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El origen del universo: las tres grandes evidencias del Big Bang

AutorPor Alberto Fernández Soto (CSIC)*

Todo cambia: nosotros, otros seres vivos, la geografía de nuestro planeta, etc. El universo también evoluciona, aunque habitualmente lo hace en escalas de tiempo mucho mayores. Existen procesos, como la explosión de una supernova, que podemos observar en tiempo real. Pero además el cosmos cambia como un todo, y hace aproximadamente 13.800 millones de años conoció la mayor transformación que podemos imaginar: surgió de repente, de modo que la materia, la energía, e incluso el espacio y el tiempo aparecieron espontáneamente a partir de la nada en lo que hoy llamamos la ‘Gran Explosión.

Esta es una idea difícil de digerir, y como tal requiere evidencias muy sólidas que la apoyen. Tres son las grandes pruebas en que se basa:

  1. El universo se expande. Edwin Hubble observó hacia 1925 que las galaxias se alejan unas de otras a velocidades proporcionales a la distancia entre ellas. Georges Lemâitre había probado anteriormente que un universo en expansión representaba una solución válida de las ecuaciones de Einstein, aunque éste se había mostrado reticente (sus ecuaciones son correctas, pero su física es abominable, cuentan que le dijo). Si el cosmos se encuentra en expansión es fácil imaginar que en el pasado ocupaba un volumen mucho menor y, en el límite, un volumen nulo. Tal instante, en el que la temperatura y la densidad serían extremadamente altas, es lo que llamamos ‘Gran Explosión’ o ‘Big Bang’.
  1. La composición del universo es tres cuartos de hidrógeno y un cuarto de helio, los dos elementos más ligeros. Todo el resto de la tabla periódica, incluyendo los elementos que componen la mayor parte de nuestros cuerpos y nuestro planeta (silicio, aluminio, níquel, hierro, carbono, oxígeno, fósforo, nitrógeno, azufre…), representa aproximadamente el 2% de la masa total. Cuando hacia 1950 algunos físicos (entre ellos Fred Hoyle, William Fowler y el matrimonio formado por Geoff y Margaret Burbidge) entendieron por primera vez las ecuaciones que regían las reacciones nucleares en las estrellas, probaron que todos esos átomos ‘pesados’ habían nacido en los núcleos estelares. George Gamow, Ralph Alpher y Robert Herman aplicaron las mismas ecuaciones a la ‘sopa’ de partículas elementales que debería haber existido en los primeros instantes del universo, teniendo en cuenta su rápido proceso de enfriamiento. Dedujeron que, aproximadamente tres minutos después del instante inicial, la temperatura habría bajado lo suficiente como para frenar cualquier reacción nuclear, dejando un universo con las cantidades observadas de hidrógeno y helio.

    Arno Penzias y Robert Wilson en la antena de Holmdel (Bell Labs, Nueva Jersey) con la que descubrieron la radiación de fondo de microondas. / NASA.

    Arno Penzias y Robert Wilson en la antena de Holmdel (Bell Labs, Nueva Jersey) con la que descubrieron la radiación de fondo de microondas. / NASA.

  1. Si el universo nació en ese estado indescriptiblemente caliente y se ha ido enfriando, ¿cuál será su temperatura actual? Eso se preguntaban Robert Dicke, Jim Peebles, Peter Roll y David Wilkinson en Princeton a mediados de los sesenta. Antes de completar su antena para intentar medir esa temperatura, supieron por un colega que dos astrónomos de los cercanos laboratorios Bell, que utilizaban una gran antena de comunicaciones para medir la emisión de la Vía Láctea, detectaban un ruido de fondo que no conseguían eliminar. Arno Penzias y Robert Wilson habían descubierto, sin saberlo, la radiación de microondas causada por la temperatura de fondo2,7 grados Kelvin (aproximadamente menos 270 grados)– que constituye el eco actual de la Gran Explosión.

Otros resultados recientes, como la medida de la tasa de expansión del universo a partir de observaciones de supernovas (1998) o la detección de escalas ‘fósiles’ características en el agrupamiento de galaxias (2005), han permitido estimar con precisión los parámetros del modelo. Así, la edad del universo es 13.800 millones de años (con una precisión menor del 1%).

