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Archivo de la categoría ‘Sierra Leona’

Cómo la juventud triunfó en el desastre del ébola

Dos años después del brote de ébola en África Occidental, Kamanda Kamara, miembro del comité de asesores juveniles de Plan International Sierra Leona, publica en su blog sobre la participación de la gente en la batalla para contener el virus y cómo su trabajo ha contribuido al cambio en las comunidades. “Es importante seguir trabajando e invirtiendo fondos en reformas estructurales para fortalecer los sistemas de salud”, afirma Concha López, directora general de Plan International España.

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Día de la Juventud: Los jóvenes dan voz a ‘los niños del milenio’

* Por Sullay Kalokoh, miembro del Comité de Asesores Juveniles de Sierra Leona y productor de ‘Los Niños del Milenio

Sullay Kalokoh, con 22 años y de Sierra Leona, se ha convertido en productor de cine tras ayudar a Plan Internacional en el rodaje del proyecto ‘Los Niños del Milenio’. Gracias a la grabación de las entrevistas y la búsqueda de historias, Sullay se ha convertido en un experto en producción cinematográfica. Ahora quiere utilizar sus nuevos conocimientos para dar voz a las mujeres y mostrar las adversidades a las que se enfrentan en todo el mundo.

Plan Internacional

La participación es clave para que los jóvenes, incluyendo mujeres y niñas, puedan tener éxito. En la actualidad la población de Sierra Leona sigue sin aceptar el potencial de las niñas. Cuando Plan Internacional propuso a nuestro Comité de Asesores Juveniles (CAJ) colaborar en el proyecto ‘Los niños del milenio’, no nos lo pensamos dos veces.

La segunda película, dividida en dos capítulos, se centraba en impulsar el potencial de las niñas, un tema muy importante para nosotros.

Diez de los miembros del CAJ participamos en el proyecto. Nuestro trabajo consistía en buscar historias de niños y jóvenes de su barrio. Teníamos que encontrar a una adolescente de 15 años y a un adulto con autoridad en su comunidad y entrevistarlos. Además, debíamos seleccionar a diferentes estudiantes, de entre 7 y 14 años, que quisieran abrir las puertas de sus hogares y mostrar cómo viven.

Nuestra búsqueda comenzó preguntando a nuestros amigos si conocían a chicas o mujeres que tuvieran una historia que contar. Gracias a este proyecto muchas adolescentes tuvieron la oportunidad de contar su historia y de promover la solidaridad, la unidad y el desarrollo de su comunidad. Las participantes mostraron la importancia de la determinación, la valentía y la perseverancia y cómo, mediante la superación de las dificultades sociales, es posible tener oportunidades y ayudar a otros a hacer lo mismo.

Una vez elegidas las historias, entrevistamos a los protagonistas y nos aseguramos que compartieran con nosotros sus experiencias reales, así como mensajes que pudieran motivar a otros jóvenes. La variedad de las entrevistas realizadas, de opiniones y recomendaciones nos ha permitido abordar el tema desde una perspectiva realista.

Quedé impresionado con las vivencias personales que motivaron a nuestras protagonistas a rebelarse y, sobre todo, admiro su valentía para enfrentarlas. Una de las historias más impactantes fue la de Fatim. Cuando era adolescente se quedó embarazada y fue obligada a dejar el colegio. Tras dar a luz, Fatim decidió volver a estudiar, consideraba que la educación era la clave para el éxito. “Aunque tengo muchas dificultades, como cuidar de mi bebé, me sigue gustando ir al colegio”, afirma Fatim y añade: “Creo que en el futuro ayudaré a mi país y a mi gente”.

Gracias a este proyecto, he aprendido a utilizar una cámara de vídeo, ya que teníamos que grabar las entrevistas, así como la vida diaria de los protagonistas. Gracias a este trabajo, ahora me considero un auténtico cámara de cine. Ha sido una experiencia extraordinaria.

Escuchar los relatos de los protagonistas fue muy duro pero me hizo darme cuenta de que quiero aportar mi granito de arena para que las niñas y mujeres tengan las oportunidades que se merecen. Además, me gustaría que los varones, tanto niños como adultos, se involucraran en este reto.

Me gustaría trabajar con las comunidades y los gobiernos locales para que las niñas y las mujeres sean visibilizadas como agentes sociales de cambio. Confío que con la ayuda y el apoyo necesario puedan superar las dificultades que enfrentan.

“Que la próxima vez, la historia sea diferente”

Unni Krishnan, Dir. de Preparación y Respuesta ante Desastres de Plan Internacional

El Dr. Unni Krishnan, Director de Preparación y Respuesta ante desastres de Plan Internacional, en una de sus visitas a África Occidental.

Ha pasado un año desde la declaración oficial del brote de Ébola que ha devastado a miles de familias en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Aunque las proyecciones son que los tres países van por buen camino para regresar al punto cero, se siguen registrando nuevos casos de contagio. La amenaza de un brote futuro no ha terminado.

Este aniversario brinda la oportunidad de reflexionar sobre las lecciones que hemos aprendido y sirve para prepararse de cara al futuro, en África y más allá. Para conducir hacia el futuro, los buenos conductores siempre utilizan sus espejos retrovisores.

Cada desastre ofrece oportunidades de aprendizaje. Mizuta Masahide, poeta japonés del siglo XVII y samurái, dijo: “Desde que mi casa se quemó allí abajo, ahora tengo una mejor vista de la luna”. La forma más adecuada de honrar las vidas que el Ébola ha echado a perder es asegurarse de que algo así no se repita. En vez de especular, es necesario adoptar un enfoque sobre lo que se puede hacer. ¿Cómo responderemos la próxima vez? Son vitales algunas medidas urgentes para escribir una historia diferente.

