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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Archivo de la categoría ‘Sudán del Sur’

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Belén Ruiz-Ocaña, UNICEF Comité Español

Chubat, 12 años, Sudán del Sur. Su escuela fue quemada en un combate.

Fati*, 15 años, Nigeria. Pasó cuatro meses secuestrada por Boko Haram.

Abdulghani, 9 años, y Hassan, 6, Siria. Permanecen en Alepo, donde beben agua contaminada cuando hay cortes en el suministro.

Mohanned, 5 años, Yemen. Sufre desnutrición aguda grave.

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas marcadas por un conflicto o una crisis. Son solo cuatro de los 535 millones de niños que viven en países afectados por situaciones de emergencia.

 

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Chubat y una amiga en las ruinas de lo que era su escuela en Sudán del Sur /© UNICEF/UN018992/George

Cuando sucede un conflicto o un desastre natural los niños son los más vulnerables. La inseguridad alimentaria les pone en riesgo de sufrir desnutrición. La falta de agua y saneamiento facilita la aparición de enfermedades transmitidas a través del agua. El cierre de escuelas causa que muchos niños estén meses, o incluso años, sin ir a clase. Las experiencias que viven les dejan traumatizados.

Por eso es fundamental llegar a estos niños con tratamientos contra la desnutrición, con agua potable, con material escolar y educación, con apoyo psicológico. La ayuda humanitaria es básica tanto para afrontar los primeros momentos tras una emergencia, como la recuperación a largo plazo de las personas afectadas.

Umara, 7 meses, Nigeria. Pasó de 4,2 kg a 5,1 kg de peso durante los 20 días de tratamiento contra la desnutrición.

Rafi, 3 años, Irak. Ha podido afrontar las bajas temperaturas invernales con la ropa de abrigo que recibió de UNICEF.

Nyaruot, 14 años, Nyachan, 11, y Nyaliep, 3, Sudán del Sur. Pudieron reunirse con sus padres después de dos años separadas de ellos.

Maxim, 8 años, Ucrania. Recibe apoyo psicológico para superar los traumas causados por la violencia en su país, como la muerte de su padre.

Niños en emergencias: la importancia de la ayuda humanitaria

Rafi sujeta sonriente la caja con ropa de invierno que le ha dado UNICEF/ © UNICEF/UN042749/Khuzaie

Son cuatro nombres, cuatro historias, cuatro vidas que ya han dado un paso en el camino hacia un futuro mejor.

Sus logros demuestran que los niños en situaciones de emergencia nos necesitan. Por eso UNICEF ha lanzado Acción Humanitaria para la Infancia 2017, el mayor llamamiento de fondos de toda su historia. El objetivo es ambicioso: llegar a 48 millones de niños en 48 países.

Chubat, Fati*, Abdulghani, Hassan, Mohanned, Umara, Rafi, Nyaruot, Nyachan, Nyaliep y Maxim demuestran que el esfuerzo vale la pena.

*Nombre ficticio.

Donde los campos de refugiados se convierten en “ciudades”: los mayores huyen del Sudán del Sur a Uganda

Por Eddy Day-Clarke, Responsable de Desarrollo de Recursos de HelpAge International.

El polvo llega a todas partes. Incluso cuando tenemos las ventanas cerradas durante todo el viaje que dura diez horas, todos estamos cubiertos de un polvo fino, rojo al bajarnos del coche; en ese momento chocamos con el calor sofocante que hacía en el asentamiento de refugiados. Como nunca antes había ido a un campo de refugiados, estaba un poco insegura de lo que iba a encontrar, por tanto, con dificultad, traté de esconder la ansiedad que sentía en mi estómago. Me estaba imaginando las imágenes de las personas muertas y las situaciones de hambruna de los campos que había visto en la tele, pero la realidad de este campo no parece ser la misma.

En el campo de Numanzi nos reunimos con al menos 200 personas mayores, muchas acompañadas por los niños que cuidaban, que se encontraban debajo de un árbol inmenso en el centro del campo. Nos estaban esperando y, al ver que nos estábamos acercando, empezaron a cantar una canción tradicional y a bailar. Es hermoso y emocionante ver cómo todos están compartiendo esta música a pesar de las cosas horrorosas a las que seguramente habrán sido testigos esas mujeres y esos hombres mayores durante sus vidas, y las pocas experiencias de los jóvenes acompañantes.

Adjumani en Uganda hace frontera en el norte con Sudán del Sur y es el punto principal de entrada para los refugiados del Sudán del Sur; el número de los refugiados ha aumentado rápidamente debido a las nuevas amenazas de violencia y terror. Uganda es un país único en África gracias a sus leyes que favorecen a los refugiados, y gracias a esto más de 199.000 de personas han llegado a Adjumani desde que la situación doméstica y política ha empeorado en Sudán del Sur en 2013.

A los campos de refugiados se les llama aquí “ciudades” ya que en estas zonas las reglas que impiden la migración son más permisivas que en otras partes del mundo.

LA HISTORIA DE DAVID

Nuestro traductor profesional, que traduce dinka, luganda e inglés, nos facilita comunicarnos directamente con las personas. David tiene 70 años. Junto con su esposa cuidan de sus tres nietos. Su hija y su marido han sido matados violentamente en su pueblo antes que la familia huyera a Adjumani. Él nos cuenta con entusiasmo que lo más importante para él es ver que sus nietos pueden ir a la escuela y beneficiarse de una buena educación.

