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Días de guardia en Jamam

22 marzo 2012

por Kirrily de Polnay (Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)*

Me paso el día en el hospital de MSF, un poco aislada del campo de refugiados de Jamam. La mayor parte de las personas a las que atiendo son muy corteses, y hacen lo que todos solemos hacer cuando vamos al médico: arreglarse. Así que vienen bien vestidos, se muestran amables, hacen ese esfuerzo, y casi podrías olvidarte de que estás en un campo de refugiados. Y solo cuando llega un niño que lleva un mes con diarrea, que llegó la noche anterior con su familia del paso fronterizo de El Fuj, que todos llevan dos días sin comer ni beber, y que han sufrido cinco robos ese día, recuerdas de repente dónde estás.

Y los padres están tan angustiados, tan preocupados, y tú te vuelcas en el niño, le colocas un suero, le pones todo lo que puedes. Estos niños a menudo están desnutridos así que hay que hacerlo todo con gran delicadeza ya que podría sufrir con facilidad un fallo cardiaco o un edema pulmonar. Así que es un equilibrio muy delicado: no tratas a niños sanos que han enfermado, sino a niños que ya llegan con reservas muy bajas.

Tenemos muchos casos de diarrea. Intentas explicarles cómo tomar la solución de rehidratación oral, pero no tienen dónde prepararla. Incluso a mí me cuesta calcular cuánto es “la mitad del paquete”… les dices “tienes que beber agua, tienes que beber la solución que te damos”, y ellos asienten y dicen “sí”. Pero sabes que no tienen agua suficiente, reciben apenas unos litros al día. Así que les prescribimos algo que no pueden hacer, y sientes que lo haces es como poner una minúscula tirita para detener una gran hemorragia.

Hasta ahora todos hemos estado compartiendo los turnos de noche. Hay que estar ahí constantemente, sobre todo con los niños desnutridos, evaluando, buscando el equilibrio entre aportarles el suero suficiente por un lado y evitar provocarles un fallo cardiaco. Por el momento hemos podido hacerlo, pero no sé por cuánto tiempo podremos seguir trabajando a este ritmo.

Recuerdo a un paciente, muy pequeño, tendría dos o tres años, que estaba en tal estado cuando llegó que pensamos: “no hay nada que hacer, se acabó para él”. Afortunadamente, acabábamos de instalar la máquina de oxígeno, así que comenzamos con eso, le pusimos en tratamiento, ¡y al final del día el niño ya se estaba quejando, quería irse a casa! Fue increíblemente agradable: cuando un niño empieza a incordiar, ya sabes que la cosa va bien. En casos como este, le dejamos ingresado toda la noche. Quiero decir, que llegó moribundo, ¡tampoco puedes mandarle a casa el mismo día aunque haya mejorado! Pero a veces ocurre, niños que se recuperan de inmediato.

También tenemos recuperaciones asombrosas cuando referimos a un paciente a Doro, donde MSF tiene un hospital de campaña más grande que el que tenemos aquí. Te pasas un par de noches pensando cómo le estará yendo allí al paciente. El otro día sin ir más lejos tuve a un niño de 7 años que realmente no pensé que fuera a sobrevivir. Llegó en estado muy grave y no teníamos la capacidad de diagnóstico aquí necesaria para saber exactamente qué le pasaba.

Cuando nos le llevamos de urgencia a Doro, fue con mucha prisa, su abuela también tuvo que subir al vehículo, iba llorando y se te rompía el corazón al verla porque se la veía asustada y sola. Ese mismo día volvió con el crío, con una gran sonrisa, estrechándonos la mano a todos y haciendo que el niño también lo hiciera. Y aquello hizo que aquel mal día se convirtiera en algo mucho más llevadero.

Y luego está el tema de la traducción a tres bandas. Es muy complicada, y los intérpretes se cansan, porque pasamos de la lengua tribal al árabe y de ahí al inglés, y vuelta al revés. A veces tienes cuatro niños que han llegado con su abuela, o con una hermana mayor, y ellas no saben necesariamente qué ha ocurrido. Y esperan de nosotros que seamos capaces de adivinar. Intentamos explicarles que no podemos hacernos una idea si no nos cuentan ellas qué ha ocurrido, cuál ha sido el proceso hasta ahora. Pero les resulta extraño porque ven nuestros estetoscopios, y un estetoscopio significa que debes de saber lo que va mal ¿no? Sé que a los traductores les cuesta explicar estas cosas. Cualquier traducción es complicada, muy complicada.

En mi primera noche aquí, tuvimos que quedarnos con un niño que estaba muy enfermo. En un momento dado, nos dijeron que había otro niño también muy enfermo en la puerta, así que dejé al pequeño ingresado durante unos minutos para ir a examinar al recién llegado. Cuando pasábamos delante de los guardias, estaban matando a una descomunal serpiente que se había colado en el recinto. Y la verdad es que me dio por reírme, por lo ridículo de la situación. Imagina que se te cae la linterna, te tropiezas con una de las enormes grietas que hay en el suelo y vas y das de bruces con una serpiente gigante que probablemente es venenosa. Es una situación bastante extrema, así que si no te ríes, ¿qué te queda?