La velocidad es un factor importante para que cualquier respuesta ante una emergencia sea exitosa. La próxima vez, para ser más astutos que el virus, tenemos que actuar con rapidez en el despliegue de equipos, especialistas y hospitales de campaña. La velocidad jugará un papel crítico para escribir una historia diferente durante los primeros cien días, en África o en otros lugares.

Construir un fuerte sistema de salud pública:

Los especialistas de Plan Internacional en terremotos nos han enseñado una lección sencilla: no son los terremotos los que matan a los niños y niñas que asisten a la escuela, sino la mala calidad de las infraestructuras. Un fuerte sistema de salud pública puede soportar el impacto de una epidemia o la amenaza de pandemia, no sólo de un brote de Ébola, sino también de otros relacionados con enfermedades como el cólera, la meningitis, el síndrome respiratorio agudo (SARS), el síndrome de Oriente Medio respiratorio (MERS) y la gripe aviar.

Incrementar la vigilancia:

El año pasado, las malas condiciones meteorológicas obstaculizaron la respuesta, ya que la expansión del Ébola coincidió con la temporada de lluvias en la zona. No se podía transitar por las carreteras. Bajo estas circunstancias, y ante la ausencia de una fuerte maquinaria de salud y unas redes de seguridad social, las lluvias y las inundaciones amplifican el impacto de cualquier brote que se produzca.

Prepararse y no entrar en pánico:

Para una mayor prevención, lo ideal es mejorar la formación de las comunidades, especialmente los especialistas de salud. La ayuda externa suele tardar semanas o un mes en llegar. Durante los primeros días del brote de Ébola, a excepción de un apoyo muy limitado de organismos como Médicos Sin Fronteras (MSF / Médicos sin Fronteras), la Cruz Roja y Plan Internacional, la gente hacía frente al virus por su cuenta. Si una comunidad está debidamente preparada para responder al Ébola o a cualquier desastre, sus opciones de vencerlo aumentan considerablemente.

Otra medida es iniciar la preparación para desastres, primeros auxilios y lecciones de salud pública directamente en las escuelas para construir una cultura de preparación y minimización de muertes y devastación.

En 2011, un cóctel mortal de múltiples desastres (terremoto submarino, tsunami masivo y un reactor nuclear roto) mató a más de 15.000 personas en Sendai (Japón). Sin embargo, este país ha demostrado que está preparado para salvar vidas cuando suceden estos problemas. Es mucho mejor y más rentable invertir en la preparación para la lucha contra incendios que en la respuesta posterior.

No ignorar las necesidades invisibles:

Mientras que la acción prioritaria debe ser detener la propagación del virus y garantizar entierros seguros, es necesario atender a los impactos invisibles. Por cada crisis de salud pública, hay una crisis humanitaria invisible, como el cierre de escuelas y el aumento de los precios de los alimentos. Además, esto deja muchas a cicatrices en la mente de los jóvenes.

Un informe de investigación elaborado por Plan Internacional concluye que el Ébola ha marcado emocionalmente a los niños y niñas más allá de las consecuencias físicas. El bienestar emocional y la atención psicosocial debe conservar un lugar importante en los esfuerzos de socorro y recuperación.

Los huérfanos que el Ébola ha ocasionado son el verdadero rostro del brote. El mundo tiene que complementar esta demostración de generosidad hacia los afectados con apoyo material, para que estos niños no terminen siendo una carga adicional para las familias que ya están luchando por encontrar alimentos y por pagar las tasas escolares.

La información es un salvavidas en una crisis y los medios de comunicación pueden desempeñar un papel fundamental. Los rumores y la ignorancia han tenido como resultado los ataques a la salud y los trabajadores humanitarios, y a algunos de ellos les ha costado la vida. En una crisis como la del Ébola, cuando la vida y la verdad se convierten en las primeras víctimas, los medios de comunicación deben ir más allá de la mera presentación de informes. Su labor es fundamental para informar, educar y empoderar a la gente.

Uno no puede vencer a un virus invisible y mortal sólo con los médicos. Los medios de comunicación también pueden ayudar a que las autoridades acepten la realidad y favorecer una respuesta rápida. Como dijo Albert Camus, la mejor manera de lidiar con la peste es siendo honesto al respecto.

La colaboración creativa entre tecnología, medios de comunicación, salud y trabajadores humanitarios puede ayudar a escribir una historia diferente ante el próximo brote.

 

Historias de supervivencia de un año de ébola

Issa Davies es Oficial de Comunicación de UNICEF

Esta semana se cumple un año desde que la Organización Mundial de la Salud reconociera el estallido de un brote de ébola en África Occidental. Este brote, que ha acabado convirtiéndose en el peor de la historia, se ha llevado más de 10.100 vidas y ha producido más de 24.500 casos de contagio.

En esta virulenta epidemia, los centros de emergencia establecidos en las comunidades para atender y derivar posibles casos de ébola, han jugado un papel esencial. Esta es la historia de Abdul Tullah, un hombre de 50 años cuyo paso por uno de estos centros sin duda contribuyó a que superara el virus con éxito.

Trabajadores del Centro Comunitario de Cuidados (c) UNICEF Sierra Leone/2015/Issa Davies

Trabajadores del Centro Comunitario de Cuidados (c) UNICEF Sierra Leone/2015/Issa Davies

Cada vez que Abdul llegaba al pueblo de Pate Bana, en Sierra Leona, para trabajar en su granja, se fijaba en las tiendas de lona blancas que, desde hacía poco, ocupaban el paisaje de la zona. A veces, desde lejos, observaba a los trabajadores moviéndose en el interior, vestidos con sus trajes de protección casi espaciales.

