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Médicos somalíes: Dr. Faiza Adam Abdirahman

08 junio 2012

por Faiza Adam Abdirahman (Somalia)

Soy el doctor Faiza Adam Abdirahman. Trabajo en la sección pediátrica del Hospital Istarlin, en el que Médicos Sin Fronteras trabaja en Guri El, en la región somalí de Galgadud. Trabajo en esta sección desde hace más de un año. Antes trabajaba en los servicios generales, pasando consulta a pacientes de todo tipo.

Las cosas están mucho más tranquilas que el año pasado. Las lluvias llegaron tarde, y cuando por fin ocurrió, agricultores y pastores volvieron a sus vidas normales. Pero las lluvias también trajeron brotes de sarampión y malaria. Los pasados diciembre y enero recibimos tantos pacientes que desbordaron nuestra capacidad en el hospital.

En el área pediátrica, tenemos 30 camas, y estábamos recibiendo a unos 160 enfermos de malaria a la semana, muchos de ellos en estado grave. La mayor parte de los pacientes eran niños de entre 1 y 5 años de edad, y ya estaban debilitados y desnutridos antes de enfermar de sarampión. Algunos también tenían neumonía.

Los pacientes suelen vivir lejos y tienen que recorrer largas distancias para llegar al hospital, y el mal estado en que están las carreteras no ayuda a que lleguen a tiempo. Les pusimos el tratamiento adecuado, y les dimos vitamina A e hicimos trasfusiones de sangre a quienes las necesitaban. Fue una situación de emergencia.

Ahora la situación ha mejorado, y estamos tratando a unos siete pacientes de sarampión a la semana. Esperamos poder llegar a cero muy pronto. Hemos estado organizando campañas de vacunación en el distrito de Guri El y en aldeas de los alrededores, a las que acudimos para vacunar a los niños. Hace ya algún tiempo que lo hacemos y esperamos ver los resultados en el futuro si se produce un nuevo brote epidémico.

Tenemos la esperanza de ir más lejos, de llegar a vacunar a todos los niños en Somalia. Sé que la situación de mi país no es la ideal, pero sería fantástico que pudiéramos vacunar antes de que se produzcan las epidemias. Podríamos salvar muchas más vidas.

Más testimonios de médicos somalíes en próximos posts.

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Foto 1: Madres con sus hijos esperando a consulta en el hospital de Guri El (© Peter Casaer, octubre de 2011).

Foto 2: Debido a la saturación del hospital de Guri El a finales de 2011, tuvieron que instalarse cinco tiendas en el exterior para ingresar a más pacientes: dos de ellas estaban destinadas a pacientes con diarrea y las otras tres a pacientes con sarampión (© Peter Casaer, octubre de 2011).

Para terminar, Senga y Espoir

19 mayo 2011

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Mi misión en Congo ha llegado a su fin, y escribo esta última entrega con el corazón en un puño. Un compañero y amigo, así como un conductor de MSF, resultaron heridos recientemente en un incidente violento. Hombres armados pararon el coche de la organización, cuando circulaba a plena luz del día por una carretera con bastante tráfico. Les dispararon. Ambos se recuperaron de sus heridas y están bien.

Nuestro proyecto acababa de terminar la vacunación contra el sarampión de la que os he estado informando en el blog, que llegó a más de 110.000 niños en los distritos sanitarios de Lemera y Ruzizi. Otras intervenciones de MSF siguen en marcha, pero, a la luz de los acontecimientos, el futuro es incierto.

Pero volviendo a la vacunación, ahora recuerdo algunos casos concretos. A veces recibíamos llamadas del personal de enfermería para avisarnos de la llegada al punto de vacunación de algún niño especialmente enfermo. Una de ellas, llamémosla Senga, era pequeña, estaba por debajo de su peso normal, y padecía la fiebre y la respiración acelerada típicas de la neumonía severa.

Para cuando llegué desde la base, había llegado otro pequeño en las mismas condiciones, y pronto nos llegó un tercero. En Congo, las madres me parecen mucho más tranquilas que las de mi país. La madre de Senga se afanaba en consolar a su pequeña y tenerla cerca, y a mí me sonreía con respeto, pero aparte de eso, apenas se hacía notar. La niña no opuso demasiada resistencia a mi examen médico, señal inequívoca de su gravedad.

