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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

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Cómo está cambiado la vida de los mayores el primer sistema público de pensiones de África del Este en imágenes

Por Ben small, Coordinador del Área de Comunicación e Incidencia de HelpAge International.

En abril 2016, Zanzíbar fue el primer lugar de África del Este en ofrecer a las personas mayores una pensión pública. Desde entonces, cada persona de 70 años o más recibe 20,000 chelines tanzanos (9€) al mes. Es una cantidad modesta de dinero, pero en una isla donde muy pocas personas hacen contribuciones formales para tener una pensión de jubilación, este dinero tiene un gran poder ya que ha llegado a transformar la vida de las personas mayores beneficiarias de la pensión pública.

Viajar a Zanzíbar y ver cómo una cantidad tan pequeña de dinero ha cambiado la vida de las personas mayores, su actitud y su modo de ver la vida me ha demostrado que debemos seguir abogando por implementar un sistema público de pensiones en todos los países en vías de desarrollo. Kombo Mohamed, Ernestina Felix, Cassim Juma Vuai o Mambo Huwiss Mambo son solamente algunos de los mayores de Zanzíbar que han compartido conmigo sus vivencias y experiencias después de empezar a recibir la pensión mensual.

1. Kombo Mohamed, 72 años, ha sido la primera persona en Stone Town, en el casco histórico de la ciudad de Zanzíbar, que ha recibido una pensión del estado de 20,000 chelines tanzanos (9€) al mes. “Toda mi familia se beneficia de mi pensión”, me explica. “Puedo pagar los estudios de mi hija y el transporte a la escuela y hemos mejorado nuestra alimentación al poder comprar más frutas y verduras”.

2. Personas mayores en Welezo, un distrito de Stone Town, se reúnen por la mañana para recoger la pensión.

3. Pensionistas esperando en la cola para recibir su pago mensual en una escuela local.

4. Ernestina Felix tiene 88 años, es viuda y vive con su hija menor y sus tres nietos, y ha sido la primera mujer en recibir la pensión.

5. La familia de Ernestina la cuida muy bien ya que ha trabajado toda su vida –ha sido empleada doméstica hasta que ha cumplido 81 años– y no quiere ser una carga para su familia. Con la pensión, ha abierto un pequeño negocio de venta de zumos y vende una botella por 1,500 chelines.

6. Cassim Juma Vuai, 71 años, ayuda a un cliente en su tienda del pueblo de Uroa, Zanzíbar. Cassim ha trabajado como limpiador hasta cumplir los 60 años y luchaba para sobrevivir con una pensión de 40,000 chelines al mes. Cuando se introdujo el sistema social de pensiones, sus ingresos incrementaron con un 50%, lo que le permitió que abriera una tienda alimentaria donde vende productos básicos como harina o aceite.

7. Cassim, regalando mangos a los niños en su tienda, relata: “He decidido abrir una tienda porque no requiere mucha energía ya que estoy sentado todo el día esperando a que vengan los clientes”.

8. Fatima Mohamed, 70 años, recoge su pensión en una escuela local de Stone Town.

9. Fátima fue abandonada por su esposo y relata: “Antes de tener la pensión, mi vida era muy difícil porque no tenía ningún recurso para mantenerme”.

10. Fátima alimenta a un pollo. Ahora tiene un pequeño negocio vendiendo tomates, cacahuetes y otros pequeños productos. Cada mes, gasta la mitad de su pensión en comida para la casa y la otra mitad la invierte en su negocio.

11. Mambo Huwiss Mambo, 75 años, pescador del pueblo Chwaka, explica: “En un mes menos productivo, el dinero de la pensión es muy importante porque puedo comprar comida”.

12. El pago mensual le ha permitido a Asherjuma Ama comprar estos libros para la escuela de su nieto. Relata que jabón será la primera cosa que comprará cuando reciba la siguiente pensión.

13. Para Kombo, la pensión significa que tiene más dinero para poder comprar mangos como los que tiene en el bol. Como profesor de química jubilado, recibe también una pensión del Ministerio de Educación. La pensión estatal es muy útil en los meses cuando va muy justo de dinero. “Es una gran ayuda para los otros mayores que tienen su propio negocio o construyen sus casas poco a poco”, cuenta Kombo.

14. Los beneficios de los que disfruta este pensionista en Zanzíbar pueden ser los mismos en toda Tanzania. El socio de HelpAge Tanzania, Age International, sigue trabajando con el gobierno nacional para desarrollar un sistema estatal de pensiones para todo el país.



Fotos:
Kate Holt, Age International/HelpAge International

El poder de las vacunas

Por Belén Ruiz-Ocaña, desde UNICEF en Cuba

Analía no lo sabe, pero el pinchazo que acaba de causarle un gran berrinche la protege contra tres enfermedades. Hasta que la vacuna ha llegado a su brazo, ha recorrido un largo camino en el que cada paso es fundamental: desde que UNICEF adquiere la vacuna hasta que las enfermeras se la ponen a Analía en un policlínico de La Habana, Cuba, hay que garantizar que la cadena de frío no se rompe, y que la dosis llega en perfectas condiciones.

En el centro donde conozco a Analía y a su madre, Gretel, 160 niños son vacunados cada año. En este barrio la cobertura de vacunación en 2016 llegó al 100%. En todo el país, anualmente se distribuyen 4,8 millones de dosis de 12 tipos de vacunas para prevenir 13 enfermedades. Desde 1962 se han erradicado seis enfermedades, se han eliminado distintas complicaciones y se han reducido las tasas de morbilidad.

