BLOGS
Ciencia para llevar Ciencia para llevar

CURIOSIDADES CIENTÍFICAS PARA COMPARTIR

Entradas etiquetadas como ‘Darwin’

Cinco mentiras científicas sobre las mujeres

Por Mar Gulis (CSIC)

Estereotipos victorianos como que los machos son por naturaleza activos, competitivos y promiscuos, mientras que las hembras son pasivas, tímidas, criadoras y cuidadoras, se han basado en falsas tesis científicas. Algo que no ha impedido que estas ideas lleguen a nuestros días asumidas como verdades basadas en la evidencia.

En el libro Las ‘mentiras’ científicas sobre las mujeres, las autoras S. García Dauder (Universidad Rey Juan Carlos) y Eulalia Pérez Sedeño (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) han analizado afirmaciones y teorías sobre mujeres a lo largo de la historia, que en muchas ocasiones se han considerado el ‘conocimiento autorizado’. En la obra sacan a la luz falsedades manifiestas, invisibilizaciones y ocultaciones (más o menos intencionadas) o directamente invenciones. Veamos algunas de ellas aprovechando que hoy celebramos el Día Internacional de la Mujer.

  1. Mujer = hombre no evolucionado

El recurso a la ‘naturaleza’ de la mujer ha sido uno de los más asentados para defender las teorías sobre las limitaciones intelectuales y sociopolíticas de las féminas. Aunque en los siglos XVIII y XIX la biología comenzó a buscar las diferencias sexuales, fueron los darwinistas sociales quienes proclamaron que la mujer era un hombre que, ni física ni mentalmente, había evolucionado. En Darwin se encuentran citas sin base científica que ahondan en esta falsedad como que ellos las superan en coraje, energía y agresividad, así como en las facultades intelectuales de abstracción, razón e imaginación. Ellas, en cambio, serían más intuitivas, de percepción más rápida y más imitativas. Darwin también continuó la hipótesis aristotélica de que las mujeres tenían el cerebro menos evolucionado porque debían dedicar parte de sus energías a la procreación (desde la creación de óvulos hasta la gestación y la crianza), mientras que el macho sólo necesita un poco de energía para generar su semen. Darwin no se quedó ahí y añadió una perspectiva racista a sus planteamientos machistas: en su teoría de la evolución lineal los hombres blancos estaban por encima de las mujeres blancas y estas, por encima de los hombres negros y de las mujeres negras.

  1. Mujeres fieles y hombres promiscuos

Otras de las falsedades científicas más extendidas son las que se construyen sobre supuestos universales aplicables tanto a animales como a humanos, como el que establece la existencia de una promiscuidad masculina frente a una fidelidad femenina. Este planteamiento se basa en la idea de que el macho reparte su semen a través de una variedad de relaciones, mientras que las hembras dejan de interesarse por el apareamiento una vez que han sido fertilizadas. Esto lleva a los biodeterministas a afirmar otro supuesto: que las hembras sólo están interesadas en el sexo por la reproducción.

The Book of Fortune published in 1935

Imagen de The Book of Fortune, publicado en 1935, que siguen las teorías frenológicas. / Paul Walker/Flickr

El primer planteamiento, el de la varianza reproductiva mayor en hombres que en mujeres, fue supuestamente ‘probado’ con un experimento sobre moscas de la fruta. Sin embargo, estudios posteriores sobre otras especies y sobre las sociedades humanas desmontaron esta tesis. Con respecto al supuesto relacionado con el interés de las hembras por el sexo, las primeras en demostrar su falsedad fueron las primatólogas. Cuando las mujeres comenzaron a estudiar el comportamiento de los primates, descubrieron la falsa fidelidad de las hembras: vieron que la hembra podía aparearse con distintos machos para tener a varios proveyéndola y cuidando de su progenie. También aportaron otras teorías que alejan aún más la idea de la mujer fiel, como que múltiples apareamientos con orgasmos benefician fisiológicamente a las hembras.

  1. La violación de hembras como estrategia reproductiva evolutiva

En el extremo de estas teorías biológicas están las tesis que afirman que la violación es una estrategia reproductiva evolutiva entre los machos humanos y no humanos, mediante la cual machos que de otro modo no podrían tener éxito reproductivo propagan sus genes. Así lo afirmaban el biólogo Randy Thornill y el antropólogo Craig Palmer en su obra A Natural History of Rape, publicada en el año 2000. Sin embargo, García Dauder y Pérez Sedeño señalan que “en el caso de los animales no humanos, el sexo forzado siempre tiene lugar con hembras fértiles, pero no sucede así con las violaciones humanas, pues en muchos casos las víctimas son demasiado jóvenes o demasiado mayores para ser fértiles”. Por tanto no se podría hablar de estrategia reproductiva en estos casos, ni tampoco cuando en la violación se utiliza preservativo, va seguida del asesinato o cuando se produce entre varones, añaden.

