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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Entradas etiquetadas como ‘educación’

Cómo superar la brecha educativa a través de la tecnología

Por Brian Boye, Técnico de Comunicación de Plan International en India

En el mundo actual, la alfabetización digital se está convirtiendo en algo tan importante como la alfabetización tradicional. Más del 90% de los empleos en todo el mundo tienen un componente digital según la UIT, Unión Internacional de Telecomunicaciones. No obstante, las mujeres y las niñas siguen enfrentándose a barreras diarias que impiden su acceso y uso de la tecnología y las herramientas digitales al mismo nivel que los hombres y los niños.

En India, aproximadamente el 50% de las escuelas no dispone de baños para las niñas y el 46% de las niñas abandona la escuela antes de cumplir 15 años. Por cada año que una niña permanece en la escuela, en el futuro, sus ingresos aumentarán entre un 10-20%, y si llega a terminar la escuela secundaria, su matrimonio se retrasará 4,4 años.

Los Centros de Aprendizaje Digital de Plan International en India, creados en colaboración con Ericsson, utilizan soluciones tecnológicas para proporcionar una educación de calidad a adolescentes y mujeres de entre 15 y 25 años dentro de sus propias comunidades, para ayudarles a superar el problema que supone la movilidad para las mujeres en Nueva Delhi.

Una de las muchas razones por las que las niñas abandonan su educación es porque las escuelas están ubicadas muy lejos de sus hogares y deben recorrer largas distancias en las que se exponen a violencia, lo que lleva a los padres a temer por la seguridad de sus hijas.

Desde 2015, se han establecido 12 Centros de Aprendizaje Digital en las comunidades marginadas de Dwarka, Holambi Kalan y Rangpuri Pahadi en Nueva Delhi, en zonas de fácil acceso y seguras.

De lunes a viernes, las niñas dan clases de Inglés, Matemáticas, Ciencias, Derechos humanos y Género, desarrollo de la personalidad y salud reproductiva y sexual y también reciben orientación laboral y asesoramiento.

Los centros han sido muy beneficiosos, especialmente para las niñas como Jhanvi, que sufrió una lesión cerebral en un accidente y no pudo continuar con su educación durante un largo período de tiempo porque temía volver al colegio. Gracias a los Centros de Aprendizaje Digital, Jhanvi pudo aprender a leer y a escribir de nuevo.

Es sólo una de las muchas chicas que ha conseguido mejorar su situación después de unirse a los Centros de Aprendizaje Digital. Hasta el momento, 517 niñas asisten activamente a los 12 centros que ha instalado Plan International en India. El proyecto tiene un alcance total de más de 10.000 niñas y mujeres a través de sus diversas actividades.

El proyecto tiene como objetivo beneficiar a más de 15.000 niñas y mujeres durante los próximos tres años, haciendo que el aprendizaje y el desarrollo de sus habilidades sea asequible, en un ambiente seguro y adecuado para ellas.

El uso innovador de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en las escuelas, garantiza que las niñas, sin importar su lugar de residencia, tengan acceso a una educación de calidad.

Dos años del terremoto de Nepal: reconstrucción y resiliencia

Nuestro objetivo es apoyar a las comunidades para que Nepal sea resistente y resiliente”

 Por Shreeram KC, Gerente de Comunicación de Plan International en Nepal

Hace exactamente dos años, un terremoto de magnitud 7,8 golpeó Nepal a las 11.56 de la mañana. A consecuencia del desastre casi 9.000 personas perdieron la vida, más de 22.000 resultaron heridas. Además de destruir miles de casas, 8.000 escuelas se redujeron a escombros, interrumpiendo la educación de más de un millón de niños y niñas.

Dos años después, sólo 1.500 de estas escuelas han sido reconstruidas, lo que significa que muchos niños y niñas están aprendiendo en escuelas temporales o todavía no tienen escuela a la que acudir. Aunque la reconstrucción ha comenzado todavía queda mucho por hacer.

 

Niñas en una escuela temporal.©Plan International

Como organización que defiende los derechos de la infancia, responder a las necesidades de los niños y niñas fue nuestra máxima prioridad en el momento del terremoto. Comenzamos nuestra respuesta proporcionando alivio inmediato a los niños, familias y comunidades en las partes más remotas de Nepal. No fue una tarea fácil. Los caminos a estas comunidades no eran buenos incluso antes del desastre, y para acceder a algunas áreas afectadas había que andar dos o tres días en el mejor de los casos, por lo que no pudimos llegar hasta cuatro o cinco días después del terremoto.

Cuando llegamos, todos estaban llorando, preocupados e inquietos. Necesitaban desesperadamente alimentos, agua y refugio, y se encontraban en estado de confusión y pánico porque, en las semanas y meses después del terremoto inicial, nos enfrentábamos a varias réplicas cada día. Algunas de las réplicas fueron de 5,2 en la escala de Richter, por lo que cada día parecía revivirse la catástrofe y la gente no dejaba de preguntarse si el mundo nunca iba a dejar de desmoronarse.

En los meses que siguieron, y hasta nuestros días, nuestra respuesta se ha centrado en ayudar a las personas a reconstruir sus vidas y sus medios de subsistencia, y en restaurar un sentido de normalidad en la vida de las niñas y niños. No debemos permitir que los desastres naturales los dejen en situación de vulnerabilidad, deben tener las mismas oportunidades que todos los niños y niñas para alcanzar su potencial.

