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Entradas etiquetadas como ‘vacunacion’

El poder de las vacunas

Por Belén Ruiz-Ocaña, desde UNICEF en Cuba

Analía no lo sabe, pero el pinchazo que acaba de causarle un gran berrinche la protege contra tres enfermedades. Hasta que la vacuna ha llegado a su brazo, ha recorrido un largo camino en el que cada paso es fundamental: desde que UNICEF adquiere la vacuna hasta que las enfermeras se la ponen a Analía en un policlínico de La Habana, Cuba, hay que garantizar que la cadena de frío no se rompe, y que la dosis llega en perfectas condiciones.

En el centro donde conozco a Analía y a su madre, Gretel, 160 niños son vacunados cada año. En este barrio la cobertura de vacunación en 2016 llegó al 100%. En todo el país, anualmente se distribuyen 4,8 millones de dosis de 12 tipos de vacunas para prevenir 13 enfermedades. Desde 1962 se han erradicado seis enfermedades, se han eliminado distintas complicaciones y se han reducido las tasas de morbilidad.

El poder de las vacunas

Analía, antes de recibir la vacuna que la protege contra tres enfermedades/ © UNICEF

Los números demuestran el poder de las vacunas, que cada año salvan entre 2 y 3 millones de vidas. El año pasado UNICEF adquirió 2.500 millones de dosis de vacunas, que llegaron a casi la mitad de niños menores de 5 años en todo el mundo. Solo en Cuba, UNICEF adquiere 70.000 dosis de la vacuna PRS (para prevenir la parotiditis, rubeola y sarampión), lo cual supone el 60% de las que se necesitan en todo el país.

Gracias a la aportación de UNICEF y su trabajo junto con la OMS, la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización, la Fundación Bill y Melinda Gates y otros aliados, se han logrado grandes éxitos como la reducción en un 85% y 83%, respectivamente, del número de niños menores de 5 años fallecidos debido al sarampión y al tétanos neonatal. Las vacunas han posibilitado la reducción en un 47% de las muertes por neumonía y un 57% de las causadas por la diarrea. Y sin embargo, el reto hoy es llegar a los 19,5 millones de niños que todavía hoy no reciben la vacuna que podría salvar su vida.

Por eso, cuando termina la Semana Mundial de la Vacunación, la sonrisa de Analía solo un rato después de recibir su dosis de la vacuna PRS nos recuerda una vez más el gran poder de las vacunas.

La visita del ‘suluby’

Por Ana de la Osada. Minova (R.D. Congo)
Referente médico de la campaña de vacunación de Minova


A finales de septiembre el suluby llegó a Karango, un pueblo de la región de Minova encaramado en las montañas que rodean el lago Kivu, en el este de la República Democrática del Congo (RDC).

El suluby, más conocido para nosotros como sarampión, bajó a Karango, siguiendo la ruta que baja desde los llamados Hauts Plateaux, la zona más alta del lugar. Aprovechó la pobre cobertura de vacunación que caracteriza esta zona del país para instalarse cómodamente y atacar, cómo no, a los más vulnerables. A principios de octubre, el visitante se cobró en una semana la vida de cuatro niños del pueblo, todos ellos menores de 5 años.

Campaña de vacunación en Minova.República Democrática del Congo. Fotografía  de la Osada / MSF
Campaña de vacunación en Minova.República Democrática del Congo. Fotografía de Ana de la Osada / MSF

Miembros del equipo de urgencia de MSF España en la provincia de Kivu del Sur (RUSK) nos desplazamos al lugar para responder a la epidemia que empezaba a extenderse por el litoral de Minova. El suluby no se había conformado con Karango y ya había aparecido en otros pueblos cercanos, como Ruhunde y Nyamasasa.

Nuestro objetivo era claro: hacerle frente. Era necesaria una vacunación masiva, pero a la vez había que asegurarse de que la población afectada por la epidemia tuviera acceso gratuito a los centros de salud y el hospital para prevenir y frenar las complicaciones que puede provocar el virus del sarampión. Se hicieron donaciones de medicamentos, se apoyó a los equipos de los centros sanitarios se estableció un sistema para referir los casos graves al hospital.

