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CURIOSIDADES CIENTÍFICAS PARA COMPARTIR

Archivo de Junio, 2016

¿Cómo se imaginaban la Luna en el siglo XIX?

Fotografía de un molde de escayola construido por Nasmyth recreando la región del cráter Copérnico. Publicada en ‘La Luna: considerada como un planeta, un mundo y un satélite’ (1874).

Fotografía de un molde de escayola construido por Nasmyth recreando la región del cráter Copérnico. Publicada en La Luna: considerada como un planeta, un mundo y un satélite (1874).

Por Montserrat Villar y Mar Gulis (CSIC)*

Mira esta fotografía de un cráter lunar. ¿Dirías que es real o que se trata de una maqueta? Publicada en 1874 por el ingeniero mecánico e inventor James Nasmyth (1808-1890) y el astrónomo James Carpenter (1840-1899), la imagen solo puede ser una recreación…  aunque es sorprendentemente buena para la época.

Pese a que por aquel entonces hacía varias décadas que se habían empezado a obtener fotografías de nuestro satélite, la calidad no era suficiente para resaltar los detalles de su superficie con la nitidez que los autores deseaban. En lugar de esto, Nasmyth construyó moldes de escayola del relieve lunar inspirados en observaciones telescópicas realizadas junto a Carpenter. Los moldes fueron iluminados con diferentes intensidades y desde distintos ángulos, controlando las condiciones con exquisito cuidado, y posteriormente fotografiados.

Hoy en día algunas de esas imágenes siguen dando a primera vista la impresión de haber sido tomadas in situ. Pero hay más. Nasmyth y Carpenter no limitaron su recreación de la Luna a estos moldes –que en la actualidad se conservan en el Museo de la Ciencia de Londres–. En su libro La luna: considerada como un planeta, un mundo y un satélite, donde se incluyeron las fotografías, los autores trataron de describir otras sensaciones que experimentaría en la Luna un ser humano que encontrara un método para poder respirar.

Molde de escayola de una porción de la superficie lunar realizado por Nasmyth. / Museo de Ciencias , Londre (CC-BY-NC-ND-2.0.)

Molde de escayola de una porción de la superficie lunar realizado por Nasmyth. / Museo de Ciencias , Londres (CC-BY-NC-ND-2.0.).

Detallaron, por ejemplo, los efectos de la ausencia de aire. Incluso cuando el Sol o la Tierra brillaran altos sobre el horizonte, al no haber difusión de la luz como ocurre en nuestra atmósfera, se vería un cielo totalmente negro salpicado por las luces de estrellas y planetas, que se apreciarían con mayor nitidez que en cualquier noche terrestre.

Nasmyth y Carpenter también imaginaron los cambios en el paisaje producidos por los marcados juegos de luces y sombras sobre el relieve lunar; o los contrastes de color debidos a la composición de la superficie, donde diferentes minerales darían coloraciones especiales y únicas a la escena.

Además recrearon el espectáculo de un eclipse solar producido por la Tierra. En la ilustración realizada por Nasmyth,  se aprecia el Sol en la distancia eclipsado por nuestro planeta, tal y como lo vería un observador en  la Luna. Su forma empieza a despuntar detrás del círculo terrestre, que tiene un tamaño aparente unas cuatro veces mayor. La corona aparece impresionante. La luz solar atraviesa la fina capa de la atmósfera de nuestro planeta rodeándolo de un halo brillante y rojizo que ilumina un paisaje montañoso y salvaje donde reina la desolación.

El Sol eclipsado por la Tierra visto desde la Luna. / Ilustración de James Nasmyth.

El Sol eclipsado por la Tierra visto desde la Luna. / Ilustración de James Nasmyth.

Junto a sugerentes imágenes, en el libro también hay espacio para el “mortal silencio que reina en la luna”: “Mil cañones podrían ser disparados y mil tambores golpeados en aquel mundo sin aire, pero ningún sonido saldría de ellos. Labios que podrían temblar, lenguas que intentarían hablar, pero ninguna de sus acciones rompería el silencio de la escena lunar”.

 

* Montserrat Villar es investigadora en el Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) en el grupo de Astrofísica extragaláctica. 

Relato ganador Inspiraciencia 2016: ‘Yo no creía en el Satori’

Por Mar Gulis (CSIC)

El certamen de relatos de inspiración científica Inspiraciencia, organizado por el CSIC, celebró ayer en Madrid la entrega de premios de su sexta edición. Compartimos aquí Yo no creía en el Satori, del valenciano Luis Neira Tovar, el relato que ha resultado ganador en la categoría ‘adulto’ en idioma castellano.


