BLOGS
El Blog Solidario El Blog Solidario

Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Por Ana Muñoz, UNICEF en Burundi

Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar. Nombres de futbolistas que decoran las deterioradas paredes de esta aula de la escuela de Busebwa, a unos 100 kilómetros de Bujumbura, la capital de Burundi. Muros entre los que se condensa un tremendo calor, cosidos de agujeros por los que se filtra el agua cuando llueve para caer sobre un suelo plagado de socavones. “Bonjour, madame”, saludan, puestos en pie, los pequeños. Uno de ellos, el designado por el maestro, busca un hueco entre los boquetes de la pizarra en el que poder escribir sus cuentas. No es fácil.

Cada una de estas clases alberga una media de 84 alumnos, hasta cinco niños por cada pupitre pensado para dos. Otros, sencillamente, no caben y se sientan en el suelo. Y eso que en Burundi hay dos turnos de clases, de mañana y de tarde. La explicación a por qué esta y otras escuelas están tan masificadas no se encuentra solo en el hecho de que cada mujer en Burundi tenga una media de seis hijos, sino también en el retorno de muchos ciudadanos refugiados hasta hace poco tiempo en Tanzania.

Las escuelas que atesoran el futuro de Burundi

Los alumnos dela escuela de Busebwa celebran el anuncio de que pronto llegarán los nuevos kits de material escolar /© UNICEF/Burundi/2016/Ana Muñoz

El abandono y deterioro de la infraestructura educativa responde a la incapacidad de las arcas burundesas para sostener el sistema. En 2015, la grave crisis política y la inestabilidad a la que dio paso llevaron a no pocos países a congelar sus donaciones a Burundi. Por aquel entonces la mitad del presupuesto anual del país dependía de la ayuda exterior. Ahora, la situación dramática de la economía afecta de manera desproporcionada a los niños, que son aproximadamente la mitad de la población.

En este escenario, ¿qué motiva a un joven director de escuela para levantarse temprano cada día y venir a trabajar? Jean Claude Nduwayo fija la mirada en el vacío, en algún punto entre nosotros y la puerta al final del pasillo, y piensa su respuesta. “Soy cristiano y creo que éste es mi deber en la tierra, hacer todo lo posible como director para estos chicos”. Tiene 38 años y dirige la escuela de Busebwa. Nos recibe en su despacho, vestido con una camiseta del Real Madrid. Como en el resto del centro, aquí tampoco hay electricidad. Montones de papeles se apilan caóticamente en los estantes. De las paredes cuelgan cuadrantes hechos a mano y listas de calificaciones. Nduwayo señala una caja de tizas: “Son las que tenemos hasta que acabe el curso”.

Esta escuela no es una excepción. Por eso UNICEF apoya al gobierno burundés para garantizar que todos y cada uno de los niños de Burundi tengan acceso a una educación de calidad. Solo durante el año pasado, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia formó allí a 32.000 profesores y entregó material escolar básico a 2,6 millones de niños. Cuando visitamos la escuela de Busebwa, quedan solo unos días para que lleguen los nuevos kits, cada uno de ellos con dos cuadernos, un lapicero, un bolígrafo, una goma de borrar, una regla y una bolsa en la que guardarlo todo. Con solo mencionarlo, estallan las carcajadas y los aplausos entre los alumnos.

Dormidos de debilidad

Desde que el gobierno de Burundi decretó en 2005 la gratuidad de la educación primaria, el número de niños que va a la escuela ha crecido considerablemente, pasando de un 59% en 2004 a casi un 94% en 2015. Sin embargo, ese cambio no ha ido acompañado de una mejora en la calidad de la misma. La carencia de profesores, de infraestructuras adecuadas y de material escolar son problemas que, lejos de desaparecer, no han hecho sino agravarse. Las niñas siguen siendo difíciles de retener en la escuela, pues abandonan los estudios al quedarse embarazadas. Por otro lado, el cansancio y el hambre hacen que la mayoría de estos niños apenas pueda seguir las clases. “Se quedan dormiditos de pura debilidad”, explica Celine Lafoucriere, responsable de Educación en UNICEF Burundi. El director lo corrobora: “No pueden concentrarse porque tienen hambre”.

El trauma también es un obstáculo para la vida en general y para el aprendizaje en particular. Los episodios violentos que siguieron a las protestas de 2015 pusieron a muchos de estos chavales ante escenas y situaciones que un niño jamás debería presenciar. Las pesadillas y el fantasma de los recuerdos forman parte de sus vidas y las condicionan.

Otra escuela es posible

A unos pocos minutos en coche por carreteras que en realidad son caminos de arena, hay otra escuela que más bien parece otro mundo. Se trata de la escuela piloto de Busebwa, apoyada por UNICEF y construida en base a principios de sostenibilidad ecológica y económica con materiales de la zona. Un sitio seguro para los niños, con vistas a la naturaleza, con letrinas diferenciadas para profesores y alumnos y separadas por género, con pistas deportivas, sala de profesores e incluso un aula informática. Una prueba de que las cosas pueden hacerse de otra manera con los medios al alcance y una manera de establecer un modelo a seguir. Pero el reto no es tanto construir escuelas así, como conseguir que el sistema burundés sea capaz de garantizar su continuidad, y en eso trabaja también UNICEF.

Cuando preguntamos a los chavales qué quieren ser de mayores, médico y profesor son las respuestas más repetidas. Los kilómetros que muchos de ellos recorren cada día para llegar a la escuela desde sus pueblos remotos ya demuestran su voluntad de conseguirlo. Solo les falta una cosa: la oportunidad que merecen. Y solo en la medida en que, entre todos, podamos dársela, un país como Burundi podrá construir su futuro.

