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Entradas etiquetadas como ‘violencia’

Crisis de Siria: un muro de esperanza protege a una escuela de los francotiradores

Por Basma Ourfali, UNICEF Siria.

En una de las ciudades más peligrosas del mundo, los niños de Siria que viven en Alepo están decididos a continuar con su educación pese a los riesgos que les rodean. El vecindario conocido como 1070, en oeste de Alepo, es el hogar de miles de familias desplazadas a causa del largo conflicto que se vive en Siria. Las escuelas se esfuerzan por acomodar a los niños desplazados.

La escuela local de niñas es la única de enseñanza media en el vecindario, y la mayoría de alumnos proceden de familias desplazadas. UNICEF ha instalado aulas prefabricadas para aumentar el espacio y proporcionar un entorno de aprendizaje mejor para los 670 estudiantes.

La representante de UNICEF en Siria, Hanaa Singer, visitó la escuela en febrero y estuvo con los profesores y alumnos. Ahlam, de 16 años, habló con Singer del miedo que tienen a los francotiradores de los edificios cercanos. “No podemos estar fuera de las aulas. El patio está expuesto a los francotiradores. Pasamos todos los recreos dentro”.

UNICEF reaccionó rápidamente y trabajó con la escuela para construir un muro protector de acero que impida la visión desde los edificios próximos.

Crisis de Siria: un muro de esperanza protege a una escuela de los francotiradores

Las alumnas pintaron el muro levantado para proteger a la escuela de los francotiradores/ ©UNICEF

“Escuchaba a las niñas hablarme del francotirador cercano y no me lo podía creer”, dice Hanaa Singer. “Me sentí muy inspirada por ellas y su pasión por la educación. A pesar de ese peligro amenazador diario, a pesar de todas las dificultades que han afrontado con sus familias al verse desplazadas por la guerra, no dejan de perseguir su sueño de tener una educación. Una vez más me sentí abrumada por la resistencia de los niños de Siria”.

Los alumnos pudieron moverse libremente por el patio de la escuela cuando se levantó la pared. Al ver que era marrón, Ahlam tuvo una idea. “¿Por qué no la pintamos? Así parece muy aburrida”. Así que con una amiga hizo unos diseños y empezaron a trabajar.

“Estuve pintando todo el día, pero no me cansé nada. Cambió la escuela”, dice entre risas.

UNICEF apoya la educación de los niños de Siria de varias maneras. En 2015 ayudó a rehabilitar 327 colegios, y proporcionó aulas prefabricadas para 20.000 niños, especialmente para integrar a los niños desplazados en las escuelas de las comunidades de acogida. Con “Curriculum B” (una versión condensada de los libros de texto para acelerar el aprendizaje), UNICEF ayuda a los alumnos a recuperar su nivel, que pierden cuando huyen de la violencia o sus escuelas se ven obligadas a cerrar. Y los programas de auto aprendizaje ayudan a los 2 millones de niños que están fuera de la escuela a seguir aprendiendo y preparando sus exámenes en casa o en su comunidad, cuando no pueden ir al colegio debido al conflicto.

Los ataques contra estudiantes y escuelas deben parar. Por ahora, este muro es un pequeño paso para que la escuela sea más segura para 670 niñas. Las escuelas deben ser un lugar seguro para los niños, un lugar seguro en el que aprender”, afirma Singer.

Mis amigas y yo sabemos que si no vamos al colegio no tendremos un futuro”, le aseguró Ahlam a Hanaa Singer.

¿Refugiados, migrantes o personas?

Unni Krishnan, Director de Respuesta ante Desastres de Plan International

“We know where we´re going… We know where we´re from”, cantaba Bob Marley en un contexto y una era diferentes.

Este año 2015  miles de personas, muchas de ellas niños y niñas, han huido de sus hogares en un éxodo global. Son personas que saben de dónde son, algunas sabían su destino, pero no todas lo han logrado. Más de 3.580 personas han muerto o desaparecido en el mar Mediterráneo, y cientos de refugiados siguen atrapados entre los estrictos controles fronterizos.

Siria es el escenario de un conflicto cuya violencia y sufrimiento ha afectado y afecta a 13.5 millones de personas, de las cuales la mitad son niños y niñas. El mundo está siendo testigo del mayor desplazamiento de personas desde la Segunda Guerra Mundial.

Plan International trabaja para proteger a los niños y niñas refugiados sirios. Copyright Plan International

Bombardeos, balas y barcos

Selam es una niña de 10 años procedente de Damasco. Los continuos bombardeos llevaron a su familia a tomar la decisión de huir. Desde Turquía, cogieron una embarcación hacia las costas griegas pero tras dos horas de navegación el barco se hundió. Los guardacostas griegos les rescataron y les llevaron a la isla de Lesbos desde donde fueron traslados a la península en ferry. “Las bombas eran peores que el barco hundiéndose”, afirmaba Selam.

Su historia es solo un ejemplo del sufrimiento generalizado de todos los niños y niñas que han tenido que abandonar sus hogares, su cultura y su infancia . ¿Por qué la humanidad sigue sin abordar la crisis de los refugiados y migrantes? Las discusiones en torno a este tema se centran en la definición que se da a las personas que llegan a Europa, bien como refugiadas -persona obligada a dejar su país para escapar de la guerra, la persecución y la violación de los derechos humanos-, o bien como migrantes -persona que llega a otro país en busca de un trabajo y unas condiciones de vida mejores-.

¿Realmente importa esta diferenciación? Los términos deshumanizan a los miles de niños y niñas, así como a familias cuya crisis humanitaria ha llegado a nuestro continente. La guerra y la violencia han puesto fin a la vida de muchos niños y niñas que no podrán volver al colegio a corto plazo o que no volverán a ver a sus amigos o familiares.

Copyright Plan International

Necesitamos más

Entre 2014 y 2015, unas 900.000 personas han llegado a Europa cruzando océanos en peligrosas embarcaciones, atravesando campos desiertos y haciendo largas colas en los controles fronterizos. El 51% de las personas que han sobrevivido a la travesía provienen de Siria. El éxodo de nuestro tiempo se guía por la esperanza, el instinto de supervivencia y, normalmente, un teléfono móvil.

