Entradas etiquetadas como ‘desnutricion’

Arena roja y silencio

14 enero 2013

Por Tareck Daher (Médicos Sin Fronteras, Níger)

Durante horas, el viaje sigue tranquilamente. Paisajes idénticos desfilan ante nuestros ojos y no es un paisaje muy verde que digamos.

Matorrales por aquí y por allá, árboles por aquí y por allá a lo largo de la carreteras, seguramente cinamomos, y pequeñas colinas salpicando a lo lejos el paisaje saheliano de esta parte de Níger. Arena y siempre más arena, una tierra que parece árida y que los hombres trabajan con dificultad.

El vehículo sigue su ruta, sin incidentes; nos vamos acercando a Madaua, nuestra primera escala. Media hora de descanso y un tercer cambio de vehículo: esta vez es Bouza quien envía el coche que nos espera en nuestro destino final.

Entre Bouza y Madaua el paisaje es idéntico. Si por casualidad nos colocamos detrás de algún vehículo, nos envuelve una polvareda de color ocre que se nos mete en la garganta hasta que por fin podemos adelantarlo. El sol ya no quema tanto como al principio del día. Las mujeres en las carreteras vuelven a sus hogares, con su cargamento de leña o de agua encima de la cabeza. Por la tarde, todavía les queda por preparar la comida y bañar a los niños, y todo esto después de un duro día de trabajo en el campo. Por la noche, en los pueblos, los niños rendidos de cansancio cenan y se van a la cama.

Por fin llegamos a Bouza. Tras 10 horas de ruta, aparece tras una curva un pueblo donde hemos asumido la gestión de toda una estructura hospitalaria para poder atender a los niños desnutridos. Una última curva y aparece nuestro destino final; un toque de claxon, el portal se abre… y nos recibe la nada. Todo el mundo está en el hospital, así que nos atiende el jefe de proyecto que está solo, esperándonos.

Estoy impaciente; como los demás, quiero visitar la estructura y ver cómo se atiende a estos niños. Me han hablado mucho de esta emergencia y quiero ver cómo estamos respondiendo.

Nos entretenemos el tiempo justo para beber un vaso de agua y lavarnos la cara para asearnos un poco, y ya estamos de nuevo en el coche camino del hospital. Al llegar allí, casi no se oye sonido alguno dentro del recinto, todo un contraste con el exterior. Al fondo, pueden verse unas tiendas blancas teñidas de rojo por culpa de la famosa arena de Níger, y todo está envuelto por un silencio denso en el que no se filtra nada. El vehículo se detiene. Bajamos y nos dirigimos hacia la entrada de este centro nutricional levantado

Centro nutricional de Médicos Sin Fronteras en Bouza, Níger (© Tareck Daher)

Centro nutricional de Médicos Sin Fronteras en Bouza, Níger (© Tareck Daher)

para acoger a niños enfermos.

A nuestra izquierda, en el suelo mondo, vemos unas mujeres envueltas en sus paños de colores cálidos; a su lado, niños tumbados en un silencio casi total, descarnados; de sus cuerpos no sobresalen más que los huesos, tan delgados que no podemos determinar su edad.

Bienvenidos al centro nutricional de Bouza donde la muerte te recibe en frío. Bienvenidos al mundo de lo absurdo, bienvenidos a este mundo donde la dignidad humana se perdió para siempre jamás, donde los niños mueren en silencio. En este mundo de brutos, no hay sito para los débiles.

Hay tiendas montadas por todas partes y en el interior de cada una de ellas hay más niños, habitualmente con sus madres. Se ha establecido un circuito: los que están peor se encuentran en primera línea. Intentamos recuperarlos, reanimarlos, que sigan viviendo. Son los que están peor: tienen la mirada apagada, sin apenas ya señal de vida. Se diría que han entendido que su lucha es como una carrera de obstáculos. Y ya no luchan, parece que han aprendido a rendirse.

Y sin embargo, en este centro nutricional a veces aparece un rayo de esperanza: cuando se ha podido salvar a un niño, cuando se puede ver una sonrisa dibujarse en un rostro, cuando se ha gana el combate y el niño se salva. Entonces piensas que hay que seguir adelante porque merece la pena hacerlo.

A vosotros, pequeños que sobreviviréis, quiero deciros que espero que seáis personas justas.

 

En ruta hacia Bouza

10 enero 2013

Por Tareck Daher (Médicos Sin Fronteras, Níger)

El despertador suena a las 5 de la mañana. Dentro de nada salimos para los proyectos. El coche debería llegar a las seis y media, y tenemos por delante de 9 a 10 horas de trayecto. Me han dicho que en principio la ruta está asfaltada hasta Madaua (nuestra primera escala), para partir enseguida rumbo a Bouza (donde se encuentra el segundo proyecto).

El desayuno consiste principalmente en sandía y un poco de agua. Miro por última vez mi email. Nuestro chófer, Ousmane, llega puntualmente con el coche. Pero nos falta alguien: parece ser que uno de los expatriados se ha dormido. Quizá olvidó poner el despertador. Llamo a su puerta varias veces, y por fin abre la puerta con los ojos todavía medio cerrados: no ha oído el despertador.

Quince minutos después nos ponemos todos en marcha; viajamos en minibús con los bártulos detrás y hay espacio suficiente para todos. Unos duermen, otros tendidos en los asientos intentan pasar el tiempo y yo, sentado delante, miro a mi alrededor este paisaje saheliano.

Paisaje de camino a Bouza (© Tareck Daher)

Paisaje de camino a Bouza (© Tareck Daher)

Escruto todo lo que me rodea a lo largo del camino. Veo cómo aparecen y desaparecen poblados bordeados de chozas con tejados de paja, quemados por el sol durante todo el año. Las paredes de adobe dan la impresión de que todo está a punto de caerse, y sin embargo estas casitas sencillas y modestas siguen en pie. Estas casas cobijan a menudo familias enteras, todos viviendo en la misma habitación.

A la vuelta del camino, por aquí y por allá, se puede ver el ganado que cuidan unos niños que no levantan un palmo del suelo. Conducen el rebaño hacia los campos para que puedan pastar. Viendo estos rebaños de cebúes y cómo esos niños hacen frente a estos animales que les obedecen sin rechistar, pienso en las tremendas responsabilidades que tienen que asumir desde muy temprana edad estos chicos tan pequeños.

