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Luchando contra el cólera en Haití y Somalia

29 octubre 2011

Con el comienzo de las lluvias la mala situación higiénico sanitaria de los campos de refugiados se puede agudizar de Somalia, ya hay casos de cólera y puede convertirse en una epidemia. Por eso UNICEF y sus aliados realizan campañas de formación en nuevos avances a enfermeros especializados de distintas zonas para que a su vez formen a nuevo personal.

El terremoto, las lluvias posteriores, el hacinamiento en campos de refugiados, la mala salubridad, todos estos factores contribuyeron a desatar una epidemia de cólera en la la isla. Haití, debido a su mala situación tras el terremoto se vio más afectado. UNICEF y sus aliados utilizan cualquier medio para extender información y formación a toda la población, desde los púlpitos hasta los colegios….

Haití, quince meses después: de vudú, ouganes y peristilos

12 abril 2011

Por Segimon García-Prades Querol (Médicos Sin Fronteras, Haití)

Aunque casi el 50% de los haitianos residen en Puerto Príncipe, el resto viven en el campo, subsistiendo de la agricultura y a menudo realmente aislados, incluso teniendo que andar varias horas hasta la carretera más cercana. En estos sitios aislados es donde también son muy relevantes las acciones de información y promoción de la salud.

La importancia —básica— de la rehidratación precoz del enfermo de cólera marca en muchos casos la diferencia entre la vida y la muerte. Sin una rehidratación oral correcta, muchos de estos enfermos no llegarían a los centros de tratamiento. Es por eso que la información y la donación de dosis de sales de rehidratación oral son cruciales. Y es a través de los líderes locales y religiosos que esa información llega a la población más aislada.

A menudo les convocamos a reuniones multitudinarias donde se explica cómo se transmite la enfermedad y cómo administrar el tratamiento precoz con suero oral. Naturalmente surgen dudas, preguntas y diálogo. Y es eso lo que nos permite saber cuáles deben ser las respuestas y las formas correctas de propagar el mensaje para que sea comprensible para la población.

El vudú es una creencia largamente extendida en Haití, especialmente en los medios rurales. Lejos de la imagen estereotipada de gallinas negras decapitadas, mujeres en trance, muñequitos con agujas y zombies insomnes, el vudú tiene una gran implantación entrelazada con la cooperación social y la colaboración comunitaria.

Y aunque algunas creencias pueden ser contrarias a nuestros conocimientos biocientíficos sobre el origen de la enfermedad, evitamos enfrentarnos a ellas de forma directa. Tampoco desautorizamos a sus líderes, puesto que lo que necesitamos son aliados y no más enemigos. El cólera ya es un enemigo lo bastante fuerte.

Las reuniones con “ouganes” (sacerdotes vudú) son realmente productivas puesto que ellos, como los pastores protestantes o los curas católicos, tienen una gran capacidad de ser escuchados por la comunidad en los “peristilos” (las ‘iglesias’ vudú), y así difundir los mensajes que pueden ayudar a prevenir la enfermedad o a tratarla con prontitud en los Centros de Tratamiento de Cólera (CTC).

La epidemia, afortunadamente, está perdiendo empuje. Sólo en el CTC del barrio de Bicentenaire, en Puerto Príncipe, han sido tratados más de 5.700 pacientes. Posiblemente la mitad hubieran perdido la vida si no hubieran sido tratados correctamente y a tiempo. Y el que sea “a tiempo” es en gran medida responsabilidad de una buena sensibilización, que permita a la gente saber que el cólera no es más que una enfermedad fácilmente tratable, que les permita saber que hacer y donde llevar a los enfermos.

No tenemos demasiados datos que nos indiquen cuál es el impacto de una buena sensibilización, pero sí que podemos decir que al principio de la epidemia mayormente acudían a nuestro centro sólo los casos mas graves, puesto que la gente sentía miedo y vergüenza: hasta que no veían la muerte muy de cerca, no iban al centro de tratamiento.

Afortunadamente para finales de febrero, muchos de los pacientes ya llegaban con una simple diarrea, y después de unas horas de observación regresaban de nuevo a sus casas. La población había perdido el miedo a la enfermedad. La sensibilización había ganado la batalla a la estigmatización. Y es que la lucha contra una enfermedad no se gana sólo en la sala de un hospital.