El poder de las vacunas

Analía, antes de recibir la vacuna que la protege contra tres enfermedades/ © UNICEF

Los números demuestran el poder de las vacunas, que cada año salvan entre 2 y 3 millones de vidas. El año pasado UNICEF adquirió 2.500 millones de dosis de vacunas, que llegaron a casi la mitad de niños menores de 5 años en todo el mundo. Solo en Cuba, UNICEF adquiere 70.000 dosis de la vacuna PRS (para prevenir la parotiditis, rubeola y sarampión), lo cual supone el 60% de las que se necesitan en todo el país.

Gracias a la aportación de UNICEF y su trabajo junto con la OMS, la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización, la Fundación Bill y Melinda Gates y otros aliados, se han logrado grandes éxitos como la reducción en un 85% y 83%, respectivamente, del número de niños menores de 5 años fallecidos debido al sarampión y al tétanos neonatal. Las vacunas han posibilitado la reducción en un 47% de las muertes por neumonía y un 57% de las causadas por la diarrea. Y sin embargo, el reto hoy es llegar a los 19,5 millones de niños que todavía hoy no reciben la vacuna que podría salvar su vida.

Por eso, cuando termina la Semana Mundial de la Vacunación, la sonrisa de Analía solo un rato después de recibir su dosis de la vacuna PRS nos recuerda una vez más el gran poder de las vacunas.

Cinco lecciones de vida que nos dan las personas mayores de Eslovenia

Por Beth Howgate, Asistente de Campañas de HelpAge International.

© HelpAge International

Hace dos semanas, estuve en Eslovenia para reunirme con dos de los socios de campañas de HelpAge. Durante este viaje, he tenido la oportunidad de conocer varias personas mayores en diferentes contextos.

Muy a menudo, pensamos que las personas mayores son un grupo de personas homogéneo, que generalmente tienen arrugas y de pelo canoso. Sin embargo, los mayores que he conocido venían de un grupo diverso, y cada uno tenía una historia única y fascinante. Todos querían ser escuchados, incluidos en la sociedad y valorados, cosas que no deberían cambiar con la edad. He aprendido mucho gracias a sus conversaciones, pero estas lecciones no eran las lecciones solo para las personas mayores, sino eran lecciones de vida.

Aquí comparto cinco de ellas:

  1. SAL Y SÉ ACTIVO

La primera lección que aprendí fue que hay que ser siempre activo, reunirte con tus amigos y aprovechar del aire libre. Para todos nosotros, pero especialmente, para las personas mayores que pueden ser más expuestas a experimentar soledad y depresión, mantenerse activo es imprescindible. Al salir, estás conectando permanentemente con la naturaleza.

© HelpAge International

2. SOY EL DUEÑO DE MI VIDA

He conocido a Milica, mujer mayor que vive en el pequeño pueblo pesquero Izola. Ella me dijo que ella es la dueña de su vida, y entendí perfectamente lo que me quiso transmitir. Nuestro tiempo es totalmente de nosotros y somos libres de hacer lo que queramos con él; por tanto, no debería ser definido por las expectativas de la sociedad sobre lo qué es la edad, al contrario, debería ser definido por nuestras propias expectativas.

3. SER CURIOSO ES IMPORTANTE

Muchos de los mayores con los que he hablado me dijeron que es muy importante que a medida que envejeces, mantengas tu curiosidad e interés por aspectos desconocidos. ¿Qué aporta esto? Ellos me explicaron que, si siguen aprendiendo nuevas cosas y adquiriendo nuevos conocimientos, se sientes jóvenes. Este es el primer paso para ser incluido totalmente a la sociedad como persona mayor. Esto nos revela que la curiosidad no es necesariamente una cuestión que prevalece en la juventud, sino que además es muy importante en la tercera edad.

4. NO TE ENFOQUES EXCLUSIVAMENTE EN TU CARRERA

Milan, un hombre mayor de Eslovenia que escribe periódicamente canciones de amor para su esposa ya que dice que “se ve mejor en las canciones”, me ha dicho: “el amor es lo que cuenta, no la edad –ama lo que de te guste y haz que eso te fascine”. Nevenka, ex–periodista y editora de diferentes periódicos, me explicó algo muy parecido, y es que deberíamos de ir al trabajo con entusiasmo. Pero ella también me dijo que no deberíamos enfocarnos solamente en nuestra carrera ya que una vez que te jubiles, te puedes sentir perdido y encontrar dificultades en hacerte una red social. Deberíamos construir estas redes a lo largo de nuestras vidas y encontrar amigos fuera del ámbito laboral también. Esto puede parecer algo obvio, pero muchos de nosotros nos sentimos culpables por dedicar demasiado tiempo y poner demasiada energía en nuestro trabajo y no tanto en nuestras vidas afuera de la oficina.

5. LOS MAYORES NO SON SOLO UN RECURSO

Muy importante, los mayores no son solo un recurso para aprender sobre el pasado, ellos tienen mucho que enseñarnos tanto sobre el presente como sobre el futuro. Al igual que los jóvenes, muchos de los mayores hablan hoy en día sobre política, tecnología, esquiar o desear aprende otro idioma.

Como sociedad, parece que estamos obsesionados con la palabra “viejo” y con el paso del tiempo nos sentimos culpables de tener miedo al añadir otra vela en la tarta de cumpleaños. Hemos creado sentimientos de miedo al pensar que viviremos muchos años cuando muchas personas mayores se sienten muy orgullosas de las vidas que han llevado y continuarán llevando. No les importa decirle a la gente su edad. A fin de cuentas, hacerse mayor es un privilegio y una conquista para la humanidad. “La vida es demasiado hermosa para nosotros para que no la vivamos como se debe”, me dice Milica.

Mis abuelos son mis padres: la generación perdida de Myanmar

Por Chris Roles, director de Age International. Coordina las relaciones con HelpAge Internationaly Age Reino Unido y responsable del área de incidencia, fundraising y acción humanitaria.