La diferencia entre la vida o la muerte para un pequeño con sarampión puede ser tan sencilla como que su madre tenga o no dinero para pagar la consulta y el tratamiento médico. En la mayoría de los centros sanitarios de esta zona el acceso a la salud no es gratuito y desgraciadamente no está al alcance de todos.

El primer día que fuimos a Karango nos acercamos al centro de salud para hablar con el equipo. Era sábado, día de consulta prenatal, y aprovechamos para hablar con las mamás que esperaban turno. Cuando les explicamos que se iba a organizar una campaña de vacunación masiva y que el tratamiento sería gratuito empezaron a aplaudirnos. Una madre nos explicó que había perdido a dos de sus tres hijos, los más pequeños. La falta de medios económicos le impidió llevarlos al centro de salud y murieron en casa sin que ella pudiera hacer nada por impedirlo. El suluby no tiene piedad de los que tienen menos recursos.
A finales de octubre empezamos a recorrer todo el litoral del lago en la zona Minova para asegurar el tratamiento gratuito de casos y animar a la comunidad para que participara en la campaña de vacunación, dirigida a todos los niños entre 6 meses y 15 años. El primero de diciembre se dio el pistoletazo de salida: comenzó la campaña con el objetivo de inmunizar a unos 75.000 niños durante algo más de dos semanas. Una buena cobertura de vacunación es la mejor arma contra la expansión del sarampión. Eso es precisamente lo que tenemos que conseguir.

Durante la primera mañana, aun con el sol saliendo, pensaba mientras subíamos hacia Karango en todas esas madres con las que habíamos hablado y de todos los niños de ese pueblo que habían recibido la visita del suluby, con mejor o peor suerte. Durante los tres primeros días vacunamos todo el área de Karango: un total de 5.200 niños. No fue nada fácil mantener el orden en los puntos de vacunación, pero las mamás tenían muy claro su objetivo y aguantaron de pie varias horas, algunas desde las 6 de la mañana, ansiosas por ver como sus hijos recibían la protección.

 

Un niño es vacunado contra el sarampión en Karango, en la región de Minova. República Democrática del Congo. Fotografía Ana de la Osada / MSF
Un niño es vacunado contra el sarampión en Karango, en la región de Minova. República Democrática del Congo. Fotografía Ana de la Osada / MSF

 Mientras escribo esta historia hemos pasado el ecuador de la campaña. 66.250 niños han sido vacunados y aún nos quedan varios días de trabajo intenso. El cansancio se hace notar y cada madrugón pesa, pero ahí seguimos. Calculamos que al final de la campaña cubriremos con creces el objetivo, llegaremos a vacunar a unos 100.000 niños.

 El suluby ya empieza a sentirse incómodo en la zona del litoral de Minova.


En las dos primeras semanas de diciembre, un equipo de MSF realizó una campaña de vacunación contra el sarampión en el área de Minova (provincia de Kivu del Sur, en el este de la República Democrática del Congo) en la que fueron inmunizados 90.887 niños y jóvenes de entre 6 meses y 15 años, un 20 % más de los previstos inicialmente.

 El sarampión puede ser mortal en los niños si no se trata, pero es muy fácil de evitar mediante la vacunación. Desde hace décadas, el país ha sufrido epidemias de sarampión con un resurgimiento importante de la enfermedad desde el año 2010. Un estudio realizado por Epicentre, el centro de investigación epidemiológica de MSF, indica que entre 2010 y 2013 se registraron en el país casi 300.000 casos y que algo más de 5.000 pacientes (1,7% del total) fallecieron. Según el informe, el número de casos descendió más de un 20% tras las primeras campañas de vacunación.

 

 

 

 

Somalia: “Aquí los niños por un sarampión pueden morir, quedar sordos o ciegos”

Por Athanas Makundi desde Hudur, UNICEF Somalia.

Las vacunas evitan entre 2 y 3 millones de muertes de niños cada año por enfermedades como difteria, tétanos, tos ferina y sarampión. Somalia es un claro ejemplo de cómo una vacuna puede salvar o cambiar una vida.

