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Despertar en el paraíso

21 noviembre 2011

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

Son las cinco de la mañana. Todo está tranquilo, muy tranquilo. En la cama sin moverme, con los ojos todavía cerrados, intento recordar dónde estoy. Un soplo de aire frío pasa rozando mi cara y me despierta lentamente como el suave susurro de la voz de mi madre cuando yo era pequeño y ella me despertaba para ir a la escuela. Tengo la sensación de que este momento va a durar siempre. Me gusta y dejo que la suave brisa de la mañana siga con su dulce juego.

De repente, rompe el silencio el ya familiar cacareo de un gallo, que sin duda tiene un erróneo concepto del tiempo. Debería saber que es demasiado pronto para despertarse, pero ahora ya es demasiado tarde para volverse a dormir, y poco a poco abro los ojos. Siempre duermo con la ventana abierta y siempre disfruto intensamente del cielo nocturno y de los tenues sonidos de la aldea de Marungu cuando decide irse a dormir.

Marungu, una pequeña comunidad en la cima de las montañas de Hauts-Plateaux, en Kivu Sur (en el este de la República Democrática del Congo), a una altitud de 2.900 metros, es una aldea muy aislada formada por un par de docenas de casas tradicionales hechas de bambú y excrementos de vaca mezclados con arcilla, la mayoría de ellas con un techo de paja.

Paseo la mirada por mi habitación de tres metros por tres. A la izquierda, una estantería con demasiadas notitas recordatorias de lo que tengo que hacer hoy. Como si me pudiera olvidar… Delante, al lado de la puerta, algunos estantes más con mi reserva personal de cosas de comer. La comida aquí no se sale mucho del arroz y las alubias tradicionales, el pollo, la cabra, el pescado salado y ahumado, y una pasta de maíz llamada bugali. Así que de vez en cuando necesito algo distinto. Una vez al mes bajo al valle, a Uvira, una ciudad a orillas del lago Tanganyka y me compro alguna cosa. Me doy cuenta de que tengo que comprar más queso y algunos sandwiches, que acabé ya hace una semana.

Decido levantarme despacio. Todavía está oscuro y hace frío. La estación de lluvias empezó hace un par de semanas, por lo que la temperatura ha bajado por la noche a 5 grados centígrados. Mi babula, un pequeño hornillo de carbón tradicional, está aparcado en un rincón de la habitación, frío y olvidado. Le pediré al guarda que lo reavive lo antes posible. La vida es mucho más agradable cuando tienes un hornillo caliente.

Pongo mi cafetera en el ya reavivado y ahora caliente babula, anticipando con paciencia el buen café que me voy a tomar, y salgo a escuchar los sonidos de Marungu desperezándose. Ya puedo ver el humo saliendo de los tejados de paja. La población local empieza la mañana encendiendo una hoguera dentro de sus casas sin chimenea. Algunos gallos más siguen el ejemplo del nuestro, y no parecen aceptar un no por respuesta. El despertar de un nuevo día en el paraíso.

Paraíso. Lo llamo paraíso por diferentes motivos. En primer lugar porque se parece a lo que en la imaginación de la gente debería ser el paraíso, sereno, tranquilo. Aunque esto último no podría distar más de la verdad. Aquí arriba, en mi montaña, se encuentra el escondrijo de múltiples facciones militares enfrentadas a las autoridades congoleñas y entre sí. Los enfrentamientos armados entre éstos y el ejército congoleño son frecuentes, haciendo que los habitantes de las aldeas huyan en busca de un lugar seguro, dejando todo lo que han aprendido a querer y proteger tras de sí.

Debido al aislamiento de esta zona (un área de 3.500 km2), a la inseguridad y al difícil acceso, el sistema de salud, cuando lo hay, es muy deficitario. La gente tiene que caminar durante horas e incluso días para llegar a un centro de salud cuando necesita asistencia médica. En el centro de salud tienen que pagar por la asistencia que reciben, cosa que a menudo no pueden permitirse. Incluso cuando están graves, a veces optan por quedarse en casa porque no pueden permitirse pagar por la atención sanitaria que necesitan o tienen que andar largas distancias hasta las estructuras de Médicos Sin Fronteras, donde saben que pueden conseguir atención médica gratuita. MSF apoya de momento a seis centros de salud en esta zona.

