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Sudán del Sur: un futuro sin pistolas para los antiguos niños soldado

Por Mercy Kolok, UNICEF en Sudán del Sur

Se agarró a su AK-47 con la cabeza inclinada, tal vez esperando que sería la última vez que tendría que llevarla. Tom*, de 14 años, ha pasado la mayor parte de los últimos tres años en las filas de la Facción Cobra, uno de los muchos grupos armados de Sudán del Sur. Hoy, un día de finales de noviembre, él y otros 144 niños vuelven a la vida civil en una emotiva ceremonia celebrada en Pibor, al noreste del país.

Tom se unió a la Facción Cobra en diciembre de 2013, tras un ataque a su pueblo por parte, según él, de soldados del gobierno.

“Recuerdo cómo ocurrió todo ese día”, rememora. “Escuché disparos por todas partes, la gente chillaba y vi casas ardiendo. Cuando pensé que debíamos abandonar nuestra casa los soldados nos cogieron. Golpearon a mis hermanos mayores pidiéndoles pistolas. En ese momento los más pequeños, mis padres y yo corrimos hacia el bosque. Les vimos quemar la casa y llevarse a mis hermanos”.

Sudán del Sur: un futuro sin pistolas para los antiguos niños soldado

Tom escucha los discursos durante la ceremonia de liberación de 145 niños asociados a grupos armados/ © UNICEF/UN043975/Kolok

No era el primer ataque al pueblo de Tom. Su hermana fue asesinada en un asalto similar a principios de 2013.

“Estaba harto de ver cómo morían mujeres y niños inocentes. Me amargaba la muerte de mi hermana. Así que decidí que tenía que hacer algo. Quería venganza por todas esas muertes, sobre todo por la de mi hermana. Así que me uní a la Facción Cobra”, cuenta.

Tom hizo esto con la aprobación de sus padres. Durante cerca de un año fue cocinero, porteador y guardia, cuando no le necesitaban para combatir.

“Dejé la Facción Cobra en 2014, cuando el comandante me pidió que volviera a la escuela. Pero volví en 2016 cuando mi pueblo fue atacado de nuevo. Se trataba de elegir entre unirme otra vez a la facción o morir a manos del ejército, así que decidí volver con los Cobra”.

A diferencia de muchos niños asociados a grupos armados, a Tom no le reclutaron a la fuerza. Él vio en el grupo un refugio seguro; un lugar donde, pese a todos los riesgos mortales, tendría algo que comer. Hoy, sin embargo, se arrepiente.

Siento que he desperdiciado tres años de mi vida. Si hubiera ido a la escuela estaría a punto de graduarme”, lamenta.

Después de la ceremonia de liberación en la que Tom y otros niños dejaron sus armas y uniformes, les llevaron a un centro de atención dirigido por una organización aliada de UNICEF. Allí recibieron apoyo psicosocial y asesoramiento para ayudarles a reintegrarse en sus comunidades. Con el apoyo de UNICEF podrán matricularse en la escuela o en programas de medios de vida. En las comunidades donde son vulnerables a un nuevo reclutamiento es esencial tomar medidas de prevención como mejoras de los servicios sociales básicos (educación, agua y saneamiento, y programas para fortalecer a los adolescentes).

Dos días después de la liberación visité a Tom y a otros niños en el centro.

Estoy feliz de ser libre de nuevo”, me contó Tom con una sonrisa en la cara. Era la primera vez que le veía sonreír desde que le conocí.

Le pregunté si volvería a un grupo armado, y me respondió rápidamente. “¡Nunca! Nunca volveré a un grupo armado de nuevo. Si hay luchas otra vez en mi pueblo huiré y me esconderé con el resto en el bosque, donde hay calma. Iré a la escuela”.

Tom ha podido volver con su familia y es feliz de estar en casa. Espera poder volver a la escuela el año que viene.

No culpo a mis padres por animarme a unirme a la Facción Cobra. Lo hicieron porque no tenían dinero para mandarme a la escuela y probablemente no sabían que ir al colegio es más importante que formar parte de cualquier grupo armado. Estoy feliz de haber vuelto con ellos”, concluye.

Desde 2013 más de 17.000 niños han sido reclutados por fuerzas y grupos armados. Desde 2015 han sido liberados más de 1.900, pero todavía queda mucho por hacer para garantizar la liberación de todos los niños soldado y para prevenir más reclutamientos.

*Nombre ficticio

Cumpliendo 5 años con Sudán del Sur

Hoy, 9 de julio, Sudán del Sur cumple cinco años, del mismo modo que decenas de miles de niños en el país solo han conocido la violencia, el miedo y la convulsión a lo largo de la mayor parte de su vida.

Después de más de dos años de guerra civil, ¿cómo se vive siendo niño en Sudán del Sur hoy? Aproximadamente un millón de niños se han visto forzados a huir de sus hogares por culpa de la violencia; más de 400.000 han dejado el colegio debido a las luchas y más de un tercio de todos los niños sufren desnutrición. Estas son las historias de 5 niños que cumplen 5 años en Sudán del Sur.

 

©UNICEF/UNI203954/Everett. Gatchang Moet, 5 años, Bentiu. En el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

©UNICEF/UNI203954/Everett. Gatchang Moet, 5 años, Bentiu. En el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

“Quiero ser piloto de aviones”. Gatchang responde sin pensarlo dos veces, de pie en el centro de la habitación que comparte con otros ocho miembros de su familia.

Gatchang, nos cuenta su abuelo, nació en un día particularmente cálido. No pueden recordar un momento sin conflicto. Cuando Gatchang cumplió apenas dos años, su ciudad quedó destruida prácticamente por completo con el estallido de la guerra civil. Su familia huyó para estar a salvo a un campo de protección de civiles controlado por la ONU. Ha pasado la mayoría de su vida dentro de este espacio de mucha seguridad.

 

©UNICEF/UNI203958/Everett. Election Lowata, 5 años, viene del pueblo de Lomolo, en un centro de tránsito en Adjumani, Uganda.

©UNICEF/UNI203958/Everett. Election Lowata, 5 años, viene del pueblo de Lomolo, en un centro de tránsito en Adjumani, Uganda.

“¡Nunca! No había estado en un tobogán hasta ahora. Pero me gusta”, dice antes de darse la vuelta para lanzarse otra vez.

Nacida el año en que su país alcanzó la independencia, sus padres la llamaron orgullosamente Elección. Después de dos años de malas cosechas, y un persistente asalto a su ganado por parte de tribus rivales, la familia se quedó sin opciones. Hoy en día, en el año en que su hija y su país cumplen cinco años, Elección y su familia se han visto forzados a atravesar la frontera a su país vecino, Uganda. La mañana después de su llegada, Elección visitó la zona infantil y el aula apoyadas por UNICEF, alzando la mano para responder a las preguntas desde el principio.