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Foto superior: Ruben, promotor de la salud de MSF, durante actividades de sensibilización e información para frenar la propagación del cólera, en el centro de salud de Barbe (región de Artibonite, donde se declaró la epidemia). (© Benoit Finck/MSF)

Foto inferior: Traslado de un paciente en estado severo desde la unidad de tratamiento en Martissant al Centro de Tratamiento del Cólera en Sarthe (© Aurélie Baumel/MSF)

Un día de cólera (2ª parte)

25 febrero 2011

Por Xavi Casero (Haití, Médicos Sin Fronteras)

 Así es. No lo ven, no quieren verlo. No les dejan verlo. No les han dejado verlo, o a quien intentó verlo no le pudieron pagar las gafas graduadas para ver tal necesidad. Necesidad de simplemente dar un salto. Ellos quieren saltar, no de mierda en mierda, sino hacia una vida mejor. Pero no les dejan, no les dejamos.

Y me sigo preguntando si lo ven o no lo ven. Sigo sin obtener respuesta, mientras voy al centro del tratamiento del cólera en mi coche con todo tipo de radios para comunicarnos todos con todos, en una capital donde la comunicación es en criollo. Idioma que sólo ellos conocen.

Por fin llego a nuestro CTC. Bien vallado y aislado a simple vista de todo el desasosiego, inseguridad, barbarie, desaliento que nos rodea. Bien vallado para los que aquí venimos nos sintamos seguros y podamos trabajar, intentar pensar.

Nuestro trabajo consiste en salvar vidas de esas gentes que, viviendo en la porquería, bebiendo el agua que emana de semejante injusticia negra, en forma de fuentes de contagio de un cólera mortal, nos llegan medio moribundos en camilla.

Nos llegan en camilla, alguien los trae. Alguien los deja en la puerta. Si les ha dado tiempo a llegar, pues el cólera te mata en 12 o 24 horas si no sabes que tienes que beber tanta agua como diarreas tienes. Así que muchos no llegan y no vienen en camilla. Directamente otros los llevan quién sabe dónde y los entierran quién sabe dónde. Pero otros nos llegan, y nuestro trabajo es curarlos.

No es fácil ni difícil, curarlos es nuestro trabajo. Gracias a unos goteros maravillosos que vienen de la maravillosa Europa que todo lo puede, y después de cuatro o cinco o siete días, hemos curado a esa persona que llegó en camilla. No sabemos cómo ni de dónde. Le hemos curado el cólera, le hemos dado comida y plátanos.

Hasta un cursillo acelerado para que no vuelva a beber esa agua o liquido negro que rodea las alcantarillas de su casa. Si es que la tiene. La casa.

Pero no le damos dinero para comprar agua embotellada. Este no es nuestro papel, y en todo caso tampoco es la solución en un país que está, en tantos ámbitos, al borde de la quiebra.

Por suerte se habrá inmunizado del cólera y aunque vuelva a beber agua llena de bacterias malignas, ya no morirá de ello. Morirá de una malaria que nadie atendió, una tuberculosis que nadie trató, un sida que nadie diagnosticó, una neumonía o crisis asmática o infarto que ni el mismo notó… pero ya no morirá de cólera. Morirá de alguna otra cosa de las muchas que golpean a esta gente, de las muchas que pueden matarte cuando nunca vas al médico: llevamos 20 años trabajando en este país pero todo lo que hacemos nunca parece suficiente porque no podemos llegar a todos.

Pero nos sentimos bien. Porque esa persona ya no ha muerto de cólera, y puede volver a su basura, a su casa de plástico que una ONG le hizo, a su medio cuarto medio derruido que le queda después del terremoto. Puede volver a su casa sin familia que le espere. Puede volver a su casa sin hijos, ni perros, ni televisión ni vistas al mar. Porque el mar que divisa también es mugriento y lleno de plancton lleno de cólera. Un mar donde también flotan las bolsas de plástico como si fueran medusas artificiales, que tardarán años en descomponerse.

Y nos sentimos contentos porque hemos vencido un caso más de cólera. Y con el trabajo bien hecho nos volvemos a casa en nuestro coche. Con las ventanillas bien subidas, los pestillos bien cerrados para nuestra seguridad.

