Archivo de la categoría ‘Sierra Leona’

La primera referencia del día

28 mayo 2012

por Niklas Bergstrand (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

Como os decía, cruzamos un puente… Varias personas se bañan en las azules aguas del río, se limpian los dientes y lavan la ropa. En la distancia, pequeñas chozas de adobe con techo de paja puntúan el paisaje.

Cuando llegamos al otro lado, la radio crepita y el operador pide a Paul que se dirija urgentemente al centro de salud Jimi Bagbo. Paul aprieta el acelerador y se mete a toda velocidad en una sucio y estrecho camino que corta la verde exhuberancia que nos rodea, haciendo todo lo posible por sortear los baches.

Al llegar al centro de salud, vemos a una mujer que aprieta a un niño contra el pecho. Los ojos de la mujer están muy abiertos, con una mezcla de miedo y confusión. El niño respira muy rápido y pesadamente. Tiene malaria severa y anemia, y necesita ser ingresado en el hospital con urgencia. Suben a la ambulancia, la puerta cierra y salimos de inmediato para un trayecto de una hora de baches hasta el centro de referencia Gondama.

“Me gusta mucho mi trabajo, e gusta conducir”, me explica Paul tras dejar al niño y a su preocupada madre en la sala de urgencias del hospital. “Estas ambulancias suponen un gran beneficio para la comunidad, porque la gente puede llegar gratuitamente al hospital cuando están enfermos. Si no hubiera ambulancias, ¿cómo podrían permitirse el dinero que cuesta el transporte?”.

Durante la guerra civil en Sierra Leona, Paul fue testigo de más atrocidades de las que quiere recordar. Se acuerda de las bandas de niños drogados que eran utilizados como máquinas de matar y que entraban arrasando en aldeas y ciudades. Aunque a lo largo de los años también ha compartido buenos momentos con sus colegas de trabajo, y ha ayudado a salvar innumerables vidas de mujeres y niños.

“Durante la guerra, toda esta carretera estaba plagada de controles”, me cuenta mientras volvemos a Sumbuya. “Era habitual encontrarse muchos cadáveres a lo largo de la carretera entre Bo y Freetown. Cada vez que tenía que cogerla, no era capaz de dormir la noche anterior. Había ataques y mataban a mucha gente”.

Médicos Sin Fronteras trabajó en Sierra Leona durante la guerra civil, en numerosas localidades a lo largo del país. La guerra duró once años y se llevó más de 50.000 vidas, muchas de ellas de civiles inocentes. Las actividades de MSF iban desde la cirugía de guerra, hasta la asistencia primaria de salud para personas que no podían pagarse la atención médica.

Hoy, MSF se centra en la atención obstétrica y en el tratamiento de niños con desnutrición y malaria tanto en Bo como en sus alrededores. Cada mes, los equipos atienden a más de 700 niños y asisten un centenar de partos.

“Ese pueblo que ves ahí fue incendiado durante la guerra”, recuerda Paul señalándome un grupo de chozas y edificios en la distancia. “El hospital local que está un poco más adelante también fue incendiado, y MSF ayudó a reconstruirlo”.

Las caras sonrientes de los escolares, los animados corrillos en los puestos callejeros y el tranquilo devenir de la vida que observo me hacen difícil imaginar que todo eso ocurrió hace no mucho más de diez años.

“Ahora estamos mejor. Puedes ir a cualquier sitio, la gente es amistosa –cuenta Paul–. Cuando tengo el día libre, en los fines de semana, me gusta ver el fútbol. Soy forofo del Manchester United.”

A medida que las sombras se alargan y que el día se acerca a su fin, Paul me deja en el recinto de MSF. Le espera un último viaje, tiene que ir a buscar a otro paciente antes de acabar su turno, otro niño con malaria severa cuyo futuro sería incierto sin la ayuda de Paul y del resto del equipo de MSF en Bo.

 _____

Foto 1: Cruzando el puente de camino al centro de salud Jimi Bagbo (© Niklas Bergstrand).

Foto 2: Paul lleva urgentemente al hospital de Gondama a un niño con malaria severa y anemia, y a su madre (© Niklas Bergstrand).

Foto 3: Hospital de MSF en Gondama (© Niklas Bergstrand).

La ambulancia de Paul

17 mayo 2012

por Niklas Bergstrand (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

No hace mucho que ha amanecido, y sin embargo es como si el mundo entero estuviera ya despierto. Las gallinas cloquean, las cabras balan, los niños cantan de camino a la escuela, y el tráfico matutino ya petardea en una nube de polvo amarillo. Detrás de los muros del recinto de MSF, la flotilla de 4×4 blancos reluce  en la brillante luz del sol.