En el estado Karen, una provincia rural del este de Myanmar (Burma), hay muy poco trabajo. Desesperados, los habitantes de este pueblo viajan a buscar trabajo al país vecino, Tailandia. Mi objetivo al visitar el estado de Karen ha sido ver el impacto que está migración masiva ha tenido sobre los niños que han sido abandonados y sobre los abuelos que se han quedado como responsables de criar y educar a estos niños.

Como muchos muchachos de 17 años, Yar Yar ama el fútbol. Él es el capitán del equipo de fútbol local, apodado Chelsea por el afecto que Yar Yar tiene al equipo británico. Ellos juegan partidos periódicamente con Man U, los rivales del pueblo. Yar Yar ha nacido sin piernas y sin un brazo. Cuando juega futbol, él utiliza su único brazo para apoyarse mientras que lanza la pelota con la cadera.

“Mi abuela me transportaba en la espalda hasta que crecí y ya no pudo”, cuenta Yar Yar.

Yar Yar es criado en un pequeño pueblo del estado Karen, Myanmar por sus abuelos, Naung y Kalay que tienen 64 años. Yar Yar me cuenta que sus padres han tenido que emigrar a Tailandia para encontrar trabajo, dejándole a él y a sus dos hermanos bajo la responsabilidad de sus abuelos.

Según un informe del censo de 2014, el 20% de la población del estado Karen trabaja y vive en el extranjero, sobre todo en Tailandia, país con el cual Myanmar se avecina. El Estado Karen tiene también las tasas de alfabetización más bajas del país y más altas tasas de paro.

ASUMIR UNA RESPONSABILIDAD MUY GRANDE

Yar Yar sueña con llegar a ser un futbolista profesional o trabajar con los ordenadores para ganarse la vida. Ambas carreras parecen muy poco probables ya que el pueblo de Yar Yar se encuentra muy lejos de la escuela más cercana del estado. A pesar de los mejores esfuerzos hechos por sus abuelos, Yar Yar no ha podido ir a clases desde hace años.

“Mi abuela me transportaba a la escuela en la espalda hasta que crecí y ya no pude ir más. No había nadie que me pudiera llevar a la escuela”, nos explica Yar Yar.

“¿Qué pasará cuando nosotros muramos? ¿Cuándo seamos demasiado viejos?” Son las preguntas que el abuelo Kalay me dirige después de que haya terminado el breve encuentro con su nieto. Kalay y su esposa, Naung, llevan casados 42 años. Ellos cuidan de Yar Yar y de sus dos hermanas. Una de ellas, Win, es sorda y tiene problemas de aprendizaje. Cuidando y criando a tres nietos –de los cuales, dos con discapacidades –es una responsabilidad muy grande para cualquier persona y aún más para dos personas mayores como Naung y Kalay.

“Me preocupa mucho la situación de mi nieta mayor por culpa de su discapacidad”, nos relata el abuelo Kalay. “Ahora, que estamos aquí con ella, podemos hacernos cargo de Win. ¿Pero qué pasará cuando nosotros muramos? Me preocupa mucho quién se hará cargo de ella entonces”.

“Ellos no pueden enviarnos dinero a nosotros aquí”, relata Naung.

Naung y Kalay son agricultores de oficio; han cultivado y han criado animales en su pequeño pueblo durante décadas. No tienen ningún tipo de pensión y obtienen muy pocos ingresos con su trabajo.

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La silenciosa crisis del este de Camerún

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Asentamiento de refugiados en la región Este de Camerún. UNICEF/A.Brecher

Después de la guerra civil, 260.000 refugiados centroafricanos encontraron asilo en su vecino Camerún. De ellos el 62% son niños, que viven en condiciones verdaderamente precarias en asentamientos de refugiados o en comunidades de acogida. Más de 88.000 niños siguen sin poder ir al colegio. Debido a la grave falta de financiación, es imposible actualmente para UNICEF y sus aliados dar una respuesta que asegure que ningún niño queda atrás.

“No soy feliz en casa. No quería casarme, no quería tener un bebé. Quería ir al colegio. Con 13 años se es demasiado joven para ser una adulta”.

Kulsumi intenta sonreír, pero sus ojos están llenos de esa tristeza que ningún niños debería sentir jamás. Estamos en Tongo Gandima, un pequeño pueblo de la región este de Camerún, a cien kilómetros de la frontera con la República Centroafricana (RCA), el país del que huyó en 2014 cuando la violencia llegó a su pueblo.

“A mis padres les asesinaron delante de mí”, recuerda Kulsumi. “A mi hermano mayor también, al final hui sola. Seguí a un pastor, cuando se puso a dormir lo hice yo también. Por la mañana nos marchamos. Nunca he vuelto”.

Después de unas semanas de camino llegó a Camerún. Primero vivió en el asentamiento de refugiados de Gado. Después cuando encontró una familia de acogida, se mudó al pueblo de Tongo Gandima.

“Ahí es cuando las cosas fueron mal. Mi familia de acogida no tenía dinero para mandarme al colegio. Me casaron con un chico mayor que yo. No quería, pero no tenía otra opción. Ahora soy la madre de un bebé de 4 meses. Quiero a mi hijo, pero a veces siento que me han robado mi infancia”.

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi con su hijo. Foto: UNICEF/A.Brecher

Kulsumi es una de las miles de niñas con historias desgarradoras similares. Un matrimonio temprano es el destino de más de la mitad de las chicas jóvenes que viven en una de estas dos regiones afectadas por la crisis: la región Este y Adamawa. Los padres prefieren no enviar a sus hijos al colegio para que puedan ayudar en casa en el trabajo del campo, y entregan a sus hijas para casarlas.

