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Por un poco de combustible (I parte)

20 enero 2011

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Hace unos meses un simple accidente de camión provocó cerca de 250 muertos y unos 50 heridos graves en el pueblo de Sange.

El camión maniobraba por un lateral de la carretera cuando se estrelló. Transportaba gasóleo. Los vecinos de la zona se acercaron para recoger el combustible que se salía del tanque, ¡regalo de Dios! Dos horas después se produjo una explosión, y la gente que se había reunido allí quedó atrapada por el fuego. Muchos murieron en el acto, otros resultaron heridos.

MSF intervino de inmediato para atender las necesidades médicas y psicológicas de los pacientes hospitalizados. Les atendimos en los hospitales de Sange y Panzi. El programa de salud mental que puse en marcha acompañaba a la atención médica, para así responder a las reacciones psicológicas que los pacientes pudieran experimentar en los dos meses siguientes al accidente.

En este primer periodo, los principales objetivos eran reducir el estado de estrés durante la fase aguda, y prevenir problemas post-traumáticos a largo plazo entre las víctimas directas e indirectas del incendio.

Nuestras actividades psicológicas estaban dirigidas a atender las necesidades de los pacientes hospitalizados, pero también de sus familiares y cuidadores, y del equipo médico que trabajó largas horas para brindarles una atención de calidad.

Cuando entré en la habitación en la que esperaban los familiares de los heridos, una niña pequeña, G., se me acercó. Me enseñó una foto: era de su padre, hospitalizado en la sala de tratamiento. Tenía todo el cuerpo quemado y el rostro desfigurado. Murió unos días después. La foto y el sufrimiento del duelo…

La pequeña D., de 8 años, cogió los lápices de colores y comenzó a escribir una carta multicolor. Sufrió quemaduras en el accidente, y su madre también. Es la única paciente pediátrica en la sala de tratamiento. “Vivo en mi pequeño mundo… pero está bien.  Aquí me conocen “. “De mayor, quiero ser médico”, escribe.

Abro el cuaderno azul en el que registramos a todos los pacientes que pasan consulta psicológica. Las páginas me recuerdan el olor a carne quemada. Cierro el cuaderno. Cierro los ojos y respiro profundamente. Fue la pobreza lo que provocó esta gran tragedia. ¿Por qué siempre las mayores catástrofes golpean a las personas más vulnerables?

 (Continuará)

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Fotos: El camión accidentado en Sange y pacientes atendidos por MSF (© Stella Evangelidou).

Heridas de guerra que no se curan con vendas

05 enero 2011

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

En la República Democrática del Congo, una catástrofe provoca la siguiente: las malas condiciones de salubridad llevan al cólera, las infraestructuras deficientes llevan a accidentes, y el conflicto lleva al desplazamiento de poblaciones civiles…

El país está en un constante estado de alerta, pero parece que la gente está acostumbrada a esta concatenación de desgracias…

Mi trabajo aquí consiste en establecer, junto con el personal congoleño, un sistema eficaz de atención en salud mental y psicosocial para aquellas personas que sobreviven a la violencia sexual. Esta es una guerra invisible… No hay tasas de mortalidad, sólo historias que reflejan el horror de un conflicto.

Las mujeres tienen el coraje de narrar las violaciones que han sufrido, vivencias que aturden cuando las escuchas…

N. fue raptada por militares. Tras dos meses de esclavitud sexual en su campamento, se quedó embarazada y, más tarde, consiguió escapar. Volvió a su casa embarazada de un bebé que no quería tener, pero el aborto es ilegal en este país.

C. fue violada cuando volvía del mercado. Cuando su marido se enteró, la echó de casa como si la culpa fuera suya.

 P. vio cómo los militares mataban a su marido a tiros. Después, irrumpieron en su casa y violaron delante de sus hijos.

Estas son heridas de guerra que no pueden curarse con vendas y medicinas.