Yo no creía en el Satori

Luis Neira Tovar

Todo empezó cuando el yogui llegó al campus. No podía dejar de hacerse notar, sin duda con la intención de buscar prosélitos, con su aire de santón, sus túnicas chillonas y su barba patriarcal. Comenzó a pegar carteles anunciando un curso de meditación y ciencia. No podíamos consentirlo. ¿Qué podía decir aquel mamarracho sobre ciencia? ¡Bastante teníamos con un máster en Reiki en la Universidad! Así que fuimos a reventarle la sesión inaugural.

MeditaciónMe decepcionó comprobar que entre los asistentes se encontraba el rector y varios catedráticos, todos con su chándal y su esterilla. Se produjo un silencio respetuoso y el yogui comenzó ufanándose de haber desarrollado una serie de técnicas que permitían llegar a un control absoluto de la mente sobre la materia. Me chirrió tanto su palabrería que en seguida le interrumpí diciéndole que con la respiración no se podía cambiar la trayectoria de un planeta. El yogui no se alteró.

-No hay nada que no se pueda conseguir con un correcto estado mental.

-¡Qué locura!

-No es locura, sino ciencia. La meditación induce estados en los que se pueden generar ondas de diversa naturaleza. Se emplean las bases de la mecánica cuántica a partir de la hipótesis de De Broglie.

¿Qué estaba farfullando aquel loco? ¿Qué sabía él de mecánica cuántica? Era el típico vendedor de crecepelos que no sabe una palabra de lo que dice pero emplea vagamente conceptos científicos para justificar cualquier disparate.

-¿Pero qué sabes de De Broglie?

-¿Conoce usted la hipótesis de De Broglie?

-Por supuesto. – No era así, pero no me achanté. Sabía que estaba ahí, después de Plank y antes de Schrodinger, en los libros de química. Pero estaba seguro de saber más que él.

-Pues entonces entenderá que toda entidad del universo posee una dualidad onda-corpúsculo. Controlando las energías internas se puede expandir nuestro cuerpo en forma de radiación. Podemos entrar en comunión con el cosmos gracias a ello. De Broglie obtuvo la clave: la longitud de onda se obtiene a partir de la constante de Plank dividida entre el momentum de la partícula. La concentración que propongo controla el momentum y por ello la longitud de onda.

-Eso que dices son vaguedades.

-Si consigo detener todo movimiento en mi ser, al ser el momentum igual a cero y éste ocupar el denominador, ello hace que la longitud de onda sea infinita. Dado que la longitud de onda, para una velocidad de propagación “C”, es inversamente proporcional a la frecuencia, ésta tendrá que ser también infinita, y en consecuencia entrar en un estado de resonancia que permite expandir la mente y comunicarse con el universo.

-¡Qué disparate! ¡No puedes demostralo!

-Nunca he intentado llegar tan lejos como me propone, pero aquí hay reunidos muchos amigos a los que su obstinación está haciendo daño.

El yogui tomó una alfombrilla que tenía enrollada, la extendió en el centro de la estancia y quedó sentado en la posición de loto. Todos guardábamos silencio y podía sentir la inquina en las miradas de la concurrencia, pero me daba igual, yo estaba allí para defender la razón y la ciencia.

Los minutos transcurrían en la contemplación de aquel hombre estático y aquello comenzaba a ser incómodo. No pasaba absolutamente nada. Parecía que no respiraba, que su corazón ni siguiera latía. No movía ni un músculo. Empecé a imaginar cómo evolucionaría la situación si, pasadas unas horas, el individuo siguiera quieto.

Finalmente una sensación desasosegadora se comenzó a apoderar de todos. De repente hacía mucho frío y no había motivo para ello.

El frío emanaba del yogui. La barba se le empezaba a quedar escarchada. La piel se le azulaba. Era asombroso. De repente, el fenómeno se aceleró. Se formó una fina capa de hielo sobre la tez y, de golpe, todo su cuerpo se fracturó en mil pedazos haciéndose añicos, colapsando en una miríada de bloquecillos helados.
En medio de la estupefacción general, Damián me susurró al oído:

-Se equivocó al despejar la ecuación. La frecuencia no tendía a infinito, sino a cero. La energía interna de sus moléculas se ha hecho nula y ha bajado su temperatura hasta el cero absoluto.

