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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Entradas etiquetadas como ‘emergencias’

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF Comité Español

Chubat, 12 años, Sudán del Sur. Su escuela fue quemada en un combate.

Fati*, 15 años, Nigeria. Pasó cuatro meses secuestrada por Boko Haram.

Abdulghani, 9 años, y Hassan, 6, Siria. Permanecen en Alepo, donde beben agua contaminada cuando hay cortes en el suministro.

Mohanned, 5 años, Yemen. Sufre desnutrición aguda grave.

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas marcadas por un conflicto o una crisis. Son solo cuatro de los 535 millones de niños que viven en países afectados por situaciones de emergencia.

 

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Chubat y una amiga en las ruinas de lo que era su escuela en Sudán del Sur /© UNICEF/UN018992/George

Cuando sucede un conflicto o un desastre natural los niños son los más vulnerables. La inseguridad alimentaria les pone en riesgo de sufrir desnutrición. La falta de agua y saneamiento facilita la aparición de enfermedades transmitidas a través del agua. El cierre de escuelas causa que muchos niños estén meses, o incluso años, sin ir a clase. Las experiencias que viven les dejan traumatizados.

Por eso es fundamental llegar a estos niños con tratamientos contra la desnutrición, con agua potable, con material escolar y educación, con apoyo psicológico. La ayuda humanitaria es básica tanto para afrontar los primeros momentos tras una emergencia, como la recuperación a largo plazo de las personas afectadas.

Umara, 7 meses, Nigeria. Pasó de 4,2 kg a 5,1 kg de peso durante los 20 días de tratamiento contra la desnutrición.

Rafi, 3 años, Irak. Ha podido afrontar las bajas temperaturas invernales con la ropa de abrigo que recibió de UNICEF.

Nyaruot, 14 años, Nyachan, 11, y Nyaliep, 3, Sudán del Sur. Pudieron reunirse con sus padres después de dos años separadas de ellos.

Maxim, 8 años, Ucrania. Recibe apoyo psicológico para superar los traumas causados por la violencia en su país, como la muerte de su padre.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Rafi sujeta sonriente la caja con ropa de invierno que le ha dado UNICEF/ © UNICEF/UN042749/Khuzaie

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas que ya han dado un paso en el camino hacia un futuro mejor.

Sus logros demuestran que los niños en situaciones de emergencia nos necesitan. Por eso UNICEF ha lanzado Acción Humanitaria para la Infancia 2017, el mayor llamamiento de fondos de toda su historia. El objetivo es ambicioso: llegar a 48 millones de niños en 48 países.

Chubat, Fati*, Abdulghani, Hassan, Mohanned, Umara, Rafi, Nyaruot, Nyachan, Nyaliep y Maxim demuestran que el esfuerzo vale la pena.

*Nombre ficticio.

Ciclón Winston: la maleta que salvó a su bebé

Por Joseph Hing, UNICEF en el Pacífico.

Conocí a una madre que sobrevivió a la tormenta junto a sus dos hijos, uno de ellos de tan solo un año de edad.

Cuando el viento empezó a soplar con fuerza supo que debía ponerlos a salvo. El viento era demasiado fuerte como para abandonar la casa, por lo que se acurrucaron en medio del salón esperando a que la tormenta pasara.

Sin embargo la tormenta seguía intensificándose, llevándose poco a poco trozos de la casa. El tejado fue lo primero. Después las paredes. La madre y sus niños quedaron sin nada para protegerse.

Fue entonces cuando encontró cerca de ella una maleta. Su bebé era lo suficientemente pequeño como para caber dentro. La madre lo metió en la maleta y puso su cuerpo encima como un escudo.

Le cayeron varias ramas y escombros encima de la espalda, pero estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario para proteger a su bebé.

Cuando el pueblo estaba justo debajo del ojo del ciclón, aprovecharon para correr hacia el centro de evacuación, a 200 metros de distancia. Solo tenían 30 segundos hasta que la tormenta volviera a hacerse fuerte. Los tres consiguieron llegar al centro a salvo. La maleta la dejaron en casa.

Cuando pasó la tormenta, me llevó a lo que quedaba de su casa. Me enseñó dónde se escondieron y la maleta que había salvado la vida de su bebé. No podía creerme que una maleta pudiera haberle dado refugio.