“Cuando volví a casa en Iraq me pareció el paraíso”

Chris Niles, consultor de comunicación en UNICEF Iraq

“Cuando volví a mi casa pensé que parecía el paraíso”, dice Tariq radiante de alegría al recordarlo. “Estaba muy feliz por volver”.

Este padre de diez hijos está en el patio delantero de su casa. La vivienda es espaciosa y está rodeada por un huerto. Lo normal sería que estuviera lleno de verduras, pero hoy las ovejas pastan en una hierba corta y escasa, y los pollos picotean un suelo desnudo.

La bomba de agua permanece inactiva. No hay electricidad o combustible para encenderla.

Tariq y su familia están entre los 1,3 millones de personas que desde 2014 se han visto desplazadas por la violencia en Iraq, y que han logrado volver a casa. Más de 3 millones permanecen desplazadas en todo el país.

Los niños echan carreras por el patio. Juegan, ríen y saltan en la rayuela que han pintado en el duro suelo. La mujer de Tariq y sus hijas hacen pan. Con actitud experta cogen discos de pasta, los amasan y los lanzan al aire hasta que son tan finos que casi son transparentes.

A pocos metros de la casa, bajando un camino sin asfaltar, hay un campo para desplazados. El sobrino de Tariq está ayudando allí a construir una escuela apoyada por UNICEF. Desde el tejado de la vivienda se ve el campo, así como los pozos de petróleo que el llamado Estado Islámico (ISIL, por sus siglas en inglés) quemó antes de retirarse en agosto. Llevan meses ardiendo y cubriendo todo de una capa negra, incluso las ovejas de Tariq.

“Cuando volví a casa en Iraq me pareció el paraíso”

Después de dos años, los hijos de Tariq pueden por fin volver a la escuela / © UNICEF Iraq/2016/Mackenzie

UNICEF proporciona agua potable para el campo, y ha enviado suministros para potabilizar el agua en la ciudad de Qayyarah durante tres meses. Además está preparando una inversión a largo plazo en las instalaciones de tratamiento del agua.

La familia de Tariq está agradecida por su relativa buena suerte, y hacen todo lo que pueden por los amigos que han tenido que huir del conflicto y no pueden volver a casa. “Dejamos a las familias del campo hacer pan en nuestro horno”, dice. “Queremos ayudar de la manera que podamos. Sabemos lo que significa estar desplazado. Hemos sentido lo mismo que ellos”.

Hace unos tres meses los combates obligaron a esta gran familia de 150 miembros a huir de sus casas. Buscaron la seguridad de un pueblo al otro lado del río Tigris. “Fue difícil”, recuerda Tariq. “Una vez estuvimos ocho días sin comida”.

Cuando pudieron volver les habían robado todo. “Teníamos 51 pavos”, cuenta. “Solo quedaban dos. Se llevaron nuestros muebles, nuestros coches, todo. El único coche que no se llevaron fue quemado y utilizado como plataforma para los francotiradores”.

Hoy los niños llevan uniforme y libros, y están nerviosos de poder volver a la escuela local tras dos años fuera de ella. “No les mandábamos cuando estaba el ISIL”, explica. “No nos gustaba el programa”.

La escuela es otro signo de que la vida de esta familia está volviendo a la normalidad, aunque como granjero, Tariq sabe que el camino a la prosperidad será muy largo.

Agua, garantía de empleo para los agricultores de la India

Nageswara Reedy, director de Ecología de la Fundación Vicente Ferrer.

Cuando comencé a trabajar con el equipo de ecología de la Fundación Vicente Ferrer la falta de agua aún amenazaba con convertir Anantapur, distrito localizado en el sureste de la India, en un desierto; una situación dramática en un territorio en el que el 70% de la población depende de la agricultura. En los años ochenta sufrimos tres sequías terribles en todo el distrito que propiciaron migraciones masivas a las ciudades, donde la vida es cara y la estabilidad económica difícil de alcanzar. Hidratar la tierra se convirtió en una tarea imprescindible para favorecer la vida de las familias en la India rural.

“Recuerdo el regreso de 30 familias que habían emigrado a Bangalore. Hoy viven y trabajan en su aldea natal gracias a sistemas de aprovechamiento del agua”.

Si hay agua, la actividad agrícola es posible y la emigración innecesaria. Por eso, desde los inicios consideramos prioritario crear estructuras hídricas que impidieran desperdiciar las lluvias monzónicas y permitieran optimizar este recurso escaso. A lo largo de los años hemos construido más de 2.000 estructuras, principalmente presas, embalses y muros de contención subterráneos, que retienen el agua y sus nutrientes. Todas ellas han hecho posible que muchos agricultores regresen a sus casas y puedan ganarse la vida. Uno de los ejemplos más significativos que recuerdo es el regreso de 30 familias de la aldea de Chennekothapalli que habían emigrado a la ciudad de Bangalore. Actualmente trabajan y viven en mejores condiciones en su localidad natal.

A partir de las reservas de agua construidas hemos conseguido dinamizar la actividad agrícola y gracias a los más de 23.000 sistemas de microirrigación con paneles solares que hemos implementado, los horticultores pueden extraer de forma sostenible el agua subterránea para humedecer los campos. Con el incremento del agua y su adecuada distribución, aumenta la prosperidad de la tierra y con ella la de los agricultores. Si instalamos un sistema de microirrigación a un horticultor, además de diversificar su cosecha, este crea a su vez entre 10 o 15 puestos de trabajo. Además, los programas de horticultura y la distribución de animales han sido factores determinantes para dinamizar la economía en el distrito.

La horticultura y la diversificación evitan la tradicional dependencia del monocultivo del cacahuete y la consecuente emigración de los campesinos. Recuerdo que cuando comenzamos el proyecto hace dieciséis años entregábamos sapotas y mangos. A día de hoy se han distribuido más de ocho millones de árboles frutales y las plantaciones son más heterogéneas e incluyen alimentos como grosellas, chirimoyas, tomates, berenjenas y patatas. Todos ellos garantizan el beneficio a lo largo del año, reduciendo la dependencia estacional de la cosechas.

