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Petrel gigante, el vigía antártico de la contaminación química

Por Jose L. Roscales (CSIC)*

Nuestro estila de vida deja una rastro químico que llega hasta la Antartida. Ilustración cortesía de Olga de Dios.

Nuestro estila de vida deja una rastro químico que llega hasta la Antártida / Ilustración cortesía de Olga de Dios

¿Te has paseado alguna vez por la Antártida? Es más que probable que tu respuesta sea ‘no.’ Sin embargo, a pesar de ser la región del planeta más remota y ajena a nuestras frenéticas vidas, la Antártida también refleja la ‘huella química’ que dejamos. Es más, justamente por sus características, el continente helado es como un ‘lienzo en blanco’ para el estudio de la acumulación de los contaminantes químicos capaces de llegar hasta allí.

Con todo tipo de aplicaciones que sustentan nuestro estilo de vida (industriales, agrícolas, alimentarias, farmacéuticas, etc.), la variedad y el volumen de productos químicos utilizados por el ser humano no ha parado de crecer en las últimas décadas. A pesar de su gran utilidad, lamentablemente se ha subestimado el gran potencial de algunos de ellos para convertirse en peligrosos contaminantes.

Ejemplo de ellos son los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), compuestos caracterizados por una gran persistencia en el medio, una alta toxicidad y por la capacidad de bio-acumularse en los organismos a lo largo de su vida. Además, pueden viajar por el aire y el agua y pasar de un medio al otro. De este modo, los mecanismos de circulación global atmosférico y oceánico los dispersan por todo el planeta.

La mayoría de los COP son sustancias que fueron sintetizadas para ser utilizadas en la agricultura, como el pesticida DDT, o por sus aplicaciones industriales o en productos de consumo. Este es el caso de algunos retardantes de llama como los PBDEs (por sus siglas en inglés), usados para prevenir que ardan, por ejemplo, elementos comunes de mobiliario y electrodomésticos o dispositivos electrónicos como los teléfonos móviles.

Afortunadamente disponemos de un convenio internacional efectivo para proteger el medio ambiente y al ser humano de estos contaminantes. El Convenio de Estocolmo, ratificado por España en 2004 –potencias como EEUU e Italia están aún pendientes de su ratificación–, se encarga de la regulación de las sustancias que identifica como COP. Se puede considerar, por ejemplo, que la utilización de la mayoría de los PBDEs cesó a escala global a partir de 2009, tras su inclusión en el Convenio. Además, la investigación sobre la contaminación química permite identificar nuevos contaminantes susceptibles de ser regulados, dotando al Convenio de una constante vitalidad.

En esta dirección, investigadores del laboratorio de Química Ambiental del Instituto de Química Orgánica del CSIC, en colaboración con la Universidad de Barcelona y el Instituto Percy FitzPatrick de Sudáfrica, han realizado un estudio que desvela nuevas claves sobre el gran potencial de la fauna antártica para mostrarnos el alcance de nuestra huella química.

Liam Quinn

Petrel sobrevolando el Atlántico / Liam Quinn

Para el puesto de bio-indicador o ‘vigilante antártico’ los investigadores seleccionaron al petrel gigante, ya que se trata de un imponente depredador que se alimenta de una alta proporción de carroña, básicamente pingüinos y focas, y de otras presas que captura en mar abierto. Estas aves presentan una amplia distribución en el hemisferio Sur y cubren distancias que pueden superar los 1.000 km para conseguir comida. Situados en lo alto de la cadena trófica, los petreles gigantes integran los COP presentes en las cadenas tróficas antárticas y de una amplísima área del hemisferio Sur.

Así, tras determinar los niveles de distintos COP presentes en la sangre de unos 50 petreles gigantes de diversas colonias situadas entre los 62º y los 40º sur, los investigadores han comprobado que alejarse de la Antártida es sinónimo de estar más expuesto a estos contaminantes.

En general, los niveles de COP en petreles son más bajos que los encontrados en el hemisferio Norte. Los resultados sugieren que la Antártida sigue estando entre las regiones más prístinas del planeta. Sin embargo, algunos COP muestran síntomas de estar acumulándose en la región polar, lo que se explica por el fenómeno de ‘la condensación fría’, un proceso por el cual debido a las bajas temperaturas los contaminantes quedan atrapados en los polos.

