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Entradas etiquetadas como ‘salud mental’

A salvo en Turquía, los sirios siguen atormentados por la guerra

Por Caroline Willemen, asesora de salud mental de MSF

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer sale al patio soleado de una vieja casa en Killis (Turquía), nos saluda y llama a su hijo para que limpie con un trapo un par de sillas de plástico para que nos sentemos. Su nombre es Loubna* y durante la próxima media hora compartirá con dos agentes comunitarios de salud mental sus reflexiones sobre lo que supone ser una refugiada siria.

Mientras, su hijo pequeño juguetea y se esconde detrás de ella. El niño tiene curiosidad por los dos extraños que acaban de entrar en su casa, pero al mismo tiempo se muestra inquieto.

Los dos trabajadores son parte de un equipo de diez personas que visitan cada día a los refugiados sirios en sus hogares y también en lugares públicos para ofrecerles una primera atención psicosocial e identificar quienes de ellos necesitan seguir un tratamiento psicológico.

Muchas de las personas a las que atendemos llegaron a Turquía hace varios años. Su sentimiento de inseguridad ha menguado pero siguen afectados por la guerra por muchísimas razones. La primera de ellas, la proximidad a Siria, tanto emocional como física. Aquí en Killis, a unos pocos kilómetros de la frontera, puede verse desde las colinas y a veces incluso escuchar el sonido distante de los bombardeos.

Pero mucho más difícil de afrontar son los fuertes lazos emocionales con su país. Todos aquí tienen familiares o amigos en Siria de los que no han tenido noticias desde hace demasiado. Y cuando las tienen son historias desgarradoras de la rutina diaria de un país en guerra.

Luego están los desafíos propios de vivir en el extranjero. La población de Killis es hoy una mezcla casi al 50% de sirios y turcos. Sin embargo, para muchos refugiados encajar en un país que no es el suyo sigue siendo una lucha constante. Tal y como Loubna nos cuenta mientras tomamos café, “es difícil ser un extranjero cuando no se tiene trabajo ni un hogar y la familia está lejos”.

La mujer duerme poco. Cuenta que antes era muy sociable, pero que ahora, sin embargo, evita el contacto con el resto de personas. Loubna vive con sus cuatro hijos y su cuñada en una casa austera. Cuando amanece, el patio se torna un lugar acogedor, pero los plásticos que cubren las ventanas recuerdan rápidamente el frío invierno que esta familia acaba de atravesar. Las condiciones en las que viven los sirios también pueden generar tensiones. Los hogares que visitamos oscilan entre los que son algo confortables y garajes que han sido convertidos en precarios habitáculos, con poca luz natural y ausencia de privacidad. No es extraño que la salud mental de los refugiados se resienta en esta situación.

Siempre me siento algo incómoda cuando entro a estos hogares acompañando a nuestros agentes de salud mental, que también son sirios. Sin embargo, es una agradable sorpresa ver que a la gente no parece importarle la presencia de un extranjero. Durante nuestras visitas, encontramos a las mujeres y a los niños casa, dispuestos a conversar con nosotros y compartir sus experiencias. Nos sirven interminables rondas de café o té y siempre me impresiona ver lo rápido que mis colegas se ganan la confianza de las personas a las que asistimos.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Una mujer y su hija reciben atención en una de las clínicas donde trabaja MSF con refugiados sirios. Anna Surinyach.

Tal y como nos dice una pequeña de diez años: a ella le encanta su profesora y de mayor quiere ser también maestra. Pero entonces su madre empieza a llorar en silencio. Fátima*  explica que ella concibe la educación como la herramienta más importante que se le puede dar a un niño para su futuro. Pero muestra también una gran preocupación por sus dificultades económicas, que le obligarán a dejar de llevar a sus hijos a la escuela para que empiecen a trabajar. Es solo un ejemplo de cómo los niños resultan afectados por esta guerra. Loubna menciona que los juegos infantiles han cambiado y que ahora incluyen armas, tiroteos y aviones de guerra. Un reflejo de lo que los más pequeños consideran algo normal.

Cada sirio en este pueblo tiene una triste historia que contar. Pero también es impresionante comprobar su resiliencia. Aunque Loubna crea que jamás podrá regresar a Siria, guarda algo de esperanzas en el futuro y da gracias porque su familia está a salvo en Turquía. Fátima, por su parte, sonríe cuando dejamos su casa y agradece a los agentes comunitarios de salud mental la oportunidad de poder compartir sus pensamientos y sus miedos. Asegura que se ha quitado un gran peso de encima.

*Los nombres se han cambiado para proteger la privacidad.

Médicos Sin Fronteras apoya a Citizens’ Assembly, una ONG turca, en Killis desde 2013. Además de salud mental y ayuda psicosocial, MSF gestiona una clínica de salud primaria para la población que ha huido de Siria.

“Nos fuimos sin nada, regresamos sin nada”

Por Néstor Rubiano, referente de Médicos Sin Fronteras de salud mental en Colombia

Independientemente de la edad, del género y del estado civil, la situación se repite. Todos dejaron historias, bienes materiales y seres queridos. Como la Flaca, que le tocó venirse sola a Colombia porque no dejaron pasar a sus familiares que nacieron en Venezuela. “Allá están con su papá. Mire, yo trato de estar ocupada en este albergue, de hacer algo porque si no me enloquezco de tanto pensar en mis hijos”.