Aunque las escuelas están funcionando, carecen de instalaciones suficientes. Del mismo modo, la reconstrucción de viviendas se está retrasando. El gobierno está ofreciendo ayudas, pero el ritmo es lento y muchas áreas de Nepal no parecen diferentes de cómo se veían justo después del terremoto.

Sin embargo, siempre hay esperanza y, en los últimos dos años, nuestro trabajo ha llevado a que se construyan 12 escuelas nuevas –y otras 10 más están en construcción- en las zonas más afectadas por el desastre. Son escuelas que están preparadas para niñas y niños con discapacidad y se están diseñado para soportar futuros desastres. Han sido muy bien recibidas por las comunidades que se están beneficiando de ellas -en total más de 5.000 niños y niñas- así que, de la devastación y la destrucción, ha sido posible crear algo positivo que estará ahí para las próximas generaciones.

Construir colegios no es solo proporcionar estructuras permanentes para la educación, es construir una cultura de seguridad y preparación ante desastres y asegurar que la comunidad se hace cargo de estas escuelas. No podemos prevenir los desastres naturales, pero podemos intentar mitigar los riesgos. Nuestro objetivo es apoyar a las comunidades para que Nepal sea resistente y resiliente.

Siendo Nepal uno de los países con más probabilidades a sufrir desastres, una preparación como ésta es una necesidad. Los riesgos asociados con los terremotos deben ser identificados por adelantado para poder diseñar planes y poner fin a los riesgos. Las comunidades también deben ser conscientes de lo que pueden hacer para prepararse y salvar vidas. Esto solo será posible si los gobiernos y las agencias de desarrollo invierten y continúan trabajando juntos.

Además de los 14 distritos afectados por el terremoto, el gobierno necesita evaluar el estado de las escuelas que permanecen en pie y debe tomar medidas para confirmar que sean seguras.

Desde Plan International hemos trabajado para influir en las políticas y los cambios legislativos, apoyando el desarrollo de una política de colegios seguros que ahora está siendo revisada por el Ministerio de Educación.

El gobierno y otras agencias también deben trabajar para crear un plan de evacuación para asegurarse de que los estudiantes saben qué hacer si vuele a ocurrir un desastre. Esto es lo que nos traerá esperanza en tiempos difíciles y nos hará sentir más fuertes. Si un día como el 25 de abril de 2015 sucede de nuevo, estaremos preparados porque habremos trabajado para crear una nación verdaderamente resistente y resiliente.

 

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Por Ana Muñoz, UNICEF en Burundi

Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar. Nombres de futbolistas que decoran las deterioradas paredes de esta aula de la escuela de Busebwa, a unos 100 kilómetros de Bujumbura, la capital de Burundi. Muros entre los que se condensa un tremendo calor, cosidos de agujeros por los que se filtra el agua cuando llueve para caer sobre un suelo plagado de socavones. “Bonjour, madame”, saludan, puestos en pie, los pequeños. Uno de ellos, el designado por el maestro, busca un hueco entre los boquetes de la pizarra en el que poder escribir sus cuentas. No es fácil.

Cada una de estas clases alberga una media de 84 alumnos, hasta cinco niños por cada pupitre pensado para dos. Otros, sencillamente, no caben y se sientan en el suelo. Y eso que en Burundi hay dos turnos de clases, de mañana y de tarde. La explicación a por qué esta y otras escuelas están tan masificadas no se encuentra solo en el hecho de que cada mujer en Burundi tenga una media de seis hijos, sino también en el retorno de muchos ciudadanos refugiados hasta hace poco tiempo en Tanzania.

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Los alumnos dela escuela de Busebwa celebran el anuncio de que pronto llegarán los nuevos kits de material escolar /© UNICEF/Burundi/2016/Ana Muñoz

El abandono y deterioro de la infraestructura educativa responde a la incapacidad de las arcas burundesas para sostener el sistema. En 2015, la grave crisis política y la inestabilidad a la que dio paso llevaron a no pocos países a congelar sus donaciones a Burundi. Por aquel entonces la mitad del presupuesto anual del país dependía de la ayuda exterior. Ahora, la situación dramática de la economía afecta de manera desproporcionada a los niños, que son aproximadamente la mitad de la población.

En este escenario, ¿qué motiva a un joven director de escuela para levantarse temprano cada día y venir a trabajar? Jean Claude Nduwayo fija la mirada en el vacío, en algún punto entre nosotros y la puerta al final del pasillo, y piensa su respuesta. “Soy cristiano y creo que éste es mi deber en la tierra, hacer todo lo posible como director para estos chicos”. Tiene 38 años y dirige la escuela de Busebwa. Nos recibe en su despacho, vestido con una camiseta del Real Madrid. Como en el resto del centro, aquí tampoco hay electricidad. Montones de papeles se apilan caóticamente en los estantes. De las paredes cuelgan cuadrantes hechos a mano y listas de calificaciones. Nduwayo señala una caja de tizas: “Son las que tenemos hasta que acabe el curso”.

Esta escuela no es una excepción. Por eso UNICEF apoya al gobierno burundés para garantizar que todos y cada uno de los niños de Burundi tengan acceso a una educación de calidad. Solo durante el año pasado, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia formó allí a 32.000 profesores y entregó material escolar básico a 2,6 millones de niños. Cuando visitamos la escuela de Busebwa, quedan solo unos días para que lleguen los nuevos kits, cada uno de ellos con dos cuadernos, un lapicero, un bolígrafo, una goma de borrar, una regla y una bolsa en la que guardarlo todo. Con solo mencionarlo, estallan las carcajadas y los aplausos entre los alumnos.

