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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Pobreza y desigualdad de género, agravantes de la salud maternoinfantil

Por Núria Torre. Pediatra voluntaria durante seis meses en la UCI de Neonatos del Hospital Pediátrico de Bathalapalli de la Fundación Vicente Ferrer.

© Albert Uriach/ FVF

La Fundación Vicente Ferrer (FVF) atiende miles de partos al año a través de la red hospitalaria establecida en el distrito de Anantapur. Bathalapalli, Kalyandurg y Kanekal son las tres ciudades, por orden de mayor a menor complejidad en la atención pediátrica y neonatal respectivamente, en las que Vicente y Anna Ferrer decidieron instalar los hospitales rurales que atienden hoy en día más de trece mil partos asistidos al año. El Hospital de Bathalapalli asiste 4.000 partos al año, dispone de 30 camas en la UCI neonatal, 5 en la UCI pediátrica y 80 en pediatría. El Hospital de Kalyandurg, al que acuden mujeres gestantes con cuadros de menor riesgo, atiende 7.000 partos anuales, con 15 camas en la UCI neonatal y 30 en la planta de pediatría. Estos números podrían compararse con los de cualquier hospital grande de la ciudad de Barcelona.

La India se enfrenta a tasas de mortalidad neonatal e infantil mucho más altas que las de un país de Occidente. A priori, cualquiera podría pensar que esto es debido a la calidad del parto, pero el problema es mucho más complejo y está íntimamente relacionado con la salud maternoinfantil, la pobreza y la atención tanto en el parto como en el momento del nacimiento del bebé. Todo empieza con las condiciones de salud de la madre (anemia y/o desnutrición), las falsas creencias relacionadas durante el embarazo (restricciones dietéticas y/o aumento del trabajo físico) y el desconocimiento de la importancia del control prenatal. Todas estas condiciones implican que el/la bebé y la madre no lleguen en las mejores condiciones al parto, convirtiéndolo así en un momento de alto riesgo. Además, todas y todos los recién nacidos se enfrentan a creencias post-parto perjudiciales para su salud, como pueden ser las quemadas rituales alrededor del ombligo o ser alimentados por leche de cabra.

© Ramon Serrano / FVF

Los principales problemas de salud que tienen los bebés nacidos en el país son la asfixia perinatal, sepsia y su tamaño y peso para su edad gestacional (1.5-2.5Kg al nacer). Cuando un neonato tiene bajo peso al nacer, su tratamiento no consiste solo en engordar sino que implica una serie de controles y curas hasta la adolescencia. Sin embargo, debido al número tan elevado de casos y a la normalización de la patología como una variante más, es imposible que tengan lugar todos los seguimientos médicos adecuados.

La asfixia perinatal significa que durante el parto hay problemas de irrigación al cerebro, comportando problemas en el desarrollo neurológico posterior. Los hospitales de la FVF disponen de los últimos tratamiento para estos niños y niñas, pero es necesario también el seguimiento y la colaboración de otros profesionales (fisioterapeutas, psicólogos, profesores…) y sobre todo de la propia familia. La estigmatización social que sufren las personas con diversidad funcional en el país, comporta que muchas familias crean que no vale la pena esforzarse en su tratamiento disminuyendo así todo su potencial.

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Mis abuelos son mis padres: la generación perdida de Myanmar

Por Chris Roles, director de Age International. Coordina las relaciones con HelpAge Internationaly Age Reino Unido y responsable del área de incidencia, fundraising y acción humanitaria.

En el estado Karen, una provincia rural del este de Myanmar (Burma), hay muy poco trabajo. Desesperados, los habitantes de este pueblo viajan a buscar trabajo al país vecino, Tailandia. Mi objetivo al visitar el estado de Karen ha sido ver el impacto que está migración masiva ha tenido sobre los niños que han sido abandonados y sobre los abuelos que se han quedado como responsables de criar y educar a estos niños.

Como muchos muchachos de 17 años, Yar Yar ama el fútbol. Él es el capitán del equipo de fútbol local, apodado Chelsea por el afecto que Yar Yar tiene al equipo británico. Ellos juegan partidos periódicamente con Man U, los rivales del pueblo. Yar Yar ha nacido sin piernas y sin un brazo. Cuando juega futbol, él utiliza su único brazo para apoyarse mientras que lanza la pelota con la cadera.

“Mi abuela me transportaba en la espalda hasta que crecí y ya no pudo”, cuenta Yar Yar.

Yar Yar es criado en un pequeño pueblo del estado Karen, Myanmar por sus abuelos, Naung y Kalay que tienen 64 años. Yar Yar me cuenta que sus padres han tenido que emigrar a Tailandia para encontrar trabajo, dejándole a él y a sus dos hermanos bajo la responsabilidad de sus abuelos.

Según un informe del censo de 2014, el 20% de la población del estado Karen trabaja y vive en el extranjero, sobre todo en Tailandia, país con el cual Myanmar se avecina. El Estado Karen tiene también las tasas de alfabetización más bajas del país y más altas tasas de paro.