Miles de personas han llegado a las ciudades fronterizas. Unas 3.000 se han instalado en una veintena de refugios temporales. Foto MSF.

Miles de personas han llegado a las ciudades fronterizas. Unas 3.000 se han instalado en una veintena de refugios temporales. Foto MSF.

La Flaca se fue de Colombia en el año 2000 huyendo de la violencia cuando un grupo armado entró el municipio de la Gabarra, en el departamento del Norte de Santander. “Usted no se imagina cómo fue de horrible ese tiempo, la primera vez que esos manes [hombres] entraron a la Gabarra, los actos que hicieron fueron horribles. De ahí con mi mamá nos vinimos para Cúcuta (ciudad fronteriza con Venezuela) y de allí fuimos volteando por todos lados hasta que decidimos irnos para Venezuela. Y mire los que nos pasa, nos toca regresar sin nada, como nos fuimos”.

Conozco a la Flaca en una de las consultas que Médicos sin Fronteras (MSF) ha puesto en marcha en varios puntos de la ciudad de Cúcuta donde el comentario de la mayoría de las personas, incluso fuera de la consulta, se repite: “Nos fuimos sin nada y regresamos sin nada”.

Me llama la atención como algunas personas tienen la energía de pensar en un futuro, de volverse a levantar, de volver a construir, a pesar de la situación que viven y de lo que perdieron. Una paciente que conocimos en el albergue La Venezolana me comentaba: “Claro que será duro, allá teníamos nuestra vida, pero estoy segura que nos vamos a levantar. Mi marido, que es venezolano y se vino conmigo, y yo ya tenemos un plan. Queremos poner un negocio de comida. Lo primero es organizar sus documentos, que tenga una cédula colombiana porque así puede trabajar.”

Al escuchar a esta paciente durante la consulta me surge la pregunta: ¿Adecuados mecanismos de protección?, ¿resiliencia? ¿primera etapa de duelo?, o sea, ¿negación? O, simplemente, ¿el desarraigo y las perdidas han sido tantas en la vida, que el perder es parte de su vida y simplemente queda la resignación? Asumo que el tiempo definirá cómo esta persona resuelva psíquicamente está nueva perdida, pero también está claro que la resolución dependerá de las oportunidades que se le presenten aquí en Colombia.

Médicos Sin Fronteras (MSF) ofrece atención primaria y apoyo psicológico a los colombianos que han sido deportados o han regresado en las últimas semanas desde Venezuela. Foto MSF.

Médicos Sin Fronteras (MSF) ofrece atención primaria y apoyo psicológico a los colombianos que han sido deportados o han regresado en las últimas semanas desde Venezuela. Foto MSF.

Mientras ese tiempo llega, desde MSF estamos brindando atención primaria y salud mental al colectivo de personas deportadas o retornados desde Venezuela ubicados en diferentes puntos en Cúcuta y en Villa del Rosario desde el pasado 1 de septiembre. Hasta el momento, nuestros equipos han realizado 33 consultas médicas y 87 consultas de salud mental en los diferentes albergues temporales y hoteles donde son alojados. Además, llevamos a cabo múltiples de psicoeducación y acciones de formación dirigidas a las psicólogas del sistema local de salud.

La salud mental en Acapulco: la tercera ciudad más violenta del mundo

Por María Simón, coordinadora el proyecto de MSF en Acapulco

Consulta psicológica realizada por MSF en Colonia Jardín/ MSF
Consulta psicológica realizada por MSF en Colonia Jardín/ MSF

En Acapulco no se da un conflicto armado tradicional. Sin embargo, esta ciudad, situada en la costa del estado mexicano de Guerrero está considerada como la tercera urbe más violenta del mundo, tras San Pedro Sula en Honduras y Caracas en Venezuela.
En los primeros 6 meses del 2015 se registraron 524 muertes por homicidio en la ciudad y esto es solo la punta del iceberg.

Los altos índices de violencia afectan a gran parte de sus habitantes, entre ellos a los de la colonia Jardín. En 2014, Médicos Sin Fronteras (MSF) puso en marcha una intervención, en colaboración con las administraciones sanitarias locales y la Pastoral Social de Acapulco, para proporcionar servicios psicológicos y atención a supervivientes de violencia sexual.

Acapulco, una ciudad conocida como destino turístico internacional en los años 70 y 80, se ve actualmente afectada por las brutales dinámicas de enfrentamientos entre los diferentes grupos del crimen organizado que se disputan su control. El aumento de la violencia ha generado unas consecuencias humanitarias devastadoras para la población: asesinatos, heridos, desapariciones forzadas, secuestros, extorsiones, reclutamiento forzado de menores, amenazas sistemáticas a la población, desplazamiento forzado y una clara ruptura del tejido social.

La población que reside en las colonias, como se denomina a los barrios de la periferia, está expuesta a las dinámicas ligadas a la violencia de forma cotidiana. Desde el estallido de la violencia en la ciudad han tenido que adaptar sus hábitos por el impacto qué este tiene en su ámbito personal, familiar y comunitario.

Los 60.000 habitantes de colonia Jardín donde trabaja MSF, sufren una elevada exposición a eventos potencialmente traumáticos pasados y recientes. El sufrimiento al que están expuestos los familiares de personas asesinadas o desaparecidas, las víctimas de secuestro o extorsión o los desplazados a causa de las amenazas y la violencia genera secuelas y daños en su salud mental. La violencia, además, ocasiona una ruptura en el tejido social, deserción escolar, disfunción y violencia intrafamiliar, desempleo, falta de oportunidades o suicidios.

