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La ‘musungu’ y los alucinantes niños de Kalonge

Por Jana Brandt, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge, República Democrática del Congo

Niños que salen de la nada en Kalonge, RDCongo (© Jana Brandt).

Niños que salen de la nada en Kalonge, RDCongo (© Jana Brandt).

 

¡¡Musunguuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!! ¡¡¡Musuuuuunguuuuuuuuuu!!!1” Me paro para ver desde dónde llegan los gritos. No veo a nadie. Otra vez: “¡¡musunguuuuuuuuuuuuuuuuuu!!” De repente, una cara sucia pero sonriente aparece de la nada. Desde las plataneras se escuchan risas sofocadas. Otra cara. Y otra. Un grupo de niños de diferentes edades surge entre los árboles y corre hacia mí. ¿Cómo es posible que los niños siempre le vean a uno primero antes de verlos a ellos? “Jambo2, musungu”, me saludan, rebozando de alegría. “¡Jambo sana!”, respondo yo, también sonriendo.

¡Musunguuu!!” es el grito que más nos acompaña aquí en Kalonge. Los seis expatriados de Médicos Sin Fronteras somos los únicos blancos en toda la zona, y como tales, llamamos muchísimo la atención. Los niños son todo un espectáculo. Nos ven desde lejos aunque nosotros no les veamos y, vayamos donde vayamos, los niños siempre aparecen por todos lados para saludarnos o para acompañarnos un trozo del camino. Tan pálidos que somos, debemos de parecerles extraterrestres.

Una de mis muchas responsabilidades como coordinadora de terreno de MSF es mantener el contacto con todos los actores de la zona. En más de una ocasión me he encontrado en reunión con un líder comunitario o las autoridades locales cuando de repente escucho detrás de mí susurros de voces infantiles o una mano que me toca la espalda o el cabello. Si me giro, puedo estar segura de encontrarme con un grupo de niños que se empujan entre ellos en disputa sobre la mejor vista a la blanca que está sentada en una casita construida de barro y paja. Su natural curiosidad infantil es infinita.

Como en todo el país, también en Kalonge la tasa de natalidad es muy alta (para la República Democrática del Congo: 40 por cada 1.000 habitantes). La zona de Kalonge tiene 142.779 habitantes, y 19,5% de ellos son niños. La media de niños por familia oscila fácilmente entre seis y ocho. Las mujeres se embarazan muy jóvenes y no es raro que a los 30 años ya tengan siete o más hijos.

Como consecuencia, en el hospital apoyado por MSF se atiende sobre todo a mujeres y niños. Con unos 200 partos por mes sólo en el hospital (sin contar los nacimientos en los ocho centros de salud donde MSF también trabaja), la salud maternal e infantil encabeza la lista de las actividades de MSF en la zona. A pesar del gran número de bebés que nacen en Kalonge, la llegada al mundo de cada niño es motivo de fiesta. Cuando la madre sale del hospital con su hijo en brazos y envuelto en paños de colores, la esperan amigas y familiares cantando y bailando para felicitarla y saludar al nuevo miembro de la comunidad. Cantando y bailando acompañan a la madre y al bebé hasta la casa.

Sin embargo, no todas las familias tienen los medios para alimentar a tantas bocas. En los casos aislados donde la madre muere durante o después del parto, muchas veces la única opción para que el bebé sobreviva es dejarlo bajo la custodia del hospital durante los primeros seis meses de vida para asegurar una alimentación apropiada.

Freddy, enfermero de MSF en Kalonge, dando el biberón a Rose (© Jana Brandt).

Freddy, enfermero de MSF en Kalonge, dando el biberón a Rose (© Jana Brandt).

 

Así sucedió con la pequeña Rose. Ella nació en el hospital en marzo. Cuando su madre murió durante el parto, su familia no tuvo otro remedio que dejarla allí durante los primeros meses de vida. Desde entonces, Rose vive de manera temporal en la neonatología, rodeada de mamás con sus recién nacidos -no pocas veces gemelos o trillizos-, y los enfermeros se ocupan de ella.

Contrariamente a lo que uno se podría imaginar de un bebé medio huérfano, Rose es de los bebés más felices que he visto en mi vida. Con su carácter alegre y su continua sonrisa desdentada, ha conquistado el corazón de muchos. Sobre todo a Bea, la supervisora MSF del equipo médico, la tiene hechizada: no pasa un día en que no se tome por lo menos cinco minutos para saludarla o llevarla de paseo por el recinto del hospital. Rose, encantada de la vida, mira todo con mucha atención con su grandes ojos negros, regalando sonrisas al mundo.

Jambo, musungu”, escucho de nuevo. Esta vez de una voz abatida que proviene de una de las camas de la unidad de nutrición terapéutica intensiva. Me saluda Christine, una niña desnutrida de 4 años. A pesar de su débil estado físico –parece mucho menor que su edad real–, le encanta hablar con todo el mundo. “¿Habari3, Christine?” “Musurii4”, me contesta con una leve sonrisa. Trago saliva. ¿Ya dije lo alucinantes que son los niños de Kalonge? Pues eso.

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(1) Musungu = “Europeo / Blanco” en Suahili.

