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Archivo de la categoría ‘Somalia’

Somalia: “Aquí los niños por un sarampión pueden morir, quedar sordos o ciegos”

Por Athanas Makundi desde Hudur, UNICEF Somalia.

Las vacunas evitan entre 2 y 3 millones de muertes de niños cada año por enfermedades como difteria, tétanos, tos ferina y sarampión. Somalia es un claro ejemplo de cómo una vacuna puede salvar o cambiar una vida.

Habiba Mohamed Ahmed ha caminado más de 7 kilómetros para llegar a la clínica de salud materno-infantil en Hudur, la capital de la región de Bakool, al suroeste de Somalia. Mientras caminaba trataba de proteger del calor abrasador a su bebé enfermo. Aun así, Suleeqa Mohamed, de 7 meses, llega deshidratada y muy débil al centro.

Hamza esperando ser vacunado.

Hamza esperando ser vacunado.

Está muy pálida, respira con mucha dificultad, y tiene una erupción irregular en la cara. “Mi niña está enferma. No sé qué le pasa”, Habiba explica apenas sin voz tras el agotamiento de la caminata desde su pueblo. “Durante diez días, ha tenido fiebre muy alta, ha estada enferma con diarrea, luego le aparecieron manchas en la carita y se le extendieron por todas partes.”

Tras un rápido examen, el doctor de la clínica, Abdullahi Abdul, enseguida sospecha que Suleeqa tiene el sarampión, la misma enfermedad que ha afectado a unos 7.000 niños somalíes este año.

La ciudad de Hudur fue controlada por grupos armados durante un año, hasta el pasado mes de marzo, y la clínica se cerró. Muchas familias quedaron aisladas y sin ayuda. Con las carreteras para llegar a muchos pueblos aún bloqueadas, algunos aviones de agencias internacionales como UNICEF son los únicos que han podido entregar suministros esenciales a las áreas más necesitadas.

“Ahora que por fin tenemos las vacunas, vamos a empezar una campaña yendo puerta en puerta para que todas las familias sepan que deben llevar a sus hijos al centro de salud para ser vacunados”, explica Abdul. “También vamos a pedir a las madres que lleven a los niños para poder detectar si sufren desnutrición, ya que afortunadamente también nos ha llegado la pasta de cacahuete”.

Mientras descargamos los suministros de emergencia nos volvemos a encontrar con Habiba y su bebé.

Llega el avión con suministros al aeropuerto de Aden Adde en Mogadiscio, Somalia

Llega el avión con suministros al aeropuerto de Aden Adde en Mogadiscio, Somalia

“Por suerte, su sistema inmunológico ha estado luchando contra la infección”, señala Abdul. “Es por eso que ha sobrevivido. De lo contrario, en los casos graves de sarampión, el niño puede morir o se pueden quedar sordos o ciegos“.

Es lo que le pasó a Aden Mohamed con su hijo mediano. Hoy ha traído a su bebé de 9 meses, Hamza Hussein, para que le vacunen contra el sarampión. Será el primero de la familia que reciba una vacuna.

“Teníamos miedo a salir de casa a causa de los combates armados. Sabía que mis hijos estaban enfermos pero estaba aterrorizada“, susurra Aden bajito mientras mira a su alrededor para ver si alguien nos está escuchando. “Cuatro de mis hijos contrajeron el sarampión porque no había servicios de salud cerca, por lo que no pudieron ser inmunizados.”

“El sarampión es una de las principales enfermedades mortales para los niños, especialmente aquellos que son menores de cinco años“, explica Abdinor Hussein, jefe de Salud de UNICEF en Somalia.

La situación de seguridad está mejorando, y esperamos que esto allanará el camino para poder hacer llegar más asistencia. Vemos progresos. Los niños están siendo tratados y las madres reciben atención, pero las necesidades aún son muchas.

Con medidas tan sencillas como una nutrición adecuada y vacunas podemos lograr que ningún niño muera por causas evitables

 

Centro de vacunación de Hudur.

Centro de vacunación de Hudur.

* FOTOS: UNICEF Somalia/2014/Makundi

Médicos somalíes: Dr. Abdi Rahman Osoble

por Abdi Rahman Osoble (Somalia)

Soy el doctor Abdi Rahan Osoble, y también trabajo en el hospital de Guri El, en Somalia, al que Médicos Sin Fronteras respalda. Mi jornada comienza habitualmente con una ronda por la maternidad. Compruebo cuántas pacientes van a ser dadas de alta y cuántas fueron ingresadas la noche anterior.

Estamos en guardia las 24 horas del día, y estamos a tope de trabajo. Asistimos unos 130 partos al mes, de los cuales 115 sin complicaciones.

En ciertos grupos de edad, algunas complicaciones son más comunes. Entre las chicas más jóvenes, vemos habitualmente partos obstruidos: ocurre cuando, básicamente, el niño es demasiado grande y la pelvis de la madre demasiado pequeña, por lo que el parto no puede hacerse de manera natural y debe practicarse una cesárea. Un parto obstruido puede provocar hemorragias que pueden matar a la madre si no es atendida rápidamente por personal médico.