En el ámbito de la salud mental, hemos abierto seis puntos de atención ubicados en los centros de salud y una parroquia, donde se prestan servicios psicoterapéuticos de forma individual, familiar o grupal. Nuestros psicólogos constatan diariamente que las consecuencias de la violencia son devastadoras para la población: los síntomas relacionados con la ansiedad, la depresión y los cuadros postraumáticos son frecuentes.

Atendemos a personas que, tras haber sufrido o presenciado eventos extremadamente violentos, tienen serias dificultades para continuar con sus vidas; se aíslan de su entorno, reviven una y otra vez lo que sucedió, les cuesta pensar con claridad y tienen alteraciones de la alimentación y el sueño.

En relación a la violencia sexual, la ruta de atención a supervivientes tiene serias carencias ya que no garantiza que las víctimas reciban atención médica de emergencia de forma oportuna. MSF ofrece atención integral a los supervivientes y para ello cuenta con un médico que refuerza las capacidades de sistema sanitario público y de su personal. Realizamos formaciones para el conocimiento de la normativa de México ya que ésta garantiza la atención médica integral y confidencial de los supervivientes.

El objetivo de esta intervención es reducir el sufrimiento y la afectación psicosocial de la población víctima de la violencia mediante la integración de servicios de salud mental desde el primer nivel de atención (en los centros de salud de atención primaria). También queremos garantizar el acceso de las víctimas de violencia sexual a atención médica integral de calidad.

Del dengue a la violencia
Nuestro primer contacto con colonia Jardín tuvo lugar en 2013 cuando llevamos a cabo un proyecto de dengue mediante el que fumigamos la zona y realizamos labores de sensibilización sobre la enfermedad y las formas de transmisión. A través de esta intervención pudimos conocer la realidad de esta población. El componente comunitario fue esencial tanto en el proyecto de dengue como en la intervención actual.

Desde el año pasado, trabajamos con un equipo local formado por habitantes de la propia colonia Jardín. A través de ellos se explica a la población quiénes somos, qué actividades realizamos y ofrecemos charlas psicosociales en diferentes espacios de la comunidad.

Resulta fundamental realizar labores de promoción y sensibilización a la población en materia de salud mental y violencia sexual para romper mitos y barreras y hacer que la población poco a poco se acerque a las consultas. Gracias a esta estrategia, muchas personas gravemente afectadas por la violencia están conociendo de la existencia de los servicios y acuden a ellos en busca de ayuda.

Cerca de la mitad de los pacientes que llegan a consulta son menores de edad que sufren las consecuencias de la violencia. Es el caso de los niños a los que atendemos y que han presenciado el asesinato de sus familiares. En éste tipo de casos son frecuentes las alteraciones en el desarrollo: problemas para controlar la orina o alteraciones del lenguaje y la conducta. En ausencia de atención adecuada, la afectación tiende a agravarse y puede tener un impacto irreversible en la vida de los pequeños.

Los retos a los que nos enfrentamos en Acapulco son muchos y entre ellos está terminar de establecer una estrategia comunitaria sólida que nos permita mantener el acercamiento a la población y seguir desarrollando estrategias de seguridad adaptadas a contextos de violencia urbana, contextos que son muy diferentes a los que habitualmente MSF se enfrenta en el ámbito de los conflictos armados.

 

Desplazados en Yemen: en huida constante

Por Cecilie Nilsen, enfermera de Médicos Sin Fronteras en Yemen

Me encuentro al noroeste de Yemen, no lejos de la frontera con Arabia Saudí. La población civil vive una crítica; los ataques aéreos son continuos y miles de desplazados se mueven por el país en busca de refugio y seguridad. Aunque es difícil saber el número exacto de desplazados se estima en más de un millón el número de personas que han tenido que abandonar sus hogares desde que empezó el conflicto. Y cada día hay más.

Dos familias de 23 miembros que viven juntas en una pequeña tienda de campaña en Khamer, Yemen. Las dos familias huyeron de sus casas en Sada hace dos semanas. Los padres de las dos familias cuentan que sus condiciones empeoran cuando llueve.  Fotografía: Malak Shaher/MSF
Dos familias de 23 miembros que viven juntas en una pequeña tienda de campaña en Khamer, Yemen. Las dos familias huyeron de sus casas en Sada hace dos semanas. Los padres de las dos familias cuentan que sus condiciones empeoran cuando llueve. Fotografía: Malak Shaher/MSF

Algunos han huido a casas de familiares y conocidos, otros viven en tiendas de campaña, mientras que la mayoría, los más vulnerables, viven a cielo abierto. Los bombardeos son aleatorios y, cada día, varían las zonas donde se producen los ataques. Por eso, muchos desplazados se ven obligados a estar en continuo movimiento, en una huida constante.

Un día tratamos a un hombre y a dos de sus hijos. El padre tenía heridas leves, pero su hijo, de unos nueve años, sufría quemaduras en la cara y en la garganta. Cuando llegó estaba inconsciente. Su hermana, de seis años, padecía graves lesiones en la mano y el brazo, heridas que, probablemente, obligarían a amputárselo. Aunque el padre llegó en un estado de gran desconcierto y confusión fue capaz de contarnos que nueve de sus hijos habían muerto tras sufrir un bombardeo la ciudad en que vivían. Solo él y dos de sus niños habían sobrevivido.