La “epidemia de violaciones” en la RDC está considerada como la peor del mundo. Se describe habitualmente a la violencia sexual como un arma con la que se intimida a la población civil. Aquí en Kalonge hay dos escenarios principales para este drama: el primero, cuando las mujeres recogen leña o labran campos que están lejos de sus pueblos y cerca de los bosques donde los militares tienen sus campamentos, y el segundo, cuando se producen ataques armados durante la noche contra las aldeas.

Debido a la discriminación y el estigma en el seno de las familias y de las comunidades, las mujeres tienden a hablar de las violaciones demasiado tarde, cuando los síntomas mentales y físicos son graves.

Por eso, sensibilizar a las comunidades rurales sobre la violencia sexual es de gran importancia, y por esta razón hemos formado a personas de estas comunidades para que trabajen como promotores y educadores sanitarios.

A lo largo de todo el día sigo dando vueltas a las historias que estas mujeres me han contado. Ni siquiera consigo concentrarme en el libro que hace dos semanas no podía dejar de leer. Me acuesto cansada. ¿A cuántas mujeres violarán esta noche?

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Foto 1: La pequeña Pierrete fue violada por los hombres armados que la retuvieron durante dos meses. Este de RDC. (© Julie Rémy)

Foto 2: Mujeres en Kalonge, RDC. (© Stella Evangelidou).

Foto 3: Formación e atención psicosocial para el personal congoleño de MSF, en Kalonge, RDC (© Stella Evangelidou)

Una psicóloga en el bosque congoleño

27 diciembre 2010

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

¿Quién dijo que los psicólogos sólo trabajan en clínicas psiquiátricas, hospitales, universidades o en sus despachos esperando a pacientes a los que cobrar bien caro…? MSF ha integrado el apoyo psicosocial y los cuidados de salud mental en su programa médico como componentes inseparables de una atención de calidad.

Me presento: soy psicóloga de apoyo técnico en Kivu Sur, en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Empecé esta misión, inicialmente de tres meses, con la idea de reforzar la parte psicológica del programa de violencia sexual desarrollado en Kalonge. Sin embargo, este periodo de tiempo se amplió, ya que son muchas las necesidades en cuanto a salud mental de los pacientes de los proyectos médicos que MSF ha emprendido en toda la provincia. Por ejemplo, tuvimos que responder a las traumáticas consecuencias de un desgraciado accidente en Sange, del que os hablaré en próximos posts.

La psicología es una disciplina terapéutica preventiva y curativa, que siempre va “aderezada” con las creencias culturales. En el marco de la labor humanitaria, la psicología tiene un enfoque psicosocial. De esta manera, hablamos más de “seres sociales” y no tanto de “individuos”. El contexto social está fuertemente relacionado con el bienestar psicológico. La familia ampliada y la comunidad son factores sociales que dan forma a la configuración psicológica de una persona.

En RDC, la mayoría de los psicólogos asocian la disciplina de la psicología con las creencias religiosas y la ayuda socio-económica. Es un proceso más externo que interno: la ayuda se encuentra fuera de uno mismo: son el “Dios proveerá” y el “alguna organización humanitaria nos dará algo de comida para hoy”.

Como psicóloga expatriada que trabaja en Congo, el mayor desafío al que me he enfrentado ha sido el colaborar con los psicólogos congoleños, animarles a trabajar en la línea de inculcar la resiliencia en los pacientes. ¿Cuáles son los factores mentales, sociales, morales y espirituales que pueden ayudarles a hacer frente a una experiencia traumática? ¿Cómo podemos ayudar a los pacientes a ayudarse a sí mismos?

En definitiva, es el pasar a “Dios nos ayudará si personalmente nos esforzamos por superar las dificultades” o al “una organización humanitaria nos dará algo de comida para hoy, ¿pero qué pasará mañana?