“El fruto de nuestro trabajo ha sido el fin de la desertización de Anantapur y estar contribuyendo a una prosperidad no solo económica, sino también sostenible”

La distribución de animales es otro de los factores que reducen las migraciones al garantizar estabilidad económica de sus propietarios. Las vacas y las búfalas proporcionan ingresos regulares a las familias y les aseguran en torno a 15 litros de leche diaria para su comercialización. Además de proporcionar alimento y mejorar la economía, las reses generan abono y biogás para cocinar, evitando la tala de árboles y reduciendo la emisión de gases perjudiciales para el medio ambiente. Este programa se está convirtiendo en la principal fuente de ingresos de las zonas rurales en la actualidad.

El fruto que ha dado nuestro trabajo a lo largo de todos estos años ha sido el fin de la desertización en Anantapur y el incremento de la fertilidad de la tierra. Esta transformación ha creado empleo en el sector agrícola y ganadero y ha favorecido el desarrollo rural. Un desarrollo que, además de económico, es sostenible. Proteger el medio ambiente es la única manera de asegurar la permanencia de un ecosistema a largo plazo, por eso hemos priorizado el uso de energías renovables, el aprovechamiento de recursos y el incremento de las zonas verdes a través de la reforestación para atraer la lluvia. Hemos detenido el desierto y, poco a poco, estamos creando bosques para asegurar la riqueza de la tierra y el bienestar futuro de las familias.

 

  • Fotos: Juan Alonso.

El niño que no sonreía nunca

Clara Noguer, médico anestesióloga  de Médicos Sin Fronteras en Lulingu, República Democrática del Congo (RDC)

Yuma tiene 6 años y no sonríe nunca. Es un niño muy delgado, de ojos enormes y mirada brillante. Llega al hospital doblado de dolor. Parece que tiene algún problema en el abdomen; no disponemos de pruebas complementarias pero consideramos que no puede esperar, hay que operar de inmediato.

El niño espera paciente de pie en medio del quirófano mientras lo preparamos todo. No dice una palabra. Le pinchamos y le volvemos a pinchar, es difícil encontrarle una vía. Yuma ni se mueve, la frente se le cubre de perlas de sudor y finalmente le asoman un par de lágrimas, pero no se queja.

La intervención es mucho más compleja de lo que todos esperábamos. Hace poco que Yuma tuvo fiebre tifoidea. Parte de sus intestinos quedaron afectados por la enfermedad que le provocó múltiples abscesos que se perforaron y derivaron en una peritonitis grave. Es sorprendente como ha podido aguantar hasta este punto cuando su abdomen es un auténtico desastre. Y pensar que ha venido caminando más de 30 km a través de la selva de la mano de su abuela, que ha aguantado días y días de fiebre y dolor, sin prácticamente comer ni beber. Su fortaleza es increíble.

La fiebre tifoidea es una enfermedad bacteriana que se transmite al ingerir agua o alimentos contaminados con heces de personas infectadas o portadoras. Los niños son especialmente susceptibles tanto esta infección como a la presencia de complicaciones y al riesgo de deshidratación severa provocada por las diarreas. El tratamiento precoz con antibióticos reduce radicalmente la gravedad, la duración de los síntomas y las complicaciones. La falta de hábitos higiénicos y de agua filtrada o purificada, hace endémica esta enfermedad en regiones como esta.

Asimismo, el difícil acceso a los servicios de salud implica un diagnóstico y tratamiento tardío o incluso inexistente. Esta enfermedad tiene más incidencia en contextos de desplazamientos de población y campos de refugiados, por las dificultades que presenta el consumir agua en condiciones de higiene apropiadas y la falta de estructuras sanitarias.

Como consecuencia, en RDC no es extraño encontrar casos como el de Yuma, en los cuales la falta de acceso al tratamiento conduce a la presencia de abscesos intestinales y perforaciones digestivas, complicación típica de esta infección y que entraña una gravedad extrema con un importante riesgo vital asociado, necesitando intervención quirúrgica de urgencia.

Cirugía complicada
La intervención se prologa durante más de tres horas, su condición clínica es precaria y la cirugía difícil, pero después de mucho esfuerzo conseguimos terminar la operación y llevarlo a la sala de recuperación. Al principio le cuesta un poco despertarse, pero finalmente abre sus ojos. Con el semblante agotado, parece que no tiene fuerzas ni para quejarse. Desorientado busca algún rostro que le resulte familiar. Lo dejamos descansar tranquilo acompañado de su abuela. Ahora viene la parte más difícil de todas, los intestinos que han tenido que ser resecados y suturados tendrán que cicatrizar bien, si no el peligro de que haya una nueva perforación es alto, y no creo que aguante una complicación tal. Desgraciadamente, su estado nutricional es malo, ahora tendrá que pasar varios días en ayunas, y eso no juega nada a nuestro favor.

Me quedo vigilando sus constates vitales hasta que se hace de noche. Es hora de volver a la base. Ahora mismo no podemos hacer más. Nos centramos en calmarle el dolor que le produce la herida que cruza su vientre desde el esternón hasta debajo del ombligo, darle fluidos y antibióticos por vía intravenosa. Solo nos queda cruzar los dedos y ver cómo evoluciona, las primeras 24 horas serán claves.

Paso la noche sin sacármelo de la cabeza, pegada a la radio por si algo se complica. Afortunadamente, amanece y no he recibido ninguna llamada, espero que signifique buenas noticias. Y efectivamente lo son. Acudo directamente a la sala de cirugía a verle, y me encuentro con un niño fatigado de ojos llorosos, pero sin rastro de fiebre. La herida tiene buena pinta y sus constantes son normales. Respiro aliviada, primera batalla ganada aunque soy consciente que no hay que confiarse. Estamos lejos de pensar que está fuera de peligro, pero me invade una oleada de optimismo.

