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Mis abuelos son mis padres: la generación perdida de Myanmar

Por Chris Roles, director de Age International. Coordina las relaciones con HelpAge Internationaly Age Reino Unido y responsable del área de incidencia, fundraising y acción humanitaria.

En el estado Karen, una provincia rural del este de Myanmar (Burma), hay muy poco trabajo. Desesperados, los habitantes de este pueblo viajan a buscar trabajo al país vecino, Tailandia. Mi objetivo al visitar el estado de Karen ha sido ver el impacto que está migración masiva ha tenido sobre los niños que han sido abandonados y sobre los abuelos que se han quedado como responsables de criar y educar a estos niños.

Como muchos muchachos de 17 años, Yar Yar ama el fútbol. Él es el capitán del equipo de fútbol local, apodado Chelsea por el afecto que Yar Yar tiene al equipo británico. Ellos juegan partidos periódicamente con Man U, los rivales del pueblo. Yar Yar ha nacido sin piernas y sin un brazo. Cuando juega futbol, él utiliza su único brazo para apoyarse mientras que lanza la pelota con la cadera.

“Mi abuela me transportaba en la espalda hasta que crecí y ya no pudo”, cuenta Yar Yar.

Yar Yar es criado en un pequeño pueblo del estado Karen, Myanmar por sus abuelos, Naung y Kalay que tienen 64 años. Yar Yar me cuenta que sus padres han tenido que emigrar a Tailandia para encontrar trabajo, dejándole a él y a sus dos hermanos bajo la responsabilidad de sus abuelos.

Según un informe del censo de 2014, el 20% de la población del estado Karen trabaja y vive en el extranjero, sobre todo en Tailandia, país con el cual Myanmar se avecina. El Estado Karen tiene también las tasas de alfabetización más bajas del país y más altas tasas de paro.

ASUMIR UNA RESPONSABILIDAD MUY GRANDE

Yar Yar sueña con llegar a ser un futbolista profesional o trabajar con los ordenadores para ganarse la vida. Ambas carreras parecen muy poco probables ya que el pueblo de Yar Yar se encuentra muy lejos de la escuela más cercana del estado. A pesar de los mejores esfuerzos hechos por sus abuelos, Yar Yar no ha podido ir a clases desde hace años.

“Mi abuela me transportaba a la escuela en la espalda hasta que crecí y ya no pude ir más. No había nadie que me pudiera llevar a la escuela”, nos explica Yar Yar.

“¿Qué pasará cuando nosotros muramos? ¿Cuándo seamos demasiado viejos?” Son las preguntas que el abuelo Kalay me dirige después de que haya terminado el breve encuentro con su nieto. Kalay y su esposa, Naung, llevan casados 42 años. Ellos cuidan de Yar Yar y de sus dos hermanas. Una de ellas, Win, es sorda y tiene problemas de aprendizaje. Cuidando y criando a tres nietos –de los cuales, dos con discapacidades –es una responsabilidad muy grande para cualquier persona y aún más para dos personas mayores como Naung y Kalay.

“Me preocupa mucho la situación de mi nieta mayor por culpa de su discapacidad”, nos relata el abuelo Kalay. “Ahora, que estamos aquí con ella, podemos hacernos cargo de Win. ¿Pero qué pasará cuando nosotros muramos? Me preocupa mucho quién se hará cargo de ella entonces”.

“Ellos no pueden enviarnos dinero a nosotros aquí”, relata Naung.

Naung y Kalay son agricultores de oficio; han cultivado y han criado animales en su pequeño pueblo durante décadas. No tienen ningún tipo de pensión y obtienen muy pocos ingresos con su trabajo.

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La silenciosa crisis del este de Camerún

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Después de la guerra civil, 260.000 refugiados centroafricanos encontraron asilo en su vecino Camerún. De ellos el 62% son niños, que viven en condiciones verdaderamente precarias en asentamientos de refugiados o en comunidades de acogida. Más de 88.000 niños siguen sin poder ir al colegio. Debido a la grave falta de financiación, es imposible actualmente para UNICEF y sus aliados dar una respuesta que asegure que ningún niño queda atrás.

“No soy feliz en casa. No quería casarme, no quería tener un bebé. Quería ir al colegio. Con 13 años se es demasiado joven para ser una adulta”.

Kulsumi intenta sonreír, pero sus ojos están llenos de esa tristeza que ningún niños debería sentir jamás. Estamos en Tongo Gandima, un pequeño pueblo de la región este de Camerún, a cien kilómetros de la frontera con la República Centroafricana (RCA), el país del que huyó en 2014 cuando la violencia llegó a su pueblo.

“A mis padres les asesinaron delante de mí”, recuerda Kulsumi. “A mi hermano mayor también, al final hui sola. Seguí a un pastor, cuando se puso a dormir lo hice yo también. Por la mañana nos marchamos. Nunca he vuelto”.

Después de unas semanas de camino llegó a Camerún. Primero vivió en el asentamiento de refugiados de Gado. Después cuando encontró una familia de acogida, se mudó al pueblo de Tongo Gandima.

“Ahí es cuando las cosas fueron mal. Mi familia de acogida no tenía dinero para mandarme al colegio. Me casaron con un chico mayor que yo. No quería, pero no tenía otra opción. Ahora soy la madre de un bebé de 4 meses. Quiero a mi hijo, pero a veces siento que me han robado mi infancia”.