Dormidos de debilidad

Desde que el gobierno de Burundi decretó en 2005 la gratuidad de la educación primaria, el número de niños que va a la escuela ha crecido considerablemente, pasando de un 59% en 2004 a casi un 94% en 2015. Sin embargo, ese cambio no ha ido acompañado de una mejora en la calidad de la misma. La carencia de profesores, de infraestructuras adecuadas y de material escolar son problemas que, lejos de desaparecer, no han hecho sino agravarse. Las niñas siguen siendo difíciles de retener en la escuela, pues abandonan los estudios al quedarse embarazadas. Por otro lado, el cansancio y el hambre hacen que la mayoría de estos niños apenas pueda seguir las clases. “Se quedan dormiditos de pura debilidad”, explica Celine Lafoucriere, responsable de Educación en UNICEF Burundi. El director lo corrobora: “No pueden concentrarse porque tienen hambre”.

El trauma también es un obstáculo para la vida en general y para el aprendizaje en particular. Los episodios violentos que siguieron a las protestas de 2015 pusieron a muchos de estos chavales ante escenas y situaciones que un niño jamás debería presenciar. Las pesadillas y el fantasma de los recuerdos forman parte de sus vidas y las condicionan.

Otra escuela es posible

A unos pocos minutos en coche por carreteras que en realidad son caminos de arena, hay otra escuela que más bien parece otro mundo. Se trata de la escuela piloto de Busebwa, apoyada por UNICEF y construida en base a principios de sostenibilidad ecológica y económica con materiales de la zona. Un sitio seguro para los niños, con vistas a la naturaleza, con letrinas diferenciadas para profesores y alumnos y separadas por género, con pistas deportivas, sala de profesores e incluso un aula informática. Una prueba de que las cosas pueden hacerse de otra manera con los medios al alcance y una manera de establecer un modelo a seguir. Pero el reto no es tanto construir escuelas así, como conseguir que el sistema burundés sea capaz de garantizar su continuidad, y en eso trabaja también UNICEF.

Cuando preguntamos a los chavales qué quieren ser de mayores, médico y profesor son las respuestas más repetidas. Los kilómetros que muchos de ellos recorren cada día para llegar a la escuela desde sus pueblos remotos ya demuestran su voluntad de conseguirlo. Solo les falta una cosa: la oportunidad que merecen. Y solo en la medida en que, entre todos, podamos dársela, un país como Burundi podrá construir su futuro.

Crisis de Siria: un muro de esperanza protege a una escuela de los francotiradores

Por Basma Ourfali, UNICEF Siria.

En una de las ciudades más peligrosas del mundo, los niños de Siria que viven en Alepo están decididos a continuar con su educación pese a los riesgos que les rodean. El vecindario conocido como 1070, en oeste de Alepo, es el hogar de miles de familias desplazadas a causa del largo conflicto que se vive en Siria. Las escuelas se esfuerzan por acomodar a los niños desplazados.

La escuela local de niñas es la única de enseñanza media en el vecindario, y la mayoría de alumnos proceden de familias desplazadas. UNICEF ha instalado aulas prefabricadas para aumentar el espacio y proporcionar un entorno de aprendizaje mejor para los 670 estudiantes.

La representante de UNICEF en Siria, Hanaa Singer, visitó la escuela en febrero y estuvo con los profesores y alumnos. Ahlam, de 16 años, habló con Singer del miedo que tienen a los francotiradores de los edificios cercanos. “No podemos estar fuera de las aulas. El patio está expuesto a los francotiradores. Pasamos todos los recreos dentro”.

UNICEF reaccionó rápidamente y trabajó con la escuela para construir un muro protector de acero que impida la visión desde los edificios próximos.

Crisis de Siria: un muro de esperanza protege a una escuela de los francotiradores

Las alumnas pintaron el muro levantado para proteger a la escuela de los francotiradores/ ©UNICEF

“Escuchaba a las niñas hablarme del francotirador cercano y no me lo podía creer”, dice Hanaa Singer. “Me sentí muy inspirada por ellas y su pasión por la educación. A pesar de ese peligro amenazador diario, a pesar de todas las dificultades que han afrontado con sus familias al verse desplazadas por la guerra, no dejan de perseguir su sueño de tener una educación. Una vez más me sentí abrumada por la resistencia de los niños de Siria”.

Los alumnos pudieron moverse libremente por el patio de la escuela cuando se levantó la pared. Al ver que era marrón, Ahlam tuvo una idea. “¿Por qué no la pintamos? Así parece muy aburrida”. Así que con una amiga hizo unos diseños y empezaron a trabajar.

“Estuve pintando todo el día, pero no me cansé nada. Cambió la escuela”, dice entre risas.

UNICEF apoya la educación de los niños de Siria de varias maneras. En 2015 ayudó a rehabilitar 327 colegios, y proporcionó aulas prefabricadas para 20.000 niños, especialmente para integrar a los niños desplazados en las escuelas de las comunidades de acogida. Con “Curriculum B” (una versión condensada de los libros de texto para acelerar el aprendizaje), UNICEF ayuda a los alumnos a recuperar su nivel, que pierden cuando huyen de la violencia o sus escuelas se ven obligadas a cerrar. Y los programas de auto aprendizaje ayudan a los 2 millones de niños que están fuera de la escuela a seguir aprendiendo y preparando sus exámenes en casa o en su comunidad, cuando no pueden ir al colegio debido al conflicto.

Los ataques contra estudiantes y escuelas deben parar. Por ahora, este muro es un pequeño paso para que la escuela sea más segura para 670 niñas. Las escuelas deben ser un lugar seguro para los niños, un lugar seguro en el que aprender”, afirma Singer.