Estos animales me parecen inmensos en comparación con los seres frágiles que los llevan a punta de bastón; un simple gesto un poco brusco podría acabar en drama. Y sin embargo, a lo largo del camino, es lo que vemos: niños pequeños (niños en su mayoría, más que niñas) que conducen orgullosamente sus animales, con un aire de dignidad impreso en la mirada.

Cuánta simplicidad podemos contemplar a lo largo de este camino, como a menudo ocurre en África. Ves gente vestida con sencillez yendo a pie de un lugar a otro, y no ves esa obesidad que a menudo constatamos en los países occidentales. Aquí, las personas son esbeltas, con aspecto distinguido, los rostros bien dibujados, con los trazos angulosos, la cabeza erguida con un porte digno… Rara vez se puede ver gente en la carretera haciendo autostop para que pare un vehículo: simplemente caminan hasta llegar a su destino.

DÍA DE MERCADO

A mitad de camino a Madaoua, después de 3 horas y media de carretera, llegamos a la gran aldea de Doutchi, lugar donde nos espera el vehículo “kiss”: es otro vehículo que viene a recogernos del proyecto de destino y que nos llevará hasta allí, mientras el vehículo en el que hemos venido regresa a la base.

Doutchi es una aldea rica en color, con todos estos colores de los variopintos bubúes1, las mujeres gritando por aquí y por allá intentando vender sus productos a los clientes del día. Es día de mercado en Doutchi. Aquí se dan cita todos los pueblos de los alrededores, vendedores diversos por todas partes intentando vender sus productos. Desde vendedores de ganado hasta vendedores de clavos, pasando por un carburador de moto… se encuentra de todo aquí. Es la cueva de Alí Babá: todo se regatea, desde un neumático usado pero todavía en buen estado según las normas locales, hasta una flamante moto nueva.

Aquí en Doutchi, como en muchos pueblos, los días de mercado son también días en los que la gente se reencuentra después de muchos meses de no verse así que es un día de risas y de palmadas cariñosas en el hombro entre amigos, mientras que otros discuten con vehemencia las últimas noticias de un pueblo o de otro. Bienvenidos a esta África, acogedora y resplandeciente. Bienvenidos a esta África donde las risas, los gritos estallan por doquier y donde el buen humor es lo que se lleva.

Estamos todos sentados alrededor de una mesa. Converso con los que van en sentido contrario, hacia la capital. Alguien me interpela para preguntarme si quiero beber algo, asiento y sigo con mi discusión en este caos donde todo el mundo se reúne. Todavía quedan unos minutos antes de reanudar una ruta que nos llevará aún varias horas. Tengo mucha suerte: voy sentado delante, al lado del conductor, el sitio ideal. Cada uno se desentumece las piernas como puede antes de volver al coche. Tenemos que llegar a Bouza antes de las 6 de la tarde.

Nos ponemos en marcha. Este coche es un todoterreno y es menos cómodo para los que van sentados atrás. Rebaños de camellos recorren la región, ganado por aquí y por allá, como si la desnutrición en este país no pudiese existir. Y sin embargo, todos los indicadores en las zonas de intervención están en rojo, hay niños que se mueren de hambre, niños que están desnutridos.

Los niños fotografiados a medio camino (© Tareck Daher).

Los niños fotografiados a medio camino (© Tareck Daher).

Pasada una hora de carretera desde que salimos de Doutchi, tenemos que parar para hacer nuestras necesidades, así que buscamos un lugar discreto donde de paso podamos descansar unos minutos. Unos niños vienen a nuestro encuentro, un grupo de niñas y niños pequeños. El mayor no tendrá más de 10 años y lleva en brazo a un niñito que está a su cuidado.

Les pregunto si me permiten hacerles una foto, y me contestan que sí con una gran sonrisa. Es fantástico. Tomo las fotos y se las enseño: estallan en risas, hablan deprisa; creo que comentan la foto.

Volvemos a subirnos al vehículo, los niños agitan sus delgadas manos para desearnos un buen viaje. Maravillosa África.

(Continuará)

 

1. El bubú o ‘boubou’ es una prenda de vestir típica del África Occidental, que consiste en varias piezas: un pantalón, una camisa larga y una túnica ancha sin mangas. Es un traje típicamente masculino aunque también es usado por las mujeres en algunos países.

 

Luke en Bihar: burocracia

21 septiembre 2012

Por Luke Chapman (médico de Médicos Sin Fronteras en India)*

Mucho de lo que sigue puede parecer una falta de respeto o incluso una crítica contra los procedimientos administrativos. Pero por favor no me malinterpretéis. Si la burocracia es un monstruoso instrumento complicado y difícil de manejar es porque el material que debe moldear (nosotros… yo en particular) es muy complejo, contradictorio, frecuentemente egoísta y a veces francamente estúpido. Así que por favor no penséis que me estoy burlando. Lo que sí encuentro gracioso es la condición humana que, para empezar, hizo la burocracia necesaria, y si un chico no puede reírse de… bueno básicamente de sí mismo, entonces de qué demonios puede reírse.

Llego casi 15 años trabajando para la sanidad pública británica (el quinto empleador más grande del mundo, un poco por detrás de McDonald’s), así que estoy acostumbrado a la burocracia más engorrosa. Y Médicos Sin Fronteras no es cualquier tontería, así que no sé por qué me sorprendió encontrarme con un refinado ejemplo de burocracia nada más empezar mi misión.

Era una tarde de calor sofocante en Biraul (sabes que vas a tener problemas cuando hasta los de aquí te dicen “menuda ola de calor”), y los supervisores del equipo se habían juntado para su reunión semanal. Bajo mis varias capas de sudor, pude percatarme vagamente de que estábamos hablando de sillas. Uno de los supervisores sentía que a su equipo le vendría bien tener sillas nuevas en la oficina y deshacernos de los artilugios de aspecto medieval que tenemos.

- “¿Tenemos presupuesto?”, preguntó uno.

- ”¿Y que pasa con la salud y seguridad laboral?”, consideró otro.

- ”¿Y los costes de mantenimiento y reparación?”, interpeló un tercero.

Cuando ya habíamos pasado algún tiempo discutiendo sobre este tema, una cuarta persona señaló que, si se cambiaban las sillas en un departamento, quizá habría que hacer lo mismo con los demás. ¡Para qué queríamos más: debate al canto! Con 20 minutos ya perdidos a nuestras espaldas, se reavivó la ronda de preguntas y contra-preguntas.