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi es una de las miles de niñas con historias desgarradoras similares. Un matrimonio temprano es el destino de más de la mitad de las chicas jóvenes que viven en una de estas dos regiones afectadas por la crisis: la región Este y Adamawa. Los padres prefieren no enviar a sus hijos al colegio para que puedan ayudar en casa en el trabajo del campo, y entregan a sus hijas para casarlas.

Cuando una niña llega a la pubertad, se la aparta del colegio”, explica Sylvie Ndoume, una directora de colegio del pueblo de Gado. “Hace 10 años que trabajo aquí y en todo este tiempo he visto solo a una niña llegar a noveno. Aquí el precio de una niña es un pack de cervezas y una gallina, que se le da al padre. Y ahí se acaba la historia”.

Desde el principio de la crisis, el Ministerio de Educación, UNICEF y sus aliados han llevado a cabo campañas públicas a gran escala para convencer a los padres de que envíen a sus hijos al colegio. Pero de los 250 pueblos a los que iba dirigida solo se ha llegado hasta el momento a 59, debido a una falta de recursos que obstaculiza seriamente los esfuerzos que se realizan para que los niños vuelvan al colegio. Este año, la sección de educación de UNICEF solo ha recibido el 20% de la financiación necesaria para las crisis de las regiones de Adamawa y del Este.

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados, en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

“Hoy en día hay 88.000 niños que no pueden ir al colegio. ¿Qué tipo de futuro les espera?” se preguntaba Felicite Tchibindat, representante de UNICEF en Camerún. “Solo el 12% de los niños iban al colegio en la RCA. Con nuestras intervenciones, hemos conseguido aumentar esta cifra hasta el 30%, pero sigue sin ser suficiente. Cuando los niños no están en el colegio, su capacidad para alcanzar su pleno potencial desaparece”.

Leila es la madre de seis niños. Escapó de la RCA en lo que recuerda como la peor noche de toda su vida. “Disparaban por todas partes”, recuerda. “Asesinaron a todos mis vecinos. Milagrosamente conseguí llegar con mis hijos al asentamiento de refugiados de Gado, pero sigo sin noticias de mi marido”.

Aunque consiguió que cuatro de sus hijos accediesen a la escuela, los dos pequeños Amadou, de 3 años y Hissen de 4, tienen que quedarse en casa todo el día. No hay actividades para los niños de su edad.

“Mis hijos han visto la guerra, a la gente morir, han escuchado el ruido de las armas. Sé que no están bien. Están muy callados, y a veces se ponen a llorar sin motivo. ¿Qué les pasará cuando tengan que ir al colegio?”

En 2016 UNICEF consiguió dar apoyo psicosocial a través de ONG aliadas a 15.000 niños, pero se estima que otros 75.000 niños necesitan este tipo de apoyo para recuperarse de sus horribles experiencias durante el conflicto.

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Este estatus quo conduce a una “tormenta perfecta” que pone en peligro el futuro de miles de niños. La ausencia de servicios de protección significa que estos niños no se pueden recuperar como debieran de su sufrimiento. Cuando llegan al colegio se enfrentan a condiciones muy duras por falta de profesores e infraestructuras. No es inusual encontrarse en el este de Camerún con 250 alumnos para un solo profesor. Además es frecuente que dejen de ir a la escuela cuando llegan a la edad en la que pueden trabajar con sus padres o casarse.

“La situación es extremadamente difícil, pero no irreversible”, añadía Felicite Tchibindat. “Podemos convertirla en una oportunidad para que los padres puedan ofrecer una vida mejor a sus hijos. Pido a la comunidad internacional que no se olvide de estos niños. Esta no puede convertirse en una crisis silenciosa. Todavía estamos a tiempo de actuar, pero si no lo hacemos ahora mismo, deberemos hacer frente a consecuencias mucho peores en el futuro”.

Alexandre Brecher, especialista en comunicación de UNICEF Camerún

 

 

“Macarrones, solo macarrones”

La doctora Erna Rijnierse trata las secuelas de la violencia de Anon a bordo del Aquarius. Fotografía: Alva White/MSF.

La doctora Erna Rijnierse trata las secuelas de la violencia de Anon a bordo del Aquarius. Fotografía: Alva White/MSF.

Sarah Giles, doctora de urgencias a bordo del Aquarius, barco de rescate operado conjuntamente por Médicos Sin Fronteras y SOS Méditerranée.

Es difícil reconocer que he desarrollado una reacción visceral negativa hacia el nombre del alimento que más me gusta comer. Los ‘macarrones’ ahora me llenan de una sensación de desesperanza y temor.

Llevo dos meses trabajando como médico en el equipo de Médicos Sin Fronteras en el barco de búsqueda y rescate Aquarius en el Mediterráneo central. Prácticamente todas las personas que hemos rescatado de embarcaciones de goma y madera peligrosamente atestadas nos dicen que los han mantenido en cautividad en Libia.

Hay diferentes tipos de centros de detención. Algunos de ellos son instalaciones autorizadas por las autoridades libias donde las personas sin documentación son retenidas. Otros son centros son auténticos tugurios carentes de aseos y ventanas y llenos de desesperación donde las personas son secuestradas a la espera del pago de un rescate. En esas ‘prisiones’ pasan mucho tiempo hasta que sus familias reúnen el dinero suficiente para pagar su liberación.