“Algo desconcertado, un día pregunté a un compañero granjero qué hacían aquí esas grandes estructuras y toda esa gente”, cuenta Abdul. “Me contó que las tiendas de campaña eran clínicas para pacientes sospechosos de ébola y que las personas vestidas con trajes del espacio eran las enfermeras y el personal médico que cuidaban de los pacientes”.

Lo que entonces no se podía imaginar Abdul es que pronto estaría mucho más cerca de esas tiendas.

Estas estructuras reciben el nombre de Centros Comunitarios de Cuidados (CCC), que UNICEF ha ayudado a establecer en Pate Bana y otras 45 comunidades en 5 regiones de Sierra Leona desde noviembre, gracias a la financiación de la agencia de cooperación británica. Las instalaciones sirven para proporcionar cuidados temporales y aislamiento a personas que muestran síntomas de ébola hasta que se obtienen los resultados de sus análisis de sangre, normalmente uno o dos días después.

“Tan pronto como un caso sospechoso de ébola llega al centro, les atendemos y les proporcionamos cuidados y apoyo provisional”, cuenta Zainab, la enfermera responsable en el centro de Pate Bana. “Si el resultado de sus análisis es positivo, les derivamos a los centros de tratamiento; si son negativos, se les da el alta cuando están estables y sin síntomas durante 3 días. Estas personas pueden recibir un seguimiento en los centros comunitarios si lo necesitan”.

La comunidad de Pate Bana no se eligió al azar. El ébola se llevó alrededor de 100 vidas en el pueblo y sus 200 habitantes fueron puestos en cuarentena durante dos meses. Hasta la fecha, en todas las regiones en las que están presentes estos centros, se ha atendido a más de 6.000 pacientes e internado a 500.

Abdul Tullah fue uno de los casos positivos.

“Estaba trabajando un día en la granja cuando mi mujer se acercó a mí porque se encontraba mal y tenía fiebre alta”, cuenta. “Sentí pena por ella, la abracé y le retiré el sudor que salía de su cuerpo. Le aconsejé que fuese al hospital, y así lo hizo”.

Se desplazó hasta el centro de tratamiento de Magbethe, que se encuentra a 13 kilómetros de distancia, pero acabó muriendo. Unos días después de haber tocado a su mujer enferma, él también comenzó a encontrarse mal y se dirigió inmediatamente al centro comunitario de Pate Bana.

“Estaba lo bastante fuerte como para llegar al centro comunitario por mi cuenta sin la ayuda de nadie”, añade. “Cuando las enfermeras me vieron llegar, me dieron una cálida bienvenida y me pidieron que me sentara en una habitación. Después se vistieron con sus equipo de protección personal y comenzaron a administrarme tratamientos”.

“Las enfermeras fueron muy amables y me dieron comida tres veces al día, suficiente agua, una buena cama en la que dormir y una manta para abrigarme”, continúa. “Estuve en el centro de Pate Bana durante dos días esperando los resultados de mis análisis. Al tercer día, una ambulancia vino a por mí. Entonces supe que había dado positivo”.

Afortunadamente, diez días después de ser ingresado en el centro de tratamiento de Magbethe, Abdul Thullah fue dado de alta como superviviente.

“Mi familia y yo probablemente habríamos muerto en el pueblo si no se hubiera establecido el centro cerca de la comunidad. Me proporcionaron los cuidados y apoyo cuando más lo necesitaba”.

Abdul Tullah posa junto a su familia (c) UNICEF Sierra Leone/2015/Issa Davies

Abdul Tullah posa junto a su familia (c) UNICEF Sierra Leone/2015/Issa Davies

“Estaré aquí hasta que termine el Ébola”

Por Awa Faly Ba, directora de comunicación de Plan Internacional en África Occidental

Hoy Salee Manga tiene algo de tiempo para relajarse con sus compañeros. El Centro de Atención Comunitaria (CCC) en Foredugu, Sierra Leona, no ha recibido ningún caso nuevo de Ébola desde hace dos días. Esto es una muy buena noticia dado que hace unas semanas el centro estaba lleno de gente y sus trabajadores tuvieron que acoger a 39 personas bajo la sospecha de estar afectados por la enfermedad. En este día poco convencional, Salee y sus compañeros están recibiendo invitados que llegan desde las oficinas de Plan Internacional en el extranjero.

Salee tiene 24 años y es estudiante de enfermería aunque, en este momento, las escuelas y las universidades están cerradas debido al Ébola. Para mantenerse ocupada, decidió involucrarse y ayudar a derrotar la enfermedad en Sierra Leona trabajando en el CCC y, desde entonces, no ha vuelto a casa. Cuando se comprometió a luchar contra el Ébola y exponerse por tanto a la enfermedad mediante su trabajo en el centro, su familia le prohibió volver hasta que el brote se extinga. Su único contacto con el mundo exterior es su teléfono móvil e Internet. El CCC está conectado a Internet gracias a la colaboración de Plan Internacional con Net Hope.

Trabajadores marcados por el estigma

Salee come y duerme en el centro. Por la noche, después de un largo y estresante día, duerme en una tienda a unos pocos metros de pacientes sospechosos de padecer Ébola, pero ella no es la única. La mayoría de las enfermeras y limpiadoras no pueden volver a casa por el temor y el estigma que inspiran entre sus propias familias. Entre ellas ha crecido un movimiento de solidaridad y, en medio de todo este sufrimiento, son lo suficientemente fuertes para reír juntas, apreciar una buena canción o bailar.

Plan ha dotado al Centro de Atención Comunitaria de instalaciones de  saneamiento y le ha abastecido de agua. Además, se ha encargado de la comida que se les sirve a los pacientes y de la que comen los propios trabajadores y ha puesto en marcha un sistema para garantizar el pago a los empleados de salud en las unidades.