Habiba Mohamed Ahmed ha caminado más de 7 kilómetros para llegar a la clínica de salud materno-infantil en Hudur, la capital de la región de Bakool, al suroeste de Somalia. Mientras caminaba trataba de proteger del calor abrasador a su bebé enfermo. Aun así, Suleeqa Mohamed, de 7 meses, llega deshidratada y muy débil al centro.

Hamza esperando ser vacunado.

Hamza esperando ser vacunado.

Está muy pálida, respira con mucha dificultad, y tiene una erupción irregular en la cara. “Mi niña está enferma. No sé qué le pasa”, Habiba explica apenas sin voz tras el agotamiento de la caminata desde su pueblo. “Durante diez días, ha tenido fiebre muy alta, ha estada enferma con diarrea, luego le aparecieron manchas en la carita y se le extendieron por todas partes.”

Tras un rápido examen, el doctor de la clínica, Abdullahi Abdul, enseguida sospecha que Suleeqa tiene el sarampión, la misma enfermedad que ha afectado a unos 7.000 niños somalíes este año.

La ciudad de Hudur fue controlada por grupos armados durante un año, hasta el pasado mes de marzo, y la clínica se cerró. Muchas familias quedaron aisladas y sin ayuda. Con las carreteras para llegar a muchos pueblos aún bloqueadas, algunos aviones de agencias internacionales como UNICEF son los únicos que han podido entregar suministros esenciales a las áreas más necesitadas.

“Ahora que por fin tenemos las vacunas, vamos a empezar una campaña yendo puerta en puerta para que todas las familias sepan que deben llevar a sus hijos al centro de salud para ser vacunados”, explica Abdul. “También vamos a pedir a las madres que lleven a los niños para poder detectar si sufren desnutrición, ya que afortunadamente también nos ha llegado la pasta de cacahuete”.

Mientras descargamos los suministros de emergencia nos volvemos a encontrar con Habiba y su bebé.

Llega el avión con suministros al aeropuerto de Aden Adde en Mogadiscio, Somalia

Llega el avión con suministros al aeropuerto de Aden Adde en Mogadiscio, Somalia

“Por suerte, su sistema inmunológico ha estado luchando contra la infección”, señala Abdul. “Es por eso que ha sobrevivido. De lo contrario, en los casos graves de sarampión, el niño puede morir o se pueden quedar sordos o ciegos“.

Es lo que le pasó a Aden Mohamed con su hijo mediano. Hoy ha traído a su bebé de 9 meses, Hamza Hussein, para que le vacunen contra el sarampión. Será el primero de la familia que reciba una vacuna.

“Teníamos miedo a salir de casa a causa de los combates armados. Sabía que mis hijos estaban enfermos pero estaba aterrorizada“, susurra Aden bajito mientras mira a su alrededor para ver si alguien nos está escuchando. “Cuatro de mis hijos contrajeron el sarampión porque no había servicios de salud cerca, por lo que no pudieron ser inmunizados.”

“El sarampión es una de las principales enfermedades mortales para los niños, especialmente aquellos que son menores de cinco años“, explica Abdinor Hussein, jefe de Salud de UNICEF en Somalia.

La situación de seguridad está mejorando, y esperamos que esto allanará el camino para poder hacer llegar más asistencia. Vemos progresos. Los niños están siendo tratados y las madres reciben atención, pero las necesidades aún son muchas.

Con medidas tan sencillas como una nutrición adecuada y vacunas podemos lograr que ningún niño muera por causas evitables

 

Centro de vacunación de Hudur.

Centro de vacunación de Hudur.

* FOTOS: UNICEF Somalia/2014/Makundi

Médicos somalíes: Dr. Faiza Adam Abdirahman

por Faiza Adam Abdirahman (Somalia)

Soy el doctor Faiza Adam Abdirahman. Trabajo en la sección pediátrica del Hospital Istarlin, en el que Médicos Sin Fronteras trabaja en Guri El, en la región somalí de Galgadud. Trabajo en esta sección desde hace más de un año. Antes trabajaba en los servicios generales, pasando consulta a pacientes de todo tipo.