Ciclón Winston: la maleta que salvó a su bebé

Salome muestra la maleta en la que esondió a su bebé para protegerle del ciclón /© UNICEF/UN011244/Hing

En el primer pueblo que visité, como miembro de UNICEF para cubrir la emergencia, parecía que alguien había cogido una antorcha y  lo había quemado todo. La devastación era inimaginable, solo quedaban árboles rotos, montones de escombros. Todo había desaparecido.A medida que nos acercábamos a la costa, percibimos un horrible olor a ganado muerto. Fue entonces cuando supimos que la situación era peor de lo que nos imaginábamos.

Los niños corrieron hacia nosotros y nos ayudaron a amarrar los barcos. Sabían que habíamos traído provisiones. Me ayudó un niño, que tendría nueve o diez años. Al mirarme, se dio cuenta de que estaba en shock y habló por los dos: “no tiene buena pinta, ¿eh?”

Cuando todos creían que la peor parte de la tormenta había pasado, se produjo una marejada ciclónica. Los habitantes de Nasau lo describieron como si se tratara de un tsunami.

Los habitantes habían creado un camino que pasaba por una empinada colina hasta llegar a un terreno más alto. Se podían distinguir las marcas de uñas en el barro de aquellos que habían trepado hasta la cima. Una abuela y su nieto de cuatro años estaban escalando cuando les sorprendió la ola.

Les cogió por sorpresa. La ola arrancó al nieto de los brazos de su abuela. El niño estiró los brazos desesperadamente y pudo agarrarse a algo. El nieto no paraba de gritar y pedir auxilio mientras que las olas le arrastraban. El sonido de sus gritos atrajo al tío de la familia, que finalmente consiguió sacar al niño del agua.

Debió ser una situación aterradora para cualquiera, pero incluso más para un niño tan pequeño y para su abuela.

Cuando conocí a la abuela me comentó que simplemente estaba agradecida de que su familiar siguiera con vida. “Puedes perder todos los bienes materiales, pero lo más importante es la vida”.

En el ojo del tifón

Por Agus Morales, Unidad de Emergencias de Médicos Sin Fronteras en Filipinas

MSF-Burauen

 

Durante unos minutos todo está en calma. Hay que imaginarse el cielo despejado y corrientes de aire reordenándose. El ojo del tifón Haiyan está pasando por encima y pronto los vientos huracanados intentarán arrasarlo todo.

Esta es la experiencia de algunas de las comunidades en la isla de Leyte, una de las zonas más afectadas por la catástrofe. Me lo cuenta Manfred Murillo, logista de Médicos Sin Fronteras. En una de esas localidades, el equipo departió con un cura que les explicó cómo la gente se refugió en la iglesia para resguardarse del tifón, cuyos vientos llegaron a alcanzar los 300 kilómetros por hora. Los lugareños se desplazaban a un lado u otro del edificio según el paso del tifón y el ataque del viento.

Los filipinos estaban muy preparados, estoy sorprendido. En casi todas las municipalidades que visitamos, la gente se cobijó ante la llegada del tifón. En uno de los pueblos, las únicas tres personas que murieron son las que no quisieron ponerse a buen recaudo”, comenta Murillo.

Es lo que aquí llaman “centros de evacuación”: los grandes edificios a los que acudir en este tipo de situaciones. Pueden ser iglesias, escuelas o ayuntamientos; la mayoría de las casas no son seguras. A Murillo le interesa mucho este tema. Célebre entre sus compañeros por su proverbial sentido del humor, el logista se olvida de la socarronería y se pone serio para hablar de materiales de construcción y desastres naturales.

Estamos en una discreta vivienda de tres plantas del distrito de Burauen, al sur de Tacloban, donde el equipo de MSF pasa la noche entre velas y latas de conservas. Es uno de los pocos edificios habitables en la zona para un grupo nutrido de personas.

Esta casa es perfecta para tifones, pero es una tumba si hay un terremoto. ¿Por qué? Porque es de cemento. En cambio, muchas de las viviendas que se han venido abajo son perfectas para un terremoto, porque son livianas y si te caen encima no pasa nada, ilustra el costarricense.