Recuerden que la mayor parte de nuestros pacientes vienen de muy lejos y tienen que caminar muchas horas, a veces incluso días, antes de llegar a nuestro hospital. Muchas mujeres acaban pariendo en sus casas en zona rural, y si hay complicaciones pueden sangrar demasiado y morir.

A veces empujan demasiado sin que el niño llegue a salir, y sufren ruptura de útero. Otras mujeres están demasiado débiles como para realizar este esfuerzo, lo cual las pone en peligro tanto a ellas como a sus bebés. Todas estas mujeres, si no llegan a tiempo al hospital, pueden morir. Oímos de casos como estos muy a menudo.

También hemos visto casos en los que la familia de la mujer niega su permiso para que le practiquemos una cesárea. Se niegan a firmar el formulario de consentimiento, y no podemos hacerlo. Pero a pesar de todos estos problemas, ayudamos a mucha gente aquí. Y me gustaría darle las gracias a todas las personas que nos ayudan a salvar a estos pacientes que no tienen ningún otro sitio al que acudir para recibir atención médica.

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Foto: Traslado de un paciente en camilla en el hospital de Guri Elm Somalia. Octubre de 2011 (© MSF/Peter Casaer).

 

(Más testimonios desde Somalia en próximos posts).

Foto2: Aviso prohibiendo la entrada de armas en el hospital de Guri El, Somalia. Octubre de 2011 (© MSF/Peter Casaer).

Médicos somalíes: Dr. Faiza Adam Abdirahman

por Faiza Adam Abdirahman (Somalia)

Soy el doctor Faiza Adam Abdirahman. Trabajo en la sección pediátrica del Hospital Istarlin, en el que Médicos Sin Fronteras trabaja en Guri El, en la región somalí de Galgadud. Trabajo en esta sección desde hace más de un año. Antes trabajaba en los servicios generales, pasando consulta a pacientes de todo tipo.

Las cosas están mucho más tranquilas que el año pasado. Las lluvias llegaron tarde, y cuando por fin ocurrió, agricultores y pastores volvieron a sus vidas normales. Pero las lluvias también trajeron brotes de sarampión y malaria. Los pasados diciembre y enero recibimos tantos pacientes que desbordaron nuestra capacidad en el hospital.

En el área pediátrica, tenemos 30 camas, y estábamos recibiendo a unos 160 enfermos de malaria a la semana, muchos de ellos en estado grave. La mayor parte de los pacientes eran niños de entre 1 y 5 años de edad, y ya estaban debilitados y desnutridos antes de enfermar de sarampión. Algunos también tenían neumonía.

Los pacientes suelen vivir lejos y tienen que recorrer largas distancias para llegar al hospital, y el mal estado en que están las carreteras no ayuda a que lleguen a tiempo. Les pusimos el tratamiento adecuado, y les dimos vitamina A e hicimos trasfusiones de sangre a quienes las necesitaban. Fue una situación de emergencia.

Ahora la situación ha mejorado, y estamos tratando a unos siete pacientes de sarampión a la semana. Esperamos poder llegar a cero muy pronto. Hemos estado organizando campañas de vacunación en el distrito de Guri El y en aldeas de los alrededores, a las que acudimos para vacunar a los niños. Hace ya algún tiempo que lo hacemos y esperamos ver los resultados en el futuro si se produce un nuevo brote epidémico.

Tenemos la esperanza de ir más lejos, de llegar a vacunar a todos los niños en Somalia. Sé que la situación de mi país no es la ideal, pero sería fantástico que pudiéramos vacunar antes de que se produzcan las epidemias. Podríamos salvar muchas más vidas.

Más testimonios de médicos somalíes en próximos posts.

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Foto 1: Madres con sus hijos esperando a consulta en el hospital de Guri El (© Peter Casaer, octubre de 2011).

Foto 2: Debido a la saturación del hospital de Guri El a finales de 2011, tuvieron que instalarse cinco tiendas en el exterior para ingresar a más pacientes: dos de ellas estaban destinadas a pacientes con diarrea y las otras tres a pacientes con sarampión (© Peter Casaer, octubre de 2011).

Y de repente Ambia se puso mejor

Por Michele Trainiti (Médicos Sin Fronteras, Etiopía)

He pasado casi ocho meses en Etiopía, concretamente en Hiloweyn y sus alrededores, trabajando para MSF en la respuesta a la crisis de los refugiados somalíes. Al principio era responsable del centro de salud, y más tarde me hice cargo de todos los proyectos en Liben.

Cuando pienso en el campo de refugiados de Hiloweyn, pienso en Ambia. Fue uno de nuestros primeros pacientes, una pequeña de 9 años y 10 kilos de peso, enferma de tuberculosis y sin nadie en la vida aparte de un tío suyo. Todo el resto de su familia había muerto durante la crisis nutricional o en la guerra. Ambia ha sido uno de los símbolos de nuestro centro de salud.