La evolución de la estructura del universo según una simulación por ordenador, en escalas de tiempo que cubren desde hace 12.800 millones de años (línea superior) al presente (línea inferior), y escalas de tamaño que van desde 325 (columna izquierda) a 50 millones de años-luz (columna derecha). / Millennium-II Simulation: M. Boylan-Kolchin et al. (Max Planck Institute for Astrophysics), Volker Springel (Heidelberg Institute for Theoretical Studies).

La evolución de la estructura del universo según una simulación por ordenador, en escalas de tiempo que cubren desde hace 12.800 millones de años (línea superior) al presente (línea inferior), y escalas de tamaño que van desde 325 (columna izquierda) a 50 millones de años-luz (columna derecha). / Millennium-II Simulation: M. Boylan-Kolchin et al. (Max Planck Institute for Astrophysics), Volker Springel (Heidelberg Institute for Theoretical Studies).

Eso sí, menos de un 5% del contenido del cosmos es la materia que estamos acostumbrados a ver. Existe otro tipo de materia del que hay una cantidad cuatro veces mayor que de materia normal –sólo notamos su efecto gravitatorio, y la llamamos ‘materia oscura–. Además una nueva componente, que llamamos ‘energía oscura a falta de un nombre mejor, representa casi un 75% del contenido del cosmos. ¿Su propiedad principal? Que genera una presión que se opone a la gravedad haciendo que el universo se encuentre en un proceso de expansión desbocada.

Hace 10.000 millones de años se formó nuestra galaxia, y nuestro sistema solar apareció solamente unos 5.000 millones de años atrás. En uno de sus planetas aparecieron hace casi 4.000 millones de años los primeros seres vivos: entes capaces de almacenar información genética, reproducirse y evolucionar. Tuvieron que pasar casi todos esos años para que, prácticamente ayer, apareciera una especie de primate capaz de observar el mundo a su alrededor, hacerse preguntas, y almacenar información de un nuevo modo: el instinto, el habla, la escritura, la cultura, la ciencia…

La cosmología observacional ha conseguido hoy responder a muchas preguntas que hace poco más de un siglo eran absolutamente inatacables para la física. No obstante un gran número de nuevos problemas se han abierto: ¿Qué es la materia oscura? ¿Cuál es la naturaleza de la energía oscura y cómo provoca la expansión? ¿Qué produjo la asimetría inicial entre materia y antimateria? ¿Tuvo el universo temprano una fase inflacionaria de crecimiento acelerado? Multitud de programas observacionales y esfuerzos teóricos y computacionales se dedican a intentar resolver estas cuestiones. Esperamos que al menos algunas de ellas tengan respuesta en los próximos años.

 

* Alberto Fernández Soto investiga en el Instituto de Física de Cantabria (CSIC-UC) y en la Unidad Asociada Observatori Astronòmic (UV-IFCA). Junto con Carlos Briones y José María Bermúdez de Castro, es autor de Orígenes: El universo, la vida, los humanos (Crítica).

¿Queda algo por contar sobre los agujeros negros?

M. Villar

Por Montserrat Villar (CSIC)*

Se ha hablado y escrito tanto sobre los agujeros negros que, quizás, se podría pensar que es difícil contar algo nuevo e interesante. Sin embargo, hay motivos para afirmar sin dudarlo que aún queda mucho por decir sobre ellos.

Imagen generada por ordenador. Ilustra la distorsión visual que observaríamos en las proximidades de un agujero negro debida a los efectos de la gravedad. / Alain Riazuelo

Imagen generada por ordenador. Ilustra la distorsión visual que observaríamos en las proximidades de un agujero negro debida a los efectos de la gravedad. / Alain Riazuelo

Los agujeros negros siguen siendo objetos misteriosos. Según las ecuaciones de la teoría de la relatividad general de Einstein (enunciada hace unos cien años), toda la masa de un agujero negro está contenida en una zona infinitamente pequeña, no ocupa espacio en absoluto. Se trata de algo tan extraño que desde su predicción, y aún hoy, sigue desafiando a las mentes más brillantes. El propio Einstein afirmó que, aunque la teoría predijera su existencia, no podría haber objetos tan exóticos en el mundo real. Hoy todo parece indicar que existen. Es más, son algo común en el universo.