Tanto en Burauen como en otras zonas de la isla, los filipinos intentan rehabilitar sus casas devoradas por la tormenta o apuestan por construir nuevas viviendas. Por las tardes, queman los escombros del desastre y una nube tóxica (madera, basura, vegetación) se mezcla en el ambiente con el calor tropical. Parece un rito oriental para que arda todo lo relacionado con el tifón y los hogares y la vida se renueven.

Se ha repetido hasta la saciedad que los habitantes del archipiélago están acostumbrados a catástrofes naturales, pero quizá el problema es que nadie podía estar preparado para la violencia del tifón Haiyan. Ahora los filipinos quieren olvidarlo.

 

Agus* Agus Morales, periodista de Médicos Sin Fronteras para las intervenciones de emergencias, se encuentra en Filipinas desde el pasado 14 de noviembre para documentar las durísimas consecuencias del tifón Haiyan sobre la población filipina. Durante los últimos días, ha estado en el distrito de Burauen, en la isla de Leyte. Todavía impresiona ver a los niños jugando entre las ruinas en un paisaje devastado, pero la población está decidida a salir adelante y recuperar la normalidad.

 (Sigue en este blog los testimonios del personal de Médicos Sin Fronteras desde Filipinas)

 

Los pueblos sin gente de la República Centroafricana

Por Lali Cambra (Médicos Sin Fronteras)

No se ve gente en los pueblos, las aldeas están abandonadas, la gente sigue buscando refugio en los campos, lejos de los núcleos urbanos”. Así me describe la situación de la República Centroafricana (RCA) Liliana Palacios, coordinadora médica de los proyectos de Médicos sin Fronteras (MSF), que se encuentra de visita en el país.

Casi seis meses después de que los grupos armados de la coalición opositora Séléka avanzara desde el norte del país en marzo hasta tomar la capital, Bangui, y forzara al exilio al presidente François Bozizé, la emergencia humanitaria se recrudece en el país, con buena parte de su población desplazada. Liliana dice que lo importante ahora mismo es tratar de evitar que una situación que ya era crítica antes del golpe de Estado se agudice aún más, “pero para eso es necesaria la extensión de la ayuda humanitaria suficiente en el resto del país porque las necesidades son ingentes”.

Mujeres con sus niños esperando consulta con MSF (© Emilio Cuadrado).

Mujeres con sus niños esperando consulta con MSF en Bouca (© Emilio Cuadrado).

Mi anterior visita a la República Centroafricana fue en noviembre, meses antes del golpe de Estado -recuerda-, e impresiona ver cuán diferente es ahora: no se ve gente en los caminos, las aldeas siguen abandonadas y en la zona de Batangafo, en el norte del país, la población sigue viviendo desplazada en los campos. En el resto del país es similar”.

En Batangafo, el hospital de MSF mantiene las actividades regulares que lleva ofreciendo desde 2006. El número de consultas ha aumentado en 5.000 casos entre enero y julio con respecto al año pasado (de casi 33.000 a casi 38.000), un incremento que podría deberse a la no apertura de algunos puestos de salud en la zona después del golpe de Estado (que forzó al personal del ministerio de salud a buscar refugio, principalmente en la capital).

Y, como siempre, es la malaria la primordial causa de búsqueda de atención médica entre la población: 31.556 casos registrados entre enero y julio, entre los llegados al hospital y a los puestos de salud. “Por lo general son los menores de cinco años los que aparecen con malarias graves que requieren ingreso, es decir, que la malaria viene ya complicada con una anemia severa o con malnutrición”. El 83% de entre los más de 1.800 pacientes ingresados en el hospital por malaria grave son niños.

En la República Centroafricana, uno de los países más pobres del mundo, cuyos habitantes cuentan con una expectativa de vida de apenas 48 años, en el que el sistema de salud público es deficitario hasta casi la inexistencia y donde apenas hay campañas de vacunación establecidas, los niños son las primeras víctimas en sucumbir ante cualquier turbulencia que altere su frágil existencia. La malaria arremete cada año cobrándose centenares de miles de vidas y, cuando aparece combinada con el sarampión o con la desnutrición, provoca que las tasas de mortalidad entre la población infantil se disparen.

La tumba del nieto de un jefe de "quartier" (barrio) en RCA (© Juan Carlos Cano).

La tumba del nieto de un jefe de “quartier” (barrio) en la localidad de Amada Gaza en RCA, fotografiada durante la misión exploratoria de MSF (© Juan Carlos Cano).