Por aquel entonces, entre finales del verano y otoño de 2011, el hospital estaba abarrotado de pacientes: solíamos tener entre 40 y 50 niños hospitalizados con desnutrición severa, de los cuales por lo menos 8 estaban ingresados en cuidados intensivos. El personal tenía que hacer guardias agotadoras para poder atender a todos los pacientes las 24 horas del día.

Fuera del centro de salud, una multitud inacabable esperaba a ser admitida también en nuestro programa nutricional. Cientos de mujeres con niños desnutridos. Dentro del centro, los médicos y enfermeras corrían de una tienda a otra, de un paciente a otro, durante todo el día, con solo unos pocos minutos de descanso para comer y cenar.

En aquel momento, el campo albergaba a unos 25.000 refugiados del sur de Somalia, que habían llegado hacía unas pocas semanas. Cada mañana distribuíamos sudarios para aquellos que habían muerto en el campo durante la noche. Perdíamos a entre tres y cuatro niños cada semana y, en el peor momento, llegamos a perder uno al día. La situación era muy difícil, la población en el campo no reconocía la desnutrición como una enfermedad, probablemente acostumbrada a años y años de hambruna y sequía, y por lo tanto nos traían a los niños sólo cuando enfermaban de algo más (diarrea, infecciones respiratorias, etc.), así que a menudo nos llegaban en un estado muy crítico.

Y entre ellos se encontraba Ambia. Como os digo, tenía 9 años y pesaba 10 kilos. Ojos abiertos al mundo de par en par, muñecas tan pequeñas como las de una niña de 4 años, muy testaruda, muy débil, siempre a la defensiva. Siempre enferma. No importaba lo ocupados que estuviesen los sanitarios, siempre sacaban unos minutos extra para ella. Y ella sonreía, pero no mejoraba. Conseguía ganar peso, pero al cabo de unos días volvía a perderlo rápidamente. Su diagrama de peso era una línea irremediablemente descendente.

Pensando en aquel tiempo, siento que de alguna forma ella era el paradigma de toda aquella crisis: un lugar complicado donde, a pesar de los inmensos esfuerzos, no vislumbrábamos signo alguno de mejora, donde cada mañana contábamos las camas que se habían quedado vacías por la noche, donde, perdida toda esperanza, las madres querían llevarse a casa a sus bebés moribundos, donde el personal sanitario poco a poco pero de forma progresiva se iba agotando en ese esfuerzo extenuante que supone tener que afrontar una abrumadora crisis nutricional.

Y entonces un buen día, de repente, Ambia se puso mejor. Nos limitamos a cambiar su dieta, ya que de todas formas no estaba respondiendo ya a los alimentos terapéuticos. El tratamiento contra la tuberculosis también empezó a tener sus primeros efectos positivos. Siempre recordaré a su tío llorando quedamente al darle las gracias al médico por salvarle la vida a la pequeña.

En octubre de 2011, la situación empezó a mejorar. Había menos pacientes con necesidad de hospitalización, también fallecían menos, y la mortalidad en el campo estaba bajo control. La situación sanitaria y nutricional se fue estabilizando poco a poco, la distribución de alimentos cada vez llegaba a más gente y los esfuerzos médicos por fin daban resultado.

La semana pasada, después de siete meses, volví a ver a Ambia. Y apenas pude reconocerla. Iba vestida con un traje somalí tradicional, el pelo cubierto y un velo enmarcándole el rostro, los mofletes y la cara resplandecientes… tuve que buscar ese pestañeo de obstinación en sus ojos para encontrar en ella a la Ambia que yo conocía.

Compartía sonriente un paquete de galletas con una amiga que había hecho en el centro de salud. La enfermera de la sala me dijo que acababa de completar con éxito el tratamiento de tuberculosis pero que todavía iba al centro de salud a diario, por costumbre y por las galletas. Ambia me miró y pude percatarme de que su sonrisa se agrandaba. Quiero pensar que me había reconocido.

Ahora la sala donde Ambia había estado ingresada está casi vacía; sólo hay una pocas camas ocupadas por niños enfermos. La inacabable cola de gente fuera del centro ha desparecido, y en general todo está muy tranquilo en comparación con hace apenas unos meses. La situación sanitaria en Hiloweyn ha mejorado significativamente, la crisis nutricional ha sido derrotada.

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Foto 1: Una trabajadora de MSF enseña a la madre de un niño con desnutrición aguda cómo completar su lactancia haciendo que el niño tome también suplementos al mismo tiempo que toma el pecho. Hospital de MSF en Hiloweyn, Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 2: Una larga cola de madres con sus niños, refugiados somalíes, en el campo de Dolo Ado, en Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 3: Una familia de refugiados somalíes recién llegados a la frontera etíope, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 4: Refugiados somalíes en la sala de espera en el centro de salud de MSF en Kobe, Etiopía, en julio de 2011 (© Lali Cambra).

Luchando contra el cólera en Haití y Somalia

Con el comienzo de las lluvias la mala situación higiénico sanitaria de los campos de refugiados se puede agudizar de Somalia, ya hay casos de cólera y puede convertirse en una epidemia. Por eso UNICEF y sus aliados realizan campañas de formación en nuevos avances a enfermeros especializados de distintas zonas para que a su vez formen a nuevo personal.