A mí me resulta muy obvio responder a la pregunta de por qué MSF ha decidido ayudar a esta población que sufre. Como coordinador de terreno, no tengo la menor duda de por qué estoy aquí. Tenemos que ayudar a estas personas. Ayudarles a construir un buen sistema de salud con buen acceso a la atención sanitaria gratuita de calidad. Ayudar a la población desplazada y proporcionarle abrigo y material básico de supervivencia, junto naturalmente a asistencia médica en su sentido más amplio.

Todos nuestros esfuerzos, incluyendo la sensibilización de la población, se centran en detectar a las víctimas de la violencia sexual dentro de las primeras 72 horas de haber sido agredidas, que es el límite para poder ofrecer medidas preventivas contra el VIH/sida y los embarazados no deseados por ejemplo. Otra de las tareas importantes que llevan a cabo nuestros equipos es el aporte de apoyo psicológico y el seguimiento de estas víctimas y de los desplazados.

Exceptuando la carretera que conduce hasta nuestra base en Marungu, no hay más caminos aquí en Hauts-Plateaux. Tenemos que andar durante horas, cruzando incluso montañas más altas, para llegar a la población. Nuestra segunda base en Kihuha se encuentra a 10 horas a pie. Mi equipo está dividido entre las dos bases, lo que supone todo un reto en materia de gestión.

Son las seis y ya es de día. Ya empieza a haber movimiento. Pueden verse personas seguidas de montones de cabras. Las mujeres van a la fuente a por agua. Las más mayores cargan unos 20 litros y los niños de 5 a 10. Mirando a estas mujeres, recuerdo una conversación con una de ellas.

Vino al centro de salud por la noche. Había sido violada el día anterior y venía en busca de ayuda, en plena noche, para evitar el estigma y la repulsa por parte de su marido, su familia y el resto de la comunidad. En ausencia de su marido, había sido violada por cuatro hombres. Tuvo que reunir todas sus fuerzas para acudir en busca de ayuda. Fuimos corriendo al centro de salud con una enfermera especializada en violencia sexual y nuestra psicóloga para tratarla de la mejor forma que pudimos. Nos dijo que necesitaba nuestra ayuda pero lo más triste es que no creía que pudiésemos hacer nada por ella. “¿Por qué? ¿Por qué?… mañana todo será igual”, nos dijo.

No, no necesito ninguna motivación externa para trabajar con MSF. Vivo aquí desde hace más de un año, escucho, veo y hago todo lo que está en mis manos para ayudar a estas personas que necesitan de una asistencia que nunca habían recibido antes de la llegada de MSF, aquí, en su propio “paraíso”.

(Continuará…)

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* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux.

Fotos: todas © Ferry Schippers.

Una corta historia sobre violencia sexual y cosas que podrían estar cambiando

20 abril 2011

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

 

Luvungi es uno de los centros de salud a los que regreso a menudo para ver a pacientes con sarampión. Su personal está compuesto por enfermeros congoleños y unas pocas monjas italianas. Uno de los días hasta me ofrecieron un café “expresso”; estaba fresco, muy sabroso, sin una pizca de sabor amargo. No había tomado ni un solo café desde mi llegada desde Canadá. ¡Estos pequeños lujos pueden suponer un gran placer!

Pero volvamos Lemera, donde está nuestra base. Tuvimos que utilizar las cortinas que encontramos en la casa a modo de división para conseguir más espacios y separar los dedicados a trabajo y almacenaje de las “habitaciones” para vivir. En lo que había sido el salón colocamos siete grandes congeladores médicos; al menos uno de ellos se carga y descarga constantemente de vacunas durante las horas en que estamos en casa.

El tintineo de plástico congelado es omnipresente. Los congeladores se abren lo menos posible, para mantener la temperatura estable. Ni siquiera metemos ahí el agua para nuestro propio consumo, tema que me viene a la cabeza cada vez que pego un trago de agua caliente.

 Pocos días después de mi fantástico “expresso”, recibí una preocupante llamada desde Luvungi a las seis y media de la mañana. Estaba en pie desde las cinco, preparando otra jornada de vacunación. El supervisor en Luvungi me explicó frenéticamente que habían sido asaltados por la noche, que tres hombres habían escalado la el muro exterior del recinto con una escalera, mientras obligaban al guarda a guardar silencio a punta de pistola.