ASUMIR UNA RESPONSABILIDAD MUY GRANDE

Yar Yar sueña con llegar a ser un futbolista profesional o trabajar con los ordenadores para ganarse la vida. Ambas carreras parecen muy poco probables ya que el pueblo de Yar Yar se encuentra muy lejos de la escuela más cercana del estado. A pesar de los mejores esfuerzos hechos por sus abuelos, Yar Yar no ha podido ir a clases desde hace años.

“Mi abuela me transportaba a la escuela en la espalda hasta que crecí y ya no pude ir más. No había nadie que me pudiera llevar a la escuela”, nos explica Yar Yar.

“¿Qué pasará cuando nosotros muramos? ¿Cuándo seamos demasiado viejos?” Son las preguntas que el abuelo Kalay me dirige después de que haya terminado el breve encuentro con su nieto. Kalay y su esposa, Naung, llevan casados 42 años. Ellos cuidan de Yar Yar y de sus dos hermanas. Una de ellas, Win, es sorda y tiene problemas de aprendizaje. Cuidando y criando a tres nietos –de los cuales, dos con discapacidades –es una responsabilidad muy grande para cualquier persona y aún más para dos personas mayores como Naung y Kalay.

“Me preocupa mucho la situación de mi nieta mayor por culpa de su discapacidad”, nos relata el abuelo Kalay. “Ahora, que estamos aquí con ella, podemos hacernos cargo de Win. ¿Pero qué pasará cuando nosotros muramos? Me preocupa mucho quién se hará cargo de ella entonces”.

“Ellos no pueden enviarnos dinero a nosotros aquí”, relata Naung.

Naung y Kalay son agricultores de oficio; han cultivado y han criado animales en su pequeño pueblo durante décadas. No tienen ningún tipo de pensión y obtienen muy pocos ingresos con su trabajo.

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Hambruna en Sudán del Sur: Emmanuel quiere sobrevivir

Por Nicholas Ledner, UNICEF en Sudán del Sur

Eran más o menos las 10 de una mañana de julio cuando Helen empezó a ver y sentir las balas silbar sobre su cabeza. Acababa de tomarse un té y se disponía a tender la colada con la ropa de sus hijos. Inmediatamente corrió hacia su casa agarrando a los dos niños y huyó de su pueblo, cercano a Juba, con otros vecinos. El conflicto en Sudán del Sur había estallado y parecía que quienes estaban atrapados en medio no importaban nada.

Helen estuvo cuatro días caminando, con su hijo mayor a la espalda y el pequeño en sus brazos. No tenía dinero ni alternativa. Por fin llegó a Uganda, pero cuando estuvieron seguros en el campo de refugiados llegó una dificultad casi peor: no había comida. Cuando Helen y sus hijos llegaron a Uganda, los niños estaban sanos y fuertes. Pero la falta de comida en el campo empezó a debilitarlos, especialmente al pequeño, Emmanuel. Tenía tan solo unos meses, y cada vez parecía más frágil entre los brazos de su madre. Helen sabía que no podía permanecer allí, así que decidió emprender un peligroso viaje de vuelta a su pueblo. Enfrentarse a una posible muerte debido a la guerra era mejor que una muerte lenta por hambre.

Hambruna en Sudán del Sur: Emmanuel quiere sobrevivir

Helen sostiene a su hijo Emmanuel, que sufre desnutrición severa aguda / © UNICEF/UN053449/Gonzalez Farran

Cuando llegó a casa comprobó consternada que su pueblo estaba abandonado. Su marido no estaba allí. Cuando empezó el conflicto quedaron separados, porque él estaba trabajando en Juba. Ella intentó llamarle una y otra vez, pero el teléfono ya no funcionaba. Las cosas se ponían cada vez más difíciles: no tenía padres que pudieran ayudarla, y no quedaban huertos de los que pudiera coger algo para comer.

Sin alimentos, Emmanuel cada vez estaba peor. Una mañana de enero, Helen se lo encontró inconsciente en casa. Se había desmayado. Sabía que era el momento de hacer algo si quería que su hijo sobreviviera. Rogó y suplicó a cualquiera en el pueblo que pudiera ayudarla. Finalmente su hermano pudo darle el dinero suficiente para que ella y el niño fueran al centro de tratamiento contra la desnutrición en Juba.

Helen no paraba de rezar por la vida de Emmanuel. Le llamó así porque nació el día después de Navidad y esperaba que el nombre, que significa “Dios está con nosotros”, le traería suerte. Pero durante esos últimos meses Helen perdió la esperanza de que su hijo sobreviviera. Le recordó con diarrea, con síntomas de desnutrición severa aguda. Estaba desesperada. Ahora, en la clínica, estaba en buenas manos y podría recuperarse, aunque el camino no sería fácil.