Cuando una niña llega a la pubertad, se la aparta del colegio”, explica Sylvie Ndoume, una directora de colegio del pueblo de Gado. “Hace 10 años que trabajo aquí y en todo este tiempo he visto solo a una niña llegar a noveno. Aquí el precio de una niña es un pack de cervezas y una gallina, que se le da al padre. Y ahí se acaba la historia”.

Desde el principio de la crisis, el Ministerio de Educación, UNICEF y sus aliados han llevado a cabo campañas públicas a gran escala para convencer a los padres de que envíen a sus hijos al colegio. Pero de los 250 pueblos a los que iba dirigida solo se ha llegado hasta el momento a 59, debido a una falta de recursos que obstaculiza seriamente los esfuerzos que se realizan para que los niños vuelvan al colegio. Este año, la sección de educación de UNICEF solo ha recibido el 20% de la financiación necesaria para las crisis de las regiones de Adamawa y del Este.

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

Niños frente a espacios de aprendizaje construidos por UNICEF y sus aliados, en asentamientos de refugiados en las regiones Este y Adamawa de Camerún. Foto: UNICEF/A.Brecher

“Hoy en día hay 88.000 niños que no pueden ir al colegio. ¿Qué tipo de futuro les espera?” se preguntaba Felicite Tchibindat, representante de UNICEF en Camerún. “Solo el 12% de los niños iban al colegio en la RCA. Con nuestras intervenciones, hemos conseguido aumentar esta cifra hasta el 30%, pero sigue sin ser suficiente. Cuando los niños no están en el colegio, su capacidad para alcanzar su pleno potencial desaparece”.

Leila es la madre de seis niños. Escapó de la RCA en lo que recuerda como la peor noche de toda su vida. “Disparaban por todas partes”, recuerda. “Asesinaron a todos mis vecinos. Milagrosamente conseguí llegar con mis hijos al asentamiento de refugiados de Gado, pero sigo sin noticias de mi marido”.

Aunque consiguió que cuatro de sus hijos accediesen a la escuela, los dos pequeños Amadou, de 3 años y Hissen de 4, tienen que quedarse en casa todo el día. No hay actividades para los niños de su edad.

“Mis hijos han visto la guerra, a la gente morir, han escuchado el ruido de las armas. Sé que no están bien. Están muy callados, y a veces se ponen a llorar sin motivo. ¿Qué les pasará cuando tengan que ir al colegio?”

En 2016 UNICEF consiguió dar apoyo psicosocial a través de ONG aliadas a 15.000 niños, pero se estima que otros 75.000 niños necesitan este tipo de apoyo para recuperarse de sus horribles experiencias durante el conflicto.

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Más de 200 alumnos en una sola clase. No es una imagen inusual en el este de Camerún Photo: UNICEF/A.Brecher

Este estatus quo conduce a una “tormenta perfecta” que pone en peligro el futuro de miles de niños. La ausencia de servicios de protección significa que estos niños no se pueden recuperar como debieran de su sufrimiento. Cuando llegan al colegio se enfrentan a condiciones muy duras por falta de profesores e infraestructuras. No es inusual encontrarse en el este de Camerún con 250 alumnos para un solo profesor. Además es frecuente que dejen de ir a la escuela cuando llegan a la edad en la que pueden trabajar con sus padres o casarse.

“La situación es extremadamente difícil, pero no irreversible”, añadía Felicite Tchibindat. “Podemos convertirla en una oportunidad para que los padres puedan ofrecer una vida mejor a sus hijos. Pido a la comunidad internacional que no se olvide de estos niños. Esta no puede convertirse en una crisis silenciosa. Todavía estamos a tiempo de actuar, pero si no lo hacemos ahora mismo, deberemos hacer frente a consecuencias mucho peores en el futuro”.

Alexandre Brecher, especialista en comunicación de UNICEF Camerún

 

 

“Macarrones, solo macarrones”

La doctora Erna Rijnierse trata las secuelas de la violencia de Anon a bordo del Aquarius. Fotografía: Alva White/MSF.

La doctora Erna Rijnierse trata las secuelas de la violencia de Anon a bordo del Aquarius. Fotografía: Alva White/MSF.

Sarah Giles, doctora de urgencias a bordo del Aquarius, barco de rescate operado conjuntamente por Médicos Sin Fronteras y SOS Méditerranée.

Es difícil reconocer que he desarrollado una reacción visceral negativa hacia el nombre del alimento que más me gusta comer. Los ‘macarrones’ ahora me llenan de una sensación de desesperanza y temor.

Llevo dos meses trabajando como médico en el equipo de Médicos Sin Fronteras en el barco de búsqueda y rescate Aquarius en el Mediterráneo central. Prácticamente todas las personas que hemos rescatado de embarcaciones de goma y madera peligrosamente atestadas nos dicen que los han mantenido en cautividad en Libia.

Hay diferentes tipos de centros de detención. Algunos de ellos son instalaciones autorizadas por las autoridades libias donde las personas sin documentación son retenidas. Otros son centros son auténticos tugurios carentes de aseos y ventanas y llenos de desesperación donde las personas son secuestradas a la espera del pago de un rescate. En esas ‘prisiones’ pasan mucho tiempo hasta que sus familias reúnen el dinero suficiente para pagar su liberación.

Las personas a las que rescatamos nos cuentan que, a menudo, son privadas de comida, golpeadas y violadas en los centros. Mientras les torturan, llaman a sus familias para que escuchen los gritos de sus seres queridos y paguen rápidamente. Algunos nos cuentan que el precio de la libertad es muy alto: unos 6.000 dólares (5.450 euros). Según nos relatan, es habitual que, en el caso de darles de comer, les alimenten con exiguas raciones de macarrones sin nada más.