“Creo que va a volver todos los días”, dice su padre Kompeo, orgulloso, sonriendo por primera vez en toda la semana.

 

“Un día preguntó a su profesor qué hacían esos aviones en el cielo”, cuenta Florence entre risas cuando escucha a su hija decir que quiere ser piloto. “Su profesor dijo que eran personas que van mucho a la escuela, y en ese momento Susan decidió que quería ser piloto”.

©UNICEF/UNI203956/Everett. Susan Andua, 5 años, en el exterior de la casa de su madre Florence en Nimule, Sudán del Sur.

©UNICEF/UNI203956/Everett.
Susan Andua, 5 años, en el exterior de la casa de su madre Florence en Nimule, Sudán del Sur.

Sólo un 10% de las niñas en Sudán del Sur completa la educación primaria, y la edad media con que se casan en las zonas rurales rara vez supera los 15 años. Resultado de ello: hay más adolescentes que mueren al dar a luz que adolescentes que terminan el instituto.

 

 

 

“Mi madre me ayuda con los botones todos los días, antes de ir a la escuela”, nos cuenta Madadr mientras se levanta para enseñarnos su pequeña chaqueta.

©UNICEF/UNI203953/Everett. Madadr Tuok, 5 años, Bentiu. En la Escuela Primaria Lich, en el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

©UNICEF/UNI203953/Everett.
Madadr Tuok, 5 años, Bentiu. En la Escuela Primaria Lich, en el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

Esta escuela es una de las ocho operadas por UNICEF dentro del Centro de Protección de Civiles de Bentiu. Con una población de 90.000 personas, de las que más del 60% son menores de 18 años, la demanda de educación es acuciante.

Continúa hablando de una lata vacía de aceite “La llevo a la escuela desde casa cada día. Si me siento delante, puedo llegar a ver al profesor”.

 

 

“Mis botas vienen de Jubba”, dice Sabri, orgulloso de saber que sus botas vienen de la capital de Sudán del Sur, una ciudad que nunca ha visto. “Mi madre tiene una hermana allí, que trabaja en el hospital”.

Hadia, de 13 años, es la que gana el pan en la familia de Sabri, de seis personas, incluyendo sus hermanos gemelos de seis meses.

©UNICEF/UNI203955/Everett. Sabri, 5 años, Magwi, desde el exterior de la casa que alquila su madre en Torit, Sudán del Sur.

©UNICEF/UNI203955/Everett.
Sabri, 5 años, Magwi, desde el exterior de la casa que alquila su madre en Torit, Sudán del Sur.

“No hay dinero para la escuela ahora”, dice Rose, la madre de Sabri. “Pero cuando los bebés hayan crecido un poco volveré a trabajar, y Sabri irá al colegio. Quiero que tenga una educación. Puede conseguir lo que quiera, se puede ver que es un buen chico”.

 

 

 

Madeleine le gana la batalla al cólera

Dónal Gorman/Comunicación de Médicos Sin Fronteras.

Madeleine y la doctora Catherine Deacon en el área de recuperación del Centro de Tratamiento de Cólera de MSF en Munuki, Juba, Sudán del Sur.  © Donal Gorman/MSF.
Madeleine y la doctora Catherine Deacon en el área de recuperación del Centro de Tratamiento de Cólera de MSF en Munuki, Juba, Sudán del Sur. © Donal Gorman/MSF.

Madeleine fue una de las primeras pacientes en ingresar ​​en el nuevo Centro de Tratamiento de Cólera (CTC) que Médicos Sin Fronteras ha instalado en Munuki, una de las áreas residenciales de Juba, la capital de Sudán del Sur. Fue trasladada en ambulancia desde un centro de salud del Gobierno el 14 de julio. Su estado de salud era tan delicado, que el personal de MSF tuvo que poner en marcha un plan de tratamiento que sólo se utiliza con los casos de cólera más graves. “Cuando Madeleine llegó era incapaz de bajarse de la ambulancia. Tuvimos que ayudarla a entrar en el centro. Estaba muy grave; su pulso era casi imperceptible”, explica la doctora Catherine Deacon. “Inmediatamente pusimos marcha un plan de tratamiento con el que le administramos líquidos intravenosos de una manera mucho más frecuente que la habitual; unos cinco litros de líquido en apenas dos horas. En poco tiempo Madeleine se empezó a recuperar y en apenas unas horas ya podía comer y beber”.

“La enfermedad comenzó el martes. Sentí un fuerte dolor mientras preparaba la comida y comencé a sentirme mal. Alrededor de las cinco o seis de la tarde, cuando ya estaba atardeciendo, empecé a tener que ir al baño cada dos por tres. También comencé a vomitar”, explica Madeleine mientras descansa bajo la sombra de una de las carpas de la zona de recuperación del centro.

“Después empecé a sentirme muy mal, así que mi marido y yo decidimos que teníamos que ir en busca de ayuda. Primero fuimos al centro de salud de Gurey, donde me pusieron un gotero intravenoso. Habíamos escuchado por la radio que MSF estaba gestionando un centro de tratamiento de cólera en Munuki, y como en Gurev apenas mejoraba, pedí que me metieran en una ambulancia y me trajeran aquí”, continúa Madeleine.

Madeleine, una vez recuperada, se despide del personal del CTC. © Donal Gorman/MSF.
Madeleine, una vez recuperada, se despide del personal del CTC. © Donal Gorman/MSF.

Hoy Madeleine está mucho mejor y por eso hemos decidido trasladarla al área de recuperación. Ha dejado de vomitar y de tener diarrea. Todos sus signos vitales son normales de nuevo y es capaz de comer y beber por sí misma. La hemos enviado a la zona de recuperación para poder observarla durante seis horas. Así, en el caso de que tuviera una recaída, podremos ingresarla de nuevo y tratarla con rapidez”, explica Deacon. “Antes de irse a casa, Madeleine recibirá una formación sobre el cólera y sobre la importancia de lavarse las manos. Además, se le entregará cloro y jabón, por lo que si necesita limpiar algo en su casa, podrá hacerlo de manera segura. Se le proporcionarán sales orales para combatir la deshidratación y se le aconsejara que al menor síntoma de recaída vuelva de inmediato al centro”, concluye Deacon. Al final del día, Madeleine recibe por fin el alta. “Estoy contenta por la atención y el tratamiento que he recibido aquí. Ahora me siento mejor. Me gustaría decirle a todos aquellos que están sufriendo de cólera que hay un centro de MSF en Munuki que proporciona atención sanitaria, apoyo y comida. Ahora estoy bien y vuelvo a ser muy feliz”, dice Madeleine mientras sale del CTC junto a su esposo Paul.