Los trabajadores del centro se han reunido para sacarse una foto con los invitados llegados del Reino Unido y Estados Unidos. Los cuidadores repetían sin cesar que no tocasen nada y se lavaban constantemente las manos, incluso cuando parecían estar relajados. El Ébola aquí es más real que nunca y, aunque el centro no ha recibido ningún caso durante los dos últimos días, los trabajadores permanecen concentrados en combatir la enfermedad porque el peligro está siempre presente.

Cuando la crisis termine finalmente, Salee quiere continuar sus estudios y graduarse como enfermera para seguir ayudando a la gente. Sabe que las escuelas probablemente reabran sus puertas en febrero. Sin embargo, esto le inspira una mezcla entre esperanza y miedo, tal como ella comenta: “Tenemos que asegurarnos de que las escuelas son un lugar seguro. Un caso de Ébola sería suficiente para llevarnos de nuevo a la peor de las situaciones”.

Salee Manga, enfermera que combate el ébola en Sierra Leona.

Salee Manga, enfermera que combate el ébola en Sierra Leona.

Lovell y la Princesa, una historia sin final feliz

Por Massimo Galeotti, enfermero de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Sierra Leona

Mariatu, Lovell, Mohammed, Fatmata, Issa, Princess… cuantos niños y niñas he visto morir. Estos son solo algunos de los nombres de tantos y tantos que tanto mis colegas como yo hemos atendido y tratado en vano de salvar en el centro de MSF para pacientes de Ébola en Kailahun, en Sierra Leona.

Muchos llegaron al centro sin sus padres dado que, lo habitual era que éstos ya hubieran fallecido. De inmediato nos apegamos a ellos, les mimamos desde el primer momento y luego, demasiado a menudo, les acompañamos hasta que fallecen. Todavía hoy no sé cómo conseguimos soportar tanto sufrimiento y tanto dolor.

Lovell llegó desde una localidad a una hora de distancia en coche del centro de MSF, junto él venía Fatmata, a quién bautizamos con el nombre de‘Princesa’. Las ingresamos en la misma tienda, el chico tenía 7 años y la cría 9. Lovell estaba más grave. Al principio, el dolor, el miedo y la timidez hacían que se mostrara esquivo. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado a vencer el recelo y la timidez de los niños.

Massimo Galeotti, enfermero de Médicos Sin Fronteras. Fotografía de Sandra Smilley
Massimo Galeotti, enfermero de Médicos Sin Fronteras. Fotografía de Sandra Smilley

Cada vez que entraba en la tienda le enseñaba a decir mi nombre aunque sin éxito dado que para él resultaba muy difícil de pronunciar. En cambio, ‘Princesa’ lo intentaba pero siempre lo pronunciaba mal y se echaba a reír provocando también nuestras risas. Desgraciadamente, la debilidad y el intenso dolor impedían a Lovell unirse a nuestras risas.

Un día, Lovell me dijo: “Uncle, come please”. Uncle (tío en inglés) es un apelativo tan común y fácil de pronunciar que me ha gustado desde que llegué a Sierra Leona. Aproveché para contarle que cuando mi sobrino era pequeño, le enseñé a llamarme siempre por mi nombre y que no llamara ‘tío’ porque me sugería la idea de una persona no ‘demasiado’ joven. Conseguí que Matteo, mi sobrino, me llamara siempre Massimo.

Princesa era muy alta para su edad y siempre le gastaba bromas diciéndole que de mayor sería modelo. Se reía con los ojos cerrados porque la luz le lastimaba. “Eres tan bonita que pareces una princesa”, era la frase que más le gustaba.

El día en qué murió, Princesa me pidió que la llevara fuera de la tienda, que tenía demasiado calor dentro. La tumbé en una colchoneta en el corredor donde los pacientes buscan un poco de refugio al calor que hacen en las tiendas. Le di un analgésico para calmar el dolor y se quedó dormida. Una hora después volví a entrar en la zona aislamiento e inmediatamente corrí a ver como estaba. La encontré apoyada sobre un costado; agonizaba.

“El ‘tío’ está aquí Pricesa, a tu lado, todo va a ir bien, no te preocupes”. Mi temor era que se diera cuenta que se estaba muriendo y que no hubiera nadie junto a ella. Llamé a mi compañera Kate y nos quedamos para acompañarla, apretándole la mano y acariciándole la cabeza. La respiración se hizo más débil y comenzó a cerrar los ojos. Ya no era necesario seguir luchando por combatir el dolor, Princesa había muerto y con ella todos sus sueños de niña.

Lovell, que llegó estando más grave que Princesa, permanecía en su cama, débil pero vivo. Haciendo un gran esfuerzo abrió los ojos. “Hola Lovell, el tío está aquí, ¿necesitas algo?”, le dije. Con un ligero movimiento de cabeza me hizo saber que no. Pugnaba por levantar la mano, quería que le diese la mía. A estas alturas, la experiencia me ha enseñado a comprender cuáles son los momentos previos a la muerte.

Bromeaba sobre el hecho de que él, que no era mi sobrino, me podía llamar “tío” y mi verdadero sobrino no. Siempre sonreía cuando se lo decía. “Es imposible no amar a alguien cuyo nombre es Lovell ¿verdad?”, le decía porque sabía que era una frase que le encantaba. Esta vez, sin embargo, no hubo respuesta, su pequeño corazón dejó de latir antes de que pudiera responder.

Es una sensación extraña la que se experimenta cuando acariciamos las manos de un niño que está apunto de fallecer: en esos momentos que parecen durar una eternidad, sientes una energía interior muy fuerte que no comprendes de donde surge. Te sorprendes de no romper a llorar. Sabes que estás haciendo lo más justo para aquel niño y no piensas en otra cosa que no sea él.