También se han encontrado evidencias de que retardantes de llama aún no regulados, como algunos PBDEs todavía en uso o el Declorano Plus, pueden igualmente presentar una distribución global y son por tanto posibles candidatos a COP.

Este estudio refuerza la teoría de que el transporte a larga distancia de los COP desde sus principales fuentes de producción y uso, las zonas más industrializadas del planeta, es la principal vía de entrada de estos contaminantes en la Antártida. Ahora que sabemos lo lejos que puede llegar nuestra huella química, tenemos la responsabilidad de tratar de frenarla en la medida de nuestras posibilidades.

Un consumo responsable puede contribuir a minimizar la presencia de contaminantes químicos en el medio. Esto implica alejarse del consumismo descontrolado, centrarse en explotar el total de la vida útil de los productos antes de reemplazarlos, realizar una gestión adecuada de nuestros residuos, e incrementar en la medida de lo posible el consumo de productos ecológicos, con menor contenido de sustancias químicas y más sostenibles.

Vriaciones en la presencia de Contaminantes Orgánicos Persistentes en plasma de petreles gigantes de distintas colonias de la región Antártica. Ilustración cortesía de Olga de Dios.

Variaciones en la presencia de Contaminantes Orgánicos Persistentes en plasma de petreles gigantes de distintas colonias de la región Antártica / Ilustración cortesía de Olga de Dios.

 

* José Luis Roscales es investigador del Instituto de Química Orgánica del CSIC.

¿Sabes quién fue la inventora del ‘baño maría’?

Por Mar Gulis (CSIC)

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El ‘baño María’ se utiliza en miles de procesos industriales, químicos y culinarios.  / Wikipedia.

Flan, pudin, paté, chocolate fundido… Para elaborar estos postres siempre recurrimos a una antigua técnica: el ‘baño María’. La invención de este procedimiento se atribuye a la egipcia María la Judía, la primera alquimista de la que se tiene noticia. Antes de ahondar en este personaje, retrocedamos en los siglos para entender el contexto histórico en el que se produjeron este y otros inventos.

Estamos en el Egipto grecorromano de los primeros siglos de nuestra era. Entonces la ciudad de Alejandría, fundada por Alejandro Magno en el 332 antes de nuestra era en el delta del río Nilo, se convertiría en el punto de encuentro entre oriente y occidente. El contacto entre ambas culturas estaría detrás del surgimiento de la alquimia. Bajo este término, el diccionario de la RAE incluye la siguiente descripción: “Conjunto de especulaciones y experiencias, generalmente de carácter esotérico, relativas a las transmutaciones de la materia, que influyó en el origen de la ciencia química y tuvo como fines principales la búsqueda de la piedra filosofal y de la panacea universal”. En su libro La alquimia, el investigador del CSIC Joaquín Pérez Pariente explica que popularmente se la identifica como “cualquier práctica de transformación de la materia anterior al establecimiento de la química como disciplina académica en el siglo XVIII”. Sin embargo, frente a esta perspectiva, que “no se ajusta a la realidad histórica”, el autor propone una visión mucho más compleja de la alquimia,  que nos ayudaría a entender mejor “la relación del ser humano con la materia” y los orígenes de la ciencia moderna.

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Grabado que representa a María la Judía, del libro ‘Symbola Aurea Mensae Duodecim Nationum’, de Michael Maier. / Wikipedia.

Efectivamente, a ejercitar la alquimia dedicó buena parte de su vida la protagonista de este post. Sabemos esto gracias al códice Marcianus 299, un manuscrito que se conserva en la iglesia veneciana de San Marcos y que, como explica Pérez Pariente, “contiene casi todo lo que hoy conocemos acerca de los orígenes de la alquimia”. El códice 299 recopila textos alquímicos atribuidos a diversos autores. Entre ellos destaca Zósimo de Panópolis, cuyos escritos incluyen menciones a María la Judía, a la que admira “por su gran conocimiento del Arte Sagrado, nombre con el que se conocía la alquimia”.

Como contábamos al principio, a ella le debemos el conocido ‘baño maría’ (en latín balneum Mariae), que consiste en introducir un recipiente cuyo contenido se quiere calentar en otro mayor que contiene agua en ebullición. Este método, muy utilizado tanto en laboratorios de química como en nuestras cocinas, ha perdurado hasta nuestros días. Miles de procesos industriales, químicos y culinarios que precisan de un calor indirecto, uniforme, progresivo y constante recurren al ‘baño María’ que inventó la enigmática alquimista hace tantos siglos.