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Foto superior: Las colinas de Kalonge, RDC (© Stella Evangelidou)

Foto inferior: Sesión de formación en salud mental del personal congoleño, en Haut-Plateaux (© Stella Evangelidou)

Relato de lo inesperado

31 diciembre 2009

Por Pavithra Natarajan (MSF, RDCongo)

Uno de los días que más me han marcado de mi estancia en Congo fue aquel en que vi a una bebé que había sido atacada por una rata. Nunca imaginé que podría ver algo así en el centro médico. Como me dijo nuestro enfermero jefe: “ah, la vida en Congo es así, siempre triste”.

Me avisaron de lo ocurrido al llegar a la unidad de cuidados intensivos a primera hora de la mañana. “Tenemos un problema: una bebé con infección neonatal ha sido atacada por una rata”. Al principio no me lo podía creer, pensé incluso que había entendido mal el francés del enfermero.

Pero lamentablemente era cierto. Esta pequeña tragedia ha sido la peor de todas las que he presenciado desde que llegué a trabajar aquí. Peor que los pacientes con graves quemaduras, peor que aquella muchacha con un horrible cáncer terminal por la que no pudimos hacer nada.

La herida que presenta en la cabeza es del tamaño de una naranja. La rata consiguió llegar hasta ella a pesar de estar ingresada en cuidados intensivos, a pesar de que su madre dormía junto a ella. Y ahora seguro que no va a sobrevivir a la infección que le estábamos tratando.

Tiene fiebre y un alto riesgo de contraer el tétanos. Cambiamos inmediatamente el antibiótico para ponerle el más potente de que disponemos aquí, ceftriaxone, y le administramos además metronidazol, para prevenir infección por bacterias anaeróbicas, y una inyección de inmunoglobulina tetánica.

Y de paso compramos seis trampas para ratas.

Ahora puedo deciros que la historia terminó bien. La pequeña se recuperó, y en menos de una semana le habíamos dado el alta. Y desde entonces, al llegar a la unidad de cuidados intensivos cada mañana, los enfermeros me reportaban el número de ratas que habían matado la noche anterior. Como dicen aquí, “tout est bien qui finit bien”, que viene a ser como “bien está lo que bien acaba”.

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Foto: Françoise, paciente con graves quemaduras, espera con su madre a ser atendida para la cura diaria de sus heridas. Hospital de MSF en Rutshuru, Kivu Norte, RDCongo (© Martin Beaulieu).

El rostro de Congo

16 diciembre 2009

Por Pavithra Natarajan (MSF, RDCongo)

Creo que nunca voy a olvidarla. Sabía que iba a venir al hospital. Cuando por fin lo hizo, lo primero que pensé fue en la necesidad de aislarla en alguna zona tranquila del hospital, lejos de la muchedumbre de pacientes que también esperaban consulta. Pero no lo hice: pensé que me quedaba poco para terminar la ronda que estaba haciendo por las salas donde están ingresados los niños con desnutrición y que enseguida estaría con ella.

Me equivoqué, por desgracia. Para cuando llegamos a la sala de consultas externas, los gritos me hicieron darme cuenta del error que había cometido. Todo lo que pude ver en un primer momento fueron los rostros preocupados de tres enfermeros que la rodeaban intentando calmarla. Seguida por medio centenar de miradas más, crucé la sala rápidamente y, con la ayuda de su madre, la saqué de allí.

Era una niña de 10 años, que había sido violada hace dos meses por un soldado, junto a su madre, que fue agredida al mismo tiempo por otro. Luego, los dos se llevaron a la niña al bosque. Su madre estuvo una semana buscándola. La encontró cubierta de heridas y costras de la cabeza a los pies, e incapaz de hablar. Aún tiene cicatrices en la muñeca derecha, por la que la tuvieron atada. Cada vez que ve a un hombre, grita.

Las anteriores consultas habían sido con un psicólogo, que en principio intentó tratarla, pero sin éxito. De ahí que decidiéramos hacerle un examen neurológico. No soy pediatra. Y por otra parte, los exámenes neurológicos son complicados incluso en Reino Unido, donde trabajo habitualmente. Y además si tienes que hacerlo comunicándote en francés, y que de ahí se traduzca al Kinyarwanda, todo se complica aún más.