Las cosas están mucho más tranquilas que el año pasado. Las lluvias llegaron tarde, y cuando por fin ocurrió, agricultores y pastores volvieron a sus vidas normales. Pero las lluvias también trajeron brotes de sarampión y malaria. Los pasados diciembre y enero recibimos tantos pacientes que desbordaron nuestra capacidad en el hospital.

En el área pediátrica, tenemos 30 camas, y estábamos recibiendo a unos 160 enfermos de malaria a la semana, muchos de ellos en estado grave. La mayor parte de los pacientes eran niños de entre 1 y 5 años de edad, y ya estaban debilitados y desnutridos antes de enfermar de sarampión. Algunos también tenían neumonía.

Los pacientes suelen vivir lejos y tienen que recorrer largas distancias para llegar al hospital, y el mal estado en que están las carreteras no ayuda a que lleguen a tiempo. Les pusimos el tratamiento adecuado, y les dimos vitamina A e hicimos trasfusiones de sangre a quienes las necesitaban. Fue una situación de emergencia.

Ahora la situación ha mejorado, y estamos tratando a unos siete pacientes de sarampión a la semana. Esperamos poder llegar a cero muy pronto. Hemos estado organizando campañas de vacunación en el distrito de Guri El y en aldeas de los alrededores, a las que acudimos para vacunar a los niños. Hace ya algún tiempo que lo hacemos y esperamos ver los resultados en el futuro si se produce un nuevo brote epidémico.

Tenemos la esperanza de ir más lejos, de llegar a vacunar a todos los niños en Somalia. Sé que la situación de mi país no es la ideal, pero sería fantástico que pudiéramos vacunar antes de que se produzcan las epidemias. Podríamos salvar muchas más vidas.

Más testimonios de médicos somalíes en próximos posts.

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Foto 1: Madres con sus hijos esperando a consulta en el hospital de Guri El (© Peter Casaer, octubre de 2011).

Foto 2: Debido a la saturación del hospital de Guri El a finales de 2011, tuvieron que instalarse cinco tiendas en el exterior para ingresar a más pacientes: dos de ellas estaban destinadas a pacientes con diarrea y las otras tres a pacientes con sarampión (© Peter Casaer, octubre de 2011).

Para terminar, Senga y Espoir

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Mi misión en Congo ha llegado a su fin, y escribo esta última entrega con el corazón en un puño. Un compañero y amigo, así como un conductor de MSF, resultaron heridos recientemente en un incidente violento. Hombres armados pararon el coche de la organización, cuando circulaba a plena luz del día por una carretera con bastante tráfico. Les dispararon. Ambos se recuperaron de sus heridas y están bien.

Nuestro proyecto acababa de terminar la vacunación contra el sarampión de la que os he estado informando en el blog, que llegó a más de 110.000 niños en los distritos sanitarios de Lemera y Ruzizi. Otras intervenciones de MSF siguen en marcha, pero, a la luz de los acontecimientos, el futuro es incierto.

Pero volviendo a la vacunación, ahora recuerdo algunos casos concretos. A veces recibíamos llamadas del personal de enfermería para avisarnos de la llegada al punto de vacunación de algún niño especialmente enfermo. Una de ellas, llamémosla Senga, era pequeña, estaba por debajo de su peso normal, y padecía la fiebre y la respiración acelerada típicas de la neumonía severa.

Para cuando llegué desde la base, había llegado otro pequeño en las mismas condiciones, y pronto nos llegó un tercero. En Congo, las madres me parecen mucho más tranquilas que las de mi país. La madre de Senga se afanaba en consolar a su pequeña y tenerla cerca, y a mí me sonreía con respeto, pero aparte de eso, apenas se hacía notar. La niña no opuso demasiada resistencia a mi examen médico, señal inequívoca de su gravedad.

Debido a su estado, nos llevamos en el todoterreno a Senga y otro de los niños, al que llamaremos Espoir, junto con sus madres, a un centro de salud más grande. El sonido de sus respiraciones aceleradas a mi espalda me mantuvo en tensión durante todo el trayecto: 90 minutos de baches en la carretera. Llegué a dudar de que la perfusión intravenosa con antibióticos que les habíamos puesto para el trayecto no se terminara antes de llegar.