(2) Jambo = “Hola” en Suahili

(3) Habari = “¿Cómo estás?” en Suahili

(4) Musuri = “Muy bien” en Suahili

 

 

Cuervos e intimidades

Por Jana Brandt, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge, República Democrática del Congo (RDC)

Base de MSF en Kalonge, RDC (© Fernando Calero).

Hospital de referencia de Kalonge, RDC (© Fernando Calero).

 

¡Trasss!

Un extraño ruido me despierta en mi primera mañana en Kalonge. Suena como si algo muy pesado se hubiera caído sobre el tejado de aluminio de la casa. Otra vez: “¡trasss!”, seguido por unos golpecitos rápidos. Son las seis de la mañana. ¿Qué diablos es esto?

Me levanto para averiguarlo y descubro una bandada de cuervos de color blanco y negro que caminan alegremente sobre el tejado, saludando los primeros rayos de sol con sus gañidos. Los golpes que me despertaron son producidos al aterrizar en el tejado. “¿Tan poco pájaro y tanto ruido?”, me pregunto sorprendida. Aún no sé que ellos me acompañarán todas las mañanas en Kalonge. Mañanas muy mañanas, porque los días empiezan temprano aquí. Normalmente, a las seis de la mañana ya estoy en pie.

El día anterior había llegado a Kalonge, situado a unos 60 kilómetros de Bukavu. El viaje hasta aquí fue exuberante. Para llegar, cruzamos el Parque Nacional Kahuzi-Biega, ascendiendo más de 2.000 metros hasta llegar a la base de Médicos Sin Fronteras que se encuentra en el borde del parque, a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar.

El parque fue inscrito en la lista  de Patrimonio de la Humanidad en 1980 no sólo por su variada flora (en especial los bosques de bambú), sino también para proteger a una población de gorilas de montaña que en aquel entonces todavía contaba con algunos miles de ejemplares. Fue aquí donde la famosa Dian Fossey comenzó a estudiarlos antes de marcharse a Ruanda.

Sin embargo, a partir del estallido de la guerra en los noventa en esta zona del Congo, la población de simios fue disminuyendo y hoy día solo se cuenta con un centenar de esta especie. En 1997 el parque fue declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en peligro. Desde la base de MSF, divisamos –si hace buen tiempo– el monte Kahuzi (3.308m), uno de los dos volcanes extintos que dan el nombre al parque nacional. El otro es el monte Biéga (2.790m).

Éric, conductor de MSF y 'traductor' ocasional (© Jana Brandt).

Éric, conductor de MSF y ‘traductor’ ocasional (© Jana Brandt).

El viaje me permitió tener una primera impresión del terreno.  Con los coches pasamos por lugares imposibles. Sin embargo, mi primer reto no es el viaje, sino la comunicación por radio. La red de telefonía es inexistente en esta parte del país, por lo cual la radio se convierte en nuestro principal medio de comunicación. Y hay que comunicar en francés. Exclusivamente. A causa de las continuas interferencias en la transmisión, sólo logro entender la mitad de los mensajes, más aún porque desconozco el protocolo interno de comunicación. Si no hubiera sido por Éric, el conductor, quien me ayuda y me ‘traduce’, hubiera sido imposible entenderlo todo.

Salir de Bukavu y llegar a Kalonge es como cruzar dos universos. Aquí nos encontramos en un mundo totalmente rural donde la electricidad, el agua corriente y las calles asfaltadas no existen. El ritmo de vida es otro. Más pausado, más lento. Trabajar para MSF siempre significa trabajar mucho, los días laborales suelen ser muy largos, pero trabajar para MSF no es siempre sinónimo de urgencia. El proyecto de Kalonge lleva ya 4 años y medio y como el contexto es cada vez más estable, las actividades de MSF están ya muy consolidadas.

En sus orígenes, el proyecto fue establecido para atender las necesidades médico-humanitarias de un gran número de desplazados a causa del conflicto armado que azotaba la región. Con los años, el número de nuevos desplazados ha ido bajando y hoy se trata sobre todo de seguir garantizando la atención sanitaria gratuita y de calidad para la población de la zona, mediante el apoyo a un hospital y a ocho centros de salud en la periferia.

Durante mi presentación oficial como nueva coordinadora de terreno me llevé otra sorpresa, cuando alguien del equipo local me lanzó, con una gran sonrisa: “et toi? Tu est disponible?”*  ¿Qué? Con interrogantes en la cara, miro a la coordinadora que remplazo. “Sí”, sonríe, “aquí esta pregunta es normal.”  Con la disponibilidad se refieren a la disponibilidad para una relación, si uno tiene pareja o no. O si uno tiene pareja, pero sin embargo está disponible (entonces lo llaman “disponibilidad geográfica”).

Una pregunta por lo menos curiosa, una pregunta para la cual no estoy del todo preparada… Así empezó mi nueva vida en Kalonge, perdida en el monte congolés. Con cuervos e intimidades. ¡Quién se lo hubiera imaginado!

(Continuará)

* ¿Y tú? ¿Estás disponible?

 

Puedes leer los posts anteriores de Jana aquí.

Varada en Bukavu

Por Jana Brandt, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge, República Democrática del Congo (RDC)

Estuve una semana en Bukavu, esperando mi permiso de trabajo para poder salir a Kalonge, a “mi” proyecto. La salida se retrasó por problemas administrativos en Kinshasa, la capital congoleña. Al haber terminado todas las reuniones informativas con el equipo de coordinación, no me quedaba otra que esperar y tener paciencia.