Puede parecer extraño que debatamos sobre el tema de las sillas de oficina. Yo mismo contribuyo con donaciones a MSF (sí, mi contable me odia) y hace tiempo tenía la idea, ingenua, de que cada céntimo se gasta en medicamentos o comida. Pues por lo que parece alguien en MSF mucho más listo que yo había pensado en esto y había llegado a dos conclusiones importantes. En primer lugar, si vas a proporcionar asistencia, esta debe ser la de mejor calidad posible; de no ser así estaríamos pecando de falta de ética y, lo que es peor, podríamos hacer mucho daño. En segundo lugar, para dispensar asistencia de calidad, no te gastas todo el dinero en antibióticos o alimentos terapéuticos, y distribuyéndolo al azar a cualquier persona que veas algo delgada.

Utilizar el dinero de los donantes de forma eficiente supone que tienes que invertir mucho en recursos humanos, logística, administración, equipamiento, equipos de apoyo, gestores, analistas, y un largo etcétera. Sin esta inversión, todo el sistema se derrumba y puede hacerse muy poco**. Para aquellos trabajadores de MSF que, por las tareas que tienen encomendadas, se pasan todo el día delante del ordenador, unas sillas cómodas son parte de esta eficacia. Y yo por mi parte estoy muy contento de que una parte de mi contribución económica, por pequeña que sea, se gaste en garantizar que nuestros traseros estén cómodos.

De todas formas y a pesar de todo ello, tras casi 40 minutos hablando de sillas (resultado: necesitamos algunas), me costaba reprimir la sonrisa. La semana que viene os hablaré del segundo punto del día: los mangos como amenazas para la seguridad.

* Luke Chapman es médico del proyecto de desnutrición infantil de MSF en Biraul, en el estado indio de Bihar.

** En 2011, un 4,8%  del coste de los proyectos  de MSF España en terreno se destinó a administración. Más detalles de la distribución del gasto en Memoria de actividades de MSF España 2011.

Luke en Bihar: Reena comía tierra

07 septiembre 2012

Por Luke Chapman (médico de Médicos Sin Fronteras en India)*

Reena** tiene cuatro años y medio y come tierra desde su más tierna infancia. Sus padres, desesperados, nos la han traído. Antes de su ingreso en el Centro de Estabilización de MSF llevaba enferma unas tres semanas. Decir que “no se encuentra muy bien” sería un eufemismo que incluso haría sentir incómodo al más inglés entre los ingleses: apenas si está consciente y prácticamente no puede ni mover un cuerpo en el que tiene más huesos que carne. Vómitos, fiebre y diarrea son los principales síntomas.

Su padre, que es carpintero, ha gastado grandes sumas de dinero en médicos locales (bueno, unos 50 euros al cambio, pero que suponen otras tantas semanas de salario para él). Le han recetado la mezcla habitual de placebos y antibióticos de amplio espectro, pero todo sin éxito alguno. Creen que podría tener fiebre tifoidea. Ahora los médicos se niegan a ver a Reena, aduciendo que no hay nada más que puedan hacer por ella, y que morirá. Aconsejan a sus padres que la lleven al hospital del distrito, a una hora y media de Biraul.

E aquí algunos antecedentes sobre este hospital. Está congestionado pues hace las veces de centro de referencia para lugares tan alejados como Nepal: 60 camas pediátricas para demasiados millones de personas. Así que el nivel de atención allí es variable. Y está muy lejos. Al final, el padre de Reena dice que de ninguna manera se plantea siquiera llevar a su hija allí.

La primera semana es dura para Reena. A pesar de sus lastimeros gemidos cada vez que la examinamos, su mirada desafiante sugiere que es una luchadora. La rehidratamos por vía intravenosa, para empezar. Cualquier cosa que intentamos introducirle en el estómago vía tubo nasogástrico vuelve a salir de nuevo por la boca, lo que dificulta el tratamiento. La atiborramos de antibióticos pero la fiebre no hace más que empeorar. Examinamos una y otra vez sus heces, que son normales. Al tercer o cuarto día, ya demasiado débil para moverse, empieza a llagársele el cuerpo de tanto estar inmóvil en cama, algo habitual en estas circunstancias pero en pacientes de al menos 60 años más que esta pobre criatura.

Durante el fin de semana, sangre y mucosidad empiezan a aparecer en su diarrea: disentería. No tenemos técnico de laboratorio el domingo, así que decido hacer yo mismo el examen al microscopio. No he tocado un microscopio desde que terminé mis estudios de medicina tropical hace tres años, y me siento bastante satisfecho conmigo mismo cuando encuentro el botón de encendido. Hago una pobre preparación con una muestra de heces e inmediatamente detecto un gran número de algo que me parecen huevos de lombriz.

Las siguientes 48 horas las pasamos discutiendo sobre qué son y repasando literatura médica para intentar identificarlos. Al principio, el técnico de laboratorio me dice que son partículas de alimentos, pero después de mostrarle unas cuantas de estas, le convenzo de que no es así. Además, desde que llegó, la pobre niña ha vomitado todo lo que le hemos dado, no ha retenido ni la leche, así que mucho menos comida.

Finalmente, decidimos que se trata de un huevo de lombriz trematoda, lo que se ajustaría a muchos de sus síntomas. Le damos una dosis de tratamiento desparasitante estándar, y por fin empezamos a ver salir en sus heces pequeños y gordos gusanos de medio centímetro. Pero estos gusanos en concreto no siempre responden bien a los tratamientos estándar y nuestro entregado logista se pasa la mañana en Darbhanga buscando en las farmacias un tratamiento algo más específico. Tan arduo trabajo se ve por fin recompensado cuando cientos, si no miles, de pequeños parásitos empiezan a aparecer en las heces de Reena durante los dos días siguientes. Nunca conseguimos un diagnóstico preciso para este gusano, aunque nos acercamos catalogándolo dentro del género de los Equinostomas. Sospecho que su enorme cantidad tenía que ver con la dieta rica en tierra de Reena.

Durante los días siguientes, las cosas van bien. La fiebre empieza a bajar, los vómitos desaparecen y casi una semana después de ver cómo se nos iba Reena, finalmente podemos darle algo de leche. Incluso la diarrea mejora. Del aletargamiento pasa a la irritabilidad, y todos intentamos recordarnos que esto es una buena señal.