El pequeño Emmanuel se agarraba al pecho de su madre. Afortunadamente en el centro había la suficiente leche y alimento terapéutico listo para consumir. Helen aprendió allí la importancia de tener buenos hábitos. Sobre todo, llevar a los niños al centro más cercano en cuanto se pusiera enfermo. El ánimo de las enfermeras le ayudaba a ser positiva.

Helen piensa en la guerra y reflexiona: “Si no hubiera guerra, mi familia estaría junta y tendríamos trabajo para comprar comida. Pero nada funciona y no hay oportunidades para mí”. Echa de menos la comodidad que su marido llevaba a la familia, por no mencionar el dinero. Por ahora no sabe qué futuro les espera. Helen y su familia siguen luchando por permanecer vivos.

Recientemente se ha declarado una hambruna en ciertas partes de Sudán del Sur. Cerca de un tercio de la población necesita ayuda humanitaria alimentaria urgentemente. Más de 1,1 millones de niños sufren desnutrición aguda. Solo en enero, UNICEF y sus aliados admitieron a 11.359 niños en tratamientos contra la desnutrición severa aguda.

En las zonas inseguras, a las que no llega la ayuda humanitaria, UNICEF, el Plan Mundial de Alimentos (PMA) y otros aliados, están trabajando para llegar a los niños desnutridos más vulnerables a través de un mecanismo de respuesta rápida. También trabajamos para restablecer servicios en zonas de relativa calma. Se prevé realizar más misiones en los próximos días y semanas.

El programa de nutrición de UNICEF tiene un déficit de financiación de 26 millones de dólares para poder seguir realizando actividades durante 2017.

Los hombres que no querían a las mujeres

Por Amanda Martínez, cooperante de Farmamundi en República Democrática del Congo (RDC).

Ella ni siquiera lloraba. Contaba su historia con una calma desconcertante. Las demás mujeres la escuchaban atentas y en silencio, formaba parte de la terapia: escuchar y compartir.

Ella estaba embarazada, pero ese embarazo no se acompañaba de alegría y orgullo, sino todo lo contrario, de vergüenza y miedo a ser repudiada. Con solo 32 años, Therese Kavira, del poblado Mutendero, a 26km de la ciudad de Butembo, había sido violada en más de una ocasión y el bebé que iba a traer al mundo era fruto de una de esas agresiones. A pesar de todo, estaba convencida de que quería tenerlo, y que lo iba a cuidar con todo el cariño que ella no había tenido, costase lo que costase, al fin y al cabo, decía, no había sido culpa suya.

Su marido la abandonó tras haber sido violada, no estaba bien visto en la comunidad.

Hizo una pausa. A su lado, una mujer la cogió de la mano. Siguió hablando, contó que dejó su casa, la mayoría de sus pertenencias y se fue a casa de un familiar, donde seguía siendo despreciada por el padre de familia. No la querían, pero no sabía dónde ir. Contaba que trabajaba duro, como lo hacen el resto de las mujeres africanas, responsables del cien por cien de las tareas reproductivas del núcleo familiar: transportar agua, leña, trabajar el campo, preparar la comida, limpiar, siempre con bebés a la espalda cargados con telas descoloridas.

Las industrias madereras iban abriéndose paso en los valles y las colinas de Kivu Norte, al Este de la República Democrática del Congo, y cada vez había que recorrer más kilómetros para llegar a los campos de cultivo, muchos de ellos, además, ocupados por grupos armados. Un día, estaba recogiendo maíces y escuchó voces masculinas que la dejaron petrificada. Cuando reaccionó quiso correr, pero ya era tarde. De nuevo, volvieron a abusar de ella, quedándose así embarazada.

ACABAR CON LA IMPUNIDAD

La República Democrática del Congo se considera uno de los peores lugares del mundo donde nacer mujer. Esta situación se agrava en la zona este del país, territorio de los Kivu, donde la población vive sumergida en un contexto de crisis profunda de larga duración. Todo ello promueve que las violaciones de derechos humanos que sufre los habitantes de esta zona sean continuas y sistemáticas, incidiendo además con mayor dureza en función del género y de la posición económica.

Por otra parte, la impunidad generalizada que existe para los agresores, sean conocidos o desconocidos por la víctima, es escalofriante. En ocasiones, son obligadas a contraer matrimonio con sus agresores para no manchar la imagen en la comunidad. En otras ocasiones los hermanos, cónyuges o padres de las víctimas resuelven los casos con una compensación económica entre familias. Pero ¿y ellas?

Farmamundi apoya, entre otras y desde hace más de una década, a una Asociación Local de Mujeres en la ciudad de Butembo que articula estrategias necesarias para que las mujeres, como Therese, y niñas que han padecido violencia sexual accedan a una atención sanitaria de urgencia y tratamiento especializado. Las víctimas que acuden al Centro Hospitalario de FEPSI, en la Zona de Salud de Butembo, son inmediatamente atendidas médica y psicológicamente, gracias al abastecimiento en medicamentos y material sanitario de calidad, que incluye unos kits de urgencia para prevenir embarazos no deseados y otras enfermedades de transmisión sexual.