Bukavu, capital de Kivu Sur, con alrededor de 1 millón de habitantes, es una ciudad bastante particular. Su ubicación a lado del lago Kivu es sin lugar a duda espectacular (el paisaje es increíble), pero también es escenario de un gran despliegue humanitario: actualmente más de 250 ONGs tienen sus oficinas en la ciudad para gestionar desde allí proyectos de diferentes tipos en la región. Los típicos todoterrenos blancos que casi todas las ONGs utilizan para moverse -las más de las veces el terreno es de difícil acceso- abundan en la ciudad y chocan con la sencillez generalizada que domina el ambiente.

Clínica móvil de MSF en Nyabiondo, Kivu Norte (© Colin Delfosse)

Clínica móvil de MSF en Nyabiondo, Kivu Norte (© Colin Delfosse)

También MSF gestiona desde Bukavu cuatro proyectos en la región: en Shabunda, Minova y Kalonge con proyectos fijos, a parte de un equipo de emergencia llamado RUSK (Respuesta de Emergencia para Kivu Sur) que interviene en urgencias médicas en diferentes lugares de la zona. El equipo de MSF en Bukavu es enorme: más de 80 personas (entre médicos, enfermeros, logistas, administradores, conductores, etc.) se encargan del apoyo a los proyectos en terreno y a la vez hacen de puente con Barcelona, donde tiene su sede MSF España.

La elección de Bukavu para tantos actores no es ninguna casualidad: tanto Kivu Sur como Kivu Norte han sido históricamente dos de las provincias más turbulentas del país, lo que se debe no sólo a su ubicación estratégica como región fronteriza a Uganda, Ruanda y Burundi, sino sobre todo a su riqueza en minerales. Los Kivus siguen siendo hasta hoy escenario de mucha violencia armada que cada año causa el desplazamiento de miles de personas. El contexto congoleño con sus muchos grupos rebeldes es sumamente complejo.

Un Estado disfuncional, en el cual por ejemplo el sistema sanitario es muy ineficiente, agrava la situación para la población: la esperanza de vida en la República Democrática del Congo (RDC) es de tan sólo 45 años y con ello, una de las más bajas del mundo. Por tanto, trabajar en Congo se convierte casi en una obligación para una organización médica como Médicos Sin Fronteras. Las necesidades médicas son de tal dimensión que se podría señalar casi con los ojos cerrados cualquier punto del mapa congoleño e intervenir allí sin tener que preguntarse si va a ser pertinente o no: siempre lo será.

Los retos para trabajar en un país como Congo son enormes, no sólo en términos de sanidad, sino también logísticamente. Las infraestructuras, sobre todo las carreteras y los medios de transporte, son prácticamente inexistentes. Un pequeño, pero importante detalle: RDC es el undécimo país más grande del mundo, con una extensión de aproximadamente 2,3 millones de kilómetros cuadrados. ¡El equivalente a 4,6 veces el tamaño de España!

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

No es difícil imaginarse entonces el reto que representa la inexistencia de vías de transporte para el equipo logístico de MSF. Por ejemplo, a Shabunda, el transporte de materiales y personal funciona exclusivamente por avioneta. Sólo una vez se hizo el trayecto por tierra para aprovisionar el proyecto con coches 4×4. Por cuestiones de seguridad el equipo, tuvo que coger una ruta más larga: fueron 650 kilómetros… ¡y 8 días de viaje! En la época de lluvia, que por estas latitudes dura de septiembre hasta abril, la duración de los trayectos se duplica fácilmente, convirtiendo los movimientos en pequeñas pesadillas sobre todo para los conductores.

Cuando en la tarde de un miércoles recibí por fin el OK para mi salida a Kalonge, me sentí muy contenta, pero también tenía mil y una preguntas en mi mente. Es mi segunda misión con MSF y mi segunda misión como coordinadora de proyecto, pero es la primera en un contexto “típico” MSF. Estambul (Turquía), donde pasé casi 10 meses trabajando en un proyecto de salud mental para inmigrantes, fue -al tratarse de un contexto urbano– una experiencia muy diferente comparada con lo que me espera ahora en Congo. No voy a mentir: por momentos sentía cierto vértigo ante la responsabilidad que debía afrontar. Pero era un vértigo que también daba mucha energía. Así que: ¡para allá que me fui!

(Continuará)

Memorias del RUSK. Parte III: la cresta de los desplazados.

Por J. Mas Campos, coordinador de emergencias de MSF en Kivu Sur, República Democrática del Congo

 

Equipos de MSF prestan asistencia a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Equipos de MSF prestan asistencia a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

 

Tras acabar la vacunación, en una clínica móvil del proyecto regular de Kalonge, me voy a supervisar la reanudación de actividades de un centro de salud para desplazados. Todo se desarrolla sin sobresaltos, una delicia. Salvo el hecho de darme cuenta durante las largas marchas a través de las montañas que definitivamente el tabaco y la cerveza me han dejado el cuerpo magullado, inservible y con un gran lastre de equipaje superfluo: a este paso, en vez de descender las lomas hiriéndome los tobillos y las rodillas, las bajaré rodando.