El terremoto, las lluvias posteriores, el hacinamiento en campos de refugiados, la mala salubridad, todos estos factores contribuyeron a desatar una epidemia de cólera en la la isla. Haití, debido a su mala situación tras el terremoto se vio más afectado. UNICEF y sus aliados utilizan cualquier medio para extender información y formación a toda la población, desde los púlpitos hasta los colegios….

Dadaab: la vida en una tienda

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Kenia)*

La vida en una tienda es la que llevan los cientos de miles de personas que, como os contaba, abarrotan los campos de refugiados somalíes de Dadaab, en Kenia. A vista de pájaro, en el avión que tomamos para llegar desde Nairobi en un confortable vuelo de una hora, o desde el propio GoogleEarth, lo vemos en toda su extensión.

Miles, decenas de miles, de tiendas en filas ordenadas dan lugar al nacimiento de una nueva sociedad. Una sociedad de refugiados, una sociedad refugiada de la violencia, de la desnutrición, de la falta de atención e incluso de la persecución sufrida en Somalia. Ya hay nombres para las kilométricas avenidas de tiendas: Avenida Unidad; Avenida Amistad; Avenida Reconciliación; parece un esfuerzo para evitar simbólicamente que los problemas de Somalia resurjan en esta mega-ciudad de plástico y servicios temporales.

Centros de distribución de comida, escuelas, mezquitas, canalizaciones de agua, disponibilidad de letrinas, gestión de basuras y desechos, estaciones de policía… aquí hay todo lo necesario para que 120.000 personas puedan sobrevivir; eso sí, con la dignidad reducida a mínimos.

En eso estamos en la extensión de Ifo, un nuevo campo en el que Médicos Sin Fronteras contribuirá con la provisión de servicios médicos, porque aquí, ahora, la atención médica y nutricional es una de las prioridades. Queremos que, mediante un sistema que combine la apertura de un hospital y de varios centros y puestos de salud, todo este nuevo “mundo” tenga garantizada la atención médica de emergencia de calidad, desde la salud primaria al tratamiento de los casos más severos de desnutrición, desde los servicios obstétricos hasta la respuesta a los brotes epidémicos que inexorablemente vendrán.

Ya llevamos tres años trabajando en otro mega-campo, Daghaley, con un sistema parecido. Ahora mismo el centro terapéutico nutricional tiene 210 camas, todas ellas ocupadas por niños menores de 10 años, y seguimos aumentando la capacidad. Las campañas de vacunación contra el sarampión se realizan de forma masiva. Las mujeres siguen teniendo complicaciones en el parto que hay que atender, en ocasiones siendo necesario practicar cesárea en nuestros quirófanos.

La salud mental es un componente esencial, como también lo es tratar los casos complicados de meningitis o cualquier otra enfermedad… es un no parar. La actividad ya era enorme antes de la crisis nutricional en Somalia y ahora simplemente todo se ha elevado al cubo… de la desnutrición.

En el nacimiento del nuevo campo, también a nosotros nos toca convertir nuestra vida en una vida en una tienda. Por razones de seguridad, muchas organizaciones eligieron permanecer en el centro “urbano” de Dadaab, una pequeña aldea keniana separada de los campos por 25 minutos de convoy protegido por efectivos armados. Los equipos de MSF fueron los primeros en situar sus tiendas-oficina y las tiendas-vivienda al lado de los campos de refugiados, en aras de garantizar la proximidad con la población.

Ahora, con el nacimiento de la extensión de Ifo, nace también un nuevo equipo de MSF; Amal, Marta, Emiliano, Lucy, Blanca, Freeman y tantos otros coordinadores, médicos, enfermeros, logistas, administradores, han convertido su vida también en una tienda. La gran diferencia respecto de los somalíes es que sabemos que nuestra situación es temporal y tenemos billete de vuelta.

En lo profesional, mientras construimos las estructuras permanentes (de cemento) que albergarán el hospital y los centros de salud, hay que ir dando respuesta médico-humanitaria a las necesidades de los refugiados que van llenando el nuevo campo. Muchos de ellos son reubicados aquí por ACNUR* previo proceso de registro; pero muchos otros aparecen espontáneamente, ya sea porque son recién llegados  de Somalia, ya porque han decidido abandonar la periferia del campo…

Porque sí, efectivamente, los campos de Dadaab son de tal magnitud que también cuentan con sus propias afueras, con sus suburbios. Suburbios en un campo de refugiados… sinceramente, nunca pensé que vería algo así. Pues en los suburbios de Dadaab es donde se agolpan los recién llegados de Somalia y, ahí, disponer de una tienda de plástico, llevar una vida en una tienda, se convierte en todo un privilegio.

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* Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados.