Debido a su estado, nos llevamos en el todoterreno a Senga y otro de los niños, al que llamaremos Espoir, junto con sus madres, a un centro de salud más grande. El sonido de sus respiraciones aceleradas a mi espalda me mantuvo en tensión durante todo el trayecto: 90 minutos de baches en la carretera. Llegué a dudar de que la perfusión intravenosa con antibióticos que les habíamos puesto para el trayecto no se terminara antes de llegar.

Las dos madres se pasaron el trayecto hablando como si se conocieran de toda la vida. Después, me dijeron que esto es algo muy típico aquí. En Canadá esto no ocurre: los padres de un niño enfermo son más extrovertidos en su sufrimiento cuando el niño está vivo, y habitualmente aceptan su muerte con resignación, mientras que en Congo, son las vicisitudes de la enfermedad las que se llevan con calma, incluso con aceptación, mientras que es la muerte la que suscita la expresión pública del dolor.

Especulo con las razones de este comportamiento, y no consigo decidir si esto procede del fatalismo, de la ignorancia, del realismo, de la fe, o de alguna otra filosofía. Mis reflexiones no me llevan demasiado lejos…

Senga sobrevivió, Espoir murió. En el hospital de referencia, la madre de este último reconoció haber acudido primero a un curandero, que el día anterior les había dado ciertas medicinas. Todo indica que el niño aspiró también parte del preparado, y que eso le causó una inflamación de los pulmones de la que no llegó a recuperarse.

En Canadá, les habría puesto a ambos en ventilación mecánica, para ayudarles a respirar, pero en Congo no hay este tipo de aparatos. Dejé el hospital resignado, y no volví a ver a Espoir.

Senga luchó durante días. Me pasaba a verla con regularidad, y cuando ya fue evidente que saldría adelante, ese día su madre me dedicó una amplia sonrisa que, por encima de las diferencias culturales, entendí a la perfección.

Hasta la próxima,

Amos.

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Fotos: Vacunación contra el sarampión, campaña de MSF en Lemera y Ruzizi, República Democrática del Congo (© Amos Hercz)

Planificación vs. realidad: de censos y embarazos

26 abril 2011

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras

Sobre el papel, la campaña de vacunación contra el sarampión estaba planificada al detalle, pero en la República Democrática del Congo, la vida real siempre se interpone. Esta región es conocida por los grandes desplazamientos de población ocurridos en el pasado reciente. Las estadísticas demográficas son a menudo incorrectas.

En algunos de los emplazamientos de vacunación, la población real podía hasta duplicar a la oficialmente censada, mientras que en otros nos encontrábamos con la mitad de la población esperada. Así que tenemos que estar preparados para adaptarnos continuamente.

La contraindicación más importante de la vacuna contra el sarampión es el embarazo: es peligroso para el feto. Sólo vacunamos hasta la edad de 15 años, pero nos preocupaba encontrarnos con chicas de ese grupo de edad que estuvieran embarazadas. Así que tuvimos que estudiar la forma de advertir esta contraindicación en la campaña de información que siempre precede a una vacunación.

Estas comunidades no cuentan con radio o periódicos, así que una campaña de “publicidad”, por lo general, consiste en un trabajador comunitario de salud con un megáfono en plena calle. Nuestro personal local estaba en contra de avisar de esta contraindicación, y de hecho tenían sus razones.

Nos llevó casi una hora definir el mensaje. Si decíamos abiertamente que las chicas embarazadas no debían acudir, cualquiera que se quedara en casa sería “sospechosa” de estar encinta. Y una chica que estuviera embarazada pero no lo hubiera contado, seguramente se vería obligada a acudir a la vacunación de todas formas, por miedo a ponerse en evidencia. Y luego estaba la posibilidad de que chicas que no quisieran, simplemente, sufrir el pinchazo que supone la vacuna, adujeran estar embarazadas para no venir.

Finalmente, decidimos que el personal de registro preguntaría con el mayor tacto posible a todas las chicas en edad fértil que llegaran si había alguna posibilidad de que estuvieran embarazadas. De esta forma, cualquier chica que lo estuviera, podría simplemente seguir el circuito y pasar discretamente de largo por delante del vacunador en su camino hacia la salida.