Médicos Sin Fronteras está respondiendo a un brote de cólera en Juba y atendiendo a los casos sospechosos en la región de Bor. Hasta el momento el Ministerio de Salud y la Organización Mundial de la Salud ha informado de que se han diagnosticado más de 1.244 casos y de que ya se han producido 39 muertes.

 

Depósitos acribillados en Sudán del Sur: el agua como objetivo

Paul Jawor, asesor de agua y saneamiento de Médicos Sin Fronteras en Sudán del Sur.

Paul se enfrenta al reto de restaurar el abastecimiento de agua potable cuando el equipo de MSF regresa al campo de desplazados de Denthoma 1, en Melut, en el norte de Sudán del Sur.

Desplazadas hacen cola para obtener agua potable una vez reparado el sistema. Foto: Paul Jawor / MSF

Desplazadas hacen cola para obtener agua potable una vez reparado el sistema. Foto: Paul Jawor / MSF

Melut es uno de los puntos críticos en la actual escalada de violencia que vuelve a experimentar Sudán del Sur. Médicos Sin Fronteras cuenta con un hospital en el campo de desplazados de Denthoma 1 en el que 20.000 personas han buscado refugio huyendo de los enfrentamientos.

Cuando a mediados de mayo los combates estallaron en Melut, nos vimos obligados a suspender nuestras actividades médicas y a evacuar al equipo. La interrupción de los programas se tradujo en que la población dejó de tener acceso a los servicios de salud que tanto necesitan en un momento crítico como el que sufren.

Una semana más tarde, un primer equipo de MSF pudo regresar a Melut para realizar una visita relámpago de cuatro días y se encontró un paisaje desolador: el hospital y las farmacias cercanas habían sido saqueadas y destrozadas. Además, el único sistema de suministro de agua potable del campo había dejado de funcionar y algunos de los tanques de agua mostraban agujeros de bala.

Las instalaciones, el hospital y la farmacia de MSF fueron saqueados y así se encontraban el 28 de mayo 2015 después de  que la lucha llegara hasta el condado de Melut, en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur. Algunos pacientes que reciben tratamiento para enfermedades como el VIH, la tuberculosis y el kala azar se vieron obligados a interrumpir su tratamiento, lo que podría dar lugar a resistencia a los medicamentos y ser fatal. Foto: Miroslav Ilic/MSF
Las instalaciones, el hospital y la farmacia de MSF fueron saqueados. Algunos pacientes de VIH,  tuberculosis y kala azar vieron interrumpido su tratamiento. Foto: Miroslav Ilic/MSF

Denthoma 1 está situado a orillas del Nilo. Mis compañeros comprobaron que ante la falta de alternativas, la población desplazada llevaba tres días bebiendo agua del río. Para responder a esta situación, MSF puso en marcha un procedimiento de emergencia y distribuyó purificadores de agua y pastillas de potabilización a 4.000 familias de forma que pudieran filtrar y tratar el agua del río Nilo que estaban utilizando.

Se trata de una solución de urgencia: resultaba urgente resolver el problema de agua potable y por eso me enviaron de inmediato. No había tiempo que perder. Cuando llegué, lo primero que me enseñaron fue que varios de los tanques de agua presentaban multitud de agujeros de bala. Afortunadamente, el problema saltaba a la vista y no fue complicado arreglarlos.

También probamos el sistema de agua y, aunque funcionó durante un tiempo, finalmente el agua dejó de correr. Comprobamos las válvulas y descubrimos que estaban bloqueadas así que decidimos desmontar todo el sistema. En el saqueo del hospital también habían desaparecido las herramientas del almacén y tras recorrer el campo de desplazados encontramos una llave inglesa gigante. Con ella y con algunos utensilios de la caja de herramientas del coche pudimos empezar a desarmar el sistema.

Abrimos cada una de las válvulas y cuando palpamos en su interior encontramos botellas de plástico trituradas tapando las bocas de las válvulas. Eso era lo que estaba bloqueando el flujo de agua. Cómo llegaron esas botellas allí es un misterio, pero nos llevó todo un día abrir cada válvula y retirar el plástico que las bloqueaba.

Abrimos cada una de las válvulas y cuando palpamos en su interior encontramos botellas de plástico trituradas tapando las bocas de las válvulas. Eso era lo que estaba bloqueando el flujo de agua. Foto: Paul Jawor/MSF
Botellas de plástico bloqueaban las válvulas del sistema de distribución de agua. Foto: Paul Jawor/MSF

Pusimos en marcha la bomba, todo parecía ir bien pero a medida que el agua fluía a través del sistema y mientras procedíamos a llenar los tanques vimos que diez de los depósitos principales perdían agua como si fueran una fuente; mostraban claros signos de haber sido tiroteados también.

Como medida temporal, taponamos algunos de los agujeros con bolsas de plástico mientras que, en otros casos, empleamos parches de goma para reparar las cubiertas de los tanques. Se trataba de una reparación de emergencia; una vez que aseguráramos el suministro de agua todos los depósitos serían reparados adecuadamente.

El objetivo estaba conseguido: restablecer el suministro de agua para 20.000 personas. Cada uno de los habitantes del campo podría comenzar a recibir 10 litros de agua al día de inmediato.

El sistema de purificación de agua abastece ya el campamento con unos de 120 metros cúbicos de agua potable al día.
Los desplazados de Denthoma 1 ya no tienen que beber agua del río sin tratar, una práctica que ponía sus vidas en riesgo dado que podía propiciar la aparición de enfermedades transmitidas por el agua como la diarrea y el cólera.

SUDÁN DEL SUR: atendiendo a los pacientes junto a la línea de fuego

Por Siobhan O’Malley, enfermera especializada en obstetricia de Médicos Sin Fronteras.

Poco más de un año después del comienzo del conflicto en Sudán del Sur, la situación humanitaria sigue siendo extremadamente complicada. La enfermera especializada en obstetricia Siobhan O’Malley proporcionó asistencia sanitaria tanto en Malakal como en Bentiu, las principales ciudades afectadas por los combates. A través de su relato, nos explica cómo se trabaja en primera línea del frente, prestando atención médica de manera neutral e imparcial a los más necesitados.