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Foto1: Refugio improvisado por una familia somalí a las afueras del campo de Daghaley, en Dadaab (Kenia). Julio de 2011. (© Michael Goldfarb/MSF)

Foto2: Refugiados somalíes llevan asus niños enfermos y con desnutrición al nuevo centro de nutrición terapéutica abierto por MSF en en campo de Dadaab (Kenia). Julio de 2011. (© Brendan Bannon)

“Medio millón de murcianos se hacinan en los campos de refugiados del sur de Francia”

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Kenia)*

 

y a continuación de este titular vendría el siguiente subtítulo: “a pesar de los esfuerzos del gobierno francés y la presencia de Naciones Unidas, miles de murcianos siguen padeciendo las consecuencias de la desnutrición y los primeros brotes de sarampión y cólera”.

Obviamente sólo trato de llamar vuestra atención: en España no se dan las condiciones que en Somalia han forzado a más de medio millón de somalíes a buscar refugio en Kenia. No hay guerra, no hay sequía, existe un gobierno, un sistema de salud público y, afortunadamente, no hace falta la presencia de actores como Médicos Sin Fronteras.

Imaginar un campo de refugiados con la población de Murcia capital resulta cuando menos difícil, pero os aseguro que es una realidad; acabo de estar en los campos de Dadaab, en Kenia, una acumulación de tres mega-sub campos (Ifo, Dagahaley y Hagadera), de un cuarto en proceso de extensión (conocida como Ifo2 e Ifo3) y de otro más planificado (Kumbios). Según hablamos, estos campos ya sobrepasan las 440.000 personas.

Digo esto porque cada día se producen una media de 1.400 nuevas llegadas, en su mayoría mujeres y niños, que han recorrido a pie desde Somalia distancias similares a la que habría entre Murcia y Andorra. De seguir esta tendencia, a finales de año podríamos estar hablando de más de medio millón de personas en los campos, convirtiéndolos en la tercera “ciudad” en número de población de este turístico país que es Kenia.

Si en el último post os hablaba del desplazamiento interno, el flujo de refugiados es la otra cara de la moneda… con la diferencia de que en el ámbito humanitario pensábamos que campos de esta magnitud se habían convertido en una rareza.

Por muchísimas razones, a nadie le interesa que existan: seguridad, economía, medio ambiente y la propia capacidad de los países receptores para con sus respectivas poblaciones hacen que a ningún gobierno le guste ver en su territorio tanta población de otro país agolpándose de una forma tan súbita y descontrolada. ¿Podemos pensar en España acogiendo a medio millón de portugueses, 170.000 de ellos llegados sólo en un año? Además, están todas las experiencias de los años 90, cuando muchos de los campos de los vecinos de Ruanda se utilizaron como bases para contraatacar de nuevo…

El cambio en los conflictos tras la caída del Muro también ha favorecido más el desplazamiento interno que el de los refugiados que cruzan fronteras; e incluso muchos de nuestros países (que no sufren conflictos y no reciben flujos masivos de población en comparación a lo que sucede en África, por ejemplo) prefieren del desplazamiento interno que potenciales refugiados, ya que éstos últimos les generarían obligaciones de acogida y asilo que en muchos casos no están dispuestos a asumir.

MSF ya estuvo presente en la creación de estos campos hace veinte años, cuando fueron diseñados para 90.000 personas que huyeron tras la caída del régimen de Siad Barré en Somalia en 1991. Volvimos hace tres años, cuando la intensidad de la guerra en Somalia durante la intervención del ejército etíope generó decenas de miles de refugiados más.

En julio de 2010 se decidió extender un tercer campo (Ifo) para tratar de descongestionar a los 270.000 refugiados que por aquel entonces se agolpaban en Dadaab. Fue ahí cuando consideramos que era necesaria una mayor inversión de MSF. Tras un largo proceso de negociación entre el Gobierno de Kenia y el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Ifo finalmente ha sido extendido. Y hemos comenzado a trabajar en esta extensión hace sólo tres semanas, cuando la población de los campos supera ya las 440.000 personas.

En próximos posts os contaré qué estamos haciendo y cuál es nuestro análisis de la situación desde el punto de vista médico y humanitario. Pero, una vez más, resulta inevitable reflexionar en voz alta: ¿dónde está la carga de la recepción de la población somalí? ¿Por qué cientos de miles de personas han tenido que dejarlo todo y huir? ¿Es suficiente pedir dinero y dar comida para dar una respuesta a estas poblaciones? ¿De verdad podemos seguir aceptando que cada generación vea las escenas del niño desnutrido, la madre desesperada, la tienda del refugiado y los logos de las organizaciones humanitarias como MSF en el fondo?

 

*Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF en Somalia, Kenia y Etiopía.

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Foto 1: Refugiados somalíes recién llegados a Kenia esperan en la puerta del centro de recepción del campo de Daghaley (© Michael Goldfarb/MSF, julio de 2011).

Foto 2: Asentamientos espontáneos de refugiados somalíes que se quedaron fuera del abarrotado campo de Daghaley, en enero de 2011 (© MSF). 

Foto 3: Un pequeño somalí con desnutrición aguda, atendido en el hospital de MSF en Dadaab, Kenia (© Brendan Bannon, julio de 2011).