Las personas a las que rescatamos nos cuentan que, a menudo, son privadas de comida, golpeadas y violadas en los centros. Mientras les torturan, llaman a sus familias para que escuchen los gritos de sus seres queridos y paguen rápidamente. Algunos nos cuentan que el precio de la libertad es muy alto: unos 6.000 dólares (5.450 euros). Según nos relatan, es habitual que, en el caso de darles de comer, les alimenten con exiguas raciones de macarrones sin nada más.

Hace unos días, una mujer me contó que había estado detenida durante nueve meses. Antes de su cautiverio pesaba 58 kilos, pero cuando la subimos a una báscula en el Aquarius esta solo marcó 36. Había pasado de ser una mujer más o menos de mi tamaño a casi un esqueleto tan falto de aliento y tan débil que caminar unos pasos la hacían jadear. Cuando le pregunté lo que había comido durante los últimos nueve meses, me respondió con las palabras habituales: “Solo macarrones”.

Refugiados, migrantes y solicitantes de asilo cautivos en un centro de detención de Trípoli, Libia. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

Y cuando digo macarrones, me refiero a la pasta sin nada, sin una salsa de tomate (que podría tener algunas vitaminas) ni salsa de carne (que podría aportar algunas proteínas), no, solo la pasta. Junto a la desnutrición generalizada, he visto personas con signos clásicos de escorbuto (por la falta de vitamina C): llagas en boca y labios, dientes sueltos y úlceras en el cuerpo.

Antes de esta misión, había visto casos de desnutrición severa en menores y adultos con enfermedades crónicas o en contextos en los que había escasez de alimentos debido al conflicto. Sin embargo, no había visto una desnutrición severa provocada por una negligencia intencionada en un lugar donde sí hay comida. Me horroriza la capacidad de las personas para torturar a otros seres humanos.

La mayoría de nuestros pasajeros nos dicen que no comerán pasta el resto de sus vidas. Resulta cruelmente irónico que desembarquen en Italia. Sus historias me generan sentimientos encontrados respecto a la pasta en general y, muy probablemente, derivarán en una aversión irracional y prolongada a los macarrones.

Día Internacional de las Personas Mayores: enfrentemos la discriminación por edad

Por Jemma Stovell, Responsable de Desarrollo de Campañas de HelpAge International.

Marie ha sido despedida una vez de su trabajo en Haití porque su empleador pensaba que era demasiado mayor © Joseph Jn-Florley/HelpAge International

Marie ha sido despedida una vez de su trabajo en Haití porque su empleador pensaba que era demasiado mayor © Joseph Jn-Florley/HelpAge International

El 1 de octubre se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores  y la temática de este año para celebrar este día, escogida por las Naciones Unidas,  es enfrentar la discriminación por edad.

En el Día Internacional de las Personas Mayores  activistas de todo el mundo lucharán para combatir la discriminación por edad. Las personas mayores nos han contado cómo es vivir rodeado de actitudes y comportamientos discriminatorios a diario. Nos han relatado lo invisibles, innecesarios, humillados y subestimados que se sienten. Nos han dicho que el concepto de “discriminación por edad” no existe.

Después de haber conversado con algunos de los activistas mayores, uno de los aspectos que hemos entendido es que la “discriminación por edad” no siempre se traduce a otros idiomas. Pero aun más importante,  los prejuicios y los estereotipos prevalentes en la sociedad actual muestran que las actitudes de las personas mayores son reprimidas, y muy pocas veces, se les ofrece la oportunidad de hablar sobre sus propias experiencias, sobre el proceso de envejecimiento y sobre cómo se les trata en la edad avanzada.

Adultos Mayores Demandan Acción (ADA) es un movimiento llevado a cabo por los mayores de más de 60 países con el apoyo de HelpAge International y sus colaboradores que les ayuda a desafiar las creencias y los prejuicios y apoya a los activistas a promocionar un cambio en las políticas para los  mayores con el objetivo de mejorar sus vidas. Cada año los activistas mayores se reúnen en todo el mundo  para organizar campañas y eventos con el propósito de concienciar a la sociedad sobre cuestiones importantes en la edad avanzada.

Para celebrar el Día Internacional de las Personas Mayores, este año las campañas ADA serán destinadas a señalar las múltiples formas de discriminación por edad alrededor del mundo y las maneras en las cuales la discriminación por edad deriva en la creación de estereotipos y al abuso de las personas mayores en el mundo. Estereotipar a las personas por culpa de su edad avanzada es inaceptable. Queremos que esto cambie.

Vera, de Kirguistán, piensa que muchas veces el conductor del autobús se niega a parar en las estaciones porque los mayores pagan solamente la mitad del abono normal © Malik Alymkulov/HelpAge International

Vera, de Kirguistán, piensa que muchas veces el conductor del autobús se niega a parar en las estaciones porque los mayores pagan solamente la mitad del abono normal © Malik Alymkulov/HelpAge International

No habrá solamente un momento como este para enfrentarnos a la discriminación por edad; al contrario, esto es el inicio de una campaña global en la que luchamos para una mundo sin discriminaciones por edad.