María, que podría considerarse como una de las primeras científicas de la historia, realizó también aportaciones a la ciencia como la invención de instrumental de laboratorio. Aunque su identidad ha quedado un tanto desdibujada con el paso de la historia, sí se sabe que diseñó complicados aparatos destinados a la destilación y sublimación de materias químicas. Quizá el ejemplo más célebre sea el tribikos, un alambique de tres brazos para obtener sustancias purificadas por destilación.

También se le atribuye la creación del kerotakis, otro aparato en el que, al calentar mercurio o azufre, obtenía una substancia llamada ‘negro de María’ (que sería la primera etapa de la transmutación de los elementos). Con el paso del tiempo, este y otros inventos se emplearían para extraer esencias (aceites) de plantas y obtener así perfumes.

Sin embargo, es poco lo que conocemos de esta alquimista, pues ninguno de sus escritos originales ha perdurado. La teoría más extendida sostiene que parte de la obra de María la Judía se perdió por la persecución que el emperador romano Diocleciano emprendió en el siglo III contra todos los alquimistas de Alejandría. Así, esta práctica comenzó a considerarse como algo esotérico, cuando en realidad fue la ciencia precursora de la química moderna. Es más, la alquimia continuó practicándose a lo largo de los siglos, hasta el punto de que, como señala Pérez Pariente, se trata de “una tradición con dos mil años de antigüedad que ha arraigado y prosperado en todas las culturas que la han conocido, incluida nuestra sociedad occidental de raíz cristiana”.

¿Qué pasa cuando te sube la adrenalina?

Armando-AlbertPor Armando Albert (CSIC)*

Verano. Han terminado las clases y hay mucho tiempo libre. Javier se levanta tarde, apenas desayuna y sale a la calle. Tarde o temprano se encontrará con sus amigos en la esquina de siempre. Con su calma habitual, cruza con el semáforo en rojo. Los pitidos de los coches no le molestan. Únicamente piensa: “¡Qué calor, no hay quien aguante el sol!”. Mientras, empieza a sudar ligeramente y entorna los ojos.

Por su camino se cruza una amiga de sus padres. Javier nota sus labios en la mejilla en el momento del beso de rigor. Un segundo después se encuentra con Marina. Bien vestida, derecha y muy guapa. Esta vez, el encuentro se produce sin palabras, sin contacto y con un saludo que se queda en un simple gesto con la cabeza. Javier siente vergüenza, un estremecimiento en el cuerpo y el pulso acelerado. Pasa de largo. Instantes después, nada de nada, normalidad. Aparecen sus amigos y, aunque siente hambre, se va a dar una vuelta.

 La adrenalina, también conocida como epinefrina, es una hormona y un neurotransmisor / Wikipedia

La adrenalina, también conocida como epinefrina, es una hormona y un neurotransmisor / Wikipedia

Los estímulos que Javier percibe, el pitido de un coche, el calor, la luz del sol o la sensación de hambre, tienen asociada una respuesta a nivel celular y a nivel molecular. Este tipo de respuestas fisiológicas no están socialmente condicionadas y son comunes para la mayoría de los organismos superiores. Asimismo, cuando alguien se cruza con la persona que le gusta, como le sucede a Javier con Marina, su organismo suele segregar una sustancia química al torrente sanguíneo, la adrenalina. Esta hormona es secretada en situaciones de alerta o de peligro.

La adrenalina es un neurotransmisor, es decir, una molécula que transmite información de una neurona (un tipo de célula del sistema nervioso) a otra. Se trata además de una molécula que es reconocida específicamente en la superficie de nuestras células. Cuando esto sucede se desencadena un proceso que implica la contracción del corazón y, por tanto, el incremento de la frecuencia cardiaca; la producción de azúcar en el hígado; una aceleración de la respiración y la dilatación de los conductos del aire. El cuerpo debe estar preparado para lo que pueda ocurrir. Lo mismo sucede en las horas previas a un examen, ante un encuentro inesperado o frente a la amenaza de un posible asalto. La adrenalina actúa ante una situación de tensión, sea esta agradable o desagradable, a la que el cuerpo debe adaptarse. En otras palabras, su presencia es una respuesta involuntaria frente a la percepción del riesgo.