Siobhan O'Malley, enfermera especializada en obstetricia de MSF. Fotografía Anna Surinyach/MSF
Siobhan O’Malley, enfermera especializada en obstetricia de MSF. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Situada en el Estado del Alto Nilo, Malakal es una de las mayores ciudades del Sudán del Sur. Cuando llegué en febrero de 2014, hace ahora un año, el conflicto ya había empezado y había advertencias de que la ciudad pronto sería invadida por las fuerzas de la oposición.

En cuanto dieron el aviso de que en breve se iban a producir combates, empezamos a ver riadas de gente corriendo hacia el recinto de Naciones Unidas (ONU) en busca de seguridad. Era espeluznante. Recuerdo ver a una mujer que huía sin llevar nada consigo, sólo a su bebé entre los brazos. Los días siguientes fueron tensos, escuchábamos disparos en la distancia y temíamos que ocurriera algo gordo.

Las fuerzas de la oposición atacaron en el medio de la noche. Unos días antes nos habíamos visto obligados a abandonar nuestra base en la ciudad y a entrar en el recinto de la ONU para protegernos. Recuerdo que estaba durmiendo en una tienda de campaña junto con otros miembros del equipo cuando el coordinador del proyecto nos despertó y nos dijo que nos preparáramos, que algo grave estaba pasando.

La ciudad de Sudán del Sur, Malakal, fue atacada el 18 de febrero de  2014. Los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas opositoras obligaron a miles de personas a abandonar sus casas, hacia otros lugares o hacia los campos de refugiados de Naciones Unidas.  Alrededor de 21.000 personas llegaron a este campo. Fotografía Anna Surinyach/MSF
La ciudad de Sudán del Sur, Malakal, fue atacada el 18 de febrero de 2014. Los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas opositoras obligaron a miles de personas a abandonar sus casas, hacia otros lugares o hacia los campos de refugiados de Naciones Unidas.
Alrededor de 21.000 personas llegaron a este campo. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Las barreras internas situadas alrededor de nuestra base (situada también dentro del terreno que ocupa la ONU, pero fuera del recinto en el que se alojan ellos) estaban destrozadas, puesto que muchas de las personas que estaban huyendo habían tratado de acercarse lo máximo posible a nuestras instalaciones en busca de una mayor protección. Con los ojos muy abiertos, en tensión y en silencio, cientos de mujeres y niños estaban acurrucados en la oscuridad bajo los árboles y junto a nuestra tienda.

Entonces, la tierra empezó a temblar. Las bombas comenzaron a caer cerca del complejo. El ruido era ensordecedor. Corrimos hacia los búnkeres; en realidad seis contenedores de transporte reforzados con sacos de arena. Las mujeres y los niños corrían con nosotros. Nos metimos dentro. Estábamos hacinados y hacía muchísimo calor. Recuerdo que permanecimos sentados allí durante horas, tratando de escuchar lo que estaba pasando fuera.

Pasadas algunas horas, se nos informó del gran número de heridos que había y abandonamos el búnker para ir hacia el hospital. Nos hicimos paso como pudimos entre la multitud. El olor a quemado era insoportable, la ceniza caía desde el cielo y había torres de humo negro en el horizonte.

A través de la ventana del coche vi a una niña aterrorizada, de unos 12 años de edad. Tenía la mirada perdida y llena de rabia y balanceaba un machete para tratar de protegerse de cualquiera que se le acercara.

Esa noche en el hospital tratamos a centenares de heridos de bala y de machete y a multitud de personas con diversos tipos de traumatismos.

Con los suministros a punto de agotarse fui atendiendo paciente a paciente. Me pasé los meses restantes de mi misión centrada en tratar a heridos de guerra. Nada que ver con la idea que tenía cuando acepté lo que todos creíamos que sería un trabajo en una maternidad de Sudán del Sur. Y sin embargo, siento que ayudé a que miles de personas que no tenían más ayuda que la nuestra para que pudieran salir adelante. Lo que más rabia me da es que, cuando algo así ocurre, hay otras necesidades básicas, como por ejemplo la atención de partos complicados, que se quedan irremediablemente en un segundo plano. Y os aseguro que en Malakal la gente necesita de cualquier tipo de atención médica y humanitaria que podamos proporcionarles.

El Hospital de Malakal fue atacado por un grupo de hombres armados. Cuando el equipo de MSF volvió al hospital se encontró 11 cadáveres.  Algunos de sus pacientes fueron disparados en sus camas. Fotografía Anna Surinyach/MSF
El Hospital de Malakal fue atacado por un grupo de hombres armados. Cuando el equipo de MSF volvió al hospital se encontró 11 cadáveres. Algunos de sus pacientes fueron disparados en sus camas. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Madres e hijos

Por Maartje Hoetjes, MSF Sudán del Sur

Nos acaban de llegar dos personas con heridas de bala al hospital de MSF en Leer. Hace apenas unas horas estaban en la celebración de una boda, con sus amigos y su familia. De pronto, alguien entró y empezó a disparar contra la multitud. Cinco personas resultaron gravemente heridas. Dos, los dos que han llegado hasta aquí, han salvado de momento la vida, pero otras tres sufrieron heridas de gravedad y han muerto en el camino.

Madres e hijos esperan en el Centro de Alimentación del hospital de Médicos Sin Fronteras en Leer, Sudán del Sur
Madres e hijos esperan en el Centro de Alimentación del hospital de Médicos Sin Fronteras en Leer, Sudán del Sur. Fotografía de Nick Owen

Una de las víctimas es un niño de 12 años, que se encuentra ingresado en la unidad de cuidados intensivos. La enfermera me comenta que le dispararon en la nalga y que la bala salió por su estómago. Uno de nuestros médicos le ha limpiado la herida lo mejor que ha podido y se la ha vendado. Todos esperamos que la bala no le haya tocado ningún órgano vital, pero ahora mismo el principal problema reside en la fuerte hemorragia que sufre, por lo que dos de nuestros técnicos de laboratorio están tratando de encontrar un donante de sangre como sea.

Tendido en un colchón del otro lado de la unidad de cuidados intensivos tenemos al otro herido: es un chico joven y lleva la cabeza vendada. La bala le entró por la parte de atrás del cráneo y salió justo por encima de su ojo derecho. Está inconsciente. Viendo la gravedad de sus lesiones, me resulta sorprendente que haya sobrevivido tanto tiempo.