Esta situación  internacional precisa comprensión, respeto y el cumplimiento de las leyes internacionales que protegen los derechos de refugiados, migrantes y, en definitiva, de todas las personas. La Carta Humanitaria recuerda al mundo que los derechos, la ayuda, la dignidad y el respeto hacia las personas son inseparables. Las Leyes Humanitarias Internacionales dictan la protección de todos los civiles, especialmente de las mujeres y los niños y niñas.

Sin embargo, las dificultades legales y la semántica no deberían entorpecer las acciones políticas. La asistencia humanitaria y la protección son derechos que todo el mundo debería respetar. Según Antonio Guterres, Alto Comisario para los Refugiados de la ONU, “nos encontramos ante una batalla de valores: la compasión contra el miedo”.

La riqueza de la humanidad se centra en la compasión y la preocupación por otros seres humanos por lo que deberían priorizarse los valores que sirvieron para crear las reglas y leyes.

Avanzando

La coordinación, coherencia y humanidad para responder a la crisis de los refugiados ha fallado. La falta de acciones por parte de los gobiernos quedará en la memoria colectiva, pero también lo harán las respuestas que todavía se pueden tomar.

Las políticas del miedo tienen que dejar paso a la esperanza fundada en la educación sobre cómo recibir a los refugiados. La organización en defensa de los derechos de la infancia, Plan International, presta ayuda a los refugiados en Alemania y Egipto y tiene previsto desarrollar proyectos a largo plazo ya que esta crisis no va a desaparecer.

Plan International España trabaja desde 2013 en Egipto para ayudar a los niños y niñas sirios refugiados, así como a sus familias, en las provincias del Gran Cairo, Alejandría y Damieta. Según Concha López, directora de Plan International España, es necesario proteger y garantizar los derechos de todos los sirios, pero en particular de las niñas, que son las más vulnerables a sufrir violaciones de sus derechos como la falta de acceso a la educación, el maltrato y el matrimonio infantil.

Plan International trabaja en Egipto para proteger los derechos de los niños niñas refugiados sirios. Copyright Plan International v2

La ONU espera que las cifras de refugiados se mantengan en 2016 ya que “las causas que obligan a las personas a huir van a seguir existiendo”.

El mundo tiene que responder a esta crisis centrándose en la seguridad y protección de los más pequeños, ya que muchos de ellos viajan solos. Además, hay que saber responder a los traumas psicológicos que los bombardeos, la violencia y el miedo vivido en los botes han causado en los niños y niñas.

El año nuevo es una fecha en la que predomina el deseo de construir un mundo mejor. Hay muchas historias de individuos y personas que han mostrado compasión y han ayudado a los refugiados y migrantes que han llegado a Europa, un continente con una larga historia de  acogida de refugiados.

Ningún niño o niña nace con el título de refugiado o migrante. Ningún niño es ilegal. Los menores tienen el derecho de ser cuidados y protegidos. Los gobiernos tienen que centrarse en el cuidado de los que más lo necesitan y dejar a un lado las políticas y los problemas burocráticos. La policía fronteriza necesita mostrar humanidad ya que, después de todo, no somos definidos por cómo describimos a los otros, sino por cómo elegimos responderles.

 

Una segunda oportunidad en medio de la violencia urbana

Camilo* es un joven de 30 años que vive en un barrio de la ciudad del pacífico colombiano de Buenaventura donde la violencia urbana existe hace mucho tiempo

Camilo participó en una banda urbana, ahora aprende a sobrevivir con una discapacidad. Fotografía: Erika Sánchez/MSF

Por Brillith Martínez Herrera, psicóloga de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Camilo* es un joven de 30 años que vive en un barrio de la ciudad del pacífico colombiano de Buenaventura donde la violencia urbana pedura desde hace tiempo. Cuando hace dos meses llegó a la consulta psicológica que tiene MSF en esta ciudad portuaria por primera vez, su rostro reflejaba una profunda tristeza. Se presentó como una persona tranquila y de pocas palabras y así empezó a relatar su historia: “Hace 10 años mi vida era normal, me gustaba la pintura y la música. Pero el conflicto se hacía cada vez más intenso en el barrio y para muchos jóvenes como yo la única forma de seguir con vida y proteger a la familia era entrar a formar parte de un grupo armado ilegal. Pertenecí a uno de los más fuertes del barrio y llegué a convertirme en uno de los hombres más respetados. Hasta que en una pelea con miembros de otra banda recibí el golpe”. Camilo hace referencia a una pelea entre bandas que acabó con la vida de varios de sus amigos y por poco con la suya también, ya que recibió una grave herida en la cabeza con un arma blanca. Esta le ocasionó un trauma craneoencefálico y lo dejó inconsciente durante algunos días y produjo pérdida de la memoria durante meses. Este impacto le dejó graves secuelas en forma de parálisis en el lado derecho de su cuerpo y le obligó a vivir con una discapacidad.

“Me sentía triste, sin ánimo para pintar o escuchar música, permanecía solo, encerrado, y sin querer vivir. Fue entonces cuando conocí a MSF, los escuché en una actividad que hicieron en el barrio”, cuenta Camilo. En estos dos meses de terapia, Camilo ya ha recibido atención interdisciplinar del psicólogo, médico y trabajador social, donde ha encontrado un lugar para expresarse, reflexionar sobre su vida en medio del conflicto urbano, y manifestar cómo se siente actualmente. “Desde el golpe mi vida cambió. Ahora estoy aprendiendo a sobrevivir con una discapacidad”.

Camilo ha podido sobreponerse a situaciones dolorosas y siente que puede salir adelante a pesar de la adversidad. Está retomando la música y la pintura, se plantea un proyecto de vida a nivel personal y profesional. Su autoestima ha mejorado, además de estar fortaleciendo su capacidad física a través de terapias en casa asesoradas por una médico de MSF y sus relaciones familiares y sociales se están restableciendo paulatinamente. En estos dos meses ha dado un nuevo significado a la experiencia traumática: “Ahora siento que es una segunda oportunidad”. Camilo considera que su historia de vida y supervivencia puede ayudar a jóvenes discapacitados como él que atraviesan experiencias difíciles por causa del conflicto armado.