  1. Capacidad innata para las matemáticas de los hombres

Otra falsedad muy sonada es aquella que busca explicar supuestas diferencias cognitivas entre los sexos basándose en una capacidad ‘innata’ para las matemáticas de los hombres. Es habitual oír que los hombres son más espaciales y las mujeres más verbales y que ellos tienen más aptitudes para las matemáticas. Esta afirmaciones suelen basarse en estudios que analizan por ejemplo las pruebas matemáticas como la que realizan los estudiantes en Estados Unidos para el acceso a la Universidad, examen conocido como SAT (Scholastic Aptitude Test). En dicha prueba los hombres puntúan más alto de media que las chicas. También hay más chicos entre las puntuaciones más altas (casi el doble que chicas), pero también hay más chicos entre las más bajas (aunque de esto se suela hablar menos). Según un análisis más pormenorizado, parece ser que las diferencias no se deben a una situación ‘innata’ de partida, sino a otras razones. Para empezar, hay más chicas que chicos que realizan esa prueba. Además, ellos proceden de media de familias con mayores ingresos y de escuelas privadas de Estados Unidos, algo que en ese país es sinónimo de mejores estudios. De hecho, en pruebas similares realizadas sólo con estudiantes de escuelas privadas apenas hay diferencias entre chicos y chicas.

Además, también incide cómo se plantea el enunciado del problema, generalmente vinculado a situaciones o contextos más masculinizados como negocios, deportes o actividades militares. Por lo visto también hay una cuestión cultural, ya que pruebas similares hechas en Japón o Singapur no arrojan diferencias (incluso, en Islandia ellas obtienen mejores puntuaciones). En definitiva, afirman las autoras, “esas pruebas no miden algo innato o inmutable, sino algo sobre la enseñanza que han tenido los estudiantes”. Es más, tampoco predicen los resultados futuros académicos o profesionales.

  1. El cerebro masculino es mayor que el femenino

Seguro que a más de una y a más de uno les suena haber escuchado que el cerebro de los hombres es más grande que el de las mujeres. En efecto, con ayuda de diferentes tecnologías para la toma de imágenes, se ha afirmado que existen algunas disparidades, como que los hombres tienen una amígdala mayor y que su cerebro es un 11% mayor que el de las mujeres, mientras que estas presentan más materia gris. “Sin embargo, las diferencias cerebrales entre los miembros del mismo sexo suelen ser superiores a las que hay entre los dos sexos”, desmontan Pérez Sedeño y García Dauder.

PORTADA LAS MENTIRAS CIENTIFICAS DE LAS MUJERES

Imagen de la cubierta de Marina Núñez, Sin título (Locura), de 1995

Un estudio de 2015 publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Science pone en cuestión las diferencias. A través de imágenes cerebrales por resonancia magnética de más de 1.400 personas, el equipo liderado por Daphna Joel, investigadora de la Universidad de Tel Aviv, midió el volumen de materia gris (el tejido oscuro que contiene el núcleo de las células nerviosas) y el de materia blanca (los haces de fibras nerviosas que transmiten las señales por el sistema nervioso). Aunque encontraron ligeras diferencias entre hombres y mujeres, había un solapamiento importante entre ambos sexos. Sólo entre el 0 y el 8% tenían estructuras cerebrales completamente femeninas o masculinas, es decir, con los rasgos más comunes o más repetidos en mujeres o en hombres. Compararon estos datos con conductas estereotipadas como jugar a la videoconsola o ver telenovelas.  “Solo el 0,1% de las personas con cerebro ‘plenamente masculino’ o ‘plenamente femenino’ mostraron una conducta estereotípicamente masculina o femenina”. Conclusión: no se puede hablar de dos clases de cerebro humano según el sexo.

Para más mentiras, ocultaciones e invisibilizaciones sobre las mujeres: Las ‘mentiras’ científicas sobre las mujeres, de S. García Dauder y Eulalia Pérez Sedeño (Catarata).