-Pues ya me podrías haber avisado antes. Ahora ya no podemos rebatirle.

El caso es que, siendo aquello tan extraño y no teniendo a nadie más a quien culpar, me acusaron a mí de homicidio y no sé de cuántas cosas más. Después de todo, el yogui no sabía tanta física, pero el secreto de cómo era capaz de controlar hasta ese punto cada átomo de su ser se lo ha llevado a la tumba. Todavía recuerdo, antes de que me prendieran, las palabras de Damián:

-Menos mal que no intentó hacer la longitud de onda cero. Podría haber fisionado en una explosión nuclear.

 

Inspiraciencia es una iniciativa del Consejo Superior de Invesitgaciones Científicas (CSIC) que cuenta con financiación de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), del Ministerio de Economía y Competitividad. Numerosas entidades dan apoyo a este certamen: la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès, la Escuela de Escritores, la Editorial Galaxia, la Asociación de Escritoras e Escritores en Lingua Galega, Mètode, Revista de difusió de la ciència de la Universitat de València, Euskal Etxea Centre Cultural Barcelona, la Fundazioa ElHuyar, así como otras entidades culturales y bibliotecas públicas.

Los aceleradores de partículas se meten en tu cocina

ESRF

La Instalación Europea de Radiación Sincrotrón (ESRF) ubicado en Grenoble, Francia, es un instituto de alto nivel dedicado a la investigación científica de primera línea. / ESRF.

Por Mar Gulis (CSIC)

Reconocer un verdadero jamón ‘pata negra’, eliminar esa fea capa blanquecina que se forma a veces sobre las tabletas de chocolate o detectar el origen y la edad de un vino. Por sorprendente que pueda resultar, los aceleradores de partículas, creados en el ámbito de la física para estudiar la estructura elemental de la materia, también pueden contribuir a mejorar la calidad de los productos que llegan a nuestra mesa.

A estas alturas, casi todo el mundo ha oído hablar del LHC, el acelerador de partículas que ha servido para encontrar pruebas de la existencia del famoso bosón de Higgs. Como muchos otros aceleradores, el LHC es un dispositivo capaz de aumentar la velocidad de las partículas y hacerlas chocar con tanta fuerza como para que ‘estallen’ en mil pedazos elementales. Gracias a esta operación, es posible no solo estudiar la estructura fundamental de las partículas sino también descubrir otras nuevas.

Un tipo de acelerador de partículas muy común es el sincrotrón, en el cual las partículas se mantienen circulando a gran velocidad mediante campos electromagnéticos en una órbita cerrada. Los sincrotrones pueden usarse para acelerar y colisionar partículas, pero también para mantener circulando indefinidamente y a una energía fija un haz de partículas de un solo tipo, de forma que se use como fuente de luz para estudiar materiales. Gracias a ello, la radiación de un sincrotrón puede aportar una información excepcional sobre las características estructurales de un gran número de materiales, desde la escala atómica y molecular en adelante. Y es precisamente de esto de lo que se aprovechan las ciencias de la alimentación.

Un jamón en el sincrotrón

Son varios los ejemplos de alimentos que han pasado por los sincrotrones. Uno de ellos es el jamón ibérico. La razón es que cada vez resulta más difícil comprobar que este alimento reúne las características que lo definen como un jamón ibérico de bellota: una curación de dos o más años y proceder de un cerdo criado fuera del establo y alimentado con bellotas.

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Cada vez resulta más difícil comprobar que este alimento reúne las características que lo definen como un jamón ibérico de bellota.

Hasta ahora se han utilizado diferentes biomarcadores; como la vitamina E para saber si un cerdo se ha criado en un establo o no, o la relación de ácidos grasos para descifrar si el animal ha comido bellotas. Pero estos métodos se han vuelto obsoletos, ya que se pueden conseguir niveles similares de esos marcadores utilizando determinados piensos.

Por este motivo en la actualidad se investigan nuevos mecanismos que permitan determinar con certeza la calidad del jamón. Y para ello se ha recurrido a la Instalación Europea de Radiación Sincrotrón, un centro de investigación situado en Grenoble (Francia) y en el que la participación española está gestionada por el CSIC.

En concreto, los investigadores bombardearon con rayos X del sincrotrón 20 muestras de jamón de diferentes años y orígenes, tanto de cerdos criados en establo como fuera de él, para obtener información sobre el cambio en algunos de sus compuestos. Así determinaron que el hierro y el zinc presentes en las proteínas del jamón son indicativos del proceso de curación y permiten identificar claramente su origen, además de ser responsables de la evolución de la coloración del jamón.