Además, un equipo humano profesionalizado y con larga experiencia en el tratamiento psíquico de las víctimas de violencia sexual se encarga de su tratamiento psicológico, contribuyendo así a su reestructuración personal y reintegración social.

Por último, la estrategia de atención incluye el asesoramiento legal de estas víctimas, cuyo objetivo no es tanto la interposición de una denuncia, sino la asesoría de calidad de las mujeres, un derecho que es sistemáticamente vulnerado debido a la desinformación y las barreras sociales y económicas para acceder a la justicia.

Las mujeres y niñas son el 50% de la población mundial. Están ahí y sufren. No solo en la República Democrática del Congo, sino también en Nigeria, Guatemala, Nepal, Brasil, Estados Unidos, España o Alemania. Abramos los ojos a una realidad que es más evidente en unas regiones que en otras, pero que existe a nivel mundial.

Respetémoslas, escuchémoslas, amémoslas porque son nuestras hijas, hermanas, madres y mujeres. Seguro que así podremos acercarnos más a esa paz tan anhelada por todos.

Nunca pensé que en Afganistán donde todos piensan que solo hay guerra pudiera encontrar tanta paz

Elia E. Martínez Mercado, ginecóloga del proyecto de maternidad de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Khost, Afganistán.

Elia E. Martínez, ginecóloga de MSF en Khost, sostiene a un recién nacido en la maternidad

Elia E. Martínez, ginecóloga de MSF en Khost, sostiene a un recién nacido en la maternidad

Hoy ha sido mi último día de guardia. Tres meses aquí y no lo creo, ha sido una experiencia única. Cuando llegué, el hospital era diferente y no es que en este tiempo haya cambiado, es solo que ahora lo siento parte de mí, le tomé cariño, igual que a la gente que trabaja en él.

A las señoras de limpieza que me saludan cada día con una sonrisa cuando llego al hospital, que me toman la mano, me abrazan y hacen que al entrar al hospital empiece el día con una sonrisa. A las comadronas que visten sus uniformes azules y sus velos. Algunas usan un piercing en la nariz. Aunque cubren su cabello dejan ver sus aretes y van siempre gritando de un lugar a otro, amables y alegres.

También me he encariñado con las pacientes y sus familiares. Ahora ya no me resulta tan extraño encontrar a las abuelas y suegras sentadas en el piso de la entrada de la sala de partos con los recién nacidos entre las piernas, envolviéndolos con mantas y amarrándolos con un lazo de colores que mágicamente hace que dejen de llorar. Es todo tan diferente a México, donde las madres no quieren ni que les de el aire a sus hijos.

Las pacientes con sus vestidos y velos. Casi todas con dibujos de jena en las manos y las plantas de los pies. Alguien me dijo que era una tradición para estar preparadas para la muerte pues nunca se sabe lo que puede pasar. Otros dicen que es solo por estética. Las pacientes casi nunca sonríen. Están serias, ocultan su dolor, algunas solo gritan cuando dan a luz, y otras permanecen calladas junto a sus acompañantes, generalmente las madres de sus esposos.

Cuándo paso consulta y las reviso me gusta darles la mano, acariciarles la cara y, aunque no hablamos el mismo idioma, creo que nos comunicamos. Me sonríen y tratan de decirme cosas que casi nunca entiendo, solo puedo saber lo que dicen cuando alguna traductora o colega afgana hace de intérprete.

Muchas veces dicen que rezarán por mí, que soy buena doctora. En ese momento siento que todo vale la pena. Cuando estamos en la sala de parto me gusta tomarlas de la mano y acompañarlas mientras superviso el trabajo de las doctoras o comadronas. Cuando termina y tienen a su bebé, me abrazan, me acarician la cara y sonríen. Nunca pensé que en este país, donde todo el mundo piensa que solo hay guerra, podría encontrar tanta paz y satisfacción.

Al principio, las doctoras me trataban con cierta distancia. Ahora creo que confían en mí, siento que somos un equipo. Me preguntan cosas y discutimos sobre los casos y tratamientos. Creo que también he podido transmitir parte de mi experiencia sobre cómo tratar a las pacientes. No se trata solo del manejo clínico, sino también de reconfortarlas, de hacerlas sentir bien y en confianza; de acompañarlas en un proceso tan importante como el nacimiento de un hijo o una hija.

Tengo ganas de regresar, de volver a Afganistán y a Khost, un proyecto que ocupará un lugar importante en mi memoria porque esta ha sido mi primera misión con MSF y aquí  empecé a cumplir mis sueños. Espero que sea la primera de muchas más salidas a terreno. Me encanta mi trabajo, lo disfruto y me llena de satisfacción ahora más que nunca, porque siento que estoy aportando un granito de arena a este mundo que parece ir de cabeza.

