Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Hace unos meses un simple accidente de camión provocó cerca de 250 muertos y unos 50 heridos graves en el pueblo de Sange.
El camión maniobraba por un lateral de la carretera cuando se estrelló. Transportaba gasóleo. Los vecinos de la zona se acercaron para recoger el combustible que se salía del tanque, ¡regalo de Dios! Dos horas después se produjo una explosión, y la gente que se había reunido allí quedó atrapada por el fuego. Muchos murieron en el acto, otros resultaron heridos.
MSF intervino de inmediato para atender las necesidades médicas y psicológicas de los pacientes hospitalizados. Les atendimos en los hospitales de Sange y Panzi. El programa de salud mental que puse en marcha acompañaba a la atención médica, para así responder a las reacciones psicológicas que los pacientes pudieran experimentar en los dos meses siguientes al accidente.
En este primer periodo, los principales objetivos eran reducir el estado de estrés durante la fase aguda, y prevenir problemas post-traumáticos a largo plazo entre las víctimas directas e indirectas del incendio.
Nuestras actividades psicológicas estaban dirigidas a atender las necesidades de los pacientes hospitalizados, pero también de sus familiares y cuidadores, y del equipo médico que trabajó largas horas para brindarles una atención de calidad.
Cuando entré en la habitación en la que esperaban los familiares de los heridos, una niña pequeña, G., se me acercó. Me enseñó una foto: era de su padre, hospitalizado en la sala de tratamiento. Tenía todo el cuerpo
quemado y el rostro desfigurado. Murió unos días después. La foto y el sufrimiento del duelo…
La pequeña D., de 8 años, cogió los lápices de colores y comenzó a escribir una carta multicolor. Sufrió quemaduras en el accidente, y su madre también. Es la única paciente pediátrica en la sala de tratamiento. “Vivo en mi pequeño mundo… pero está bien. Aquí me conocen “. “De mayor, quiero ser médico”, escribe.
Abro el cuaderno azul en el que registramos a todos los pacientes que pasan consulta psicológica. Las páginas me recuerdan el olor a carne quemada. Cierro el cuaderno. Cierro los ojos y respiro profundamente. Fue la pobreza lo que provocó esta gran tragedia. ¿Por qué siempre las mayores catástrofes golpean a las personas más vulnerables?
(Continuará)
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Fotos: El camión accidentado en Sange y pacientes atendidos por MSF (© Stella Evangelidou).







La senté conmigo en el suelo y le enseñé a usarlo. Sonrió una vez.
Estando el responsable del proyecto de Mweso en una clínica móvil en las montañas de los alrededores, yo era la única responsable en ese momento de la seguridad en el hospital. El logista de agua y saneamiento también había salido, para construir letrinas y evitar un brote de cólera entre las 4.000 personas instaladas en un improvisado campo de desplazados a unos 45 minutos por carretera.
Además, al poco de llegar hubo nuevos cambios en el equipo, así que ahora llevo también la farmacia del hospital y toda la logística relacionada con ella, y superviso a un equipo de 30 enfermeras, además de a otros seis médicos. Sumad esto a la supervisión médica del hospital, incluyendo la unidad de cuidados intensivos, y tendréis un resultado muy cuantificable: 20 llaves colgando de mi cinturón. Ah, también llevo una radio.
Mweso es una aldea pequeña con una calle principal. Los demás “expatriados” (como llamamos en MSF a los trabajadores internacionales) piensan que estoy loca cuando la llamo “la calle principal”, porque no es más que una carretera de barro, flanqueada por casas de adobe, que a su vez están coronadas por techos de paja, todo ello animado por cabras. Y poco más. Pero a mí me da una cierta sensación de normalidad.

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