Juan Carlos Cano finalizó una misión de exploración que llevó a un pequeño equipo de MSF a diferentes regiones del país, y cuenta que en el oeste, en Gadzi, en Sosso, en Boda, vieron el efecto del desplazamiento de la población, la falta de alimentación adecuada, la vulnerabilidad ante, por ejemplo, el sarampión. “Había tumbas pequeñas, excavadas recientemente al lado de las casas. Sepultan los cuerpos de los niños cerca de la residencia porque creen que ayuda a la madre a volver a quedarse embarazada. Nunca había visto algo igual, cada casa, cada dos casas, una tumbita, a veces dos”, me explica.

MSF ha ampliado recientemente sus proyectos en Bossangoa, Bria, Gadzi y Bouca, que se añaden a los siete regulares que la organización ya operaba en diferentes provincias del país. Buena parte de los proyectos de emergencia se centran en la población más vulnerable, los menores de 5 años. En Gadzi, se iniciará próximamente una vacunación masiva de 27.000 niños contra el sarampión (que combinado con desnutrición o malaria puede resultar letal). En Bouca, cuyos cien kilómetros de distancia con Batangafo se recorren en más de tres horas en coche, las clínicas móviles atienden eminentemente a niños, madres y casos graves.

 

Impresionan las largas colas de mamás con sus bebés, el saber que durante mucho tiempo no han tenido atención médica, que recorren kilómetros para llegar a las clínicas móviles con sus niños”. La gran mayoría, de nuevo, son pacientes afectados por malaria (casi 700 de unos 1.200). Liliana me explica que, por el momento, ni en Bouca ni en Batangafo están detectando niveles alarmantes de desnutrición (28 casos de desnutrición severa en Bouca, donde se iniciaron las clínicas móviles a principios de agosto), “pero todo depende de lo que pase en los próximos meses, la gente está ahora sembrando, más tarde de lo debido, por los problemas de desplazamiento e inseguridad; eso quiere decir que la cosecha será también más tarde y menor de lo habitual. Si llegamos a ver niveles alarmantes en esta zona, será dentro de unos meses”.

MSF ha dado la voz de alarma sobre la emergencia humanitaria en repetidas ocasiones antes del reciente golpe de Estado, pero sobre todo, después de que la ofensiva y toma del poder de Séléka iniciara un período de mayor turbulencia y caos en el país y exacerbara antiguas rivalidades, más o menos soterradas, étnicas económicas y políticas, con miles de personas desplazadas. La situación en el país es todavía muy volátil.

Han sido muchas las voces a nivel internacional, de instituciones y organismos, que llaman a ampliar la ayuda a la población de RCA. Se observa una creciente presencia de ONG y de agencias de la UN, pero no son ni suficientes ni lo suficientemente rápidas. Las necesidades que la población todavía presenta, debido su falta de acceso a servicios básicos, son enormes, mucho mayores que la respuesta que ahora mismo se está proporcionando.

 

(También desde República Centroafricana: Bruno da Silva Machado, administrador de terreno de Médicos Sin Fronteras en Ndélé.)

 

Memorias del RUSK. Parte I: golpes al hígado.

Por J. Mas Campos, coordinador de emergencias de MSF en Kivu Sur, República Democrática del Congo

Hace mucho tiempo que no daba señales de vida, desde el brote de ébola. Disculpen, fueron tiempos azorados, frenéticos, preñados de aprendizaje, rabia y coraje. O eso, o que el trabajo me volvió algo introvertido.

Tómense estos posts como repaso y despedida. He pasado los últimos 10 meses embarcándome en toda clase de emergencias en la República Democrática del Congo, más concretamente en la provincia de Kivu Sur. Las siglas del equipo son RUSK, Réponse d’Urgence Sud Kivu, una reducida unidad de respuesta rápida formada por expatriados y congoleños bien avenidos, que viaja ligera, trabaja rápido y se acompasa armoniosa como un acordeón (insha’allah) en los momentos de trabajo de mayor sobrecarga.