Entonces, te despiertas de repente como de un hechizo, y te encuentras solo, en una tienda de un centro para pacientes de Ébola, junto al cuerpo de un niño de 7 años. Y regresan la rabia y las ganas de gritar y llorar.

Aunque el dolor experimentado ha sido tan grande, por una parte, me consuela haber tenido el honor de dar a Lovell, a Princesa y a otros niños una última caricia que espero les haya infundido algo de aliento y coraje cuando llegó el momento del miedo y la oscuridad.

 

Ébola: altibajos

Por Benjamin Black, MSF Sierra Leona.

Los momentos como este son los que más temo: una mujer con Ébola deambulando por ahí, desnuda y gritando. Una paciente confusa y potencialmente agresiva, con una enfermedad altamente contagiosa y mortal. Y todo lo que nos separa es mi traje de protección amarillo. Oí el golpe mientras estaba saliendo de la zona de alto de riesgo (el área del centro reservada para los casos de Ébola confirmados). La mujer había salido de la zona de alto riesgo y se dirigía hacia la zona de bajo riesgo, donde el personal de MSF realiza tareas administrativas y de papeleo.

Cuando llegué fuera, estaba tumbada en el suelo bajo un sol abrasador. Rodaba sobre si misma gimiendo, no de una manera agresiva, sólo angustiada.

Junto con uno de mis compañeros la llevé de vuelta a su cama, un trabajo difícil si tenemos en cuenta que llevábamos trajes antitranspirantes.

Le pregunté si le dolía algo y ella se llevó la mano al pecho: “Mi padre ha muerto, mi madre ha muerto, mi hermana ha muerto, mis niños han muerto”.

No tengo nada que pueda curar un corazón destrozado o su alma rota, así que me tengo que limitar a pasar la mano suavemente sobre su hombro intentado consolarla, y a darle una manta y un calmante.

Organización del equipo en Kailahun, Sierra Leona. Fotografía de P.K.Lee
Organización del equipo en Kailahun, Sierra Leona. Fotografía de P.K.Lee

Cada ronda médica es un catálogo de historias tristes y desafíos prácticos. Con tantos pacientes es fácil perder la noción del tiempo. El trabajo que uno puede llevar a cabo no tiene fin: ayudar a un paciente a beber, proporcionarle una vía intravenosa, consolar a través de palabras para tratar de aliviar el dolor… el catálogo de horrores llega hasta tal punto, que muchas veces tenemos que intentar colocar el cuerpo de los pacientes que fallecen en una posición relajada, pues a menudo sufren tales dolores cuando están enfermos que cuando mueren lo hacen completamente contraídos.

Cada día que entro en el centro miro las pizarras en las que tenemos escritos los nombres de los pacientes. Hace cinco semanas había tres pizarras, ahora hay siete. Con más de 60 pacientes simultáneamente y teniendo en cuenta que para lo malo y lo bueno tampoco suelen estar mucho tiempo aquí, resulta difícil hacer un seguimiento de todo el mundo, por lo que hemos diseñado un código de color para clasificarlos de acuerdo con su gravedad.

En los últimos días, el rotulador rojo, el que utilizamos para los casos graves, es el que predomina.

Trato de organizar a primera hora los turnos del equipo médico para que así podamos avanzar la mayor cantidad posible de trabajo antes de que lleguen las horas de más calor. Entrar en la zona de alto riesgo requiere ponerse el traje de protección, que es muy incómodo y pesado, y a eso hay que añadirle las dificultades que conlleva el tener que trabajar bajo altas temperaturas y un alto índice de humedad.

El centro de tratamiento está configurado para reducir al mínimo el riesgo de infección. En la zona de alto riesgo se trabaja a través de un sistema de un solo sentido, empezando la ronda por los pacientes que están esperando los resultados de sus pruebas y terminando con los que están en el área de pacientes confirmados. De esta manera reducimos el riesgo de infectar a alguien que aunque esté en la zona de observación, es muy probable que tan sólo tenga otra enfermedad con síntomas similares, como la malaria.

Voy con otro de mis compañeros a ver a los pacientes que están dentro del área de los “sospechosos”. La niña que está dentro es hija de otro compañero, lo cual me recuerda que el Ébola no es sólo algo que le ocurre a los demás. Aquí en Sierra Leona también ha afectado a amigos y a familiares de nuestro personal nacional.

Pasamos a la siguiente zona, que sigue siendo parte del área de pacientes sospechosos, pero que es donde encontramos a los pacientes con más probabilidades de padecer Ébola. Están visiblemente más enfermos que los anteriores y muchos de ellos serán confirmados en las próximas horas. Entre ellos se encuentra una niña de dos años que aún está esperando los resultados de sus pruebas. Sin embargo, tenemos los suficientes indicios como para pensar que está infectada y muchos sus familiares enfermaron previamente-

La niña está tumbada en la cama y le cuesta respirar. La levanto despacio y la ayudo a sentarse. Con el apoyo de mi compañero intento que tome unos sorbos de agua. Con tantos pacientes no puedo pasar demasiado tiempo con ella, así que pido que le coloquen una vía intravenosa y sigo con la ronda.

La última zona se destina a pacientes confirmados de Ébola. Está compuesta de tres grandes y blancas tiendas de campaña La mayoría de los pacientes se encuentran lo suficientemente bien como para salir a hablar con uno de los trabajadores de MSF que se encuentra al otro lado de la valla de plástico naranja que separa la zona de alto riesgo de la de bajo riesgo. Pero hoy parece que hay muchos que no pueden salir de la cama.