Febrero: lo pasamos trabajando el músculo del cerebro, el poco que tengo: discutimos y estudiamos estrategia de emergencias con una experta de la casa. Un maldito placer trabajar a su lado, además de un verdadero honor. Jamás me impregné tanto de conocimiento útil de emergencias como en febrero. Una Mutzig a tu salud, jefa.

Entretanto la acción no se remansa: ese mismo mes de febrero comienza nuestra ronda de intervenciones “aero-transportadas”, misiones de exploración e intervención inmediata, concebidas para durar pocos días y tener un gran impacto en la salud de la población a la que quieres asistir.

En este caso, la alerta es de desnutrición, y la población, unos 15.000 desplazados de una etnia perseguida sanguinariamente por otra (con causa, en los Kivus nadie es inocente).

Los desplazados (combatientes, civiles y familiares), se han refugiado en la cresta de una cordillera a la que sólo se puede acceder, de forma segura, por helicóptero.

Lanzamos dos misiones “heliportadas” del RUSK para evaluar la auténtica gravedad de la alerta, transportar un par de toneladas de alimento terapéutico para los niños desnutridos que podamos encontrar entre la lluvia y el frío, y hacer el seguimiento del impacto de nuestra acción.

Marzo: me llaman de otro de los proyectos regulares del Kivu Sur, Shabunda. En esta ocasión se trata de comandar la misión de re-evaluación de la seguridad en el eje sur tras las últimas deflagraciones del conflicto Raïa Mutomboki – FARDC (Fuerzas Armadas de RDC).

Debemos atravesar las incorpóreas líneas del frente y re-aprovisionar los centros de salud del citado eje sur, cerrado a causa del comercio de ráfagas y tiros, y del tragicómico extravío de una granada en algún charco del camino, durante la época de lluvias, culpa de algún soldado borracho. Jamás se la encontró, a la granada. Del soldado, primo de Gila, tampoco se volvió a saber, quizá lo suicidaron.

No obstante, esta vez, comparada con la aventurita de la evacuación de heridos en enero, la misión no fue sino un lindo paseo por el parque.

(Continuará)

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Memorias del RUSK. Parte II: truenos de pólvora y fuego.

Por J. Mas Campos, coordinador de emergencias de MSF en Kivu Sur, República Democrática del Congo

En esta misma cartografía de la violencia, Primero de Año entraría dentro de una antonomasia más truculenta: el contexto de Bunyakiri, convulso y enloquecido como un jabalí herido, jamás nos permitiría completar la vacunación sin mostrarnos, bufando, el hocico y sus colmillos.

El 31 de diciembre intercambiaron truenos de pólvora y fuego los Raïa Mutomboki (en swahili significa “la población en cólera[1]) contra las FARDC (Fuerzas Armadas de la RDC). El RUSK, inmersos en nuestra campaña, presenciamos cómo un joven llegaba al hospital ese mismo 31 de diciembre por la tarde, y descendía de la motocicleta que lo trasladaba, herido de plomo, exánime y sin esperanza. Tendido en el suelo, ya casi sin hálito, el chaval moría de bala poco a poco a la puerta del hospital, decantándosele la vida a chorros por el costado, mientras un coro de matriarcas dolientes le amortajaban con sus ropas ensangrentadas hasta cubrir su rostro exangüe.

Equipos de MSF prestan asistencia a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Equipos de MSF prestan asistencia a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Esa misma tarde, comenzaron a llegar noticias inquietantes de varios otros heridos. Se desconocía localización, gravedad y número. Tras entablar contactos de seguridad con los jefes consuetudinarios y comandantes de FARDC y Raïa, a través de los que acordamos con ambas partes los términos de respeto a la neutralidad del “convoy humanitario” y de evacuación de los más graves cualquiera que fuera su afiliación, uniforme o etnia, el RUSK nos preparamos a intervenir… por algo somos el equipo de emergencias.

El corredor humanitario se abrió el 2 de enero a las 7 de la mañana, único momento de serenidad y calma de todo el día… Al cabo de media hora y durante todo el resto de la jornada, la misión de evacuación de heridos transcurrió en unas circunstancias tan extremas de tensión entre las dos partes del conflicto, que si bien el corredor humanitario (las luces de intermitencia parpadeando constantemente durante nuestra singladura en cada flanco de los 4×4) y nuestra integridad fueron respetados (sin perjuicio de ser en ocasiones bienvenidos con algunas amenazas, gajes del oficio), la neutralidad del convoy no lo fue tanto. Por ninguna de las partes, soldados regulares y milicias anárquicas.

De haber recogido a determinados heridos (de uno y otro lado, todo dependía del protectorado o pedazo de tierra de nadie en la que nos halláramos), hubieran con toda certeza sido ejecutados en el camino, sin vacilar, a manos de la miríada de grupúsculos incontrolados, sea turbas violentas, sea soldados exaltados, que, armados con machetes, ametralladoras y fusiles de caza, nos detenían incesantemente en el curso de la ruta para inspeccionar la identidad de nuestros pacientes.

Logramos nuestro objetivo a pesar de sentirnos en ocasiones protagonistas de escenografías propias de sórdidas películas basadas en las macabras historias del África reciente, imágenes todas que torturan el imaginario colectivo. Afortunadamente, pudimos llegar al hospital con los heridos, y salir airosos para contarla.