 

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF Comité Español

Chubat, 12 años, Sudán del Sur. Su escuela fue quemada en un combate.

Fati*, 15 años, Nigeria. Pasó cuatro meses secuestrada por Boko Haram.

Abdulghani, 9 años, y Hassan, 6, Siria. Permanecen en Alepo, donde beben agua contaminada cuando hay cortes en el suministro.

Mohanned, 5 años, Yemen. Sufre desnutrición aguda grave.

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas marcadas por un conflicto o una crisis. Son solo cuatro de los 535 millones de niños que viven en países afectados por situaciones de emergencia.

 

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Chubat y una amiga en las ruinas de lo que era su escuela en Sudán del Sur /© UNICEF/UN018992/George

Cuando sucede un conflicto o un desastre natural los niños son los más vulnerables. La inseguridad alimentaria les pone en riesgo de sufrir desnutrición. La falta de agua y saneamiento facilita la aparición de enfermedades transmitidas a través del agua. El cierre de escuelas causa que muchos niños estén meses, o incluso años, sin ir a clase. Las experiencias que viven les dejan traumatizados.

Por eso es fundamental llegar a estos niños con tratamientos contra la desnutrición, con agua potable, con material escolar y educación, con apoyo psicológico. La ayuda humanitaria es básica tanto para afrontar los primeros momentos tras una emergencia, como la recuperación a largo plazo de las personas afectadas.

Umara, 7 meses, Nigeria. Pasó de 4,2 kg a 5,1 kg de peso durante los 20 días de tratamiento contra la desnutrición.

Rafi, 3 años, Irak. Ha podido afrontar las bajas temperaturas invernales con la ropa de abrigo que recibió de UNICEF.

Nyaruot, 14 años, Nyachan, 11, y Nyaliep, 3, Sudán del Sur. Pudieron reunirse con sus padres después de dos años separadas de ellos.

Maxim, 8 años, Ucrania. Recibe apoyo psicológico para superar los traumas causados por la violencia en su país, como la muerte de su padre.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Rafi sujeta sonriente la caja con ropa de invierno que le ha dado UNICEF/ © UNICEF/UN042749/Khuzaie

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas que ya han dado un paso en el camino hacia un futuro mejor.

Sus logros demuestran que los niños en situaciones de emergencia nos necesitan. Por eso UNICEF ha lanzado Acción Humanitaria para la Infancia 2017, el mayor llamamiento de fondos de toda su historia. El objetivo es ambicioso: llegar a 48 millones de niños en 48 países.

Chubat, Fati*, Abdulghani, Hassan, Mohanned, Umara, Rafi, Nyaruot, Nyachan, Nyaliep y Maxim demuestran que el esfuerzo vale la pena.

*Nombre ficticio.

No habrá paz sin desarrollo

Moncho Ferrer, director de programas de la Fundación Vicente Ferrer.

Que una mujer india encabece una manifestación o que un joven dalit se licencie en una universidad está directamente relacionado con la paz y la justicia. Podemos considerarlos hitos en una sociedad patriarcal y desigual como la de la India rural. Hechos como estos son resultado del desarrollo de los pueblos, el desafío con el que nos encontramos día a día.

(@PAUL FREIMANIS)

Cuando hablamos de paz lo atribuimos inmediatamente a la ausencia de guerra. Y es cierto que los conflictos armados son una de las mayores amenazas para la estabilidad y la convivencia en el mundo. Pero si vamos a la raíz del tema, llegamos a la conclusión que para alcanzar un estado de paz social y de bienestar primero tienen que estar cubiertas las necesidades más básicas de las personas, y no solo en momentos puntuales. Para conseguir comunidades fuertes, autosuficientes y empoderadas no hay más camino que el desarrollo. Mi padre siempre afirmaba que “La paz no es sólo la ausencia de conflicto, sino también la lucha contra la discriminación, el sufrimiento y la pobreza”. No hay verdadera paz si no está acompañada de justicia y solidaridad.

Más allá de la obvia necesidad de intervenir en desastres naturales para paliar sus consecuencias o en zonas de conflictos armados, en la Fundación Vicente Ferrer tuvimos claro desde el principio que el desarrollo de las comunidades era la clave para alcanzar un estado de bienestar basado en unas relaciones justas entre los pueblos.

Uno de los pilares fundamentales del trabajo de la Fundación ha sido el respeto por todas las personas, el hecho de implicarlas en todo, en su propio cambio, en el individual y en el colectivo. Con los años hemos conseguido un proyecto de desarrollo eficaz trabajando con ellas y para ellas. Es así como la pobreza deja de ser un concepto abstracto para pasar a poner nombre y rostro a quien la padece y asumir que tienen la capacidad de transformar su vida.

Es muy fácil sumar adeptos a grupos violentos en los lugares donde los derechos humanos y las necesidades más básicas son pisoteadas. Así se forja el caldo de cultivo para la violencia. En cambio, una comunidad próspera y que participa de un desarrollo sostenible es menos vulnerable a entrar en las espirales de conflictos y violencia.