Mis amigas y yo sabemos que si no vamos al colegio no tendremos un futuro”, le aseguró Ahlam a Hanaa Singer.

Saré Yoba, un pueblo para los niños

Lara Aparicio, storyteller en UNICEF Comité Español

Eran casi las seis de la tarde. El calor abrasador del sur de Senegal parecía dispuesto a darnos un respiro, justo a tiempo para nuestra última visita del día: el pueblo de Saré Yoba.

Un grupo de niños esperaba para recibirnos con dos cuencos de mijo, el cereal por excelencia en esta zona y, además, símbolo de bienvenida. Algunos nos miraban con los ojos como platos, otros se escondían detrás de los árboles, tímidos al principio, aunque no tardarían en acercarse al grupo de extraños y llamar nuestra atención al grito de “¡tubab, tubab!”, una forma cariñosa de referirse a los hombres y mujeres de piel blanca en la lengua local.

Saré Yoba, un pueblo para los niños

Mijo de bienvenida. © Lara Aparicio / UNICEF

Senegal, mi primer viaje a terreno desde que trabajo en UNICEF. Cada minuto que pasaba era más sorprendente que el anterior. Tanto que, cuando llegué a España, no sabía por dónde empezar a hablar de todo lo que había visto y de las personas increíbles que había conocido. Saré Yoba es el ejemplo perfecto para intentar explicarlo con palabras. Además, fue ahí donde conocí a Suleimán.

Estábamos sentados bajo un enorme árbol, escuchando las palabras de agradecimiento del alcalde del pueblo, un hombre muy comprometido con los derechos de los niños de su comunidad, cuando Suleimán se me acercó gateando. Hacía mucho tiempo que no veía a un niño tan despierto. Atraído por los colores y las formas de la cámara que llevaba conmigo, el pequeño intentaba cogerla. ¡Le faltó poco para hacerme él las fotos!

Saré Yoba, un pueblo para los niños

Suleimán. © Lara Aparicio / UNICEF

Como nos explicaron el alcalde y las autoridades de este pequeño pueblo de la región de Kolda, aquí se trabaja la protección de los derechos de los niños de forma integral. Con el apoyo de nuestra oficina regional, los niños de Saré Yoba tienen a su alcance una red de servicios que, haciendo virguerías con los escasos recursos disponibles, intentan cubrir las esferas esenciales para su desarrollo.

Gracias a ello, en un par de años, Suleimán podrá ir a la clase de preescolar del colegio que se encuentra en el mismo pueblo. Pero no solo eso, en el centro se han construido dos edificios de letrinas que evitarán que Suleimán contraiga enfermedades muy peligrosas como el cólera, que se transmite por las aguas fecales descontroladas. Además, es habitual que se instalen bombas de agua en los colegios para acercar el agua potable a los niños pero, en esta escuela de Saré Yoba, la bomba estaba estropeada, esperando una reparación que depende de la llegada de nuevos fondos.

En nuestra visita también conocimos el centro de salud que da servicio al pueblo y sus alrededores. La enfermera encargada del centro y el resto de trabajadores nos explicaron detalladamente cuáles eran sus funciones. Parecía increíble que solo en ese edificio atendiesen partos, tratasen casos de desnutrición, pusiesen vacunas, pasasen consulta y distribuyesen medicamentos.

Saré Yoba, un pueblo para los niños

Niños del pueblo de Saré Yoba. © Lara Aparicio / UNICEF

En centros de salud y escuelas, se trabaja para identificar a los niños que no han sido registrados al nacer. Por ejemplo, cuando a Suleimán le llegue la hora de presentarse a su primer examen oficial, no podrá hacerlo si sus padres no informaron de su nacimiento en el ayuntamiento, por lo que sus profesores tendrán que asegurarse de que esté inscrito correctamente. Algo similar ocurre en los centros de salud, donde se acompaña a todas las madres que dan a luz ahí a que inscriban a sus bebés en el registro.

Un 45 % de los niños de Senegal no son registrados al nacer. Un niño sin registrar es un niño invisible y, por lo tanto, sin ningún tipo de derechos. Por ello, nuestros compañeros trabajan sin descanso para formar a las autoridades de Saré Yoba y de otras localidades sobre la importancia de este sencillo gesto en el futuro de sus niños.

No tuve ocasión de preguntar si Suleimán había sido registrado. Tampoco pude pasar más tiempo jugando con aquel niño tan risueño del que siempre me voy a acordar. Lo que sí sé es que Suleimán está en buenas manos, las de los compañeros de la oficina de Senegal, que han conseguido sensibilizar y formar a las autoridades de Saré Yoba que han hecho del pueblo, un pueblo para sus niños.

Nigeria: educación en pleno conflicto

Por Gerida Burikila y Geoffrey Njoku de UNICEF Nigeria

Hace hoy justo un año, 276 niñas fueron secuestradas en Nigeria y el #BringBackOurGirls encendió las redes sociales, donde personas de todo el mundo pedían su liberación. La mayoría de ellas continúan desaparecidas.

Hemos querido aprovechar este triste aniversario para recordar que la infancia de este país sigue sufriendo las consecuencias del conflicto abierto entre Boko Haram, los grupos de autodefensa y las fuerzas gubernamentales.

Acabamos de visitar los campos de desplazados en Maiduguri, en Nigeria, donde los niños se reúnen ansiosos en pequeños espacios, con su mirada muy atenta hacia el frente. Están aprendiendo a leer, contar y escribir. Para muchos, esta es la primera vez que lo hacen.