Durante la campaña de vacunación, también llevamos a cabo la detección de casos de desnutrición, y la distribución de suplementos de vitamina A: la deficiencia de esta vitamina es causa de una gran parte de la mortalidad por sarampión, y aportar suplementos puede reducirla en hasta un 50%. Esta región es verde y fértil, por todas partes hay tierras cultivables. No hay hambruna, así que es doloroso encontrar niños con desnutrición.

Durante la campaña, me desplacé a todos los centros de salud local para ver a los pacientes que ya pudieran haber contraído el sarampión. MSF distribuye kits médicos al personal sanitario local con el fin de que ellos mismos puedan responder a estos casos. Mi trabajo consiste en comprobar que hacen buen uso de estos suministros, y en respaldarles con formación en protocolos y prácticas de tratamiento cuando es necesario.

Los protocolos que utilizamos han sido desarrollados por nuestros especialistas médicos. Donde es apropiado, se basan en las guías y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), e incorporan los conocimientos que emanan de la larga experiencia de MSF en terreno. Son tan actualizados y sencillos como sea posible.

Este tipo de documentos (y los hay de muchos tipos, para logística, para manejo de casos, para vacunación, etc.) son realmente valiosos. MSF consume importantes recursos para generarlos y estandarizar y mejorar el trabajo en terreno. A menudo se critica a las ONG por gastos de corte administrativo: parte del mismo sin duda se dedica a la elaboración de estas guías profesionales. Sentado aquí, en el terreno, valoro cada céntimo que se ha gastado en ellos.

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Foto superior: Trabajador comunitario de MSF informando de la campaña de vacunación contra el sarampión en Lubumbashi, RDC (© Gwenn Dubourthoumieu)

Foto inferior: Medición del perímetro mesobraquial de un niño durante la campaña de vacunación en Congo, mediante un “brazalete MUAC”, para evaluar su estado de desnutrición (© Amos Hercz)

Una corta historia sobre violencia sexual y cosas que podrían estar cambiando

20 abril 2011

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

 

Luvungi es uno de los centros de salud a los que regreso a menudo para ver a pacientes con sarampión. Su personal está compuesto por enfermeros congoleños y unas pocas monjas italianas. Uno de los días hasta me ofrecieron un café “expresso”; estaba fresco, muy sabroso, sin una pizca de sabor amargo. No había tomado ni un solo café desde mi llegada desde Canadá. ¡Estos pequeños lujos pueden suponer un gran placer!

Pero volvamos Lemera, donde está nuestra base. Tuvimos que utilizar las cortinas que encontramos en la casa a modo de división para conseguir más espacios y separar los dedicados a trabajo y almacenaje de las “habitaciones” para vivir. En lo que había sido el salón colocamos siete grandes congeladores médicos; al menos uno de ellos se carga y descarga constantemente de vacunas durante las horas en que estamos en casa.

El tintineo de plástico congelado es omnipresente. Los congeladores se abren lo menos posible, para mantener la temperatura estable. Ni siquiera metemos ahí el agua para nuestro propio consumo, tema que me viene a la cabeza cada vez que pego un trago de agua caliente.

 Pocos días después de mi fantástico “expresso”, recibí una preocupante llamada desde Luvungi a las seis y media de la mañana. Estaba en pie desde las cinco, preparando otra jornada de vacunación. El supervisor en Luvungi me explicó frenéticamente que habían sido asaltados por la noche, que tres hombres habían escalado la el muro exterior del recinto con una escalera, mientras obligaban al guarda a guardar silencio a punta de pistola.

Una vez dentro, inmovilizaron también a los enfermeros que estaban de guardia y las monjas, les robaron, y les encerraron en una habitación. Luego se fueron a las salas de hospitalización, donde robaron también a los pacientes ingresados, e incluso violaron a una mujer.

Me desplacé a Luvungi esa misma mañana. Las hermanas aguantaban el tipo con fortaleza, aunque estaban muy afectadas. La mujer que había sido violada recibió atención médica inmediata, incluyendo la profilaxis post-exposición para evitar infecciones de transmisión sexual.