Plantas carnívoras: estas son sus trampas mortales

Por Mar Gulis (CSIC)*

Sarracenia tiene unas características hojas en forma de cucurucho / Wikipedia

Sarracenia tiene unas características hojas en forma de cucurucho / Wikipedia

Fue Charles Darwin quien constató la existencia de un grupo de plantas capaces de atraer, capturar y digerir insectos. De hecho, el ‘padre’ de la teoría de la evolución se refirió a ellas como ‘insectívoras’. Hoy a estas plantas las llamamos carnívoras, pues hace tiempo que sabemos que no solo se alimentan de insectos, sino que algunas son capaces de capturar crustáceos e incluso pequeños mamíferos.

Como sucede con casi todo en la naturaleza, el comportamiento de estos vegetales no es casual. Las plantas carnívoras suelen crecer en ambientes muy pobres en nutrientes y han desarrollado mecanismos para sobrevivir en medio de la escasez. Entre ellos está la capacidad de comer animales, lo cual implica un sofisticado proceso que abarca desde la captura de la presa hasta su digestión. Para atrapar a la víctima, estas plantas utilizan siempre sus hojas, que han desarrollado diferentes morfologías para lograr este propósito. Una vez que el animal cae preso, llega el momento del ‘procesado’, en el que intervendrán enzimas digestivas, hongos simbióticos o bacterias que permitan asimilar los nutrientes liberados durante la digestión.

Pero vamos a detenernos en el momento previo. ¿Cómo atrae la planta a la víctima y qué hace cuando esta cae en sus redes? Generalmente, el olor, el color o el néctar de la flor juegan un papel crucial. Atraído por ellos, el animal se aproxima y en ese momento la carnívora despliega su estrategia. Sin embargo, las tácticas son diversas.

Dionaea muscipula utiliza la trampa de las mandíbulas para agarrar a sus presas / Wikipedia

Dionaea muscipula utiliza sus ‘mandíbulas’ para atrapar a las presas / Wikipedia

La venus atrapamoscas (Dionaea muscipula), por ejemplo, utiliza la trampa de las mandíbulas para agarrar a sus presas, generalmente insectos o arácnidos. Gracias a un complejo mecanismo, su característica estructura de hoja dividida en dos lóbulos actúa como una mandíbula. Unos pelos diminutos ubicados en la superficie interna de la hoja funcionan a modo de resortes: cuando se produce el contacto con el animal, esas pelosidades provocan el cierre automático de ambos lóbulos en un movimiento de fracciones de segundo. Eso sí, para que se active la trampa, la presa tiene que tocar dos veces los pelos.

Otra modalidad es la trampa de succión, utilizada por las plantas carnívoras del género Utricularia, muy habituales en entornos acuáticos. En este caso la captura del alimento se realiza gracias a unas pequeñas vesículas, los utrículos, con un funcionamiento sumamente sofisticado. En su extremo tienen un orificio rodeado de unos pelos ramificados que, igual que en el ejemplo anterior, controlan la puesta en marcha del mecanismo cuando son tocados. El utrículo se abre y se hincha muy rápidamente, aspirando el agua circundante y succionando a la presa. Después, la vesícula vuelve a su forma inicial liberando el líquido aspirado, pero la presa queda atrapada sin posibilidad de escapar. Todo el proceso dura milésimas de segundo, lo que dificulta la huida.

Las hojas del género Drosera segregan mucílago, una sustancia pegajosa a la que se adhieren sus víctimas / Wikipedia

Las hojas del género Drosera segregan mucílago, una sustancia pegajosa a la que se adhieren sus víctimas / P. Dlouhý

La estrategia de Drosera, conocida también como ‘rocío del sol’, es bien diferente. Este género, uno de los más numerosos de plantas carnívoras –incluye unas 200 especies–, captura y digiere insectos gracias a su mucílago, una sustancia pegajosa que segregan las diminutas glándulas localizadas en la superficie de sus hojas. A menudo en el extremo de la hoja queda una gota de mucílago, de modo que cuando la víctima lo toca, queda pegada. Al intentar escapar, el propio movimiento le hace interaccionar con otros pelos adhiriéndose irreversiblemente. Una vez inmovilizada la presa, los pelos se curvan para situarla en el centro de la hoja, que se dobla paulatinamente sobre su nervio medio atrapándola definitivamente.

Por último, otras carnívoras como Sarracenia y Darlingtonia optan por trampas pasivas. Simplemente esperan a que la víctima caiga en sus redes. Estas plantas tienen hojas con forma de cucurucho tubular. Atraídas por el olor de las glándulas de néctar, las presas entran por la apertura, se posan en la hoja y caen hacia el interior de la misma, debido a una sustancia resbaladiza que cubre la entrada. Después, cansadas, se ahogan en el líquido digestivo contenido dentro del cucurucho.

 

* La información de este post procede de un artículo elaborado por la Unidad de Cultura Científica del Real Jardín Botánico (RJB-CSIC).