Estos niños son parte de las miles de familias que han huido del conflicto y han buscado refugio en Maiduguri. La situación de inseguridad es extrema. La mayoría de colegios cerraron después de los ataques a profesores y edificios. A otros niños no se les permite asistir a colegios que imparten una educación de tipo más occidental.

En resumen, se está negando el derecho a la educación a miles de niños.

 Aisha, de 13 años, en un campamento para personas desplazadas en Yola, la capital del estado de Adamawa. (UNICEF/NYHQ2015-0477/Esiebo)

Aisha, de 13 años, en un campamento para personas desplazadas en Yola, la capital del estado de Adamawa. (UNICEF/NYHQ2015-0477/Esiebo)

AL COLE EN LOS CAMPAMENTOS DE REFUGIADOS

En el estado de Borno, los colegios solo están abiertos en 8 de las 27 zonas gubernamentales y están cerrados en los lugares donde el conflicto entre el ejército y los grupos armados se recrudece.

UNICEF ha puesto en marcha clases de recuperación para los niños que viven en los campos de Maiduguri. Profesores formados dirigen las clases en aulas que se montan y desmontan. Más de 30.371 niños de 6 a 15 años están participando en la iniciativa.

En una de las clases, en la que hay 106 niñas de 6 a 15 años, solo 6 habían ido antes al colegio. Cuando llegamos al aula, las alumnas nos muestran orgullosas cómo han aprendido a contar de 0 a 100. Las clases les dan una oportunidad para aprender. Las clases les dan una oportunidad para jugar, cantar y socializar. Las clases las mantienen a salvo.

LA HISTORIA DE HADIZA

Hadiza (nombre modificado para proteger la identidad de la niña) es una de las alumnas de esta clase. Tiene solo 13 años y ya ha sido testigo de cosas que la mayoría de la gente no sufre en toda su vida. Vio cómo su padre moría de un tiro en la cabeza y luego tuvo que ayudar a enterrarlo. Estuvo retenida en un campo de detención, donde cada día presenciaba la ejecución de hombres y adolescentes. Escaló una alambrada de púas para escapar de allí. Después tuvo que asistir a la boda de su hermana con un miembro de Boko Haram.

Ahora, en la seguridad que le proporciona Maiduguri, Hadiza se encarga de cuidar de su madre, que sufre hipertensión a causa de los traumas, y de sus dos hermanas pequeñas. Por la noche, cuando descansa, revive en sueños todos los malos momentos. “Veo cómo mi padre recibe el disparo y se desangra. También tengo pesadillas con las personas a las que vi morir en prisión. También con que Boko Haram me persigue y me detiene”.

Todos los días, Hadiza busca un lugar tranquilo en el campo para repasar el alfabeto y practicar las matemáticas básicas que le han enseñado en clase. Está muy emocionada por esta oportunidad. “Nunca antes había ido al colegio. Aquí he podido ir a clase por primera vez. Solo llevo dos meses en clase y ya puedo leer algo y puedo contar. Lo que mejor se me da son las matemáticas y el inglés.

“Me encanta el cole. Ahora tengo nuevos amigos”.

UNA OPORTUNIDAD PARA LOS NIÑOS

Hadiza está en buenas manos. Según Fatma, una de las profesoras, “los alumnos están entusiasmados. Están felices de poder ir al colegio por primera vez en su vida. En un mes, son capaces de reconocer las letras del alfabeto, contar y escribir cartas. Es muy emocionante”.

Y el entusiasmo se extiende más allá de los niños. “Las madres traen a sus hijas a clase para que puedan recibir la educación a la que ellas mismas no pudieron acceder cuando eran niñas. Incluso ya hay algunas madres que nos piden que les enseñemos a leer y escribir a ellas también”, dice Fatma.

Hadiza tiene planes de futuro, planes que UNICEF y sus aliados quieren favorecer a través de su apoyo a la iniciativa de Escuelas Seguras para mitigar el impacto del conflicto en la educación. Ya se han llevado a cabo evaluaciones detalladas sobre las comunidades, colegios, niños y profesores que están siendo afectados.

La iniciativa trabaja por la seguridad de los colegios para que niños como Hadiza puedan alcanzar sus sueños. “Cuando crezca, quiero ser profesora, para poder enseñar a leer y escribir a los niños. También quiero ser profesora para ganar dinero con el que cuidar a mi madre y mis hermanas pequeñas”.

 

Niños atendiendo a una clase de aritmética en la escuela del campamento de desplazados por el conflicto causado por Boko Haram (UNICEF/NYHQ2015-0496/Esiebo)

Niños atendiendo a una clase de aritmética en la escuela del campamento de desplazados.  (UNICEF/NYHQ2015-0496/Esiebo)

 

La historia de Nu: superación del acoso escolar

Por Plan Internacional Vietnam

* Plan Internacional ha lanzado el informe “Promoción de la igualdad y la seguridad en los colegios”, elaborado junto al Centro de Investigaciones de la Mujer, sobre violencia escolar en 32 colegios de Camboya, Nepal, Indonesia, Pakistán y Vietnam.

Niñas en un instituto de Vietnam

Varias adolescentes en clase en un instituto de Vietnam

Estoy en el 9º curso de secundaria en un instituto de los suburbios de Ha Noi, en Vietnam. Se me da bien el colegio y tengo bastantes amigos. Pero todavía recuerdo cuando llegué a la pubertad, mi apariencia comenzó a cambiar y empecé a diferenciarme de las otras chicas de la clase. Por los cambios de mi cuerpo, los chicos de clase comenzaron a mirarme y a hacer comentarios. Me hacían sentir muy miserable.