A través de los resultados se detectaron también unos diez metales distintos en las muestras estudiadas que podrían convertirse igualmente en buenos biomarcadores del producto.

Chocolate y vino de calidad

En la pastilla de chocolate de la izquierda puede verse el fenónmeno del 'fat bloom'. / Marcpablo8 (CC-BY-SA-3.0), vía Wikimedia Commons,

En la pastilla de chocolate de la izquierda puede verse el fenómeno del ‘fat bloom’. / Marcpablo8 (CC-BY-SA-3.0), vía Wikimedia Commons.

También el chocolate y el vino han pasado por un sincrotrón. En el primer caso, el objetivo ha sido estudiar el proceso por el cual se forma en la superficie de las tabletas de chocolate una capa blanquecina (denominada fat bloom) cuando se producen cambios de temperatura.

Se sabe desde hace tiempo que este problema estético –la calidad nutricional del producto no se ve alterada– es debido al afloramiento o cristalización de la manteca de cacao, pero los rayos X del Acelerador Circular Tándem de Positrones y Electrones, ubicado en Hamburgo, han permitido obtener por primera vez imágenes a escala nanométrica de cómo las grasas migran a la superficie. Con ello se espera comprender mejor el proceso y buscar formas para evitarlo.

Por lo que respecta al vino, el Sincrotrón Australiano, que se encuentra en Clayton (Melbourne), ha analizado el efecto de los taninos de la uva para conocer su efecto sobre el sabor.

De momento, el uso de los sincrotrones ha dado lugar a resultados preliminares, pero no es de extrañar que en el futuro la garantía de calidad de muchos alimentos se base en lo aprendido gracias a estos aceleradores. La física de partículas ha llegado a la mesa.

¿Qué son y cómo funcionan los mercados de emisiones de CO2?

Por Mar Gulis (CSIC)

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Emisiones de gases sobre el cielo de Madrid / M. Rodríguez Gutiérrez

En 2015, nuestro país aumentó las emisiones de C02 a la atmósfera, incumpliendo así sus compromisos internacionales en esta materia. Esta es una de las conclusiones del Informe sobre Cambio Climático elaborado por el Observatorio de Sostenibilidad. Uno de sus autores, el biólogo del CSIC Jorge Lobo, considera que esta situación se debe a nuestro “uso intensivo y abusivo de los combustibles fósiles”, sobre todo del carbón, mientras las energías renovables no acaban de despegar. Junto a ello, el investigador señala la ineficiencia del mercado de los derechos de emisión, un mecanismo que funciona a nivel internacional y que, aunque se concibió para luchar contra el calentamiento global, ha cosechado escasos resultados.

La web del Ministerio de Agricultura (MAGRAMA) explica que “el comercio de derechos de emisión es un instrumento de mercado persigue un beneficio medioambiental: que un conjunto de plantas industriales reduzcan colectivamente las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera”.

Para que el mecanismo funcione tiene que haber una autorización de emisión, es decir, un permiso otorgado a una instalación para que pueda emitir gases. Pero también existe el derecho a emitir, que se refiere a la cantidad de gases que podrán emitirse. Este derecho de emisión es transferible: se puede comprar o vender. Ahí está la clave.

Tal y como explica el MAGRAMA, “actualmente existen mercados de emisiones que operan en distintos países y que afectan a diferentes gases”.  La Unión Europea puso en marcha en 2005 un mercado de CO2 que cubre, en los 28 Estados miembros, las emisiones de este gas de instalaciones como centrales térmicas, refinerías, cementeras o papeleras. Este régimen afecta a más de 10.000 instalaciones y a más de 2.000 millones de toneladas de CO2, según cifras del MAGRAMA, lo que supone “en torno al 45% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en la UE”.

Sin embargo, en Bruselas se debate desde hace tiempo sobre cómo reformar este mercado. Teóricamente su objetivo es reducir las emisiones de gases con efecto invernadero y combatir así el cambio climático. Pero el propio Parlamento Europeo (PE) señala que “los desequilibrios entre la oferta y la demanda de los derechos de emisión está desincentivando las inversiones verdes”, es decir, la inversión de los Gobiernos en energías limpias que nos lleven a un modelo más sostenible y menos basado en los combustibles fósiles. Para que fuera eficaz, la compra-venta de derechos de emisión se debería realizar a un precio que anime a la industria “a buscar alternativas para ahorrar energía y reducir sus emisiones”, afirma el PE en su página web.