Estos 10 meses requieren, de la parte de un amnésico como yo, una cronología de efemérides que pretenda ser mi particular cuaderno de bitácora para no perder memoria de cuanto acaeció en este interregno. Intentémoslo, pero ya les aviso que será largo y vendrá por partes:

Septiembre de 2012. Hace calor y fumo demasiado. La encomienda de las emergencias debuta a lo grande con una de las más terribles fiebres que existen en el mundo, las hemorrágicas del Ébola en Isiro, Provincia Oriental de Congo. Si lo recuerdan, ya desacralicé su aura demoníaca en otra historia “novelada”.

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Octubre, sudor y entrenamiento: aterrizo en el RUSK y comienzo un aprendizaje exhaustivo para prepararme como emergencista. Como peso pluma que soy en esto, encajo los primeros golpes en el hígado al enfrentar las turbulencias propias de cada comienzo: los puentes se quiebran a nuestro paso, las carreteras se hunden… qué diablos, nadie dijo que fuera a ser fácil. Pero apretamos los dientes y nos decimos, como en el poema de Kipling: músculos, ¡resistid!

En noviembre repican marciales las marchas bélicas en la lejanía: estamos al quite en todo el feo embrollo del grupo insurrecto M–23, cuando la ciudad de Goma cae ante sus legiones en poco más de tres días. Al sentarse los grandes generales a negociar, finalmente la guerra no llega a desatarse. El equipo médico del RUSK colabora en la “re-apertura” del proyecto de Minova tras su evacuación. Aliviados por la incruencia y la benignidad del desenlace (si bien, momentáneo), deponemos los escudos, pero proseguimos la guardia.

Diciembre y enero nos deparan la oportunidad de emprender una acción preventiva contra una epidemia de sarampión que ya había contagiado a más de 700 niños en una inestable y volátil zona del Kivu Sur, Bunyakiri. Luego de asegurarnos de que a los niños ya enfermos se les dispensa el tratamiento adecuado, durante 6 semanas recorremos largas distancias en coche, en motocicleta y a puro pie por parajes de selva, montañas y barro.

Tenemos la inmensa buenaventura de conocer paisajes de una exuberancia y belleza tales, que a veces me pregunto quién es el verdadero beneficiario de este trabajo: son increíbles los hallazgos que, sin buscarlos, puedes encontrarte… los hay que pagarían fortunas con tal de presenciar tales portentos.

Al cabo de las Navidades, y a pesar de las vacaciones y sus colegios cerrados, en contra de las grandes distancias que las madres y los niños deben recorrer para acceder a los sitios de vacunación de MSF, pese a la lluvia torrencial o al calor tempestuoso, y, sobre todo, a despecho de la violencia y las armas que dejan pendiendo de un hilo el devenir cotidiano de la existencia en este selvático rincón, exuberante de vegetación y ríos, azotado cíclicamente por violencias y masacres, hemos vacunado a más de 65.000 niños, acabando afortunadamente con la epidemia.

(Continuará)

Si quieres leer otros posts de J. Mas Campos desde RDCongo, pincha aquí.

 

Maldita sea, al Ébola se le puede vencer

Por J. Mas Campos, coordinador de Emergencias de Médicos Sin Fronteras en Kivu Sur, República Democrática del Congo*

13:00 horas, escala en Bunia, salto a un Grand Caravan de doce pasajeros cuyo piloto es un mzungu[1] que habla kiswahili porque se crió en las afueras de Bukavu. No sé por qué recuerdo al escritor John Maxwell Coetzee, a los afrikaners, a Sudáfrica, si nunca estuve allí.

Tras dos semanas de Ébola, viajo a París a un curso de formación de emergencias, el más reputado de cuantos MSF Épicentre imparte: epidemiología, desnutrición, campañas de vacunación, cólera, etcétera. Creo que esto de las emergencias va a insuflarme nuevo coraje y agallas: realmente es ahí donde el trabajo de Médicos Sin Fronteras marca más la diferencia.

Antes de tomar las avionetas para salir de la Provincia Oriental, coordino la última reunión de la mañana y entrego mis particulares armas (el móvil y el ordenador, la pistola y la placa) a un veterano que aterriza para reemplazarme. Cierro con una despedida sincera (“ha sido un honor trabajar codo con codo con vosotros”) y una concesión a la galería, un chascarrillo popularizado aquí entre los nacidos en los 70: al estilo del capitán Furillo de Canción triste de Hill Street, a cuya voz mis compañeros asemejan la mía, termino con un “tengan cuidado ahí fuera”. Carcajadas entre los españoles que compartimos el universo de fetiches y referencias; los congoleños no entienden nada, pero nos citamos en los Kivus. Nos decimos adiós calurosamente sin tocarnos. Me regalan un sombrero en cuero de cowboy. Ahora sí que voy a ser todo un pintas.