(Continuará)

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[1] Un movimiento popular nacido para proteger a la comunidad autóctona congoleña contra las acciones y venganzas de los FDLR, los antiguos hutus de las milicias Interahamwe, en vista de que las Fuerzas Armadas Congolesas (FARDC) se veían incapaces de hacerlo por sí mismas. Los Raïa Mutomboki visten grisgris y talismanes, se dicen poseedores de una poción mágica que les confiere resistencia anti-balas, y desde hace unos meses han trocado los machetes y las lanzas por rifles de caza y metralletas automáticas. Son los jóvenes airados del Congo, que hartos de ser víctimas, tomaron la determinación de tomarse la justicia por su mano.

Memorias del RUSK. Parte I: golpes al hígado.

Por J. Mas Campos, coordinador de emergencias de MSF en Kivu Sur, República Democrática del Congo

Hace mucho tiempo que no daba señales de vida, desde el brote de ébola. Disculpen, fueron tiempos azorados, frenéticos, preñados de aprendizaje, rabia y coraje. O eso, o que el trabajo me volvió algo introvertido.

Tómense estos posts como repaso y despedida. He pasado los últimos 10 meses embarcándome en toda clase de emergencias en la República Democrática del Congo, más concretamente en la provincia de Kivu Sur. Las siglas del equipo son RUSK, Réponse d’Urgence Sud Kivu, una reducida unidad de respuesta rápida formada por expatriados y congoleños bien avenidos, que viaja ligera, trabaja rápido y se acompasa armoniosa como un acordeón (insha’allah) en los momentos de trabajo de mayor sobrecarga.

Estos 10 meses requieren, de la parte de un amnésico como yo, una cronología de efemérides que pretenda ser mi particular cuaderno de bitácora para no perder memoria de cuanto acaeció en este interregno. Intentémoslo, pero ya les aviso que será largo y vendrá por partes:

Septiembre de 2012. Hace calor y fumo demasiado. La encomienda de las emergencias debuta a lo grande con una de las más terribles fiebres que existen en el mundo, las hemorrágicas del Ébola en Isiro, Provincia Oriental de Congo. Si lo recuerdan, ya desacralicé su aura demoníaca en otra historia “novelada”.

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Octubre, sudor y entrenamiento: aterrizo en el RUSK y comienzo un aprendizaje exhaustivo para prepararme como emergencista. Como peso pluma que soy en esto, encajo los primeros golpes en el hígado al enfrentar las turbulencias propias de cada comienzo: los puentes se quiebran a nuestro paso, las carreteras se hunden… qué diablos, nadie dijo que fuera a ser fácil. Pero apretamos los dientes y nos decimos, como en el poema de Kipling: músculos, ¡resistid!

En noviembre repican marciales las marchas bélicas en la lejanía: estamos al quite en todo el feo embrollo del grupo insurrecto M–23, cuando la ciudad de Goma cae ante sus legiones en poco más de tres días. Al sentarse los grandes generales a negociar, finalmente la guerra no llega a desatarse. El equipo médico del RUSK colabora en la “re-apertura” del proyecto de Minova tras su evacuación. Aliviados por la incruencia y la benignidad del desenlace (si bien, momentáneo), deponemos los escudos, pero proseguimos la guardia.

Diciembre y enero nos deparan la oportunidad de emprender una acción preventiva contra una epidemia de sarampión que ya había contagiado a más de 700 niños en una inestable y volátil zona del Kivu Sur, Bunyakiri. Luego de asegurarnos de que a los niños ya enfermos se les dispensa el tratamiento adecuado, durante 6 semanas recorremos largas distancias en coche, en motocicleta y a puro pie por parajes de selva, montañas y barro.

Tenemos la inmensa buenaventura de conocer paisajes de una exuberancia y belleza tales, que a veces me pregunto quién es el verdadero beneficiario de este trabajo: son increíbles los hallazgos que, sin buscarlos, puedes encontrarte… los hay que pagarían fortunas con tal de presenciar tales portentos.

Al cabo de las Navidades, y a pesar de las vacaciones y sus colegios cerrados, en contra de las grandes distancias que las madres y los niños deben recorrer para acceder a los sitios de vacunación de MSF, pese a la lluvia torrencial o al calor tempestuoso, y, sobre todo, a despecho de la violencia y las armas que dejan pendiendo de un hilo el devenir cotidiano de la existencia en este selvático rincón, exuberante de vegetación y ríos, azotado cíclicamente por violencias y masacres, hemos vacunado a más de 65.000 niños, acabando afortunadamente con la epidemia.

(Continuará)

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La remota Bibwe

 Por Angeline Wee (médico de MSF en Kitchanga, República Democrática del Congo)

Una de las áreas en las que trabajamos cuando estamos en la montaña congoleña es una aldea llamada Bibwe. Es remota. Apenas hay vehículos que lleguen hasta allí y hay una densa vegetación a ambos lados de la carretera. Somos la única ONG que trabaja en la zona. Otra organización no gubernamental ha rehabilitado la carretera justo hasta Bibwe. Es fascinante ver donde termina la carretera y comienza el bosque.

Durante el último año, nuestro equipo había estado haciendo semanalmente clínicas móviles en Bibwe. En marzo, después de intensos trabajos de reparación y construcción, finalmente se estableció un centro de salud permanente que ofrecía un paquete básico de atención primaria de salud, atendida por enfermeras del Ministerio de Salud.