En Andhra Pradesh se ha fortalecido a la comunidad mediante un proyecto de desarrollo que tiene en cuenta todos los aspectos para una transformación social integral. Siempre hemos considerado la educación como la base de nuestro programa, además de proporcionar una sanidad de calidad y una vivienda segura. Por otro lado, hemos ideado proyectos para la mejora del medio ambiente y hemos trabajado con los colectivos más desfavorecidos, las  castas marginadas, las personas con discapacidad y las mujeres.

Es así como entendemos el camino de la paz social, como el camino de la erradicación de la pobreza y de las desigualdades.

(@RAMÓN SERRANO)

Las personas mayores piden ayuda, ¿serán escuchadas?

Por Diprendra Sharma, Responsable del Programa de Recuperación de HelpAge International.

La casa de Kanchi fue totalmente destruida por el terremoto; desde HelpAge la hemos ayudado con los materiales necesarios para construir un refugio temporal © Judith Escribano/Age International

 

En Nepal, HelpAge International y sus colaboradores siguen respondiendo a las necesidades de las personas en situaciones de emergencia, consecuencia del terremoto que afectó al país entero en abril, 2015.

Estamos trabajando en 25 pueblos de 5 distritos en todo el país, ayudando a 10.000 personas mayores a reconstruir sus vidas después de un desastre que dejó 9.000 víctimas mortales y 22.000 heridos.

El reto de la reconstrucción

A los ocho meses aproximadamente después del terremoto, realizamos una encuesta a 1.500 personas en colaboración con el gobierno de Nepal. Los resultados fueron alarmantes, sobre todo en cuanto al impacto en la salud mental y el bienestar psicosocial.

Más de un cuarto de las personas mayores dijeron que estaban traumatizados y el 47% indicaron que se sentían ansiosos, mientras que el 6% confesaron que estaban en depresión.

De manera significativa, aunque no nos puede sorprender teniendo en cuenta la vulnerabilidad adicional, las personas mayores con discapacidad experimentaron más traumas, ansiedad y depresión que los mayores sin discapacidad. Un tercio afirmó que se sentían traumatizados, casi la mitad que se sentían ansiosos y el 9% que estaban deprimidos.

Entre los encuestados, la gran mayoría (95%) perdieron sus propiedades, la mitad perdieron el ganado y el 3% confesó que perdió un miembro de la familia o más.

“Cuando se produjo el terremoto, yo estaba sentada en la puerta de mi casa, al cuidado de los pollos. Me levanté y vi como mi casa se caía. Todo lo que tenía fue enterrado entre los escombros de mi casa”, cuenta Kanchi.

HelpAge entregó a Kanchi un kit de refugio que contenía 12 hojas de hierro corrugado, alambre, clavos, un martillo y una sierra.

Para mantener la estructura en pie, le dimos 15.000 rupias nepalíes (141 $), que utilizó en una puerta y cerradura, soportes de bambú, un suministro de electricidad y para pagar a alguien que le ayudara a construirlo.

La encuesta sugería que las agencias humanitarias deberían concentrar sus esfuerzos en reconstruir estas vidas. Tener un medio de ingreso seguro es una de las claves en las crisis humanitarias; para esto, entre las primeras medidas que se tomaron fue la distribución de pequeñas subvenciones para apoyar pequeños negocios y poner de pie a las personas mayores y otros grupos vulnerables. Pero hacer que este programa funcione y tenga éxito no ha sido fácil. Como todas agencias humanitarias, hemos tenido que obtener el permiso del gobierno para hacer nuestro trabajo en terreno, y este ha sido un proceso muy lento. Y aún peor, Nepal fue paralizado por un bloqueo económico que hizo muy difícil que los suministros básicos llegaran a los más necesitados. Nuestro trabajo empezó apenas en febrero de 2016.

¿Qué ha cambiado en los últimos 10 meses?

Después de trabajar en la reconstrucción post-terremoto de Nepal durante meses, tanto yo como muchos de mis compañeros, percibimos cambios significativos en nuestras comunidades.

Las asociaciones de personas mayores hicieron un trabajo excelente en ayudar a los mayores que expresen sus necesidades específicas y en ofrecerles mejor acceso a recursos básicos para la supervivencia.

Hay cada vez más personas mayores que tienen ingresos seguros gracias al apoyo que les hemos dado para gestionar un pequeño negocio propio, incluyendo tiendas, actividades ligadas a la apicultura o a la agricultura. De esta manera, ha podido recobrar la autonomía.