Desearía más que nada en el mundo poder decir que la historia tuvo un final feliz. Pero la mejoría sólo fue pasajera. Después de algo más de dos semanas con nosotros, Reena se deteriora de nuevo. Vuelve la fiebre y otra vez vuelta a los antibióticos de amplio espectro, pero sin éxito. Veo desaparecer de su mirada aquel espíritu luchador, y es entonces cuando tengo el terrible presentimiento de lo que va a ocurrir. Al límite de los que podemos hacer por ella, la llevamos al hospital del distrito para hacerle algunas pruebas y ver a un especialista. Nos aconseja que la ingresemos, pero de nuevo sus padres se niegan. Por desgracia, los análisis son más o menos normales.

Al día siguiente por la noche, recibo la llamada telefónica que espero y temo a la vez. Reena, la pequeña luchadora que comía tierra, ha muerto. Pregunto por sus padres: ni una lágrima. Pienso que se habían resignado hacía ya semanas. Pregunto por el personal (todos nos habíamos encariñado con Reena durante el tiempo que pasó con nosotros). Todo el mundo está muy triste, pero de nuevo durante los últimos días todos habíamos tenido el presentimiento de que esto iba a ocurrir.

Fue la septicemia la que se llevó a Reena. ¿Habrían sido diferentes las cosas de no haber estado desnutrida? Nadie puede afirmarlo con seguridad, pero por lo menos hubiera tenido más posibilidades de sobrevivir. Y eso ocurre con muchas enfermedades. La malaria severa, la neumonía o la diarrea pueden suponer un grave problema incluso para el niño más saludable. Pero si el niño está además desnutrido, entonces llega al campo de juego con todas las de perder. Grandes o pequeños, nadie debería tener que hacer frente a esta lucha contracorriente sólo porque no está bien alimentado.

En lo que respecta al equipo, no hay palabras de consuelo. Todos somos profesionales y hacemos todo lo que podemos para separar el drama humano que acabamos de presenciar de las acciones que debemos emprender… recogiendo los pedazos, aprendiendo las lecciones que podemos aprender y tratando a las personas desnutridas con renovada determinación.

_____

 * Luke Chapman es médico del proyecto de desnutrición infantil de MSF en Biraul, en el estado indio de Bihar.

** Nombre cambiado para proteger el anonimato de la paciente.

 ____

Foto: Exposición de dibujos sobre la desnutrición tras el concurso entre artistas locales organizado por MSF en el distrito de Darbhanga, en el estado indio de Bihar, en 2011 (© MSF).

Sólo he visto dos tractores

04 septiembre 2012

por Esperanza Santos (enfermera de Médicos Sin Fronteras en Níger)

No sé si os he contado que estamos en la época de lluvias, así que ha habido unos cuantos tormentones; sobre todo son de madrugada o a primera hora de la mañana. Es muy curioso ver toda esta zona, que ya la había visto en el 2010 pero en otros meses, en octubre y noviembre y ahora está completamente cambiada. Las fotos que tenía de la otra vez, en 2010 eran paisajes con mucha arena, pueblitos de barro, todas las casas de adobe con su granero de adobe también al lado y ahora nada que ver, ¡¡ahora todo está verde!! Bueno, no os vayáis a pensar que es el bosque tropical, pero ahora encima de la arena hay matorrales verdes y los cultivos están creciendo.

En octubre recogen el cultivo y secan el grano para hacer la harina. Por eso precisamente, esta es la peor época del año para la desnutrición; la colecta del año pasado ya se les ha acabado, les quedan unos meses para poder recoger la nueva y ahora tienen que comprar la harina en el mercado. Si a esto sumamos la subida de los precios del mercado gracias a nuestra estupenda crisis internacional y la especulación sobre los precios del cereal, volvemos siempre a lo mismo, siempre son los mismos los que se llevan la peor parte.

También debe ser la temporada de la colecta de las cebollas, ¡madre mía!, ¡qué cantidad! La verdad es que no se ve mucha más variedad de productos, pero eso sí, cebolla hay para parar un tren. Además ponen los puestos de venta a los lados de la carretera (es lo normal, para vender a los que pasan), así que hay veces que cuando voy con el coche a algún centro de salud, paso por un pueblo que huele todo a cebolla, no os lo podéis imaginar…

A un lado y a otro de la carretera sólo ves sacos y sacos preparados para que alguien los compre, si se pudiese subsistir a base de cebolla, seguro que no teníamos tanto desnutrido en el programa.

La verdad es que es muy bonito ver a la gente preparando su cosecha, labrando la tierra, recogiendo hierbas para alimentar al ganado pero te paras a pensar y te das cuenta de que esto tan bonito y bucólico tiene un trasfondo bastante menos poético y más real.

Supongo que una de las causas por las que Niger ocupa el puesto 172-173 en el ranking mundial (de un total d 176 países) tiene que ver con que desde que vine a Níger sólo he visto 2 tractores y fue en el camino de Niamey a Madaoua (9 horas de coche atravesando buena parte del país, una de las más fértiles por cierto) y porque la gente trabaja la tierra con un palo de madera con un trozo de metal atado con una cuerda en el extremo, secan el grano al sol y las mujeres lo muelen para hacer la harina machacando el grano en una especie de mortero grande de madera.

El problema del hambre y la desnutrición en este país es un problema estructural, no es una crisis puntual, es una emergencia crónica, continuada en el tiempo. Por eso, quizás, es más difícil de asumir y de afrontarlo (por lo menos para mí); porque cuando he visto niños desnutridos en otros contextos (en conflictos, campos de desplazados), creo que espontáneamente la mente hace una relación causa-efecto y te parece que es una cosa temporal, que si se resuelve el conflicto, también eso se resolverá. Aunque desgraciadamente no sea siempre así, pero aquí es complicado porque la causa es tan grande, hay que cambiar tantas cosas (tanto en el país, como en las leyes de comercio internacional, como en la especulación sobre materias primas…), que es más complicado ver la salida a esta situación eso es lo que agota a mi mente de vez en cuando. Pero no, hay que seguir luchando, cada pasito que se dé es importante

 

______________

Fotografía: Campos en la región Madaoua, dónde MSF gestiona un proyecto de nutrición para prevenir y tratar la desnutrición © Juan-Carlos Tomasi

Ya está aquí la malaria

07 agosto 2012

por Esperanza Santos (enfermera de Médicos Sin Fronteras en Níger)

Ya estoy en Madaoua, que es donde está el proyecto de desnutrición y donde vamos a hacer la estrategia de respuesta a la malaria tal y como os contaba la semana pasada. La malaria también está aquí ya… bueno, está aquí durante todo el año, pero desde los meses de julio y agosto, y hasta octubre-noviembre, es la ‘temporada alta’.