Hai era uno de aquellos chicos. Durante el recreo, Hai y sus amigos me señalaban y hacían comentarios sobre mi apariencia. Me hacían sentir incómoda, me intimidaban y llamaban a otros chicos para reírse de mí. Empecé a tener miedo de él y desea estar sola, pero como estudiábamos en la misma clase no había manera de escapar de sus burlas.

Aunque le temía, nunca pude contarle a nadie cómo me trataba. Me preocupaba que mis amigos también se fijaran en mi cuerpo si les decía algo sobre el comportamiento de Hai. Estaba tan asustada que pensé en dejar el colegio.

Infografía sobre violencia escolar en Asia

Infografía sobre violencia escolar en Asia

Después me enteré de que en el colegio se ofrecían servicios de asesoría psicológica. No me atrevía a visitar la sala de los orientadores porque pensaba que mis amigos se darían cuenta. Entonces un día me di cuenta de que había un buzón al lado de la sala. Animaba a la gente a depositar preguntas o a compartir sus opiniones. Escribí una carta al orientador de mi colegio, Ms. Cuc.

La sala de orientación es una barrera psicológica porque los estudiantes son reacios a cruzar la puerta para visitar al asesor. Muchos quieren vernos para contarnos sus experiencias, pero son tímidos. Como solución, instalamos el buzón para animarles a compartir sus problemas por escrito. Hemos recibido varias cartas de nuestros estudiantes. Nu es una de ellos”, explica Ms. Cuc.

Un día Ms. Cuc vino a verme. Me pidió que la ayudara a escribir en su diario porque yo tenía buena caligrafía. Con esta tarea específica encomendada, estaba feliz de poder ir al centro de orientación sin preocuparme de los rumores. Después de hablar con ella, empecé a sincerarme y le conté sobre la situación con Hai y mis ideas sobre dejar la escuela. Ella me prometió trabajar conmigo y me dijo que se tomarían las acciones necesarias para que este tipo de comportamiento no se repitiera de nuevo.

Después de leer la historia de Nu, le pedí que viniera a mi despacho para poder ayudarla y ofrecerle apoyo. También me di cuenta de que el comportamiento de Hai se debía a sus miedos personales y sus inseguridades. Tuve una conversación privada con Hai y le expliqué las consecuencias de sus actos, desde una perspective legal pero también desde cómo estaban afectado a Nu”, dice Ms. Cuc.

Después de esa conversación, pude ver que Hai estaba arrepentido de su comportamiento. Aunque no me pidió disculpas directamente, se disculpó en una carta. Todavía temía encontrarme con él, pero siguiendo los consejos de Ms. Cuc, empecé a leer y a aprender sobre formas positivas de enfrentarme a mi miedo.

“Para ganarse la confianza de Nu, los profesores la animaron a participar en otros grupos estudiantiles y en actividades extraescolares. También le recomendé leer libros como “Simpatía y perdón”, para que pudiera superar su angustia con la situación. Me alegro de ver que aceptó mi consejo con una actitud positiva”, explica Ms. Cuc.

Semanas después del incidente, devolví los libros que había cogido prestados. Ahora me siento segura y me atrevo a enfrentarme a Hai. Ya no pienso en dejar la escuela. De hecho, ahora hablo con mis amigos y les he dicho que si alguna vez tienen que enfrentarse a estos problemas, pueden hablar con los asesores escolares.

La historia de Nu se repite en muchos otros países, ya que por desgracia la violencia y el acoso escolar son problemas muy extendidos. Según el informe “Promoción de la igualdad y la seguridad en los colegios”, publicado ayer por Plan Internacional, el 70% de los alumnos y alumnas sufren violencia en los colegios de Asia. Además, el 43% de los escolares que sufren violencia en las aulas no se atreven a denunciarlo.

El instituto de Nu está involucrado en un proyecto con enfoque de género apoyado por el Fondo Fiduciario de las Naciones Unidas para el Fin de la Violencia contra la Mujer, que pretende llegar a unos 30.000 adolescentes de entre 11 y 18 años. El modelo promociona espacios para la infancia seguros y responsables donde los adolescentes reciban una educación de calidad en un ambiente libre de violencia.

Basándose en este modelo de éxito, el departamento de educación de Hanoi pretende replicar la iniciativa en 766 colegios de la ciudad para llegar a más de 500.000 adolescentes, lo que supone una oportunidad única para promocionar otras normas de género y relaciones interpersonales en las ciudades de Vietnam.

La lucha de la alfabetización: “Nada de lo que he vivido debe sucederle a mis hijos”

Por Gabriel Díaz, cooperante de Global Humanitaria

Casi siempre es difícil ponerse en lugar del otro. Lo es en las cuestiones cotidianas, las más simples; entender, comprender, sentir empatía aunque eso no signifique estar de acuerdo.

Un ejemplo: nuestro hijo lo deja todo por la PlayStation, sin que nosotros los hayamos estimulado a permanecer ese largo rato frente a la pantalla. Vemos cómo se concentra y emplea estrategias. Celebra cuando gana la batalla y se frustra cuando la pierde. Entretanto, nosotros soñamos (o no) con que lea El Principito. Seguramente, el tiempo, los límites y los criterios aprendidos en casa y en la escuela, forjarán parte de su personalidad, y él decidirá.