 

 

IDP: lucha por la vida (en Mogadiscio)

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Somalia)*

 

Un desplazado y un refugiado difieren en que este último ha cruzado una frontera entre países huyendo por razones diversas, entre ellas la persecución o la violencia. Un desplazado ha tenido que dejar su lugar de origen para acudir a otro, siempre dentro del territorio de su país. Es lo que se conoce en la jerga humanitaria como IDP (léase “aidipís”), lo que equivaldría a “desplazados internos”.

Los IDP gozan de una protección internacional muy inferior a la de los refugiados; por ejemplo, no existe una agencia internacional que tenga el mandato de atenderlos. Sin embargo, y debido al cambio en la tipología y pautas de los conflictos (internos más que internacionales, afectando a los civiles más que a los combatientes), el número de IDP superó al de refugiados hace ya varios años. A principios del 2011, el mundo contaba con un total de 27 millones de desplazados, frente a 15 millones de refugiados.

Mogadiscio, desde donde os escribo, es ahora mismo uno de los paradigmas del desplazamiento interno. Somalia ya lo era antes de esta crisis, siendo uno de los países con más IDP del mundo, estimados en cerca del millón y medio; por ejemplo, MSF lleva trabajando en el llamado “corredor de Afgoye”, situado en el camino hacia Kenia, desde hace varios años, atendiendo alrededor de medio millón de personas en lo que supone uno de los epicentros del desplazamiento interno del mundo. Como ya os comentaba en el anterior post, hay cosas en Somalia que no tienen nada de nuevo.

Pero ahora en Mogadiscio hay novedades: los IDP se acumulan de forma masiva y en muy variadas formas en un mismo entorno urbano. Hemos podido ver grandes campos de desplazados dentro de la propia ciudad, como el de Babhbado, con cerca de 30.000 personas, donde todas las organizaciones han centrado su atención, por lo que nuestra intervención no ha sido necesaria. También hemos visto “mini corredores”, como el de Jazeera, con unas 12.000 personas, donde ya hemos empezado a realizar campañas de vacunación y chequeos para conocer el estado exacto de desnutrición de la población.

 Pero lo que realmente caracteriza la situación ahora es la acumulación en “bolsas” que oscilan entre las 20 y las 500 familias; se asientan en cualquier sitio, desde antiguos campos de fútbol a mezquitas, y sobre todo en las casas de la población local, que una vez más muestra una capacidad de solidaridad espontánea y mecanismos de afrontamiento asombrosos, y lo hacen en todos los barrios a lo largo de la ciudad.

Los desafíos para nosotros son enormes. Para empezar, resulta muy complicado “mapear” a los desplazados y estimar cifras de población. Si queremos atender a estas poblaciones, hay que negociar acceso (con los clanes, los líderes tradicionales, los gobernadores, etc.) a todos y cada uno de los distritos; y tenemos que diseñar cuidadosamente nuestros proyectos, combinando hospitales y centros de salud fijos (donde incluimos el tratamiento de los casos severos de desnutrición) con las estrategias periféricas (incluyendo los puestos de salud, clínicas móviles, campañas de vacunación, etc.). Cada movimiento en Mogadiscio todavía supone un riesgo para la seguridad y tiene que ser adecuadamente gestionado…

Pero la magnitud de las necesidades requiere de esa respuesta. El sarampión hace estragos, sobre todo en los niños. Ya hay casos confirmados de cólera: aunque todavía no tengamos un brote epidémico, las diarreas agudas y sangrantes se dan en prácticamente todas las zonas de desplazamiento que hemos visto. Las enfermedades respiratorias agudas también. Y lo peor de todo esto es que el debilitamiento del sistema inmunológico consecuencia de la desnutrición hace que las personas, sobre todo los niños, mueran; de hecho, su estado hace en muchos casos inviable salvarles la vida aunque sus enfermedades sean absurdamente fáciles de tratar.

De las primeras entrevistas realizadas con los miles de desplazados a los que ya hemos accedido a través de los programas de salud primaria, vacunación y tratamiento ambulatorio de la desnutrición, sabemos que la mayoría de ellos han pasado por grandes penurias durante el camino a Mogadiscio. En algunos casos han andado cientos de kilómetros.

Amina, una madre de 5 hijos, nos dijo que tuvo que abandonar a dos de ellos por el camino porque ya no podían acarrearlos consigo; su marido se quedó atrás para cuidarlos y ya no ha vuelto a saber de ellos. Ahora uno de sus niños se debate entre la vida y la muerte en nuestro centro terapéutico nutricional y ella se pregunta qué hacer para comer, para dormir, para cobijarse, para curarse, para sobrevivir.

La ciudad sigue recibiendo aviones de ayuda alimentaria, ONGs internacionales y muestras de apoyo al gobierno somalí por parte de líderes políticos. Pero el desafío en un entorno de desplazamiento urbano es hacer que esa ayuda llegue a todos y cada uno de los seres humanos que la necesitan. Ese desafío se multiplica exponencialmente en Mogadiscio.

 Mi penúltimo pensamiento es que todos seamos capaces de hacerlo sin caer en los errores del pasado. El último es que la abstracción del término “IDP” no deja entender la enormidad de la afrenta a la dignidad que supone esa situación para personas como Amina.

* Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF para Somalia, Kenia y Etiopía.