Nos llevó casi una hora llegar a la conclusión de que, efectivamente, padecía lesiones neurológicas. Antes, solía cantar en el coro de la iglesia y también le gustaba bailar. Ahora sólo puede arrastrar los pies, con un andar entumecido y rígido. Parece incapaz de deglutir, o simplemente no lo hace. Ahora la llevaremos a Kigali, en Ruanda, para realizarle un escáner cerebral, pero sea cual sea el resultado –creo que el origen está en una contusión o una hemorragia-, no hay nada más que podamos hacer por ella.

Cuando terminamos, me marché a la base de MSF, situada a sólo 100 metros de distancia del hospital. Intenté no cruzar la mirada con nadie, pero se me saltaron las lágrimas antes de llegar a la puerta de nuestra casa. Me acordé de que, de mi última estancia en Kigali, me había traído varias pelotas y uno de esos juguetes para hacer burbujas con agua y jabón. Así que regresé al hospital. “Zawadi”, les dije a ella y a su madre, que significa “regalo” en swahili. La senté conmigo en el suelo y le enseñé a usarlo. Sonrió una vez.

Cuando me marché a casa, volví a sufrir una pequeña crisis. Aquí la violencia sexual no es sólo una epidemia, es un arma de guerra. Entonces me acordé de los partidillos de fútbol que solemos jugar con los chavales de Mweso. Niños sanos en los que me gusta pensar. Pero eso no me quita de la cabeza la imagen de esta madre valiente, que está en algún lugar de la carretera, volviendo a su casa con su niña y con lo poco que le pudimos ofrecer en el hospital de Mweso. Más bien nada, aparte de las burbujas.

(Foto superior: La pequeña Pierrete fue violada por los hombres armados que la retuvieron durante dos meses. Este de RDCongo. © Brigitte Breuillac/MSF)

(Foto inferior: Una mujer víctima de violación, paciente del hospital de MSF en Nyazale, Kivu Norte. © Julie Rémy)

Desasosiego

16 noviembre 2009

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Hace no mucho estaba en la reunión matutina con el equipo del hospital, cuando empezamos a escuchar lo que parecían personas cantando en la calle. La jefa de enfermeras, que es congoleña, se levantó y fue a mirar desde la puerta de la sala, que da a la calle. Se volvió desde el umbral y me hizo un gesto apremiante que me hizo comprender de inmediato que el día estaba a punto de cambiar.

Salí fuera, para encontrarme con unas 200 personas apiñadas alrededor de un coche de MSF. Algunos de ellos incluso se habían sentado encima, pero la mayor parte lo rodeaban, y podían verse muchísimas manos alzadas, y voces que sonaban ya, no a cantos, sino enfadadas.

Estando el responsable del proyecto de Mweso en una clínica móvil en las montañas de los alrededores, yo era la única responsable en ese momento de la seguridad en el hospital. El logista de agua y saneamiento también había salido, para construir letrinas y evitar un brote de cólera entre las 4.000 personas instaladas en un improvisado campo de desplazados a unos 45 minutos por carretera.

Resulta que un hombre había sido asesinado de un disparo la noche anterior. Nada que ver con MSF, claro, pero esta mañana, cuando nuestro vehículo abandonaba el complejo médico para comprar provisiones, fue detenido por la muchedumbre enfurecida que buscaba a los responsables. Teníamos que salir, porque era víspera de domingo y necesitábamos reponer el suministro de comida y leña para las cocinas del hospital.

Fue entonces cuando viví uno de los momentos más extraños y desasosegantes de mi estancia en Congo, por no decir de toda mi vida.

Mientras estábamos allí, el cerca de centenar de personas que había en el interior del centro médico (en su mayoría, personas que estaban esperando a las consultas y familiares de pacientes), echaron a correr inesperadamente. Un centenar de personas corriendo, de repente, huyendo de algo que quedaba fuera de mi campo visual. Resultó ser uno de los alborotadores, que había irrumpido en el hospital y estaba apedreando a la gente.

