse con el entorno, ¿cómo hacen que su cuerpo adopte la forma de una hoja, un palo…? ¿cómo saben que la hoja o el palo tienen esa forma, y que si la adoptan están más seguros?

    12 junio 2014 | 10:05

  6. Dice ser Chus

    Muy interesante el post de hoy. Da que pensar. Hace tiempo ya había visto algún documental y leído algún artículo que apuntaba un poco en esta dirección, pero no tan directamente ni con tantos datos.
    Las plantas son seres tan vivos como los animales y por tanto necesariamente tienen que tener un nivel de sensibilidad. Que no lo entendamos o que sea tan lento que no lo podamos observar no significa que no esté ahí. Pero como con todo, ojo, que creo que el apunte sobre los extremismos que lanzas al final está muy acertado. Veremos que sale de esto. Botepronto veo que más de un vegano, si es realmente coherente, va a tener que volverse respiracionista, jejejeje (y que Dios le pille confesado).

    Un saludo.

    12 junio 2014 | 10:18

  7. Dice ser Yesus

    Tremendo artículo.
    Y arroja un interesante debate… Si se llega a demostrar que poseen inteligencia… como comentan arriba, ¿que comerán los veganos?
    Comer implica MATAR a otro ser vivo, no hablemos sólo de animales, así que si se demuestra un nivel de conciencia, en las plantas, superior al que creíamos, alguno se tendrá que replantear sus argumentos.
    Saludos!

    12 junio 2014 | 10:34

  8. Fabuloso artículo, muy bueno. Felicidades. Lo incorporaré a mis charlas sobre botánica, seguro que provoca largos y apasionados debates.

    12 junio 2014 | 10:37

  9. Dice ser j

    ¡Excelente artículo! Pienso que las plantas son solamente robots biológicos… al igual que nosotros.

    12 junio 2014 | 11:04

  10. Dice ser panchenko

    es obvio que cuanto mas avanzamos mas sabemos, y por consiguiente cambiamos nuestros conceptos, pero refieriendose a lo que plantea habria que cambiar la definicion de inteligencia que no es exactamente la que propone. mas bien habria que definir una nueva conceptualizacion. pero para que esta sea generalmente aceptada le faltan muchisimos anios de comprobaciones para su generalizacion. no se olvide que de lo que estamos hablando es de ciencia, y no de concepciones personales que son todo lo contrario.

    12 junio 2014 | 12:12

  11. Dice ser Warp

    Impresionante artículo. ¡Felicidades! Me ha encantado.

    @Yesus: Me has adelanto. Iba a poner lo mismo.

    En todo el árido tema del veganismo “por principios morales de no matar animales” siempre he dicho que los tomates no tienen ojitos, así que no los “humanizamos”. No nos identificamos. A los animales sí, por eso puedes comer plantas. Al final no es una cuestión ética, es simple estupidez.

    Es una cuestión de recursos. El tiburón no medita ni una centésima de segundo si el atún que va a devorar tiene alma, derechos o dignidad. Lo muerde y se lo zampa. Fin de la historia.

    El veganismo en realidad demuestra hasta qué punto nos sentimos como especie por encima de todo lo demás. Somos tan, tan diferentes, que debemos ética hacia la naturaleza. La naturaleza desconoce la ética, por eso la cadena alimenticia es como es: unos seres medran a costa de comerse a otros. Fin de la historia. Pero no para nosotros, porque somos “diferentes” y le debemos a la naturaleza una ética con la que evidentemente no nos corresponde: nos pican los mosquitos, piojos, parásitos, nos intoxica el polen y nos envenenan las arañas, nos devoran los osos y los cuervos nos sacan los ojos…

    12 junio 2014 | 12:41

  12. Dice ser Aura

    Excelente artículo, te felicito y te lo agradezco.
    Es evidente que no se puede dar nada por hecho, es tanto lo que se desconoce, que quiénes somos nosotros para pretender asentar ante los demás, dogmas de fe como si fueran verdades absolutas.
    Yo también me pregunto como encajarán los recalcitrantes veganos estos estudios. Nada más y nada menos que entre 15 y 20 sentidos corporales en posesión de nuestras amigas sin cuerdas vocales, hecho este que les viene de perlas para suponer que no son seres “sintientes”. Ahora resulta que no solo sienten además muestran “comportamientos” inteligentes. Wooovvv.
    Me embarga la duda, de afianzarse lo que se apunta, qué pasará con los veganos. Menudo dilema se les presenta, empezarán a lucir un aspecto famélico o seremos testigos del quebranto de su inigualable coherencia e inimitable clemencia.
    Un saludo

    12 junio 2014 | 13:20

  13. Dice ser Misael Soto

    Muy Bueno e interesante. .

    12 junio 2014 | 17:09

  14. Dice ser Misael Soto

    Interesante. da pie para reflexionar sobre el tema…

    12 junio 2014 | 17:11

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