El PE afirma también que en la actualidad “el precio de mercado de estos permisos es muy bajo” porque la demanda se ha desplomado a raíz de la crisis económica. Por ejemplo, “en 2013 había un exceso de unos 2.000 millones de licencias comparado con las emisiones reales, que podría alcanzar los 2.600 millones en el horizonte de 2020”. Cada licencia concede a su titular el derecho de emitir una tonelada de CO2.

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La apuesta por las energías renovables, como la eólica, es clave para ir hacia un modelo energético más sostenible / Steve Wilson

El investigador Jorge Lobo explica que “en las cumbres del clima se establecen unos derechos de emisión para cada país y después se deja operar al mercado libremente. Por ejemplo, un país concreto, con una cantidad de población, un PIB, etc., tiene unas capacidades de emisión determinadas; pero si por tener un desarrollo escaso o por hacer un uso intensivo de renovables o por la razón que sea no tiene esa capacidad de emisión, puede vender los derechos. Es decir, las toneladas de CO2 que puede emitir pero que no emite, se las puede vender a otro Estado”. Y añade: “Si esos derechos de emisión se ponen en el mercado y cotizan alto, a muchos países no les rentará adquirirlos, sino que preferirán reconvertir su industria o invertir en renovables. Pero si  valen poco, puede compensar emitir CO2 porque luego compras esos derechos fuera”. Lobo considera que en el actual escenario de bajos precios, el comercio de emisiones, lejos de desincentivar a las industrias en el uso de combustibles fósiles, facilita el mantenimiento del modelo actual y con él las elevadas emisiones de CO2 a la atmósfera.

Para salir de esta situación ya en 2013 el PE votó a favor de una medida temporal para que algunas licencias programadas para 2014-2016 se retrasaran hasta 2019-2020. También se ha contemplado la creación de una reserva que reequilibre la oferta y la demanda. Si el exceso de oferta supera un determinado umbral, se retirarán licencias del mercado y se depositarán en la citada reserva hasta que, si cambian las circunstancias, se pongan de nuevo en circulación.

Sin embargo, investigadores como Lobo y otras voces críticas se muestran escépticos ante este tipo de medidas. En su opinión, la solución pasaría por incrementar la inversión en  energías renovables para, poco a poco, ir hacia un modelo de economía baja en carbono y más sostenible a largo plazo.

Peces cada vez más ‘pezqueñines’: los efectos de la pesca

andrea-blogPor Andrea Campos-Candela (CSIC)*

Que tanta gente haya tarareado alguna vez el soniquete de la memorable cancioncilla “PEZqueñines no gracias, hay que dejarlos crecer”, refleja la importancia que tiene la concienciación del consumidor para el éxito de las medidas reguladoras de la pesca. Esta campaña tenía como objetivo evitar la pesca, comercialización y consumo de peces que no superaran una talla mínima específica según la especie. Trataba de asegurar así la supervivencia de los peces más pequeños, los más jóvenes. Pero, ¿dónde situar el límite? ¿Son siempre los peces pequeños los más jóvenes? ¿Cómo crece un pez? ¿Qué pasa realmente en el fondo de nuestros mares? La comunidad científica ha encontrado la respuesta a estas cuestiones en los otolitos.

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Pescar solo peces grandes puede provocar graves desequilibrios en la estructura de edad y talla de las poblaciones. / Youtube.

Los otolitos son unas estructuras calcáreas que se encuentran en el oído interno del pez, responsables de la audición y del equilibrio. Estas estructuras crecen diariamente por deposición de finas capas de carbonato cálcico, formando anillos similares a los anillos de los troncos de los árboles. Al igual que los humanos, ni todos los peces crecen de la misma manera, ni son igual de grandes a la misma edad, ni maduran al mismo tiempo. En las poblaciones de peces, como en las nuestras, existe gran variabilidad en los rasgos de vida entre individuos. Contando los anillos de crecimiento de los otolitos se puede saber cuántos años tiene un pez y, especialmente, cómo fue su crecimiento. Hay individuos que crecen muy rápido y siendo todavía muy jóvenes presentan cuerpos mucho más grandes que otros de crecimiento más lento.