En situaciones de alerta o peligro, nuestro organismo segrega adrenalina / Flickr

En situaciones de alerta o peligro, nuestro organismo segrega adrenalina / Flickr

Cuando alguien se encuentra en peligro o alerta, es el hipotálamo, situado en el cerebro, el que ordena a las glándulas suprarrenales la liberación de adrenalina y otras hormonas al torrente circulatorio. En cuestión de segundos el cuerpo responde. Es lo que se conoce como ‘subidón de adrenalina’, que facilita una respuesta física potente. Dilatar las vías aéreas permite captar una mayor cantidad de oxígeno, lo que mejorará el rendimiento físico para responder a un aumento de actividad repentino (por ejemplo, la huida ante un depredador u otro tipo de amenaza). La contracción de los vasos sanguíneos redirige la sangre para movilizar más energía a los músculos. Incluso pueden mejorar temporalmente ciertos tipos de memoria y afinarse los sentidos.

Volvamos a la historia de Javier. Marina pasa de largo y unos segundos después todo vuelve a la normalidad, las alteraciones físicas desaparecen. ¿Pero qué ha sucedido exactamente en los instantes anteriores? Para comprender el proceso podemos explicar la respuesta celular en tres etapas. En la primera, una señal o estímulo (en este caso, la adrenalina que segrega Javier al encontrarse con Marina) llega a la superficie de la célula y allí activa un receptor. La segunda etapa implica que el receptor activado transmita la información al interior de la célula, codificándola en una señal química. Por último, esta señal o mensaje secundario activa un sistema amplificador –sistema efector– que modifica el comportamiento de la célula en función del estímulo primario. A partir de ahí se desencadenarán progresivamente las alteraciones físicas antes descritas.

 

* Armando Albert trabaja como investigador en el Instituto de Química Física Rocasolano del CSIC. Este post se ha extraído del libro A través del cristal. Cómo la cristalografía ha cambiado la visión del mundo (CSIC-Catarata).

Moléculas zurdas y diestras: el porqué del desastre de la talidomida

JG MuñozPor Jesús Gil Muñoz (CSIC)*

Cuando el ser humano vio por primera vez su propio reflejo, quedó fascinado por las superficies que proyectan nuestra propia imagen. Posiblemente, por causa de esta fascinación, una gran variedad de supersticiones, mitos y leyendas rodean los espejos. En el momento en que Alicia, después de su periplo por el país de las maravillas, pasa al otro lado del espejo, se muestra confusa: se encuentra con los mismos objetos que antes (o al menos parecen ser los mismos) pero se comportan de distinta manera.

Enantiómeros

Enantiómeros: aunque estos dos compuestos tienen la misma fórmula molecular se diferencian por su disposición interna. Una es la imagen especular de la otra.

Al colocarnos frente a un espejo, la persona que aparece al otro lado es exactamente igual que nosotros. Sin embargo, si levantamos el brazo derecho, ese otro ‘yo’ hace lo propio pero con el izquierdo. Sería nuestro ‘yo zurdo’. En la Química ocurre algo parecido. Hay moléculas que se comportan como si estuvieran en diferentes lados del espejo. A simple vista parecen ser las mismas pero no es así: una es ‘zurda’ y la otra ‘diestra’. A estos compuestos se les conoce como enantiómeros. Dos enantiómeros son imagen especular el uno del otro pero no son superponibles y, por supuesto, son moléculas diferentes. Por ejemplo, la molécula de limoneno tiene dos variantes que producen dos olores diferentes: en un lado del espejo produce el olor característico a limón; sin embargo, del otro lado, sorprendentemente, proporciona olor a naranja. Algo similar sucede con la molécula de carvona, que da olor a menta u olor a comino según sea ‘zurda’ o ‘diestra’.