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Fotos: Equipos de MSF atienden a los desplazados somalíes en el distrito de Wadaag, al sur de Mogadiscio (13 de agosto de 2011). © Feisal Omar.

¿Volver a empezar? (en Mogadiscio)

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Somalia)*

Para mucha población somalí obligada a huir en busca de ayuda, sí. Para muchos actores humanitarios que intentan ahora entrar en el país, también. Para unas pocas organizaciones, como Médicos sin Fronteras, que llevan años en Somalia, no tanto. La llamada internacional de ayuda para la crisis del Cuerno de África estaba y sigue estando muy alto en la agenda pública: medios de comunicación, agencias de Naciones Unidas, ONGs, gobiernos, hasta el propio Vaticano.

La ecuación que se nos presenta para despejar es relativamente sencilla: no ha llovido, la sequía ha acabado con el ganado y los cultivos, la población se ha quedado sin comida y sin medios de subsistencia, se genera hambruna. Eso es lo descriptivo. ¿Qué toca hacer ahora?: dar cientos de millones de dólares, comprar comida, dar comida. Ecuación despejada.

Antes de terminar mi última misión en Mogadiscio en diciembre del año 2007, MSF logró abrir un hospital de 70 camas. Este hospital tenía un programa nutricional pediátrico, para niños menores de 5 años. A las dos semanas de la apertura, estaba totalmente lleno. Respondíamos a brotes de cólera, atendíamos las complicaciones obstétricas, continuábamos con la cirugía de guerra… representaba lo que Somalia ha sido, era en ese momento y es ahora para MSF: una de las mayores y más prolongadas crisis humanitarias del mundo consecuencia de un interminable conflicto armado interno.

Sí, ahora tenemos una nueva ventana de oportunidad: podemos restablecer al personal internacional en Mogadiscio de forma permanente. Evaluar esta posibilidad era una de las razones de mi desplazamiento a Mogadiscio estos días pero, después de estar aquí una semana, lo que he visto es que esta sigue siendo la Somalia cuyas complicaciones no sólo obedecen a una sequía extrema, sino también a la violencia, al desplazamiento, al fracaso de las políticas internacionales de cooperación al desarrollo, a la ausencia de actores humanitarios sobre el terreno y a un gobierno basado en Kenia que no es funcional. Esto es, a factores estrictamente humanos.

Sobre el terreno, hemos visto un enorme aumento en nuestros programas nutricionales, llegando a tratar a siete veces más niños desnutridos que en el mismo periodo del año pasado. La desnutrición severa aguda está por encima de los umbrales de emergencia. Hay muchos desplazados internos dispersos por Mogadiscio, difíciles de mapear y acceder. Hay que prepararse para los casi inevitables brotes de cólera. Hay que vacunar contra el sarampión. Todo eso lo tenemos ya en marcha.

Pero precisamente esto no pasa sólo por pedir millones de dólares. Esto pasa por hacer la ayuda efectiva (que llegue rápidamente), imparcial (que llegue a quienes más lo necesitan), neutral (que no se penalice a la población sólo por vivir en áreas controladas por actores que no nos gustan o con quienes no sabemos tratar) e independiente (que no sea manipulada o controlada por otros que no seamos nosotros).

Hacer eso no es tan sencillo. El modelo de ayuda internacional que se nos vende (movilizar fondos, comprar comida, darla) no funciona en un entorno como el Somalí. Mogadiscio no tiene nada que ver con una región que se encuentra a 20 kilómetros de aquí (Jowhar). Ni siquiera un barrio de la capital tiene nada que ver con otro situado a 10 minutos en coche.

La situación de los somalíes en los mega-campos de refugiados de Dadaab (Kenya) tiene también poco que ver con las regiones más desfavorecidas de ese mismo país. Como poco tiene que ver la situación (y cómo implementar programas humanitarios) en los campos de Dolo (Etiopía) con la que vemos en otras regiones de ese país, en muchas de las cuales la población no muestra signos severos de desnutrición, por ejemplo.

Por tanto, aglutinar todas estas micro-realidades en un eslógan que combine “Cuerno de Africa”, “sequía” y “hambruna” es cuanto menos simplista y, hasta el momento, poco útil para la población somalí.

Todo apunta a que estamos ante una crisis gravísima, pero una crisis compleja a la que no se puede responder con soluciones simplistas. Estar en Mogadiscio con el personal de MSF que ha mantenido los programas activos permite cuanto menos tener una buena idea de la realidad.

¿Volver? No para nosotros, hemos estado aquí durante 20 años seguidos. Otra vez hambruna… ¿Volver a empezar? No para nosotros, la crisis de la población somalí ha sido una constante desde hace mucho tiempo, sobre todo dentro de Somalia, pero también con los refugiados en Etiopía, Kenia, Yibuti, Uganda o Yemen.

La gran prioridad ahora, dentro de tanto ruido, sigue siendo la misma: que la población somalí acceda a una ayuda de emergencia médico-humanitaria de calidad mientras las soluciones políticas siguen en estado crítico.

*Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF para Somalia, Kenia y Etiopía.