Y volvemos a casa volviendo a mirar por las ventanillas el mismo paisaje de diez horas atrás, que no ha cambiado. Todo sigue ahí: el río inundado de bolsas, plásticos, coches quemados, toneladas de basura que desbordan su negra agua, su hedor. Todo sigue igual. Y nosotros llegamos a casa, donde nos espera el reposo hasta el día siguiente.

Intentamos comer algo. Intentamos hablar algo. Intentamos olvidar tanto, mucho, todo lo visto ese día que os acabo de contar. Todo eso hay que hacerlo antes de que vuelva a sonar el despertador a las 5 o 6 de la mañana del día siguiente para ir a seguir salvando vidas.

Hay que aprovechar las pocas horas de calma y sosiego para no hacerte más preguntas, responderte a una o dos, las más sencillas. Pensar solo en lo bueno, bonito de cada día: la cara de ese niño sonriente que se fue de alta agradeciéndote que vuelve a correr. El espíritu de satisfacción de tantas miles de personas que desde que estamos aquí nos agradecen cada día nuestra presencia. Los cientos, miles, millones de sonrisas que nos dedican los habitantes de esta gran y negra urbe por intentar ayudarles a dar el salto.

Ese gran salto a la felicidad, que es sinónimo de igualdad de oportunidades. Para que, si yo puedo y quiero vivir, lo haga. Y para que si ellos quieren y pueden vivir, también lo hagan. Y que no venga una epidemia y se lo impida.

En eso pensamos, para poder conciliar el sueño… en que mañana, otros diez o veinte haitianos habrán encontrado una razón más para seguir adelante. Una razón muy poderosa que a todos nos mueve: la razón de un poco menos de sufrimiento en cada uno de nuestros días.

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Foto 1 y 3: Centro del Tratamiento del Cólera de MSF en Dessalines (© Amos Hercz)

Foto 2: Barricada en el barrio de Petionville, Puerto Príncipe, vista desde una ambulancia de MSF (© Aurélie Baumel)

Haití, trece meses después: un día de cólera

23 febrero 2011

Por Xavi Casero (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Puerto Príncipe es un basurero. No me atrevo a decir Haití porque todavía no he salido de esta ciudad y hace ya casi un mes que llegué.

Parece que el Dios del desorden, caos, suciedad y nubes de polvo es quien reina en esta capital. En realidad se diría que no hubiera aquí ningún dios, más allá de aquel que se interprete como sinónimo de miseria, pobreza, resignación del país más pobre de todo el continente americano.

En medio de todo este río de aguas negras, jungla de contenedores reventados, millones de bolsas de basura que decoran todos los rincones, perros famélicos que cojean antes de morir atropellados, cerdos inmundos perdidos por las calles que comen tanta barbarie, desperdicios y mugre…

… en medio subsisten los haitianos.

Como pueden.

Yo los veo desde el coche cada día al ir al trabajo. Al CTC (centro de tratamiento de cólera) que tiene Médicos Sin Fronteras en medio, también, de este bosque amazónico de catástrofe, destrozos, ruinas y restos de lo que fue una ciudad antes de un gran terremoto.

Lo veo todo desde el coche: la basura, la gente que vive y se alimenta de ella, gente de todas las edades, los perros y las ruinas. Lo veo todo desde mi coche de MSF que me protege, me aísla de tanto sufrimiento y nubes de polvo y polución. Yo voy sentado, con mi cinturón de seguridad.

Ellos van descalzos, andando, en bicicleta … Quien tiene más dinero se paga un “tap tap”, que viene a ser una camioneta abierta tipo “pick-up” destrozada por los años, sin suspensiones, que en vez de humo echa lava fundida y que se desplaza más lenta que el que anda. Va cargada de tanta gente que hay quien cuelga más de medio cuerpo y no se mata en el trayecto porque el dios del desorden y la pobreza, que aquí reina, lo protege.

Yo lo veo todo desde mi coche, mientras voy cada día al CTC. Y me asaltan cada día millones de preguntas. Como me asaltaban cuando trabajaba en otras ciudades del África subsahariana, donde la rabia es idéntica.

Donde la dignidad humana también se perdió hace siglos, donde también impera la gente descalza y un calor insoportable que a quien no va en mi coche le toca sufrir.