Contamos con dos teorías exitosas cuando se aplican por separado. Una de ellas es la teoría de Einstein que acabo de mencionar. Da cuenta de manera sublime de la forma en que la gravedad ejerce influencia sobre el movimiento de los planetas, estrellas y galaxias. Describe el mundo de las distancias enormes y las masas gigantescas. Pero no explica, por otro lado, el mundo en las escalas más pequeñas, el de los átomos y las partículas que los forman, aquel en que las masas son diminutas y la gravedad despreciable. Para ello contamos con una teoría diferente y también maravillosa: la mecánica cuántica, que describe cómo funciona la naturaleza en el nivel más fundamental. A su vez, no puede explicar la gravedad, que funciona en escalas de espacio y masas mucho mayores. Ambas teorías, por tanto, aportan visiones parciales de la realidad.

Los intentos de combinar la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad general de Eintein se engloban en la llamada teoría de la gravedad cuántica. / CERN

Los intentos de combinar la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad
general de Einstein se engloban en la llamada teoría de la gravedad cuántica. / CERN

En general, la mecánica cuántica y la relatividad general no entran en conflicto porque actúan en ámbitos en apariencia independientes. Sin embargo, existe un escenario en el que ambas deberían ser aplicables: allí donde el tamaño es muy pequeño y la masa gigantesca: los agujeros negros. Pues bien, aquí ambas teorías son incompatibles.

Hay miles de millones de agujeros negros en el universo y, por tanto, miles de millones de lugares donde dos teorías magníficas por separado, dejan de funcionar. Los esfuerzos que durante décadas se han dedicado a formular una teoría (la llamada gravedad cuántica) que unifique la relatividad general y la mecánica cuántica no han logrado el objetivo hasta el momento. Las dificultades son enormes, desde incertidumbres conceptuales en cuanto al tratamiento del espacio y del tiempo, hasta los obstáculos inherentes al diseño de experimentos y observaciones (particularmente en el área de la astronomía, en concreto la cosmología) y, por consiguiente, la escasez de datos que permitan poner a prueba los posibles avances teóricos. ¿Cómo pueden coexistir ambas teorías? No hay muchas preguntas que representen un reto tan grande para el pensamiento científico y filosófico.

Los agujeros negros seguirán dando que hablar durante mucho tiempo, porque son un símbolo de lo que no entendemos y porque son enigmáticos y complicados. El desafío de comprenderlos es formidable y, como consecuencia, mayor es su atractivo.

 

* Montserrat Villar es investigadora en el Centro de Astrobiología (INTA/CSIC) en el grupo de Astrofísica extragaláctica.

Athena, un invento para ver el universo con rayos x

Por Agustín Camón (CSIC)*

Cuando observamos el cielo en una noche estrellada no solemos reparar en todo lo que no vemos. Olvidamos que hay muchas cosas que se le escapan a nuestra retina. Pensar que en esos instantes estamos viendo ‘todo’ es tan absurdo como pensar que por haber oído una emisora de radio ya hemos escuchado todas. La luz, la radio, los rayos X o las microondas, todo es lo mismo, radiación electromagnética. La diferencia, al igual que entre las distintas emisoras, es la frecuencia.

Nuestros ojos son sensores capaces de detectar frecuencias un millón de veces más altas que las de la radio, pero solo en un determinado rango. Si la frecuencia se hace demasiado grande ya no podemos ver la luz; es lo que llamamos el ultravioleta. Lo mismo ocurre si la frecuencia es demasiado baja; en ese caso hablamos del infrarrojo. Así pues, nuestros ojos son como un aparato de radio que puede ‘ver’ las emisoras que van desde el infrarrojo al ultravioleta. Cada una de esas frecuencias intermedias es interpretada por nuestro cerebro como un color, creando por ejemplo el maravilloso espectáculo del cielo nocturno. Pero nos estamos perdiendo todas las frecuencias que no vemos. ¿Cómo sería una noche estrellada si pudiéramos ver el infrarrojo o los rayos X?