Existen miles de moléculas cuyas imágenes especulares presentan propiedades diferentes, y no solo atienden a cuestiones de olor. Durante el Tercer Reich, la compañía farmacéutica Grünenthal empezaba a abrirse paso con hitos como el desarrollo de la primera penicilina. Pero fue con la síntesis de la talidomida con lo que tuvo mayor impacto. Ya finalizado el régimen nazi, Grünenthal comercializó este compuesto, que se hizo popular por sus propiedades sedante y calmante de las náuseas en los primeros meses de embarazo. A finales de los 50 y principios de los 60 nacieron más de 12.000 niños con graves deformaciones congénitas, caracterizadas por la carencia o excesivo acortamiento de las extremidades. Un hecho que a priori era totalmente ajeno, resultó estar relacionado con la talidomida. Precisamente un médico español, aunque su nombre no lo parezca –Claus Knapp–, que trabajaba en Alemania en aquella época, fue clave para esclarecer la relación: las mujeres que habían tomado talidomida, tenían hijos con malformaciones.

Talidomida

Cápsulas de talidomida / Duckwailk

El medicamento se retiró inmediatamente del mercado y se llevó a cabo una investigación en la que se descubrió que realmente constaba de dos talidomidas: una que efectivamente actuaba como sedante, y otra, su imagen especular, que tenía efectos teratogénicos, causantes de las malformaciones en los bebés. A partir de este genocidio farmacéutico se produjo un importante endurecimiento de las pruebas que debían pasar los medicamentos antes de ser comercializados.

Con este desagradable capítulo de la historia, queda patente que incluso en el extraordinario mundo de la Química, el viaje entre los dos lados del espejo, por muy corto que sea, puede salir caro.

 

* Jesús Gil Muñoz (Barbate, 1984) trabaja en el Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC y es autor del blog RadicalBarbatilo.

¿Por qué el jabón no hace la misma espuma cuando te vas de vacaciones?

Fernando GomollonPor Fernando Gomollón-Bel (CSIC)*

Ahora que muchos estaréis de vacaciones quizás hayáis notado que, en vuestro destino, el jabón hace menos espuma cuando os ducháis. O igual os pasa justo lo contrario. Os habéis llevado vuestro champú de siempre, pero no es lo mismo. ¿Qué está pasando?

Molécula de jabón y micela

Arriba: esquema de una molécula de jabón con sus dos partes, la cabeza hidrófila (amarillo) y la cola hidrófoba (azul). Abajo: esquema de una micela con grasa atrapada en su interior.

La respuesta, como sucede casi siempre, está en la Química. Antes de nada, hemos de recordar por qué el jabón limpia. El jabón está formado por moléculas que tienen una cola que repele el agua (hidrófoba) y una cabeza que es soluble en ella (hidrófila). Esta propiedad hace que el jabón, al entrar en contacto con el agua, forme lo que los científicos llaman micelas: esferas en las que todas las cabezas están en contacto con el agua y todas las colas orientadas hacia el interior. A esta cavidad interna le encantan las grasas y es por eso que las micelas de jabón atrapan las manchas y la suciedad a la perfección.

Probablemente ahora os estéis preguntando: ¿todo esto qué tiene que ver con las vacaciones? Resulta que el hecho de que un jabón haga más o menos espuma, o limpie más o menos según el agua que utilicemos, es debido a las micelas y a la dureza del agua. La dureza es una medida de la cantidad de cal que tiene disuelta el agua. Así, por ejemplo, el agua de Zaragoza es muy dura (tiene mucha cal) mientras que la de La Coruña es muy blanda (apenas tiene).

¿En qué afecta esto a los jabones? Las cabezas hidrófilas de las moléculas de jabón se llevan también muy bien con los iones de calcio y magnesio con carga positiva que contiene la cal.

Envase y mapa

Arriba: dosis de jabón recomendada por el fabricante. Abajo: mapa de la dureza del agua (TecDepeur.com).

Así, cuando hay mucha cal (cuando el agua es muy dura), las moléculas de jabón empiezan a asociarse con estos iones y las micelas se rompen o no llegan a formarse. Por lo tanto, en zonas con aguas muy duras, los jabones formarán menos espuma y lavarán menos.

Técnicamente no es que laven menos, sino que necesitaremos más cantidad de jabón, ya que muchas de sus moléculas estarán asociándose con el calcio y el magnesio, y no serán capaces de formar micelas y atrapar la suciedad.

De hecho, si miráis en la parte de atrás de vuestro detergente, deberíais encontrar algo similar a lo que refleja la imagen de arriba a la derecha.