Preguntas sin respuesta, mientras voy al trabajo. Preguntas que es mejor dejar en silencio porque su respuesta pudiera destruirnos a todos. Pero hay una que no me quito de la cabeza. Cada día me asalta mientras voy al CTC: ¿es que no lo ven?

(Continuará…)

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Foto superior: Vertedero de Puerto Príncipe (© Nicola Vigilanti).

Foto inferior: Cité Soleil, arrabal chabolista de Puerto Príncipe (© Michael Goldfarb/MSF).

Haití, doce meses después

12 enero 2011

por Amos Hercz (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Hoy se cumplen doce meses del terremoto de Haití, la primera de las dos emergencias que han golpeado al país este año. La segunda es la del cólera.

Nadie está seguro de lo que sucederá en la estación de las lluvias, que es cuando normalmente ataca el cólera. La epidemia actual comenzó fuera de esta estación. Aunque el número de casos está disminuyendo en algunas áreas, otros lugares están reportando brotes nuevos. El futuro es incierto. En particular, el futuro de la epidemia en Puerto Príncipe, la capital, sigue siendo una gran incógnita.

Estoy en Saint-Marc, y aquí, hemos ampliado nuestra intervención contra la epidemia cada vez más hacia las zonas rurales. A medida que el número de casos urbanos se estabiliza, siguen llegando nuevos pacientes a nuestras unidades de tratamiento en muchas áreas remotas.

Los pacientes de nuestro centro de tratamiento  del cólera (CTC) en Dessalines, que visito con regularidad, proceden de 173 comunidades diferentes. Una concentración de casos en un solo punto geográfico puede indicar la existencia de un brote de la epidemia. Así que los evaluamos todos.

En algunas comunidades, nos hemos encontrado con que las estructuras locales de salud están saturadas de pacientes, o simplemente ni siquiera están funcionando. La tarea es complicada por los diferentes nombres que puede recibir un mismo sitio o las distintas grafías de un mismo topónimo: a menudo los mapas muestran sólo los nombres en francés, cuando los habitantes de la zona pueden usar hasta dos o tres nombres criollos diferentes para un mismo pueblo.

Muchos de estos lugares no son accesibles por carretera y no tienen comunicación telefónica. Pero no podemos tomar decisiones basándonos en rumores, así que tenemos que desplazarnos:  hemos creado equipos para misiones exploratorias con nuestro propio personal, a los que enviamos ‘in situ’ con el equipamiento médico necesario, para que elaboren informes de primera mano.

Asimismo, estamos tratando de establecer relaciones con las comunidades locales a las que ha llegado el cólera, para construir una capacidad de gestión de casos.

Recientemente han llegado al CTC de Saint-Marc numerosos pacientes de una misma comunidad. Nos desplazamos allí, y nos encontramos con un estupendo dispensario a unos treinta minutos andando del pueblo. El personal del dispensario nos saludó calurosamente y nos enseñó sus amplias instalaciones, que cuentan con depósito de agua potable y generadores de energía solar. Estaban bien financiados por una ONG extranjera.

Nos aseguraron que estaban tratando a pacientes de cólera, pero su registro sólo mostraba tres pacientes en la última semana. Nos marchamos, para reunirnos con la comunidad local, que nos comentó que, de hecho, el dispensario se negaba a tratar el cólera, y que en general la población de la zona tenía un reducido acceso a la atención médica a pesar de tener allí aquel centro médico.

Desafortunadamente, este es un ejemplo entre muchos. Las causas no están claras. Probablemente se debe a que el cólera sigue estando estigmatizado en Haití. He visto a enfermeras capacitadas negarse rotundamente a atender a enfermos de cólera.

Seguramente ignoran cómo se transmite el cólera: muchos evitan todo contacto con los enfermos por miedo, pero luego no saben que es esencial tener agua limpia y que deben tratarla. 

Y tal vez también hay algo de apatía. Si alguien ya está tratando el cólera, ¿por qué empezar yo ahora? Esta última razón es especialmente frustrante.

La verdad es que, si bien el tratamiento es sencillo y las medidas de prevención por todos conocidas, la logística que rodea a la respuesta a una epidemia de cólera es algo más complicada. Mi trabajo como médico es fácil: todo lo que tengo que hacer es coger un catéter, ponérselo al paciente con una vía, y colgar una bolsa de suero intravenoso de rehidratación.