Poco después, comenzaron los enfrentamientos entre los diferentes grupos armados. Cientos de familias abandonaron Bibwe para  ir a aldeas más seguras y el pueblo fue saqueado. Nuestro personal también se vio obligado a evacuar por seguridad. El centro de salud fue saqueado dos veces… medicamentos y muebles robados… el sistema de agua y saneamiento destrozado… Los asaltantes rompieron el hormigón que cubre los depósitos de desechos pensando había dinero escondido, destrozaron el depósito de agua con machetes, rompieron las letrinas, robaron los techados de plástico…

Al final pudimos volver a Bibwe en mayo. Fue un comienzo muy lento ya que nuestros viajes se vieron interrumpidos a menudo por razones de seguridad y el centro de salud sólo podía funcionar como un puesto con los servicios más básicos. Fue una época frustrante para todos.

La asistencia en los partos es una parte integral del proyecto.  Sin embargo, no fuimos capaces de proporcionar este servicio durante varias semanas, ya que no contábamos con materiales adecuados. Se les pidió a las mujeres que fueran a parir a Mpati, donde hay un centro de salud al que también apoyamos. Pero para llegar hay a Mpati desde Bibwe, hay que caminar más de 2 horas. Esto y la inseguridad hizo que las mujeres prefirieran dar a luz en su casa.

Pasear por Bibwe era muy triste. Lo que antes era un pueblo animado había quedado reducido a una colección de casas quemadas. Un día, charlé con algunas mujeres que volvían de sus campos de cultivo. Se dirigían a Mpati. Les pregunté si el viaje era seguro. Se encogieron de hombros, sonriendo. “Depende de la suerte que tengamos. A veces nadie nos detiene. A veces nos detienen hombres armados y nos pueden robar todo o nos dejan algo. No son violentos siempre y cuando hagamos lo que ellos digan. Ya nos han robado todo el maíz, pero al menos nos quedan otros cultivos “.

Algunas semanas después, por fin conseguimos recuperar los tanques de agua, muebles y otros materiales. Hemos empezado a nuestros servicios de maternidad y volvemos a ser un centro de salud.

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Fotografía: Mujeres a la espera de ser atendidas en Kivu Norte, República Democrática del Congo (© Peter Casaer).

 

Cólera, barcazas y pepitas de oro

Por Agus Morales (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)*

Como sé que nuestros lectores son muy románticos, hoy traigo una historia africana para alimentar su natural inclinación a lo extraordinario. Es el relato de cómo se atendió una emergencia médica en un lugar remoto del Congo, donde la vida transcurre con cachaza, ajena al mundanal ruido y la inmediatez de las redes sociales. Me dispongo a contarlo no sin antes contestar un par de mensajes en Twitter.

José Sánchez es enfermero y trabaja con Médicos Sin Fronteras desde abril de 2010. Tiene 36 años y es de la ciudad malagueña de Ronda. Ahora se encuentra lejos de allí: en la provincia congolesa de Kivu del Sur, fronteriza con Ruanda. En mayo estalló una emergencia de cólera en el poblado de Ndea, situado en esta zona. “Había una veintena de casos y nuestro equipo montó una unidad de tratamiento de cólera”, explica el enfermero.

Contado de esta forma parece muy sencillo. Él mismo comprobó que no lo fue. A nuestro malagueño le tocó viajar a Ndea con un equipo de emergencia de 19 personas, incluidos 15 porteadores. La misión era ampliar la unidad de tratamiento de cólera y socorrer a los afectados. Pero no hay carreteras que lleven a Ndea. El primer día, echaron siete horas a pie desde el último lugar transitable por vehículos hasta un pueblo a mitad de camino donde hicieron noche. “El camino estaba lleno de barro, tuvimos que atravesar siete u ocho ríos, algunos en tronco, otros en barcaza o piragua… Por eso se tarda tanto, en realidad no está tan lejos”, dice José.

Al día siguiente, el equipo tuvo que caminar durante otras fatídicas seis horas hasta llegar a Ndea. “Es una zona de minas de oro. Encontramos por el camino a congoleses que escarbaban la pared, tiraban la tierra a la orilla y allí limpiaban las pepitas de oro”, relata el enfermero, quizá poseído de forma pasajera por Gabriel García Márquez. Ndea es un pueblo de mineros sin alcalde, en el que el interlocutor del equipo fue el gerente de las minas. “Al llegar, solo había una persona en la unidad de tratamiento de cólera, pero pronto empezaron a aumentar los casos”, recuerda José.

En este Macondo congolés les esperaba una dieta especial. “Solo había hoja de mandioca y carne de caza. El primer día que comí carne pensé que era pollo pero me di cuenta de que tenía muchas costillas. La gente me decía: ‘¿Qué, te gusta el mono?’. La cocinera me explicó luego que, para comer, solo había mono y a veces pato o pollo”. El andaluz puntualiza que el mono siempre iba acompañado de salsa y fufú, el elástico pan típico del Congo.

Entre manjar y manjar, llegó a Ndea una carta que alertaba de casos de diarrea en pueblos cercanos. Llegaron a uno de ellos, Tchombi, y trataron a numerosas personas que habían contraído cólera. Cumplida la misión**, la expedición partió entonces, por fin, de vuelta a la civilización (otra vez caminos de barro, ríos, pepitas de oro), de donde ya salía otro equipo de MSF dispuesto a continuar con la mística y, sobre todo, a salvar vidas.