Yuma resiste
Los días pasan. Yuma está cada vez más delgado, pero resiste. Al rato lo encontramos acurrucado en una hamaca fuera de la sala, incluso se le puede ver dando algún paseo, siempre colgado del brazo de su inseparable abuela. Después de hablar con los médicos locales, conseguimos que acepten empezar a darle de comer después de una semana. Se le ilumina la mirada cuando le ponemos delante un plato de insípido arroz blanco con alguna verdura. Siete días en ayunas, una gran intervención quirúrgica tras días y días de fiebre e intensos dolores, un pequeño cuerpo frágil de 15 kilos luchando con uñas y dientes contra una gran infección. Parece increíble que todo esté yendo tan bien.

Un día, Yuma vuelve a quejarse de dolor, la herida empieza a tener mal aspecto, entre los puntos de sutura empieza a salir algo de pus. Para el equipo es un jarro de agua fría. Ya no contábamos con que algo saliese mal. Antibióticos, vigilancia y curas, solo podemos hacer esto.  El niño, después de tantos días, se ha convertido en un veterano, una parte más de la rutina hospitalaria. Cuando llego cada mañana lo primero que hago es ir a verle, chocarle la mano y llevármelo con su cara seria y resignada a cambiarle el apósito.

Finalmente, después de casi un mes ingresado, Yuma está listo para ser dado de alta. La infección se ha resuelto y cada día tiene mejor aspecto; no debemos prolongar más su ingreso. Con una mezcla de alegría y pena, le decimos a su abuela que pueden marcharse. Ella asiente y se va a envolver todos sus trastos en una tela que cargará sobre su cabeza durante el largo camino de vuelta a casa. Mientras, me quedo sentada en el suelo con el niño que no sonríe nunca. Justo antes de marchar, nos damos la mano como hacíamos cada día. Pero hoy es diferente, se anima, sonríe y me echa los brazos al cuello, se me encoge el corazón y no puedo evitar que se me salten las lágrimas.

Les acompañamos hasta la puerta del hospital. Me quedo embobada viéndolos alejarse por el camino, queriendo guardar para siempre esta foto en mi retina. La abuela, con una mano sobre la cabeza equilibrando su equipaje y la otra enlazada con la de su nieto Yuma, el niño con fuerza de titán al que finalmente vimos sonreír.

Un ‘pueblo’ de refugiados

Katja Schmitz, pediatra de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Skaramagas.

Hace 6 meses me embarqué en la experiencia más increíble de mi vida. Llegué a un puerto con cientos de contenedores convertidos en viviendas, metros y metros de cemento a casi 40º C, y dónde la gente salía cuando se ponía el sol. Un lugar que pretendía hacer de hogar a miles de personas que lo habían perdido todo. En este lugar, apartado del centro de Atenas, la actividad que ocupaba el día a día de las personas era la espera, la espera a una oportunidad, a una vida mejor, a poder ofrecerles un futuro a sus hijos.

Muchos de los jóvenes habían iniciado sus estudios en sus países de origen. Relataban con una sonrisa en la cara que soñaban con reanudarlos una vez llegados al destino de su viaje que había empezado hacía ya mucho tiempo. Esta sonrisa en muchos de ellos se fue borrando a lo largo de las semanas y meses, y nosotros lo observamos, porque la espera continúa para muchos.

Pero también observamos cómo este lugar tan singular se fue transformando progresivamente: aparecieron grupos de trabajo de voluntarios comunitarios, espacios para los niños y mujeres lactantes, una escuela y un parque infantil cargado de energía y vitalidad inagotable.

Múltiples organizaciones trabajan duro con el fin de preservar la dignidad de estas personas. A pesar de las dificultades del día a día y de algunas barreras idiomáticas, fácilmente superables gracias al objetivo común que nos mueve, es bonito ver personas de tan diversas nacionalidades y orígenes que acuden a este lugar formando parte de este equipo.

Pronto me contagié del entusiasmo y alegría del equipo de la Cruz Roja constituido por profesionales tan variopintos como se puede imaginar, echando muchas horas todos los días tanto en terreno como en casa.

Al principio, a pesar de la energía positiva y el esfuerzo, muchas veces recibimos reacciones de exigencias y enfados por parte de la comunidad a la que asistíamos. Esto probablemente reactivo a todo lo vivido durante el camino, el cansancio y la impotencia de no poder comunicarse en ocasiones. En particular, a lo que se refiere a mi consulta, los inicios fueron duros. Había poca aceptación de la no prescripción de antibióticos y otros fármacos. A veces era percibida como una maniobra de rechazo de asistencia, maniobra de ahorro o discriminación. Poco a poco nos fuimos haciendo con la confianza de la gente y ganándonos su respeto. Ahora, la mayoría nos saluda con confianza y pasear por Skaramagas se ha convertido en pasear por un pueblo donde los vecinos se conocen.
Lee el resto de la entrada »

Fátima, un embarazo de alto riesgo en un campo de refugiados

Nuestro compañero Jamal El Kadib narra su experiencia en Ritsona (Grecia) como delegado de Cruz Roja Española en apoyo a personas refugiadas.

El sábado por la mañana vino Mohamed sonriente y algo exhausto a la clínica que Cruz Roja tiene desplegada en el campo para personas refugiadas de Ritsona (Grecia) para informarnos de que había recibido una llamada desde uno de los hospitales de Atenas. En aquella llamada, uno de los médicos de guardia le indicaba que, un mes y medio después, su mujer, Fátima, embarazada de seis meses, había recibido el alta médica, que podía ir a buscarla y traerla de vuelta al campo.