Ahora, demos un salto grande. Imaginémonos frente a un contrato que estamos obligados a firmar sin saber descifrar esa “sopa de letras” que tenemos ante nuestros ojos. Podemos ver pero no leer, como le ha sucedido a Henriette, quien ha participado en nuestro proyecto de alfabetización en Costa de Marfil. Ella remarca que no está dispuesta a que la historia se repita: “no quiero que mis hijos sean analfabetos como yo. Es un sufrimiento no poder escribir el propio nombre y estar siempre obligada a pedírselo a alguien. Nada de lo que he vivido debe sucederle a mis hijos”.

Alfabetización en Costa de Marfil. (Daniel Kone/Global Humanitaria)

Alfabetización en Costa de Marfil. (Daniel Kone/Global Humanitaria)

Esto, muy común en la Europa de hace algunas décadas, ocurre hoy en América Latina, Asia o África, con los padres de los niños que acuden a las escuelas con las que trabaja Global Humanitaria; tal es el caso de Basilea, quien nos recibió en su pequeña parcela de tierra en Puno, Perú. Sus manos saben labrar pero no escribir. Los habitantes de muchas de esas comunidades viven las consecuencias de cruentas guerras civiles, dictaduras devastadoras o políticas que redujeron el rol del Estado a su mínima expresión, educación incluida. En consecuencia, el analfabetismo ha sido masivo.

Por ese grado de abandono, entender la importancia que la educación tiene para ser jóvenes, mujeres y hombres libres, conscientes de sus derechos y obligaciones, no es tan fácil como puede parecer. Comprender que recibiendo instrucción básica podremos unirnos frente a los abusos sociales, laborales o de cualquier tipo, “no se cae de maduro” para quien no tuvo la oportunidad de recibirla.

Sin dudas resta mucho por hacer: 57 millones de niños no tienen acceso a la educación, de acuerdo con el último informe de Educación Para Todos, de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

Vivimos en un mundo injusto, con grandes desigualdades y segregación social. Por eso, además de cooperar para que la educación llegue a todos, es importante compartir, acercarse, al día a día de niños del Perú rural profundo y olvidado, al de las niñas indias abandonadas que hemos conocido en los hogares de acogida, de los guatemaltecos que hasta hace poco desconocían su propia historia. Ésta es una manera de intentar ponernos en su lugar y de no olvidar, para que la historia no se repita.

Aparentemente hoy existe el consenso global necesario para que todos los niños reciban educación primaria. ¿Puede resultar incómodo para ciertos intereses que los sometidos de siempre tengan las herramientas para dejar de serlo? Es muy probable. Pero en buena medida está en nuestras manos hacer que el derecho a la educación, que llevó siglos conquistarlo, sea por fin un hecho.

Así, caminando juntos a pesar de la distancia, las nuevas generaciones podrán cambiar el rumbo de su historia.

Cuando conseguir agua se convierte en un reto

Pantanos poco profundos, barrancos abruptos y acantilados que desafían a la muerte. Es el reto diario que millones de personas tienen que superar cada día para conseguir agua.
En los países en desarrollo, la pobreza está íntimamente ligada a la falta de agua. En Timor Leste, por ejemplo, muchas familias se ven obligadas a recorrer grandes distancias para recoger agua. A menudo la responsabilidad recae sobre niñas como Ludivina, que con tan sólo 9 años, cada día camina durante horas para que su familia pueda beber.

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Ludivina, se levanta con el sol para ir a recoger agua antes de ir a la escuela, le acompañan sus hermanos Pasquela y Cipriano de 7 y 6 años respectivamente. Cada día, han de abrirse paso a través de la hierba alta, cruzar un barranco escarpado hasta llegar al pantano -donde se halla una pequeña colina- y una vez allí bajar por un acantilado que les conduce al río, escaso en su caudal y con pocas garantías sanitarias.

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“Siento miedo cuando estoy de pie en la orilla del acantilado” afirma Ludivina. Para bajar de forma más segura, los niños arrojan primero las botellas y luego bajan ellos. “Es empinada, tened cuidado”, advierte Ludivina a sus hermanos antes de bajar por el acantilado.

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Al llegar, los tres niños se ponen en cuclillas en el arroyo para intentar recoger el agua, en un pantano en donde el caudal es muy escaso. Previamente inspeccionan el lugar para recoger el agua lo más limpia posible.

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La responsabilidad de las niñas

Ludivina y su familia viven en una pequeña aldea situada en el distrito montañoso de Timor-Leste. Sobreviven gracias a la venta de vegetales que cultivan en un pequeño terreno aledaño. La venta de los cultivos da poco dinero por lo que todos los miembros de la familia tienen que contribuir y ayudar. La lista de quehaceres domésticos es larga y Ludivina es la encargada del agua. “Yo no quiero que mis hijos vayan a recolectar agua. Es inseguro y agotador para ellos”, asegura su padre.

En su comunidad, como en muchas otras aldeas rurales alrededor del mundo, es habitual que esta responsabilidad recaiga en mujeres y niñas. Se estima que la tarea de recolectar agua conlleva, en todo el mundo, cerca de 200.000 millones de horas. Ludivina y sus hermanos, caminan durante más de una hora para hasta llegar a su destino, y en ocasiones tienen que repetir el viaje tres veces.

A la hora se subir, se nota el miedo es sus rostros. Han de trepar por el empinado acantilado, pero esta vez cargando con los bidones. Al llegar arriba se detienen unos instantes para recuperar el aliento. La falta de recursos para recoger agua limpia afecta en todos los sentidos a la vida de Ludivina. Suele llegar cansada a la escuela y sabe que en ocasiones las impurezas del agua del río provocan que ella y sus hermanos enfermen. Muchas de sus amigas se han visto obligadas a dejar la escuela. Demasiadas horas de camino hacia la fuente de agua, y demasiados quehaceres diarios para echar una mano en casa.