Una vez dentro, inmovilizaron también a los enfermeros que estaban de guardia y las monjas, les robaron, y les encerraron en una habitación. Luego se fueron a las salas de hospitalización, donde robaron también a los pacientes ingresados, e incluso violaron a una mujer.

Me desplacé a Luvungi esa misma mañana. Las hermanas aguantaban el tipo con fortaleza, aunque estaban muy afectadas. La mujer que había sido violada recibió atención médica inmediata, incluyendo la profilaxis post-exposición para evitar infecciones de transmisión sexual.

Nos imaginábamos que querría permanecer en el anonimato, pero de hecho decidió denunciarlo a la policía. Esto es muy inusual en Congo: podría ser la señal de que estamos acercándonos a un punto de inflexión en el historial de violencia sexual en este país.

Estando aquí, recibí una segunda señal, durante la fervorosa celebración del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo. Hubo manifestaciones en las calles, y muchos discursos. Por la tarde, uno de nuestros compañeros congoleños nos invitó a algunos de nosotros a ver las festividades.

La celebración se había trasladado a una especie de club de reuniones, donde había mujeres de todas las edades, la mayoría agrupadas según los colores de sus vestidos. Todo el mundo estaba bailando. Yo me uní a la fiesta, en apoyo de aquellas muestras de solidaridad femenina que habíamos vivido durante todo el día. Me contaron que hace tres o cuatro años no había nada de esto.

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Fotos: Personal congoleño durante la campaña de vacunación contra el sarampión (© Amos Hercz)

¿Sólo otro día de hospital?

16 febrero 2011

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Aquel día no entré en la sala de consulta psicológica del hospital como suelo hacer. Dejé que mi colega Théo pasara consulta en mi lugar, mientras yo me sentaba fuera con las mujeres que esperaban pacientemente para verle.

Me senté en la fila con ellas, observándolas, intentando sentir con ellas, ponerme en su lugar… violada, echada de casa por un marido cruel, embarazada de un niño que no quiero tener… Intenté hablar con ellas en su dialecto local, el Masi, y a cambio obtuve amables sonrisas y miradas brillantes…

Y esto en un contexto en el que el sexo es cualquier cosa menos placer: es mera reproducción, es arma de intimidación, es arma de guerra o incluso es venganza de portadores del VIH que intencionadamente quieren contagiar a otros.

Las sonrisas son poderosas ya que animan el alma y el cuerpo. He meditado sobre las dificultades que en Occidente experimentamos a la hora de sonreír y reírnos a carcajadas. Aquí en Congo, se diría que la gente busca cualquier chispa para encender la llama de la risa.

No obstante, estas sonrisas no consiguen tapar el sufrimiento y el trauma psicológico… aunque los hace más soportables. Una sonrisa en la mirada, una fusión de optimismos a la hora de vivir y de ser a pesar de los desafíos de esta vida: conflicto armado, violencia, violencia sexual…

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Foto: Sonrisas en Haut Plateaux, República Democrática del Congo (© Stella Evangelidou)

Heridas de guerra que no se curan con vendas

05 enero 2011

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

En la República Democrática del Congo, una catástrofe provoca la siguiente: las malas condiciones de salubridad llevan al cólera, las infraestructuras deficientes llevan a accidentes, y el conflicto lleva al desplazamiento de poblaciones civiles…

El país está en un constante estado de alerta, pero parece que la gente está acostumbrada a esta concatenación de desgracias…

Mi trabajo aquí consiste en establecer, junto con el personal congoleño, un sistema eficaz de atención en salud mental y psicosocial para aquellas personas que sobreviven a la violencia sexual. Esta es una guerra invisible… No hay tasas de mortalidad, sólo historias que reflejan el horror de un conflicto.

Las mujeres tienen el coraje de narrar las violaciones que han sufrido, vivencias que aturden cuando las escuchas…

N. fue raptada por militares. Tras dos meses de esclavitud sexual en su campamento, se quedó embarazada y, más tarde, consiguió escapar. Volvió a su casa embarazada de un bebé que no quería tener, pero el aborto es ilegal en este país.

C. fue violada cuando volvía del mercado. Cuando su marido se enteró, la echó de casa como si la culpa fuera suya.

 P. vio cómo los militares mataban a su marido a tiros. Después, irrumpieron en su casa y violaron delante de sus hijos.

Estas son heridas de guerra que no pueden curarse con vendas y medicinas.