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Cumpliendo 5 años con Sudán del Sur

Hoy, 9 de julio, Sudán del Sur cumple cinco años, del mismo modo que decenas de miles de niños en el país solo han conocido la violencia, el miedo y la convulsión a lo largo de la mayor parte de su vida.

Después de más de dos años de guerra civil, ¿cómo se vive siendo niño en Sudán del Sur hoy? Aproximadamente un millón de niños se han visto forzados a huir de sus hogares por culpa de la violencia; más de 400.000 han dejado el colegio debido a las luchas y más de un tercio de todos los niños sufren desnutrición. Estas son las historias de 5 niños que cumplen 5 años en Sudán del Sur.

 

©UNICEF/UNI203954/Everett. Gatchang Moet, 5 años, Bentiu. En el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

©UNICEF/UNI203954/Everett. Gatchang Moet, 5 años, Bentiu. En el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

“Quiero ser piloto de aviones”. Gatchang responde sin pensarlo dos veces, de pie en el centro de la habitación que comparte con otros ocho miembros de su familia.

Gatchang, nos cuenta su abuelo, nació en un día particularmente cálido. No pueden recordar un momento sin conflicto. Cuando Gatchang cumplió apenas dos años, su ciudad quedó destruida prácticamente por completo con el estallido de la guerra civil. Su familia huyó para estar a salvo a un campo de protección de civiles controlado por la ONU. Ha pasado la mayoría de su vida dentro de este espacio de mucha seguridad.

 

©UNICEF/UNI203958/Everett. Election Lowata, 5 años, viene del pueblo de Lomolo, en un centro de tránsito en Adjumani, Uganda.

©UNICEF/UNI203958/Everett. Election Lowata, 5 años, viene del pueblo de Lomolo, en un centro de tránsito en Adjumani, Uganda.

“¡Nunca! No había estado en un tobogán hasta ahora. Pero me gusta”, dice antes de darse la vuelta para lanzarse otra vez.

Nacida el año en que su país alcanzó la independencia, sus padres la llamaron orgullosamente Elección. Después de dos años de malas cosechas, y un persistente asalto a su ganado por parte de tribus rivales, la familia se quedó sin opciones. Hoy en día, en el año en que su hija y su país cumplen cinco años, Elección y su familia se han visto forzados a atravesar la frontera a su país vecino, Uganda. La mañana después de su llegada, Elección visitó la zona infantil y el aula apoyadas por UNICEF, alzando la mano para responder a las preguntas desde el principio.

“Creo que va a volver todos los días”, dice su padre Kompeo, orgulloso, sonriendo por primera vez en toda la semana.

 

“Un día preguntó a su profesor qué hacían esos aviones en el cielo”, cuenta Florence entre risas cuando escucha a su hija decir que quiere ser piloto. “Su profesor dijo que eran personas que van mucho a la escuela, y en ese momento Susan decidió que quería ser piloto”.

©UNICEF/UNI203956/Everett. Susan Andua, 5 años, en el exterior de la casa de su madre Florence en Nimule, Sudán del Sur.

©UNICEF/UNI203956/Everett.
Susan Andua, 5 años, en el exterior de la casa de su madre Florence en Nimule, Sudán del Sur.

Sólo un 10% de las niñas en Sudán del Sur completa la educación primaria, y la edad media con que se casan en las zonas rurales rara vez supera los 15 años. Resultado de ello: hay más adolescentes que mueren al dar a luz que adolescentes que terminan el instituto.

 

 

 

“Mi madre me ayuda con los botones todos los días, antes de ir a la escuela”, nos cuenta Madadr mientras se levanta para enseñarnos su pequeña chaqueta.

©UNICEF/UNI203953/Everett. Madadr Tuok, 5 años, Bentiu. En la Escuela Primaria Lich, en el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

©UNICEF/UNI203953/Everett.
Madadr Tuok, 5 años, Bentiu. En la Escuela Primaria Lich, en el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

Esta escuela es una de las ocho operadas por UNICEF dentro del Centro de Protección de Civiles de Bentiu. Con una población de 90.000 personas, de las que más del 60% son menores de 18 años, la demanda de educación es acuciante.

Continúa hablando de una lata vacía de aceite “La llevo a la escuela desde casa cada día. Si me siento delante, puedo llegar a ver al profesor”.

 

 

“Mis botas vienen de Jubba”, dice Sabri, orgulloso de saber que sus botas vienen de la capital de Sudán del Sur, una ciudad que nunca ha visto. “Mi madre tiene una hermana allí, que trabaja en el hospital”.

Hadia, de 13 años, es la que gana el pan en la familia de Sabri, de seis personas, incluyendo sus hermanos gemelos de seis meses.

©UNICEF/UNI203955/Everett. Sabri, 5 años, Magwi, desde el exterior de la casa que alquila su madre en Torit, Sudán del Sur.

©UNICEF/UNI203955/Everett.
Sabri, 5 años, Magwi, desde el exterior de la casa que alquila su madre en Torit, Sudán del Sur.

“No hay dinero para la escuela ahora”, dice Rose, la madre de Sabri. “Pero cuando los bebés hayan crecido un poco volveré a trabajar, y Sabri irá al colegio. Quiero que tenga una educación. Puede conseguir lo que quiera, se puede ver que es un buen chico”.

 

 

 

Madeleine le gana la batalla al cólera

Dónal Gorman/Comunicación de Médicos Sin Fronteras.

Madeleine y la doctora Catherine Deacon en el área de recuperación del Centro de Tratamiento de Cólera de MSF en Munuki, Juba, Sudán del Sur.  © Donal Gorman/MSF.
Madeleine y la doctora Catherine Deacon en el área de recuperación del Centro de Tratamiento de Cólera de MSF en Munuki, Juba, Sudán del Sur. © Donal Gorman/MSF.