Los pacientes admitidos en el centro de tratamiento de Ébola pasan a la tienda de triage. Ahí los equipos médicos tratan de determinar la gravedad de sus síntomas y evaluar su historial de contactos. Fotografía de Fathema Murtaza.
Los pacientes admitidos en el centro de tratamiento de Ébola pasan a la tienda de triage. Ahí los equipos médicos tratan de determinar la gravedad de sus síntomas y evaluar su historial de contactos. Fotografía de Fathema Murtaza.

  Una vez que mi turno ha terminado, me dirijo a la valla y resumo   todos los detalles de los pacientes que he visto y de las actividades que he realizado. Uno de mis compañeros al otro lado de la valla escribe de manera resumida lo que le digo ya que nada de lo que utilizo en la zona de alto riesgo puede salir de ahí.

Después comienzo a desvestirme y a lavarme con cloro, siguiendo un protocolo estructurado y bajo la continua observación directa de otro trabajador.

Una vez que estoy fuera me entero de que otros tres pacientes han muerto desde que comencé la ronda, incluida la niña de dos años. Y son sólo las 10 de la mañana….

  El resto del día tiene sus altibajos. Todos los días tenemos un grupo de supervivientes al que damos de alta. Siempre ocurre a ritmo de tambores y cornetas; y nos recuerda que éste también es un lugar de vida. Hay personas con una gran capacidad de recuperación.

Cuando por fin están listos para irse a sus casas, cada superviviente recibe asesoramiento y apoyo para ayudarlos a prepararse a volver al mundo exterior, a ese que se encuentra más allá de las vallas.

La llegada de más ambulancias procedentes de distintos puntos del país llenan rápidamente los huecos dejados por las personas que hemos dado de alta. A pesar de las reiteradas peticiones que hemos hecho para que se construyan más centros de tratamiento, y al contrario de lo que ocurre en Liberia, en Sierra Leona los recursos desplegados sobre el terreno siguen siendo muy escasos. Y hasta que podamos romper la cadena de transmisión, jornadas como ésta seguirán siendo nuestro día a día.

MSF empezó su intervención en Ébola en África Occidental en marzo de 2014. En la actualidad A tiene equipos presentes en Guinea, Liberia, Sierra Leona y Mali. La organización gestiona seis centros de tratamiento de casos de Ébola con una capacidad total de más de 600 camas. Desde marzo, MSF ha admitido más de 6.700 personas, de las cuales aproximadamente 4000 dieron positivo por Ébola, y casi 1.900 de ellas se han recuperado. MSF cuenta actualmente con unos 300 trabajadores internacionales en la región y más de 3.000 trabajadores locales.

El brote de ébola provoca un aumento de los matrimonios forzados

Christiana, Youth Blogger de Plan International en Sierra Leona

Mi nombre es Christiana. Tengo 17 años y vivo en una pequeña aldea en el distrito de Moyamba, al sur de Sierra Leona. Perdí a mi padre cuando era un bebé y mi madre es comerciante.

He vivido los problemas que afectan al derecho de las niñas a la educación. Me obligaron a casarme. Por eso quiero alzar la voz para frenar el matrimonio forzado en Sierra Leona y en todo el mundo.

Tuve que dejar el colegio dos veces: cuando tenía 7 años en primaria y luego en secundaria durante un curso. Volví al colegio hace un año.

En mi colegio, Plan Sierra Leona estableció un club de niñas dentro del Proyecto Girl Power. Fui seleccionada por mis compañeros para ser la presidenta porque mi meta es ser embajadora por la educación de las niñas y contra el matrimonio forzado, los embarazos adolescentes y la mutilación genital femenina.

Chistiana habla sobre matrimonios forzados a las niñas de su comunidad

Chistiana habla sobre matrimonios forzados a las niñas de su comunidad

Escuelas vacías y abandonadas

Antes del brote de ébola, teníamos reuniones en grupo, con educadores dentro de la comunidad y visitas casa a casa para promocionar la educación de las niñas y desincentivar el matrimonio forzado, que es una práctica muy común en nuestra comunidad. A menudo digo que “si plantas un árbol y lo dejas crecer, entonces puedes esperar una fruta fresca”.

Ahora es imposible reunirnos como grupo porque las escuelas están cerradas. En mi aldea, las cosas han cambiado completamente desde que el gobierno decretó una emergencia sanitaria y prohibió todas las reuniones públicas. Los colegios están vacíos como un nido abandonado. Algunos colegios de la zona están llenos de maleza y sucios y se han empezado a usar como centros de cuarentena.

147 niñas embarazadas

Estoy muy triste. Estar en el colegio protege a las niñas de los embarazos y los matrimonios tempranos. Muchas de mis amigas están embarazadas y me he dado cuenta de que algunas han sido obligadas a casarse. Ya no podemos abogar en su nombre, ya no podemos ir a sus casas.

La pasada semana un trabajador social estuvo hablando en la emisora de radio de concienciación infantil del distrito sobre la situación de las niñas y los jóvenes. Según este trabajador, 147 niñas del distrito están embarazadas como consecuencia indirecta de este brote de ébola.

Yo puedo ofrecer un ejemplo de una niña de mi propia comunidad. Tiene 16 años. Un hombre mayor la dejó embarazada y sus padres la enviaron a vivir con ese hombre.

Ocultar la vergüenza con matrimonios tempranos

En mi zona, la gente piensa que es una falta de respeto hacia la familia que una chica se quede embarazada. En algunas familias, las niñas son obligadas a casarse con los hombres para ocultar la vergüenza de la familia. Alguna gente también cree que las niñas pueden entregarse a hombres mayores para ayudar a la familia.

Poner fin al matrimonio infantil en Sierra Leona es algo que necesita de la ayuda de los líderes locales. Yo he oído que existen estatutos locales para acabar con el ébola en algunas comunidades. Creo que estos líderes locales también deberían aprobar estatutos locales contra el matrimonio temprano ahora que el ébola está afectando de esta manera a las niñas.