El envejecimiento de la población es una realidad demográfica, siendo una de las tendencias más significativas del siglo XXI. A escala mundial, cada segundo dos personas cumplen 60 años, es decir, el total anual es de casi 58 millones de personas que llegan a los 60 años. Dado que actualmente una de cada nueve personas tiene 60 o más años de edad, y las proyecciones indican que la proporción será una de cada cinco personas hacia 2050, el envejecimiento de la población es un fenómeno que ya no puede ser ignorado. Por tanto, muchos gobiernos y organizaciones internacionales a nivel mundial están tomando medidas, y el concepto de “discriminación por edad”  empieza a atraer la atención. Las percepciones y las creencias negativas sobre las personas mayores se encuentran entre los mayores retos a la hora de ofrecer una respuesta eficiente a la población mayor según el informe sobre envejecimiento y salud realizado por la Organización Mundial de Salud (OMS) el año pasado. El documento indica como “la discriminación por edad arraigada socialmente puede convertirse en una auto-realización al promover los estereotipos en la vejez tales como el aislamiento social, el deterioro físico y cognoscitivo, la falta de actividad física y los problemas económicos”. En la 69ª Asamblea Mundial de la Salud que se celebró en mayo de este año  se ha exigido la organización de una campaña global para combatir la discriminación por edad.

Esconder la discriminación por edad

En Etiopía, los activistas comparten con nosotros sus experiencias sobre la discriminación por edad. Tilahun es una de las personas mayores que lidera los grupos ADA en Etiopía.

“Aquí en Etiopía hay proverbios sobre los mayores que dicen que nosotros no tenemos ningún valor. No podemos aceptar esto. La discriminación por edad se oculta muchas veces y repercute negativamente en las vidas de los mayores. No deberíamos aceptar las cosas negativas que las personas afirman sobre los mayores”, explica Tilahun.

“Necesitamos empezar a cuestionar las actitudes que todos nosotros tenemos. Las personas que discriminan a otros por culpa de su edad, en realidad se discriminan a ellos mismos. Necesitamos esta campaña global para acabar con la discriminación por edad”.

¿Por qué debemos cuestionar la discriminación por edad?

  • Porque la discriminación por edad nos envuelve y es cada vez más fuerte;
  • Porque todas las personas mayores son diferentes, pero la discriminación por edad considera que la experiencia de envejecer es igual para todos;
  • Porque debemos cuestionar cómo las personas mayores son muchas veces estereotipadas por culpa de su edad avanzada;
  • Porque vivimos en un mundo donde a las mayores se les niegan sus derechos. ¡Esto debe cambiar!
  • Porque debemos empezar a apreciar nuestra diversidad a lo largo de nuestras vidas, incluyendo la edad mayor.

 

 

Velando por la salud de menores refugiados en Grecia

Jamal El Kadib, delegado de Cruz Roja Española en Grecia.

Mis últimas semanas en Skaramagas estuvieron cargadas de información, trabajo y movimiento en lo relacionado con tareas administrativas y asistencia jurídica a las personas refugiadas. Es cierto que en el puesto de la Cruz Roja en Skaramagas no atendemos, en principio, consultas de tipo administrativo o jurídico, pero el hecho de que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hubiera empezado a registrar a las personas refugiadas repercutió en el trabajo que desarrollábamos en el día a día.

La clínica de Cruz Roja atiende a diario más de un centenar de personas por diversas causas. Para ello, se dispone de un médico de medicina general o de familia, dos pediatras, una enfermera y una matrona. Las consultas se atienden por orden de llegada o según la dolencia o cuadro médico del paciente (triaje).

Sin embargo, la actividad más destacada fue la campaña de vacunación donde tratamos, en colaboración con la Cruz Roja Helénica, de vacunar a los niños y niñas de entre uno y quince años que no habían sido vacunados en su país de origen o simplemente por carecer de documentación que lo pudiera probar.

cruzroja

Campaña de vacunación de menores en el campamento de refugiados de Skaramagas.

La campaña empezó a finales de junio informando a los representantes de la comunidad a través de reuniones que se suelen mantener cada jueves. Después procedimos a trasladar la información mediante carteles publicitarios traducidos por nuestros traductores al árabe y al farsi (idioma persa, lengua oficial en Irán, Afganistán y hablado en algunas zonas de Irak) y más tarde con mi ayuda como traductor, se trasladó la información por megafonía a todos los sectores del campo.

A partir de la primera semana de julio, empezamos a distribuir las citas en cada caravana o tienda. Se distribuyeron alrededor de mil citas y habíamos habilitado un espacio con suficiente personal para atender a unos cuarenta menores cada hora. Hay que tener en cuenta que una vez vacunado el niño o la niña, debían permanecer en un espacio habilitado para ello, en observación, al menos unos 30 minutos para poder atenderle en caso de efectos no deseados de la vacuna.

El compañero de Cruz Roja Málaga, Jamal Elkadib (a la izquierda), informando por megafonía de la campaña de vacunación en el campamento de refugiados de Skaramagas.

El compañero de Cruz Roja Málaga, Jamal Elkadib (a la izquierda), informando por megafonía de la campaña de vacunación en el campamento de refugiados de Skaramagas.

La campaña arrancó coincidiendo con el registro de las personas refugiadas en las dependencias de ACNUR, y con las distribuciones diarias de productos y alimentos, algo que pudo ralentizar de algún modo la campaña.

Sin embargo, a medida que avanzaba el día, fuimos recibiendo a niños y niñas sin parar. Durante las dos semanas que ha durado la campaña pudimos atender a casi mil niños y niñas de diversas nacionalidades. No se registraron incidencias de ningún tipo, pudimos evitar colas, esperas innecesarias y exponer a los menores al sol más de lo deseado. Por ello, nos encontramos satisfechos con el resultado obtenido con la campaña de vacunación.