La “epidemia de violaciones” en la RDC está considerada como la peor del mundo. Se describe habitualmente a la violencia sexual como un arma con la que se intimida a la población civil. Aquí en Kalonge hay dos escenarios principales para este drama: el primero, cuando las mujeres recogen leña o labran campos que están lejos de sus pueblos y cerca de los bosques donde los militares tienen sus campamentos, y el segundo, cuando se producen ataques armados durante la noche contra las aldeas.

Debido a la discriminación y el estigma en el seno de las familias y de las comunidades, las mujeres tienden a hablar de las violaciones demasiado tarde, cuando los síntomas mentales y físicos son graves.

Por eso, sensibilizar a las comunidades rurales sobre la violencia sexual es de gran importancia, y por esta razón hemos formado a personas de estas comunidades para que trabajen como promotores y educadores sanitarios.

A lo largo de todo el día sigo dando vueltas a las historias que estas mujeres me han contado. Ni siquiera consigo concentrarme en el libro que hace dos semanas no podía dejar de leer. Me acuesto cansada. ¿A cuántas mujeres violarán esta noche?

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Foto 1: La pequeña Pierrete fue violada por los hombres armados que la retuvieron durante dos meses. Este de RDC. (© Julie Rémy)

Foto 2: Mujeres en Kalonge, RDC. (© Stella Evangelidou).

Foto 3: Formación e atención psicosocial para el personal congoleño de MSF, en Kalonge, RDC (© Stella Evangelidou)

La habitación 107

15 septiembre 2010

Por Patricia Lledó (ginecóloga en el Hospital Benson, Liberia, MSF).

107 podría ser el número de vuelo que me llevará de vuelta a casa. 1-0-7, el ritmo de las canciones africanas que bailamos los sábados por la noche. 107 por mil, las hormigas que invaden la UCI de Sebas el pediatra. 107, las veces que he pensado lo cansada que estoy. 107, el número de veces que he ajustado mi mosquitera antes de irme a dormir.

107 es el número de una habitación especial en Benson. 107, la última habitación de la planta de ingresos de ginecología, cerca de la cocina, y frente a las fosas sépticas. La más alejada de la estación de enfermería. 107 es también la mitad de los ingresos que habrán llegado a esta habitación desde que estoy aquí.

La habitación 107 tiene 8 camas pegadas unas a otras. En ellas las niñas, que se han hecho mayores demasiado pronto, me miran en silencio cuando entro y grito un alegre “good morning”. No recibo respuesta a la primera, pero al segundo intento, las más lanzadas susurran tímidamente su “buenos días”. Paso de cama a cama, mirando las observaciones de la noche. Saludo a todas, pero no las toco ni las examino, les explico que, de una en una, las iré viendo en la habitación de exploración, donde tengo más intimidad.

La última cama está parapetada con un biombo de tela. Tras él, Diana agoniza de dolor y fiebre. Huele a sangre y desesperación. Está a punto de aparcar por el momento su tragedia personal, una tragedia que casi termina con su vida. Cuando Diana, a sus 16 años, se dio cuenta que se había quedado embarazada habían pasado 4 meses desde su última regla y algo desconocido le pateaba las entrañas.

Barajó sus posibilidades, preguntó en la comunidad. Las mujeres mayores le ofrecieron usar “el bazoca africano”, una mezcla de hierbas que ingeridas o aplicadas en la vagina, provocan abortos. Por desgracia también producen un síndrome tóxico que muchas veces lleva a la muerte. Diana ha visto morir a su amiga hace unos meses de esta forma y decide no arriesgarse.

Sus amigas en el colegio le aconsejan meterse un palo de Kasawa (palo fino y largo) por el orificio de su cuello de útero, pero Diana tiene miedo al dolor, y desecha la opción. Por fin, alguien le cuenta que en un “drugstore” en Jamica Road, cerca de una casa roja, alguien con conocimientos médicos puede ayudarla, pero ha de ir de noche. Esa noche Diana reúne el dinero que tiene y camina hasta allí con su tía y su prima.

Es noche cerrada en Jamica Road. El drugstore está cerrado, pero la puerta de atrás se abre y entran en una habitación con otras cinco mujeres esperando. La habitación está dividida por una cortina y la ilumina una única bombilla en el techo, alimentada por un ruidoso generador.