Nos imaginábamos que querría permanecer en el anonimato, pero de hecho decidió denunciarlo a la policía. Esto es muy inusual en Congo: podría ser la señal de que estamos acercándonos a un punto de inflexión en el historial de violencia sexual en este país.

Estando aquí, recibí una segunda señal, durante la fervorosa celebración del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo. Hubo manifestaciones en las calles, y muchos discursos. Por la tarde, uno de nuestros compañeros congoleños nos invitó a algunos de nosotros a ver las festividades.

La celebración se había trasladado a una especie de club de reuniones, donde había mujeres de todas las edades, la mayoría agrupadas según los colores de sus vestidos. Todo el mundo estaba bailando. Yo me uní a la fiesta, en apoyo de aquellas muestras de solidaridad femenina que habíamos vivido durante todo el día. Me contaron que hace tres o cuatro años no había nada de esto.

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Fotos: Personal congoleño durante la campaña de vacunación contra el sarampión (© Amos Hercz)

Vacunando contra el sarampión en Congo

23 marzo 2011

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Hola de nuevo. Algunos quizás recordéis que ya estuve escribiendo en este blog desde Haití. Mi nombre es Amos Hercz, soy médico, canadiense, y ahora trabajo con MSF en la República Democrática del Congo.

Nunca antes había estado en África. Me sorprendió darme cuenta de que ya conocía a mucha gente en el equipo cuando llegué al proyecto: muchos habíamos coincidido precisamente en Haití durante la epidemia de cólera. Ahora estamos en Kivu Sur para tratar el sarampión.

En mi país nadie piensa mucho en el sarampión, es una fiebre infantil benigna. Y es rara. Gracias a la eficacia de los programas de vacunación, lo habitual en Norteamérica es registrar menos de 100 casos al año. En África, sin embargo, la desnutrición, la carencia de vitaminas y la falta de acceso a la atención médica han hecho que esta enfermedad sea, en niños, la causa número uno de muerte prevenible por vacunación.

El sarampión deja el sistema inmunitario temporalmente débil y vulnerable a infecciones secundarias. La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que, incluso contando con el mejor de los cuidados, la tasa de mortalidad por sarampión en los países en desarrollo es de un 5%, es decir, 1 de cada 20 niños. Se suele decir que una de las pérdidas más catastróficas que alguien puede sufrir es la muerte de uno de sus hijos. En Congo, son pocas las familias que no han perdido al menos a uno.

 La logística de la vacunación es un quebradero de cabeza… para que funcione, la vacuna necesita mantenerse congelada o refrigerada desde el mismo momento en que es fabricada hasta que es inyectada. Asegurar la refrigeración durante el almacenamiento y transporte atravesando múltiples fronteras africanas es muy difícil.

A eso hay que añadir redes eléctricas que no funcionan, generadores que no pueden mantenerse activos continuamente; refrigeradores que no son fiables, temperaturas que aumentan durante el día, y un sol ecuatorial cerca del equinoccio. Todos estos retos están relacionados con lo que se llama “cadena de frío”: y si hay un solo fallo en la cadena, la vacuna no funcionará.

Establecemos nuestra base en Lemera, en Kivu Sur, para iniciar la vacunación. Las doce personas del equipo nos hacinamos en una casa de dos habitaciones y un baño. No hay muebles en la sala principal, por lo que la llenamos con refrigeradores médicos de la mejor calidad. Los cables, tan gruesos como mi dedo pulgar, serpentean a lo largo de la habitación hasta el panel eléctrico. Tuvimos que volver a cablear toda la casa para poder usar la corriente eléctrica.

 El día en que llegamos, organizarlo todo nos llevó casi hasta la medianoche. Todos los días, nos levantamos a las 5. Yo pensaba que, con tanta gente, habría mucho caos para usar el baño, por ejemplo, pero la verdad es que nos turnamos con una coordinación de lo más tranquila. En media hora, la mayoría estamos ya en el patio colindante donde están almacenados nuestros equipamientos y aparcados los vehículos.

Falta una hora para que amanezca y el aire es todavía fresco. Con el primer rayo de luz, después del frenesí de la organización, se cargan los todoterrenos y diez equipos de vacunación salen al camino.