Un hombre con gorra azul está ocupado llenando el depósito de uno de los coches. Se llama Paul Sefoi, y lleva casi 15 años trabajando con MSF en Sierra Leona. Es uno de los varios conductores de las ambulancias con las que trasladamos a los pacientes en estado crítico desde los centros de salud rurales al Centro de Referencia Gondama de MSF, un hospital de 220 camas situado a las afueras de Bo, la segunda ciudad más importante del país.

Gracias a este sistema de referencias a la maternidad del hospital, hemos conseguido que la cifra de muertes maternas en el distrito de Bo se reduzca en más de la mitad respecto a la media nacional.

 “Cuando llevas a una mujer embarazada en el coche, tienes que conducir con mucho cuidado. La última vez que traje a una, dio a luz en el coche”, me cuenta Paul mientras circulamos hacia Sumbuya, un puesto de salud rural cerca de los límites del distrito. “La señora  sangraba mucho, pero al final tanto ella como el niño se pusieron bien”.

Sierra Leona tiene algunos de los peores indicadores de salud en el mundo. Aquí la gente sigue muriendo de enfermedades que son fácilmente prevenibles y tratables. Uno de los principales problemas de salud es la malaria, que es endémica en Sierra Leona, y que mata a más de 20 personas cada día en este país.

 Y muchas de las mujeres embarazadas que llegan a nuestro hospital están en estado crítico. A veces, las parteras tradicionales les han dado dosis de hierbas tradicionales tan grandes que, por su potencia, provocan contracciones en el útero.

 Cruzamos un puente…

(Continuará)

—-

Foto: Paul Sefoi, conductor de ambulancias de MSF (© Niklas Bergstrand)

 

De “a tiempo” o “demasiado tarde”

11 mayo 2012

Por Patricia Lledó (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

El sistema de clínicas, criterios de complicación y traslados a tiempo con ambulancia al hospital ha logrado disminuir la mortalidad materna en este distrito de Sierra Leona en el que trabajamos. Es increíble lo que pueden hacer un “a tiempo” y un “demasiado tarde”… Pese a todo, aún recibimos  muchos “demasiado-tardes”, porque las pacientes tardan en tomar la decisión de acudir a la clínica y/o paren en casa, y a veces no viven cerca de la clínica o carecen de transporte.

Entra una paciente con parto obstruido. Lleva empujando desde la noche anterior y el bebé no sale. La examino a ella y escucho el latido del feto, muy lento. Decido hacer un parto instrumental con ventosa (por supuesto aquí sin esas cosas como anestesia epidural), y saco al bebé volando y llamo al pediatra para que me eche una mano con la resucitación del recién nacido. 20 minutos más tarde tenemos que admitir que ha sido un “demasiado tarde” para el bebé. Lo arropamos en un refajo de telas de colores.

Pero la madre está bien, un “a tiempo” para ella, teniendo en cuenta que el parto obstruido mata a entre un 10 y un 20% de las 1.000 mujeres que mueren cada día en el mundo por causas relacionadas con el embarazo y el posparto. Por no hablar de que puede causar fístulas de difícil arreglo en la madre, abocándola a perder orina el resto de su vida sin control.

Salgo a tomar un poco el aire (¡qué calor, no hay forma de encontrar una sombra para fumar un cigarillo tranquila!) justo para ver llegar la siguiente ambulancia. Hemorragia posparto. Hala, a correr todos. Sangre, vías intravenosas, mucha más sangre, drogas para contraer el útero, algún que otro trocito de placenta que hay que sacar y… ufff, “un a tiempo”. La hemorragia es la principal causa de mortalidad materna en estos países. ¡Ya llevamos dos puntos contra las estadísticas hoy!

Reviso a unos gemelitos, cuya madre murió hace cuatro días de una complicación relacionada con la hipertensión del embarazo llamada eclampsia. Llegó inconsciente, logró dar a luz a los gemelos y, pese a todas las drogas posibles, nunca despertó para verlos. Van ganando peso, estamos enseñando a la abuela cómo preparar la fórmula de leche artificial para recién nacidos. Ya queda poco y podrán irse a casa, a la casa sin madre… un “demasiado tarde”.

Así pasa el día, mezclando “demasiado tarde” con “a tiempo”, siempre salpicado por algún llanto o grito de dolor de las madres de las otras 150 camas pediátricas que tiene el hospital. Pero sazonado con alguna risa y mirada picarona de los niños que no están tan graves y pululan por el hospital.

Hoy no ha habido ningún “demasiado tarde” para ninguna madre, un buen día sin duda. Ya se ha hecho de noche y huele distinto, igual llueve pronto.