Mohamed, de 22 años, quería que le gestionásemos el transporte que traería a su mujer del hospital al campo de Ritsona, ubicado a aproximadamente una hora de la capital griega. En este campo intentan convivir alrededor de seiscientas personas, en su mayoría niños y mujeres de la Siria kurda. El transporte de este tipo de pacientes lo realiza otra organización ubicada en el campo, pero siempre por indicaciones del médico de turno o recomendaciones del propio hospital.

Poco antes de las 17 horas, Mohamed, volvió a nuestra clínica para trasladar a la médico de familia y a la matrona que su mujer no se encontraba bien y que tenía mucho dolor abdominal. Inmediatamente, las dos especialistas fueron a ver a la paciente y, efectivamente, la encontraron tumbada en su tienda con mucho dolor. Le preguntaron si las contracciones eran constantes y si seguían un patrón determinado y su respuesta fue negativa. Tampoco tenía hemorragias ni había perdido líquidos. Sin embargo, la matrona le recomendó volver al hospital, ya que el embarazo era de alto riesgo y podría complicarse en cualquier momento. La paciente, no obstante, dijo que prefería esperarse hasta que amaneciera para estar con sus dos hijos de 2 y 4 años porque apenas le había dado tiempo disfrutar de ellos, tras casi dos meses sin verlos.

Al día siguiente, domingo, nos dirigimos directamente a su tienda, aunque no nos habían llamado en ningún momento a lo largo de la noche, pero aun así, estábamos preocupados. Fátima seguía tumbada en una colchoneta en su tienda de campaña con su marido al lado y su niña pequeña Adla. Estaba retorciéndose de dolor y con lágrimas en los ojos. La matrona la preguntó si seguía igual y dijo que sí y que no había cambiado nada. La matrona empezó entonces a contar el tiempo de las contracciones y enseguida se dio cuenta que algo había cambiado desde la última vez que la exploró. Tenía contracciones cada cinco minutos, y la paciente había empezado a perder líquidos. En ese momento decidió mandarla de nuevo al hospital contra la voluntad, pues no quería separarse nuevamente de sus hijos.

Fátima, debido al dolor y al trauma que le causó su última estancia de más de un mes en el hospital sin poder ver a sus hijos y a su marido, me preguntó si había alguna manera de abortar su embarazo en el campo, ya que no quería tener al bebé si el precio era permanecer tres meses en el hospital lejos de los suyos. Le dijimos que no, pero que haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para que pudiera estar con los suyos o para que ellos pudieran visitarla más a menudo en el hospital de Atenas.

Mientras esperábamos la llegada de la ambulancia, la matrona montó una pequeña clínica de primeros auxilios en la misma tienda para aliviar el dolor de la paciente y al mismo tiempo para estar alerta por si la paciente se ponía de parto en cualquier momento.

Media hora más tarde, llegó la ambulancia y pudieron llevarse a Fátima antes de dar a luz, pero en un mar de lágrimas por separarse de nuevo y en menos de 24 horas de sus hijos y la angustia de no saber cuánto tiempo estaría ingresada en el hospital.

El martes, dos días más tarde, sobre las 17:30h., Fátima dio a luz una niña prematura de apenas veintiséis semanas. Desde el hospital se pusieron en contacto con nosotros para pedirnos explicar al padre lo que implicaría un parto tan prematuro y, en especial, la incertidumbre para dar un pronóstico de cara al futuro más inmediato del recién nacido. Cuando explicamos al padre la situación del bebé, nos preguntó si podían llevar a sus otros niños al hospital o traer a la madre con sus hijos. Le dije que era muy pronto y que se trataba de las primeras horas del recién nacido y lo más prudente en ese caso, era esperar y ver cómo evolucionaría el bebé. Le indicamos también que, en cualquier caso, ya no se temía por la vida de la madre que había sufrido durante los últimos cuatro meses y que en las condiciones en las que se encontraba y dado su estado de ánimo, había tenido en vilo a todos los médicos.

Al día siguiente, pasadas las 20:00h., sonaba de nuevo el teléfono, pero esta vez era para informarnos que el recién nacido no pudo sobrevivir y que había fallecido. Se lo trasladamos al padre que en cierto modo esperaba un desenlace de esta índole. Nos dijo, con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, que le daba mucha pena perder a su hijo y ver a su mujer sufriendo, pero que, por otro lado, sabe que su mujer podría por fin despegarse de la cama, salir del hospital y sobre todo poner fin a la angustia de no poder abrazar a sus otros hijos y tenerlos su lado que era lo que la tenía obsesionada.

La desesperación de esta familia y del equipo de profesionales que atienden en la clínica, es sólo un ejemplo de la labor que se realiza en el seguimiento de los veintiséis casos que hay de embarazos, actualmente, en el campo de Ritsona.

P.D.: Todos los nombres mencionados en este artículo son ficticios para conservar el anonimato de sus protagonistas.

Sudán del Sur: un futuro sin pistolas para los antiguos niños soldado

Por Mercy Kolok, UNICEF en Sudán del Sur

Se agarró a su AK-47 con la cabeza inclinada, tal vez esperando que sería la última vez que tendría que llevarla. Tom*, de 14 años, ha pasado la mayor parte de los últimos tres años en las filas de la Facción Cobra, uno de los muchos grupos armados de Sudán del Sur. Hoy, un día de finales de noviembre, él y otros 144 niños vuelven a la vida civil en una emotiva ceremonia celebrada en Pibor, al noreste del país.

Tom se unió a la Facción Cobra en diciembre de 2013, tras un ataque a su pueblo por parte, según él, de soldados del gobierno.