MSF trabaja en Colombia desde 1985. Actualmente tiene proyectos en los departamentos de Valle de Cauca, Cauca y Nariño. En Buenaventura, los equipos de MSF ofrecen atención médica integral a los sobrevivientes de violencia sexual y también servicios clínicos de Salud Mental a las víctimas de la violencia de manera presencial a través de un consultorio y de una línea telefónica gratuita que funciona las 24 horas del día.

*El nombre es ficticio para mantener la confidencialidad del paciente.

“Nos fuimos sin nada, regresamos sin nada”

Por Néstor Rubiano, referente de Médicos Sin Fronteras de salud mental en Colombia

Independientemente de la edad, del género y del estado civil, la situación se repite. Todos dejaron historias, bienes materiales y seres queridos. Como la Flaca, que le tocó venirse sola a Colombia porque no dejaron pasar a sus familiares que nacieron en Venezuela. “Allá están con su papá. Mire, yo trato de estar ocupada en este albergue, de hacer algo porque si no me enloquezco de tanto pensar en mis hijos”.

Miles de personas han llegado a las ciudades fronterizas. Unas 3.000 se han instalado en una veintena de refugios temporales. Foto MSF.

Miles de personas han llegado a las ciudades fronterizas. Unas 3.000 se han instalado en una veintena de refugios temporales. Foto MSF.

La Flaca se fue de Colombia en el año 2000 huyendo de la violencia cuando un grupo armado entró el municipio de la Gabarra, en el departamento del Norte de Santander. “Usted no se imagina cómo fue de horrible ese tiempo, la primera vez que esos manes [hombres] entraron a la Gabarra, los actos que hicieron fueron horribles. De ahí con mi mamá nos vinimos para Cúcuta (ciudad fronteriza con Venezuela) y de allí fuimos volteando por todos lados hasta que decidimos irnos para Venezuela. Y mire los que nos pasa, nos toca regresar sin nada, como nos fuimos”.

Conozco a la Flaca en una de las consultas que Médicos sin Fronteras (MSF) ha puesto en marcha en varios puntos de la ciudad de Cúcuta donde el comentario de la mayoría de las personas, incluso fuera de la consulta, se repite: “Nos fuimos sin nada y regresamos sin nada”.

Me llama la atención como algunas personas tienen la energía de pensar en un futuro, de volverse a levantar, de volver a construir, a pesar de la situación que viven y de lo que perdieron. Una paciente que conocimos en el albergue La Venezolana me comentaba: “Claro que será duro, allá teníamos nuestra vida, pero estoy segura que nos vamos a levantar. Mi marido, que es venezolano y se vino conmigo, y yo ya tenemos un plan. Queremos poner un negocio de comida. Lo primero es organizar sus documentos, que tenga una cédula colombiana porque así puede trabajar.”

Al escuchar a esta paciente durante la consulta me surge la pregunta: ¿Adecuados mecanismos de protección?, ¿resiliencia? ¿primera etapa de duelo?, o sea, ¿negación? O, simplemente, ¿el desarraigo y las perdidas han sido tantas en la vida, que el perder es parte de su vida y simplemente queda la resignación? Asumo que el tiempo definirá cómo esta persona resuelva psíquicamente está nueva perdida, pero también está claro que la resolución dependerá de las oportunidades que se le presenten aquí en Colombia.

Médicos Sin Fronteras (MSF) ofrece atención primaria y apoyo psicológico a los colombianos que han sido deportados o han regresado en las últimas semanas desde Venezuela. Foto MSF.

Médicos Sin Fronteras (MSF) ofrece atención primaria y apoyo psicológico a los colombianos que han sido deportados o han regresado en las últimas semanas desde Venezuela. Foto MSF.

Mientras ese tiempo llega, desde MSF estamos brindando atención primaria y salud mental al colectivo de personas deportadas o retornados desde Venezuela ubicados en diferentes puntos en Cúcuta y en Villa del Rosario desde el pasado 1 de septiembre. Hasta el momento, nuestros equipos han realizado 33 consultas médicas y 87 consultas de salud mental en los diferentes albergues temporales y hoteles donde son alojados. Además, llevamos a cabo múltiples de psicoeducación y acciones de formación dirigidas a las psicólogas del sistema local de salud.

La salud mental en Acapulco: la tercera ciudad más violenta del mundo

Por María Simón, coordinadora el proyecto de MSF en Acapulco

Consulta psicológica realizada por MSF en Colonia Jardín/ MSF
Consulta psicológica realizada por MSF en Colonia Jardín/ MSF

En Acapulco no se da un conflicto armado tradicional. Sin embargo, esta ciudad, situada en la costa del estado mexicano de Guerrero está considerada como la tercera urbe más violenta del mundo, tras San Pedro Sula en Honduras y Caracas en Venezuela.
En los primeros 6 meses del 2015 se registraron 524 muertes por homicidio en la ciudad y esto es solo la punta del iceberg.

Los altos índices de violencia afectan a gran parte de sus habitantes, entre ellos a los de la colonia Jardín. En 2014, Médicos Sin Fronteras (MSF) puso en marcha una intervención, en colaboración con las administraciones sanitarias locales y la Pastoral Social de Acapulco, para proporcionar servicios psicológicos y atención a supervivientes de violencia sexual.

Acapulco, una ciudad conocida como destino turístico internacional en los años 70 y 80, se ve actualmente afectada por las brutales dinámicas de enfrentamientos entre los diferentes grupos del crimen organizado que se disputan su control. El aumento de la violencia ha generado unas consecuencias humanitarias devastadoras para la población: asesinatos, heridos, desapariciones forzadas, secuestros, extorsiones, reclutamiento forzado de menores, amenazas sistemáticas a la población, desplazamiento forzado y una clara ruptura del tejido social.

La población que reside en las colonias, como se denomina a los barrios de la periferia, está expuesta a las dinámicas ligadas a la violencia de forma cotidiana. Desde el estallido de la violencia en la ciudad han tenido que adaptar sus hábitos por el impacto qué este tiene en su ámbito personal, familiar y comunitario.