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* La doctora Kirrily de Polnay trabaja con MSF en el hospital de campaña del campo de refugiados de Jamam, en Sudán del Sur. Los campos de refugiados de Doro y Jamam acogen a más de 80.000 personas procedentes del estado de Nilo Azul, en el vecino Sudán. Malviven en un entorno hostil que no está preparado para cubrir las necesidades de tantas personas, por lo que los refugiados dependen totalmente de la ayuda humanitaria.

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Foto1: La doctora Kirrily de Polnay, con el pequeño Aman, en la “sala de urgencias” del hospital de MSF en Jamam, Sudán del Sur (© Robin Meldrum).

Foto2: Un paciente en estado muy grave, ingresado en el hospital de MSF en Doro tras su traslado de urgencia desde el hospital de Jamam (© Robin Meldrum).

 

Dadaab: la vida en una tienda

07 septiembre 2011

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Kenia)*

La vida en una tienda es la que llevan los cientos de miles de personas que, como os contaba, abarrotan los campos de refugiados somalíes de Dadaab, en Kenia. A vista de pájaro, en el avión que tomamos para llegar desde Nairobi en un confortable vuelo de una hora, o desde el propio GoogleEarth, lo vemos en toda su extensión.

Miles, decenas de miles, de tiendas en filas ordenadas dan lugar al nacimiento de una nueva sociedad. Una sociedad de refugiados, una sociedad refugiada de la violencia, de la desnutrición, de la falta de atención e incluso de la persecución sufrida en Somalia. Ya hay nombres para las kilométricas avenidas de tiendas: Avenida Unidad; Avenida Amistad; Avenida Reconciliación; parece un esfuerzo para evitar simbólicamente que los problemas de Somalia resurjan en esta mega-ciudad de plástico y servicios temporales.

Centros de distribución de comida, escuelas, mezquitas, canalizaciones de agua, disponibilidad de letrinas, gestión de basuras y desechos, estaciones de policía… aquí hay todo lo necesario para que 120.000 personas puedan sobrevivir; eso sí, con la dignidad reducida a mínimos.

En eso estamos en la extensión de Ifo, un nuevo campo en el que Médicos Sin Fronteras contribuirá con la provisión de servicios médicos, porque aquí, ahora, la atención médica y nutricional es una de las prioridades. Queremos que, mediante un sistema que combine la apertura de un hospital y de varios centros y puestos de salud, todo este nuevo “mundo” tenga garantizada la atención médica de emergencia de calidad, desde la salud primaria al tratamiento de los casos más severos de desnutrición, desde los servicios obstétricos hasta la respuesta a los brotes epidémicos que inexorablemente vendrán.

Ya llevamos tres años trabajando en otro mega-campo, Daghaley, con un sistema parecido. Ahora mismo el centro terapéutico nutricional tiene 210 camas, todas ellas ocupadas por niños menores de 10 años, y seguimos aumentando la capacidad. Las campañas de vacunación contra el sarampión se realizan de forma masiva. Las mujeres siguen teniendo complicaciones en el parto que hay que atender, en ocasiones siendo necesario practicar cesárea en nuestros quirófanos.

La salud mental es un componente esencial, como también lo es tratar los casos complicados de meningitis o cualquier otra enfermedad… es un no parar. La actividad ya era enorme antes de la crisis nutricional en Somalia y ahora simplemente todo se ha elevado al cubo… de la desnutrición.

En el nacimiento del nuevo campo, también a nosotros nos toca convertir nuestra vida en una vida en una tienda. Por razones de seguridad, muchas organizaciones eligieron permanecer en el centro “urbano” de Dadaab, una pequeña aldea keniana separada de los campos por 25 minutos de convoy protegido por efectivos armados. Los equipos de MSF fueron los primeros en situar sus tiendas-oficina y las tiendas-vivienda al lado de los campos de refugiados, en aras de garantizar la proximidad con la población.

Ahora, con el nacimiento de la extensión de Ifo, nace también un nuevo equipo de MSF; Amal, Marta, Emiliano, Lucy, Blanca, Freeman y tantos otros coordinadores, médicos, enfermeros, logistas, administradores, han convertido su vida también en una tienda. La gran diferencia respecto de los somalíes es que sabemos que nuestra situación es temporal y tenemos billete de vuelta.

En lo profesional, mientras construimos las estructuras permanentes (de cemento) que albergarán el hospital y los centros de salud, hay que ir dando respuesta médico-humanitaria a las necesidades de los refugiados que van llenando el nuevo campo. Muchos de ellos son reubicados aquí por ACNUR* previo proceso de registro; pero muchos otros aparecen espontáneamente, ya sea porque son recién llegados  de Somalia, ya porque han decidido abandonar la periferia del campo…

Porque sí, efectivamente, los campos de Dadaab son de tal magnitud que también cuentan con sus propias afueras, con sus suburbios. Suburbios en un campo de refugiados… sinceramente, nunca pensé que vería algo así. Pues en los suburbios de Dadaab es donde se agolpan los recién llegados de Somalia y, ahí, disponer de una tienda de plástico, llevar una vida en una tienda, se convierte en todo un privilegio.

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* Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados.