    De arriba a abajo, la Vía Láctea a las distintas frecuencias: radio (las cuatro primeras franjas), infrarrojo, infrarrojo medio, infrarrojo cercano, rango visible (u óptico), ustravioleta, rayos X y rayos gamma / NASA

De arriba a abajo, la Vía Láctea a las distintas frecuencias: radio (las cuatro primeras franjas), infrarrojo, infrarrojo medio, infrarrojo cercano, rango visible (u óptico), ustravioleta, rayos X y rayos gamma / NASA

 

Es lo que la NASA ha querido mostrar con esta imagen, donde vemos La Vía Láctea a las distintas frecuencias. Fijaos, por ejemplo, en que lo que en el visible son nubes negras, en el infrarrojo emiten gran cantidad de luz. Son nubes de gas y polvo que no dejan pasar la luz visible pero que, al estar calientes, emiten en el infrarrojo.

Junto con otros laboratorios europeos y españoles, en el Instituto de Ciencias de Materiales de Aragón un grupo de investigadores estamos desarrollando nuevos sensores de rayos X que se utilizarán en ATHENA, un telescopio que la Agencia Espacial Europea lanzará al espacio en 2028. Este telescopio nos permitirá mirar al universo con otros ojos o, siguiendo el símil de la radio, escuchar otra emisora, la que nos hablará de los procesos más violentos y energéticos que tienen lugar en el cosmos: el Big Bang, los agujeros negros, la formación de las estrellas y las galaxias…

Y así no nos perderemos nada.

 

* Agustín Camón es investigador del CSIC en el Instituto de Ciencia de Materiales de Aragón.

¿Qué tiene que ver la nieve de tu televisor con el origen del universo?

televisor nievePor Mar Gulis

Hay que echarle algo de imaginación, pero si nos lo proponemos podemos convertir cualquier momento en el que no haya nada interesante en la televisión en una observación de los orígenes del universo. Y todo sin moverse del sofá.

Lo primero es olvidarse de los canales digitales y ponerse a sintonizar alguna frecuencia analógica, igual que en los viejos tiempos. Como después del ‘apagón analógico’ en España ninguna cadena realiza este tipo de emisiones, encontraremos algo que seguramente nos resulte familiar: la famosa nieve o ruido blanco. La mayor parte de ese ruido proviene del mismo receptor o de otras emisiones de origen humano, como las de radio. No obstante, se estima que el 1% de ese ruido está provocado por la llamada radiación cósmica, que se originó hace unos 13.700 millones de años, cuando el universo ‘acababa’ de nacer.

La radiación cósmica había sido predicha por el astrofísico de origen ruso George Gamow en 1948, pero fueron los jóvenes radioastrónomos A. Penzias y R. Wilson quienes, en 1965, recogieron la primera evidencia de este fenómeno… aunque lo hicieron de forma totalmente casual.

Penzias y Wilson habían dedicado enormes esfuerzos a ‘limpiar’ el ruido parásito y las interferencias de una antena que pretendían utilizar para captar ondas de radio emitidas por nuestra galaxia. Sin embargo, había una extraña señal de microondas en forma de silbido que no lograban hacer desaparecer por  más que limpiaran y desmontaran la antena una y otra vez.

Lo asombroso de esa señal es que parecía venir de todas partes y llegaba a todas horas. Penzias y Wilson no comprendieron la importancia de este descubrimiento hasta que contactaron con el equipo de Robert Dicke, que casualmente estaba buscando aquello de lo que ellos querían librarse solo a 50 kilómetros de su antena, en la Universidad de Princeton. El divulgador Bill Bryson cuenta que poco después la revista Astrophysical Journal publicó un artículo de Penzias y Wilson en el que describían su experiencia con el silbido y otro de Dicke que explicaba que su origen era la radiación cósmica… pero el Nobel de física de 1978 fue solo para los primeros.

Una pena por Dicke, ¿pero qué es eso de la radiación cósmica? El físico del CSIC Alberto Casas explica que su origen se remonta a cuando el universo tenía ‘solo’ 380.000 años. Hasta entonces el cosmos era una especie de ‘sopa traslúcida’, conocida como plasma, compuesta principalmente por fotones, electrones y núcleos de elementos ligeros, como el hidrógeno y el helio.

Sin embargo, en aquel momento la temperatura descendió por debajo de los 3.000 grados y los electrones (con carga negativa) se hicieron suficientemente lentos como para que los núcleos (con carga positiva) los capturaran para formar átomos neutros. Eso, a su vez, hizo que los fotones dejaran de chocar constantemente con partículas positivas y negativas y pudiesen viajar libremente y en todas las direcciones sin interrupciones… La luz, tal y como la conocemos, acababa de ‘nacer’.