Desde Médicos Sin Fronteras (MSF) nos aseguramos de que los desplazados que están en cuatro campos de refugiados tengan agua suficiente. También distribuimos kits de higiene, utensilios de cocina y colchones. Operamos una clínica de emergencia abierta las 24 horas del día y estamos realizando el seguimiento de la situación alimentaria y sanitaria. Contamos con una ambulancia que recoge a los heridos y los traslada hasta nuestro centro de salud donde son estabilizados en primera instancia y luego son transferidos a hospitales.

En la sala de urgencias asistimos entre 100 y 150 personas cada día. Atendemos todo tipo de pacientes, desde personas con lesiones muy graves a enfermos crónicos que no tienen acceso a medicamentos para tratar su patología. Es el caso de los pacientes con diabetes que no tienen acceso a algo tan básico y vital para ellos como la insulina.

 

Niños y personas del distrito de Khamer van a  buscar agua, ya que la escasez de combustible ha provocado que los camiones de agua no sean capaces de llevar de agua hasta la región.  Fotografía: Malak Shaher/MSF
Niños y personas del distrito de Khamer van a buscar agua, ya que la escasez de combustible ha provocado que los camiones de agua no sean capaces de llevar de agua hasta la región. Fotografía: Malak Shaher/MSF

Desde marzo, el acceso a la ayuda humanitaria y a bienes que resultan esenciales como combustible, agua y fármacos está siendo extremadamente limitado. Entrar en Yemen ya es muy complicado y la distribución de artículos de primera necesidad dentro del país resulta una carrera de obstáculos que hace imposible que éstos lleguen a todas las zonas donde se requieren.  Además estamos viendo un número creciente de personas traumatizadas, tanto niños como adultos. Tratamos de centrarnos en su salud mental, a pesar de que esto no es fácil en un contexto como el del conflicto yemení.

Me integro en un equipo médico de diez personas, cinco trabajadores de enfermería y cinco médicos. Todos mis colegas médicos son de Yemen. Junto a ellos trabajamos tanto en esta emergencia como en la atención a personas refugiadas con las que llevamos cabo actividades de promoción de la salud y en la detección de casos de desnutrición infantil. En esta zona podemos ver, por lo general, bastantes niños con desnutrición y creemos que la situación empeorará en el futuro.  Me impresiona trabajar con compañeros yemeníes. La mayoría proceden de la capital, Saná, ciudad que recibe el martilleo constante de las bombas y en la que se producen víctimas a diario. Mis colegas viven en un constante temor por sus seres queridos, y muchos de los miembros de su familia están viviendo como refugiados en su propio país. Sin embargo, siguen luchando día y noche para que la gente en esta parte del país tenga acceso a una atención médica esencial.

Los días en los que las temperaturas se mantienen por debajo de 38 o 40 grados nos alegramos. La situación es extrema y es inevitable pensar en los desplazados que viven en condiciones lamentables. En mi caso estaré trabajando en el país durante poco tiempo; sin embargo, estas personas saben que su futuro va a ser muy duro y lo va a ser durante mucho tiempo.

Mentes Ocupadas: Obstáculos diarios

Por Mohammed Imter, psicólogo de Médicos Sin Fronteras en Hebrón

Wady Lighrous es una zona en el este de Hebrón donde viven unas 4.500 personas. Está situada entre dos asentamientos israelíes (Kiryat Arba y Kharsena) y cerca de una base militar ubicada en la carretera 60 que cruza todo el área. Está considerada una zona C, lo que significa que no está permitido construir nuevos edificios ni ampliar las casas existentes.

Las fuerzas israelíes han demolido casas en el pasado y el día a día de los palestinos que viven en la zona está repleto de obstáculos y barreras.

Médicos Sin Fronteras (MSF) ha realizado seguimiento psicológico de una familia de nueve miembros que ha padecido numerosos incidentes violentos durante los últimos años. Hace dos, una psicóloga de MSF realizó sesiones de terapia con una de las niñas, de 17 años, y con su madre, de 52. La niña había resultado agredida a los siete años por un colono que le mostró los genitales y corrió hacia ella cuando iba al colegio. Consiguió huir y no sufrió ningún ataque físico pero, como consecuencia de este episodio, había desarrollado problemas psicológicos serios con episodios de agresividad, miedo, pesadillas y preocupación constante. Dejó de ir al colegio.

Wady Lighrous es una zona situada al este de la ciudad de Hebrón, donde viven unas 4500 personas. Este enclave está entre dos asentamientos (el de Kiryat Arba y Kharsena) y cerca de una base militar, en la carretera 60. Se considera una zona de clase C, lo que significa que nadie puede construir nuevos edificios o ampliar su propia casa. Algunas casas han sido demolidas por las fuerzas israelíes y las personas que viven allí se enfrentan diariamente a gran cantidad de obstáculos impuestos por el ejército israelí y los colonos. Fotografía Médicos Sin Fronteras.
Wady Lighrous es una zona situada al este de la ciudad de Hebrón, donde viven unas 4500 personas. Fotografía Médicos Sin Fronteras.