“Recuerdo cómo ocurrió todo ese día”, rememora. “Escuché disparos por todas partes, la gente chillaba y vi casas ardiendo. Cuando pensé que debíamos abandonar nuestra casa los soldados nos cogieron. Golpearon a mis hermanos mayores pidiéndoles pistolas. En ese momento los más pequeños, mis padres y yo corrimos hacia el bosque. Les vimos quemar la casa y llevarse a mis hermanos”.

Sudán del Sur: un futuro sin pistolas para los antiguos niños soldado

Tom escucha los discursos durante la ceremonia de liberación de 145 niños asociados a grupos armados/ © UNICEF/UN043975/Kolok

No era el primer ataque al pueblo de Tom. Su hermana fue asesinada en un asalto similar a principios de 2013.

“Estaba harto de ver cómo morían mujeres y niños inocentes. Me amargaba la muerte de mi hermana. Así que decidí que tenía que hacer algo. Quería venganza por todas esas muertes, sobre todo por la de mi hermana. Así que me uní a la Facción Cobra”, cuenta.

Tom hizo esto con la aprobación de sus padres. Durante cerca de un año fue cocinero, porteador y guardia, cuando no le necesitaban para combatir.

“Dejé la Facción Cobra en 2014, cuando el comandante me pidió que volviera a la escuela. Pero volví en 2016 cuando mi pueblo fue atacado de nuevo. Se trataba de elegir entre unirme otra vez a la facción o morir a manos del ejército, así que decidí volver con los Cobra”.

A diferencia de muchos niños asociados a grupos armados, a Tom no le reclutaron a la fuerza. Él vio en el grupo un refugio seguro; un lugar donde, pese a todos los riesgos mortales, tendría algo que comer. Hoy, sin embargo, se arrepiente.

Siento que he desperdiciado tres años de mi vida. Si hubiera ido a la escuela estaría a punto de graduarme”, lamenta.

Después de la ceremonia de liberación en la que Tom y otros niños dejaron sus armas y uniformes, les llevaron a un centro de atención dirigido por una organización aliada de UNICEF. Allí recibieron apoyo psicosocial y asesoramiento para ayudarles a reintegrarse en sus comunidades. Con el apoyo de UNICEF podrán matricularse en la escuela o en programas de medios de vida. En las comunidades donde son vulnerables a un nuevo reclutamiento es esencial tomar medidas de prevención como mejoras de los servicios sociales básicos (educación, agua y saneamiento, y programas para fortalecer a los adolescentes).

Dos días después de la liberación visité a Tom y a otros niños en el centro.

Estoy feliz de ser libre de nuevo”, me contó Tom con una sonrisa en la cara. Era la primera vez que le veía sonreír desde que le conocí.

Le pregunté si volvería a un grupo armado, y me respondió rápidamente. “¡Nunca! Nunca volveré a un grupo armado de nuevo. Si hay luchas otra vez en mi pueblo huiré y me esconderé con el resto en el bosque, donde hay calma. Iré a la escuela”.

Tom ha podido volver con su familia y es feliz de estar en casa. Espera poder volver a la escuela el año que viene.

No culpo a mis padres por animarme a unirme a la Facción Cobra. Lo hicieron porque no tenían dinero para mandarme a la escuela y probablemente no sabían que ir al colegio es más importante que formar parte de cualquier grupo armado. Estoy feliz de haber vuelto con ellos”, concluye.

Desde 2013 más de 17.000 niños han sido reclutados por fuerzas y grupos armados. Desde 2015 han sido liberados más de 1.900, pero todavía queda mucho por hacer para garantizar la liberación de todos los niños soldado y para prevenir más reclutamientos.

*Nombre ficticio

¡Qué difícil es cuando nuestros hijos o hijas deciden nacer antes de tiempo!

Por Gabriela Pérez-Noceti, delegada de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Ritsona, Grecia.

Qué difícil es pasar por ese duelo y volverse padres y madres de golpe, haciéndose los fuertes para que a pesar de todo nuestro dolor, físico y también psíquico, esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza no se interponga en nuestra capacidad de darle a nuestro pequeño prematuro todo nuestro amor y cuidados. Las madres, nuestra leche.

Qué difícil, qué exigente, sin tener a nuestro bebé en brazos aún, ser capaces de mantenernos conectadas a esa máquina llamada extractor del que en el mejor de los casos alguna vez habíamos escuchado hablar, y que nos ayudará a que apenas podamos, demos a nuestro hijo lo mejor que tenemos: nuestra leche. Ojeras, noches sin dormir, agotamiento, incertidumbre, pasando de golpe a vivir entre una casa vacía y esa “nave espacial” que parece ser la unidad especial de cuidados de cualquier gran hospital. Las palabras del médico y enfermera, en quien confiamos, nos pueden resultar a veces indescifrables….

Qué fundamental es en esos casos no sólo contar con la tecnología necesaria, sino con una atención humana, que nos escuche, que nos entienda y respete, que valore nuestra capacidad de cuidar y de alimentar, nuestros tiempos…. Todo el apoyo del mundo en estos casos es más que trascendental. Una atención centrada en las familias y sus necesidades particulares pueden hacer que te cambie radicalmente la vivencia que te ha tocado atravesar…Admirable lo que pasan esas familias, y el personal que los asiste.

Me saco el sombrero con lo que están avanzando hospitales como Vall d’Hebron o Sant Joan de Deu en ese sentido. ¡Qué cracks!

Ahora piensen por un momento lo que puede ser vivir esta experiencia estando muy lejos de tu hogar, y de tu gente. Sin poder ni siquiera entender el idioma de los cuidadores de nuestro bebé. Cuando lo único que podemos hacer es rezar a cualquiera que sea nuestro Dios, si tenemos la suerte de creer en uno, y sacarnos leche, esperando pronto poder hacérsela llegar a nuestro pequeño.

Recién llegados, en un campo de refugiados en una caravana sin luz ni agua potable, echando mano a un extractor de leche manual, y esperando que la próxima semana su bebé prematuro de dos meses tenga el alta, así me encontré hoy en una visita.