Hombres y mujeres mayores se implican gradualmente en aprender a gestionar los riesgos de desastres en diferentes oficinas, impartiendo sesiones de capacitación y vulnerabilidad en sus comunidades locales; esta es la prueba de nuestro reconocimiento de las habilidades y la experiencia del colectivo mayor. Ellos se implican en crear planes para respuestas locales ante el desastre y reciben formación para aprender las técnicas de primer auxilio y ser capaces de ayudar directamente a personas necesitadas en caso de emergencia. Con esto tenemos aún más evidencia de la inclusión social y la participación activa de las personas mayores. Estos cambios han tardado bastante en llegar y la participación de las personas mayores en los aspectos cívicos de la sociedad nepalí sigue siendo una práctica incipiente.

El equipo de HelpAge junto con los colaboradores en terreno trabaja y apoya a las personas mayores y poco a poco vemos los resultados. Hemos garantizado la participación de los mayores en los proyectos y hemos visto que sus contribuciones son muy valiosas.

Las personas mayores, ese colectivo caído en el olvido y callado, encuentran su propia voz porque esta vez son escuchados. La pregunta es si las agencias estatales, las ONG y los donantes les escucharán.

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Por Ana Muñoz, UNICEF en Burundi

Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar. Nombres de futbolistas que decoran las deterioradas paredes de esta aula de la escuela de Busebwa, a unos 100 kilómetros de Bujumbura, la capital de Burundi. Muros entre los que se condensa un tremendo calor, cosidos de agujeros por los que se filtra el agua cuando llueve para caer sobre un suelo plagado de socavones. “Bonjour, madame”, saludan, puestos en pie, los pequeños. Uno de ellos, el designado por el maestro, busca un hueco entre los boquetes de la pizarra en el que poder escribir sus cuentas. No es fácil.

Cada una de estas clases alberga una media de 84 alumnos, hasta cinco niños por cada pupitre pensado para dos. Otros, sencillamente, no caben y se sientan en el suelo. Y eso que en Burundi hay dos turnos de clases, de mañana y de tarde. La explicación a por qué esta y otras escuelas están tan masificadas no se encuentra solo en el hecho de que cada mujer en Burundi tenga una media de seis hijos, sino también en el retorno de muchos ciudadanos refugiados hasta hace poco tiempo en Tanzania.

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Los alumnos dela escuela de Busebwa celebran el anuncio de que pronto llegarán los nuevos kits de material escolar /© UNICEF/Burundi/2016/Ana Muñoz

El abandono y deterioro de la infraestructura educativa responde a la incapacidad de las arcas burundesas para sostener el sistema. En 2015, la grave crisis política y la inestabilidad a la que dio paso llevaron a no pocos países a congelar sus donaciones a Burundi. Por aquel entonces la mitad del presupuesto anual del país dependía de la ayuda exterior. Ahora, la situación dramática de la economía afecta de manera desproporcionada a los niños, que son aproximadamente la mitad de la población.

En este escenario, ¿qué motiva a un joven director de escuela para levantarse temprano cada día y venir a trabajar? Jean Claude Nduwayo fija la mirada en el vacío, en algún punto entre nosotros y la puerta al final del pasillo, y piensa su respuesta. “Soy cristiano y creo que éste es mi deber en la tierra, hacer todo lo posible como director para estos chicos”. Tiene 38 años y dirige la escuela de Busebwa. Nos recibe en su despacho, vestido con una camiseta del Real Madrid. Como en el resto del centro, aquí tampoco hay electricidad. Montones de papeles se apilan caóticamente en los estantes. De las paredes cuelgan cuadrantes hechos a mano y listas de calificaciones. Nduwayo señala una caja de tizas: “Son las que tenemos hasta que acabe el curso”.

Esta escuela no es una excepción. Por eso UNICEF apoya al gobierno burundés para garantizar que todos y cada uno de los niños de Burundi tengan acceso a una educación de calidad. Solo durante el año pasado, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia formó allí a 32.000 profesores y entregó material escolar básico a 2,6 millones de niños. Cuando visitamos la escuela de Busebwa, quedan solo unos días para que lleguen los nuevos kits, cada uno de ellos con dos cuadernos, un lapicero, un bolígrafo, una goma de borrar, una regla y una bolsa en la que guardarlo todo. Con solo mencionarlo, estallan las carcajadas y los aplausos entre los alumnos.

Dormidos de debilidad

Desde que el gobierno de Burundi decretó en 2005 la gratuidad de la educación primaria, el número de niños que va a la escuela ha crecido considerablemente, pasando de un 59% en 2004 a casi un 94% en 2015. Sin embargo, ese cambio no ha ido acompañado de una mejora en la calidad de la misma. La carencia de profesores, de infraestructuras adecuadas y de material escolar son problemas que, lejos de desaparecer, no han hecho sino agravarse. Las niñas siguen siendo difíciles de retener en la escuela, pues abandonan los estudios al quedarse embarazadas. Por otro lado, el cansancio y el hambre hacen que la mayoría de estos niños apenas pueda seguir las clases. “Se quedan dormiditos de pura debilidad”, explica Celine Lafoucriere, responsable de Educación en UNICEF Burundi. El director lo corrobora: “No pueden concentrarse porque tienen hambre”.