Visito los otros departamentos del hospital, observo el panorama que hay a mi alrededor y charlo un momento con mis colegas del centro de alimentación terapéutica. Tenemos un montón de niños ingresados. Salgo de allí y me dirijo hacia la sala de maternidad, de donde salen unos gritos desgarradores. El eco de tristeza que se desprende de ese llanto resuena por todo el recinto. Al entrar en la habitación me encuentro con una madre desconsolada. Tiene el dolor grabado en su rostro, que está completamente cubierto de lágrimas. Camina a duras penas hacia la puerta apoyándose en varios miembros de su familia, que tratan de consolarla sin mucho éxito. Tras ellos aparecen un hombre y una mujer que transportan lo que parece un cuerpo sin vida envuelto en una tela. Su pequeño tamaño me hace atar rápidamente cabos: es el niño de 12 años que estaba esperando la transfusión. Me quedo inmóvil por unos momentos. ¿Por qué el? No tiene ningún sentido que alguien tan joven tenga que morir de esta manera… es terrible.

Vuelvo a la unidad de cuidados intensivos para echar una mano a mis compañeros y veo que ya están todos están de vuelta en sus respectivos trabajos. Aquí en el hospital la muerte no entiende de horarios y no hay tiempo para demasiadas lamentaciones. Allí al fondo se encuentra la que supongo será la madre del hombre que tiene la herida de bala en la cabeza. Está sentada a su lado, con las piernas recogidas contra el pecho y sus brazos envolviéndolas firmemente. Su cuerpo tiembla y sus hombros se mueven hacia arriba y hacia abajo mientras solloza. No estoy segura de qué hacer. ¿Debo dejarla sola o debería quedarme con ella? Está mirando hacia el suelo y no parece ser siquiera consiente de mi presencia. Sí, está aquí a mi lado, pero probablemente su mente esté muy lejos de este lugar. Sé que soy una extraña para ella, pero quiero que sepa que no está sola. Puedo sentir perfectamente su dolor.

Me siento a su lado y le hago una caricia en la espalda para tratar de calmarla. Su respiración cada vez es más rápida y me temo que está empezando a hiperventilar. Le hablo suavemente y le doy indicaciones para que haga conmigo unos ejercicios de respiración, exhalando en voz alta. Los minutos parecen horas, pero finalmente parece que se está tranquilizando.

De pronto se sienta junto a su hijo en el colchón y le agarra de la mano. No se fija en mí, pero no importa. Ha recobrado las fuerzas para tratar de darle el cariño y la fuerza que tanto necesita en este momento. Ahora es de nuevo capaz de ayudarle a luchar por su supervivencia.

Han pasado dos días desde que dejé a aquella madre aferrada a la mano de su hijo. Hoy he visitado de nuevo la unidad de cuidados intensivos y me he encontrado al joven sentado tranquilamente mientras su madre le ayudaba a tomar una taza de leche. Bebía sin dificultades y la enfermera me ha comentado que ya ha empezado a hablar, así que hoy estamos de enhorabuena. A veces, hasta lo más difícil puede llegar a ocurrir. Incluso aquí, donde casi todo son malas noticias.

MSF ha trabajado en Leer, al sur del estado de Unidad, durante los últimos 25 años. Sus equipos prestan atención médica a los pacientes ingresados en el hospital y ofrecen consultas externas a niños y adultos. También llevan a cabo cirugías, servicios de maternidad, tratamiento del VIH/TB, y cuidados intensivos. A finales de enero y principios de febrero de este año el hospital de MSF en Leer fue destruido, al igual que la mayor parte de la ciudad. Era la única estructura sanitaria que brindaba atención médica secundaria, incluyendo cirugía y tratamiento para el VIH y la tuberculosis, en un área que cuenta con aproximadamente 270.000 personas. Edificios enteros fueron reducidos a cenizas, y los equipos necesarios para llevar a cabo cirugías, para el almacenamiento de vacunas o para hacer transfusiones de sangre fueron arrasados. Todo el mundo huyó al bosque o a otras ciudades y la ciudad quedó desierta durante varios meses. En mayo, cuando la gente empezó a regresar, MSF reanudó algunas de las actividades médicas del hospital.

 

Sudán del Sur: se avecina una hambruna que puede ser catastrófica

Por James Elrington, director de comunicación de UNICEF en Sudán del Sur.

Se avecina una catastrófica hambruna en Sudán del Sur, donde miles de niños y niñas menores de cinco años corren el riesgo de sufrir los efectos de la desnutrición aguda grave. UNICEF y sus aliados están ya sobre el terreno en las zonas remotas para llegar a los niños antes de que caigan en la desnutrición, y proporcionarles el tratamiento adecuado. El hospital de niños de la capital, Juba, ya recibe también nuestro apoyo.

María es uno de los niños que está recibiendo tratamiento para salvar su vida. La semana pasada, el 3 de Julio, conocí a María, que estaba siendo tratada de una forma específica de desnutrición aguda grave, denominada kwashiorkor, en el hospital de Al-Sabbah para niños en Juba.

Aunque la mayoría de los casos de desnutrición se pueden tratar en casa con medicinas, esta forma específica de desnutrición aguda grave requiere atención de urgencia en el hospital hasta que su condición mejore. Estaba terriblemente débil, con un exceso de líquidos en su cuerpo, que le causaba inflamación y estiraba su piel. Era una situación muy dolorosa, y su incomodidad era evidente, ya que lloraba la mayor parte del tiempo que estuve con ella. Fue desgarrador verla así.

Volví al hospital el martes 8 de julio, apenas cinco días después de mi última visita, y la transformación era notable. María había recibido leche terapéutica y atención médica.En poco tiempo, su condición había mejorado.

Esto es lo que suele pasar con la desnutrición, que hace que los niños estén tan débiles que se vuelven más propensos a sufrir una serie de enfermedades que si estuvieran saludables y fuertes no les afectarían. Con sólo darle la leche terapéutica que está diseñada específicamente para el tratamiento de la desnutrición aguda grave, y tratar sus complicaciones médicas, su pequeño cuerpo comenzó a recuperar la fuerza para luchar contra la enfermedad. Con un poco más de tratamiento y atención, regresará muy pronto a casa, algo para lo que hacen falta fondos.

 

El antes y el después de la pequeña María. (UNICEF/SOUTH SUDAN/ JAMES ELRINGTON).

El antes y el después de la pequeña María. (UNICEF/SOUTH SUDAN/ JAMES ELRINGTON).

Sudán del Sur: El día que nos fuimos de Bentiu

Por Jean- Pierre Amigo, coordinador de emergencia de Médicos Sin Fronteras

El hecho de que MSF se haya visto obligada a evacuar varios de sus hospitales en diversas ocasiones a lo largo de los últimos meses es solo un efecto más de la violencia que asuela Sudán del Sur desde el pasado diciembre. Jean- Pierre Amigo, coordinador de uno de los equipos de emergencia de Médicos Sin Fronteras (MSF), relata cómo vivió la forzada marcha del equipo que trabajaba en Bentiu, capital del estado de Unidad.