No vamos a tener grandes tecnologías, pero tendremos nuestros brazos abiertos y una mamá y papá canguros, que están esperando desde hace meses, en esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza, pero con todo su amor a esa bebé que ha decidido nacer antes de tiempo.

Hoy me he sentido privilegiada de estar aquí ahora.

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo

El sueño de Narmin

Por Javier Enrique Hernández Cordero, delegado de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Ritsona, Grecia.

Cuando llegué a Ritsona tenía muchas interrogantes y estaba algo inconforme con lo que me deparaba el futuro durante mi primera misión en Grecia. Siempre había anhelado ir con la Cruz Roja Española de misión. Nunca imaginé que la vida me iba a brindar la oportunidad de participar en una misión humanitaria de esta envergadura. Esa oportunidad llegó antes de lo esperado.

Cuando eres enfermero y sales en tu primera misión lo último que te esperas es no estar en contacto diario y permanente con los pacientes en la clínica. Un enfermero en su día a día desea llegar al sitio estar en primera línea y dar lo mejor de  sí y  aprovechar sus conocimientos y habilidades adquiridas para aliviar el sufrimiento  de aquellos que lo necesiten.
img-20161104-wa0003
Mi caso fue  distinto desde mi llegada a Grecia. De hecho vine con el encargo de gestionar la farmacia de ‘mi’ campo, Ritsona, y, a la vez, realizar la función de almacén general para los dos campos en los que opera la Cruz Roja Española. Honestamente, en el momento que recibí la noticia, pensé que se trataba de una mala broma. Pocos días después, me di cuenta de que lo que me esperaba era estar entre cajas y papeles. Sin embargo, con el tiempo descubrí, que en cierto modo aquello era también muy importante, y que aunque no estaba en contacto directo con los pacientes, con la gente, al fin y al cabo podía hacerles la vida un poco mejor desde mi posición realizando mis funciones como delegado internacional de la Cruz Roja Española. El trabajo evidentemente tiene sus complicaciones, como cualquier trabajo en España, pero con el añadido de que estás en un país extranjero, con sus características particulares, tratando con personas refugiadas, con una cultura y costumbres totalmente distintas a la nuestra.

Después de un tiempo y con los cambios imperceptibles en situaciones como ésta, fui asumiendo otras funciones que me permitieron tener más contacto con la clínica, cosa que me aportó muchísima satisfacción personal porque finalmente estaba realizando aquello que sabía hacer y todo aquello que había imaginado desde el principio.

La experiencia en Grecia ha sido satisfactoria a nivel personal, aunque algunos recuerdos se me quedarán en la retina para siempre. Recuerdo especialmente, un día estresante durante mi guardia, con la mitad del personal en España de capacitación y con mil personas alrededor nuestro haciendo distribuciones.

Aquel día, teníamos la sensación de que había problemas cada cinco minutos y cuando pensábamos que ya no podía ir a más justo en ese momento de caos llega una madre con una bebe de nueve meses en  brazos corriendo y con cara desesperación suplicando ayuda porque la niña se había quemado con té hirviendo el brazo.

¿Qué es lo primero que haces en una situación como ésa?  Cuando eres enfermero y sabes lo que tienes que hacer, vas directo al problema, te preocupa dar los primeros auxilios sin hacer más daño. Haces la cura de la herida de la mejor manera que puedas. Después de los momentos de tensión, te debes decidir cuál es la mejor opción y los pasos a seguir para proporcionar los mejores cuidados y el mejor tratamiento para una niña tan pequeña. Conociendo los riesgos de infección, las curas dolorosas, etc, conversamos el equipo de salud y, junto con la pediatra, decidimos derivarla con urgencia en ambulancia al hospital. Con la esperanza de que la niña fuese tratada en una unidad de quemados especializada.

La niña como era de esperar estuvo hospitalizada durante unos días antes de volver al campo de refugiados. Volvió con las respectivas instrucciones para hacerle las curas. Desafortunadamente no contaban con que las condiciones que tienen las personas refugiadas en los campos no son las idóneas ni se pueden comparar con las que tendría cualquier familia en Europa. Sin embargo, intentamos explicar los cuidados que deberían tener en cuenta pese a las barreras culturales e idiomáticas que supone un contexto como el campo de refugiados.

A la mañana siguiente nos encontramos a la madre con la niña en brazos en la puerta de la clínica esperándonos para que le tratásemos las heridas. La niña durante la noche se había tocado la herida y se había desprendido parte de la piel superficial. Consultando con el equipo médico y con todas nuestras limitaciones asumimos el riesgo de realizar las curas en nuestra clínica. Fueron momentos difíciles con Narmin, nunca en mis años de carrera se me ha dormido una niña en los brazos durante una cura tan dolorosa.

El verla sonreír y seguirme con la mirada dondequiera que fuera era mi mayor alegría y satisfacción. No sé explicar lo que sentí cuando Narmin me extendía los brazos, aun estando en los brazos de su madre o de su padre.

Tiempo después, Narmin ya tenía la herida mucho mejor, ya no sentía dolor cuando la curábamos, le quedaba menos tiempo hasta que se recuperase del todo; pero aun así, seguía durmiéndose en los brazos todos los días cuando la trataba. No le importaba si le hablaba en castellano o no, me tiraba de la barba y me mordía jugando los dedos. Cada día venía con una sonrisa que hace olvidar todo lo demás.

Ya me despido de mi misión en Grecia, fueron unos meses muy intensos pero también gratificantes. Conocí y compartí con gente excepcional. Nunca olvidaré todos aquellos momentos y aquellas situaciones que hemos  vivido, pero el recuerdo del sueño de Narmin me quedará el resto de mi vida. Sinceramente Narmin, te deseo lo mejor en la vida y que esa quemadura no deje nunca huella en tu camino hacía el futuro.