Los 60.000 habitantes de colonia Jardín donde trabaja MSF, sufren una elevada exposición a eventos potencialmente traumáticos pasados y recientes. El sufrimiento al que están expuestos los familiares de personas asesinadas o desaparecidas, las víctimas de secuestro o extorsión o los desplazados a causa de las amenazas y la violencia genera secuelas y daños en su salud mental. La violencia, además, ocasiona una ruptura en el tejido social, deserción escolar, disfunción y violencia intrafamiliar, desempleo, falta de oportunidades o suicidios.

En el ámbito de la salud mental, hemos abierto seis puntos de atención ubicados en los centros de salud y una parroquia, donde se prestan servicios psicoterapéuticos de forma individual, familiar o grupal. Nuestros psicólogos constatan diariamente que las consecuencias de la violencia son devastadoras para la población: los síntomas relacionados con la ansiedad, la depresión y los cuadros postraumáticos son frecuentes.

Atendemos a personas que, tras haber sufrido o presenciado eventos extremadamente violentos, tienen serias dificultades para continuar con sus vidas; se aíslan de su entorno, reviven una y otra vez lo que sucedió, les cuesta pensar con claridad y tienen alteraciones de la alimentación y el sueño.

En relación a la violencia sexual, la ruta de atención a supervivientes tiene serias carencias ya que no garantiza que las víctimas reciban atención médica de emergencia de forma oportuna. MSF ofrece atención integral a los supervivientes y para ello cuenta con un médico que refuerza las capacidades de sistema sanitario público y de su personal. Realizamos formaciones para el conocimiento de la normativa de México ya que ésta garantiza la atención médica integral y confidencial de los supervivientes.

El objetivo de esta intervención es reducir el sufrimiento y la afectación psicosocial de la población víctima de la violencia mediante la integración de servicios de salud mental desde el primer nivel de atención (en los centros de salud de atención primaria). También queremos garantizar el acceso de las víctimas de violencia sexual a atención médica integral de calidad.

Del dengue a la violencia
Nuestro primer contacto con colonia Jardín tuvo lugar en 2013 cuando llevamos a cabo un proyecto de dengue mediante el que fumigamos la zona y realizamos labores de sensibilización sobre la enfermedad y las formas de transmisión. A través de esta intervención pudimos conocer la realidad de esta población. El componente comunitario fue esencial tanto en el proyecto de dengue como en la intervención actual.

Desde el año pasado, trabajamos con un equipo local formado por habitantes de la propia colonia Jardín. A través de ellos se explica a la población quiénes somos, qué actividades realizamos y ofrecemos charlas psicosociales en diferentes espacios de la comunidad.

Resulta fundamental realizar labores de promoción y sensibilización a la población en materia de salud mental y violencia sexual para romper mitos y barreras y hacer que la población poco a poco se acerque a las consultas. Gracias a esta estrategia, muchas personas gravemente afectadas por la violencia están conociendo de la existencia de los servicios y acuden a ellos en busca de ayuda.

Cerca de la mitad de los pacientes que llegan a consulta son menores de edad que sufren las consecuencias de la violencia. Es el caso de los niños a los que atendemos y que han presenciado el asesinato de sus familiares. En éste tipo de casos son frecuentes las alteraciones en el desarrollo: problemas para controlar la orina o alteraciones del lenguaje y la conducta. En ausencia de atención adecuada, la afectación tiende a agravarse y puede tener un impacto irreversible en la vida de los pequeños.

Los retos a los que nos enfrentamos en Acapulco son muchos y entre ellos está terminar de establecer una estrategia comunitaria sólida que nos permita mantener el acercamiento a la población y seguir desarrollando estrategias de seguridad adaptadas a contextos de violencia urbana, contextos que son muy diferentes a los que habitualmente MSF se enfrenta en el ámbito de los conflictos armados.

 

Depósitos acribillados en Sudán del Sur: el agua como objetivo

Paul Jawor, asesor de agua y saneamiento de Médicos Sin Fronteras en Sudán del Sur.

Paul se enfrenta al reto de restaurar el abastecimiento de agua potable cuando el equipo de MSF regresa al campo de desplazados de Denthoma 1, en Melut, en el norte de Sudán del Sur.

Desplazadas hacen cola para obtener agua potable una vez reparado el sistema. Foto: Paul Jawor / MSF

Desplazadas hacen cola para obtener agua potable una vez reparado el sistema. Foto: Paul Jawor / MSF

Melut es uno de los puntos críticos en la actual escalada de violencia que vuelve a experimentar Sudán del Sur. Médicos Sin Fronteras cuenta con un hospital en el campo de desplazados de Denthoma 1 en el que 20.000 personas han buscado refugio huyendo de los enfrentamientos.

Cuando a mediados de mayo los combates estallaron en Melut, nos vimos obligados a suspender nuestras actividades médicas y a evacuar al equipo. La interrupción de los programas se tradujo en que la población dejó de tener acceso a los servicios de salud que tanto necesitan en un momento crítico como el que sufren.

Una semana más tarde, un primer equipo de MSF pudo regresar a Melut para realizar una visita relámpago de cuatro días y se encontró un paisaje desolador: el hospital y las farmacias cercanas habían sido saqueadas y destrozadas. Además, el único sistema de suministro de agua potable del campo había dejado de funcionar y algunos de los tanques de agua mostraban agujeros de bala.

Las instalaciones, el hospital y la farmacia de MSF fueron saqueados y así se encontraban el 28 de mayo 2015 después de  que la lucha llegara hasta el condado de Melut, en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur. Algunos pacientes que reciben tratamiento para enfermedades como el VIH, la tuberculosis y el kala azar se vieron obligados a interrumpir su tratamiento, lo que podría dar lugar a resistencia a los medicamentos y ser fatal. Foto: Miroslav Ilic/MSF
Las instalaciones, el hospital y la farmacia de MSF fueron saqueados. Algunos pacientes de VIH,  tuberculosis y kala azar vieron interrumpido su tratamiento. Foto: Miroslav Ilic/MSF

Denthoma 1 está situado a orillas del Nilo. Mis compañeros comprobaron que ante la falta de alternativas, la población desplazada llevaba tres días bebiendo agua del río. Para responder a esta situación, MSF puso en marcha un procedimiento de emergencia y distribuyó purificadores de agua y pastillas de potabilización a 4.000 familias de forma que pudieran filtrar y tratar el agua del río Nilo que estaban utilizando.