Tras la cortina se oyen gritos ahogados y minutos más tarde una mujer sale tambaleándose ayudada por sus familiares. Hace mucho calor, huele a sangre oxidada. Es el turno de Diana, pasa y se tumba sobre una mesa con manchas que cuentan historias parecidas a la suya. Un hombre desconocido maneja unos instrumentos largos y unas tijeras, claramente han sido utilizados muchas veces antes. Un minuto más tarde sólo siente dolor, el mayor que haya conocido.

Diana apenas puede andar, sangra poco, pero el dolor es terrible, y aún nota moverse a ese pequeño ser en su tripa, con el que no quiere tener nada que ver. Pasan dos días en los que se retuerce de dolor en su cama. Cuando la fiebre sube y está medio inconsciente su familia decide traerla al hospital.

Trato a Diana como a todas las demás, con muchos antibióticos, una sonrisa, una caricia en la mejilla, y entre susurros y canturreos intento tranquilizarla y explicarla que no me importa lo que haya hecho, que estamos aquí para arreglarlo todo. Me la llevo al quirófano para encontrar las “piezas” perdidas y revisarla. Coso y remiendo a Diana, arreglo y zurzo, suspiro para que todo vuelva a funcionar en un futuro y la infección que le han provocado no le impida tener más niños cuando esté preparada para ello. Paso el día cosiendo y remendando cosas que no deberían romperse.

Salgo de quirófano y continúo. Todas las pacientes de la 107 pasan por la sala de consulta y me cuentan sus historias con más o menos reticencia. Palos, hierbas, drugstores, pastillas… ¿Cuánta desesperación hace falta para reunir tanto coraje y agallas? Apunto todas las historias en mi libreta de pesadillas… luego las transferiré a mi estadística de pesadillas. Desde que empezamos a registrar los casos que nos llegan con complicaciones derivadas de abortos inseguros, calculamos que el 60-80% de todas nuestras admisiones por abortos de primer y segundo trimestre son por este motivo.

Preparo la lista de las intervenciones del día, sonrío y doy consuelo, cuando lo que me apetece es llorar y patalear ante tanta injusticia. Injusticia y mezquindad, ideología y religión mal entendidas (o no entendidas por mí…), en un país en el que la planificación familiar no llega a nadie y en el que la mitad de las mujeres han sido sometidas a ablación parcial del clítoris y 1 de cada 10 ha sido violada en algún momento de su vida.

En 1994, la OMS declaró que el aborto inseguro en países empobrecidos, y especialmente en el continente africano, era una de las mayores preocupaciones en cuanto a salud pública. Es imposible calcular la mortalidad materna que deriva de estas prácticas, pero se estima que cada año se realizan en el mundo 19 millones de abortos inseguros que acaban con la vida de 70.000 mujeres. 8 cada día, 1 cada 3 horas. 13 % de mortalidad materna. Números que sin embargo ya no impactan, pues lamentablemente hoy en día estamos más que acostumbrados a ver estadísticas sobre cualquier penuria que ocurre lejos de nuestros hogares.

Pasa el día en el Benson. Nadie muere hoy por un aborto inseguro, hoy he ganado la partida a la incomprensión y a la crueldad. Es hora de volver a la habitación 107 y ver qué tal se recuperan mis niñas damnificadas. Damnificadas incluso por nuestro propio personal sanitario, que muchas veces omite la analgesia que les prescribo, porque aquí, al igual que en muchos otros lugares de África, no se considera que sea algo importante o necesario.

Otra atmósfera reina en la habitación por la tarde. Algunas están sentadas en las camas arreglando el pelo de su vecina, otras sonríen abiertamente y gritan “good afternoon” emulando mi grito de guerra matutino.

Las reviso, les pregunto por dolor y sangrado. Algunas pueden incluso irse a casa, otras necesitan todavía un poco de mimo y arreglo antes de soltarlas de nuevo al mundo que las espera fuera. Como todos los días, les explico a voz en grito sus posiblidades de planificación familiar para que no vuelvan a pasar por lo mismo. Pastillas, inyecciones, preservativos… todo gratis y seguro. Les digo que las mujeres somos las únicas con el poder de controlar la situación. Emulando el estilo de los sermones de los domingos, exclamo: “Who has the power to control the situation? You have the power! Women have the power!”*. Sonríen, se ríen y repiten “WOMEN HAVE THE POWER!”.