Gracias a mis compañeros y a la Cruz Roja Española por ésta grandiosa oportunidad.

Kike.

La silenciosa crisis del este de Camerún

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Después de la guerra civil, 260.000 refugiados centroafricanos encontraron asilo en su vecino Camerún. De ellos el 62% son niños, que viven en condiciones verdaderamente precarias en asentamientos de refugiados o en comunidades de acogida. Más de 88.000 niños siguen sin poder ir al colegio. Debido a la grave falta de financiación, es imposible actualmente para UNICEF y sus aliados dar una respuesta que asegure que ningún niño queda atrás.

“No soy feliz en casa. No quería casarme, no quería tener un bebé. Quería ir al colegio. Con 13 años se es demasiado joven para ser una adulta”.

Kulsumi intenta sonreír, pero sus ojos están llenos de esa tristeza que ningún niños debería sentir jamás. Estamos en Tongo Gandima, un pequeño pueblo de la región este de Camerún, a cien kilómetros de la frontera con la República Centroafricana (RCA), el país del que huyó en 2014 cuando la violencia llegó a su pueblo.

“A mis padres les asesinaron delante de mí”, recuerda Kulsumi. “A mi hermano mayor también, al final hui sola. Seguí a un pastor, cuando se puso a dormir lo hice yo también. Por la mañana nos marchamos. Nunca he vuelto”.

Después de unas semanas de camino llegó a Camerún. Primero vivió en el asentamiento de refugiados de Gado. Después cuando encontró una familia de acogida, se mudó al pueblo de Tongo Gandima.

“Ahí es cuando las cosas fueron mal. Mi familia de acogida no tenía dinero para mandarme al colegio. Me casaron con un chico mayor que yo. No quería, pero no tenía otra opción. Ahora soy la madre de un bebé de 4 meses. Quiero a mi hijo, pero a veces siento que me han robado mi infancia”.

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi es una de las miles de niñas con historias desgarradoras similares. Un matrimonio temprano es el destino de más de la mitad de las chicas jóvenes que viven en una de estas dos regiones afectadas por la crisis: la región Este y Adamawa. Los padres prefieren no enviar a sus hijos al colegio para que puedan ayudar en casa en el trabajo del campo, y entregan a sus hijas para casarlas.

Cuando una niña llega a la pubertad, se la aparta del colegio”, explica Sylvie Ndoume, una directora de colegio del pueblo de Gado. “Hace 10 años que trabajo aquí y en todo este tiempo he visto solo a una niña llegar a noveno. Aquí el precio de una niña es un pack de cervezas y una gallina, que se le da al padre. Y ahí se acaba la historia”.

Desde el principio de la crisis, el Ministerio de Educación, UNICEF y sus aliados han llevado a cabo campañas públicas a gran escala para convencer a los padres de que envíen a sus hijos al colegio. Pero de los 250 pueblos a los que iba dirigida solo se ha llegado hasta el momento a 59, debido a una falta de recursos que obstaculiza seriamente los esfuerzos que se realizan para que los niños vuelvan al colegio. Este año, la sección de educación de UNICEF solo ha recibido el 20% de la financiación necesaria para las crisis de las regiones de Adamawa y del Este.

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados, en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

“Hoy en día hay 88.000 niños que no pueden ir al colegio. ¿Qué tipo de futuro les espera?” se preguntaba Felicite Tchibindat, representante de UNICEF en Camerún. “Solo el 12% de los niños iban al colegio en la RCA. Con nuestras intervenciones, hemos conseguido aumentar esta cifra hasta el 30%, pero sigue sin ser suficiente. Cuando los niños no están en el colegio, su capacidad para alcanzar su pleno potencial desaparece”.

Leila es la madre de seis niños. Escapó de la RCA en lo que recuerda como la peor noche de toda su vida. “Disparaban por todas partes”, recuerda. “Asesinaron a todos mis vecinos. Milagrosamente conseguí llegar con mis hijos al asentamiento de refugiados de Gado, pero sigo sin noticias de mi marido”.

Aunque consiguió que cuatro de sus hijos accediesen a la escuela, los dos pequeños Amadou, de 3 años y Hissen de 4, tienen que quedarse en casa todo el día. No hay actividades para los niños de su edad.

“Mis hijos han visto la guerra, a la gente morir, han escuchado el ruido de las armas. Sé que no están bien. Están muy callados, y a veces se ponen a llorar sin motivo. ¿Qué les pasará cuando tengan que ir al colegio?”

En 2016 UNICEF consiguió dar apoyo psicosocial a través de ONG aliadas a 15.000 niños, pero se estima que otros 75.000 niños necesitan este tipo de apoyo para recuperarse de sus horribles experiencias durante el conflicto.

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Este estatus quo conduce a una “tormenta perfecta” que pone en peligro el futuro de miles de niños. La ausencia de servicios de protección significa que estos niños no se pueden recuperar como debieran de su sufrimiento. Cuando llegan al colegio se enfrentan a condiciones muy duras por falta de profesores e infraestructuras. No es inusual encontrarse en el este de Camerún con 250 alumnos para un solo profesor. Además es frecuente que dejen de ir a la escuela cuando llegan a la edad en la que pueden trabajar con sus padres o casarse.

“La situación es extremadamente difícil, pero no irreversible”, añadía Felicite Tchibindat. “Podemos convertirla en una oportunidad para que los padres puedan ofrecer una vida mejor a sus hijos. Pido a la comunidad internacional que no se olvide de estos niños. Esta no puede convertirse en una crisis silenciosa. Todavía estamos a tiempo de actuar, pero si no lo hacemos ahora mismo, deberemos hacer frente a consecuencias mucho peores en el futuro”.

Alexandre Brecher, especialista en comunicación de UNICEF Camerún