En mi distrito empezamos a registrar casos de ébola el 19 de agosto. Me preocupé. Pasaba noches en vela preocupada por los mensajes de que el ébola iba a provocar el cierre de colegios, iba a afectar a nuestra economía y, en el peor de los casos, iba a hacer que perdiese a mis seres queridos o incluso mi vida.

Perdimos a algunos niños y jóvenes de nuestra comunidad, a algunos líderes locales, a un líder religioso y a algunos familiares de mis amigos.

En cuarentena y aislados

La situación ha empeorado, mi comunidad está en cuarentena y estamos aislados. He aprendido algunas palabras horribles: casas en cuarentena, centros de transición, cloro, kits para lavarse las manos, centros de tratamiento…Los parques de juego están abandonados.

No hay electricidad, así que todos los días camino hasta el pueblo de al lado para cargar el móvil y comunicarme con los jóvenes de Plan Internacional que también están viviendo en pueblos en cuarentena. Menos mal que Plan Sierra Leona me está ofreciendo crédito y el espacio para comunicarme con los jóvenes que están comprometidos con las actividades de respuesta al ébola.

Plan Sierra Leona y otras organizaciones lo han estado haciendo bien pero creo que se puede hacer más. Hay montones de historias de niñas jóvenes que están siendo obligadas a casarse en mi comunidad. Necesitamos ayuda ahora.

Algunas niñas han sobrevivido al virus, pero han perdido a toda su familia. Todos los días hay huérfanos que mueren.  ¿Qué esperanza nos queda? Volver al colegio será un gran reto para muchas chicas por que tendrán que cuidar de sus hermanos pequeños mientras intentan volver a estudiar.

Ébola en Sierra Leona: “¿Cómo puedo explicarle la muerte a un niño de cuatro años cuando apenas yo la entiendo?”

Por Anne Boher desde Kenema, Sierra Leona.

Amadou tiene cuatro años, antes de las cinco de la mañana despierta a su hermana María porque tiene dolor de cabeza y no puede dormir. Le pregunta dónde está su madre. Es la misma pregunta que le ha hecho casi a diario desde que fue dado de alta de la unidad de tratamiento del ébola en Kenema, hace ya casi dos meses.

María, tiene quince años. Me sorprende que no se enfade porque su hermano la despierte tan temprano. Al contrario, suavemente lo acuna en su cama y lo arropa con su fina manta mientras lo acaricia para que se calme.

Amadou y su hermana, Awa, en la casa familiar en Kenema, Sierra Leona. (© UNICEF Sierra Leona / 2014 / Bindra)

Amadou y su hermana, Awa, en la casa familiar en Kenema, Sierra Leona. (© UNICEF Sierra Leona / 2014 / Bindra)

“No sé qué decirle,” me dice María. “¿Cómo puedo explicarle la muerte a un niño de cuatro años cuando apenas yo la entiendo? Se supone que ésta no es mi responsabilidad”.  A María la han obligado a crecer rápidamente.

Cerca de 600 niños han perdido a uno o ambos padres a causa del ébola desde el inicio del brote en Sierra Leona. En todo el África occidental, los niños huérfanos se enfrentan al estigma y al rechazo de sus comunidades y de sus familiares. Especialmente si han sobrevivido a la enfermedad. Como María, muchos se han visto obligados a crecer deprisa.

“Mi madre fue la primera en caer enferma, después de ayudar a una mujer enferma en el barrio”, me cuenta. “Ella pensó que tenía la malaria, pero su condición empeoró rápidamente. Llamaron a una ambulancia y fue llevada de urgencia al Hospital Público de Kenema. Fue la última vez que la vi”.

Su madre murió pocos días después, pero el hospital no anunció su muerte hasta un mes después.

“Estoy tan triste. Cuando mi madre estaba viva, solía animarme “, explica. “Hablábamos mucho. Nos reíamos antes de ir a la cama. Nos lo hemos pasado muy bien juntas. Desde su muerte, nadie habla conmigo como ella lo hacía. La echo muchísimo de menos, a ella, el amor que me daba, todo… Un día estábamos sentadas en silencio y me contó la historia de su relación con mi papá, su separación, su viaje al extranjero, muchas cosas que no sabía “.

Mientras que muchas familias han tenido que crecer para acoger a los niños huérfanos de parientes lejanos, María ha perdido a gran parte de su familia por el virus, también a la lejana, así que sólo cuenta con la ayuda de algunos vecinos para salir adelante.

“No tengo tiempo para llorar la muerte de mi madre. Tengo que concentrarme en tratar de hacer a Amadou y a Awa [su hermana menor] felices “, explica María. “Yo cocino para ellos, y puedo limpiar la casa. Los vecinos tenían miedo de nosotros al principio, pero después de que los trabajadores sociales hablaran con ellos, empezaron a darnos un poco de arroz de vez en cuando. Aún así, nos faltan recursos y nos enfrentamos a muchos desafíos. ”

Algunos de sus amigos han huido de ella, me cuenta. “Muchos no quieren hablar conmigo nunca más, me tienen miedo. La hermana de mi mejor amigo también contrajo la enfermedad, así que hablo bastante con él sobre cómo es tener ébola, sobre cómo me sentía cuando mi mamá se enfermó, compartimos miedos y esperanzas”.

“Sabes, lo peor es no poder volver a la escuela. Mi madre me prometió que podría tener una educación “, me explica María. “Ella quería que yo fuera enfermera, pero ahora las escuelas están cerradas y me temo que no podré regresar cuando se vuelvan a abrir “.