Hace unos días, una mujer me contó que había estado detenida durante nueve meses. Antes de su cautiverio pesaba 58 kilos, pero cuando la subimos a una báscula en el Aquarius esta solo marcó 36. Había pasado de ser una mujer más o menos de mi tamaño a casi un esqueleto tan falto de aliento y tan débil que caminar unos pasos la hacían jadear. Cuando le pregunté lo que había comido durante los últimos nueve meses, me respondió con las palabras habituales: “Solo macarrones”.

Refugiados, migrantes y solicitantes de asilo cautivos en un centro de detención de Trípoli, Libia. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

Y cuando digo macarrones, me refiero a la pasta sin nada, sin una salsa de tomate (que podría tener algunas vitaminas) ni salsa de carne (que podría aportar algunas proteínas), no, solo la pasta. Junto a la desnutrición generalizada, he visto personas con signos clásicos de escorbuto (por la falta de vitamina C): llagas en boca y labios, dientes sueltos y úlceras en el cuerpo.

Antes de esta misión, había visto casos de desnutrición severa en menores y adultos con enfermedades crónicas o en contextos en los que había escasez de alimentos debido al conflicto. Sin embargo, no había visto una desnutrición severa provocada por una negligencia intencionada en un lugar donde sí hay comida. Me horroriza la capacidad de las personas para torturar a otros seres humanos.

La mayoría de nuestros pasajeros nos dicen que no comerán pasta el resto de sus vidas. Resulta cruelmente irónico que desembarquen en Italia. Sus historias me generan sentimientos encontrados respecto a la pasta en general y, muy probablemente, derivarán en una aversión irracional y prolongada a los macarrones.

Día Internacional de las Personas Mayores: enfrentemos la discriminación por edad

Por Jemma Stovell, Responsable de Desarrollo de Campañas de HelpAge International.

Marie ha sido despedida una vez de su trabajo en Haití porque su empleador pensaba que era demasiado mayor © Joseph Jn-Florley/HelpAge International

Marie ha sido despedida una vez de su trabajo en Haití porque su empleador pensaba que era demasiado mayor © Joseph Jn-Florley/HelpAge International

El 1 de octubre se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores  y la temática de este año para celebrar este día, escogida por las Naciones Unidas,  es enfrentar la discriminación por edad.

En el Día Internacional de las Personas Mayores  activistas de todo el mundo lucharán para combatir la discriminación por edad. Las personas mayores nos han contado cómo es vivir rodeado de actitudes y comportamientos discriminatorios a diario. Nos han relatado lo invisibles, innecesarios, humillados y subestimados que se sienten. Nos han dicho que el concepto de “discriminación por edad” no existe.

Después de haber conversado con algunos de los activistas mayores, uno de los aspectos que hemos entendido es que la “discriminación por edad” no siempre se traduce a otros idiomas. Pero aun más importante,  los prejuicios y los estereotipos prevalentes en la sociedad actual muestran que las actitudes de las personas mayores son reprimidas, y muy pocas veces, se les ofrece la oportunidad de hablar sobre sus propias experiencias, sobre el proceso de envejecimiento y sobre cómo se les trata en la edad avanzada.

Adultos Mayores Demandan Acción (ADA) es un movimiento llevado a cabo por los mayores de más de 60 países con el apoyo de HelpAge International y sus colaboradores que les ayuda a desafiar las creencias y los prejuicios y apoya a los activistas a promocionar un cambio en las políticas para los  mayores con el objetivo de mejorar sus vidas. Cada año los activistas mayores se reúnen en todo el mundo  para organizar campañas y eventos con el propósito de concienciar a la sociedad sobre cuestiones importantes en la edad avanzada.

Para celebrar el Día Internacional de las Personas Mayores, este año las campañas ADA serán destinadas a señalar las múltiples formas de discriminación por edad alrededor del mundo y las maneras en las cuales la discriminación por edad deriva en la creación de estereotipos y al abuso de las personas mayores en el mundo. Estereotipar a las personas por culpa de su edad avanzada es inaceptable. Queremos que esto cambie.

Vera, de Kirguistán, piensa que muchas veces el conductor del autobús se niega a parar en las estaciones porque los mayores pagan solamente la mitad del abono normal © Malik Alymkulov/HelpAge International

Vera, de Kirguistán, piensa que muchas veces el conductor del autobús se niega a parar en las estaciones porque los mayores pagan solamente la mitad del abono normal © Malik Alymkulov/HelpAge International

No habrá solamente un momento como este para enfrentarnos a la discriminación por edad; al contrario, esto es el inicio de una campaña global en la que luchamos para una mundo sin discriminaciones por edad.

El envejecimiento de la población es una realidad demográfica, siendo una de las tendencias más significativas del siglo XXI. A escala mundial, cada segundo dos personas cumplen 60 años, es decir, el total anual es de casi 58 millones de personas que llegan a los 60 años. Dado que actualmente una de cada nueve personas tiene 60 o más años de edad, y las proyecciones indican que la proporción será una de cada cinco personas hacia 2050, el envejecimiento de la población es un fenómeno que ya no puede ser ignorado. Por tanto, muchos gobiernos y organizaciones internacionales a nivel mundial están tomando medidas, y el concepto de “discriminación por edad”  empieza a atraer la atención. Las percepciones y las creencias negativas sobre las personas mayores se encuentran entre los mayores retos a la hora de ofrecer una respuesta eficiente a la población mayor según el informe sobre envejecimiento y salud realizado por la Organización Mundial de Salud (OMS) el año pasado. El documento indica como “la discriminación por edad arraigada socialmente puede convertirse en una auto-realización al promover los estereotipos en la vejez tales como el aislamiento social, el deterioro físico y cognoscitivo, la falta de actividad física y los problemas económicos”. En la 69ª Asamblea Mundial de la Salud que se celebró en mayo de este año  se ha exigido la organización de una campaña global para combatir la discriminación por edad.