Madaoua en particular, y Níger en general, son uno de esos sitios del mundo donde uno corrobora todas las estadísticas que ha oído y leído sobre el hambre y la pobreza en el mundo. Cuando escuchas eso de que “cada minuto mueren 10 niños de hambre en el mundo”, o eso otro de que “cada minuto muere un niño de malaria en el mundo”, no te haces una idea de lo que significa. Hasta que llegas a un sitio como Madaoua y lo ves con tus propios ojos.

Si en un sitio tan pequeño como el distrito de Madaoua (400.000 habitantes, de los cuales unos 90.000 niños menores de 5 años) se pueden morir unos cuantos cada día, y sabemos que desgraciadamente existen en el mundo muchos sitios como Madaoua, salen las cuentas… Es bastante duro de asumir, pero sí, no son sólo estadísticas.

Al llegar a Madaoua, me he encontrado con que la gente que está trabajando en el proyecto de desnutrición está haciendo ya frente al comienzo de la época de los picos de desnutrición y malaria. Como he dicho antes, no es que el resto del año no haya ni desnutrición ni malaria, pero durante este periodo se multiplican los casos. Es la época del año donde las reservas de grano de las cosechas del año anterior se están agotando y las nuevas cosechas aún no se han recogido: a este periodo se le conoce como “hunger gap” y dura hasta octubre-noviembre.

El año pasado, 20.000 niños menores de 5 años fueron admitidos en el programa nutricional de MSF en Madaoua. Casi todos ellos siguieron el tratamiento a nivel ambulatorio: van cada semana al centro de salud donde se controla el peso-talla de los niños, se les pasa consulta y recogen el alimento terapéutico para toda la semana. Este es un alimento que viene ya preparado para su consumo, no necesita agua y contiene todos los nutrientes de origen animal y vegetal que un niño desnutrido necesita para recuperarse. Es muy sencillo de administrar y por eso las madres o cuidadores de los niños pueden hacerlo en casa.

Cuando los niños están muy malitos y no toleran el alimento o tienen alguna otra enfermedad asociada, se les lleva al hospital y se les hace un tratamiento intensivo, que suele durar unas 2 semanas, y luego a seguir en casa el tratamiento en ambulatorio. En el hospital, también nos hacemos cargo de la parte de pediatría, en la que ingresan los niños que están malitos, pero no están desnutridos. Siempre que hablo de niños, me refiero a menores de 5 años. Es lo que tiene África, que una vez pasada esa barrera de edad se te considera casi casi adulto: ya tienes que encargarte de los más pequeños, ir a por agua, ayudar en casa…

Así que en este momento del año, como os digo, empiezan a multiplicarse las admisiones. Además de las salas habituales para los desnutridos y la pediatría, ya hay montadas cuatro tiendas de campaña grandes, y ya está todo lleno. La semana pasada, entre pediatría y desnutridos, había un total de 270 niños admitidos. Y siguen viniendo.

El día que llegué, dimos un paseo por el hospital. Es verdad que ya había estado aquí, y ya sé lo que hay, pero aún así, es duro verlo. Pero unos días más tarde pude pasar más tiempo, y aquello me ayudó bastante. Creo que el primer día, al dar sólo una pasada rápida, sólo me quedé con la imagen de los niños que estaban malitos malitos, niños que traían las madres a la admisión en muy malas condiciones, niños que estaban tan graves que algunos murieron en aquel mismo momento.

Pero la segunda vez ya pude pasar visita y leerme las historias y comprobar que muchos de los que habían llegado muy muy enfermos el día anterior o dos días ya habían recibido las primeras dosis de tratamiento y estaban mucho mejor. También vi a los niños que ya habían pasado unos días en el hospital y a los que se les podía dar el alta. Creo que para poder estar aquí luchando cada día con la muerte de niños, con la impotencia que transmite el hambre y la injusticia, es necesario también ver cada día cómo el trabajo que estamos haciendo está salvando la vida de muchos de ellos.

Por eso es tan necesaria también la estrategia de malaria. Porque es necesario que el diagnóstico y el tratamiento lleguen lo más lejos posible, a cuantos más pueblos mejor, para que los niños tomen el tratamiento rápido y no se pongan malitos malitos…

De momento estamos buscando personal local, luego pasamos al momento de la formación y de preparación de todos los medicamentos y el material, y a ver si en pocos días ya podemos distribuir el tratamiento a todos los centros y pueblos elegidos -al final me han salido 70 para cubrir toda el área- y comenzar a movernos cual electrones para que todo el mundo tenga todo, sepa todo y no haya ningún problema.

También he estado visitando algunos centros de salud y a las autoridades locales de los pueblos y de las áreas de salud, explicando lo que vamos a hacer para que se empiece a difundir el mensaje por las comunidades. Asimismo, estamos identificando a gente de los distintos pueblos, les estamos formando en prevención, signos y síntomas de malaria, para que hagan sensibilización en sus comunidades sobre el uso de la mosquitera y la importancia de llevar al niño al centro de salud cuando tiene fiebre.

Tenemos que ser rápidos, que la malaria ya está aquí. De momento os dejo, espero seguir contándoos cómo van las cosas por aquí.

 

_____

Foto 1: Centro de Nutrición de MSF en el Hospital de Madaoua, en Níger, en julio de 2012. En este centro son ingresados los niños desnutridos que además sufren complicaciones por otra enfermedad (© Silvia Fernández/MSF).

 Foto 2: Jornada de sensibilización sobre la desnutrición y la malaria en una aldea cercana al pueblo de Madaoua, en Níger, en julio de 2012 (© Silvia Fernández/MSF).

¿No me preguntáis por el fútbol?

02 agosto 2012

por Esperanza Santos (enfermera de Médicos Sin Fronteras en Níger)

 

 

Las cosas de palacio van despacio, así que llegué a Níger unos días más tarde de lo previsto: se retrasó el visado, se retrasó FedEx con mi pasaporte… pero el vuelo no se retrasó, así que llegué a la hora prevista a Niamey (4:45 a.m.), y a la casa del equipo de MSF a las 6:40.