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Foto1: Refugio improvisado por una familia somalí a las afueras del campo de Daghaley, en Dadaab (Kenia). Julio de 2011. (© Michael Goldfarb/MSF)

Foto2: Refugiados somalíes llevan asus niños enfermos y con desnutrición al nuevo centro de nutrición terapéutica abierto por MSF en en campo de Dadaab (Kenia). Julio de 2011. (© Brendan Bannon)

¿Volver a empezar? (en Mogadiscio)

24 agosto 2011

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Somalia)*

Para mucha población somalí obligada a huir en busca de ayuda, sí. Para muchos actores humanitarios que intentan ahora entrar en el país, también. Para unas pocas organizaciones, como Médicos sin Fronteras, que llevan años en Somalia, no tanto. La llamada internacional de ayuda para la crisis del Cuerno de África estaba y sigue estando muy alto en la agenda pública: medios de comunicación, agencias de Naciones Unidas, ONGs, gobiernos, hasta el propio Vaticano.

La ecuación que se nos presenta para despejar es relativamente sencilla: no ha llovido, la sequía ha acabado con el ganado y los cultivos, la población se ha quedado sin comida y sin medios de subsistencia, se genera hambruna. Eso es lo descriptivo. ¿Qué toca hacer ahora?: dar cientos de millones de dólares, comprar comida, dar comida. Ecuación despejada.

Antes de terminar mi última misión en Mogadiscio en diciembre del año 2007, MSF logró abrir un hospital de 70 camas. Este hospital tenía un programa nutricional pediátrico, para niños menores de 5 años. A las dos semanas de la apertura, estaba totalmente lleno. Respondíamos a brotes de cólera, atendíamos las complicaciones obstétricas, continuábamos con la cirugía de guerra… representaba lo que Somalia ha sido, era en ese momento y es ahora para MSF: una de las mayores y más prolongadas crisis humanitarias del mundo consecuencia de un interminable conflicto armado interno.

Sí, ahora tenemos una nueva ventana de oportunidad: podemos restablecer al personal internacional en Mogadiscio de forma permanente. Evaluar esta posibilidad era una de las razones de mi desplazamiento a Mogadiscio estos días pero, después de estar aquí una semana, lo que he visto es que esta sigue siendo la Somalia cuyas complicaciones no sólo obedecen a una sequía extrema, sino también a la violencia, al desplazamiento, al fracaso de las políticas internacionales de cooperación al desarrollo, a la ausencia de actores humanitarios sobre el terreno y a un gobierno basado en Kenia que no es funcional. Esto es, a factores estrictamente humanos.

Sobre el terreno, hemos visto un enorme aumento en nuestros programas nutricionales, llegando a tratar a siete veces más niños desnutridos que en el mismo periodo del año pasado. La desnutrición severa aguda está por encima de los umbrales de emergencia. Hay muchos desplazados internos dispersos por Mogadiscio, difíciles de mapear y acceder. Hay que prepararse para los casi inevitables brotes de cólera. Hay que vacunar contra el sarampión. Todo eso lo tenemos ya en marcha.

Pero precisamente esto no pasa sólo por pedir millones de dólares. Esto pasa por hacer la ayuda efectiva (que llegue rápidamente), imparcial (que llegue a quienes más lo necesitan), neutral (que no se penalice a la población sólo por vivir en áreas controladas por actores que no nos gustan o con quienes no sabemos tratar) e independiente (que no sea manipulada o controlada por otros que no seamos nosotros).

Hacer eso no es tan sencillo. El modelo de ayuda internacional que se nos vende (movilizar fondos, comprar comida, darla) no funciona en un entorno como el Somalí. Mogadiscio no tiene nada que ver con una región que se encuentra a 20 kilómetros de aquí (Jowhar). Ni siquiera un barrio de la capital tiene nada que ver con otro situado a 10 minutos en coche.

La situación de los somalíes en los mega-campos de refugiados de Dadaab (Kenya) tiene también poco que ver con las regiones más desfavorecidas de ese mismo país. Como poco tiene que ver la situación (y cómo implementar programas humanitarios) en los campos de Dolo (Etiopía) con la que vemos en otras regiones de ese país, en muchas de las cuales la población no muestra signos severos de desnutrición, por ejemplo.

Por tanto, aglutinar todas estas micro-realidades en un eslógan que combine “Cuerno de Africa”, “sequía” y “hambruna” es cuanto menos simplista y, hasta el momento, poco útil para la población somalí.

Todo apunta a que estamos ante una crisis gravísima, pero una crisis compleja a la que no se puede responder con soluciones simplistas. Estar en Mogadiscio con el personal de MSF que ha mantenido los programas activos permite cuanto menos tener una buena idea de la realidad.

¿Volver? No para nosotros, hemos estado aquí durante 20 años seguidos. Otra vez hambruna… ¿Volver a empezar? No para nosotros, la crisis de la población somalí ha sido una constante desde hace mucho tiempo, sobre todo dentro de Somalia, pero también con los refugiados en Etiopía, Kenia, Yibuti, Uganda o Yemen.

La gran prioridad ahora, dentro de tanto ruido, sigue siendo la misma: que la población somalí acceda a una ayuda de emergencia médico-humanitaria de calidad mientras las soluciones políticas siguen en estado crítico.

*Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF para Somalia, Kenia y Etiopía.

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Fotos: Equipos de MSF atienden a los desplazados somalíes en el distrito de Wadaag, al sur de Mogadiscio (13 de agosto de 2011). © Feisal Omar.