En condiciones naturales crecer rápido y tener un cuerpo grande tiene muchísimas ventajas. Los peces de mayor tamaño son más difíciles de comer por parte de un depredador y pueden escapar más fácilmente; por eso presentan menor tasa de depredación y viven menos amenazados. Esto les permite alimentarse tranquilamente y adquirir mayores reservas de energía para resistir mejor a las épocas de escasez. Por otro lado, los individuos que a la misma edad son más pequeños, viven en continua amenaza y deben vigilar mientras comen para no ser comidos. Todavía más importante, la fecundidad de los peces aumenta exponencialmente con el tamaño de la hembra. Comparadas con las hembras más pequeñas y enjutas, las grandes hembras, gracias a sus efectos maternales (dedican mayor proporción de reservas a la reproducción), producen un mayor número de huevos que dan lugar a larvas con mejor aptitud biológica, crecimiento más rápido y más resistentes a las épocas de escasez. Estas larvas contribuirán mucho más a la dinámica y estabilidad natural de la población. Son las futuras generaciones.

La selectividad de la pesca

Pero cuando llegan los pescadores y lanzan anzuelos y redes las ventajas de tener un tamaño grande desaparecen. En ambientes afectados por la pesca la supervivencia de los peces más grandes disminuye, simplemente porque son pescados (la pesca selecciona a los más grandes). Cuando los pescadores se marchan, quedan en el fondo los individuos que fueron capaces de escapar a través de las redes gracias a su menor tamaño.

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Otolito de individuo adulto de ‘Serranus scriba’, especie marina de aguas costeras, vulnerable a la pesca recreativa. / Andrea Campos.

El estudio de los otolitos ha permitido revelar que muchas veces estos peces supervivientes de menor tamaño no son los más jóvenes e inmaduros, sino que se trata de peces adultos con un crecimiento lento. Dado que estos rasgos de vida presentan heredabilidad (parte de su variabilidad se debe a causas genéticas), los peces supervivientes de crecimiento lento tendrán descendencia de crecimiento lento también. Vamos, que de padres pequeños nacerán hijos pequeños.

Después de años y años de pesca, el tamaño de los peces en el mar es cada vez menor. Se pescan los más grandes y los supervivientes tienen una capacidad de crecimiento menor. Este proceso de selección artificial inducida por la pesca puede provocar graves desequilibrios en la estructura de edad y talla de las poblaciones de peces y, en los peores casos, un colapso irreversible de sus poblaciones.

La gestión pesquera necesita conservar a los peces más pequeños e inmaduros, como canta la canción, pero también a los más grandes y maduros, especialmente a las madres grandes para frenar el descenso en las poblaciones de peces y mantenerlas en condiciones óptimas que permitan su supervivencia y explotación sostenible. Para conseguir este gran reto se proponen varias opciones: limitar las tasas de explotación, aplicar límites de talla mínima y máxima, y establecer reservas marinas.

A día de hoy, probablemente las redes de reservas marinas sean la respuesta más efectiva para asegurar la supervivencia de los individuos más grandes y maduros. Estas reservas actuarían como centros de exportación de larvas que tendrán diversidad en tamaños y tasas de crecimiento, repoblando así las zonas explotadas y contrarrestando los efectos negativos de la selectividad de la pesca. Así podremos seguir disfrutando del delicioso ‘pescaíto frito’ a la orilla del mar por muchos años sin desencajar las piezas del ecosistema marino.

 

* Andrea Campos-Candela es investigadora del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (CSIC-UIB) y fue finalista del concurso de monólogos científicos Famelab 2016.

¿Sabes que son las bajocas? ¿Y las gartipesas? Pues sigue leyendo…

Por Mar Gulis (CSIC)

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Dos de las mujeres encuestadas con una niña, en Mojácar. / ALPI.

Pongamos que visitamos un pueblo manchego, concretamente de la zona oriental de Cuenca o de Albacete, y nos sentamos a hablar en una plaza con un grupo de señoras mayores. Si la conversación deriva por la vertiente culinaria, es posible que alguna de ellas nos dé una receta de bajocas. En otro momento de la conversación, puede que mencionen las judías verdes. Ambos términos designan el mismo alimento, pero las mujeres hablarán de bajocas para referirse a las que proceden de la huerta, mientras que utilizarán la expresión judías verdes para las que trae el frutero, es decir, “las que vienen de fuera”. Esta es una de las anécdotas que cuenta Pilar García Mouton, investigadora del CSIC que ha coordinado el Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (ALPI).*

Este proyecto, que constata la riqueza léxica peninsular, es una especie de “archivo histórico que recoge la lengua de nuestros abuelos”, explica la filóloga. En él podemos encontrar curiosidades como los cientos de vocablos existentes para nombrar a las mariquitas. Todavía puede oírse en pueblos asturianos citar a la paxarina de Dios, en León a la vaquina de Dios o en Salamanca a la gallinita ciega para designar al popular insecto.