La avioneta cabecea zarandeada entre las nubes por una súbita tormenta. Los cielos se han entenebrecido de repente y las lluvias se arremolinan alrededor de la nave azotando los cristales de la cabina con virulencia. La pareja de ancianos africanos que viaja a mis espaldas debe pensar que este mzungu está loco…y es que me he echado el sombrero sobre los ojos e intento proseguir mi cabezada.

Si no manifiesto síntomas (fiebre, vómitos, diarrea, etcétera) en los próximos 21 días, confirmaremos que no habré caído enfermo de Ébola. No hay necesidad de cuarentenas, cada vez sabemos más del enemigo, pero en el pasado, cuando existía el miedo a causa de su absoluto misterio, había muchas más cautelas. Miro por la ventanilla: bajo el mar embravecido de la borrasca, la luz del día se refleja en el horizonte al rebotar el resplandor solar contra la cúpula celeste. Tengo ganas de fumar, de echar una cerveza.

Este mes de septiembre he aprendido varias cosas sobre el Ébola, pero sólo una fundamental: se le puede vencer. Al Ébola se le puede vencer. He visto a un hombre de 78 años, un hombre que había perdido a la mitad de su familia por la malaventura de estas fiebres hemorrágicas, sobrevivir a la incubación y contagio: Papá Gaga, un pastor de una iglesia que se quejaba en la guardia de confirmados de “dolor de articulaciones”. También he presenciado en cambio cómo una joven de 19 años perecía de Ébola en la cama de al lado.

Es paradójico que salga de esta experiencia esperanzado. Pero es cierto: la supervivencia, la propia existencia, depende de uno, de tu sistema inmune, de la resistencia que plantes. Esa convicción me persuade nuevamente y me concilia con nuestra naturaleza valiente y cobarde. El destino es mitad carácter; la otra mitad, llamémosle hado, fortuna o azar, propone embustera el combate. Lo peor de este virus es que puede acabar con familias enteras, porque la transmisión es más fácil cuanto más estrecho sea el contacto entre humanos.

Triste, real, metafóricamente angustiosa, la vil manera en la que el Ébola se prevale de quienes más te quieren para matarte. El último ‘sms’ antes de embarcar me informó de que tenemos cuatro positivos confirmados. Y yo me tengo que marchar. Pero me resisto, me revuelvo en el asiento tras el copiloto dentro de la cabina de la avioneta, que sigue surcando la tormenta, forcejeo en el aire con esos fantasmas personales, y sentencio: al Ébola se le puede vencer. Sonrío.

A París desde RDC me va a llevar dos días llegar. A veces este trabajo se entrevera en estos contrastes tan brutales: de la interdicción del contacto humano, la angustia asfixiante de la escafandra y el olor a cloro constante, a pasear por los empedrados de París por primera vez en 15 años.

Si alguien conoce bien la ciudad, por favor, sea tan amable de recomendarme un cálido restaurante donde no sirvan mal vino y las viandas no me cuesten un riñón. Claro que quién va a querer un riñón de un posible contacto de Ébola… Qué diablos, suerte tendré si en el curso de formación me dan la mano… (humor negro de emergencias, muy común, ya sé, me estoy tarando).

Voy a Europa en bancarrota, casi sin un céntimo, y en las últimas. Las tarjetas y el teléfono las despaché en valija urgente hacia Bukavu cuando, en el tránsito hacia la misión del Ébola, hice escala en Goma. Así que solamente traigo la envejecida ropa de terreno, algunas camisas arrugadas y una barba de varios días. Y un sombrero en cuero de cowboy.

La tormentita amaina y el sol escarda la lana de las nubes. Joder, sólo quería escribir cinco frases, y me embalo y acabo como siempre… Maldita sea, el condenado pendientito de Hauts-Plateaux me sigue mortificando como el primer día y no me deja dormir de este lado. Me incorporo, olfateo al piloto y al frente veo Entebbe, el aeropuerto de Kampala, Uganda. Aquí me quedé encallado hace un par de años por un tema de visado cuando debía volver a Dolo Ado (Etiopía).