A pesar de tener que enfrentarse a dificultades que jamás imaginó, María mantiene la esperanza. “En primer lugar voy a cuidar de mi hermano y de mi hermana, luego cuidaré también a la gente que lo necesite. Debe haber alguna razón por la cual hemos sobrevivido, así que no tenemos más remedio que seguir sobreviviendo“.

María, de quince años, en su casa con su hermano y hermana. (© UNICEF Sierra Leona / 2014 / Bindra)

María, de quince años, en su casa con su hermano y hermana. (© UNICEF Sierra Leona / 2014 / Bindra)

Ébola: una carrera de fondo

Por Patricia Carrick. Enfermera de Médicos de Sin Fronteras en Sierra Leona.

Ponerse el traje de protección para acceder a la zona de riesgo, donde se encuentran los pacientes que han dado positivo por Ébola y donde realizamos la mayor parte de nuestro trabajo médico, lleva bastante tiempo. Algunas veces me recuerda a cuando vistes a los niños con el uniforme completo de hockey hielo. Incluso sucede que, al igual que los niños, una vez que te has vestido te entran ganas de ir al baño. Debo de reconocer, aunque a regañadientes, que esto de envejecer tiene algunas desventajas.

Una vez que te has puesto el mono de plástico que no es transpirable, los dos pares de guantes, la capucha, las gafas que no se empañan y las pesadas botas de plástico, bajo los más de 32 ºC que golpean la tarde, comienzas una carrera de fondo contra el tiempo.

Enfermeras preparan el reparto de comidas a los pacientes en la zona de alto riesgo. La comida se distribuye en envases desechables que son eleminados en el propio centro.

Enfermeras preparan el reparto de comidas a los pacientes en la zona de alto riesgo. La comida se distribuye en envases desechables que son eleminados en el propio centro. Fotografía: Fathema Murtaza/MSF

Tienes que moverte con cuidado para evitar cualquier contacto que pueda poner en peligro la integridad de tu equipo de protección o de tu compañero: no caerte, no realizar movimientos innecesarios, pero, aun así, tienes que hacerlo mientras llevas a cabo el mayor número de tareas posibles durante el tiempo que estás en la zona de riesgo. En esta ocasión estuvimos una hora dentro. Siendo nueva y recién llegada, salí agotada y temblando.

Esta vez, entramos para preparar el alta de una paciente. Se trata una mujer mayor, ciega y que no puede de andar pero que, asombrosamente, ha superado el virus.

Hasta el momento, y a pesar de que había vencido a la enfermedad, se mantenía reticente a abandonar el centro de tratamiento. Quizás temía encontrarse aislada a causa de su discapacidad o no tener para comer. Aquí en el centro de Kailahun había recibido tres comidas al día; recibía saludos y cariño.

Los promotores de salud, la versión en Médicos Sin Fronteras (MSF) de los trabajadores sociales, la llevaron en un vehículo de la organización hasta un punto de encuentro, donde un sobrino, les recibió y se comprometió a acompañar a su tía hasta su casa. Ha vuelto a su antigua vida, se ha recuperado de la terrible enfermedad, pero no sabemos qué futuro le espera.

“No podemos hacer nada por ella, Patricia”

Pasan los días y la gente se sigue muriendo: en ambulancias mientras vienen hacia nosotros, silenciosamente en las esquinas de nuestro centro, bajo las camas, o mientras se desplazan con grandes dificultades, víctimas de esta terrible enfermedad. Las últimas fases de esta enfermedad son, en muchos casos, agonizantes.

Esta es la verdad que los medios de comunicación y las estadísticas no pueden describir; es el día a día que vemos los que estamos aquí.

Ayer por la tarde fui a dar de alta a pacientes junto a Konneh, el responsable de uno de los cuatro equipos de enfermeros locales de  MSF del centro para pacientes de Ébola de Kailahun, Sierra Leona. En el área que llamamos “C2” (allí donde están los pacientes cuyos dos test resultaron positivos), encontramos el cuerpo de una mujer bajo la cama de otra paciente, una aterrorizada niña de unos 11 años.

El rostro de la mujer sobresalía de debajo de la cama y mostraba un gesto de tensión extrema, una expresión que, desgraciadamente, estoy aprendiendo a reconocer. Todavía respiraba, pero no pudo responder, siquiera gemir.

A pesar de la introducción que realizamos en Bruselas, de las formaciones en Freetown, Bo y Kailahun, de la acumulación cada vez mayor de historias y de mi propia experiencia, admito que me quedé atónita. Me di cuenta de que no había nada, absolutamente nada que hacer. Me volví estupefacta hacia Konneh y, bendito sea, desde las profundidades de su traje de protección personal, tuvo la compasión de decírmelo en pocas palabras: “No podemos hacer nada por ella, Patricia”. No pudimos moverla, levantarla; ni siquiera sacarla de debajo de la cama. No teníamos el equipo adecuado, el tiempo y la energía eran limitados, y habíamos entrado para cumplir otras tareas: dar de alta a los supervivientes. Fue un punto y aparte.

Un higienista guía el proceso de desvertirse y rocía con una solución de cloro cada uno de los elementos del traje de protección. Fotografía: Fathema Murtaza/MSF

Un higienista guía el proceso de desvertirse y rocía con una solución de cloro cada uno de los elementos del traje de protección. Fotografía: Fathema Murtaza/MSF

Movimos a la niña a la otra cama y tratamos de hacer que se sintiese cómoda. Volcamos la cama que cubría a la mujer para quitarla de la visión de la niña y para que nosotros pudiésemos verla mejor. Sí, respiraba, pero se estaba muriendo. La tapamos con su manta, en el suelo, porque el viento había ganado intensidad y la lluvia había comenzado a arreciar, haciendo que la temperatura bajase. Y se quedó ahí, la dejamos ahí.