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Pero Ludivina, ahora puede ver su futuro con más claridad. Plan Internacional apoyó a su familia con la instalación de una bomba de agua y ahora cuando se levanta, tiene tiempo de desayunar y prepararse para ir a la escuela. “¡Cuando me enteré de que teníamos una bomba de agua y ya no tendría que volver de nuevo al pantano, me puse muy feliz! “, dice Ludivina. “Ahora tengo tiempo para jugar con mis amigos, ir a la escuela y cantar!”.

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El grifo de agua ha cambiado la vida de Ludivina y de su familia. Ahora, tienen agua para cocinar y limpiar y también pueden tener un huerto mejor con el que aumentar sus ingresos.

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Ahora la joven tiene tiempo para asistir todos los días a clases de inglés después de la escuela; es una de las mejores de su clase “Estoy feliz porque no tengo que ir lejos a buscar agua” afirma Ludivina en perfecto inglés.

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No hay más excusas para demorar la educación de las niñas y las mujeres

Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

Noelia tiene 20 años y ya abrió su propia empresa. No ha sido fácil; para llegar hasta aquí ha recorrido un camino lleno de dificultades y ha enfrentado la crítica y el desánimo que le imponían sus vecinos y compañeros.

Nació en 1991 en El Cóndor,  una comunidad campesina que dista 50 Km de Yapacaní, en el oriente boliviano, y donde viven sólo 30 familias. Ahora está casada con Ananías y viven en Yapacaní; ellos dos y su pequeña hija libran día a día la batalla de la subsistencia en una ciudad intermedia de más de 15 mil habitantes, donde la pequeña economía local impone situaciones complicadas a las familias con pocos ingresos.

En la comunidad Cóndor hay una escuelita desde hace muchos años, pero como su población es tan poca, los niños y niñas sólo puedes estudiar allí hasta el 6to grado de primaria, viéndose obligados a recorrer distancias muy largas hasta las comunidades más grande donde hay escuelas con educación secundaria.

Desde pequeña mi vida fue muy difícil; quería estudiar enfermería, pero la escuela  secundaria quedaba muy lejos y el dinero de mi familia no alcanzaba para que yo fuera a estudiar allí; por eso terminé ayudando a mi papá en el campo.”, nos relataba Noelia hace unos meses  atrás.

Hace unos años Ayuda en Acción y CEPAC (uno ONG boliviana que trabaja hace varios años en Yapacaní) comenzaron a apoyar el establecimiento del Instituto Técnico Comunitario Indígena Campesino (ITCIO), el cual  brinda oportunidades de formación técnica a jóvenes, incluso aunque no hayan concluido el bachillerato. Con ello se pretendía brindar alternativas de incorporación al mercado laboral a un grupo poblacional que sistemáticamente carecía de oportunidades laborales en condiciones aceptables.

 Noelia, en segunda fila, en el acto de graduación. Foto: CEPAC

“Cuando supimos de la creación del ITCIO, mi papá  me dio ánimo  para que  entrara a estudiar, y yo me animé a estudiar  una carrera que todos decían que era “de hombres”: la tecnología de la madera. Como no había terminado el colegio (bachillerato), al mismo tiempo que estaba en el ITCIO, en las noches estudiaba”.

“Al principio éramos ocho  mujeres en la carrera, y poco a poco las demás se fueron saliendo por diferentes motivos. Al final me quede sola junto con mis compañeros y hubo un momento en que también me quise ir, pero mi esposo me apoyó bastante y continué”.

En una sociedad marcadamente machista, donde las niñas y mujeres son excluidas en los procesos de desarrollo, Noelia es un ejemplo. El año pasado, y a pesar de todas las trabas, Noelia se convirtió en la primera mujer graduada de la carrera de Tecnología de Madera y actualmente, junto a un compañero suyo del  ITCIO,  han abierto una carpintería. El Gobierno Municipal de Yapacaní, en 2010, la reconoció como la primera “Mujer Emprendedora” del municipio, en un evento apoyado por Ayuda en Acción y el CEPAC.  

“Cuando me embaracé  hice todo lo posible por continuar estudiando; mes a mes  mi pancita crecía pero igual seguía rallando la madera, aunque ya  mi panza chocaba y no me podía agachar. Entre bromas, mis compañeros decían: “este trabajo lo tendría que hacer tu marido”, a lo que yo les respondía que las mujeres también podemos, y a veces mejor”.

“He aprendido mucho, ahora tengo nuevas capacidades, ahora puedo hacer muebles, diseños, conozco de topografía y computación. Pienso que esta carrera me dio la oportunidad de alcanzar algo que creía no poder conseguir sin un título de bachiller. Ya sé que para estudiar sólo es necesario leer, escribir y tener la ganas de superarse”.                                                 

Esta semana se ha celebrado en todo el mundo la Semana de Acción Mundial por el Derecho a la Educación (SAME); iniciativa que este año ha estado dedicada a reivindicar el derecho de las niñas y las mujeres a recibir una educación incluyente y de calidad. Con la propuesta de La Gran Historia, actividad central de la SAME que permite dar voz a las mujeres y las niñas, se recuperan esas  historias cotidianas que cambian la realidad. Con esta trascendental historia, que sólo es trascendental por su protagonista, intento contribuir al reconocimiento de  que no puede haber más excusas para seguir postergando  la educación de las niñas y las mujeres en el mundo.