Final del plasma

Lo que pasa es que esos fotones han ‘envejecido’ junto con el universo y por eso ya no nos llegan en forma de luz, sino en forma de microondas: a medida que el cosmos se ha ido expandiendo, la longitud de onda de los fotones de la radiación cósmica también lo ha hecho.

Ondas

Como resultado estos fotones, además de invisibles, se han hecho menos energéticos y más fríos: ahora, en lugar de 3.000 grados centígrados, su temperatura es de 270 bajo cero. Esto puede parecer poco pero curiosamente significa que son la calefacción del universo: si no estuvieran en todas partes, la temperatura del cosmos se encontraría en el cero absoluto, a menos 273 grados.

Sin embargo, la temperatura de la radiacón cósmica no es totalmente homogénea. Existen pequeñísimas diferencias del orden de la cienmilésimas de grado en la radiación que alcanza la Tierra desde distintas direcciones. Los fotones de esta radiación que llegan a nuestro planeta ‘justo’ ahora partieron cuando el plasma dio lugar a un universo de átomos neutros, por lo que el mapa de nuestro cielo que representa las diferencias de temperatura de la radiación cósmica constituye la ‘fotografía’ más antigua que tenemos del universo. Esas inhomogeneidades de temperatura corresponden a las diferentes densidades que tenía el plasma en aquel momento y son una enorme fuente de información para conocer cómo era el cosmos en sus primeros años de vida.

Temperatura de la radiación de fondo

Mapa del cielo representando la temperatura de la radiación de fondo. / NASA-WMAP Science Team.

Así que la próxima vez que aparezca nieve en tu televisor no pienses que no hay nada que ver. Ese ruido puede tener más contenido que la programación habitual…

 

Si quieres más ciencia para llevar sobre la radiación cósmica y la historia del universo consulta el libro El lado oscuro del universo (CSIC-Catarata), de Alberto Casas.

Agujeros negros o estrellas salvajes, ¿de dónde vienen las misteriosas ondas de Arecibo?

Por Mar Gulis

El 2 de noviembre de 2012 el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico), el más grande del planeta, detectó por primera vez unas intensas ráfagas de ondas de radio que duraron una fracción de segundo y no volvieron a repetirse. La noticia, que fue difundida el pasado jueves, ha dejado muchas preguntas en el aire.

¿Qué son estas ráfagas? ¿Cuál es su origen? ¿Por qué una parte de la comunidad científica trata de explicar este fenómeno? Hemos preguntado a investigadores del CSIC para que nos den algunas pistas.

Estas ráfagas rápidas de radio (Fast Radio Burst, por sus siglas en inglés) fueron detectadas por primera vez en 2007 por el observatorio de Parkes, en Australia. Después solo se registraron en otras seis ocasiones en ese mismo lugar, generando un intenso debate sobre cuál sería su procedencia. ¿Tenían un origen cósmico o se trataba de un fenómeno terrestre, relacionado con el entorno de Parkes o incluso debido a fallos del telescopio? “El hecho de que solo se detectasen en ese punto del planeta parecía apuntar a la segunda opción, es decir, que el propio observatorio las crease de forma artificial por error o que fuesen emitidas por alguna antena o radar próximos”, explica Emilio García, del Instituto de Astrofísica de Andalucía.

El Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, fue construido en 1960.

El Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico, fue construido en 1960. / Wikipedia

Pero lo sucedido en 2012 en Arecibo cuestiona la teoría del origen terrestre y hace cobrar fuerza a la idea de que estamos ante un evento astronómico real, y no generado artificialmente por el observatorio o por emisiones de la Tierra.

De ser así, tendría todo el sentido preguntarse qué son esas ráfagas y de dónde proceden. El observatorio de Arecibo recoge habitualmente este tipo de ondas para su posterior análisis. Sin embargo, a diferencia de las explosiones de radio emitidas por algunos púlsares -estrellas de neutrones con una masa tres veces superior a la del Sol-, la ráfaga captada en 2012 no volvió a ocurrir. Se encendió brevemente y luego desapareció. “Los púlsares se comportan como un faro y son repetitivos, así que esta opción quedaría descartada”, señala Antxón Alberdi, astrofísico del mismo instituto.