Otro hijo de la familia, de 14 años, estaba acostumbrado a recibir golpes y ser detenido por los soldados israelíes cuando iba a la escuela: el año pasado cambió de colegio para evitar a los soldados de los puestos de control pero los militares de la base del Ejército, muy cercana a su casa, han llevado a cabo incursiones muy violentas en su casa, le han agredido en compañía de su padre e incluso ha sido arrestado. El pasado octubre el niño fue retenido en un centro de detención durante seis horas donde sufrió golpes mientras le interrogaban. Su madre llamó a MSF pidiendo ayuda y nos contó que el menor vino a casa con hematomas en los costados y mostrando mucho miedo. Por suerte, no se quejaba de mucho dolor físico. Les pusimos en contacto con organizaciones de derechos humanos y les hicimos una visita para ofrecerles ayuda psicológica inmediata tanto al niño como a su madre.

Hemos estado siguiendo su caso para comprobar si siguen necesitando apoyo psicológico y hemos llegado a la conclusión de que madre e hija necesitan seguir terapia. Su madre está constantemente preocupada; está triste y muy angustiada. Sufre por el bienestar de su familia. Actualmente, un psicólogo les atiende regularmente y la familia aprecia el apoyo ofrecido.

El último incidente ocurrió recientemente. El abuelo, de 85 años, estaba enfermo y padecía hipertensión, diabetes y Alzheimer. Soportó golpes del ejército israelí en varias ocasiones. En noviembre, la ambulancia que le trasladaba a un hospital estuvo retenida en un puesto de control durante dos horas hasta que los soldados dieron luz verde para que pasara. Desde ese momento, su salud no dejó de empeorar hasta que falleció hace apenas unos días.

Mentes Ocupadas: La bala que acabó con el sueño de una familia

Texto y foto, Janaina, psiquiatra de Médicos Sin Fronteras en Cisjordania

Bassim murió por un disparo de un soldado israelí en mientras cruzaba un puesto de control en Cisjordania. Estas son sus pertenencias.

Bassim murió por un disparo de un soldado israelí mientras cruzaba un puesto de control en Cisjordania. Estas son sus pertenencias.

Bassim* y Ali eran dos hermanos muy unidos. A finales de septiembre de 2013, durante la fiesta del sacrificio (conocida como Eid al-Adha), Ali decidió posponer su boda planeada para noviembre de ese año.  La idea era encontrar una novia para Bassim para que los hermano se pudieran casar el mismo día de abril de 2014, la nueva fecha para un día especial e inolvidable. Este sueño era un reto para toda la familia,  pero el deseo era atractivo y factible. Bassim era una persona muy especial y un hermano muy querido, cualquier esfuerzo valdría la pena.

En ese momento , la familia no tenía ni la menor idea de que un mes más tarde, y en tan solo un segundo, una bala acabaría con ese sueño al atravesar el pecho de Bassim.

Bassim tenía 23 años y era el cuarto de una familia de ocho hermanos que vive en la ciudad de Hebrón, en Cisjordania. Los hermanos solían viajar semanalmente para encargarse de las tiendas que su familia tiene en algunas ciudades de Cisjordania. Para ello tienen que cruzar puestos de control israelíes de forma constante. Esto nunca había supuesto un problema para ellos pese al tiempo que perdían y a las constantes molestias que los soldados les ocasionaban cuando les inspeccionaban cada vez que Bassim y Ali cruzaban.

Bassim era un soñador y tenía un papel muy importante en su familia. Lleno de ideas creativas y aspiraciones, era quien manejaba el negocio familiar y el responsable de gestionar la economía de la familia. Además, era el más gracioso, el hijo más divertido. Siempre atento, suave y cariñoso, se llevaba de paseo a sus hermanos menores los fines de semana. Cuando uno estaba triste o preocupado, se ocupaba de animarle con bromas.

Pero un jueves de noviembre de 2013, la vida de este hombre lleno de esperanzas y sueños se interrumpió brutalmente. Como de costumbre, los dos hermanos volvían a casa después de pasar la semana trabajando en las tiendas que la familia tiene en Jericó y Yenín. Bassim estaba muy cansado; el motivo: a principios de semana un primo había fallecido inesperadamente de un problema de salud. Tres días antes le habían enterrado.  Esa semana había sido especialmente dolorosa y Bassim acumulaba falta de sueño y más viajes de lo normal por Cisjordania.

Bassim dormía tan profundamente en el asiento del pasajero con los pies sobre el salpicadero que ni siquiera oía su teléfono sonar mientras Ali conducía acompañado de los ronquidos de su hermano. Cuando el coche llegó al puesto de control, Bassim seguía dormido. Tras un bache, Bassim se despertó confundido. El coche paró y Bassim, aún adormilado, abrió la puerta del coche y salió a estirar las piernas. Este gesto, simple e inocente, fue suficiente para que un soldado disparara una bala que impactó en su pecho y para que su cuerpo, fuerte y joven, cayera inerte al suelo. Murió al instante.

Desde ese momento, y durante muchos meses, la familia luchaba para hacerse a la idea de la nueva situación pero la pesadilla no tenía fin.  Un par de meses después el padre sufrió un ataque de corazón y tuvo que ser operado. Todo esto provocó que su situación financiera cambiara de forma drástica en poco tiempo ya que ninguno de ellos era capaz de pensar en el negocio familiar.

Casi un año después, la familia empezó a salir de su crisis lentamente con el apoyo de amigos, parientes y de Médicos Sin Fronteras, que seguía su casos facilitándoles apoyo psicológico. Hace apenas un mes, durante la última fiesta del sacrificio, fueron capaces, por primera vez, de disfrutar del encuentro familiar.