Algo empanada por las horas de vuelo y por llevar más de 24 horas en pie, me dí cuenta de que todos hablaban francés como lengua materna, alguno hablaba inglés también y ninguno hablaba español. Ni siquiera hicieron ningún comentario sobre Casillas o Xavi (que es muy típico cuando dices que eres español); debe de ser envidia cochina.

Así que con la mitad de las neuronas que me quedaban en pie, pasé todo el día en la oficina, enterándome de los proyectos que hay en Níger, las reglas de seguridad, discutiendo cómo vamos a organizar la misión exploratoria de Mali y dividiendo tareas. Lo que me toca a mí: organizar la estrategia para prevenir y combatir la malaria en uno de los proyectos que tenemos en Níger, el de Madaoua, en el sur, donde ya estuve en el 2010. Bien.

La idea es descentralizar diagnóstico y tratamiento de la malaria todo lo que se pueda para hacerlo más accesible a la población. En la zona rural hay un grave problema de acceso al sistema sanitario: en ocasiones, el centro de salud más cercano está a más de 10 e incluso 20 kilómetros de distancia, así que una madre (probablemente embarazada) caminando con un niño enfermo de malaria a cuestas es incapaz de llegar al centro para conseguir el tratamiento.

Vamos a formar a la red de trabajadores comunitarios para que puedan realizar el test, dar tratamiento e identificar los casos graves que hay que referir. También queremos, ya que estamos, realizar el “despistaje” nutricional (la detección de casos), para referir a los niños desnutridos al programa de tratamiento y vacunar de sarampión a los que no lo estén.

Esa es la idea… os cuento más en breve.

 

___

Foto: Mujeres separando el grano de mijo, en un aldea cercana al pueblo de Madaoua, en Níger, en julio de 2012 (© Silvia Fernández/MSF).

 

Una evaluación nutricional con príncipe y pajarillo

31 julio 2012

por Trish Newport (enfermera de Médicos Sin Fronteras en Chad)*

Algunos días, siento que realmente estamos teniendo un impacto. Otros, me cuesta asimilar nuestras limitaciones y los cambios que no hacemos o no podemos hacer. Y la mayor parte de los días, paso de una sensación a otra a la velocidad del rayo. Y una vez me ocurrió que una de estas sensaciones se formó estando sentada, como la realeza, sobre un colchón de satén rosa con volantes.

Si bien la situación de seguridad alimentaria en Chad nunca es sobresaliente, este año es especialmente preocupante. El año pasado trajo malas cosechas y los cultivos que sí prosperaron fueron diezmados por una variedad de plagas. En esta región del mundo, en la que la desnutrición, la meningitis y el cólera cuentan cada uno con su propia estación, las malas cosechas no hacen sino aumentar la complejidad de los problemas que se pueden presentar.

Antes de cualquier intervención, debemos hacer una evaluación nutricional. Si os parece, os cuento cómo funcionan en un lugar como este y cómo llegué al colchón del que os hablaba al principio.

Llevar a cabo una evaluación nutricional no implica tan solo llegar a un pueblo y hacer un cribado de los niños. No solo hay que notificarlo a los jefes de los poblados, y que ellos nos autoricen a examinar a los niños: el territorio de Chad es inmenso así que, si no cuentas con un guía adecuado, es bastante fácil extraviarse durante horas en el desierto.

En una de las regiones en las que pretendíamos hacer el cribado el pasado mes de mayo, fue el Jefe de Cantón (un responsable de distrito) quien nos hizo de guía. Aunque se trate teóricamente de un puesto administrativo, culturalmente los jefes de cantón son vistos como miembros de la realeza, especialmente en las zonas más remotas.

El Jefe de Cantón de Affrouk, nuestro guía, era un hombre joven de 37 años y aspecto principesco, especialmente con sus bellísimos e impresionantemente blancos bubú**, túnica y turbante. Los asesores nutricionales a los que acompañaba me informaron de la costumbre de que el Jefe se sitúe en el asiento delantero de los vehículos, acompañado solamente por el conductor, ya que nadie querría jamás causarle incomodidad.

Al ver lo absurdo de que nueve personas se hacinaran en la parte trasera del todoterreno a 45 grados de temperatura, junto a todos los materiales que debíamos acarrear para pasar una semana en el desierto, el principesco jefe insistió en que me sentara delante con él. El equipo trató de disuadirle, pero finalmente (y con bastante alegría por mi parte) me pasé a los asientos delanteros.

Condujimos durante horas a través del desierto en busca de poblados seleccionados al azar para su inclusión en el estudio nutricional. A veces pasaba más de una hora sin que viéramos rastro alguno de vida humana, ni huellas de vehículos, ni pueblos, ni siquiera ganado. En las tres aldeas en las que nos detuvimos a realizar el cribado, nos trataron como a auténticos reyes. En uno de ellos, el jefe del poblado había preparado su choza para la ceremonia de bienvenida.

Para que nos sentáramos, tanto a mi principesca contraparte como a mí nos facilitaron nuestro propio colchón rosa con volantes forrado en raso. Sentada frente al Jefe del Cantón, me sentí como una princesa de derribo, ataviada con ropas que no lograban ocultar mi sempiterna incapacidad de mantenerme limpia durante más de dos minutos al día (especialmente en el desierto, donde las tormentas de arena son una forma de vida).

Después de que nos sirvieran numerosas rondas de té, uno de los evaluadores nutricionales nos presentó a un padre que llevaba en brazos a una niña diminuta, una bebé de 4 semanas que llevaba una semana enferma con diarreas y que a esas alturas parecía un pajarillo esquelético. El padre se sentó al borde del colchón rosa y lloró mientras yo le hacía preguntas acerca de la enfermedad de la niña. En francés fluido, me explicó cómo, unos días atrás, había caminado cuatro horas con la bebé en brazos para que la atendieran en el centro de salud más próximo; se lo encontró cerrado y tuvo que volverse.

Una vez terminada la evaluación nutricional en el pueblo, subimos a la bebé y a su madre al coche y emprendimos el larguísimo camino de vuelta al hospital de MSF. Esa noche, y cada una las seis noches siguientes, el padre de la bebé me llamó para preguntar por su familia. Con el tratamiento, la diminuta bebé pasó a ser una bebé pequeña, y finalmente volvió a ser una bebé lo suficientemente grande y sana como para poder regresar a casa. Agradecí las llamadas del padre, ya que hicieron que una de las razones por las que estamos aquí cobrara vida. Me dio un poco de pena que aquellas conversaciones terminaran.