En Bentiu, un pequeño pueblecito en el estado de Unidad, la situación era muy tensa desde hacía semanas. En el recinto de Naciones Unidas se refugiaban unas 8.000 personas que habían huido de sus casas, presas del pánico y por miedo a ser atacadas.

El ambiente era tenso; ni tan siquiera los niños jugaban y eso siempre es una mala señal. Nadie sonreía y tal era la desconfianza entre la gente que en cuanto se les acercaba alguien dejaban de hablar. Los diferentes grupos étnicos no se mezclaban y sentían miedo los unos de los otros.

Pusimos en marcha una clínica dentro de la zona de protección de civiles que hay dentro del campamento de la ONU al tiempo que otro de nuestro equipos continuaba su trabajo habitual en el hospital estatal de Bentiu. Antes del conflicto, habíamos estado llevando a cabo un programa de VIH/sida y de tuberculosis en dicho centro, pero en cuanto se desató la crisis decidimos transferir parte del equipo sanitario al bloque quirúrgico, donde estuvieron ocupándose de los heridos durante varias semanas.

La Inseguridad en Sudán del Sur ha obligado a decenas de miles de personas a huir de sus hogares. MSF recorrió la carretera entre Bentiu y Leer para distribuir alimentos a entre 10.000-15.000 personas que huían de los combates.  © Jean-Pierre Amigo/MSF

La Inseguridad en Sudán del Sur ha obligado a decenas de miles de personas a huir de sus hogares. MSF recorrió la carretera entre Bentiu y Leer para distribuir alimentos a entre 10.000-15.000 personas que huían de los combates. © Jean-Pierre Amigo/MSF

El conflicto se había extendido por todas partes. Aunque los enfrentamientos se producían lo suficientemente lejos de nosotros como para que no oyéramos los disparos, cada día nos traían numerosos heridos de bala. Por aquellas fechas, la mayoría de los heridos que lograba llegar hasta el hospital eran personas que habían participado directamente en los combates. Por desgracia, en luchas como éstas, los civiles heridos raramente consiguen llegar a tiempo a las estructuras de salud.

Cuando escuchamos decir que las fuerzas de seguridad se estaban acercando a Bentiu, supimos que con toda probabilidad la ciudad se iba a convertir en un campo de batalla. Reinaba el pánico y la gente empezó a marcharse de la ciudad. Los enfrentamientos se producían cada vez más cerca y resultaba peligroso circular por las calles. El 8 de enero, tras muchas dudas y después de intentar aguantar hasta el último momento, decidimos evacuar.

Cuando sabes que ya no puedes hacer nada y que tienes que dejar a los pacientes y marcharte, comienzas a sentir una mezcla de vergüenza e impotencia. Es una situación muy difícil. Dejamos suministros suficientes como para que al menos pudiesen seguir sus tratamientos, aunque no pudiesen acceder a ningún servicio de salud (una especie de ‘kit de emergencia’ que contenía todo lo que pudieran necesitar). Dos días después de marcharnos, supimos que el hospital estaba totalmente vacío y que todos los pacientes habían tenido que huir.

Un médico de MSF atiende a una mujer en la clínica que Médicos Sin Fronteras en el campamento de desplazados instalado en la Misión de la ONU para Sudán del Sur (UNMISS) en Juba. © Phil Moore

Un médico de MSF atiende a una mujer en la clínica que Médicos Sin Fronteras en el campamento de desplazados instalado en la Misión de la ONU para Sudán del Sur (UNMISS) en Juba. © Phil Moore

Evacuamos en coche rumbo a Leer, otra ciudad que está 130 kilómetros al sur de Bentiu. Por el camino, vimos a mucha gente abandonando la ciudad. La mayoría iba en la misma dirección que  nosotros, aunque a pie muchos tardarían varios días en llegar. Hacía mucho calor, apenas si hay pueblos por el camino y las distancias son muy largas. No hay un solo árbol que te proporcione un poco de sombra y cobijo. Las personas tenían que dormir en el bosque o a los lados de la carretera, por supuesto al aire libre y sin refugio. No teníamos la menor duda de que un viaje tan agotador sería difícil o incluso imposible de soportar para muchos.

El día después, y durante cada jornada a lo largo de los siete días siguientes, regresamos a la carretera que une ambas localidades y distribuimos alimentos energéticos a las entre 10.000 y 15.000 personas con las que cruzábamos por el camino. Más tarde, en Leer, encontramos a gente que nos lo agradecía y nos decía que no hubieran podido llegar hasta aquí sin la comida que les dimos.

De regreso, subíamos a nuestros vehículos a aquellas personas que necesitaban atención médica, dando prioridad a los heridos de bala, a las mujeres en estado avanzado de gestación y a las personas con mordeduras de serpiente. También llevamos a personas discapacitadas por la polio, amputadas de conflictos anteriores, invidentes y a muchos otros más.

En Leer, nuestro departamento de consultas externas estaba saturado. Hay muy pocos centros de salud en Sudán del Sur que sigan siendo operativos, así que la presión se ha incrementado sobre los pocos que todavía funcionan.

Médicos Sin Fronteras trabaja en el país desde hace 25 años. En los últimos dos meses ha realizado más de cien mil consultas (40% a niños menores de 5 años) y tratado casi 1.400 personas con heridas de guerra

Médicos Sin Fronteras trabaja en el país desde hace 25 años. En los últimos dos meses ha realizado más de cien mil consultas (40% a niños menores de 5 años) y tratado casi 1.400 personas con heridas de guerra

Es importante que MSF pueda seguir trabajando en Sudán del Sur. Somos una de las pocas organizaciones que consiguen llegar a lugares de difícil acceso, donde las personas carecen de asistencia. Eso es algo que hemos logrado gracias a nuestra independencia, a nuestra neutralidad y al hecho de que llevamos mucho tiempo trabajando en esta zona (en algunos lugares más de veinte años). La gente nos conoce y confía en nosotros. Y, lamentablemente, en muchos casos dependen de nuestra ayuda para poder seguir vivos.

Ahora, debido al saqueo y destrucción sistemáticos que ha sufrido las ciudades, tiendas y mercados, y con la época de escasez que viene asociada a la estación de lluvias, nos necesitan más que nunca.