En la media hora que permanecían los niños y niñas dentro del espacio habilitado para la vacunación, teníamos a voluntarios y voluntarias de la Cruz Roja Helénica y de otras organizaciones, tal como Save The Children, para encargarse de entretener a los menores a través de dinámicas de grupos, juegos, manualidades, pinturas, etc.

Campamento de refugiados de Skaramagas.

Campamento de refugiados de Skaramagas.

Durante esta pausa, los compañeros y compañeras de atención psicosocial pudieron interactuar con las madres y los padres para averiguar las necesidades de cada familia, el tipo de intervenciones que les gustaría tener y las actividades en las que podrían participar. También intentamos recabar información sobre las competencias y profesiones de los mismos en su país de origen. Las demás actividades se desarrollaron igual que en las semanas anteriores, aunque cabe señalar que después del mes sagrado de Ramadán, cambiamos el horario de la atención en la clínica.

En julio se abrió un paréntesis en mi misión en Skaramagas, puesto que me asignaron a la isla de Chíos. Es una isla fronteriza con Turquía, donde siguen llegando personas refugiadas por mar. La isla está al límite de su capacidad, además, suele ser un destino turístico muy importante en agosto en Grecia. Nuestra intervención allí sirve para atender a pacientes tanto adultos como de pediatría, y al mismo tiempo, tratar de evaluar la situación para más intervenciones de Cruz Roja Española en la isla. Sabemos que la situación es tensa y las condiciones de vida son muy complicadas en dicha isla. La información que nos llega desde allí nos indica que hay personas refugiadas en Chíos que llegaron en marzo y siguen sin poder viajar a Atenas y que muchos de ellos y ellas duermen en tiendas de campaña.

Además de traductor, destacan mi perfil como mediador y mi experiencia como educador y trabajador en el Centro de Migraciones de Cruz Roja en Málaga para desarrollar esta parte de la misión en Chíos. En este sentido, quiero aprovechar y agradecer a mis compañeras y compañeros del Área de Inmigrantes y Refugiados, que me ofrecen su apoyo y aportan ideas, que desde la distancia son muy necesarias, tanto a nivel operativo como a nivel anímico. En especial, a David Ortiz (responsable del Área de Inmigrantes y Refugiados en Málaga, antiguo director del Centro de Migraciones) por su disponibilidad absoluta para atenderme las 24 horas al día, sus orientaciones y su apoyo constante e infinito para poder gestionar mejor el día a día durante la misión, sobre todo proponiendo ideas innovadoras para desarrollar actividades para las personas refugiadas con la finalidad de bajar la tensión entre las comunidades de refugiados aquí en Grecia.

Mi próximo informe lo enviaré desde Chíos.

Una historia de vida… o muerte. La realidad en Chíos

Jamal El Kadib. Delegado de la Cruz Roja Española en Grecia. Focal Point en Chíos.

La mañana del sábado empezó como es habitual en la isla de Chíos, lenta, sin apenas gente por la calle y con el viento soplando irremediablemente fuerte. Eran las 7h28 e iba conduciendo la furgoneta de la Cruz Roja Helénica acompañado de uno de los mejores nefrólogos de España, que forma parte del equipo desplazado por la Cruz Roja Española a Grecia, con la intención de hacer el mismo recorrido de cada mañana y pasar a recoger a las tres enfermeras griegas que nos dan soporte en la clínica de Chíos.

Las sensaciones eran muy positivas en la furgoneta, convertida en una improvisada ambulancia por las circunstancias. Se respiraba un ambiente agradable hasta que recibí la primera notificación del día. Era en un grupo de whatsapp, donde los diferentes actores que coordinamos y trabajamos en el campo intercambiamos cierta información básica, nada confidencial por supuesto, pero que resulta de gran importancia para nuestro trabajo del día a día en los tres campos de refugiados improvisados en Chíos.

En la notificación se informaba que había llegado en una barca (patera, como las conocemos en España) a las inmediaciones del centro de la isla 49 personas refugiadas procedentes de Turquía. El hecho de recibir nuevas llegadas irregulares ya no sorprende tanto porque se ha convertido en algo diario y aparentemente asumido tanto por la población como por las propias organizaciones que trabajamos en la ayuda de estas personas.

Sin embargo, nos preocupaba mucho más el hecho de decidir cruzar los apenas ocho kilómetros de mar que separan Turquía de Grecia con el viento soplando tan fuerte y el mar tan agitado, jugándose la vida rumbo a Chíos o a cualquier otra isla cercana. Lo que para ellos supondría el final de una pesadilla infernal y el reinicio de los sueños y, por ende, de una nueva vida.

Preocupaba, sí, y mucho porque aparentemente a lo largo de este año, cuando soplaba el viento, habitualmente no llegaban pateras, ni se las esperaba, porque saben que la distancia que separa las dos orillas con el viento en alta mar puede ser una trampa, a menudo irremediablemente mortal. Parecía una especie de pacto no escrito entre todos y todas los implicados en este proceso. Las primeras preguntas que hicimos al llegar al hotspot de registro y campo de acogida Vial eran ¿han llegado todos? ¿Algún problema? ¿Falta alguien? Afortunadamente las respuestas eran todas tranquilizantes. Los propios refugiados y refugiadas nos comentaban que habían llegado todos sanos y salvos, por lo que se siguió el protocolo habitual de registro y reconocimiento médico de todas las personas recién llegadas.