Las dos madres se pasaron el trayecto hablando como si se conocieran de toda la vida. Después, me dijeron que esto es algo muy típico aquí. En Canadá esto no ocurre: los padres de un niño enfermo son más extrovertidos en su sufrimiento cuando el niño está vivo, y habitualmente aceptan su muerte con resignación, mientras que en Congo, son las vicisitudes de la enfermedad las que se llevan con calma, incluso con aceptación, mientras que es la muerte la que suscita la expresión pública del dolor.

Especulo con las razones de este comportamiento, y no consigo decidir si esto procede del fatalismo, de la ignorancia, del realismo, de la fe, o de alguna otra filosofía. Mis reflexiones no me llevan demasiado lejos…

Senga sobrevivió, Espoir murió. En el hospital de referencia, la madre de este último reconoció haber acudido primero a un curandero, que el día anterior les había dado ciertas medicinas. Todo indica que el niño aspiró también parte del preparado, y que eso le causó una inflamación de los pulmones de la que no llegó a recuperarse.

En Canadá, les habría puesto a ambos en ventilación mecánica, para ayudarles a respirar, pero en Congo no hay este tipo de aparatos. Dejé el hospital resignado, y no volví a ver a Espoir.

Senga luchó durante días. Me pasaba a verla con regularidad, y cuando ya fue evidente que saldría adelante, ese día su madre me dedicó una amplia sonrisa que, por encima de las diferencias culturales, entendí a la perfección.

Hasta la próxima,

Amos.

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Fotos: Vacunación contra el sarampión, campaña de MSF en Lemera y Ruzizi, República Democrática del Congo (© Amos Hercz)

Planificación vs. realidad: de censos y embarazos

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras

Sobre el papel, la campaña de vacunación contra el sarampión estaba planificada al detalle, pero en la República Democrática del Congo, la vida real siempre se interpone. Esta región es conocida por los grandes desplazamientos de población ocurridos en el pasado reciente. Las estadísticas demográficas son a menudo incorrectas.

En algunos de los emplazamientos de vacunación, la población real podía hasta duplicar a la oficialmente censada, mientras que en otros nos encontrábamos con la mitad de la población esperada. Así que tenemos que estar preparados para adaptarnos continuamente.

La contraindicación más importante de la vacuna contra el sarampión es el embarazo: es peligroso para el feto. Sólo vacunamos hasta la edad de 15 años, pero nos preocupaba encontrarnos con chicas de ese grupo de edad que estuvieran embarazadas. Así que tuvimos que estudiar la forma de advertir esta contraindicación en la campaña de información que siempre precede a una vacunación.

Estas comunidades no cuentan con radio o periódicos, así que una campaña de “publicidad”, por lo general, consiste en un trabajador comunitario de salud con un megáfono en plena calle. Nuestro personal local estaba en contra de avisar de esta contraindicación, y de hecho tenían sus razones.

Nos llevó casi una hora definir el mensaje. Si decíamos abiertamente que las chicas embarazadas no debían acudir, cualquiera que se quedara en casa sería “sospechosa” de estar encinta. Y una chica que estuviera embarazada pero no lo hubiera contado, seguramente se vería obligada a acudir a la vacunación de todas formas, por miedo a ponerse en evidencia. Y luego estaba la posibilidad de que chicas que no quisieran, simplemente, sufrir el pinchazo que supone la vacuna, adujeran estar embarazadas para no venir.

Finalmente, decidimos que el personal de registro preguntaría con el mayor tacto posible a todas las chicas en edad fértil que llegaran si había alguna posibilidad de que estuvieran embarazadas. De esta forma, cualquier chica que lo estuviera, podría simplemente seguir el circuito y pasar discretamente de largo por delante del vacunador en su camino hacia la salida.