Hago la última ronda antes de intentar “estirar la variz”, como decían mis compañeros en el hospital en el que trabajaba en Madrid antes de esta vida loca. Y además tengo hambre. Si es que las necesidades básicas son las mismas en todas partes del mundo, ya lo decía mi abuela…

Miro la sala llena de mosquiteras a media luz. Todas las pacientes parecen ir bien, algunas sonríen (pensarán “qué hace la blanca esta despierta”). Pues a ver qué trae el resto de la noche. Nuevas miradas seguro, y esperemos que ningún “demasiado tarde” y muchos “a tiempo”.

 ____

Foto: Sala de Urgencias del Hospital de Refencia de Gondama, Sierra Leona (© Niklas Bergstrand/MSF)

De miradas y olores

23 abril 2012

Por Patricia Lledó (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

Qué calor. El generador se apagó a las 6.55 a.m. y a las 7 a.m., cuando suena mi despertador, ya estoy empapada en sudor… 5 minutos sin ventilador y mi precario metabolismo europeo no lo resiste. “De chiste, qué niñata que soy”, pienso, mientras me ducho en la penumbra.

Llego al hospital y entro en mi pequeña parcela y reino privado, 23 camas de maternidad con el quirófano al final del mismo edificio. Como siempre, lo primero que me asalta es el olor. Es curioso, nunca he sido melindrosa para los olores, sólo que los diferencio y los almaceno en mi memoria con cierta facilidad y alarmante similitud con el loco de “El perfume”.

He trabajado en muchos países, desde Guatemala hasta Pakistán, Somalia, Zimbabue, Liberia… Y los hospitales de cada sitio tienen su olor. Éste queda almacenado y etiquetado como “Sierra Leoniense”, que es donde me encuentro ahora. No es un mal olor, quizás un poco bochornoso y muy “humano”, mezclado con el olor a cloro que usamos para desinfectar. Aquí se nota más que en otros hospitales, ya que, por ser este uno de los países donde hay epidemias de fiebre hemorrágica, somos incluso más estrictos que de costumbre con las medidas de higiene.

Veamos… A la derecha: 10 camas. A la izquierda: 10 camas. Al fondo, una habitación con tres camas “VIP” para los casos muy graves, y la sala de partos con tres mesas de parto. Al fondo, el enfermero anestesista me saluda desde la puerta del quirófano, dispuesto al maratón del día. Qué animado el tío, no le cae ni una gota de sudor ni en los momentos más agitados.

Pero volvamos… pues si va de olores lo primero, lo segundo va de miradas. Éstas no son especialmente características de Sierra Leona, pero sí denominador común de muchos sitios en los que he estado. Soy ginecóloga, así que normalmente, los lugares en los que MSF trabaja con maternidad son los de mayor mortalidad materna, a veces aderezados con un poquito de conflicto armado, o con un poquito de hambrunas y demás penalidades.

El hospital en el que trabajo sólo acepta casos complicados de pediatría y maternidad. Médicos Sin Fronteras lleva en el país desde 1995 y en este hospital desde el 2003. Ayudamos  -formamos al personal y proporcionamos material y medicamentos- a clínicas de primera asistencia llamadas en inglés “Bemonc” (Basic Emergency Obstetric Care, Atención Básica Obstétrica de Emergencia), en las que se atienden partos normales. En cuanto una mujer tiene alguna complicación, es trasladada por una de nuestras ambulancias al hospital, formando así una red de referencia por todo el distrito. Esa es la razón por la que aquí apenas atendemos partos normales. Casi nunca se ven nacimientos con bebé y madre sana… a alguno de los dos les suele pasar algo “malo”, como dicen mis enfermeras.

Por eso, en mi pase de visita de la mañana, no es fácil arrancar sonrisas pero sí muchas miradas. Madres cuyo niño murió dentro del útero antes de nacer y fueron referidas para parir aquí y tratarlas de posibles infecciones; partos obstruidos que quizás hagan una fístula y quedan admitidos largo tiempo; infecciones de todo tipo, muchos tras abortos inseguros realizados con medios caseros… Vamos, un circo de calamidades. Y esas miradas… llenas de … no sé cómo definirlo bien… es una rara mezcla de dolor, con un halo de petición de auxilio pero sin perdida de dignidad, con entereza, un toque de resignación y un tanto de miedo, y una gota de duda y otra de esperanza.

Pienso mientras atiendo a la primera paciente que es fácil quedar inmune a estas miradas. “Hacen doler”, y mucho… Supongo que el reto está en seguir viéndolas, no girar la cabeza, responder a la mirada y absorber el dolor, y a cambio dar un hálito de esperanza, o una palabra de consuelo o una sonrisa si se puede. Respondo miradas, corrijo tratamientos y reviso signos vitales, charlo con las más animadas, cada una me fuerza a recordar por qué estoy aquí y por qué hago lo que hago. Todos tenemos nuestro motorcito privado para trabajar por estos lares.

(Continuará)

___

Foto: Patricia Lledó impartiendo una formación a personal nacional en Sierra Leona (© MSF).