Se trata de una solución de urgencia: resultaba urgente resolver el problema de agua potable y por eso me enviaron de inmediato. No había tiempo que perder. Cuando llegué, lo primero que me enseñaron fue que varios de los tanques de agua presentaban multitud de agujeros de bala. Afortunadamente, el problema saltaba a la vista y no fue complicado arreglarlos.

También probamos el sistema de agua y, aunque funcionó durante un tiempo, finalmente el agua dejó de correr. Comprobamos las válvulas y descubrimos que estaban bloqueadas así que decidimos desmontar todo el sistema. En el saqueo del hospital también habían desaparecido las herramientas del almacén y tras recorrer el campo de desplazados encontramos una llave inglesa gigante. Con ella y con algunos utensilios de la caja de herramientas del coche pudimos empezar a desarmar el sistema.

Abrimos cada una de las válvulas y cuando palpamos en su interior encontramos botellas de plástico trituradas tapando las bocas de las válvulas. Eso era lo que estaba bloqueando el flujo de agua. Cómo llegaron esas botellas allí es un misterio, pero nos llevó todo un día abrir cada válvula y retirar el plástico que las bloqueaba.

Abrimos cada una de las válvulas y cuando palpamos en su interior encontramos botellas de plástico trituradas tapando las bocas de las válvulas. Eso era lo que estaba bloqueando el flujo de agua. Foto: Paul Jawor/MSF
Botellas de plástico bloqueaban las válvulas del sistema de distribución de agua. Foto: Paul Jawor/MSF

Pusimos en marcha la bomba, todo parecía ir bien pero a medida que el agua fluía a través del sistema y mientras procedíamos a llenar los tanques vimos que diez de los depósitos principales perdían agua como si fueran una fuente; mostraban claros signos de haber sido tiroteados también.

Como medida temporal, taponamos algunos de los agujeros con bolsas de plástico mientras que, en otros casos, empleamos parches de goma para reparar las cubiertas de los tanques. Se trataba de una reparación de emergencia; una vez que aseguráramos el suministro de agua todos los depósitos serían reparados adecuadamente.

El objetivo estaba conseguido: restablecer el suministro de agua para 20.000 personas. Cada uno de los habitantes del campo podría comenzar a recibir 10 litros de agua al día de inmediato.

El sistema de purificación de agua abastece ya el campamento con unos de 120 metros cúbicos de agua potable al día.
Los desplazados de Denthoma 1 ya no tienen que beber agua del río sin tratar, una práctica que ponía sus vidas en riesgo dado que podía propiciar la aparición de enfermedades transmitidas por el agua como la diarrea y el cólera.

SUDÁN DEL SUR: atendiendo a los pacientes junto a la línea de fuego

Por Siobhan O’Malley, enfermera especializada en obstetricia de Médicos Sin Fronteras.

Poco más de un año después del comienzo del conflicto en Sudán del Sur, la situación humanitaria sigue siendo extremadamente complicada. La enfermera especializada en obstetricia Siobhan O’Malley proporcionó asistencia sanitaria tanto en Malakal como en Bentiu, las principales ciudades afectadas por los combates. A través de su relato, nos explica cómo se trabaja en primera línea del frente, prestando atención médica de manera neutral e imparcial a los más necesitados.

Siobhan O'Malley, enfermera especializada en obstetricia de MSF. Fotografía Anna Surinyach/MSF
Siobhan O’Malley, enfermera especializada en obstetricia de MSF. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Situada en el Estado del Alto Nilo, Malakal es una de las mayores ciudades del Sudán del Sur. Cuando llegué en febrero de 2014, hace ahora un año, el conflicto ya había empezado y había advertencias de que la ciudad pronto sería invadida por las fuerzas de la oposición.

En cuanto dieron el aviso de que en breve se iban a producir combates, empezamos a ver riadas de gente corriendo hacia el recinto de Naciones Unidas (ONU) en busca de seguridad. Era espeluznante. Recuerdo ver a una mujer que huía sin llevar nada consigo, sólo a su bebé entre los brazos. Los días siguientes fueron tensos, escuchábamos disparos en la distancia y temíamos que ocurriera algo gordo.

Las fuerzas de la oposición atacaron en el medio de la noche. Unos días antes nos habíamos visto obligados a abandonar nuestra base en la ciudad y a entrar en el recinto de la ONU para protegernos. Recuerdo que estaba durmiendo en una tienda de campaña junto con otros miembros del equipo cuando el coordinador del proyecto nos despertó y nos dijo que nos preparáramos, que algo grave estaba pasando.

La ciudad de Sudán del Sur, Malakal, fue atacada el 18 de febrero de  2014. Los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas opositoras obligaron a miles de personas a abandonar sus casas, hacia otros lugares o hacia los campos de refugiados de Naciones Unidas.  Alrededor de 21.000 personas llegaron a este campo. Fotografía Anna Surinyach/MSF
La ciudad de Sudán del Sur, Malakal, fue atacada el 18 de febrero de 2014. Los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas opositoras obligaron a miles de personas a abandonar sus casas, hacia otros lugares o hacia los campos de refugiados de Naciones Unidas.
Alrededor de 21.000 personas llegaron a este campo. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Las barreras internas situadas alrededor de nuestra base (situada también dentro del terreno que ocupa la ONU, pero fuera del recinto en el que se alojan ellos) estaban destrozadas, puesto que muchas de las personas que estaban huyendo habían tratado de acercarse lo máximo posible a nuestras instalaciones en busca de una mayor protección. Con los ojos muy abiertos, en tensión y en silencio, cientos de mujeres y niños estaban acurrucados en la oscuridad bajo los árboles y junto a nuestra tienda.

Entonces, la tierra empezó a temblar. Las bombas comenzaron a caer cerca del complejo. El ruido era ensordecedor. Corrimos hacia los búnkeres; en realidad seis contenedores de transporte reforzados con sacos de arena. Las mujeres y los niños corrían con nosotros. Nos metimos dentro. Estábamos hacinados y hacía muchísimo calor. Recuerdo que permanecimos sentados allí durante horas, tratando de escuchar lo que estaba pasando fuera.