Selección sexual: las pájaras los prefieren bellos

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Por Santiago Merino (CSIC-MNCN)*

Para los amantes de las aves, pasear por el Jardín botánico de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, es una experiencia inolvidable. Entre el despliegue floral no es difícil ver algunos ejemplares espectaculares.

sdfsg

Ejemplar de monarca colilargo africano / Wikipedia

Esto me ocurrió la última vez que visité este paraje. Tras un rato detrás del follaje, algo bastante voluminoso se movió ante mis ojos. Coloqué los prismáticos en posición y me encontré con un gran monarca colilargo africano (Terpsiphone viridis). Esta ave de tamaño medio es llamativa por su cabeza oscura, en la que resalta un anillo ocular de color azul chillón a juego con el pico y que contrasta con el marrón-rojizo del cuerpo, y también por las larguísimas plumas de la cola.

Este tipo de ornamentos, muy comunes entre las aves, supusieron un quebradero de cabeza para uno de los padres de la teoría de la evolución, Charles Darwin, que veía en ellos una dificultad para el funcionamiento de su teoría por selección natural. Si los seres vivos son seleccionados en función de su capacidad de sobrevivir hasta reproducirse y transmitir así su información genética, ¿por qué se habrían seleccionado estos plumajes y coloridos tan llamativos? Al fin y al cabo solo podían atraer a más depredadores y hacer la huida más dificultosa.

Darwin solucionó el problema en su famoso libro El origen del hombre y la selección con relación al sexo. El científico concluyó que aunque estos ornamentos debían ser un problema para la supervivencia, a cambio ofrecían una enorme ventaja a la hora de encontrar pareja y aparearse, ya que atraían a más individuos del sexo contrario para la reproducción. Es decir, si bien su supervivencia era menor, ésta se compensaba con el hecho de que se reproducían con mucho más éxito que los menos ornamentados.

En realidad estábamos ante una clase especial de selección natural que Darwin llamó selección sexual. Aquellos individuos que dejen más descendencia en las siguientes generaciones extenderán sus genes en las poblaciones aun si sobreviven menos que otros que se reproducen a una tasa menor. El límite para el desarrollo del ornamento lo pone la misma selección natural. Los individuos con adornos demasiado exagerados serán depredados antes de reproducirse con lo cual el ornamento solo alcanzará un cierto nivel de desarrollo.

sdfg

Charles Darwin, padre de la teoría de la evolución por selección natural / Wikipedia

Desde que Darwin propusiera esta solución mucho se ha escrito sobre cuáles son las ventajas adaptativas que podría tener una hembra de cualquier especie al reproducirse con un macho vistoso, como el monarca colilargo africano. En la mayoría de las aves son los machos los que desarrollan este tipo de ornamentos, lo que les permite hacerse notar para ser elegidos por las hembras. Pero para que el mecanismo descrito funcione, las hembras también deben obtener alguna ventaja. De lo contrario podrían aparearse con individuos menos ornamentados que además sobrevivirían más tiempo.

Varias son las explicaciones que se han dado para esta atracción por los individuos vistosos. Una de ellas es que las hembras tendrían la ventaja de producir descendientes atractivos que a su vez dejarían más descendientes. Otra consiste en la llamada señalización honesta, según la cual el ornamento es un indicador fiable de la calidad del individuo (solo los de buena calidad pueden desarrollar esos adornos correctamente). Así, el individuo podrá sobrevivir pese a lo llamativo de su aspecto, y reproducirse con él significará adquirir esos buenos genes y transmitirlos a los descendientes.

La hipótesis formulada por W. Hamilton y M. Zuk en 1982 va en la misma línea: solo los individuos en buen estado de salud serían capaces de desarrollar estos ornamentos de manera correcta. Con ellos estarían señalizando a sus potenciales parejas que son individuos sanos o portadores de genes de resistencia a las enfermedades.

Pero las explicaciones no acaban aquí. Otras ventajas adaptativas que supondría la selección de parejas tan vistosas sería que, al estar sanas, no van a transmitir enfermedades durante la cópula. O que al gozar de buena salud podrán dedicar más energía a criar a sus descendientes en aquellas especies donde existen cuidados parentales de la prole. Sea cual sea la explicación –no son excluyentes–, estas ventajas serían evolutivamente muy importantes y habrían desencadenado la evolución de todo tipo de ornamentos sexuales.

 

*Santiago Merino es director del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC). Este post ha sido extraído de su libro Diseñados por la enfermedad. El papel del parasitismo en la evolución de los seres vivos (Editorial Síntesis, 2013).