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Fotos: Equipos de MSF atienden a los desplazados somalíes en el distrito de Wadaag, al sur de Mogadiscio (13 de agosto de 2011). © Feisal Omar.

Té con leche (en Somalia)

Por Hussein Sheikh Qassim, Somalia (Médicos Sin Fronteras)

Cuando nos levantamos, el cielo estaba cubierto de nubes negras. Ya no vimos el sol en todo el día. Por culpa del mal tiempo, son menos los enfermos que nos han llegado, ya que los coches no han salido a la carretera por miedo a lluvias torrenciales: las carreteras no están asfaltadas, así que cuando llueve mucho se convierten en lodazales en los que los coches no pueden ni avanzar. Así que nadie se arriesga, y eso que realmente no ha llovido en condiciones en los últimos tres años.

De todas formas, el hospital está lleno debido al enorme volumen de pacientes que nos han estado llegando en los últimos días. Hemos estado muy ocupados.

Marere es un algo diferente de otras regiones de Somalia: está cerca de un río, y llueve ocasionalmente, aunque el suelo está demasiado seco como para que suponga alguna diferencia, así que no hay vegetación. La mayor parte del país sufre una grave sequía, y la mayoría parte de los pacientes a los que atendemos están extremadamente desnutridos. En un hospital cualquiera de un país cualquiera, obviamente ves enfermos, es lo normal. Pero lo que estamos viendo aquí no es normal: estamos viendo a personas que, además de estar enfermas, están muriendo de hambre.

Muchas madres caminan kilómetros para llegar al hospital, cargando con sus hijos a la espalda y sin nada que llevarse a la boca durante días, así que cuando llegan no sólo tenemos que atender a los niños: también tenemos que alimentarlas a ellas.

Esta semana, una anciana llegó con su nieto de tres años desde el campo de desplazados de Jiro, que está a unos 70 kilómetros de aquí. Su familia se dedicaba al pastoreo, pero todo el ganado murió y tuvieron que irse de su aldea con unas pocas cabras que les quedaban. Nos dijo que el pequeño, Siyat Abdi Ali, llevaba un mes enfermo, con tos, vómitos y diarrea. Pero lo que realmente nos impactó fue que, durante todo aquel mes, lo único que habían podido darle de comer era té dulce con un poco de leche de cabra: no les quedaba otra cosa.

Como podéis imaginar, el niño era todo piel y huesos, literalmente se estaba muriendo de hambre. Además de la desnutrición aguda severa, tenía neumonía. También la abuela estaba gravemente desnutrida, y tuvo que ser ingresada. Siyat está siendo alimentado primero mediante suero porque está demasiado débil como para poder deglutir. Al menos ya mueve las piernas, cosa que era incapaz de hacer cuando llegó.

En general estamos viendo más adultos desnutridos, de nuevo algo que no es habitual. Precisamente acabamos de ingresar en el centro nutricional a un chico de 14 años, al que en Somalia ya se considera adulto. También vemos un volumen creciente de mujeres embarazadas, que en condiciones normales necesitan ingerir más alimentos ya que comen por dos… pero aquí no llegan al mínimo, y algunas de ellas llegan al parto tan desnutridas, tan debilitadas, que no tienen fuerza muscular suficiente como para empujar. Un parto natural requiere contracciones musculares, y si estas no se producen, el parto se complica y las hemorragias son frecuentes, así que tenemos que practicarles transfusiones. En cuanto a los bebés, si es que sobreviven al parto, nacen por debajo de su peso, extremadamente debilitados, y deben quedarse ingresados.

La semana pasada, en una sola noche teníamos hasta 103 niños ingresados en el centro de nutrición intensiva, todos ellos con desnutrición aguda severa. En la zona de hospitalización, tenemos 57 pacientes de todas las edades, otros 131 en el área de tuberculosis, y pasamos unas 300 consultas al día.

El hospital dispone también de servicios de vacunación, una clínica y de clínicas móviles, que se desplazan a las localidades de los alrededores de Marere para tratar a los pacientes y que ellos no tengan que desplazarse. También tenemos algunos coches preparados para enviarlos como ambulancias a recoger a los niños con desnutrición más avanzada y a los pacientes en peor estado. Así que, si nos atenemos simplemente a las cifras, estamos desbordados.

Estamos salvando muchas vidas, niños y adultos que habrían muerto de no existir este hospital. No hay nadie más trabajando en esta zona, y MSF es la única organización que proporciona asistencia –tanto médica como alimentaria—en esta región. Llevamos años haciéndolo.

Permitidme, para terminar, que os cuente una pequeña historia. Antes de que MSF abriera este hospital en juulio de 2003, había poca gente joven en la región: muchísimos morían por culpa de enfermedades prevenibles y tratables. Ahora, las cosas han cambiado a simple vista: si te das un pequeño paseo por la ciudad, puedes ver a muchos jóvenes que están vivos por haber sido tratados o vacunados en el hospital. Tan es así, que aquí la gente llama a los menores de 11 años “la generación MSF”.

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Foto: Centro nutricional del hospital de MSF en Marere (julio de 2011, © MSF).