Pasadas algunas horas, se nos informó del gran número de heridos que había y abandonamos el búnker para ir hacia el hospital. Nos hicimos paso como pudimos entre la multitud. El olor a quemado era insoportable, la ceniza caía desde el cielo y había torres de humo negro en el horizonte.

A través de la ventana del coche vi a una niña aterrorizada, de unos 12 años de edad. Tenía la mirada perdida y llena de rabia y balanceaba un machete para tratar de protegerse de cualquiera que se le acercara.

Esa noche en el hospital tratamos a centenares de heridos de bala y de machete y a multitud de personas con diversos tipos de traumatismos.

Con los suministros a punto de agotarse fui atendiendo paciente a paciente. Me pasé los meses restantes de mi misión centrada en tratar a heridos de guerra. Nada que ver con la idea que tenía cuando acepté lo que todos creíamos que sería un trabajo en una maternidad de Sudán del Sur. Y sin embargo, siento que ayudé a que miles de personas que no tenían más ayuda que la nuestra para que pudieran salir adelante. Lo que más rabia me da es que, cuando algo así ocurre, hay otras necesidades básicas, como por ejemplo la atención de partos complicados, que se quedan irremediablemente en un segundo plano. Y os aseguro que en Malakal la gente necesita de cualquier tipo de atención médica y humanitaria que podamos proporcionarles.

El Hospital de Malakal fue atacado por un grupo de hombres armados. Cuando el equipo de MSF volvió al hospital se encontró 11 cadáveres.  Algunos de sus pacientes fueron disparados en sus camas. Fotografía Anna Surinyach/MSF
El Hospital de Malakal fue atacado por un grupo de hombres armados. Cuando el equipo de MSF volvió al hospital se encontró 11 cadáveres. Algunos de sus pacientes fueron disparados en sus camas. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Madres e hijos

Por Maartje Hoetjes, MSF Sudán del Sur

Nos acaban de llegar dos personas con heridas de bala al hospital de MSF en Leer. Hace apenas unas horas estaban en la celebración de una boda, con sus amigos y su familia. De pronto, alguien entró y empezó a disparar contra la multitud. Cinco personas resultaron gravemente heridas. Dos, los dos que han llegado hasta aquí, han salvado de momento la vida, pero otras tres sufrieron heridas de gravedad y han muerto en el camino.

Madres e hijos esperan en el Centro de Alimentación del hospital de Médicos Sin Fronteras en Leer, Sudán del Sur
Madres e hijos esperan en el Centro de Alimentación del hospital de Médicos Sin Fronteras en Leer, Sudán del Sur. Fotografía de Nick Owen

Una de las víctimas es un niño de 12 años, que se encuentra ingresado en la unidad de cuidados intensivos. La enfermera me comenta que le dispararon en la nalga y que la bala salió por su estómago. Uno de nuestros médicos le ha limpiado la herida lo mejor que ha podido y se la ha vendado. Todos esperamos que la bala no le haya tocado ningún órgano vital, pero ahora mismo el principal problema reside en la fuerte hemorragia que sufre, por lo que dos de nuestros técnicos de laboratorio están tratando de encontrar un donante de sangre como sea.

Tendido en un colchón del otro lado de la unidad de cuidados intensivos tenemos al otro herido: es un chico joven y lleva la cabeza vendada. La bala le entró por la parte de atrás del cráneo y salió justo por encima de su ojo derecho. Está inconsciente. Viendo la gravedad de sus lesiones, me resulta sorprendente que haya sobrevivido tanto tiempo.

Visito los otros departamentos del hospital, observo el panorama que hay a mi alrededor y charlo un momento con mis colegas del centro de alimentación terapéutica. Tenemos un montón de niños ingresados. Salgo de allí y me dirijo hacia la sala de maternidad, de donde salen unos gritos desgarradores. El eco de tristeza que se desprende de ese llanto resuena por todo el recinto. Al entrar en la habitación me encuentro con una madre desconsolada. Tiene el dolor grabado en su rostro, que está completamente cubierto de lágrimas. Camina a duras penas hacia la puerta apoyándose en varios miembros de su familia, que tratan de consolarla sin mucho éxito. Tras ellos aparecen un hombre y una mujer que transportan lo que parece un cuerpo sin vida envuelto en una tela. Su pequeño tamaño me hace atar rápidamente cabos: es el niño de 12 años que estaba esperando la transfusión. Me quedo inmóvil por unos momentos. ¿Por qué el? No tiene ningún sentido que alguien tan joven tenga que morir de esta manera… es terrible.

Vuelvo a la unidad de cuidados intensivos para echar una mano a mis compañeros y veo que ya están todos están de vuelta en sus respectivos trabajos. Aquí en el hospital la muerte no entiende de horarios y no hay tiempo para demasiadas lamentaciones. Allí al fondo se encuentra la que supongo será la madre del hombre que tiene la herida de bala en la cabeza. Está sentada a su lado, con las piernas recogidas contra el pecho y sus brazos envolviéndolas firmemente. Su cuerpo tiembla y sus hombros se mueven hacia arriba y hacia abajo mientras solloza. No estoy segura de qué hacer. ¿Debo dejarla sola o debería quedarme con ella? Está mirando hacia el suelo y no parece ser siquiera consiente de mi presencia. Sí, está aquí a mi lado, pero probablemente su mente esté muy lejos de este lugar. Sé que soy una extraña para ella, pero quiero que sepa que no está sola. Puedo sentir perfectamente su dolor.

Me siento a su lado y le hago una caricia en la espalda para tratar de calmarla. Su respiración cada vez es más rápida y me temo que está empezando a hiperventilar. Le hablo suavemente y le doy indicaciones para que haga conmigo unos ejercicios de respiración, exhalando en voz alta. Los minutos parecen horas, pero finalmente parece que se está tranquilizando.

De pronto se sienta junto a su hijo en el colchón y le agarra de la mano. No se fija en mí, pero no importa. Ha recobrado las fuerzas para tratar de darle el cariño y la fuerza que tanto necesita en este momento. Ahora es de nuevo capaz de ayudarle a luchar por su supervivencia.