Sin embargo, aún hay otro motivo de angustia al que hacer frente. Después de todo lo que han sufrido, también ha perdido el permiso para moverse de Cisjordania a territorio israelí. Ya no pueden cruzar el puesto de control como antes. Han visto como les separaban de una parte de su familia sin justificación. En dos semanas tienen la fiesta de boda de un pariente en Israel.  Sin embargo, por el momento, no saben si conseguirán llegar.

*Nombre es ficticio para preservar su privacidad.

Arresto domiciliario, una “tradición” en los Territorios Palestinos Ocupados

Copyright: Anna Surinyach/MSF
Copyright: Anna Surinyach/MSF

 

Por Lali Cambra, periodista de Médicos Sin Fronteras.

Hadi y su familia han vivido desplazados desde la guerra de 1948. Hadi tiene dieciocho años y lleva la vida típica de un adolescente en un campo de refugiados en Jerusalén Este: como muchos otros jóvenes en Palestina, Hadi dejó el colegio hace dos años para poder ayudar a su familia, de seis miembros. Su padre no trabaja porque sufre problemas de salud crónicos, así como problemas psicológicos. Hadi y su hermano mayor son los únicos que ganan algo de dinero para su familia. “Dejé la escuela porque la educación que recibimos es deficiente. A la vez, quería ganar dinero para ayudar a mi familia y para labrarme un futuro”.

Pero Hadi lleva detenido en su casa un año. Fue arrestado en el control policial que separa el campo de la ciudad de Jerusalén, durante unas confrontaciones entre palestinos y los soldados destacados en el control. Hadi y un amigo habían salido a ver lo que sucedía, cuando, de acuerdo con su testimonio, fueron sorprendidos por agentes de la fuerza secreta de inteligencia (musta’reben) que procedieron a una detención muy violenta. Los pegaron de tal manera, que lo único que Hadi recuerda es haberse despertado en el hospital, rodeado de guardas. Fue trasladado a un centro de detención para ser interrogado, una interrogación que duró cinco días y tras los que fue puesto en libertad previo pago de una fianza de 16.000 shekels (más de 3.300 euros) que sus padres tuvieron que pedir prestados a familiares y amigos. Hadi fue puesto bajo arresto domiciliario hasta que los juzgados dictaminen de qué cargos se le acusa y qué día será el juicio. Su madre es su responsable: “muchas veces pienso que estoy jugando un doble papel, de guardia de prisión y de madre y son dos papeles incompatibles; por un lado quiero protegerlo, que no rompa las condiciones de su internamiento, por otro lado me desgarra el corazón verlo, sin poder salir de casa y en constante estrés”.

Los psicólogos que trabajan con Hadi resumen su condición al inicio de su tratamiento: “estaba muy preocupado y tenía reacciones psicológicas al hecho de no ser capaz de controlar su destino, especialmente porque no sabe cuánto va a durar su arresto ni qué va a ser de él. Tenía momentos de tensión con miembros de la familia, se enfadaba porque el resto podía ir y venir cuando él estaba encerrado. Estaba en un estado de sospecha constante que podía llevar a estados obsesivos o de paranoia, pensaba que estaba siendo vigilado por los vecinos. Y el problema se agravaba porque la policía llamaba de vez en cuando a la casa, para que él supiera que lo controlaban. Hadi estaba en una estado constante de alerta, algo tremendamente exhausto”. Hadi dice: “muchas veces pienso en salir, en romper mi encierro y que así me lleven a prisión. Por lo menos en la cárcel tendré a gente en mi misma condición y puedo saber cuándo entro y cuándo salgo y puedo hacer planes para después. Ahora me siento muy desamparado, sin ninguna posibilidad de hacer nada y he perdido la confianza en todo y en todos”.

La intervención terapéutica con Hadi consiste en elaborar un plan de intervención con orientación psicosocial que permita a Hadi retomar el control de su destino y salir del estado de desamparo e impotencia que siente. El plan supone devolverle la motivación psicológica para cambiar su realidad. Para ello necesita ser consciente de la realidad psicológica en la que vive, algo que el consejero de MSF le ayuda a conseguir.

En la actualidad Hadi está todavía bajo detención domiciliaria y hay indicios de que será sentenciado pronto y su arresto oficializado. Pero ahora Hadi es capaz de decir: “te puedo asegurar que no dejaré que nadie me robe de mi humanidad. No conseguirán que me vuelva una persona violenta y desafiaré a la realidad porque ese no es mi destino, no importa las circunstancias en las que me encuentre”.

El arresto domiciliario se remonta en Palestina a los años del mandato británico, cuando fue usado contra los palestinos. Israel adoptó este método de castigo tras ocupar Gaza y Cisjordania en 1967. Desde entonces, se ha usado en diferentes épocas y con diferentes grupos. Sin embargo, el arresto domiciliario es un fenómeno creciente especialmente en Jerusalén Este (bajo ocupación directa Israelí) y que ahora es aplicado a menores palestinos.

Mentes Ocupadas: La historia de Mariam

Por Cristina Falcone, coordinadora general de Médicos Sin Fronteras en Cisjordania.