Pero alguien tiene que traer todo este material y ponerlo en mis manos. Alguien tiene que abastecernos de agua y solución de cloro para potabilización. Y alguien tiene que construir el centro de tratamiento de cólera en el que yo atiendo a los pacientes. Hay miles de ONG aquí, pero no veo muchas con ese tipo de capacidades.

MSF lleva tres décadas respondiendo a epidemias de cólera. Aunque esta es mi primera misión en una, tengo aquí a compañeros con experiencia en tres, cinco, ocho, hasta once epidemias como esta. En esta hemos atendido a un volumen enorme de pacientes: 91.000 hasta la fecha, más de la mitad del número total de pacientes tratados hasta el momento. Es de hecho la mayor intervención de cólera en la historia de MSF.

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Fotos: Centro del Tratamiento del Cólera de MSF en Dessalines, Haití (© Amos Hercz).

Cólera: un día… y otro… y otro…

07 diciembre 2010

Por Amos Hercz (Haití, Médicos Sin Fronteras)

Empiezo el día visitando pacientes con Elena, una médico que llegó aquí dos semanas antes que yo. Las notas de los médicos son breves y concisas. Las reevaluaciones son frecuentes. Estamos tratando una enfermedad: cólera. Pero a veces también llegan pacientes con fiebre y signos de anemia: tienen malaria, que también puede producir diarrea. Mientras intentamos asegurar el diagnóstico, tratamos la malaria y otras complicaciones, pero lamentablemente no podemos hacer mucho por los pacientes con enfermedades crónicas.

Para cuando llega la tarde, ya estoy corriendo como un loco: ya he asumido las funciones clínicas de Elena. Esto le ha permitido regresar a la oficina y concentrarse en analizar las estadísticas, evaluar las necesidades de suministros médicos, contratar personal y, en general, intentar planificar para lo imprevisible.

Visitamos el centro de tratamiento del cólera (CTC) que estamos construyendo. Va rápido. Y después de la cena, seguimos con las reuniones hasta bien entrada la noche. Hemos estado recopilando datos sobre las localizaciones de las que proceden los pacientes, e identificando las comunidades donde parece que hay más casos agrupados. Nuestro enfermero de consultas externas irá allí mañana para determinar si tenemos que organizar puntos de rehidratación oral.

Y efectivamente, así es. Nuestro enfermero establece puntos de rehidratación en numerosas comunidades de los alrededores, como Niels, Gilbert, Coupe à L’Inde. En una de ellas, Post Pierrot, se estaban registrando hasta 50 casos nuevos por día, así que establecemos directamente un centro de tratamiento.

En Dessalines, hemos estado trabajando con médicos haitianos con el fin de optimizar la gestión de los casos de cólera. Esto es nuevo para todos ellos, porque no ha habido un caso de cólera en Haití en más de una generación. Ahora que estamos “construyendo” nuestra fuerza laboral, podemos enviarles también a las intervenciones fuera de Dessalines. Por ejemplo, Post Pierrot necesita cobertura médica ininterrumpida durante las 24 horas del día.

Es complicado contratar personal médico aquí. Ya antes del terremoto había poco, y muchos murieron en la catástrofe cuando los hospitales se derrumbaron. Promociones enteras de estudiantes fallecieron también. Es una tragedia, aunque es un detalle más dentro de la enormidad de la tragedia en Haití. Yo estudié Medicina en la Universidad de Calgary, en Canadá. Intento imaginar a toda mi clase sucumbiendo de repente en un desastre natural.

Al menos esta mañana, es algo que desafía mi imaginación…

(Continuará…)

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Foto 1: Suero de rehidratación intravenosa para pacientes de cólera, en Dessalines (© Amos Hercz).

Foto 2: Descarga de suministros médicos para el cólera en Dessalines (© Amos Hercz).

Foto 3: Un médico del personal de MSF, entre los escombros del hospital La Trinité de MSF en Puerto Príncipe,  parcialmente destruido en el terremoto del 12 de enero de 2010.  La foto fue tomada tres días después del seísmo. (© Julie Rémy)