Madeleine fue una de las primeras pacientes en ingresar ​​en el nuevo Centro de Tratamiento de Cólera (CTC) que Médicos Sin Fronteras ha instalado en Munuki, una de las áreas residenciales de Juba, la capital de Sudán del Sur. Fue trasladada en ambulancia desde un centro de salud del Gobierno el 14 de julio. Su estado de salud era tan delicado, que el personal de MSF tuvo que poner en marcha un plan de tratamiento que sólo se utiliza con los casos de cólera más graves. “Cuando Madeleine llegó era incapaz de bajarse de la ambulancia. Tuvimos que ayudarla a entrar en el centro. Estaba muy grave; su pulso era casi imperceptible”, explica la doctora Catherine Deacon. “Inmediatamente pusimos marcha un plan de tratamiento con el que le administramos líquidos intravenosos de una manera mucho más frecuente que la habitual; unos cinco litros de líquido en apenas dos horas. En poco tiempo Madeleine se empezó a recuperar y en apenas unas horas ya podía comer y beber”.

“La enfermedad comenzó el martes. Sentí un fuerte dolor mientras preparaba la comida y comencé a sentirme mal. Alrededor de las cinco o seis de la tarde, cuando ya estaba atardeciendo, empecé a tener que ir al baño cada dos por tres. También comencé a vomitar”, explica Madeleine mientras descansa bajo la sombra de una de las carpas de la zona de recuperación del centro.

“Después empecé a sentirme muy mal, así que mi marido y yo decidimos que teníamos que ir en busca de ayuda. Primero fuimos al centro de salud de Gurey, donde me pusieron un gotero intravenoso. Habíamos escuchado por la radio que MSF estaba gestionando un centro de tratamiento de cólera en Munuki, y como en Gurev apenas mejoraba, pedí que me metieran en una ambulancia y me trajeran aquí”, continúa Madeleine.

Madeleine, una vez recuperada, se despide del personal del CTC. © Donal Gorman/MSF.
Madeleine, una vez recuperada, se despide del personal del CTC. © Donal Gorman/MSF.

Hoy Madeleine está mucho mejor y por eso hemos decidido trasladarla al área de recuperación. Ha dejado de vomitar y de tener diarrea. Todos sus signos vitales son normales de nuevo y es capaz de comer y beber por sí misma. La hemos enviado a la zona de recuperación para poder observarla durante seis horas. Así, en el caso de que tuviera una recaída, podremos ingresarla de nuevo y tratarla con rapidez”, explica Deacon. “Antes de irse a casa, Madeleine recibirá una formación sobre el cólera y sobre la importancia de lavarse las manos. Además, se le entregará cloro y jabón, por lo que si necesita limpiar algo en su casa, podrá hacerlo de manera segura. Se le proporcionarán sales orales para combatir la deshidratación y se le aconsejara que al menor síntoma de recaída vuelva de inmediato al centro”, concluye Deacon. Al final del día, Madeleine recibe por fin el alta. “Estoy contenta por la atención y el tratamiento que he recibido aquí. Ahora me siento mejor. Me gustaría decirle a todos aquellos que están sufriendo de cólera que hay un centro de MSF en Munuki que proporciona atención sanitaria, apoyo y comida. Ahora estoy bien y vuelvo a ser muy feliz”, dice Madeleine mientras sale del CTC junto a su esposo Paul.

Médicos Sin Fronteras está respondiendo a un brote de cólera en Juba y atendiendo a los casos sospechosos en la región de Bor. Hasta el momento el Ministerio de Salud y la Organización Mundial de la Salud ha informado de que se han diagnosticado más de 1.244 casos y de que ya se han producido 39 muertes.

 

Depósitos acribillados en Sudán del Sur: el agua como objetivo

Paul Jawor, asesor de agua y saneamiento de Médicos Sin Fronteras en Sudán del Sur.

Paul se enfrenta al reto de restaurar el abastecimiento de agua potable cuando el equipo de MSF regresa al campo de desplazados de Denthoma 1, en Melut, en el norte de Sudán del Sur.

Desplazadas hacen cola para obtener agua potable una vez reparado el sistema. Foto: Paul Jawor / MSF

Desplazadas hacen cola para obtener agua potable una vez reparado el sistema. Foto: Paul Jawor / MSF

Melut es uno de los puntos críticos en la actual escalada de violencia que vuelve a experimentar Sudán del Sur. Médicos Sin Fronteras cuenta con un hospital en el campo de desplazados de Denthoma 1 en el que 20.000 personas han buscado refugio huyendo de los enfrentamientos.

Cuando a mediados de mayo los combates estallaron en Melut, nos vimos obligados a suspender nuestras actividades médicas y a evacuar al equipo. La interrupción de los programas se tradujo en que la población dejó de tener acceso a los servicios de salud que tanto necesitan en un momento crítico como el que sufren.

Una semana más tarde, un primer equipo de MSF pudo regresar a Melut para realizar una visita relámpago de cuatro días y se encontró un paisaje desolador: el hospital y las farmacias cercanas habían sido saqueadas y destrozadas. Además, el único sistema de suministro de agua potable del campo había dejado de funcionar y algunos de los tanques de agua mostraban agujeros de bala.