Como veis, el envase  incluye una tabla en la que se indica la cantidad de jabón recomendada según el tipo de agua de la zona. Generalmente, la etiqueta también incluye un pequeño mapa de España que debería parecerse al que véis a la derecha.

Una solución que nos permitiría gastar menos jabón y contaminar un poco menos el planeta sería hacernos con un descalcificador. Estos aparatos tratan el agua mediante una serie de procedimientos físicos (filtraciones con carbón activo, ósmosis) y químicos (con sustancias que, como las moléculas de jabón, atrapan los iones calcio y magnesio) que eliminan la mayor parte de la cal del agua. Pero esto ya es otra historia que quizás os contemos otro día.

 

* Fernando Gomollón Bel es investigador en el Instituto de Síntesis Química y Catálisis Homogénea (UZ-CSIC) y colabora habitualmente en el blog Moléculas a reacción.  Esta entrada participa en el XXXVII Carnaval de la Química – Edición Rb – alojado en este último blog.

¿De dónde viene el nombre de los elementos químicos?

JV García RamosPor José Vicente García Ramos (CSIC)

Cada elemento tiene un nombre que, en algunos casos, nos resulta ya familiar: oro, plata, cobre, cloro, platino, carbono, oxígeno, nitrógeno, etc. Pero, ¿por qué se llaman así? Muchos de sus nombres se refieren a una de sus propiedades. Por ejemplo, el nombre del oro en latín (aurum) significa “principio brillante” y el del mercurio (hydrargyrum) quiere decir “plata líquida”. Esta práctica de nombrar los elementos según alguna de sus propiedades ha continuado a lo largo de los años. El cesio fue descubierto en 1860 por el químico alemán Bunsen (el inventor del mechero Bunsen), que lo llamó así porque tiene la propiedad de darle un color azul a la llama, y en latín caesius significa “cielo azul”.

OroSin embargo, hay otros elementos cuyos nombres hacen referencia a una persona. El curio debe su nombre a Marie Curie (1867-1934), quien hizo los primeros estudios sobre la radiactividad, por los que recibió el Premio Nobel de Física en 1903. También obtuvo el Premio Nobel de Química en 1911 por su descubrimiento de los elementos polonio (llamado así en honor de Polonia, su país de nacimiento) y radio (del latín radius, que significa “rayo”).

Otros deben su nombre a lugares geográficos, como es el caso del pueblecito llamado Ytterby, en Suecia, que tiene cuatro elementos dedicados a él (terbio, itrio, erbio e iterbio) por ser el lugar donde se encontraron por primera vez. Otro ejemplo es el californio, que, aunque no aparece en la naturaleza, fue sintetizado por primera vez en 1950 en Berkeley, en el Radiation Laboratory de la Universidad de California.

Cada elemento tiene un símbolo formado por una o dos letras que lo identifican, de la misma forma que nuestro nombre y apellido nos identifican a nosotros. El símbolo de un elemento representa un átomo de dicho elemento. Hay 14 elementos cuyo símbolo es una letra que en general coincide con la primera letra de su nombre, excepto en el caso del potasio. Este elemento se descubrió en 1807 y se llamó así por la potasa, la sustancia de la que se aisló la primera vez. Su símbolo (K) viene de kalium, que significa “potasa” en latín. Casi todos los demás elementos tienen un símbolo de dos letras, de las cuales la primera siempre es mayúscula, y la segunda, minúscula.

Dmitri Mendeléiev

Dmitri Mendeléiev

Basándose en la hipótesis de que las propiedades de los elementos dependen, de forma periódica, de sus masas atómicas, el científico ruso Dmitri Mendeléiev (1834-1907) publicó en el año 1869 una tabla periódica en la que situó todos los elementos conocidos en aquella época, ordenándolos de tal forma que los que pertenecían a una misma familia apareciesen en la misma línea horizontal. Sin embargo, el descubrimiento del helio le causó un gran problema, puesto que este nuevo elemento no tenía un lugar adecuado para colocarse en la tabla. Esto, en el fondo, fue una brillante confirmación de la ley periódica, ya que el helio y los demás gases nobles, descubiertos más tarde, acabaron constituyendo un grupo.

 

José Vicente García Ramos es investigador del Instituto de Estructura de la Materia (CSIC) y autor del libro Las moléculas: cuando la luz te ayuda a vibrar (CSIC-Catarata).