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* Agus Morales es responsable de prensa en emergencias de MSF. Acaba de regresar de República Democrática del Congo. Puedes leer aquí su anterior post, “Una foto para Bembeleza”.

**Médicos Sin Fronteras trató 41 casos de cólera en Ndea y 55 en Tchombi durante la intervención de emergencia que lanzó entre mayo y junio de este año.

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Fotos: Equipo de MSF de camino a Ndea por caminos inexistentes y cruzando zona minera (© Henry Ali N’Simbo).

Una foto para Bembeleza

Por Agus Morales (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)*

“Hombres armados llegaron a nuestra aldea para quemar casas y matarnos. Tuve que huir. Mis nueve hijos vivían conmigo pero ahora no sé dónde están, no sé si están vivos o no”.

Estamos en el poblado de Minova, en la ribera congolesa del lago Kivu. Ndalinyichi Muhima, una viuda de 54 años, se refugia en un edificio en construcción que acoge a decenas de personas que, como ella, han huido de la violencia. “Vine aquí sola”, cuenta Muhima, que perdió a su marido hace tres años.

Esta vivienda fue la señal de alarma para que Médicos Sin Fronteras lanzara una intervención de emergencia en Minova y en la localidad vecina de Kalungu. Nuestro equipo detectó que una avalancha de desplazados propiciada por dos conflictos diferentes estaba llegando del norte y el noroeste. A veces esto no es fácil de comprobar, porque los desplazados se integran en los núcleos de población o son acogidos por los autóctonos.

En esta zona del Congo oriental aún hay ecos del genocidio ruandés. Diferentes comunidades sufren ataques de grupos armados en las provincias de Kivu, fronterizas con Ruanda. Las fuerzas congolesas luchan también contra organizaciones armadas rebeldes. El puzzle es complejo y no solo responde a la violencia étnica sino al control por los recursos naturales y el dominio territorial.

Cosidos al exuberante paisaje de Kivu encontramos, como parches, antiguos campos de desplazados que se han convertido en asentamientos y otros nuevos que recuerdan la permanencia del conflicto. Son cicatrices que se reabren. Shamamba Katone, de 69 años, calcula que ha tenido que huir de los combates unas ocho veces a lo largo de su vida. “Vas y luego vuelves; vas y luego vuelves… Y cuando has vuelto te das cuenta de que tu casa ha sido quemada”, lamenta este congolés, a quien le cuesta recordar un periodo de paz en la región.

Pero la tragedia humana no solo responde al machete y el kaláshnikov: la falta de comida y atención médica y enfermedades como la malaria golpean a un pueblo ya maltratado por la violencia. En Kalungu, MSF intenta aliviar el sufrimiento de los desplazados. “Apoyamos un centro de atención primaria, que incluye servicios de maternidad y consultas prenatales. Referimos los casos de urgencia al hospital de Kalungu”, resume Carlos Francisco, coordinador de emergencias en esta zona.

En el hospital del pueblo, MSF paga las facturas de los pacientes: antes había ocho ingresados y ahora unos 40, lo cual revela que la gente no acude al hospital por falta de recursos. Nos guía en la visita el director del centro, Jean de la Croix; en seguida bromeamos porque se llama igual que el más conocido místico español, San Juan de la Cruz.

El doctor explica el caso de niños que han sufrido malaria o desnutrición y que gracias a la hospitalización han sobrevivido. Cuando caminamos por la maternidad, una madre que acaba de dar a luz pide una instantánea a nuestro fotógrafo, Juan Carlos Tomasi. Es una desplazada que huyó de los combates en Masisi (Kivu del Norte). “Mi hijo nació anoche, hace unas horas, y quiero una foto para enseñársela cuando sea grande”, pide Bembeleza Chiba.

El nacimiento coincide con el día del aniversario de la independencia del Congo (30 de junio). Prometemos enviar por correo electrónico la foto de este hijo de la medianoche que aún no tiene nombre. Decidimos que el intermediario será el director del hospital, porque esta es una bella misión que solo un poeta puede cumplir.

 

* Agus Morales es responsable de prensa en emergencias de MSF. En estos momentos se encuentra en República Democrática del Congo junto con el fotógrafo Juan Carlos Tomasi.

Foto: Bembeleza Chiba y su hijo, aún sin nombre, en el hospital de Kalungu (© Juan Carlos Tomasi).

Patinando entre cañas mágicas de bambú

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

De repente, tras uno de los mil recodos en este camino lleno de barro, llegamos a un bosque formado sólo por bambú. No doy crédito a mis ojos. ¡Y tan alto! Ahora sé de dónde sacaron sus cuentos los hermanos Grimm (¿acaso pasaron por aquí?, me pregunto). Es mágico, no encuentro otro calificativo para describirlo.

El camino desciende de forma abrupta. El barrizal es cada vez más resbaladizo. Es como barro espeso y negruzco transformado en hielo. Me deslizo de bambú en bambú mientras admiro la fuerza de estas altísimas maravillas de la naturaleza que crecen a una velocidad vertiginosa.