Esconder la discriminación por edad

En Etiopía, los activistas comparten con nosotros sus experiencias sobre la discriminación por edad. Tilahun es una de las personas mayores que lidera los grupos ADA en Etiopía.

“Aquí en Etiopía hay proverbios sobre los mayores que dicen que nosotros no tenemos ningún valor. No podemos aceptar esto. La discriminación por edad se oculta muchas veces y repercute negativamente en las vidas de los mayores. No deberíamos aceptar las cosas negativas que las personas afirman sobre los mayores”, explica Tilahun.

“Necesitamos empezar a cuestionar las actitudes que todos nosotros tenemos. Las personas que discriminan a otros por culpa de su edad, en realidad se discriminan a ellos mismos. Necesitamos esta campaña global para acabar con la discriminación por edad”.

¿Por qué debemos cuestionar la discriminación por edad?

  • Porque la discriminación por edad nos envuelve y es cada vez más fuerte;
  • Porque todas las personas mayores son diferentes, pero la discriminación por edad considera que la experiencia de envejecer es igual para todos;
  • Porque debemos cuestionar cómo las personas mayores son muchas veces estereotipadas por culpa de su edad avanzada;
  • Porque vivimos en un mundo donde a las mayores se les niegan sus derechos. ¡Esto debe cambiar!
  • Porque debemos empezar a apreciar nuestra diversidad a lo largo de nuestras vidas, incluyendo la edad mayor.

 

 

Velando por la salud de menores refugiados en Grecia

Jamal El Kadib, delegado de Cruz Roja Española en Grecia.

Mis últimas semanas en Skaramagas estuvieron cargadas de información, trabajo y movimiento en lo relacionado con tareas administrativas y asistencia jurídica a las personas refugiadas. Es cierto que en el puesto de la Cruz Roja en Skaramagas no atendemos, en principio, consultas de tipo administrativo o jurídico, pero el hecho de que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) hubiera empezado a registrar a las personas refugiadas repercutió en el trabajo que desarrollábamos en el día a día.

La clínica de Cruz Roja atiende a diario más de un centenar de personas por diversas causas. Para ello, se dispone de un médico de medicina general o de familia, dos pediatras, una enfermera y una matrona. Las consultas se atienden por orden de llegada o según la dolencia o cuadro médico del paciente (triaje).

Sin embargo, la actividad más destacada fue la campaña de vacunación donde tratamos, en colaboración con la Cruz Roja Helénica, de vacunar a los niños y niñas de entre uno y quince años que no habían sido vacunados en su país de origen o simplemente por carecer de documentación que lo pudiera probar.

cruzroja

Campaña de vacunación de menores en el campamento de refugiados de Skaramagas.

La campaña empezó a finales de junio informando a los representantes de la comunidad a través de reuniones que se suelen mantener cada jueves. Después procedimos a trasladar la información mediante carteles publicitarios traducidos por nuestros traductores al árabe y al farsi (idioma persa, lengua oficial en Irán, Afganistán y hablado en algunas zonas de Irak) y más tarde con mi ayuda como traductor, se trasladó la información por megafonía a todos los sectores del campo.

A partir de la primera semana de julio, empezamos a distribuir las citas en cada caravana o tienda. Se distribuyeron alrededor de mil citas y habíamos habilitado un espacio con suficiente personal para atender a unos cuarenta menores cada hora. Hay que tener en cuenta que una vez vacunado el niño o la niña, debían permanecer en un espacio habilitado para ello, en observación, al menos unos 30 minutos para poder atenderle en caso de efectos no deseados de la vacuna.

El compañero de Cruz Roja Málaga, Jamal Elkadib (a la izquierda), informando por megafonía de la campaña de vacunación en el campamento de refugiados de Skaramagas.

El compañero de Cruz Roja Málaga, Jamal Elkadib (a la izquierda), informando por megafonía de la campaña de vacunación en el campamento de refugiados de Skaramagas.

La campaña arrancó coincidiendo con el registro de las personas refugiadas en las dependencias de ACNUR, y con las distribuciones diarias de productos y alimentos, algo que pudo ralentizar de algún modo la campaña.

Sin embargo, a medida que avanzaba el día, fuimos recibiendo a niños y niñas sin parar. Durante las dos semanas que ha durado la campaña pudimos atender a casi mil niños y niñas de diversas nacionalidades. No se registraron incidencias de ningún tipo, pudimos evitar colas, esperas innecesarias y exponer a los menores al sol más de lo deseado. Por ello, nos encontramos satisfechos con el resultado obtenido con la campaña de vacunación.

En la media hora que permanecían los niños y niñas dentro del espacio habilitado para la vacunación, teníamos a voluntarios y voluntarias de la Cruz Roja Helénica y de otras organizaciones, tal como Save The Children, para encargarse de entretener a los menores a través de dinámicas de grupos, juegos, manualidades, pinturas, etc.

Campamento de refugiados de Skaramagas.

Campamento de refugiados de Skaramagas.

Durante esta pausa, los compañeros y compañeras de atención psicosocial pudieron interactuar con las madres y los padres para averiguar las necesidades de cada familia, el tipo de intervenciones que les gustaría tener y las actividades en las que podrían participar. También intentamos recabar información sobre las competencias y profesiones de los mismos en su país de origen. Las demás actividades se desarrollaron igual que en las semanas anteriores, aunque cabe señalar que después del mes sagrado de Ramadán, cambiamos el horario de la atención en la clínica.