Las instalaciones, el hospital y la farmacia de MSF fueron saqueados y así se encontraban el 28 de mayo 2015 después de  que la lucha llegara hasta el condado de Melut, en el estado del Alto Nilo, en Sudán del Sur. Algunos pacientes que reciben tratamiento para enfermedades como el VIH, la tuberculosis y el kala azar se vieron obligados a interrumpir su tratamiento, lo que podría dar lugar a resistencia a los medicamentos y ser fatal. Foto: Miroslav Ilic/MSF
Las instalaciones, el hospital y la farmacia de MSF fueron saqueados. Algunos pacientes de VIH,  tuberculosis y kala azar vieron interrumpido su tratamiento. Foto: Miroslav Ilic/MSF

Denthoma 1 está situado a orillas del Nilo. Mis compañeros comprobaron que ante la falta de alternativas, la población desplazada llevaba tres días bebiendo agua del río. Para responder a esta situación, MSF puso en marcha un procedimiento de emergencia y distribuyó purificadores de agua y pastillas de potabilización a 4.000 familias de forma que pudieran filtrar y tratar el agua del río Nilo que estaban utilizando.

Se trata de una solución de urgencia: resultaba urgente resolver el problema de agua potable y por eso me enviaron de inmediato. No había tiempo que perder. Cuando llegué, lo primero que me enseñaron fue que varios de los tanques de agua presentaban multitud de agujeros de bala. Afortunadamente, el problema saltaba a la vista y no fue complicado arreglarlos.

También probamos el sistema de agua y, aunque funcionó durante un tiempo, finalmente el agua dejó de correr. Comprobamos las válvulas y descubrimos que estaban bloqueadas así que decidimos desmontar todo el sistema. En el saqueo del hospital también habían desaparecido las herramientas del almacén y tras recorrer el campo de desplazados encontramos una llave inglesa gigante. Con ella y con algunos utensilios de la caja de herramientas del coche pudimos empezar a desarmar el sistema.

Abrimos cada una de las válvulas y cuando palpamos en su interior encontramos botellas de plástico trituradas tapando las bocas de las válvulas. Eso era lo que estaba bloqueando el flujo de agua. Cómo llegaron esas botellas allí es un misterio, pero nos llevó todo un día abrir cada válvula y retirar el plástico que las bloqueaba.

Abrimos cada una de las válvulas y cuando palpamos en su interior encontramos botellas de plástico trituradas tapando las bocas de las válvulas. Eso era lo que estaba bloqueando el flujo de agua. Foto: Paul Jawor/MSF
Botellas de plástico bloqueaban las válvulas del sistema de distribución de agua. Foto: Paul Jawor/MSF

Pusimos en marcha la bomba, todo parecía ir bien pero a medida que el agua fluía a través del sistema y mientras procedíamos a llenar los tanques vimos que diez de los depósitos principales perdían agua como si fueran una fuente; mostraban claros signos de haber sido tiroteados también.

Como medida temporal, taponamos algunos de los agujeros con bolsas de plástico mientras que, en otros casos, empleamos parches de goma para reparar las cubiertas de los tanques. Se trataba de una reparación de emergencia; una vez que aseguráramos el suministro de agua todos los depósitos serían reparados adecuadamente.

El objetivo estaba conseguido: restablecer el suministro de agua para 20.000 personas. Cada uno de los habitantes del campo podría comenzar a recibir 10 litros de agua al día de inmediato.

El sistema de purificación de agua abastece ya el campamento con unos de 120 metros cúbicos de agua potable al día.
Los desplazados de Denthoma 1 ya no tienen que beber agua del río sin tratar, una práctica que ponía sus vidas en riesgo dado que podía propiciar la aparición de enfermedades transmitidas por el agua como la diarrea y el cólera.

Una escuela reabre sus puertas en Sudán del Sur, pero los riesgos persisten

Por Claire McKeever desde Bentiu, Sudán del Sur, para Unicef.

William, que trabaja como maestro en Bentiu, en el estado de Unity, en Sudán del Sur, no deja de sonreír. Ha esperado este momento durante largo tiempo. La escuela donde enseñó hasta hace un año empieza a funcionar de nuevo, y él se encuentra en su antigua aula, listo para recibir a sus alumnos.

Cuando se iniciaron los combates en Bentiu, hace casi un año, miles de personas huyeron a la cercana base de las Naciones Unidas, donde se había establecido un campamento para proteger a los civiles que escapaban de la violencia. El pueblo permanece sorprendentemente tranquilo, a pesar de algunos focos de actividad alrededor del mercado. La inseguridad, que no cesa, ha impedido que muchas familias regresen, y todavía quedan niños y niñas abandonados y vulnerables, incluyendo algunos que han sido reclutados por grupos armados.

Un niño escribe en su cuaderno en la escuela que empezó a funcionar recientemente en Bentiu, Sudán del Sur. Además de rehabilitar escuelas y proporcionar suministros esenciales, UNICEF está capacitando a los docentes en la prestación de apoyo psicosocial. (© UNICEF South Sudan/2014/Razafy)

Un niño escribe en su cuaderno en la escuela que empezó a funcionar recientemente en Bentiu, Sudán del Sur. Además de rehabilitar escuelas y proporcionar suministros esenciales, UNICEF está capacitando a los docentes en la prestación de apoyo psicosocial. (© UNICEF South Sudan/2014/Razafy)

William y los demás profesores han estado recorriendo el pueblo con megáfonos para anunciar la reapertura de la escuela, y ya se han registrado 150 estudiantes (100 niños y 50 niñas).

“Los niños y las niñas del pueblo están sufriendo”, dice William. “Un día bueno es aquel en que pueden volver a la escuela”.