Los equipos de MSF se centran en las personas con trastornos psicológicos (estrés agudo, trastornos de ansiedad, síndromes postraumáticos, depresión) causada por incidentes violentos. Fotografía: Juan Carlos Tomasi / MSF

Los equipos de MSF se centran en las personas con trastornos psicológicos causados por incidentes violentos. Fotografía: Juan Carlos Tomasi / MSF

En el campo de Hebrón, entre colinas áridas y rocosas, conocí la historia de Mariam, de casi 20 años. Vivía con su padre y el resto de su familia, 15 hermanos y las dos esposas del padre, tan solo un poco más mayores que ella, en una gruta al sur del distrito, en un ambiente hostil, húmedo y privado de cualquier servicio básico.

El padre de Mariam es pastor y nunca se aleja de su tierra por miedo a perderla. Su terreno no está muy lejos de un asentamiento y a menudo sus vecinos han intentado convencerle de que se marche.

La vida de Mariam ha sido una vida difícil. Al margen de la sociedad palestina, marcada por el conflicto pero también por limitaciones socioculturales y religiosas, Mariam no ha podido acceder a una educación básica, relegada tras un velo oscuro que sólo deja entrever unos ojos brillantes pero marcados por tanta injusticia.

Mariam nos acogió a mí y a la trabajadora social palestina como si fuera el cabeza de familia, nos invitó a sentarnos en uno de los colchones sobre el cual duermen y nos ofreció un vaso de te preparado en una hornacina humeante en la gruta. Rodeada de sus hermanos y de las otras mujeres, también ellas con la cara tapada, empezó a contar su historia. Nos habló de su sufrimiento cuando ella y su padre fueron golpeados por unos soldados. Los colonos, sus vecinos, llamaron a los soldados en cuanto vieron que estaban construyendo una cisterna de agua financiada por una organización internacional pero situada en una zona bajo control israelí y, por tanto, no autorizada.

Mariam habló del miedo y de la desesperación que sintió cuando su padre, el pilar de la familia, fue arrestado, y del sentimiento de impotencia y confusión que le causó no saber dónde se encontraba. Habló de su angustia al sentirse responsable de sus hermanos y hermanas sin tener ni los medios ni los conocimientos para ayudarles. Del miedo a que aquellos soldados regresasen y se la llevasen también a ella.

El sentimiento de impotencia no le impidió, sin embargo, intentar proteger a su padre en el momento del arresto. A pesar de la desesperación mientras nos contaba su historia, permanecía erguida y orgullosa entre tanta degradación y miseria. Antes de irnos, le propusimos una cita con una de nuestras psicólogas, que podría ayudarle a afrontar sus emociones. Mariam aceptó con una sonrisa en los ojos y, olvidando por un instante nuestros orígenes diversos y diferencias, nos despedimos con un fuerte abrazo de mujer a mujer.

Mariam inició la terapia con la psicóloga a las pocas semanas de nuestra visita y el resultado ha sido positivo. Ahora se ha trasladado a vivir a la ciudad de Yatta, a algunos kilómetros de distancia de su gruta, donde ha empezado un curso de alfabetización y se ha casado.

Mentes Ocupadas: trepar para salir del agujero

Por Jameela Dudin, psicóloga de Médicos Sin Fronteras en Cisjordania

Muro de Cisjordania. Fotografía: Juan Carlos Tomasi/MSF

Muro de Cisjordania. Fotografía: Juan Carlos Tomasi/MSF

Mohammed*, de 28 años, está divorciado y tiene un hijo pequeño. Es de un pueblo del sur de Hebrón que está cerca de muchos asentamientos de colonos judíos. Una carretera principal conecta los asentamientos con Cisjordania. El pueblo está dividido en dos áreas: una zona pertenece a la división que se hizo entre Cisjordania e Israel en 1948, y la otra corresponde a la división de 1967. La localidad está separada de Israel por un muro de seguridad. La población de esta zona está constantemente presionada por incursiones del Ejército israelí.

Mohammed vive en condiciones difíciles por su situación financiera. Quiere a su país y tiene fuertes convicciones políticas lo que ha traído problemas a la hora de encontrar un trabajo. Antes de conocer a Médicos Sin Fronteras (MSF), había sido detenido siete veces por ambas partes. Estuvo cinco años en una prisión israelí y dos en las cárceles de la Autoridad Palestina. Durante el tiempo que pasó en la cárcel, su padre y su hermano murieron y su mujer se divorció porque estaba en prisión.

Durante un periodo de cinco meses, Mohammed asistió a 14 sesiones terapéuticas con un psicólogo de MSF. Sufría ira, nerviosismo, falta de confianza, preocupaciones constantes y problemas en su relación con su hijo y su familia. Le costaba encontrar un trabajo y mejorar su vida a causa de los arrestos. Las fuerzas israelíes y la Autoridad Palestina le ponían muchos obstáculos por sus afiliaciones políticas. Mohammed describía su situación como si intentas trepar fuera de un gran agujero y tienes a alguien empujándote hacia abajo continuamente.

Mohammed solicitó una mujer psicóloga. Ella sintió una gran responsabilidad. ¿Sería un buen modelo femenino? ¿Conseguiría que Mohammed recibiera una experiencia reparadora tras la inestabilidad de sus relaciones con las mujeres? Durante las sesiones, trabajaron como gestionar las presiones de su vida. Se le dio permiso para expresar sus emociones y la oportunidad de comportarse de otra manera. Para Mohammed fue de mucha ayuda gozar de espacio para trabajar la confianza en sí mismo y encontrar un lugar en su entorno familiar.