Té con leche (en Somalia)

22 agosto 2011

Por Hussein Sheikh Qassim, Somalia (Médicos Sin Fronteras)

Cuando nos levantamos, el cielo estaba cubierto de nubes negras. Ya no vimos el sol en todo el día. Por culpa del mal tiempo, son menos los enfermos que nos han llegado, ya que los coches no han salido a la carretera por miedo a lluvias torrenciales: las carreteras no están asfaltadas, así que cuando llueve mucho se convierten en lodazales en los que los coches no pueden ni avanzar. Así que nadie se arriesga, y eso que realmente no ha llovido en condiciones en los últimos tres años.

De todas formas, el hospital está lleno debido al enorme volumen de pacientes que nos han estado llegando en los últimos días. Hemos estado muy ocupados.

Marere es un algo diferente de otras regiones de Somalia: está cerca de un río, y llueve ocasionalmente, aunque el suelo está demasiado seco como para que suponga alguna diferencia, así que no hay vegetación. La mayor parte del país sufre una grave sequía, y la mayoría parte de los pacientes a los que atendemos están extremadamente desnutridos. En un hospital cualquiera de un país cualquiera, obviamente ves enfermos, es lo normal. Pero lo que estamos viendo aquí no es normal: estamos viendo a personas que, además de estar enfermas, están muriendo de hambre.

Muchas madres caminan kilómetros para llegar al hospital, cargando con sus hijos a la espalda y sin nada que llevarse a la boca durante días, así que cuando llegan no sólo tenemos que atender a los niños: también tenemos que alimentarlas a ellas.

Esta semana, una anciana llegó con su nieto de tres años desde el campo de desplazados de Jiro, que está a unos 70 kilómetros de aquí. Su familia se dedicaba al pastoreo, pero todo el ganado murió y tuvieron que irse de su aldea con unas pocas cabras que les quedaban. Nos dijo que el pequeño, Siyat Abdi Ali, llevaba un mes enfermo, con tos, vómitos y diarrea. Pero lo que realmente nos impactó fue que, durante todo aquel mes, lo único que habían podido darle de comer era té dulce con un poco de leche de cabra: no les quedaba otra cosa.

Como podéis imaginar, el niño era todo piel y huesos, literalmente se estaba muriendo de hambre. Además de la desnutrición aguda severa, tenía neumonía. También la abuela estaba gravemente desnutrida, y tuvo que ser ingresada. Siyat está siendo alimentado primero mediante suero porque está demasiado débil como para poder deglutir. Al menos ya mueve las piernas, cosa que era incapaz de hacer cuando llegó.

En general estamos viendo más adultos desnutridos, de nuevo algo que no es habitual. Precisamente acabamos de ingresar en el centro nutricional a un chico de 14 años, al que en Somalia ya se considera adulto. También vemos un volumen creciente de mujeres embarazadas, que en condiciones normales necesitan ingerir más alimentos ya que comen por dos… pero aquí no llegan al mínimo, y algunas de ellas llegan al parto tan desnutridas, tan debilitadas, que no tienen fuerza muscular suficiente como para empujar. Un parto natural requiere contracciones musculares, y si estas no se producen, el parto se complica y las hemorragias son frecuentes, así que tenemos que practicarles transfusiones. En cuanto a los bebés, si es que sobreviven al parto, nacen por debajo de su peso, extremadamente debilitados, y deben quedarse ingresados.

La semana pasada, en una sola noche teníamos hasta 103 niños ingresados en el centro de nutrición intensiva, todos ellos con desnutrición aguda severa. En la zona de hospitalización, tenemos 57 pacientes de todas las edades, otros 131 en el área de tuberculosis, y pasamos unas 300 consultas al día.

El hospital dispone también de servicios de vacunación, una clínica y de clínicas móviles, que se desplazan a las localidades de los alrededores de Marere para tratar a los pacientes y que ellos no tengan que desplazarse. También tenemos algunos coches preparados para enviarlos como ambulancias a recoger a los niños con desnutrición más avanzada y a los pacientes en peor estado. Así que, si nos atenemos simplemente a las cifras, estamos desbordados.

Estamos salvando muchas vidas, niños y adultos que habrían muerto de no existir este hospital. No hay nadie más trabajando en esta zona, y MSF es la única organización que proporciona asistencia –tanto médica como alimentaria—en esta región. Llevamos años haciéndolo.

Permitidme, para terminar, que os cuente una pequeña historia. Antes de que MSF abriera este hospital en juulio de 2003, había poca gente joven en la región: muchísimos morían por culpa de enfermedades prevenibles y tratables. Ahora, las cosas han cambiado a simple vista: si te das un pequeño paseo por la ciudad, puedes ver a muchos jóvenes que están vivos por haber sido tratados o vacunados en el hospital. Tan es así, que aquí la gente llama a los menores de 11 años “la generación MSF”.

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Foto: Centro nutricional del hospital de MSF en Marere (julio de 2011, © MSF).

Crónica desde Etiopía: Paliar el hambre es la prioridad

01 agosto 2011

Por Rose Foley (Etiopía, PLAN Internacional)


Los niños y las madres lactantes son los más vulnerables
en la actual hambruna que está azotando todo el sur de Etiopía. La mayoría llegan malnutridos, muy delgados y enfermos. PLAN les da alimentos ricos en nutrientes para poder mejora su estado de salud.