En julio se abrió un paréntesis en mi misión en Skaramagas, puesto que me asignaron a la isla de Chíos. Es una isla fronteriza con Turquía, donde siguen llegando personas refugiadas por mar. La isla está al límite de su capacidad, además, suele ser un destino turístico muy importante en agosto en Grecia. Nuestra intervención allí sirve para atender a pacientes tanto adultos como de pediatría, y al mismo tiempo, tratar de evaluar la situación para más intervenciones de Cruz Roja Española en la isla. Sabemos que la situación es tensa y las condiciones de vida son muy complicadas en dicha isla. La información que nos llega desde allí nos indica que hay personas refugiadas en Chíos que llegaron en marzo y siguen sin poder viajar a Atenas y que muchos de ellos y ellas duermen en tiendas de campaña.

Además de traductor, destacan mi perfil como mediador y mi experiencia como educador y trabajador en el Centro de Migraciones de Cruz Roja en Málaga para desarrollar esta parte de la misión en Chíos. En este sentido, quiero aprovechar y agradecer a mis compañeras y compañeros del Área de Inmigrantes y Refugiados, que me ofrecen su apoyo y aportan ideas, que desde la distancia son muy necesarias, tanto a nivel operativo como a nivel anímico. En especial, a David Ortiz (responsable del Área de Inmigrantes y Refugiados en Málaga, antiguo director del Centro de Migraciones) por su disponibilidad absoluta para atenderme las 24 horas al día, sus orientaciones y su apoyo constante e infinito para poder gestionar mejor el día a día durante la misión, sobre todo proponiendo ideas innovadoras para desarrollar actividades para las personas refugiadas con la finalidad de bajar la tensión entre las comunidades de refugiados aquí en Grecia.

Mi próximo informe lo enviaré desde Chíos.

Una historia de vida… o muerte. La realidad en Chíos

Jamal El Kadib. Delegado de la Cruz Roja Española en Grecia. Focal Point en Chíos.

La mañana del sábado empezó como es habitual en la isla de Chíos, lenta, sin apenas gente por la calle y con el viento soplando irremediablemente fuerte. Eran las 7h28 e iba conduciendo la furgoneta de la Cruz Roja Helénica acompañado de uno de los mejores nefrólogos de España, que forma parte del equipo desplazado por la Cruz Roja Española a Grecia, con la intención de hacer el mismo recorrido de cada mañana y pasar a recoger a las tres enfermeras griegas que nos dan soporte en la clínica de Chíos.

Las sensaciones eran muy positivas en la furgoneta, convertida en una improvisada ambulancia por las circunstancias. Se respiraba un ambiente agradable hasta que recibí la primera notificación del día. Era en un grupo de whatsapp, donde los diferentes actores que coordinamos y trabajamos en el campo intercambiamos cierta información básica, nada confidencial por supuesto, pero que resulta de gran importancia para nuestro trabajo del día a día en los tres campos de refugiados improvisados en Chíos.

En la notificación se informaba que había llegado en una barca (patera, como las conocemos en España) a las inmediaciones del centro de la isla 49 personas refugiadas procedentes de Turquía. El hecho de recibir nuevas llegadas irregulares ya no sorprende tanto porque se ha convertido en algo diario y aparentemente asumido tanto por la población como por las propias organizaciones que trabajamos en la ayuda de estas personas.

Sin embargo, nos preocupaba mucho más el hecho de decidir cruzar los apenas ocho kilómetros de mar que separan Turquía de Grecia con el viento soplando tan fuerte y el mar tan agitado, jugándose la vida rumbo a Chíos o a cualquier otra isla cercana. Lo que para ellos supondría el final de una pesadilla infernal y el reinicio de los sueños y, por ende, de una nueva vida.

Preocupaba, sí, y mucho porque aparentemente a lo largo de este año, cuando soplaba el viento, habitualmente no llegaban pateras, ni se las esperaba, porque saben que la distancia que separa las dos orillas con el viento en alta mar puede ser una trampa, a menudo irremediablemente mortal. Parecía una especie de pacto no escrito entre todos y todas los implicados en este proceso. Las primeras preguntas que hicimos al llegar al hotspot de registro y campo de acogida Vial eran ¿han llegado todos? ¿Algún problema? ¿Falta alguien? Afortunadamente las respuestas eran todas tranquilizantes. Los propios refugiados y refugiadas nos comentaban que habían llegado todos sanos y salvos, por lo que se siguió el protocolo habitual de registro y reconocimiento médico de todas las personas recién llegadas.

Así pues, la jornada del sábado transcurrió sin apenas incidentes que señalar. Antes de firmar el parte de salida, volví a asegurarme y confirmar que efectivamente todos los recién llegados habían recibido su correspondiente reconocimiento médico por parte de la organización que coordina la salud y la asistencia social entre los refugiados. Me comentaron que las únicas dos personas que habían necesitado derivación al hospital eran una señora embarazada de nueve meses y un señor que tenía el azúcar por las nubes.

Al día siguiente, abriendo la clínica como todos los días sobre las 9h de la mañana, se me acerca una señora con su hijo, acompañados de una traductora. Esta última me comenta que la familia venía de Suecia para llevarse a su hija de 17 años que supuestamente había llegado en la barca del sábado. La traductora me dijo que habían estado buscando en los listados de los recién llegados a lo largo de la semana pero que no encontraban su nombre en ningún sitio. Agradezco a la traductora su intervención y me hago cargo de la familia con la intención de ayudarla a encontrar a la menor.