Por ahora, solo pueden plantearse hipótesis porque, como señala este investigador, “el problema es que no se conoce la posición precisa de donde vienen las señales y además no se descubrieron inmediatamente sino tiempo después”. Alberdi cita al científico Scott Ramson, del National Radio Astronomy Observatory (NRAO), que afirma que el reto es “detectarlas en tiempo real. Así podría identificarse la galaxia que albergaría el punto del que ha salido la señal”.

Ahora bien, con los datos existentes Alberdi explica que “por la corta duración y su gran intensidad”, el origen de las ráfagas “tiene que ser un objeto muy compacto y en rotación”. Las opciones son varias. “Podrían proceder de dos estrellas de neutrones que hubiesen colisionado dando lugar a las ráfagas. O bien de un agujero negro que se hubiese comido una estrella o una nube de gas expulsando una especie de fogonazo”. Y una última opción: “Estrellas de neutrones muy magnetizadas que producen erupciones brutales y que no necesariamente se repiten”.

El también astrofísico José A. Caballero, del Centro de Astrobiología, piensa que “no hay nada ‘del otro mundo’: solo que una estrella de neutrones muy magnetizada o un agujero negro de otra galaxia ha eructado (le habrá sentado mal tragarse tanto gas de golpe). O que dos estrellas de neutrones estaban bailando salvajemente y han formado una melé. Como no hay muchas estrellas de neutrones y agujeros negros ‘heavys’ como estos (la mayoría de ellos son muy educados y se portan como en un concierto de música clásica), no les hemos oído alborotar muchas veces”.

Para explicar el fenómeno, tanto Alberdi como García recurren a otro análogo que sí es habitual en astrofísica: las explosiones de rayos gamma. “Son también episodios esporádicos y rápidos, pero mucho más energéticos, que han sido detectados por satélites que orbitan alrededor de la Tierra desde los años 70”, señala García. “Esto podría ser algo similar pero en radio, que es una frecuencia mucho menos energética”.

Los rayos gamma se asocian a la explosión de una estrella muy masiva, que llega al fin de sus días y, al colapsar, “vomita una radiación muy colimada, como un rayo, en una energía muy alta”, explica García. Ese material, al interaccionar con el medio interestelar a grandísima velocidad, produce el estallido de rayos gamma, pero este se ve durante más tiempo y no solo unas fracciones de segundo. “Por eso lo registrado por Arecibo no se trata de rayos gamma”, añade Alberdi.

¿Y cómo de largo ha sido el viaje realizado por esas ondas? El científico Duncan Lorimer, que investigó la primera ráfaga detectada en Australia, está convencido de que su origen es extra galáctico, de más allá de la Vía Láctea. “Estaríamos hablando de distancias cosmológicas, que superan los millones de años luz, de cuando el universo era muy joven”, añade García. Si se confirman todas estas hipótesis se trataría efectivamente de un fenómeno astronómico nuevo y habría que estudiar a qué principios físicos está asociado.

 

A vueltas con la vida extraterrestre

Noticias como la de Arecibo dan pie a especulaciones sobre la posibilidad de que las señales hubiesen sido emitidas por algún tipo de vida procedente de otros planetas. Hasta el momento, el Instituto para la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI) no ha captado ningún mensaje atribuible a moradores de otras galaxias. Solo la conocida como señal Wow!, una captación de radio de 70 segundos realizada por el radiotelescopio Big Ear (perteneciente a SETI) en 1977, generó dudas en este sentido y aún se estudia su origen.

Las ondas detectadas en Arecibo suscitan este tipo de conjeturas porque “si existiese otra civilización en el cosmos y se quisiera poner en contacto con nosotros, probablemente utilizaría frecuencias de radio, ya que son capaces de recorrer más distancia que otras sin llegar a extinguirse”, afirman los dos científicos del CSIC.

“Quien quiera pensar que lo sucedido en Arecibo indica la existencia de vida en otros planetas, que lo piense, pero lo más seguro es que se trate de un evento natural, puntual, que ocurre en un momento determinado y no vuelve a suceder nunca más o bien sucede otra vez dentro de millones de años”, remata García.