Giro la esquina y me encuentro con Yoseph. Le conocí el lunes, llegó cojeando a causa de la  malnutrición y con muchos dolores. Hoy,  sin embargo, sonríe. Acaba de recibir su último suministro de alimentos. Está descansando la pierna, sentando orgulloso sobre un saco de harina y con una botella de aceite. “Hoy es un gran día” nos dice.

Belalanesh, de 8 años de edad, balancea a su hermano pequeño intentando calmar sus llantos. Su ropa también está manchada de harina. Su madre, Kabiwish cuida de sus otros dos hijos gemelos, mientras ella coge la ración de aceite que les corresponde. El lunes, Belalanesh me dijo que estaba triste y sentía su tripa vacía. Pero hoy sonríe tímidamente y se ríe un poco cuando la pregunto qué tal se encuentra.                                                        

Paliar el hambre de esta gente que no tiene nada que comer es la prioridad en estos momentos. Sin embargo, PLAN debe también mirar más allá de las necesidades inmediatas. En un periodo de hambruna como este, los menores necesitan una protección especial ya que las familias se ven forzadas en muchos casos a romper con la rutina y marcharse a otro lugar recorriendo largas distancias. La escolarización de los niños y las niñas  se suele ver interrumpida, y ante la falta de dinero los niños pueden acabar trabajando para traer a casa ingresos extras. Las niñas son quienes corren más peligro ya que además de tener responsabilidades en el hogar, son especialmente vulnerables a los abusos sexuales.

Mientras los suministros se siguen repartiendo en los puntos de distribución de comida de PLAN (llenando los estómagos y repartiendo sonrisas);  los trabajadores de la organización actúan también detrás de la escena. Se han desplazado a las comunidades, hogares y las escuelas de las zonas del sur de Etiopía para proteger a los niños y sus familias de esta crisis alimenticia.

Adiós a Boda

15 octubre 2010

Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)

Igual que en otra entrega os hablaba de la gran oportunidad que fue abrir el proyecto de Gadzi, hoy no me queda más remedio que contaros una de las tareas menos deseables de este trabajo: cerrar nuestro proyecto en Boda. Siendo sincero, ni yo mismo pensaba tener que cerrar Boda. Contaba terminar mi misión y pasarle “la tarea” a otro compañero que viniera a reemplazarme en mi puesto, pero las intervenciones de emergencia son así.

Es difícil romper los vínculos afectivos con todo aquello que, a fuerza de tiempo, de trabajo y de algún sinsabor, acabas sintiendo como propio, con un programa que realmente ha marcado la diferencia en una región como el suroeste de la República Centroafricana, donde las necesidades básicas están todavía muy lejos de ser cubiertas.

Cuesta dejar un sitio donde lamentablemente la gente va a seguir pereciendo de enfermedades totalmente curables y donde las condiciones de vida serán tan duras como lo han sido siempre. Pero todo lo que comienza tiene un fin, y en algunos casos, el intervalo de tiempo entre apertura y cierre no es grande. Concretamente en Boda han sido quince meses. Quince meses donde hemos pasado más de 25.000 consultas pediátricas y hemos curado la desnutrición a unos 6.000 niños.

Como organización de emergencia, es fundamental marcar los límites de nuestra intervención. Nuestro trabajo está basado en indicadores que nos permiten decidir cuándo entrar y cuándo salir de una región. Esos indicadores deben ser objetivos, analizables y, sobre todo, basados en estrictos criterios médicos que nos alejen de tentaciones políticas y presiones contextuales. Y en Boda, la misma razón por la que comenzamos a trabajar (una urgencia nutricional con una elevada mortalidad infantil) es la misma por la que ahora debemos cerrar: hemos podido reducir los indicadores epidemiológicos a índices por debajo de los umbrales de emergencia.

También ha sido un objetivo en nuestro proyecto llamar la atención sobre un contexto fuera del mapamundi informativo. La respuesta ha sido desigual. Muchos medios han mostrado interés por el contexto diamantífero. Pero no ha habido otra organización a la que hacerle un traspaso de nuestras actividades. La región necesita organizaciones que tengan la capacidad de hacer inversiones a largo plazo y de realizar profundos cambios estructurales. Lamentablemente, los intereses de los donantes internacionales están todavía lejos de Boda.

Ahora es inevitable hacerse la traicionera pregunta “¿qué hemos dejado?”… como si toda acción humana tuviera la imperiosa necesidad de perpetuarse en el tiempo. No puedo ser demasiado ambicioso en la repuesta, no puedo hablar de grandes construcciones ni de infraestructuras que vayan a recordar nuestro paso para siempre. No era ese nuestro objetivo.

Sin embargo, sé que dejamos algo mucho más valioso: el incontable número de niños que tuvieron otra oportunidad, que pudieron superar el duro bache de una traicionera malaria, o de una descompensación nutricional. Bache que, en muchos casos, será el último crítico que tengan que superar en la primera infancia, porque, a partir de los 5 años, los niños desarrollan más defensas naturales para combatir las enfermedades.