Han pasado dos días desde que dejé a aquella madre aferrada a la mano de su hijo. Hoy he visitado de nuevo la unidad de cuidados intensivos y me he encontrado al joven sentado tranquilamente mientras su madre le ayudaba a tomar una taza de leche. Bebía sin dificultades y la enfermera me ha comentado que ya ha empezado a hablar, así que hoy estamos de enhorabuena. A veces, hasta lo más difícil puede llegar a ocurrir. Incluso aquí, donde casi todo son malas noticias.

MSF ha trabajado en Leer, al sur del estado de Unidad, durante los últimos 25 años. Sus equipos prestan atención médica a los pacientes ingresados en el hospital y ofrecen consultas externas a niños y adultos. También llevan a cabo cirugías, servicios de maternidad, tratamiento del VIH/TB, y cuidados intensivos. A finales de enero y principios de febrero de este año el hospital de MSF en Leer fue destruido, al igual que la mayor parte de la ciudad. Era la única estructura sanitaria que brindaba atención médica secundaria, incluyendo cirugía y tratamiento para el VIH y la tuberculosis, en un área que cuenta con aproximadamente 270.000 personas. Edificios enteros fueron reducidos a cenizas, y los equipos necesarios para llevar a cabo cirugías, para el almacenamiento de vacunas o para hacer transfusiones de sangre fueron arrasados. Todo el mundo huyó al bosque o a otras ciudades y la ciudad quedó desierta durante varios meses. En mayo, cuando la gente empezó a regresar, MSF reanudó algunas de las actividades médicas del hospital.

 

República Centroafricana: La espiral de violencia parece no tener fin (y II)

Por Natalie Roberts, médico de emergencias de Médicos Sin Fronteras en República Centroafricana

Poco después del éxodo de Bozoum, partí junto al jefe de proyecto desde Bozoum para hacer una misión exploratoria del resto de la región noroeste, desde la ciudad de Bosemptele, al sur de Bozoum, hasta la frontera con Chad y Camerún.

Tras la destrucción de los centros de salud, MSF puso en marcha clínicas móviles. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

Tras la destrucción de los puestos de salud, MSF puso en marcha clínicas móviles. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

Cuando llegamos a la primera de las aldeas, el jefe del puesto de salud me dijo que quería mostrarme algo. Pidió a toda la gente que me llevaran a sus hijos enfermos. El primer niño que vi era muy pequeño, evidentemente sufría de malaria y se veía en muy mal estado. Me ofrecí a llevarlo al hospital de Bozoum, pero la madre dijo que estaba demasiado lejos y que no se sentía segura de dejar su pueblo. Me invadió un sentimiento de impotencia porque el niño necesitaba urgentemente ser hospitalizado, pero lo único que podía hacer en esos momentos era darles algunos de los medicamentos que llevaba en mi equipo de emergencia.

En ese momento me di cuenta de que teníamos que ir más a menudo a los pueblos y de que podíamos conformarnos con trabajar solo en la ciudad. La gente tenía demasiado miedo de salir de sus aldeas, y además no había suficientes carreteras o medios de transporte en la zona como para llegar fácilmente. Cuando volaba hacía la República Centroafricana iba pensando que me tocaría tratar a mucha gente con traumatismos provocados por la violencia. Sin embargo, una vez que ya estaba instalada allí, me di cuenta de que, al menos fuera de Bangui, lo que había era mucha más gente muriendo a causa de enfermedades comunes en África, como pueden ser la malaria y otros problemas de salud, que por heridas de bala.

La gente había huido de sus casas y vivía ahora al aire libre, en el campo o en el monte, durmiendo en el suelo o debajo de los árboles. En las aldeas cuentan con pozos, pero ahora que estaban en el monte tenían que beber el agua que encontraban en los charcos o en los ríos.

Todos los puestos de salud que visitábamos estaban en mal estado. La gente no tenía acceso a la atención médica porque no se atrevían a salir del bosque y porque tampoco tenían ya un lugar al que acudir para ser tratados. Por si fuera poco, los medicamentos de los puestos de salud habían sido quemados o robados. El personal sanitario que todavía seguía allí nos contó que muchos de los que habían huido estaban muriendo en el monte, pero era difícil evaluar el número total de fallecidos.

En cuanto nos organizamos, empezamos a organizar clínicas móviles en las aldeas. Cada mañana recibíamos de 600 a 700 niños, así que al final terminamos por crear un hospital pediátrico para niños con malaria en Bocaranga.

Durante esas primeras semanas, tengo que admitir que hubo momentos en los que llegué a sentir miedo. Corría el mes de febrero y todavía había muchos grupos armados en los alrededores. Los rumores circulaban por todos lados y cuando al día siguiente llegábamos a una aldea para confirmar los relatos y atender a la población, siempre nos encontrábamos con casas que seguían ardiendo.

En las aldeas, los atacantes van de casa en casa y no dejan títere con cabeza. La gente no tiene armas sofisticadas o pistolas. Es una violencia individual, cara a cara. En un momento dado, era difícil cruzarse con alguien que no portara algún tipo de cuchillo por la calle. Incluso los niños de seis o siete años andaban con grandes machetes. En otras circunstancias estos cuchillos se utilizaban para trabajar en el campo o para las labores diarias, pero cuando la tensión aumenta todo el mundo tiene miedo. Y uno es más susceptible de matar a alguien cuando tiene algo con lo que puede hacer bastante daño.

La mayor parte de los centro de salud sufrieron saqueos y quedaron inutilizables. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

La mayor parte de los centros de salud sufrieron saqueos y quedaron inutilizables. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

Cada vez que había una escaramuza, veíamos pacientes que tenían heridas abiertas causadas por machetes y que corrían el riesgo de infectarse y de agravarse. Vimos a muchos pacientes golpeados con palos: os aseguro que aquí comprendí que verdaderamente es posible matar a alguien a palos. A menudo, las personas no nos contaban como había sucedido, pero podíamos llegar a imaginar que había sido bastante brutal. He visto heridas causadas por explosiones de bombas y por otras formas de violencia, pero la violencia cara a cara es difícil de digerir y de comprender.

Todos hablaban de los seres queridos que habían perdido. Fui a una aldea donde 23 personas habían sido asesinadas por una serie de atacantes que fueron matando a todo el mundo casa por casa. Un mes después, todos los supervivientes seguían reviviendo este terrible episodio en sus mentes y no lograban recuperarse.