Uno de nuestros enfermeros participó recientemente en una campaña de vacunación contra la gripe en Canadá. Me contaba que si su equipo de vacunadores podía cubrir una escuela con 180 niños en un día, lo consideraban un logro importante; en esta intervención, cada vacunador, usando jeringas preparadas con antelación por dos asistentes, puede vacunar entre 175 y 240 personas por hora, o entre 1.050 y 1.440 en una jornada diaria de seis horas.

Para romper el ciclo de una epidemia, necesitamos vacunar a más del 90% de la población propensa. En nuestra región, esta cifra asciende a 133.000 niños…

 (Continuará)

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Fotos: Campaña de vacunación de MSF en Kivur Sur, RDC. Marzo de 2011 (© Amos Hercz)

Lecciones aprendidas en Mpati

30 octubre 2009

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Recuerdo bien el día en que llegué a República Democrática del Congo, en marzo pasado, cruzando desde Ruanda. No podía creerme que el taxista me dejara en la frontera con un “creo que veo el coche de MSF al otro lado”. Y hacia allí que me encaminé, cruzando a pie por el fango, de un país a otro, con mi enorme maleta a cuestas. Una situación surrealista.

A menudo me acuerdo de aquel día, en el que un paso tras otro me iban conduciendo a Congo. Desde entonces, he aprendido muchas lecciones, y de lo que os quiero hablar hoy es de la que aprendí durante una campaña de vacunación contra el sarampión que organizamos hace poco en Mpati.

Mpati es un nuevo campo de desplazados internos improvisado en las montañas. Aquella mañana nos levantamos a las 5.30 de la madrugada, y realizamos un viaje de dos horas en jeep por otra de esas carreteras de barro de las que os hablaba.

El sarampión es una de los mayores “asesinos” de África, sobre todo en los campos de refugiados y desplazados. Al final del día habíamos vacunado a 1.064 niños, a los que además dispensamos mebendazol, un fármaco contra los parásitos estomacales, muy frecuentes también en estos contextos, y vitamina A, para evitar que acaben sufriendo ceguera si, a pesar de ser vacunados, acaban enfermando de sarampión.

El caso es que, durante la vacunación, conseguimos encontrar a un hombre al que habíamos diagnosticado tuberculosis en el hospital de Mweso, pero que se marchó sin esperar a recibir tratamiento porque vivía en Mpati, y había oído que MSF estaba a punto de realizar una distribución de bienes de primera necesidad allí. Y al encontrarle en Mpati, de nuevo, se negó a volver con nosotros al hospital, porque seguía esperando a que se organizara aquella distribución.

Siendo un enfermo de tuberculosis, una enfermedad contagiosa, al negarse él a someterse a tratamiento, entraban en juego cuestiones relacionadas no sólo con su salud, sino también con la salud pública. Y pensando en estos intereses de la comunidad, me vi obligada a utilizar un truco quizás discutible, pero que era necesario: enfrente de la multitud de 50 niños y una decena de madres que le rodeaban, pedí a la enfermera congoleña con la que estaba que tradujera que si no venía con nosotros al hospital, podía acabar contagiando a los niños que estaban allí. Aquello fue determinante para que volviera con nosotros en el jeep.

Durante las tres horas y media de viaje que siguieron (mientras estábamos en Mpati llovió, así que las carreteras estaban hechas una auténtica sopa de barro), no podía evitar pensar, en primer lugar, en el impacto que nuestra presencia puede tener en un país, cuando distribuyes material de primera necesidad a los desplazados, pero provocas de forma indirecta que los pacientes se marchen del hospital para no perderse esa distribución, y te arriesgas a solucionar unos problemas pero crear otros de salud pública.

Pero sobre todo no podía quitarme de la cabeza cómo es vivir en un sitio como este, en el que una persona enferma se marcha del hospital y recorre andando casi 35 kilómetros, poniendo aún más en riesgo su salud, para conseguir una pieza de plástico para guarecerse de la lluvia, una cacerola, una pieza de jabón, un cuchillo y un balde.

(Foto 1: Campaña de vacunación contra el sarampión en Nyanzale, Kivu Norte – Sami Nafartche/MSF)

(Foto 2: Vista general de Kitchanga, en el distrito de Kivu Norte – François Dumont/MSF)