FELICES DE REGRESAR

A fin de preparar la escuela para el regreso de los estudiantes, el terreno se limpió de maleza y escombros. Gran parte de la madera de los pupitres se convirtió en leña; no obstante, el director y los docentes hacen lo posible por salvar lo que queda. Además, se ayudó a reubicar en condiciones de seguridad a 12 familias desplazadas que estaban viviendo en las instalaciones.

Samuel, de 14 años, espera con ilusión el regreso a la escuela –tan es así que se presentó un día antes. Su materia favorita son los estudios sociales. A su lado se sienta su amiga Mónica, también de 14 años, con su madre, Mary. La escuela ha sido su hogar desde principios de año.

“Me siento feliz de que la escuela esté funcionando otra vez, porque realmente deseo que Mónica estudie”, dice Mary, que desempeña un papel importante como nuevo miembro de la recién creada Asociación de Padres y Profesores.

Los ojos de Mónica brillan cuando habla sobre su regreso a la escuela. “Yo estaba en el mercado cuando estallaron los combates, y todos corrimos. Mucha gente se escondió aquí [en la escuela]. Oí disparos y me tendí en el suelo”, recuerda. “Esta solía ser mi escuela. Luego, vivimos aquí. Ahora, la situación es mejor”.

UN FUTURO ROBADO

La escuela, que anteriormente se llenaba con la algarabía de más de 1.000 estudiantes a la hora del recreo, hoy en día es un lugar mucho más tranquilo. Aun cuando en la zona hay varias escuelas abandonadas u ocupadas que podrían volver a funcionar, esta resultó elegida por su ubicación y por su valla perimetral –un recordatorio de los peligros que siguen acechando a los niños y las niñas que aspiran a recibir educación, en zonas de Sudán del Sur afectadas por conflictos.

Mónica (izquierda), de 14 años, junto con sus amigas, en la escuela que empezó a funcionar recientemente en Bentiu. Cuando se vieron obligadas a huir de su hogar durante los enfrentamientos, Mónica y su madre buscaron refugio aquí. “Esta solía ser mi escuela. Luego, vivimos aquí. Ahora, la situación es mejor”. (© UNICEF South Sudan/2014/Razafy)

Mónica (izquierda), de 14 años, junto con sus amigas, en la escuela que empezó a funcionar recientemente en Bentiu. Cuando se vieron obligadas a huir de su hogar durante los enfrentamientos, Mónica y su madre buscaron refugio aquí. “Esta solía ser mi escuela. Luego, vivimos aquí. Ahora, la situación es mejor”. (© UNICEF South Sudan/2014/Razafy)

“Queremos lograr cambios positivos en las vidas de los niños y las niñas, tanto dentro como fuera de los campamentos”, explica Luel Ding, Oficial de Educación de UNICEF para el estado de Unidad. Durante la primera semana del año académico de 2015 se matricularon 5.007 niños (el 40% niñas) en Bentiu y Rubkona, justo al otro lado del río. La meta sobre matriculación que se ha trazado la campaña Vuelta al Aprendizaje para los dos pueblos es de 10.800 niños, niñas y adolescentes.

“Muchos de estos niños han vivido experiencias traumáticas y proporcionarles un espacio seguro para aprender es una medida de protección crucial”, dice Ding. “Cuando no pueden acceder a la escuela, los jóvenes pierden la esperanza y se vuelven vulnerables a la explotación y el abuso”.

Aparte de ayudar con suministros escolares esenciales, como libros de ejercicios, tiza y lápices, UNICEF está capacitando a los maestros en la prestación de apoyo psicosocial a los niños que están a su cargo.

Para una generación de niños y niñas a quienes un cruel conflicto ha robado la infancia, esta podría ser su única oportunidad de tener esperanza en el futuro.

SUDÁN DEL SUR: atendiendo a los pacientes junto a la línea de fuego

Por Siobhan O’Malley, enfermera especializada en obstetricia de Médicos Sin Fronteras.

Poco más de un año después del comienzo del conflicto en Sudán del Sur, la situación humanitaria sigue siendo extremadamente complicada. La enfermera especializada en obstetricia Siobhan O’Malley proporcionó asistencia sanitaria tanto en Malakal como en Bentiu, las principales ciudades afectadas por los combates. A través de su relato, nos explica cómo se trabaja en primera línea del frente, prestando atención médica de manera neutral e imparcial a los más necesitados.

Siobhan O'Malley, enfermera especializada en obstetricia de MSF. Fotografía Anna Surinyach/MSF
Siobhan O’Malley, enfermera especializada en obstetricia de MSF. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Situada en el Estado del Alto Nilo, Malakal es una de las mayores ciudades del Sudán del Sur. Cuando llegué en febrero de 2014, hace ahora un año, el conflicto ya había empezado y había advertencias de que la ciudad pronto sería invadida por las fuerzas de la oposición.

En cuanto dieron el aviso de que en breve se iban a producir combates, empezamos a ver riadas de gente corriendo hacia el recinto de Naciones Unidas (ONU) en busca de seguridad. Era espeluznante. Recuerdo ver a una mujer que huía sin llevar nada consigo, sólo a su bebé entre los brazos. Los días siguientes fueron tensos, escuchábamos disparos en la distancia y temíamos que ocurriera algo gordo.

Las fuerzas de la oposición atacaron en el medio de la noche. Unos días antes nos habíamos visto obligados a abandonar nuestra base en la ciudad y a entrar en el recinto de la ONU para protegernos. Recuerdo que estaba durmiendo en una tienda de campaña junto con otros miembros del equipo cuando el coordinador del proyecto nos despertó y nos dijo que nos preparáramos, que algo grave estaba pasando.