Pero todo lo que yo podía ver mientras seguía de pie a pleno sol, lo que vi durante un minuto que se me hizo eterno, eran hombres, mujeres y niños corriendo a mi alrededor, pasando a mi lado con la misma expresión de terror, y al mismo tiempo con una misma determinación. Comprendí que ya habían corrido así antes. Un millón de veces más. La gente ha tenido que correr, correr y correr, dejando atrás una aldea arrasada tras otra, un refugio improvisado tras otro, un campo de desplazados tras otro…

Foto superior: Campo de desplazados internos de Kahe, en Kivu Norte, que acoge a 18.000 personas. (© Michael Goldfarb/MSF).

Foto inferior: Desplazados huyendo con sus pocas pertenencias hacia el campo de Dubie, provincia de Katanga (© Barry Gutwein)

Hola desde Mweso

23 octubre 2009

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Mweso, mi nuevo hogar en Congo. Hasta agosto estuve trabajando en el proyecto de Kitchanga, también en Kivu Norte, pero me trasladaron aquí. Y he pasado de las clínicas móviles en la jungla y los ríos a llevar todo un hospital con 140 camas, principalmente ocupadas por niños y mujeres embarazadas, lo cual al comienzo fue francamente tremendo.

Además, al poco de llegar hubo nuevos cambios en el equipo, así que ahora llevo también la farmacia del hospital y toda la logística relacionada con ella, y superviso a un equipo de 30 enfermeras, además de a otros seis médicos. Sumad esto a la supervisión médica del hospital, incluyendo la unidad de cuidados intensivos, y tendréis un resultado muy cuantificable: 20 llaves colgando de mi cinturón. Ah, también llevo una radio.

Trabajo junto con un equipo de médicos del Ministerio congoleño de Salud. Es parte de nuestra política de respaldar las infraestructuras sanitarias locales en lugar de sustituirlas con médicos venidos de fuera del país, una estrategia en la que creo firmemente. Pero tengo la sensacoón de que voy a necesitar todas mis habilidades negociadoras… en francés.

La patología aquí, como médico que soy, me parece muy interesante desde el punto de vista profesional, pero la falta de medios de diagnóstico me descoloca un poco. Nada de rayos X, claro, pero ni siquiera instalaciones para cultivos. Al menos tenemos una máquina “FBC” para análisis hematológico, además de un microscopio de examen de deposiciones y urina, y podemos realizar las pruebas de diagnóstico para la hepatitis B y C, la sífilis y el VIH.

Tenemos muchos casos de tuberculosis, malaria, desnutrición, neumonías, gastroenteritis, y ocasionalmente pacientes con cardiopatías, nódulos linfáticos masivos, y otros casos raros en los que, por muchas vueltas que les demos, no hay forma de confirmar el diagnóstico.

Mweso es una aldea pequeña con una calle principal. Los demás “expatriados” (como llamamos en MSF a los trabajadores internacionales) piensan que estoy loca cuando la llamo “la calle principal”, porque no es más que una carretera de barro, flanqueada por casas de adobe, que a su vez están coronadas por techos de paja, todo ello animado por cabras. Y poco más. Pero a mí me da una cierta sensación de normalidad.

En comparación, el hospital es enorme. La gente viene de las aldeas de aquí cerca, y de las no tan cerca. Algunos incluso vienen de un pueblo situado en las montañas al que nosotros solíamos ir con las clínicas móviles, y tardan unas seis horas en llegar a Mweso.

Desde mi vieja habitación en Kitchanga, veía verdes montañas y atardeceres espectaculares. Aquí, en Mweso, mi habitación en la casa de MSF está puerta con puerta con la oficina, y mis vistas son una pared de piedra gris y, en la cima de la colina, el campo de desplazados internos. Personas que han huido de sus casas, algo terriblemente común en Congo. Os lo contaré en próximos posts.