Lo más difícil es que es casi imposible saber cómo y cuándo va a terminar esta situación. El conflicto afecta a todo el país y la espiral de violencia parece no tener fin.

República Centroafricana: La espiral de violencia parece no tener fin (I)

Por Natalie Roberts, médico de emergencias de Médicos Sin Fronteras en República Centroafricana

La ciudad de Bocaranga desierta tras los saqueos. La mayoría de las localidades de la ruta Bozoum – Bossemptele – Bocaranga habían sido incendiadas. Fotografía: MSF

La ciudad de Bocaranga desierta tras los saqueos. La mayoría de las localidades de la ruta Bozoum – Bossemptele – Bocaranga habían sido incendiadas. Fotografía: MSF

Tan pronto como me bajé del avión en Bozoum, me informaron de que acababa de producirse una refriega entre grupos armados que había dejado bastantes heridos. Me requerían de inmediato en el hospital. La pista de aterrizaje está ubicada a unos cinco kilómetros de la ciudad, y a lo largo de los diez minutos de camino en el 4×4 no dejé de ver casas quemadas ni un solo momento. No había un alma por las calles. Los rumores de que iban a producirse nuevos ataques y el miedo ante las consecuencias de los mismos habían hecho huir a todo el mundo.

Mientras nos acercábamos, íbamos tratando de imaginarnos qué situación nos encontraríamos en el hospital. Me bajo del coche y mis compañeros me llevan directamente hasta donde se encuentra el paciente más grave, un hombre herido de bala. Lo atendí mientras el resto del equipo se ocupaba de los pacientes con lesiones menos graves.

En ese primer momento sólo había cinco o seis pacientes. Pregunté si esos eran todos o si aún había más por llegar. Otro de los miembros del equipo me informó de que había varios heridos musulmanes que no habían podido desplazarse todavía hasta allí por miedo a ser atacados. Alrededor de una hora más tarde, 18 de estas personas llegaron al mismo tiempo.

Los heridos habían sido alcanzados por muchas esquirlas provocadas por la explosión de una granada que había sido lanzada en un barrio musulmán; otros tenían heridas de bala por el tiroteo que siguió. Un hombre resultó herido en un ojo y otros tenían heridas de diversa consideración en la cabeza.

Tuvimos que tomar una decisión difícil sobre un paciente en particular: tenía una herida de bala en la ingle que había atravesado su arteria femoral. A primera vista no parecía tan grave, y de hecho el orificio de entrada era más bien pequeño, pero al ponerle de espaldas rápidamente vimos que el orificio de salida de la bala era más grande y que sangraba profusamente. Un gran charco de sangre cubrió el suelo en apenas segundos.

El paciente no habría sobrevivido a una operación o a un traslado hasta otro hospital. Como teníamos la esperanza de que coagulara, le hicimos una transfusión de seis unidades, algo que resulta muy difícil en un lugar donde no hay un banco de sangre. A pesar de esto, continuó sangrando durante horas y murió en el hospital esa misma noche.

Todos nos sentimos muy frustrados. No era más que una pequeña herida, pero estaba justo en el peor lugar posible y le había causado daños irreparables. Si esta misma herida hubiera estado unos cuantos centímetros más arriba o abajo, el paciente habría sobrevivido.

En la República Centroafricana la gente honra a sus muertos haciendo sonar los tambores durante la noche. El cementerio se encontraba muy cerca del hospital de Bozoum y también cerca de la casa donde dormía el equipo de Médicos Sin Fronteras. Cada vez que alguien se nos moría en el hospital, nos tocaba escuchar el retumbar de los tambores durante toda la noche. Era como una especie de penitencia que hacía imposible que pudiéramos olvidar que alguien acababa de morir.

MSF puso en marcha clínicas móviles para asistir a la población dado que los centros de salud habían sido saqueados o destruidos. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

MSF puso en marcha clínicas móviles para asistir a la población dado que los centros de salud habían sido saqueados o destruidos. Fotografía: Natalie Roberts/MSF

Esa noche, la mayoría de los pacientes no quisieron dormir en el hospital porque no se sentían seguros. Al día siguiente, fuimos al barrio musulmán para continuar tratando a los heridos. Era evidente que la gente se preparaba para huir de la ciudad: vaciaban sus casas de todas sus pertenencias y las colchonetas y ropa de cama se apilaban en las calles. El ataque contra el barrio musulmán había sido el tiro de gracia para una población que llevaba meses sufriendo las iras de sus propios vecinos.

Nos informaron de que un convoy transportaría a los musulmanes a Chad. La mayoría de estas personas había nacido en la República Centroafricana y había vivido toda su vida en Bozoum, donde tenían negocios, casa, familia. Al igual que cualquier otro habitante del pueblo, pertenecían a la comunidad local. Pero ya no hablaban de lo que les había pasado; simplemente habían aceptado que tenían que partir.

El convoy de camiones llegó dos o tres días más tarde. Contábamos el número de los que llegaban y de los que salían y cruzábamos los dedos para que no ocurriera nada. Sabíamos que su presencia podía encender la mecha de nuevo, puesto que en el pasado ya habían sido atacados otros vehículos que trataban de evacuar a la gente. Además, no estábamos seguros de si habría suficiente sitio para todos en el interior de los vehículos…. y temblábamos ante la mera posibilidad de que alguno de los grupos más marginados se quedará atrás.

Finalmente, la población entera de musulmanes, compuesta por dos o tres mil personas, subió a bordo de los 14 camiones. Sufría de verles allí: hacía calor y les esperaba un largo viaje de siete horas hasta la frontera. Cada camión estaba atestado de cientos de personas y de sus pertenencias. En algunos podía haber hasta 200 personas. Nadie nos informaba de dónde iban a dormir y a pesar de que contábamos con la presencia de una escolta armada ésta nunca detendría los posibles ataques que se produjeran.

Nos quedamos ahí mirando mientras la gente subía a los camiones. No había nada que pudiéramos hacer. Una comunidad entera había sido devastada. Sabíamos que lo mismo estaría ocurriendo en la mayoría de las ciudades del noroeste. Intuíamos que muchas otras personas estaban eligiendo la misma opción desesperada y que habían decidido dejar sus casas para ir a vivir en un campo de refugiados.