Recuerdo que el pequeño hostal donde nos alojamos en aquella ocasión tenía algunas vistas nocturnas fabulosas de las colinas de Kampala. Como las luces que se contemplan desde ese restaurante italiano abierto a la bahía de colinas de Kigali. Esa va a ser la prioridad principal del día: tomar una cerveza de noche delante de un bonito panorama.

Ah… y encontrar una lavadora.

15 horas. Kampala.

Por la noche, escribo un correo a Barcelona proponiéndome de nuevo, a mi regreso de París, para continuar coordinando la emergencia del Ébola en caso de que no encuentren a nadie.

 

 * Pepe es, desde el pasado mes de julio, responsable del RUSK, equipo de “Réponse d’Urgence Sud Kivu” (Equipo de Respuesta de Emergencia en Kivu Sur), en República Democrática del Congo. Puedes leer también su primer post desde RDC, “Los demonios de mi personal bestiario”.

 Foto: Médicos de MSF se preparan para trata a pacientes con ébola en RDCongo, septiembre de 2012 (© Teresa Sancristóval/MSF).


[1] Término en África meridional, central y oriental para una persona de origen extranjero. Traducido literalmente, significa “alguien que deambula sin rumbo fijo” o “vagabundo sin rumbo”.

Partiendo desde cero

Por Serene Assir (responsable de prensa en emergencias, Médicos Sin Fronteras)

Tengo la gran suerte de haber empezado a trabajar hace pocas semanas con Médicos Sin Fronteras. Para aclarar cualquier duda, no soy médico ni enfermera, aunque indudablemente me iré cruzando con personal sanitario expatriado del más alto calibre a lo largo de los próximos meses. También con logistas, administradores, técnicos de laboratorio, sensibilizadores…

Formo parte del equipo de comunicación, y aunque tendré la oportunidad de dar apoyo a varios proyectos ya existentes en África, Oriente Medio, Asia y las Américas, la mayor parte de mi tiempo la dedicaré a apoyar a la Unidad de Emergencias de MSF. Será fruto de mi visión personal, pero la idea de apoyar a personas que se desplazan al instante cuando estalla un conflicto, una crisis de desplazamiento, un desastre natural, un brote epidémico o cualquier otra circunstancia que se pueda describir como emergencia médico-humanitaria, me enorgullece a la vez que me da respeto.

Y aunque ya llevo un tiempo trabajando en comunicación y a menudo en contextos difíciles, estoy convencida de que estoy a punto de emprender el viaje más intenso de mi vida. No sólo porque los equipos de MSF se han ganado la reputación de prestar ayuda humanitaria cuando las poblaciones más vulnerables la necesitan más urgentemente, como por ejemplo en el caso de Haití, sino también porque veo que este año me va a poner al límite a mí como persona…

Imagino que este año me veré cara a cara con esa finísima línea entre la vida y la muerte a la que los médicos están tan acostumbrados, o por lo menos bastante más acostumbrados que yo. Imagino también que tendré muchísimas historias que contar, pero sólo un tiempo limitado en el que contarlas.

Me veo conociendo, aunque sea momentáneamente, a personas con enorme valor que afrontan con incongruente elegancia realidades trágicas en sus entornos habituales. Y aunque mi trabajo me permita el lujo de exponerme y vivir las mismas condiciones, y no tenga que limitarme a depender de los reportajes de otros para saber qué está pasando más allá de las fronteras de mi propia vida, mi puesto también me garantiza el lujo de poder regresar a mi vida en España.

Eso sí, procuraré volver cambiada. Espero que, al regresar de cada uno de mis destinos, sea en África, Oriente Medio, o más allá, seré una persona un poco más fuerte, y a la vez más sensible ante la realidad de un mundo que, para bien o para mal, todos compartimos.

Os mantendré informados a medida que mis tareas me lo permitan. Por ahora, os envío un saludo a los lectores de este blog en 20 Minutos, ¡y deseadme fuerza!