También me consuela pensar que todavía nuestros compañeros siguen trabajando no lejos de aquí, en Gadzi. En caso de emergencia, pueden responder rápido. Además, Gadzi es una zona todavía más desfavorecida y vulnerable dentro de la ya de por si frágil situación de todo el país.

En la que de momento será mi última colaboración desde República Centroafricana a este blog colectivo, quiero agradecer el trabajo de los compañeros que no están en el terreno pero que hacen que distancias de miles de kilómetros parezcan un simple paseo. Y quiero agradeceros también a todos los que habéis leído el blog, y os habéis interesado por la República Centroafricana, aportando vuestro granito de arena a la mejora de la condiciones de vida de sus habitantes.

Y finalmente, mis últimas letras son para los verdaderos protagonistas, aquellos que son el último eslabón en toda esta gran cadena: los que conducen los coches que nos trasportan, los que nos instalan la luz para que trabajemos y los que administran los tratamientos que curan a los pacientes. A los compañeros centroafricanos, con agradecimiento.

Desde Boda,

Óscar

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Fotos: © Óscar Sánchez-Rey

Dicen los libros de Medicina…

05 octubre 2010

Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)

La historia de Louise y de su pequeña nieta, Micheline, no es una historia ni más excepcional ni más difícil que el resto de historias de los muchos pacientes que a diario vemos en los centros donde trabajamos. Pero es la historia personal, y por tanto única, de dos personas. Una pequeña paciente de apenas tres meses de vida, que nunca tendrá recuerdos de estos días, y de su abuela, que seguro que no olvidará su paso por nuestro centro nutricional de Boda.

Micheline es una paciente con una situación un tanto atípica entre los pacientes desnutridos. De hecho, técnicamente, ella no está desnutrida. Forma parte de los pacientes menores de seis meses que debe recibir un tratamiento especial e intensivo. A Micheline hay que buscarle una forma de alimentación adecuada para su edad y sostenible para al menos los próximos seis meses. La leche materna no está disponible, y los médicos de nuestro centro están usando una técnica para devolver la leche a su abuela, que hace más de 30 años que no amamanta.

Dicen los libros de Medicina que mediante la estimulación del seno se produce la hormona responsable de regular el flujo lácteo, y que es posible que una mujer que alguna vez haya dado el pecho lo vuelva a dar sin necesidad de estar embarazada. En Boda es la primera vez que veo el caso real en el terreno. Aproveché para hablar con Louise y que me contara la historia de cómo llegó a nuestro CNI, el centro nutricional intensivo.

La mamá biológica de Micheline está enferma y no puede hacerse cargo de la niña. El padre despareció. Abuela, madre y ahora nieta viven juntas en la misma casa. Son agricultoras y subsisten con lo poco que les da la cosecha. Ellas son de Bossui, un pueblo al que vamos una vez cada dos semanas con nuestro centro nutricional ambulatorio.

Louise sabía que la única posibilidad de ayudar a su nieta era caminar los 30 kilómetros de distancia entre Bossui y Boda para llegar al hospital. Tardo toda una jornada en recorrerlos. No fue fácil porque, en plena época de lluvias, los aguaceros no dan tregua.

Louise me contó que la técnica de succión consiste en administrarle leche a la niña por una pequeña sonda pegada a su seno. Con la succión que realiza para beber la leche artificial, la niña estimula el pecho y, al cabo de varias semanas, la leche comienza a subir. Me dijo Louise que la última vez que dio de mamar fue en 1972, cuando nació su única hija. Y que, aunque la cosa parecía un poco rara, ella creyó en todo momento a los doctores. “Si ellos decían que podría volver a dar el pecho, sería verdad”. Está bien en el centro y no tiene prisa por irse, la prioridad es la pequeña. “Me iré cuando me den el alta los médicos, no antes”, me dijo con gran confianza en sí misma.

Hablé con Louise hace algunas semanas. Pensé que tal vez estaba bien dejar pasar un tiempo para ver cómo había ido todo. Mes y medio después, la niña está fuerte y sana. Los médicos han comenzado a retirar progresivamente la leche artificial, porque Louise ya tiene buena capacidad para dar de mamar a su nieta. Hemos encontrado una manera sostenible, segura y barata de alimentar a la bebé durante al menos su primer año de vida.

Seguro que, a lo largo de su vida, Micheline tendrá que enfrentarse a muchas más dificultades, pero la primera batalla ya está ganada.

Desde Boda,
Óscar

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Foto: Louise y Micheline en el centro nutricional (© Óscar Sánchez-Rey)

MUAC-edema: una evaluación nutricional rápida

01 septiembre 2010

Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)

Después de algunos meses de misión y de conocer más el lugar donde trabajamos, cada vez me resulta más difícil explicar el problema de la desnutrición en una zona increíblemente fértil como es el suroeste de la República Centroafricana.

Sabemos que no afecta a toda la población; se centra casi exclusivamente en los niños menores de 5 años. Y también creemos que una dieta basada en hidratos de carbonos y escasa en vitaminas, minerales y sobre todo en proteínas, parece el factor determinante para que los más pequeños, en plena edad de crecimiento, enfermen de Kwashiorkor.

Sea como fuere, aunque la situación generalizada no está fuera de control, tenemos la nada despreciable cifra de 500 pacientes en tratamiento nutricional. Los niños continúan llegando a nuestros centros. Y el fantasma de la desnutrición sigue en la mente de las gentes del lugar.