Durante la campaña de vacunación, también llevamos a cabo la detección de casos de desnutrición, y la distribución de suplementos de vitamina A: la deficiencia de esta vitamina es causa de una gran parte de la mortalidad por sarampión, y aportar suplementos puede reducirla en hasta un 50%. Esta región es verde y fértil, por todas partes hay tierras cultivables. No hay hambruna, así que es doloroso encontrar niños con desnutrición.

Durante la campaña, me desplacé a todos los centros de salud local para ver a los pacientes que ya pudieran haber contraído el sarampión. MSF distribuye kits médicos al personal sanitario local con el fin de que ellos mismos puedan responder a estos casos. Mi trabajo consiste en comprobar que hacen buen uso de estos suministros, y en respaldarles con formación en protocolos y prácticas de tratamiento cuando es necesario.

Los protocolos que utilizamos han sido desarrollados por nuestros especialistas médicos. Donde es apropiado, se basan en las guías y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), e incorporan los conocimientos que emanan de la larga experiencia de MSF en terreno. Son tan actualizados y sencillos como sea posible.

Este tipo de documentos (y los hay de muchos tipos, para logística, para manejo de casos, para vacunación, etc.) son realmente valiosos. MSF consume importantes recursos para generarlos y estandarizar y mejorar el trabajo en terreno. A menudo se critica a las ONG por gastos de corte administrativo: parte del mismo sin duda se dedica a la elaboración de estas guías profesionales. Sentado aquí, en el terreno, valoro cada céntimo que se ha gastado en ellos.

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Foto superior: Trabajador comunitario de MSF informando de la campaña de vacunación contra el sarampión en Lubumbashi, RDC (© Gwenn Dubourthoumieu)

Foto inferior: Medición del perímetro mesobraquial de un niño durante la campaña de vacunación en Congo, mediante un “brazalete MUAC”, para evaluar su estado de desnutrición (© Amos Hercz)

Una corta historia sobre violencia sexual y cosas que podrían estar cambiando

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

 

Luvungi es uno de los centros de salud a los que regreso a menudo para ver a pacientes con sarampión. Su personal está compuesto por enfermeros congoleños y unas pocas monjas italianas. Uno de los días hasta me ofrecieron un café “expresso”; estaba fresco, muy sabroso, sin una pizca de sabor amargo. No había tomado ni un solo café desde mi llegada desde Canadá. ¡Estos pequeños lujos pueden suponer un gran placer!

Pero volvamos Lemera, donde está nuestra base. Tuvimos que utilizar las cortinas que encontramos en la casa a modo de división para conseguir más espacios y separar los dedicados a trabajo y almacenaje de las “habitaciones” para vivir. En lo que había sido el salón colocamos siete grandes congeladores médicos; al menos uno de ellos se carga y descarga constantemente de vacunas durante las horas en que estamos en casa.

El tintineo de plástico congelado es omnipresente. Los congeladores se abren lo menos posible, para mantener la temperatura estable. Ni siquiera metemos ahí el agua para nuestro propio consumo, tema que me viene a la cabeza cada vez que pego un trago de agua caliente.

 Pocos días después de mi fantástico “expresso”, recibí una preocupante llamada desde Luvungi a las seis y media de la mañana. Estaba en pie desde las cinco, preparando otra jornada de vacunación. El supervisor en Luvungi me explicó frenéticamente que habían sido asaltados por la noche, que tres hombres habían escalado la el muro exterior del recinto con una escalera, mientras obligaban al guarda a guardar silencio a punta de pistola.

Una vez dentro, inmovilizaron también a los enfermeros que estaban de guardia y las monjas, les robaron, y les encerraron en una habitación. Luego se fueron a las salas de hospitalización, donde robaron también a los pacientes ingresados, e incluso violaron a una mujer.

Me desplacé a Luvungi esa misma mañana. Las hermanas aguantaban el tipo con fortaleza, aunque estaban muy afectadas. La mujer que había sido violada recibió atención médica inmediata, incluyendo la profilaxis post-exposición para evitar infecciones de transmisión sexual.

Nos imaginábamos que querría permanecer en el anonimato, pero de hecho decidió denunciarlo a la policía. Esto es muy inusual en Congo: podría ser la señal de que estamos acercándonos a un punto de inflexión en el historial de violencia sexual en este país.