Estos y otros muchos vocablos están recogidos en el ALPI, que recopila los resultados de un trabajo desarrollado en los años 30 del pasado siglo. En ese periodo, un grupo de investigadores liderado por Tomás Navarro Tomás recorrió la Península Ibérica y Baleares preguntando a los lugareños, a partir de un cuestionario minuciosamente elaborado, cómo denominaban una serie conceptos cotidianos.

El objetivo era recoger y plasmar esa variedad lingüística planteando más de 1.300 preguntas a habitantes de 527 localidades. La meteorología y la astronomía, la flora, la fauna, la ganadería, la matanza del cerdo, el cuerpo humano y sus enfermedades, la familia con el nacimiento, la boda y la muerte, los vestidos y las comidas tradicionales, los utensilios de cocina, la vid y el vino o la elaboración de quesos fueron algunos de los temas abordados.

Según el propio Navarro Tomás, el objetivo de aquel primer ALPI era “ofrecer una representación de la lengua popular hablada en pueblos menores y antiguos por personas iletradas o de escasa cultura, entre los cuarenta y los sesenta años de edad”. A pesar de que el proyecto se ideó a principios de siglo, las circunstancias lo fueron retrasando. Entre 1931 y 1936 se realizaron casi todas las encuestas, pero después de la guerra civil hubo que esperar tiempo para que, con la colaboración de varios investigadores y la tutela desde el exilio de Navarro Tomás, se retomaran los trabajos en el CSIC. Finalmente, en 1962 se editó el único volumen publicado hasta hoy.

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Uno de los encuestadores, Aníbal Otero, realizando el cuestionario. / ALPI.

Ahora, más de medio siglo después, un equipo coordinado por García Mouton ha editado ese material y lo ha volcado en una página web en la que cualquiera puede comprobar cómo un mismo objeto recibe distintos nombres en función del lugar donde nos encontremos. Mediante una sencilla búsqueda, acotada por provincia, localidad o concepto, entre otros parámetros, el usuario de la página descubrirá, por ejemplo, que los guisantes pueden llamarse tirabeques en A Coruña, pero también chícharos, arbechos, cantudas, arvejas, gríjoles, brísoles o bisaltos en otros lugares. O que en ciertas zonas de Valencia dar volteretas se dice dar la trampa la mora, mientras que en algunos pueblos coruñeses se ha usado la expresión dar pinchacarneiros. O que las lagartijas pueden llamarse salamantiguinas, gartipesas, ligaternas, santigüelas o zarandillas, entre otras denominaciones. Y así hasta casi 5.700 respuestas que pueden visualizarse en mapas y que se completan con fotos históricas de los objetos descritos y las personas encuestadas.

Como la información es anterior a los cambios culturales, demográficos y lingüísticos que se produjeron tras la guerra civil, el ALPI es “un testimonio de incalculable valor acerca de aquella época”, explica García Mouton, del Instituto de Lengua, Literatura y Antropología del CSIC. “Después de la guerra se produjeron grandes movimientos de población del campo a la ciudad, todo el mundo empezó a ir a la escuela y la influencia de los medios de comunicación extendió el uso de nuevos términos. Todo eso transformó la forma de hablar en muchos lugares”, explica. El ALPI recoge miles de palabras que reflejan la manera en la que hablaban nuestros abuelos y abuelas, algunas de las cuales todavía se oyen en las calles y plazas de los pueblos.

 

*El ALPI, que continuará desarrollándose durante los próximos meses, cuenta con financiación de la Fundación BBVA, dentro del proyecto ‘Atlas Lingüístico Interactivo de la Península Ibérica’.

Plancton, el otro pulmón del planeta

Por Mar Gulis (CSIC)

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‘Hyperia macrocephala’, uno de los miles de microorganismos que configuran el plancton. / Uwe Kils, via Wikipedia Commons.

Si decimos que el Amazonas y otras selvas y bosques son los pulmones de nuestro planeta, a nadie le extrañará. Estas grandes extensiones pobladas de árboles y otras plantas cumplen un papel esencial en la producción de oxígeno y en la captura del carbono. Pero, ¿hay otros pulmones en el planeta? Varios estudios científicos señalan al plancton como uno de los más importantes. Sí, ese conjunto de organismos –sobre todo microscópicos – que habita mares y océanos produce cantidades importantes del oxígeno que respiramos y absorbe en torno a un 30% del CO2 que generamos los humanos. Por eso desempeña un papel clave en la lucha contra el calentamiento global.