El trauma también es un obstáculo para la vida en general y para el aprendizaje en particular. Los episodios violentos que siguieron a las protestas de 2015 pusieron a muchos de estos chavales ante escenas y situaciones que un niño jamás debería presenciar. Las pesadillas y el fantasma de los recuerdos forman parte de sus vidas y las condicionan.

Otra escuela es posible

A unos pocos minutos en coche por carreteras que en realidad son caminos de arena, hay otra escuela que más bien parece otro mundo. Se trata de la escuela piloto de Busebwa, apoyada por UNICEF y construida en base a principios de sostenibilidad ecológica y económica con materiales de la zona. Un sitio seguro para los niños, con vistas a la naturaleza, con letrinas diferenciadas para profesores y alumnos y separadas por género, con pistas deportivas, sala de profesores e incluso un aula informática. Una prueba de que las cosas pueden hacerse de otra manera con los medios al alcance y una manera de establecer un modelo a seguir. Pero el reto no es tanto construir escuelas así, como conseguir que el sistema burundés sea capaz de garantizar su continuidad, y en eso trabaja también UNICEF.

Cuando preguntamos a los chavales qué quieren ser de mayores, médico y profesor son las respuestas más repetidas. Los kilómetros que muchos de ellos recorren cada día para llegar a la escuela desde sus pueblos remotos ya demuestran su voluntad de conseguirlo. Solo les falta una cosa: la oportunidad que merecen. Y solo en la medida en que, entre todos, podamos dársela, un país como Burundi podrá construir su futuro.

“Cuando volví a casa en Iraq me pareció el paraíso”

Chris Niles, consultor de comunicación en UNICEF Iraq

“Cuando volví a mi casa pensé que parecía el paraíso”, dice Tariq radiante de alegría al recordarlo. “Estaba muy feliz por volver”.

Este padre de diez hijos está en el patio delantero de su casa. La vivienda es espaciosa y está rodeada por un huerto. Lo normal sería que estuviera lleno de verduras, pero hoy las ovejas pastan en una hierba corta y escasa, y los pollos picotean un suelo desnudo.

La bomba de agua permanece inactiva. No hay electricidad o combustible para encenderla.

Tariq y su familia están entre los 1,3 millones de personas que desde 2014 se han visto desplazadas por la violencia en Iraq, y que han logrado volver a casa. Más de 3 millones permanecen desplazadas en todo el país.

Los niños echan carreras por el patio. Juegan, ríen y saltan en la rayuela que han pintado en el duro suelo. La mujer de Tariq y sus hijas hacen pan. Con actitud experta cogen discos de pasta, los amasan y los lanzan al aire hasta que son tan finos que casi son transparentes.

A pocos metros de la casa, bajando un camino sin asfaltar, hay un campo para desplazados. El sobrino de Tariq está ayudando allí a construir una escuela apoyada por UNICEF. Desde el tejado de la vivienda se ve el campo, así como los pozos de petróleo que el llamado Estado Islámico (ISIL, por sus siglas en inglés) quemó antes de retirarse en agosto. Llevan meses ardiendo y cubriendo todo de una capa negra, incluso las ovejas de Tariq.

“Cuando volví a casa en Iraq me pareció el paraíso”

Después de dos años, los hijos de Tariq pueden por fin volver a la escuela / © UNICEF Iraq/2016/Mackenzie

UNICEF proporciona agua potable para el campo, y ha enviado suministros para potabilizar el agua en la ciudad de Qayyarah durante tres meses. Además está preparando una inversión a largo plazo en las instalaciones de tratamiento del agua.

La familia de Tariq está agradecida por su relativa buena suerte, y hacen todo lo que pueden por los amigos que han tenido que huir del conflicto y no pueden volver a casa. “Dejamos a las familias del campo hacer pan en nuestro horno”, dice. “Queremos ayudar de la manera que podamos. Sabemos lo que significa estar desplazado. Hemos sentido lo mismo que ellos”.

Hace unos tres meses los combates obligaron a esta gran familia de 150 miembros a huir de sus casas. Buscaron la seguridad de un pueblo al otro lado del río Tigris. “Fue difícil”, recuerda Tariq. “Una vez estuvimos ocho días sin comida”.

Cuando pudieron volver les habían robado todo. “Teníamos 51 pavos”, cuenta. “Solo quedaban dos. Se llevaron nuestros muebles, nuestros coches, todo. El único coche que no se llevaron fue quemado y utilizado como plataforma para los francotiradores”.

Hoy los niños llevan uniforme y libros, y están nerviosos de poder volver a la escuela local tras dos años fuera de ella. “No les mandábamos cuando estaba el ISIL”, explica. “No nos gustaba el programa”.

La escuela es otro signo de que la vida de esta familia está volviendo a la normalidad, aunque como granjero, Tariq sabe que el camino a la prosperidad será muy largo.