Salgo de la habitación y las dejo riendo y gritando esta frase que no sé por qué inventé, si en el fondo sé que no es del todo cierta. Las mujeres en Liberia tienen el poder y el valor para seguir adelante a pesar de todas las dificultades y son además el motor que saca adelante a sus familias… pero de ahí que ellas sean quienes “controlan la situación”, hay bastante trecho. Aún así, creo que mañana volveré a decirles mi frase…

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* “¿Quién tiene el poder de controlar la situación? ¡Vosotras tenéis el poder! ¡Las mujeres tienen el poder!

Fotos: Hospital Benson, en Monrovia, Liberia. (© MSF)

El rostro de Congo

16 diciembre 2009

Por Pavithra Natarajan (MSF, RDCongo)

Creo que nunca voy a olvidarla. Sabía que iba a venir al hospital. Cuando por fin lo hizo, lo primero que pensé fue en la necesidad de aislarla en alguna zona tranquila del hospital, lejos de la muchedumbre de pacientes que también esperaban consulta. Pero no lo hice: pensé que me quedaba poco para terminar la ronda que estaba haciendo por las salas donde están ingresados los niños con desnutrición y que enseguida estaría con ella.

Me equivoqué, por desgracia. Para cuando llegamos a la sala de consultas externas, los gritos me hicieron darme cuenta del error que había cometido. Todo lo que pude ver en un primer momento fueron los rostros preocupados de tres enfermeros que la rodeaban intentando calmarla. Seguida por medio centenar de miradas más, crucé la sala rápidamente y, con la ayuda de su madre, la saqué de allí.

Era una niña de 10 años, que había sido violada hace dos meses por un soldado, junto a su madre, que fue agredida al mismo tiempo por otro. Luego, los dos se llevaron a la niña al bosque. Su madre estuvo una semana buscándola. La encontró cubierta de heridas y costras de la cabeza a los pies, e incapaz de hablar. Aún tiene cicatrices en la muñeca derecha, por la que la tuvieron atada. Cada vez que ve a un hombre, grita.

Las anteriores consultas habían sido con un psicólogo, que en principio intentó tratarla, pero sin éxito. De ahí que decidiéramos hacerle un examen neurológico. No soy pediatra. Y por otra parte, los exámenes neurológicos son complicados incluso en Reino Unido, donde trabajo habitualmente. Y además si tienes que hacerlo comunicándote en francés, y que de ahí se traduzca al Kinyarwanda, todo se complica aún más.

Nos llevó casi una hora llegar a la conclusión de que, efectivamente, padecía lesiones neurológicas. Antes, solía cantar en el coro de la iglesia y también le gustaba bailar. Ahora sólo puede arrastrar los pies, con un andar entumecido y rígido. Parece incapaz de deglutir, o simplemente no lo hace. Ahora la llevaremos a Kigali, en Ruanda, para realizarle un escáner cerebral, pero sea cual sea el resultado –creo que el origen está en una contusión o una hemorragia-, no hay nada más que podamos hacer por ella.

Cuando terminamos, me marché a la base de MSF, situada a sólo 100 metros de distancia del hospital. Intenté no cruzar la mirada con nadie, pero se me saltaron las lágrimas antes de llegar a la puerta de nuestra casa. Me acordé de que, de mi última estancia en Kigali, me había traído varias pelotas y uno de esos juguetes para hacer burbujas con agua y jabón. Así que regresé al hospital. “Zawadi”, les dije a ella y a su madre, que significa “regalo” en swahili. La senté conmigo en el suelo y le enseñé a usarlo. Sonrió una vez.

Cuando me marché a casa, volví a sufrir una pequeña crisis. Aquí la violencia sexual no es sólo una epidemia, es un arma de guerra. Entonces me acordé de los partidillos de fútbol que solemos jugar con los chavales de Mweso. Niños sanos en los que me gusta pensar. Pero eso no me quita de la cabeza la imagen de esta madre valiente, que está en algún lugar de la carretera, volviendo a su casa con su niña y con lo poco que le pudimos ofrecer en el hospital de Mweso. Más bien nada, aparte de las burbujas.

(Foto superior: La pequeña Pierrete fue violada por los hombres armados que la retuvieron durante dos meses. Este de RDCongo. © Brigitte Breuillac/MSF)

(Foto inferior: Una mujer víctima de violación, paciente del hospital de MSF en Nyazale, Kivu Norte. © Julie Rémy)