La ciudad de Sudán del Sur, Malakal, fue atacada el 18 de febrero de  2014. Los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas opositoras obligaron a miles de personas a abandonar sus casas, hacia otros lugares o hacia los campos de refugiados de Naciones Unidas.  Alrededor de 21.000 personas llegaron a este campo. Fotografía Anna Surinyach/MSF
La ciudad de Sudán del Sur, Malakal, fue atacada el 18 de febrero de 2014. Los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas opositoras obligaron a miles de personas a abandonar sus casas, hacia otros lugares o hacia los campos de refugiados de Naciones Unidas.
Alrededor de 21.000 personas llegaron a este campo. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Las barreras internas situadas alrededor de nuestra base (situada también dentro del terreno que ocupa la ONU, pero fuera del recinto en el que se alojan ellos) estaban destrozadas, puesto que muchas de las personas que estaban huyendo habían tratado de acercarse lo máximo posible a nuestras instalaciones en busca de una mayor protección. Con los ojos muy abiertos, en tensión y en silencio, cientos de mujeres y niños estaban acurrucados en la oscuridad bajo los árboles y junto a nuestra tienda.

Entonces, la tierra empezó a temblar. Las bombas comenzaron a caer cerca del complejo. El ruido era ensordecedor. Corrimos hacia los búnkeres; en realidad seis contenedores de transporte reforzados con sacos de arena. Las mujeres y los niños corrían con nosotros. Nos metimos dentro. Estábamos hacinados y hacía muchísimo calor. Recuerdo que permanecimos sentados allí durante horas, tratando de escuchar lo que estaba pasando fuera.

Pasadas algunas horas, se nos informó del gran número de heridos que había y abandonamos el búnker para ir hacia el hospital. Nos hicimos paso como pudimos entre la multitud. El olor a quemado era insoportable, la ceniza caía desde el cielo y había torres de humo negro en el horizonte.

A través de la ventana del coche vi a una niña aterrorizada, de unos 12 años de edad. Tenía la mirada perdida y llena de rabia y balanceaba un machete para tratar de protegerse de cualquiera que se le acercara.

Esa noche en el hospital tratamos a centenares de heridos de bala y de machete y a multitud de personas con diversos tipos de traumatismos.

Con los suministros a punto de agotarse fui atendiendo paciente a paciente. Me pasé los meses restantes de mi misión centrada en tratar a heridos de guerra. Nada que ver con la idea que tenía cuando acepté lo que todos creíamos que sería un trabajo en una maternidad de Sudán del Sur. Y sin embargo, siento que ayudé a que miles de personas que no tenían más ayuda que la nuestra para que pudieran salir adelante. Lo que más rabia me da es que, cuando algo así ocurre, hay otras necesidades básicas, como por ejemplo la atención de partos complicados, que se quedan irremediablemente en un segundo plano. Y os aseguro que en Malakal la gente necesita de cualquier tipo de atención médica y humanitaria que podamos proporcionarles.

El Hospital de Malakal fue atacado por un grupo de hombres armados. Cuando el equipo de MSF volvió al hospital se encontró 11 cadáveres.  Algunos de sus pacientes fueron disparados en sus camas. Fotografía Anna Surinyach/MSF
El Hospital de Malakal fue atacado por un grupo de hombres armados. Cuando el equipo de MSF volvió al hospital se encontró 11 cadáveres. Algunos de sus pacientes fueron disparados en sus camas. Fotografía Anna Surinyach/MSF

Madres e hijos

Por Maartje Hoetjes, MSF Sudán del Sur

Nos acaban de llegar dos personas con heridas de bala al hospital de MSF en Leer. Hace apenas unas horas estaban en la celebración de una boda, con sus amigos y su familia. De pronto, alguien entró y empezó a disparar contra la multitud. Cinco personas resultaron gravemente heridas. Dos, los dos que han llegado hasta aquí, han salvado de momento la vida, pero otras tres sufrieron heridas de gravedad y han muerto en el camino.

Madres e hijos esperan en el Centro de Alimentación del hospital de Médicos Sin Fronteras en Leer, Sudán del Sur
Madres e hijos esperan en el Centro de Alimentación del hospital de Médicos Sin Fronteras en Leer, Sudán del Sur. Fotografía de Nick Owen

Una de las víctimas es un niño de 12 años, que se encuentra ingresado en la unidad de cuidados intensivos. La enfermera me comenta que le dispararon en la nalga y que la bala salió por su estómago. Uno de nuestros médicos le ha limpiado la herida lo mejor que ha podido y se la ha vendado. Todos esperamos que la bala no le haya tocado ningún órgano vital, pero ahora mismo el principal problema reside en la fuerte hemorragia que sufre, por lo que dos de nuestros técnicos de laboratorio están tratando de encontrar un donante de sangre como sea.

Tendido en un colchón del otro lado de la unidad de cuidados intensivos tenemos al otro herido: es un chico joven y lleva la cabeza vendada. La bala le entró por la parte de atrás del cráneo y salió justo por encima de su ojo derecho. Está inconsciente. Viendo la gravedad de sus lesiones, me resulta sorprendente que haya sobrevivido tanto tiempo.