Así pues, la jornada del sábado transcurrió sin apenas incidentes que señalar. Antes de firmar el parte de salida, volví a asegurarme y confirmar que efectivamente todos los recién llegados habían recibido su correspondiente reconocimiento médico por parte de la organización que coordina la salud y la asistencia social entre los refugiados. Me comentaron que las únicas dos personas que habían necesitado derivación al hospital eran una señora embarazada de nueve meses y un señor que tenía el azúcar por las nubes.

Al día siguiente, abriendo la clínica como todos los días sobre las 9h de la mañana, se me acerca una señora con su hijo, acompañados de una traductora. Esta última me comenta que la familia venía de Suecia para llevarse a su hija de 17 años que supuestamente había llegado en la barca del sábado. La traductora me dijo que habían estado buscando en los listados de los recién llegados a lo largo de la semana pero que no encontraban su nombre en ningún sitio. Agradezco a la traductora su intervención y me hago cargo de la familia con la intención de ayudarla a encontrar a la menor.

Respondiendo a mis preguntas me comenta que su hija había salido el sábado de Turquía y que les habían asegurado que todos los ocupantes de la barca habían llegado sanos y salvos. Sin embargo, de repente, cuando me dijo el nombre y apellidos de la menor, empecé a sentir inevitablemente cierta preocupación, sobre todo me volvieron a la mente aquellas dudas y malas sensaciones viendo lo fuerte que soplaba el viento la madrugada del viernes al sábado. Cada vez que la madre me enseñaba las fotos de la hija, se incrementaban mis dudas y se convertían en una sensación de angustia, preocupación e incertidumbre.

Empecé a llamar a nuestros coordinadores en materia de búsqueda y responsables del proyecto ‘Family Links’ para el restablecimiento del contacto familiar. Nadie sabía absolutamente nada de la menor. En un momento dado, la pregunta dejó de ser si habíamos visto a la niña, y se convirtió, sin darnos cuenta en si sabíamos de algún náufrago o si hubo víctimas mortales en los últimos días.

Después de agotar todas las vías de búsqueda en Grecia, el coordinador de la Federación de Sociedades de la Cruz Roja comenzó a buscar a través de sus contactos en Turquía para comprobar si alguien sabía algo de la menor. Me pidió ir a preguntarles si sabían el nombre de alguien más que supuestamente había salido con ellos en la barca. Cuando fui a buscarlos a la sala de espera improvisada para este tipo de casos, ya se habían ido, y al preguntar por ellos nadie los había visto salir.

Por la tarde, en el camino al hotel, vi a la familia sentada cerca del puerto principal de la isla. Decidí parar y preguntarles por qué se habían ido sin más. A medida que me iba acercando, veía a la señora, con el velo y gafas negras de sol mirando al horizonte, sin moverse ni un ápice, veía las montañas de Turquía que se mostraban con nitidez desde el otro lado del mar y veía al hijo que de vez en cuando le daba un abrazo, como si la consolara. Allí empezaron mis peores sensaciones. Me acerqué más y pregunté al hijo si todo iba bien. Me hizo un signo de negación con la cabeza y aguanto lo indecible para confirmarme los peores temores y decirme que su hermana había naufragado antes de llegar a la frontera de Europa, que había salido en otra barca el sábado por la noche.

Les volví a preguntar si estaban seguros y les pedí que me dijeran cómo se habían enterado de la trágica noticia. En estos casos, habitualmente, intentamos confirmar y validar de forma fehaciente cualquier pérdida humana, ya que, en algunos casos, las mafias pueden aprovechar estas lagunas para dar por hecho que una persona ha muerto y luego secuestrarla para la trata de personas.

La respuesta de la familia fue tajante y no dejaba dudas al respecto, el tío de la menor había llegado a Turquía y pudo identificar el cadáver de su sobrina. Había muerto ahogada antes de cruzar la frontera de Turquía. Era una de las tres víctimas mortales de una barca que nunca pudo llegar a Grecia. Se volcó a pocas millas después de la salida de las playas de Azmir en Turquía. Se rescataron a otros 23 candidatos a solicitantes de asilo y fueron devueltos al punto de salida.

La menor, que se llamaba Nadia, murió simplemente porque quería volver a sentir el cariño de su familia, los abrazos de su madre y la seguridad de poder tener un futuro al menos sin miedos. No lo consiguió. Murió cómo muchos y muchas luchando contra el viento, el mar, las fronteras, murió huyendo de los horrores de la guerra en su Alepo natal para agonizar y dejarse la vida a menos de seis mil metros del lugar donde había quedado para volver a sentir el calor, el aliento y la seguridad que le inspiraba su madre.

La última pregunta que me hizo su hermano antes de despedirse y dar las gracias a la Cruz Roja fue: “¿Hay alguna manera de denunciar a los traficantes? Es que nos sentimos estafados y apenados por la poca consideración que tiene esta gente por la vida y por las personas”.

Nunca olvidaré sus nombres, sus historias, sus rostros. Hacemos todo lo posible todas las personas que estamos aquí, sin embargo, la impotencia es mayúscula, ante tanta adversidad. Cuando me preguntan si es importante que estemos aquí, la respuesta no radica en la importancia, sino en la necesidad. Cruz Roja siempre estará donde se encuentren las personas más vulnerables, y por lo tanto, su presencia aquí es incuestionable.