Estando aquí, recibí una segunda señal, durante la fervorosa celebración del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo. Hubo manifestaciones en las calles, y muchos discursos. Por la tarde, uno de nuestros compañeros congoleños nos invitó a algunos de nosotros a ver las festividades.

La celebración se había trasladado a una especie de club de reuniones, donde había mujeres de todas las edades, la mayoría agrupadas según los colores de sus vestidos. Todo el mundo estaba bailando. Yo me uní a la fiesta, en apoyo de aquellas muestras de solidaridad femenina que habíamos vivido durante todo el día. Me contaron que hace tres o cuatro años no había nada de esto.

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Fotos: Personal congoleño durante la campaña de vacunación contra el sarampión (© Amos Hercz)

Vacunando contra el sarampión en Congo

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Hola de nuevo. Algunos quizás recordéis que ya estuve escribiendo en este blog desde Haití. Mi nombre es Amos Hercz, soy médico, canadiense, y ahora trabajo con MSF en la República Democrática del Congo.

Nunca antes había estado en África. Me sorprendió darme cuenta de que ya conocía a mucha gente en el equipo cuando llegué al proyecto: muchos habíamos coincidido precisamente en Haití durante la epidemia de cólera. Ahora estamos en Kivu Sur para tratar el sarampión.

En mi país nadie piensa mucho en el sarampión, es una fiebre infantil benigna. Y es rara. Gracias a la eficacia de los programas de vacunación, lo habitual en Norteamérica es registrar menos de 100 casos al año. En África, sin embargo, la desnutrición, la carencia de vitaminas y la falta de acceso a la atención médica han hecho que esta enfermedad sea, en niños, la causa número uno de muerte prevenible por vacunación.

El sarampión deja el sistema inmunitario temporalmente débil y vulnerable a infecciones secundarias. La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que, incluso contando con el mejor de los cuidados, la tasa de mortalidad por sarampión en los países en desarrollo es de un 5%, es decir, 1 de cada 20 niños. Se suele decir que una de las pérdidas más catastróficas que alguien puede sufrir es la muerte de uno de sus hijos. En Congo, son pocas las familias que no han perdido al menos a uno.

 La logística de la vacunación es un quebradero de cabeza… para que funcione, la vacuna necesita mantenerse congelada o refrigerada desde el mismo momento en que es fabricada hasta que es inyectada. Asegurar la refrigeración durante el almacenamiento y transporte atravesando múltiples fronteras africanas es muy difícil.

A eso hay que añadir redes eléctricas que no funcionan, generadores que no pueden mantenerse activos continuamente; refrigeradores que no son fiables, temperaturas que aumentan durante el día, y un sol ecuatorial cerca del equinoccio. Todos estos retos están relacionados con lo que se llama “cadena de frío”: y si hay un solo fallo en la cadena, la vacuna no funcionará.

Establecemos nuestra base en Lemera, en Kivu Sur, para iniciar la vacunación. Las doce personas del equipo nos hacinamos en una casa de dos habitaciones y un baño. No hay muebles en la sala principal, por lo que la llenamos con refrigeradores médicos de la mejor calidad. Los cables, tan gruesos como mi dedo pulgar, serpentean a lo largo de la habitación hasta el panel eléctrico. Tuvimos que volver a cablear toda la casa para poder usar la corriente eléctrica.

 El día en que llegamos, organizarlo todo nos llevó casi hasta la medianoche. Todos los días, nos levantamos a las 5. Yo pensaba que, con tanta gente, habría mucho caos para usar el baño, por ejemplo, pero la verdad es que nos turnamos con una coordinación de lo más tranquila. En media hora, la mayoría estamos ya en el patio colindante donde están almacenados nuestros equipamientos y aparcados los vehículos.

Falta una hora para que amanezca y el aire es todavía fresco. Con el primer rayo de luz, después del frenesí de la organización, se cargan los todoterrenos y diez equipos de vacunación salen al camino.