El plancton, que en griego significa ‘errante’, está constituido por seres vivos que viven en suspensión en el agua del mar. Aquí se incluyen virus, bacterias, arqueas, microalgas y animales como las medusas, si bien la mayoría son organismos tan pequeños que solo pueden verse bajo el microscopio. Pues bien, estos seres minúsculos son esenciales para el funcionamiento del ecosistema oceánico y el mantenimiento del clima en nuestro planeta.

Dado que el plancton engloba a organismos muy heterogéneos, existen diversas clasificaciones para diferenciarlos. Una de las más extendidas distingue al fitoplancton, constituido por vegetales, del zooplancton, integrado por animales como pequeños peces y crustáceos. Aquí nos interesa hablar del fitoplancton, que abarca desde bacterias menores de 0.001 mm hasta algas unicelulares de casi 1 mm. Como sucede con las plantas terrestres, el fitoplancton marino lleva a cabo la fotosíntesis. Este proceso transforma, gracias a la luz, materia inorgánica (agua y CO2) en orgánica, siendo la base de la red trófica oceánica, que incluye los peces de los que nos alimentamos. Además, durante la fotosíntesis se libera oxígeno a la atmósfera. Finalmente, el fitoplancton ejerce una función de control del clima mediante la denominada ‘bomba biológica de carbono’, que permite el ‘secuestro’ del carbono en las profundidades marinas.

Expedici—n Malaspina 2010 Im‡genes de zooplancton muestreado en el Leg 5 entre Auckland y Honolulu. Heter—poda. Hembra de la especie Pterosoma planum. Pertenecen a un grupo de caracolas depredadoras que viven en el OcŽano Pac’fico. Pueden crecer hasta los tres o cuatro cent’metros. Es una especie carn’vora que caza peces y otras caracolas y babosas. © JOAN COSTA

Hembra de la especie ‘Pterosoma planum’ que forma parte del zooplancton que habita en el Océano Pacífico.  / Imagen de la Expedición Malaspina 2010 (Joan Costa-CSIC)

El mecanismo es el siguiente: el CO2 es absorbido en las aguas superficiales iluminadas por el sol durante la fotosíntesis. Así, el carbono queda fijado en el tejido de los organismos o en las conchas de ciertos microorganismos; después esos materiales sufren una sedimentación en las aguas profundas, donde el carbono puede quedar ‘secuestrado’ durante miles de años antes de que vuelva a la atmósfera.

En otras palabras, este flujo vertical de carbono fuerza el paso de CO2 desde la atmósfera hacia la capa superficial del océano, y de ahí a las profundidades. De este modo se reduce la acumulación de dióxido de carbono de origen antropogénico en la atmósfera, causa principal del calentamiento global. Investigaciones recientes apuntan, además, que gracias al fitoplancton el océano podría actuar como sumidero del CO2 a un ritmo incluso más rápido de lo que se pensaba. Tras recoger múltiples muestras, la Expedición Malaspina, liderada por el CSIC y que se desarrolló en 2010-2011, concluyó que muchas de las células fotosintéticas que se hallaron en el océano profundo, habían estado viviendo en la superficie entre 5 y 20 días antes de ser muestreadas. Con ese dato, los investigadores calcularon que dichas células se hundían una media de 400 a 600 metros por día, cuando se pensaba que el ritmo diario era de un metro. Obviamente, eso supone una capacidad mayor a la hora de retirar el carbono de la atmósfera para su posterior ‘almacenamiento’ en el fondo del océano.

Esta tesis concuerda con lo planteado en una investigación internacional que se ha publicado en la revista Nature y en la que ha participado el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC. Este trabajo describe la comunidad de organismos planctónicos que participan en la eliminación de carbono de las capas superiores del océano. La principal conclusión es que “el papel desempeñado por ciertos microorganismos (parásitos unicelulares, cianobacterias y virus) en la exportación de carbono había sido subestimado”, explica la delegación del CSIC en Cataluña en su revista R+D.

Así que, aunque no los veamos, millones de seres vivos microscópicos que flotan a la deriva en mares y océanos combaten cada día el calentamiento global, una de las principales amenazas para la sostenibilidad del planeta.