Es por eso que, de forma casi regular, recibimos “alarmas nutricionales”. Habitualmente es el responsable médico de un pueblo quien nos llama porque ha recibido muchos casos de desnutrición en su consulta, y sospecha que la enfermedad empieza a aumentar más de lo habitual. Independientemente del origen de la información, nuestra obligación es comprobar y estudiar cada una de esas alertas. Hay que hacerlo de una forma suficientemente rápida y eficaz como para ser rigurosos en nuestras conclusiones, y no perder tiempo si una respuesta es requerida.

Es justamente eso los que os muestro en el blog de hoy: una evaluación nutricional rápida basada en el sistema MUAC-edemas. El MUAC (por sus siglas en inglés, perímetro medio del brazo) es una cinta plástica con códigos de colores que mide la circunferencia del brazo izquierdo de los niños de entre 6 meses y 5 años de edad. Se puede hacer una relación entre el grosor del brazo de un niño de una determinada edad y su estado nutricional.

El segundo factor indicador de desnutrición son los edemas. Un niño desnutrido y con edemas puede presentar un aspecto casi normal, incluso parecer un niño rellenito y saludable. Como además la mayoría de las mamás no saben la edad exacta de sus hijos, no hay calendarios, ni relojes ni nada que indique el día, utilizamos la altura como criterio de selección. Los niños de entre 6 meses y 5 años miden entre  65 y 110 centímetros de estatura. Es por eso que usamos el palo pintado de verde que veis en los compañeros de la foto.

Lo demás es simple. Llegamos al lugar donde han dado la alarma, contactamos con las autoridades locales y les pedimos que reúnan a todos los niños en un lugar conocido. Organizamos una zona de espera y medimos solamente a los que están entre los límites señalados en el bastón. Hay que tener cuidado de evaluar a un número suficiente de niños para que los resultados sean representativos de la población en cuestión.

Las fotos de esta entrega corresponden a dos evaluaciones diferentes separadas por más de 300 kilómetros de distancia. Aunque desgraciadamente encontramos en ambas algunos niños desnutridos, en ninguna fue necesaria hacer una intervención mayor.

Desde Boda,

Óscar

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Fotos: © Óscar Sánchez-Rey

Sobre la mujer

18 agosto 2010

Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)

Desde mi primera misión en Angola no ha dejado de fascinarme el papel de la mujer en la sociedad africana. Cuidadora incasable, madre paciente y trabajadora orgullosa, siempre ha llevado sobre sus hombros el peso de la familia, de la casa y a veces más. Sin duda, las mujeres en África son el eje familiar y el verdadero motor social.

Estoy convencido de que una sociedad fuerte es una sociedad donde las mujeres ocupan un papel protagonista en todos sus estamentos, y lamento la discriminación a la que se ven sometidas en todos los países donde he trabajado. Soy consciente de que con estas afirmaciones no hago ningún descubrimiento. Sin duda esa admiración también la siento por las mujeres de mi sociedad. Por mi madre, por mis abuelas y por las mujeres de su generación.

Pero lo verdaderamente admirable en África es cómo las mujeres siguen cumpliendo ese mismo papel social pero en condiciones casi imposibles. No sólo por el penoso trabajo que supone acarrear agua en la cabeza, cocinar con carbón, lavar en el río, o hacerse caminatas diarias de varios kilómetros, todo mientras transportan al más pequeño en la espalda, sino por las crueles decisiones diarias a las que una mujer en África tiene que enfrentarse desde muy temprana edad: repartir la escasa comida entre la numerosa prole, dejar a los niños solos en casa cuando hay que ir a cultivar o, lo peor, cómo usar el escaso dinero disponible. Esto último a veces ni siquiera supone un dilema: no hay ni lo uno ni lo otro.

Desde que trabajo en Médicos Sin Fronteras y me dan la oportunidad de escribir y mostrar mis fotos en algún medio, siempre he reservado un pequeño espacio de homenaje a la mujer africana. Así pretendo hacerlo de nuevo hoy. He buscado en mi archivo fotográfico de esta última misión en República Centroafricana fotos donde la mujer es la protagonista. No ha sido difícil encontrar algunas para mostraros.

Desde Boda,

Óscar.

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Fotos: República Centroafricana (© Óscar Sánchez-Rey)

Un pequeño punto en el mapa

19 julio 2010

por Alejandro Arantegui (Sur de Sudán, Médicos Sin Fronteras)

La temporada de lluvias ha llegado con fuerza por estas tierras. Es una buena noticia para la población: cualquier trozo de tierra es fértil para enterrar algunas semillas y dejar que la naturaleza haga su trabajo. De eso depende el sustento de toda esta gente, y ha sido así durante cientos de años.

Me parece un paisaje muy hermoso. Durante todo este mes siempre que he ido con el equipo de la clínica móvil, he ido viendo cómo los cultivos nos van rodeando hasta estar prácticamente inmersos en el paisaje. Y luego, unas lonas de plástico, soportadas con estructuras de madera y bambú dentro de las comunidades en las que viven estos desplazados. Y un equipo de gente que por unas horas asiste a todas las personas que acuden a nuestra clínica móvil para ser tratados. Así me siento. Si nos hicieran una foto aérea, seríamos un pequeño puntito azul dentro de un cuadro de verdes y rojos. Me gusta pensar así, me gusta creer que son las pequeñas acciones las que cambian las cosas. Ya os digo, un puntito en el mapa, en este mapa inmenso y precioso que es África.