Uno de nuestros enfermeros participó recientemente en una campaña de vacunación contra la gripe en Canadá. Me contaba que si su equipo de vacunadores podía cubrir una escuela con 180 niños en un día, lo consideraban un logro importante; en esta intervención, cada vacunador, usando jeringas preparadas con antelación por dos asistentes, puede vacunar entre 175 y 240 personas por hora, o entre 1.050 y 1.440 en una jornada diaria de seis horas.

Para romper el ciclo de una epidemia, necesitamos vacunar a más del 90% de la población propensa. En nuestra región, esta cifra asciende a 133.000 niños…

 (Continuará)

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Fotos: Campaña de vacunación de MSF en Kivur Sur, RDC. Marzo de 2011 (© Amos Hercz)

Lecciones aprendidas en Mpati

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Recuerdo bien el día en que llegué a República Democrática del Congo, en marzo pasado, cruzando desde Ruanda. No podía creerme que el taxista me dejara en la frontera con un “creo que veo el coche de MSF al otro lado”. Y hacia allí que me encaminé, cruzando a pie por el fango, de un país a otro, con mi enorme maleta a cuestas. Una situación surrealista.

A menudo me acuerdo de aquel día, en el que un paso tras otro me iban conduciendo a Congo. Desde entonces, he aprendido muchas lecciones, y de lo que os quiero hablar hoy es de la que aprendí durante una campaña de vacunación contra el sarampión que organizamos hace poco en Mpati.

Mpati es un nuevo campo de desplazados internos improvisado en las montañas. Aquella mañana nos levantamos a las 5.30 de la madrugada, y realizamos un viaje de dos horas en jeep por otra de esas carreteras de barro de las que os hablaba.

El sarampión es una de los mayores “asesinos” de África, sobre todo en los campos de refugiados y desplazados. Al final del día habíamos vacunado a 1.064 niños, a los que además dispensamos mebendazol, un fármaco contra los parásitos estomacales, muy frecuentes también en estos contextos, y vitamina A, para evitar que acaben sufriendo ceguera si, a pesar de ser vacunados, acaban enfermando de sarampión.

El caso es que, durante la vacunación, conseguimos encontrar a un hombre al que habíamos diagnosticado tuberculosis en el hospital de Mweso, pero que se marchó sin esperar a recibir tratamiento porque vivía en Mpati, y había oído que MSF estaba a punto de realizar una distribución de bienes de primera necesidad allí. Y al encontrarle en Mpati, de nuevo, se negó a volver con nosotros al hospital, porque seguía esperando a que se organizara aquella distribución.

Siendo un enfermo de tuberculosis, una enfermedad contagiosa, al negarse él a someterse a tratamiento, entraban en juego cuestiones relacionadas no sólo con su salud, sino también con la salud pública. Y pensando en estos intereses de la comunidad, me vi obligada a utilizar un truco quizás discutible, pero que era necesario: enfrente de la multitud de 50 niños y una decena de madres que le rodeaban, pedí a la enfermera congoleña con la que estaba que tradujera que si no venía con nosotros al hospital, podía acabar contagiando a los niños que estaban allí. Aquello fue determinante para que volviera con nosotros en el jeep.

Durante las tres horas y media de viaje que siguieron (mientras estábamos en Mpati llovió, así que las carreteras estaban hechas una auténtica sopa de barro), no podía evitar pensar, en primer lugar, en el impacto que nuestra presencia puede tener en un país, cuando distribuyes material de primera necesidad a los desplazados, pero provocas de forma indirecta que los pacientes se marchen del hospital para no perderse esa distribución, y te arriesgas a solucionar unos problemas pero crear otros de salud pública.

Pero sobre todo no podía quitarme de la cabeza cómo es vivir en un sitio como este, en el que una persona enferma se marcha del hospital y recorre andando casi 35 kilómetros, poniendo aún más en riesgo su salud, para conseguir una pieza de plástico para guarecerse de la lluvia, una cacerola, una pieza de jabón, un cuchillo y un balde.

(Foto 1: Campaña de vacunación contra el sarampión en Nyanzale, Kivu Norte – Sami Nafartche/MSF)

(Foto 2: Vista general de Kitchanga, en el distrito de Kivu Norte – François Dumont/MSF)