Un equipo de MSF ha regresado hace escasos días a Bentiu para reanudar sus programas médicos. Hoy, más necesarios que nunca. Debido al deterioro de la situación de seguridad en el estado de Unidad, el equipo local de MSF en Leer se vio obligado a huir al bosque el pasado 30 de enero con varias docenas de pacientes gravemente enfermos. El hospital de MSF en Leer, el único hospital que todavía funcionaba en el estado de Unity, ahora está vacío sin personal y sin pacientes. MSF espera poder regresar a Leer tan pronto como lo permita la situación de seguridad.

Cosas en las que pensar: las tareas de limpieza

Por Emmett Kearney (Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)

Ocurrió todo tan deprisa que me quedé congelado: no sabía qué hacer. El niño estaba en estado de shock y su estado podría haber derivado en cualquier cosa: tanto podía ponerse a llorar como romper a reír. Pero cuando la segunda ola de agua llegó a sus pies, salpicándole ligeramente las espinillas, estaba claro que, más bien, rompería a llorar.

Era cuestión de segundos y no había nada que yo pudiera hacer. Su hermano mayor, acostado en una cama, se reía de él y de sus pies bañados en agua mientras sostenía, como paralizado, un buñuelo a medio camino entre la bolsa de plástico y la boca. Simplemente no podía entender lo que pasaba. Era demasiado para él, estaba estupefacto. Por fin llegaron las lágrimas y, tras arrugar la cara, rompió a llorar.

¿Pero que estaba hacienda esta señora? Si le preguntas, te dirá que sólo estaba fregando. Pero desde mi punto de vista, su técnica era algo cuestionable: tiraba el agua al suelo, justo entre la línea de camas y la pared, sin importarle si había personas en la trayectoria, y luego la empujaba, parte de ella directamente hacia el pequeño. Era esa segunda “ola” de agua lo que puso de los nervios al crío. Molesta con los lloros, decidió sacarle de en medio y, cogiéndole del brazo, le sentó en la cama junto con su hermano. Y este estaba encantado claro, ya que además de poder seguir riéndose de él, ahora tenía la bolsa de buñuelos más cerca.

Vaya golpe de suerte para el hermano mayor. Por mi parte, me daba un poco de vergüenza estar divirtiéndome con la escena y también algo de desconsuelo ya que, cada vez que la veía tirar agua a los pies del chaval, intentaba hacer algo, pero no podía. La distancia que nos separaba, la barrera del idioma y tener las manos ocupadas me impidieron pasar a la acción. Estaba sentado en primera fila del espectáculo, pero no podía evitar las lágrimas del pequeño. Ni siquiera conseguí un buñuelo…

Pero hablando en serio, lo más curioso de todo es que si estaba en aquella sala en ese momento era precisamente porque había ido a preguntar a los enfermeros y a los responsables clínicos qué opinaban de la organización actual del trabajo de las limpiadoras, y si pensaban que podía mejorarse. Así que, siendo como soy también el responsable de que las tareas de limpieza funcionen, de alguna manera esta era precisamente el tipo de escena que necesitaba ver con mis propios ojos.

Para ser sincero, he de admitir que en el hospital los niños siempre están llorando, y que en general lo hacen por causas más justificadas, como por ejemplo cuando les pinchan para hacerles un análisis de sangre, les ponen una inyección o les colocan una vía intravenosa. Aunque también he visto a un niño fuera de sí porque no quería que le pesasen y su madre se reía de él. ¿Y este crío llora sólo por un poco de agua? Es lo que haría un bebé, aunque es cierto que apenas tendría unos meses más que un bebé.

También tengo que puntualizar que las limpiadoras son muy simpáticas y agradables. Como es evidente, me comunico con ellas a través de nuestro traductor de árabe, pero en nuestras reuniones siempre hay sonrisas, intentos de comunicarnos por gestos y algunas risas. No me hacen llorar, desde luego. Ya en las primeras reuniones se mostraron muy abiertas a participar en formaciones y a reorganizar sus rutinas, y nos han proporcionado información valiosa sobre las necesidades que ellas han identificado y las posibles mejoras.

No es fácil llegar e intentar cambiar la forma que la gente tiene de hacer las cosas, pero a veces es necesario. Así que al poco de llegar, tuvimos una semana de mucho trabajo en el departamento de limpieza. Reorganizamos los colores de los cubos que se utilizan para clasificar cada tipo de residuo y para cada tarea de limpieza. Sí, lo sé, ¡emocionante! Bueno, vale, no tanto… Organizar cubos no suena demasiado “cool” pero la verdad es que estos últimos días, al pasearme y ver los colores correctos en los sitios adecuados, me he puesto muy contento.

En las salas de ingreso de maternidad y pediatría, hay tres limpiadoras que se turnan durante las 24 horas del día, mientras que en las zonas de consulta externa y en el quirófano tenemos solamente turnos en las horas de actividad, durante el día. Pero a pesar de haber servicio continuado de limpieza en las salas de hospitalización, estas no están lo bastante limpias. O sería mejor decir que la situación puede mejorar. Hay guías que indican lo que hay que limpiar, con cuánta frecuencia y con qué tipo de producto, ya sea detergente o solución de cloro. Así que vamos a tener que insistir de nuevo en todo ello, incorporarlo en la práctica diaria y supervisar que se lleva a cabo.

Una cosa que ha mejorado, aunque sigue sin ser perfecta, es la quema de carbón en pequeños recipientes de metal en el vestíbulo trasero de la sala de pediatría, con el fin de calentar la leche para los niños. Aunque parezca mentira, antes de que empezáramos a trabajar aquí, esa actividad se realizaba dentro de los edificios, a veces incluso junto a las camas de los niños. Aparentemente terminamos con esa práctica hace algunos meses, pero me he tropezado ya una vez con una de estas pequeñas “barbacoas” dentro del vestíbulo.

Se lo comenté al encargado de logística del hospital, que se limitó a encogerse de hombros y decir que es “culturalmente inevitable” que lo hagan. Me explicó que cocinan dentro de los “tukules” (cabañas de ladrillo y techo de paja) y que por eso probablemente tampoco le dan importancia a que haya humo dentro del hospital. Pero esta costumbre no puede continuar. La cultura local tendrá que ceder en este punto.

El horario de limpieza tampoco es el más apropiado, como inundar y fregar toda la sala justo cuando empiezan las rondas de los médicos y cuando niños que detestan mojarse los pies descalzos andan por allí preparados para echarse a llorar. No es el momento más oportuno desde luego. Así que una de las mejoras más importantes en las que estamos trabajando con las limpiadoras es establecer una rutina de trabajo que no interfiera con las actividades médicas. Esto, por supuesto, requiere también cierta colaboración del personal sanitario, así como más observación directa por mi parte. Así que, bueno, me temo que aún tendrán que derramarse algunas lágrimas…

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Foto: Quirófano del hospital de MSF en Agok, en la región de Abyei, Sudán del Sur. (© Maimouna Jallow/MSF).