En parte, es nuestro objetivo. Intentar aliviar el día a día de personas concretas a las que por desgracia les ha tocado vivir esta situación. Cada día cargamos los coches con medicamentos, material de curas, alimentos terapéuticos preparados (los llamados RUTF, ya os dije que os hablaría de cómo tratamos la desnutrición) y tests rápidos para detectar la malaria, pero sobre todo cargamos nuestros coches con personas. Personas dispuestas cada día a ayudar a otras personas. Pablo ya os ha contado algunas historias de nuestros trabajadores nacionales, personas como Valerio y ‘Big John’, personas que han vivido en sus propias carnes las penurias a las que se enfrentan los refugiados y los desplazados internos en este país. Ellos están también en los coches.

Yo quiero hablaros de la parte que me toca y que, como os decía, es parte de nuestro objetivo en el proyecto: garantizar el acceso a una atención médica de calidad y gratuita a los refugiados y desplazados internos. Desafortunadamente, la época de lluvias es también época de malaria. Una losa más sobre estas maltrechas espaldas, que hace, si cabe, el día a día un poco más difícil.

Esta enfermedad se ceba sobre todo con los pequeños, como siempre, los más vulnerables. Una simple picadura del mosquito que transmite este parásito es suficiente para contagiarla. Una vez dentro del organismo, después de una semana aproximadamente, provoca fiebre, anemia severa, dificultades respiratorias, síntomas neurológicos, y en muchos casos la muerte.

No existe vacuna para esta enfermedad. Sin embargo, podemos hacer mucho y de hecho lo hacemos. Contamos con tests rápidos para el diagnóstico temprano, algo extremadamente importante, así como un tratamiento adecuado. Cada día chequeamos a todas las personas que vienen a nuestras clínicas móviles con sospechas de haber sido contagiadas y en la mayoría de los casos podemos diagnosticarles y tratarles a tiempo.

Es importante también para nosotros explicar a estas personas cómo detectar la enfermedad, cómo prevenirla y por qué es importante que vengan a nuestras unidades móviles…

Y la desnutrición…

De todas formas, no es sólo la malaria lo que nos preocupa en nuestra actividad diaria. Ya os conté algo de nuestras actividades en Ezo y el ‘screening’ nutricional. También en nuestras clínicas móviles llevamos a cabo esta tarea. Cada día se nos llenan de madres con sus niños a cuestas, y les hacemos el ya famoso MUAC, el brazalete que nos ayuda a medir el grado de desnutrición del niño. En esta zona sí que encontramos casos desnutrición moderada y severa. Se dan todas las condiciones para ello y la época de lluvias, con sus mosquitos Anopheles, no ayuda.

Aquí es dónde aparece el RUTF, o alimento terapéutico ‘listo para usar’, no sé si más famoso incluso que el MUAC para todos aquellos que seguís este blog. Es un preparado alimenticio, que contiene todos los nutrientes necesarios para garantizar el soporte alimenticio de estos pequeños: junto con un eficiente tratamiento médico, es muy efectivo en los niños que podemos tratar ambulatoriamente y que son la mayoría de los que encontramos en la clínica móvil.

También aquí nuestra labor se hace presente cada día. Me resulta muy gratificante ver el chorreo de personas que acuden a nuestros servicios. Poder hablar con ellos, escuchar sus historias, reírme con los niños. Me gusta comprobar que la población nos conoce, confía en nosotros y acude en busca de ayuda. Quizás seamos los únicos que pueden garantizar esta atención, efectiva y gratuita. Pensad que no existe un sistema sanitario gratuito en este país, por lo que, para personas que difícilmente pueden pagar su alimento diario, es imposible acceder al diagnóstico y tratamiento de estas enfermedades.

Como siempre, no podemos dejar de pensar que cada día vendrán nuevos casos y que probablemente nos enfrentaremos a situaciones aún más difíciles en lo que a mi me parece un extraño lugar, mezcla de belleza y violencia, de riqueza natural y enfermedades, de personas acostumbradas a desconfiar y de personas eternamente agradecidas…

Este es nuestro pequeño puntito en el mapa de Sur Sudán. Hay muchos otros a lo largo de todo este continente y del mundo. No dejéis de pensar que poco a poco, grano a grano podemos dar la vuelta a las cosas que no nos gustan. Así que desde aquí os damos las gracias a todos los que cada día compartís este pensamiento con nosotros… y creedme si os digo que es una satisfacción personal ser testigo de todo.

Desde Yambio, un fuerte abrazo,

Alejandro.

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Foto 1: Carretera en Yambio, Sur de Sudán (© Catee Lalonde).

Foto 2: Parachek, prueba de diagnóstico rápido de la malaria, que permite saber si una persona padece la enfermedad en unos minutos (© Bruno De Cock/MSF).

Foto 3: Pequeño paciente consumiendo RUTF, en un proyecto de MSF en Darfur, norte de Sudán. (© Julie Damond/MSF)