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Sonrisas que esconden el trauma de los mayores: huyendo de Burundi a Tanzania

Por Henry Mazunda, Responsable Comunicación de HelpAge International en Tanzania

Ntmakuliko Andrea apoyándose en un andador en el campo de refugiados burundeses en Tanzania © Henry Muzunda/HelpAge International

Ntmakuliko Andrea apoyándose en un andador en el campo de refugiados burundeses en Tanzania © Henry Muzunda/HelpAge International

Hasta hace un mes, nunca antes había visitado un campo de refugiados. He visto fotos y he oído muchas historia, pero no sabía a qué esperarme. He iniciado mi visita al campo de refugiados de Tanzania, que acoge a los desplazados de Burundi, con mucha curiosidad e inquietud. Mi mayor objetivo ha sido testificar cómo las personas que han tenido que abandonar sus hogares han sido afectadas.

La inestabilidad política ha ido destrozando Burundi desde el 2015. Más de 265.000 burundeses han huido de su país y la mayoría de ellos viven actualmente en tres sobrecargados campos de refugiados en la frontera con Tanzania: Nyarugusu, Nduta y Mtendeli.

EN LOS CENTROS DE REHABILITACIÓN DE NDUTA

Al entrar en el campo, uno de los refugiados mayores, Ntmakuliko Andrea, me dice “Mwakeye” mientras se acerca, apoyándose en un andador, para recibirme en el centro de rehabilitación de HelpAge en Nduta. “Mwakeye” significa “buenos días”.

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Un comienzo saludable en la vida

©UNICEF/UNI114992/Holt

©UNICEF/UNI114992/Holt

La leche materna es la primera vacuna de los bebés y les aporta la nutrición más saludable posible para el comienzo de su vida. Es la vacuna que pueden recibir nada más nacer, en los brazos de su madre, y es realmente la primera inmunización que puede recibir un niño.

Nutrir a un recién nacido con leche materna en su primera hora de vida reduce el riesgo de muerte y enfermedades, y puede conducir a prácticas adecuadas de lactancia materna.

Conseguir difundir prácticas adecuadas de lactancia materna no es gratuito ni sencillo. Requiere una formación adecuada y entornos favorables.

© UNICEF/UNI134442/Sokol En instalaciones como las de la Casa Materna de Mörön, Mongolia, donde Munkchimeg se prepara para dar a luz, se puede encontrar asesoramiento sobre lactancia para madres primerizas.

© UNICEF/UNI134442/Sokol En instalaciones como las de la Casa Materna de Mörön, Mongolia, donde Munkchimeg se prepara para dar a luz, se puede encontrar asesoramiento sobre lactancia para madres primerizas.

 

En todo el mundo, hay 77 millones de recién nacidos, más de la mitad, que no reciben leche materna durante su primera hora de vida, el primer paso hacia unas prácticas adecuadas de amamantamiento, reduciendo así sus posibilidades de supervivencia. Además la producción de leche de la madre se ve limitada. Gracias a esta práctica, una madre comparte elementos de su sistema inmune que ayudan a proteger al bebé contra enfermedades al desarrollar el suyo propio. Contiene los nutrientes y anticuerpos necesarios para protegerlos.

UNICEF y la Organización Mundial de la Salud recomiendan alimentar a los bebés exclusivamente con leche materna durante sus primeros seis meses de vida. Aun así, solo el 43% de los niños menores de 6 meses reciben leche materna exclusivamente, ya que en muchos países es costumbre alimentar al bebé con leche en fórmula, leche de vaca o agua con azúcar en los primeros días de vida.

© UNICEF/UNI125875/Asselin Tengbeh Dukuly, supervisora de sala en el Hospital Público Redemption de Monrovia, Liberia, enseña a Patience Karkuah cómo sostener y amamantar correctamente a su hija recién nacida.

© UNICEF/UNI125875/Asselin Tengbeh Dukuly, supervisora de sala en el Hospital Público Redemption de Monrovia, Liberia, enseña a Patience Karkuah cómo sostener y amamantar correctamente a su hija recién nacida.

Amamantar al bebé durante su primera hora de vida es un primer paso, pero las mujeres necesitan ayuda de sus familias, comunidades y empleadores para continuar con la lactancia. Las mujeres trabajadoras, ya estén en sectores formales o informales, necesitan estímulos, tiempo y espacios limpios para amamantar o extraer leche materna. La lactancia está además asociada con la reducción del peligro de padecer cáncer de mama y diabetes.

Los crecientes índices de amamantamiento benefician a los bebés y a las madres. Teniendo en cuenta que la mitad de las muertes de niños menores de 5 años son de recién nacidos, la lactancia materna desde el nacimiento puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Si se alimentara a todos los recién nacidos con leche materna hasta que cumplieran los 6 meses de vida, se podría salvar la vida de más de 820.000 niños menores de cinco años, contribuir a reducir las tasas de obesidad y a un aumento de tres a cuatro puntos en el coeficiente intelectual.

©UNICEF/UNI114721/Pirozzi

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La metamorfosis de una epidemia

Malawi

 

El diagnóstico precoz, tratamiento y atención médica garantizan una vida larga y sana a las personas diagnosticadas con VIH.