Visito los otros departamentos del hospital, observo el panorama que hay a mi alrededor y charlo un momento con mis colegas del centro de alimentación terapéutica. Tenemos un montón de niños ingresados. Salgo de allí y me dirijo hacia la sala de maternidad, de donde salen unos gritos desgarradores. El eco de tristeza que se desprende de ese llanto resuena por todo el recinto. Al entrar en la habitación me encuentro con una madre desconsolada. Tiene el dolor grabado en su rostro, que está completamente cubierto de lágrimas. Camina a duras penas hacia la puerta apoyándose en varios miembros de su familia, que tratan de consolarla sin mucho éxito. Tras ellos aparecen un hombre y una mujer que transportan lo que parece un cuerpo sin vida envuelto en una tela. Su pequeño tamaño me hace atar rápidamente cabos: es el niño de 12 años que estaba esperando la transfusión. Me quedo inmóvil por unos momentos. ¿Por qué el? No tiene ningún sentido que alguien tan joven tenga que morir de esta manera… es terrible.

Vuelvo a la unidad de cuidados intensivos para echar una mano a mis compañeros y veo que ya están todos están de vuelta en sus respectivos trabajos. Aquí en el hospital la muerte no entiende de horarios y no hay tiempo para demasiadas lamentaciones. Allí al fondo se encuentra la que supongo será la madre del hombre que tiene la herida de bala en la cabeza. Está sentada a su lado, con las piernas recogidas contra el pecho y sus brazos envolviéndolas firmemente. Su cuerpo tiembla y sus hombros se mueven hacia arriba y hacia abajo mientras solloza. No estoy segura de qué hacer. ¿Debo dejarla sola o debería quedarme con ella? Está mirando hacia el suelo y no parece ser siquiera consiente de mi presencia. Sí, está aquí a mi lado, pero probablemente su mente esté muy lejos de este lugar. Sé que soy una extraña para ella, pero quiero que sepa que no está sola. Puedo sentir perfectamente su dolor.

Me siento a su lado y le hago una caricia en la espalda para tratar de calmarla. Su respiración cada vez es más rápida y me temo que está empezando a hiperventilar. Le hablo suavemente y le doy indicaciones para que haga conmigo unos ejercicios de respiración, exhalando en voz alta. Los minutos parecen horas, pero finalmente parece que se está tranquilizando.

De pronto se sienta junto a su hijo en el colchón y le agarra de la mano. No se fija en mí, pero no importa. Ha recobrado las fuerzas para tratar de darle el cariño y la fuerza que tanto necesita en este momento. Ahora es de nuevo capaz de ayudarle a luchar por su supervivencia.

Han pasado dos días desde que dejé a aquella madre aferrada a la mano de su hijo. Hoy he visitado de nuevo la unidad de cuidados intensivos y me he encontrado al joven sentado tranquilamente mientras su madre le ayudaba a tomar una taza de leche. Bebía sin dificultades y la enfermera me ha comentado que ya ha empezado a hablar, así que hoy estamos de enhorabuena. A veces, hasta lo más difícil puede llegar a ocurrir. Incluso aquí, donde casi todo son malas noticias.

MSF ha trabajado en Leer, al sur del estado de Unidad, durante los últimos 25 años. Sus equipos prestan atención médica a los pacientes ingresados en el hospital y ofrecen consultas externas a niños y adultos. También llevan a cabo cirugías, servicios de maternidad, tratamiento del VIH/TB, y cuidados intensivos. A finales de enero y principios de febrero de este año el hospital de MSF en Leer fue destruido, al igual que la mayor parte de la ciudad. Era la única estructura sanitaria que brindaba atención médica secundaria, incluyendo cirugía y tratamiento para el VIH y la tuberculosis, en un área que cuenta con aproximadamente 270.000 personas. Edificios enteros fueron reducidos a cenizas, y los equipos necesarios para llevar a cabo cirugías, para el almacenamiento de vacunas o para hacer transfusiones de sangre fueron arrasados. Todo el mundo huyó al bosque o a otras ciudades y la ciudad quedó desierta durante varios meses. En mayo, cuando la gente empezó a regresar, MSF reanudó algunas de las actividades médicas del hospital.

 

La lucha de una madre soltera para sobrevivir en Sudán del Sur

Por Kate Donovan, Pathai (Sudán del Sur), de Unicef.

La situación de aislamiento en que se encuentra la nueva casa de Cuaca hace que sea un lugar difícil para criar a sus tres hijas. No hay carreteras, mercados, hospitales ni escuelas. Dos de los cuatro pozos en el pueblo están rotos, pero la población que depende del agua se ha duplicado.

Cuaca, de 22 años, con sus hijas Nyadieng, Mawiek y Nyawech, a la espera de recibir vales de comida durante una Misión de Respuesta Rápida de UNICEF y el PMA en Pathai, en el estado de Jonglei, Sudán del Sur. Ya lleva varias horas esperando para registrarse. (© UNICEF South Sudan/2014/Donovan)

Cuaca con sus hijas a la espera de recibir vales de comida. Ya lleva varias horas esperando para registrarse. (© UNICEF South Sudan/2014/Donovan)

Después de que estallara la violencia en su ciudad natal de Bor, Cuaca y sus hijas – Mawiek, de 4 años, Nyawech, de 2, y la bebé Nyadiengviajaron a pie durante 10 días para llegar a Pathai, en el estado de Jonglei, con ninguna pertenencia excepto la ropa que llevaban puesta. Durante el trayecto, Nyadieng viajaba en una cesta colocada hábilmente en la cabeza de su madre. Cada noche, la familia dormía bajo las estrellas con otras personas que habían huido para salvar sus vidas.

“Hui porque tengo miedo de las armas y tengo miedo de que me fusilen y me maten”, dice Cuaca, una mujer elegante de 22 años que está esperando en la fila para registrarse con UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), que han llegado aquí por helicóptero con suministros y servicios vitales, la primera ayuda humanitaria en nueve meses.