Respondiendo a mis preguntas me comenta que su hija había salido el sábado de Turquía y que les habían asegurado que todos los ocupantes de la barca habían llegado sanos y salvos. Sin embargo, de repente, cuando me dijo el nombre y apellidos de la menor, empecé a sentir inevitablemente cierta preocupación, sobre todo me volvieron a la mente aquellas dudas y malas sensaciones viendo lo fuerte que soplaba el viento la madrugada del viernes al sábado. Cada vez que la madre me enseñaba las fotos de la hija, se incrementaban mis dudas y se convertían en una sensación de angustia, preocupación e incertidumbre.

Empecé a llamar a nuestros coordinadores en materia de búsqueda y responsables del proyecto ‘Family Links’ para el restablecimiento del contacto familiar. Nadie sabía absolutamente nada de la menor. En un momento dado, la pregunta dejó de ser si habíamos visto a la niña, y se convirtió, sin darnos cuenta en si sabíamos de algún náufrago o si hubo víctimas mortales en los últimos días.

Después de agotar todas las vías de búsqueda en Grecia, el coordinador de la Federación de Sociedades de la Cruz Roja comenzó a buscar a través de sus contactos en Turquía para comprobar si alguien sabía algo de la menor. Me pidió ir a preguntarles si sabían el nombre de alguien más que supuestamente había salido con ellos en la barca. Cuando fui a buscarlos a la sala de espera improvisada para este tipo de casos, ya se habían ido, y al preguntar por ellos nadie los había visto salir.

Por la tarde, en el camino al hotel, vi a la familia sentada cerca del puerto principal de la isla. Decidí parar y preguntarles por qué se habían ido sin más. A medida que me iba acercando, veía a la señora, con el velo y gafas negras de sol mirando al horizonte, sin moverse ni un ápice, veía las montañas de Turquía que se mostraban con nitidez desde el otro lado del mar y veía al hijo que de vez en cuando le daba un abrazo, como si la consolara. Allí empezaron mis peores sensaciones. Me acerqué más y pregunté al hijo si todo iba bien. Me hizo un signo de negación con la cabeza y aguanto lo indecible para confirmarme los peores temores y decirme que su hermana había naufragado antes de llegar a la frontera de Europa, que había salido en otra barca el sábado por la noche.

Les volví a preguntar si estaban seguros y les pedí que me dijeran cómo se habían enterado de la trágica noticia. En estos casos, habitualmente, intentamos confirmar y validar de forma fehaciente cualquier pérdida humana, ya que, en algunos casos, las mafias pueden aprovechar estas lagunas para dar por hecho que una persona ha muerto y luego secuestrarla para la trata de personas.

La respuesta de la familia fue tajante y no dejaba dudas al respecto, el tío de la menor había llegado a Turquía y pudo identificar el cadáver de su sobrina. Había muerto ahogada antes de cruzar la frontera de Turquía. Era una de las tres víctimas mortales de una barca que nunca pudo llegar a Grecia. Se volcó a pocas millas después de la salida de las playas de Azmir en Turquía. Se rescataron a otros 23 candidatos a solicitantes de asilo y fueron devueltos al punto de salida.

La menor, que se llamaba Nadia, murió simplemente porque quería volver a sentir el cariño de su familia, los abrazos de su madre y la seguridad de poder tener un futuro al menos sin miedos. No lo consiguió. Murió cómo muchos y muchas luchando contra el viento, el mar, las fronteras, murió huyendo de los horrores de la guerra en su Alepo natal para agonizar y dejarse la vida a menos de seis mil metros del lugar donde había quedado para volver a sentir el calor, el aliento y la seguridad que le inspiraba su madre.

La última pregunta que me hizo su hermano antes de despedirse y dar las gracias a la Cruz Roja fue: “¿Hay alguna manera de denunciar a los traficantes? Es que nos sentimos estafados y apenados por la poca consideración que tiene esta gente por la vida y por las personas”.

Nunca olvidaré sus nombres, sus historias, sus rostros. Hacemos todo lo posible todas las personas que estamos aquí, sin embargo, la impotencia es mayúscula, ante tanta adversidad. Cuando me preguntan si es importante que estemos aquí, la respuesta no radica en la importancia, sino en la necesidad. Cruz Roja siempre estará donde se encuentren las personas más vulnerables, y por lo tanto, su presencia aquí es incuestionable.

cruzroja

Sonrisas que esconden el trauma de los mayores: huyendo de Burundi a Tanzania

Por Henry Mazunda, Responsable Comunicación de HelpAge International en Tanzania

Ntmakuliko Andrea apoyándose en un andador en el campo de refugiados burundeses en Tanzania © Henry Muzunda/HelpAge International

Ntmakuliko Andrea apoyándose en un andador en el campo de refugiados burundeses en Tanzania © Henry Muzunda/HelpAge International

Hasta hace un mes, nunca antes había visitado un campo de refugiados. He visto fotos y he oído muchas historia, pero no sabía a qué esperarme. He iniciado mi visita al campo de refugiados de Tanzania, que acoge a los desplazados de Burundi, con mucha curiosidad e inquietud. Mi mayor objetivo ha sido testificar cómo las personas que han tenido que abandonar sus hogares han sido afectadas.

La inestabilidad política ha ido destrozando Burundi desde el 2015. Más de 265.000 burundeses han huido de su país y la mayoría de ellos viven actualmente en tres sobrecargados campos de refugiados en la frontera con Tanzania: Nyarugusu, Nduta y Mtendeli.

EN LOS CENTROS DE REHABILITACIÓN DE NDUTA

Al entrar en el campo, uno de los refugiados mayores, Ntmakuliko Andrea, me dice “Mwakeye” mientras se acerca, apoyándose en un andador, para recibirme en el centro de rehabilitación de HelpAge en Nduta. “Mwakeye” significa “buenos días”.

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