Un par de horas más tarde salimos a un camino con hierba más alta que yo. Ya no tengo ni idea de donde estoy exactamente. ¡La intensa lluvia, con gotas que me parecen diez veces más gordas de lo normal, no ayuda! Creo que puedo oír el sonido de mis calcetines resbalando dentro de mis botas, llenas de agua turbia, y pienso en la terrible peste que saldrá de ahí cuando me las quite.

Por fin Lubumba, una pequeña aldea en Itombwe Forest, nuestra meta.

Mis deseos parecen haber sido escuchados: deja de llover casi en el mismo momento en que entramos en la aldea. Decidimos acampar alrededor del centro de salud: a un lado las tiendas donde dormiremos, y al otro las tiendas para las consultas médicas. Decido dormir en la choza que me han preparado (léase: han sacado a las vacas para hacerme sitio…).

La noche cae rápidamente. Nos sentamos todos dentro de mi choza, en torno a la ‘babulla’, un pequeño hornillo de carbón tradicional, secando nuestra ropa y comiendo nuestro famoso arroz con judías, mientras nos dejamos llevar por sueños de mejor comida y de “haute cuisine” en un restaurante de cinco estrellas, en el que degustamos un sabroso cóctel de gambas y saboreamos una copa de Beaujolais a temperatura perfecta.

Me deslizo dentro del saco de dormir y casi antes de que mi cabeza toque la almohada, que me he improvisado con ropa seca, me apago como una vela en una tormenta tropical.

En medio de la noche, me despierto de repente. ¿Son moscas despertándome a estas horribles horas de la noche o es algo más? Lo sé. Mi cabeza se llena de flashes de un buen amigo mío, Philippe Havet. Fue mi jefe de Misión el año pasado aquí en Congo. Cuando estuvo con nosotros en Hauts-Plateaux, en octubre de 2010, contrajo malaria y tifus. Tuvimos que evacuarle de inmediato en helicóptero al hospital de Bukavu.

Philippe era un hombre con un corazón enorme y siempre dispuesto a ir allí donde hubiese gente necesitada. Su sentido del humor era contagioso y todo el personal, sin excepciones, le quería mucho. Me entristece profundamente darme cuenta de nuevo que ya no está entre nosotros. Fue asesinado en Mogadiscio mientras trabajaba para MSF no hace mucho**. Te echo de menos, “mon petit grand homme”. ¡Descansa en paz hermano!

Me doy cuenta de que mi trabajo para MSF no está exento de peligros. Esta organización trabaja mucho en zonas de conflicto y siempre hay riesgos, incluso cuando se imponen unas muy estrictas normas de seguridad.

Me doy cuenta de que cada vez hay menos respeto por los trabajadores humanitarios, es como si nuestro espacio operacional fuese menguando. En octubre del año pasado, dos de mis colegas, Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, fueron secuestradas en Kenia. “¡Ánimo a las dos!”, pienso. ¿Qué le depara el futuro al mundo humanitario? Ya casi no podemos hacer nuestro trabajo. Hay que hacer algo y rápido. No por mí ni por MSF siquiera, sino por las personas a las que atendemos, la gente que lo necesita. ¡Ellos son quienes más sufren!

Salgo del “Hotel Lubumba”, casi doblándome para no darme de nuevo con la cabeza como cuando entré. A la derecha, en una cerca de bambú, unas botas de agua se cuecen al primer sol de la mañana.

Ya hay toda una muchedumbre sentada a la entrada del pequeño recinto improvisado para la clínica móvil. Vienen de lejos. Entre ellos, la mujer que trajeron ayer noche dos hombres en camilla, tras caminar durante dos días, igual que nosotros. Sus rostros parecen cansados pero felices: ¡MSF ha llegado! ¡Por fin!

El bosque de Itombwe Forest es una región totalmente olvidada por otras organizaciones. El sistema de salud se derrumbó hace tiempo, si es que alguna vez existió. Tenemos trabajo que hacer… ¡y mucho!

En cuatro días, pasamos 1.100 consultas médicas. Trabajamos duro y nos sentimos satisfechos, como la propia población. Incluso asistimos el parto de una hermosa niña. Los rostros de estas personas estarán grabados en mi mente para siempre, sus sonrisas, su sentimiento de alivio, la esperanza que se refleja en sus ojos, ardiendo por saber cuándo regresaremos…

Para mí esta será la última vez. Ya ha llegado la hora de que alguien tome el relevo. Alguien con una visión fresca y nuevas ideas sobre cómo puede MSF prestar una mejor asistencia aquí. Pronto seguiré mi andadura en otra misión: Yemen. Un entorno diferente con retos distintos y ya estoy más que listo para ello…

Hasta la próxima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux

** Philippe Havet y Adrias Karel, trabajadores internacionales de MSF, fueron asesinados en un tiroteo en las oficinas de MSF en Mogadiscio, Somalia, en diciembre de 2011.

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Fotos: todas © Ferry Schippers

Foto1: El bosque de cañas mágicas de bambú.

Foto2: Centro de salud en Lubumba donde MSF establece la clínica móvil.

Foto3: “El hotel Lubumba”.

Foto4: Vista de Lubumba, con botas secándose al sol.

Foto5: Niña nacida en el parto asistido durante la clínica móvil en Lubumba.

Foto6: Ferry Schippers y el resto del equipo de la clínica móvil de MSF.