Pathai sufre los efectos de una crisis alimentaria que afecta a más de 2 millones de personas en Sudán del Sur. Al principio, los residentes locales compartían con los recién llegados la poca comida que habían almacenado, pero los suministros se agotaron rápidamente. La salud de los niños de la población desplazada, así como de la comunidad de acogida, se deterioró rápidamente, poniendo en peligro a miles de personas.

Así que ¿cómo han sobrevivido durante tanto tiempo sin nada? “Estamos comiendo hojas de los árboles”, dice Cuaca, haciendo un gesto hacia el árbol que hay detrás de ellos. Mientras cuenta su historia, la hija más pequeña mastica hierba, y Cuaca hace una pausa para ofrecer una explicación. “Tiene hambre.”

LA ÚNICA PROTECCIÓN

Cuaca se casó cuando tenía sólo 14 años. Su madre y su padre acababan de morir y, sin medios para mantenerse a sí misma, necesitaba un marido. Cuando su esposo la dejó más adelante, ella se convirtió en la única fuente de protección para sus hijos, con algún apoyo de su hermano.

Al enterarse de que una misión de UNICEF y el PMA había llegado a la aldea, Cuaca acudió de inmediato, con la esperanza de recibir comida para sus hijos. Junto a ella hay miles de personas necesitadas de asistencia, la mayoría mujeres y niños, y pasarán varias horas antes de que Cuaca pueda registrarse y recibir un vale de alimentos del PMA. Pero, por primera vez en varias semanas, sus hijas podrán disfrutar de una comida nutritiva.

Cuaca caminó con sus hijos durante 10 días desde su ciudad natal de Bor con los pies descalzos, llevando a su bebé en una cesta en la cabeza y durmiendo a la intemperie con otras mujeres y niños que también huían. (© UNICEF South Sudan/2014/Donovan)

Cuaca caminó con sus hijos durante 10 días con los pies descalzos, llevando a su bebé en una cesta en la cabeza y durmiendo a la intemperie con otras mujeres y niños que también huían. (© UNICEF South Sudan/2014/Donovan)

A continuación, las niñas son examinadas para detectar si padecen desnutrición y vacunadas contra el sarampión por UNICEF. Al final de la misión, 30.000 niños y adultos habrán recibido asistencia vital.

Cuaca espera que el conflicto acabe pronto para que sus hijas puedan terminar la escuela y tengan más oportunidades que ella.
“Si pudieran recibir una educación, podrían ayudarme en el futuro”, dice. “Pueden casarse cuando tengan 18 años, no 14, como yo”.

También le gustaría regresar a su casa y volver a ver a su hermano en Bor.

CONTRA VIENTO Y MAREA

Desde que la violencia azotó al país en diciembre del año pasado, la gran mayoría de los 1,4 millones de personas desplazadas en el interior de Sudán del Sur han huido a lugares remotos, refugiándose en el monte, en las islas de los ríos o en las aldeas remotas. Durante meses, han sobrevivido contra viento y marea, esperando desesperadamente la paz y el retorno a la normalidad.

La desnutrición y la falta de agua están detrás de la mayoría de las 17.000 muertes diarias de niños menores de 5 años, que UNICEF está intentando reducir.

Sudán del Sur: se avecina una hambruna que puede ser catastrófica

Por James Elrington, director de comunicación de UNICEF en Sudán del Sur.

Se avecina una catastrófica hambruna en Sudán del Sur, donde miles de niños y niñas menores de cinco años corren el riesgo de sufrir los efectos de la desnutrición aguda grave. UNICEF y sus aliados están ya sobre el terreno en las zonas remotas para llegar a los niños antes de que caigan en la desnutrición, y proporcionarles el tratamiento adecuado. El hospital de niños de la capital, Juba, ya recibe también nuestro apoyo.

María es uno de los niños que está recibiendo tratamiento para salvar su vida. La semana pasada, el 3 de Julio, conocí a María, que estaba siendo tratada de una forma específica de desnutrición aguda grave, denominada kwashiorkor, en el hospital de Al-Sabbah para niños en Juba.

Aunque la mayoría de los casos de desnutrición se pueden tratar en casa con medicinas, esta forma específica de desnutrición aguda grave requiere atención de urgencia en el hospital hasta que su condición mejore. Estaba terriblemente débil, con un exceso de líquidos en su cuerpo, que le causaba inflamación y estiraba su piel. Era una situación muy dolorosa, y su incomodidad era evidente, ya que lloraba la mayor parte del tiempo que estuve con ella. Fue desgarrador verla así.

Volví al hospital el martes 8 de julio, apenas cinco días después de mi última visita, y la transformación era notable. María había recibido leche terapéutica y atención médica.En poco tiempo, su condición había mejorado.

Esto es lo que suele pasar con la desnutrición, que hace que los niños estén tan débiles que se vuelven más propensos a sufrir una serie de enfermedades que si estuvieran saludables y fuertes no les afectarían. Con sólo darle la leche terapéutica que está diseñada específicamente para el tratamiento de la desnutrición aguda grave, y tratar sus complicaciones médicas, su pequeño cuerpo comenzó a recuperar la fuerza para luchar contra la enfermedad. Con un poco más de tratamiento y atención, regresará muy pronto a casa, algo para lo que hacen falta fondos.

 

El antes y el después de la pequeña María. (UNICEF/SOUTH SUDAN/ JAMES ELRINGTON).

El antes y el después de la pequeña María. (UNICEF/SOUTH SUDAN/ JAMES ELRINGTON).