Mi nueva amiga ROSS*

Por Emmett Kearney (Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)

 

Pasé la mayor parte de mi primera semana en la oficina de Médicos Sin Fronteras delante de mi ordenador, el mismo frente al cual había estado sentado la semana anterior en casa de mis padres, cerca de Chicago, en Estados Unidos. Cinco vuelos después, el escenario había cambiado sensiblemente. Los aeropuertos y los aviones se fueron volviendo cada vez más pequeños, hasta que aterricé en la localidad de Raja, en Sudán del Sur, en un avión monomotor del Programa Mundial de Alimentos.

La pista de aterrizaje, de tierra, se encuentra aproximadamente a una manzana de la oficina de MSF, que a su vez está separada del hospital en el que trabajamos por la distancia equivalente a un campo de fútbol.

Aunque la planificación e investigación que me tiene atado al ordenador es esencial para mi trabajo, siempre que puedo levanto la mirada por encima de la pantalla, alejándome, movido por la curiosidad de saber qué es lo que está sucediendo, y deseoso de “ensuciarme” las manos.

Como técnico de agua y saneamiento, en el hospital soy el responsable de supervisar las cuestiones relacionadas con la calidad y cantidad del suministro de agua, las letrinas y la higiene, así como de llevar a cabo el control vectorial (mosquitos, etc) y la gestión de los residuos procedentes de la atención sanitaria.

La parte técnica debería resultar sencilla: instalar tuberías, cavar zanjas, construir estructuras, sonreír y cortar la cinta. Pero estando en mitad de la nada, las cosas no son lo que uno espera. En este lugar perdido en el mundo, la mayor dificultad con la que nos encontramos es la provisión y abastecimiento de suministros.

El mercado local es un cuadro. En realidad me encanta, pero no encuentro nada que pueda servirme para mi trabajo. Ni siquiera está bien abastecido de comida. ¿Tuberías? Ni una. ¿Grifos? Lo siento, pero no. ¿Cemento? Tal vez, ¿para quién? ¿Cebollas? Sí, pero son caras. Aquí las cebollas son como el oro. Patatas ya ni siquiera se encuentran, pero tenemos un alijo gigante en la cocina. No hay vino… La escasez es genuina.

En el trabajo de gestión de equipos es donde las cosas se vuelven más complejas y difíciles para un técnico de agua y saneamiento. Se trata de formar a las personas, construir para ellas, o incluso muchas veces escucharlas. Como bien es sabido, los seres humanos somos bastante complejos por naturaleza, pero cuando no se comparte el mismo idioma, las mismas raíces culturales, ni se compra en las mismas tiendas, las relaciones pueden volverse mucho más complejas aún. ¿Cómo puedo diseñar letrinas para estas personas cuando llevo en su país menos de una semana? Lo que, por cierto, resulta ser una coincidencia, ya que este país , Sudán del Sur, sólo tenía una semana de vida cuando llegué.

 Por mucho que quisiera creer que mi trabajo es el más importante (que no salga de aquí, pero lo es sin ningún tipo de duda), somos una organización médica, y estoy aquí para apoyar esas actividades. Nuestra doctora argentina, una persona muy enérgica, me ha enseñado el hospital. Edificio por edificio, habitación por habitación, fue indicándome la insuficiencia de puntos de agua, las deficiencias en el sistema de gestión de residuos, los problemas con las estructuras existentes e ideas de cara al futuro.

Hizo todo esto mientras saludaba a hombres y grupos de mujeres y niños con una energía y naturalidad más propias de alguien que se presenta a un cargo público. “Salam aleikum. ¿Tammam?”. “Tammam”, contestaban ellos con una sonrisa. Hizo de todo excepto besar a los niños. Durante la ronda hasta tuvo tiempo de salvar la vida de un bebé: nuestra última parada fue en la sala pediátrica, y justo cuando estábamos terminando, un problema médico con uno de los pacientes requirió su intervención inmediata. Así es más o menos como fue la cosa:

“¿Así que aquí iría un dispensador de agua potable aquí y allí una estación para el lavado de manos?”, digo yo, bizqueando, mientras me ajusto las gafas con el lápiz.

Por encima del hombro, mientras alguien le entrega un bebé que apenas puede respirar, ella me responde: “Lo siento, tengo que conectar este bebé a la máquina de oxígeno, colocarle la vía intravenosa, explicar al personal nacional el tratamiento que debe seguir durante las próximas horas, enviar a alguien rápidamente para que le diga a Wilson que vuelva a encender el generador para así tener la energía suficiente que haga funcionar la máquina, y buscar un traductor que le explique a la madre lo que le estamos haciendo a su hijo”.

“No te preocupes, me quedo por aquí haciendo un pequeño croquis de la sala de pediatría para señalar con puntitos la ubicación de las estaciones de lavado de manos y los dispensadores de agua. ¿Te parece? Estupendo, me quedo aquí entonces.” Por supuesto, lo único que dijo antes de pasar a la acción fue: “Lo siento, Emmeeeett, espérate”.

 Después de pasarme varios días en mi mesa trabajando cuestiones técnicas, examinando las existencias en el almacén e inspeccionando las instalaciones de agua y saneamiento del hospital, me vino bien darme de bruces con esta experiencia médica: me recordó para qué estamos aquí. La visita relámpago que hice con ella fue exactamente lo que necesitaba para conectar las mejoras propuestas en agua y saneamiento, con las personas para quienes lo estoy haciendo y, al mismo, tiempo con cómo debe hacerse.

 De todas maneras, todavía necesito involucrar más al personal nacional –desde médicos hasta personal de la limpieza-, así como a los pacientes, con respecto a la importancia del agua y el saneamiento. Luego tendremos que trabajar para conseguir las piezas que necesitamos…

Eso es todo de momento. De aquí en adelante, intentaré arrojar alguna luz sobre nuestro trabajo y sobre la situación que se vive en este rural, hermoso y hasta ahora tranquilo estado de Bahr el Ghazal Occidental, perteneciente a la recién independizada República de Sudán del Sur (ROSS). ¡Hasta el próximo post!

 

* ROSS: República de Sudán del Sur, por sus siglas en inglés

Emmett Kearney es logista y experto de agua y sanemiento y gestión de residuos. Ha trabajado con diversas organizaciones no gubernamentales, por ejemplo en la frontera entre Myanmar y Tailandia. Su primera misión con MSF se desarrolló en Zambia.

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Foto: Emmett Kearney (© MSF)