En Malawi, Martha Jere nació hace 19 años con VIH. Entonces, un diagnóstico de VIH era prácticamente una sentencia de muerte, especialmente para los niños que vivían en países con pocos recursos. Hoy en día, un diagnóstico temprano, el tratamiento, y la atención sanitaria adecuada aseguran una vida larga y sana. Hoy Martha como madre, ha desafiado a las probabilidades y su hijo, Rahim Idriss, forma parte de la generación libre de SIDA de Malawi.

El SIDA es la principal causa de mortalidad de adolescentes en África, y se ha triplicado desde el año 2000. Como Martha, muchos viven con VIH desde que son bebés – la enfermedad se transmite durante el embarazo, el parto o la lactancia – pero no recibieron tratamiento. Martha empezó el tratamiento a los 11 años.

Casada a los 17, Martha pensaba en el matrimonio como una forma de asegurar económicamente su futuro. El matrimonio infantil es común en África Subsahariana. En Malawi, la mitad de las mujeres  se casan antes de cumplir los 18 años.

Martha forma parte de un grupo juvenil de apoyo en el que comparte su experiencia como adolescente que vive con VIH. Cuando se quedó embarazada, empezó a recibir apoyo de otras madres en su misma situación. Su marido se marchó poco después de que naciera su hijo.

En su jardín, Martha vierte agua en un balde para lavar la ropa.

En su jardín, Martha vierte agua en un balde para lavar la ropa.

 

Como muchas madres jóvenes, Martha ya no va al colegio. Conserva la esperanza de volver, pero por el momento trabaja en su pequeño negocio de lavandería. Cría a su hijo Rahim ella sola compartiendo una casa de una habitación con su hermana.

Martha ha aprendido a vivir con VIH y su experiencia, ayuda a otras personas en su misma situación.

“Animo a otras madres que encuentro porque aunque tengan el VIH, no es el fin del mundo, y podrán tener una vida longeva”, dice.

Martha recibe tratamiento simplificado – solo una pastilla al día para prevenir la transmisión del VIH de madre a hijo. Hace una década, menos del 1% de las embarazadas y madres lactantes con VIH tenían acceso al mejor tratamiento posible. Hoy 3 de cada 5 tienen reciben tratamiento antirretroviral.

En la clínica, un trabajador sanitario saluda a Rahim.

En la clínica, una trabajadora sanitaria saluda a Rahim.

Seis semanas después de que naciera Rahim, le hicieron por primera vez un test de VIH. Esta dolencia se desarrolla rápidamente en niños, por lo que hacer los exámenes y recibir los resultados pronto puede ser cuestión de vida o muerte.

A nivel global, menos de la mitad de los niños expuestos al VIH se hacen la prueba antes de cumplir los 2 meses de vida. Martha tuvo que esperar 2 meses para recibir los resultados del test del VIH de Rahim. No es fácil vivir con la incertidumbre, pero Martha recibió asesoramiento y pudo hacer frente al miedo.

Martha sabía que seguir con el tratamiento y continuar con las pruebas durante la lactancia era crucial para mantener a Rahim sano. Desde el 2000, gracias a programas como del que Martha ha formado parte, han identificado 1,3 millones de nuevas infecciones de VIH en los niños.

“Estaba tan emocionada, fui tan feliz al saber que mi hijo no tenía el virus”, recuerda Martha. “Rahim Idriss tiene 8 meses ahora y crece sano y fuerte”, nos cuenta una madre claramente orgullosa. “Es feliz, simpático y se siente a gusto con cualquiera”.

“Quiero que los niños de Malawi sean una generación libre de VIH, que estén educados y conozcan las vías de transmisión del VIH de manera que puedan prevenir y ser una generación sin VIH”, dice Martha.

El derecho de proteger a las personas mayores contra la violencia y el abuso no es negociable

Por Beth Howgate, asistente de campañas e incidencia de HelpAge International

Hoy, 15 de junio, celebramos el Día Mundial de Toma de Conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez, un día en el que en más de 40 países los activistas del movimiento Adultos Mayores Demandan Acción reclaman acabar con el maltrato que sufren las personas mayores.

En muchas partes del mundo el maltrato y el abuso hacia las personas mayores continúa sin tener el reconocimiento o la respuesta necesaria, y sigue considerándose un asunto de ámbito privado o un tabú. Pero, como cualquier otra forma de maltrato, estamos ante una violación de los derechos humanos.

El abuso y maltrato a las personas mayores es una realidad, por ese motivo es importante darle la visibilidad necesaria, y la creación de un Día Mundial sobre esta problemática es una manera de poner el foco en este problema sanitario y social. Desde HelpAge trabajamos cada día para visibilizar este tema.

Tuve la oportunidad de conocer de primera mano la historia de Nzingo, y ella es solo uno de muchos ejemplos que hemos encontrado víctimas de abuso y maltrato en la vejez.

Nzingo fue atacada por un familiar (c) Roopa Gogineni/HelpAge International

Nzingo fue atacada por un familiar (c) Roopa Gogineni/HelpAge International

Nzingo tiene 67 años y es de Kenia. Sufrió maltrato por parte de un familiar. En el ataque su madre, de 90 años, falleció.

“Me pegó en la cabeza y me desmayé al instante. Soy incapaz de comprender cuál ha sido el motivo de un acto de brutalidad como ese”, cuenta Nzingo. A pesar de haber sido detenido, el agresor fue puesto en libertad bajo fianza. “Tengo mucho miedo. Ya no puedo dormir bien. Al escuchar cualquier ruido me asusto. Sueño que esa persona me está persiguiendo”, explica.

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