Tras salir de la prisión, Mohammed fue atendido por el médico de MSF ya que sufrió algunos problemas de salud incluyendo dolores de estómago, diarrea severa y vómitos con sangre.

Después de un tiempo, fue capaz de hacer planes y marcarse objetivos para el futuro que estaban bajo su control. Superó las barreras en su conflicto interno. Se sentía orgulloso de ir a las sesiones de MSF. “Es mi vida y voy a vivirla bien” dijo.

En el momento de escribir esta historia, Mohammed fue detenido otra vez por las fuerzas de Israel y está en la cárcel sin sentencia.

*El nombre es ficticio para preservar la privacidad del paciente.

 

Mentes Ocupadas: secuelas de un puesto de control

Por Thaer Medhat, psicólogo de Médicos Sin Fronteras en los Territorios Palestinos Ocupados

Hace unos meses, Abbas*, un niño de 14 años de Hebrón, fue atacado por soldados israelíes. Iba junto a su primo de camino a un pueblo cercano a Jerusalén para visitar a su padre que estaba trabajando. Para llegar hay que cruzar un puesto de control en la carretera. Allí, los soldados israelíes les pidieron que se bajaran del taxi. Siguieron sus instrucciones y se sorprendieron al ver que los soldados lanzaban sus perros sobre ellos. Abbas estaba aterrorizado y empezó a gritar. Algunas personas intervinieron y ayudaron a los niños a esconderse de los perros.

Las familias de presos requieren, por lo general, atención psicológica. Mujeres, madres o hijos acusan la ausencia del familiar encarcelado. En el caso de Adel, que se puso en huelga de hambre, agravó la condición de la familia. Fotografía: Juan Carlos Tomasi/MSF

Las familias de presos requieren, por lo general, atención psicológica. Mujeres, madres o hijos acusan la ausencia del familiar encarcelado. Fotografía: Juan Carlos Tomasi/MSF

Siete meses después, el padre de Abbas llevó a su hijo a la clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF). Describió a su hijo como un niño triste y solitario. Explicó al psicólogo de MSF que el niño sufría mucho yo era capaz de salir solo de casa por sus miedos. Dejó el colegio, no se comunicaba con nadie y llevaba siempre un gorro. Por las noches tenía pesadillas.

Después de conocer al niño, el psicólogo se dio cuenta de lo deprimido y asustado que estaba. No iba solo a la sala de consulta; alguien de la familia tenía que acompañarle hasta la puerta del edificio. Cuando empezó la terapia, no era capaz de escoger la actividad o juego que quería hacer. Sufría muchísimo. Ni siquiera miraba al psicólogo, casi no hablaba o contestaba cuando se le hacía una pregunta. No hacía nada fuera de las sesiones; se quedaba en casa con un gorro que no se quitaba nunca y siempre estaba triste. El psicólogo estaba frustrado porque no podía ayudarle y, sobre todo, porque ni siquiera conseguía que hablara o jugara.

Entonces llegaron a un acuerdo terapéutico: el psicólogo le hizo entender por qué estaba en terapia. Le dejó claro que el objetivo de la terapia era ayudarle a sentirse como una persona normal otra vez, una parte importante de la familia. Abbas es el mayor de cinco hermanos.

El psicólogo también se reunió con el padre cada tres sesiones para proporcinarle habilidades para trabajar con la familia. Tenían que conseguir que Abbas se sintiera como un miembro valorado en la familia y se le pudieran pedir responsabilidades, lo que le ayudaría a sentir más confianza en sí mismo. Para el psicólogo no fue fácil trabajar  con la familia ya que todos sentían lástima por Abbas. Pero al final, les ayudó a darse cuenta que era su hermano mayor y no sólo ese niño que había sido atacado por los perros de los soldados.

Abbas y el psicólogo empezaron a jugar un juego donde uno de los dos forzosamente tenía que ganar. Abbas no se veía a sí mismo ganando, le parecía difícil jugar. Estaba muy triste y exclamó: “¡No puedo ganar!”. La terapia continuó y el psicólogo dudaba de que el tratamiento fuera a tener éxito si Abbas no estaba dispuesto a hablar sobre lo ocurrido. Durante una actividad conocida como “caja de sentimientos”, una herramienta que los psicólogos utilizan para que los niños hablen sobre sus miedos a través de dibujos o usando objetos, Abbas finalmente relató lo que le había pasado y explicó lo triste que se sentía. Preguntaba por qué le había ocurrido a él. Emplearon un juego de rol con unos soldados de juguete y el psicólogo le preguntó si quería decirle algo a los soldados. Y Abbas les gritó: “¡Maldito seáis! ¿Por qué?”. Por fin expresó abiertamente su enfado.

Después de aquello, Abbas acudió a las sesiones sin el gorro. El psicólogo le preguntó cómo se sentía tras quitárselo y Abbas contestó que su familia estaba contenta. Empezó a jugar cada vez más con sus hermanos y primos. La terapia acabó. El psicólogo estaba satisfecho pero, al mismo tiempo, también sentía pena porque Abbas no pudo volver al colegio al haber estado ausente tanto tiempo.

Actualmente, Abbas trabaja con su padre y cada día cruza el puesto de control donde tuvo lugar el incidente.

*Nombre ficticio para preservar la privacidad del paciente.