Pero a la noche siguiente, el padre volvió a telefonear: llamaba para decirme que su hija y si mujer habían llegado a casa sanas y salvas. Y rompió a llorar de nuevo.

 

______

* Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

** El bubú (‘boubou’ en francés) es una prenda típicamente africana similar a una camisa larga y ancha.

_____

Foto 1: Paisaje en el centro de Chad, en abril de 2012 (© Andrea Bussotti/MSF).

Foto 2: Evaluación nutricional en la aldea de Sinetaye, Chad, en abril de 2012 (© Andrea Bussotti/MSF).

Foto 3: Unidad de tratamiento intensivo para niños con desnutrición aguda severa en el hospital de MSF en Massakoty, Chad, en abril de 2012 (© Natacha Buhler).

Todo es relativo

26 junio 2012

Por Trish Newport (Chad, Médicos Sin Fronteras)*

Antes incluso de llegar a Chad, ya había oído hablar de las duras condiciones de vida de los trabajadores internacionales de MSF en el proyecto de Massakory. Cuando los expatriados curtidos enseñan por primera vez sus “aposentos” a los recién llegados, lo hacen con una mezcla de orgullo, incredulidad y anticipación por la reacción esperada en los novatos. Soy de las que generalmente se desenvuelven mejor en la falta de confort, pero incluso yo, que siempre he buscado maneras de vivir que otros jamás elegirían, quedé impresionada por las condiciones. Se podrían calificar como “desafío”… en el mejor de los casos.

Soy enfermera y trabajo en la vertiente de salud comunitaria del ambicioso proyecto de MSF contra la desnutrición infantil en Massakory. El componente de salud comunitaria del programa se centra en tratar la desnutrición severa dentro de la comunidad. Si bien disponemos de los clásicos programas ambulatorios fuera de los centros de salud, estamos probando también un nuevo enfoque para el tratamiento de la desnutrición severa en comunidades remotas.

Hemos formado a miembros de las comunidades más aisladas para que sepan reconocer los síntomas de la desnutrición. Los niños identificados son derivados a la consulta del programa ambulatorio local. Si se considera que no presentan complicaciones, regresan a sus casas y reciben, en sus pueblos, su ración semanal de alimentación terapeutica preparada, que es el tratamiento para la desnutrición sin complicaciones. Es una pasta a base de cacahuete que incluye todos los nutrientes de origen animal y vegetal que un niño con desnutrición aguda necesita para recuperarse. La distribuye la persona ‘formada’ de la comunidad, a la que ‘paga’ la comunidad misma, bien en metálico, bien con comida o con alguna otra retribución.

Al llegar, visité algunos de los pueblos que participaban en esta nueva iniciativa. En los últimos cuatro años he tenido la oportunidad de trabajar en algunos de los sitios más desamparados y remotos de este planeta. Recuerdo la primera vez que me adentré en las zonas más aisladas de Níger: me quedé descolocada por la nueva definición de ‘desamparo’ que se formó en mi mente en aquella ocasión.

Pues la de esta visita de que os hablo ha sido una experiencia similar, quizás no tanto debido al desamparo, sino más bien por lo remoto del lugar. Durante hora y media, el todoterreno atravesó el desierto por pistas arenosas que conducían desde la ya pequeña localidad de Massakory hasta un pueblo aún más pequeño si cabe, que cuenta con un centro de salud apoyado por un programa nutricional ambulatorio de MSF. Desde allí condujimos otra hora más, sobre una pista tremendamente incierta a través del bosque desértico más cautivador que haya visto jamás.

Vimos unas preciosas aves verdes, varios tipos de rapaces, camellos a la pata coja (les atan las piernas entre sí para que no escapen) y un sinfín de mulas y ganado un tanto escuálido. Dicen que este bosque lo atraviesan también elefantes pero, muy a pesar mío, no vimos ninguno.

Al cabo de una hora llegamos a un diminuto poblado compuesto por unas pocas chozas de barro con los tejados de paja. A nuestra llegada, salieron trastabillándose de las chozas, cual payasos saliendo de diminutos carromatos circenses, una cantidad impresionante de niños. En el poblado no había rastro alguno de vehículos motorizados.

Pregunté al jefe de la comunidad cómo iban al centro de salud y cuánto tardaban: me explicó que normalmente había que ir en una carreta tirada por un burro, lo que llevaba varias horas, o andando, lo que era incluso más largo. En la mayoría de los casos solo se dirigen al centro de salud en caso de urgencia médica y las mujeres dan a luz en casa, con la esperanza de que todo vaya bien. Al verme en este diminuto poblado, se me hizo más que evidente la importancia de nuestro nuevo enfoque para el tratamiento de la desnutrición.

Tras nuestra primera parada, viajamos a varios pueblos más de los que participan en el programa de desnutrición, cada uno igual de pequeño y remoto que el primero. Los jefes de los poblados nos agradecían sin cesar que hiciéramos más accesible el tratamiento de la desnutrición y nos contaron un sinfín de historias sobre la penuria que supone vivir tan lejos de un centro de salud.

 

En el último mes se había producido un aumento exponencial del número de casos de niños desnutridos en el conjunto del proyecto de MSF en Massakory, a pesar de que, en teoría, aún faltan algunos meses para que llegue la ‘brecha del hambre’ estacional, el llamado ‘huger gap’, es decir los meses en los que, a la espera de la nueva cosecha y consumida la del año anterior, aumentan los niveles de inseguridad alimentaria y las tasas de desnutrición.

Aunque las causas de la desnutrición a lo largo y ancho del mundo son extremadamente variadas, no cabe duda de que una de las principales es la falta de atención médica temprana para las enfermedades básicas de la infancia. Viendo aquí de primera mano las distancias que tantas familias deben recorrer para obtener un tratamiento básico, me preocupa lo que traerán los meses de la brecha del hambre, cuando se combinen los efectos de la inseguridad alimentaria y la falta de acceso a un tratamiento médico temprano.

Si bien los poblados que he visitado encajarían fácilmente en el estereotipo de ‘pintoresco pueblo africano’, estaba claro que su modo de vida implica un sinfín de retos y dificultades. Tras una larguísima ruta, volví a casa, al lujo de mi diminuta habitación, una más en una larga hilera de habitaciones con paredes y techos de paja trenzada. Me tumbé en mi cama, donde en la oscuridad de la noche puedo oír cada movimiento y cada respiración de los demás.