(Continuará… desde la frontera entre Libia y Túnez)

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Foto: El trabajo con los medios de comunicación, el darles a conocer la situación en la que se encuentran las poblaciones a las que MSF presta su asistencia, ocupará gran parte de mi día a día en terreno (© Ivan Gayton/MSF)

Adiós a Boda

Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)

Igual que en otra entrega os hablaba de la gran oportunidad que fue abrir el proyecto de Gadzi, hoy no me queda más remedio que contaros una de las tareas menos deseables de este trabajo: cerrar nuestro proyecto en Boda. Siendo sincero, ni yo mismo pensaba tener que cerrar Boda. Contaba terminar mi misión y pasarle “la tarea” a otro compañero que viniera a reemplazarme en mi puesto, pero las intervenciones de emergencia son así.

Es difícil romper los vínculos afectivos con todo aquello que, a fuerza de tiempo, de trabajo y de algún sinsabor, acabas sintiendo como propio, con un programa que realmente ha marcado la diferencia en una región como el suroeste de la República Centroafricana, donde las necesidades básicas están todavía muy lejos de ser cubiertas.

Cuesta dejar un sitio donde lamentablemente la gente va a seguir pereciendo de enfermedades totalmente curables y donde las condiciones de vida serán tan duras como lo han sido siempre. Pero todo lo que comienza tiene un fin, y en algunos casos, el intervalo de tiempo entre apertura y cierre no es grande. Concretamente en Boda han sido quince meses. Quince meses donde hemos pasado más de 25.000 consultas pediátricas y hemos curado la desnutrición a unos 6.000 niños.

Como organización de emergencia, es fundamental marcar los límites de nuestra intervención. Nuestro trabajo está basado en indicadores que nos permiten decidir cuándo entrar y cuándo salir de una región. Esos indicadores deben ser objetivos, analizables y, sobre todo, basados en estrictos criterios médicos que nos alejen de tentaciones políticas y presiones contextuales. Y en Boda, la misma razón por la que comenzamos a trabajar (una urgencia nutricional con una elevada mortalidad infantil) es la misma por la que ahora debemos cerrar: hemos podido reducir los indicadores epidemiológicos a índices por debajo de los umbrales de emergencia.

También ha sido un objetivo en nuestro proyecto llamar la atención sobre un contexto fuera del mapamundi informativo. La respuesta ha sido desigual. Muchos medios han mostrado interés por el contexto diamantífero. Pero no ha habido otra organización a la que hacerle un traspaso de nuestras actividades. La región necesita organizaciones que tengan la capacidad de hacer inversiones a largo plazo y de realizar profundos cambios estructurales. Lamentablemente, los intereses de los donantes internacionales están todavía lejos de Boda.

Ahora es inevitable hacerse la traicionera pregunta “¿qué hemos dejado?”… como si toda acción humana tuviera la imperiosa necesidad de perpetuarse en el tiempo. No puedo ser demasiado ambicioso en la repuesta, no puedo hablar de grandes construcciones ni de infraestructuras que vayan a recordar nuestro paso para siempre. No era ese nuestro objetivo.

Sin embargo, sé que dejamos algo mucho más valioso: el incontable número de niños que tuvieron otra oportunidad, que pudieron superar el duro bache de una traicionera malaria, o de una descompensación nutricional. Bache que, en muchos casos, será el último crítico que tengan que superar en la primera infancia, porque, a partir de los 5 años, los niños desarrollan más defensas naturales para combatir las enfermedades.

También me consuela pensar que todavía nuestros compañeros siguen trabajando no lejos de aquí, en Gadzi. En caso de emergencia, pueden responder rápido. Además, Gadzi es una zona todavía más desfavorecida y vulnerable dentro de la ya de por si frágil situación de todo el país.

En la que de momento será mi última colaboración desde República Centroafricana a este blog colectivo, quiero agradecer el trabajo de los compañeros que no están en el terreno pero que hacen que distancias de miles de kilómetros parezcan un simple paseo. Y quiero agradeceros también a todos los que habéis leído el blog, y os habéis interesado por la República Centroafricana, aportando vuestro granito de arena a la mejora de la condiciones de vida de sus habitantes.

Y finalmente, mis últimas letras son para los verdaderos protagonistas, aquellos que son el último eslabón en toda esta gran cadena: los que conducen los coches que nos trasportan, los que nos instalan la luz para que trabajemos y los que administran los tratamientos que curan a los pacientes. A los compañeros centroafricanos, con agradecimiento.

Desde Boda,

Óscar

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Fotos: © Óscar Sánchez-Rey