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Una foto para Bembeleza

04 julio 2012

Por Agus Morales (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)*

“Hombres armados llegaron a nuestra aldea para quemar casas y matarnos. Tuve que huir. Mis nueve hijos vivían conmigo pero ahora no sé dónde están, no sé si están vivos o no”.

Estamos en el poblado de Minova, en la ribera congolesa del lago Kivu. Ndalinyichi Muhima, una viuda de 54 años, se refugia en un edificio en construcción que acoge a decenas de personas que, como ella, han huido de la violencia. “Vine aquí sola”, cuenta Muhima, que perdió a su marido hace tres años.

Esta vivienda fue la señal de alarma para que Médicos Sin Fronteras lanzara una intervención de emergencia en Minova y en la localidad vecina de Kalungu. Nuestro equipo detectó que una avalancha de desplazados propiciada por dos conflictos diferentes estaba llegando del norte y el noroeste. A veces esto no es fácil de comprobar, porque los desplazados se integran en los núcleos de población o son acogidos por los autóctonos.

En esta zona del Congo oriental aún hay ecos del genocidio ruandés. Diferentes comunidades sufren ataques de grupos armados en las provincias de Kivu, fronterizas con Ruanda. Las fuerzas congolesas luchan también contra organizaciones armadas rebeldes. El puzzle es complejo y no solo responde a la violencia étnica sino al control por los recursos naturales y el dominio territorial.

Cosidos al exuberante paisaje de Kivu encontramos, como parches, antiguos campos de desplazados que se han convertido en asentamientos y otros nuevos que recuerdan la permanencia del conflicto. Son cicatrices que se reabren. Shamamba Katone, de 69 años, calcula que ha tenido que huir de los combates unas ocho veces a lo largo de su vida. “Vas y luego vuelves; vas y luego vuelves… Y cuando has vuelto te das cuenta de que tu casa ha sido quemada”, lamenta este congolés, a quien le cuesta recordar un periodo de paz en la región.

Pero la tragedia humana no solo responde al machete y el kaláshnikov: la falta de comida y atención médica y enfermedades como la malaria golpean a un pueblo ya maltratado por la violencia. En Kalungu, MSF intenta aliviar el sufrimiento de los desplazados. “Apoyamos un centro de atención primaria, que incluye servicios de maternidad y consultas prenatales. Referimos los casos de urgencia al hospital de Kalungu”, resume Carlos Francisco, coordinador de emergencias en esta zona.

En el hospital del pueblo, MSF paga las facturas de los pacientes: antes había ocho ingresados y ahora unos 40, lo cual revela que la gente no acude al hospital por falta de recursos. Nos guía en la visita el director del centro, Jean de la Croix; en seguida bromeamos porque se llama igual que el más conocido místico español, San Juan de la Cruz.

El doctor explica el caso de niños que han sufrido malaria o desnutrición y que gracias a la hospitalización han sobrevivido. Cuando caminamos por la maternidad, una madre que acaba de dar a luz pide una instantánea a nuestro fotógrafo, Juan Carlos Tomasi. Es una desplazada que huyó de los combates en Masisi (Kivu del Norte). “Mi hijo nació anoche, hace unas horas, y quiero una foto para enseñársela cuando sea grande”, pide Bembeleza Chiba.

El nacimiento coincide con el día del aniversario de la independencia del Congo (30 de junio). Prometemos enviar por correo electrónico la foto de este hijo de la medianoche que aún no tiene nombre. Decidimos que el intermediario será el director del hospital, porque esta es una bella misión que solo un poeta puede cumplir.

 

* Agus Morales es responsable de prensa en emergencias de MSF. En estos momentos se encuentra en República Democrática del Congo junto con el fotógrafo Juan Carlos Tomasi.

Foto: Bembeleza Chiba y su hijo, aún sin nombre, en el hospital de Kalungu (© Juan Carlos Tomasi).

Desasosiego

16 noviembre 2009

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Hace no mucho estaba en la reunión matutina con el equipo del hospital, cuando empezamos a escuchar lo que parecían personas cantando en la calle. La jefa de enfermeras, que es congoleña, se levantó y fue a mirar desde la puerta de la sala, que da a la calle. Se volvió desde el umbral y me hizo un gesto apremiante que me hizo comprender de inmediato que el día estaba a punto de cambiar.

Salí fuera, para encontrarme con unas 200 personas apiñadas alrededor de un coche de MSF. Algunos de ellos incluso se habían sentado encima, pero la mayor parte lo rodeaban, y podían verse muchísimas manos alzadas, y voces que sonaban ya, no a cantos, sino enfadadas.

Estando el responsable del proyecto de Mweso en una clínica móvil en las montañas de los alrededores, yo era la única responsable en ese momento de la seguridad en el hospital. El logista de agua y saneamiento también había salido, para construir letrinas y evitar un brote de cólera entre las 4.000 personas instaladas en un improvisado campo de desplazados a unos 45 minutos por carretera.