Escuché el cacareo de las gallinas en el gallinero, que tengo más cerca que las letrinas o las duchas exteriores. Encendí el ventilador, que hace circular el aire caliente, con la habitación impregnada de olor de gallinas y arena, y me sentí afortunada por todo ello. Una vez más, la relatividad me dio una lección de humildad, como sin duda lo seguirá haciendo durante los próximos meses.

 * Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

_____

Foto 1: Líderes comunitarios reunidos con un equipo de MSF en Kitchimarom, en el oeste de Chad, en febrero de 2012 (©Simon Petite/MSF).

Foto 2: Atención médica a un niño con desnutrición aguda severa en el centro de nutrición intensiva de MSF en Massakory, Chad, en mayo de 2012 (© Stephanie Christaki/MSF).

Y de repente Ambia se puso mejor

31 mayo 2012

Por Michele Trainiti (Médicos Sin Fronteras, Etiopía)

He pasado casi ocho meses en Etiopía, concretamente en Hiloweyn y sus alrededores, trabajando para MSF en la respuesta a la crisis de los refugiados somalíes. Al principio era responsable del centro de salud, y más tarde me hice cargo de todos los proyectos en Liben.

Cuando pienso en el campo de refugiados de Hiloweyn, pienso en Ambia. Fue uno de nuestros primeros pacientes, una pequeña de 9 años y 10 kilos de peso, enferma de tuberculosis y sin nadie en la vida aparte de un tío suyo. Todo el resto de su familia había muerto durante la crisis nutricional o en la guerra. Ambia ha sido uno de los símbolos de nuestro centro de salud.

Por aquel entonces, entre finales del verano y otoño de 2011, el hospital estaba abarrotado de pacientes: solíamos tener entre 40 y 50 niños hospitalizados con desnutrición severa, de los cuales por lo menos 8 estaban ingresados en cuidados intensivos. El personal tenía que hacer guardias agotadoras para poder atender a todos los pacientes las 24 horas del día.

Fuera del centro de salud, una multitud inacabable esperaba a ser admitida también en nuestro programa nutricional. Cientos de mujeres con niños desnutridos. Dentro del centro, los médicos y enfermeras corrían de una tienda a otra, de un paciente a otro, durante todo el día, con solo unos pocos minutos de descanso para comer y cenar.

En aquel momento, el campo albergaba a unos 25.000 refugiados del sur de Somalia, que habían llegado hacía unas pocas semanas. Cada mañana distribuíamos sudarios para aquellos que habían muerto en el campo durante la noche. Perdíamos a entre tres y cuatro niños cada semana y, en el peor momento, llegamos a perder uno al día. La situación era muy difícil, la población en el campo no reconocía la desnutrición como una enfermedad, probablemente acostumbrada a años y años de hambruna y sequía, y por lo tanto nos traían a los niños sólo cuando enfermaban de algo más (diarrea, infecciones respiratorias, etc.), así que a menudo nos llegaban en un estado muy crítico.

Y entre ellos se encontraba Ambia. Como os digo, tenía 9 años y pesaba 10 kilos. Ojos abiertos al mundo de par en par, muñecas tan pequeñas como las de una niña de 4 años, muy testaruda, muy débil, siempre a la defensiva. Siempre enferma. No importaba lo ocupados que estuviesen los sanitarios, siempre sacaban unos minutos extra para ella. Y ella sonreía, pero no mejoraba. Conseguía ganar peso, pero al cabo de unos días volvía a perderlo rápidamente. Su diagrama de peso era una línea irremediablemente descendente.

Pensando en aquel tiempo, siento que de alguna forma ella era el paradigma de toda aquella crisis: un lugar complicado donde, a pesar de los inmensos esfuerzos, no vislumbrábamos signo alguno de mejora, donde cada mañana contábamos las camas que se habían quedado vacías por la noche, donde, perdida toda esperanza, las madres querían llevarse a casa a sus bebés moribundos, donde el personal sanitario poco a poco pero de forma progresiva se iba agotando en ese esfuerzo extenuante que supone tener que afrontar una abrumadora crisis nutricional.

Y entonces un buen día, de repente, Ambia se puso mejor. Nos limitamos a cambiar su dieta, ya que de todas formas no estaba respondiendo ya a los alimentos terapéuticos. El tratamiento contra la tuberculosis también empezó a tener sus primeros efectos positivos. Siempre recordaré a su tío llorando quedamente al darle las gracias al médico por salvarle la vida a la pequeña.

En octubre de 2011, la situación empezó a mejorar. Había menos pacientes con necesidad de hospitalización, también fallecían menos, y la mortalidad en el campo estaba bajo control. La situación sanitaria y nutricional se fue estabilizando poco a poco, la distribución de alimentos cada vez llegaba a más gente y los esfuerzos médicos por fin daban resultado.

La semana pasada, después de siete meses, volví a ver a Ambia. Y apenas pude reconocerla. Iba vestida con un traje somalí tradicional, el pelo cubierto y un velo enmarcándole el rostro, los mofletes y la cara resplandecientes… tuve que buscar ese pestañeo de obstinación en sus ojos para encontrar en ella a la Ambia que yo conocía.

Compartía sonriente un paquete de galletas con una amiga que había hecho en el centro de salud. La enfermera de la sala me dijo que acababa de completar con éxito el tratamiento de tuberculosis pero que todavía iba al centro de salud a diario, por costumbre y por las galletas. Ambia me miró y pude percatarme de que su sonrisa se agrandaba. Quiero pensar que me había reconocido.

Ahora la sala donde Ambia había estado ingresada está casi vacía; sólo hay una pocas camas ocupadas por niños enfermos. La inacabable cola de gente fuera del centro ha desparecido, y en general todo está muy tranquilo en comparación con hace apenas unos meses. La situación sanitaria en Hiloweyn ha mejorado significativamente, la crisis nutricional ha sido derrotada.

____

Foto 1: Una trabajadora de MSF enseña a la madre de un niño con desnutrición aguda cómo completar su lactancia haciendo que el niño tome también suplementos al mismo tiempo que toma el pecho. Hospital de MSF en Hiloweyn, Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 2: Una larga cola de madres con sus niños, refugiados somalíes, en el campo de Dolo Ado, en Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 3: Una familia de refugiados somalíes recién llegados a la frontera etíope, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 4: Refugiados somalíes en la sala de espera en el centro de salud de MSF en Kobe, Etiopía, en julio de 2011 (© Lali Cambra).