Resulta que un hombre había sido asesinado de un disparo la noche anterior. Nada que ver con MSF, claro, pero esta mañana, cuando nuestro vehículo abandonaba el complejo médico para comprar provisiones, fue detenido por la muchedumbre enfurecida que buscaba a los responsables. Teníamos que salir, porque era víspera de domingo y necesitábamos reponer el suministro de comida y leña para las cocinas del hospital.

Fue entonces cuando viví uno de los momentos más extraños y desasosegantes de mi estancia en Congo, por no decir de toda mi vida.

Mientras estábamos allí, el cerca de centenar de personas que había en el interior del centro médico (en su mayoría, personas que estaban esperando a las consultas y familiares de pacientes), echaron a correr inesperadamente. Un centenar de personas corriendo, de repente, huyendo de algo que quedaba fuera de mi campo visual. Resultó ser uno de los alborotadores, que había irrumpido en el hospital y estaba apedreando a la gente.

Pero todo lo que yo podía ver mientras seguía de pie a pleno sol, lo que vi durante un minuto que se me hizo eterno, eran hombres, mujeres y niños corriendo a mi alrededor, pasando a mi lado con la misma expresión de terror, y al mismo tiempo con una misma determinación. Comprendí que ya habían corrido así antes. Un millón de veces más. La gente ha tenido que correr, correr y correr, dejando atrás una aldea arrasada tras otra, un refugio improvisado tras otro, un campo de desplazados tras otro…

Foto superior: Campo de desplazados internos de Kahe, en Kivu Norte, que acoge a 18.000 personas. (© Michael Goldfarb/MSF).

Foto inferior: Desplazados huyendo con sus pocas pertenencias hacia el campo de Dubie, provincia de Katanga (© Barry Gutwein)

Lecciones aprendidas en Mpati

30 octubre 2009

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Recuerdo bien el día en que llegué a República Democrática del Congo, en marzo pasado, cruzando desde Ruanda. No podía creerme que el taxista me dejara en la frontera con un “creo que veo el coche de MSF al otro lado”. Y hacia allí que me encaminé, cruzando a pie por el fango, de un país a otro, con mi enorme maleta a cuestas. Una situación surrealista.

A menudo me acuerdo de aquel día, en el que un paso tras otro me iban conduciendo a Congo. Desde entonces, he aprendido muchas lecciones, y de lo que os quiero hablar hoy es de la que aprendí durante una campaña de vacunación contra el sarampión que organizamos hace poco en Mpati.

Mpati es un nuevo campo de desplazados internos improvisado en las montañas. Aquella mañana nos levantamos a las 5.30 de la madrugada, y realizamos un viaje de dos horas en jeep por otra de esas carreteras de barro de las que os hablaba.

El sarampión es una de los mayores “asesinos” de África, sobre todo en los campos de refugiados y desplazados. Al final del día habíamos vacunado a 1.064 niños, a los que además dispensamos mebendazol, un fármaco contra los parásitos estomacales, muy frecuentes también en estos contextos, y vitamina A, para evitar que acaben sufriendo ceguera si, a pesar de ser vacunados, acaban enfermando de sarampión.

El caso es que, durante la vacunación, conseguimos encontrar a un hombre al que habíamos diagnosticado tuberculosis en el hospital de Mweso, pero que se marchó sin esperar a recibir tratamiento porque vivía en Mpati, y había oído que MSF estaba a punto de realizar una distribución de bienes de primera necesidad allí. Y al encontrarle en Mpati, de nuevo, se negó a volver con nosotros al hospital, porque seguía esperando a que se organizara aquella distribución.

Siendo un enfermo de tuberculosis, una enfermedad contagiosa, al negarse él a someterse a tratamiento, entraban en juego cuestiones relacionadas no sólo con su salud, sino también con la salud pública. Y pensando en estos intereses de la comunidad, me vi obligada a utilizar un truco quizás discutible, pero que era necesario: enfrente de la multitud de 50 niños y una decena de madres que le rodeaban, pedí a la enfermera congoleña con la que estaba que tradujera que si no venía con nosotros al hospital, podía acabar contagiando a los niños que estaban allí. Aquello fue determinante para que volviera con nosotros en el jeep.

Durante las tres horas y media de viaje que siguieron (mientras estábamos en Mpati llovió, así que las carreteras estaban hechas una auténtica sopa de barro), no podía evitar pensar, en primer lugar, en el impacto que nuestra presencia puede tener en un país, cuando distribuyes material de primera necesidad a los desplazados, pero provocas de forma indirecta que los pacientes se marchen del hospital para no perderse esa distribución, y te arriesgas a solucionar unos problemas pero crear otros de salud pública.

Pero sobre todo no podía quitarme de la cabeza cómo es vivir en un sitio como este, en el que una persona enferma se marcha del hospital y recorre andando casi 35 kilómetros, poniendo aún más en riesgo su salud, para conseguir una pieza de plástico para guarecerse de la lluvia, una cacerola, una pieza de jabón, un cuchillo y un balde.

(Foto 1: Campaña de vacunación contra el sarampión en Nyanzale, Kivu Norte – Sami Nafartche/MSF)

(Foto 2: Vista general de Kitchanga, en el distrito de Kivu Norte – François Dumont/MSF)