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Maldita sea, al Ébola se le puede vencer

05 octubre 2012

Por J. Mas Campos, coordinador de Emergencias de Médicos Sin Fronteras en Kivu Sur, República Democrática del Congo*

13:00 horas, escala en Bunia, salto a un Grand Caravan de doce pasajeros cuyo piloto es un mzungu[1] que habla kiswahili porque se crió en las afueras de Bukavu. No sé por qué recuerdo al escritor John Maxwell Coetzee, a los afrikaners, a Sudáfrica, si nunca estuve allí.

Tras dos semanas de Ébola, viajo a París a un curso de formación de emergencias, el más reputado de cuantos MSF Épicentre imparte: epidemiología, desnutrición, campañas de vacunación, cólera, etcétera. Creo que esto de las emergencias va a insuflarme nuevo coraje y agallas: realmente es ahí donde el trabajo de Médicos Sin Fronteras marca más la diferencia.

Antes de tomar las avionetas para salir de la Provincia Oriental, coordino la última reunión de la mañana y entrego mis particulares armas (el móvil y el ordenador, la pistola y la placa) a un veterano que aterriza para reemplazarme. Cierro con una despedida sincera (“ha sido un honor trabajar codo con codo con vosotros”) y una concesión a la galería, un chascarrillo popularizado aquí entre los nacidos en los 70: al estilo del capitán Furillo de Canción triste de Hill Street, a cuya voz mis compañeros asemejan la mía, termino con un “tengan cuidado ahí fuera”. Carcajadas entre los españoles que compartimos el universo de fetiches y referencias; los congoleños no entienden nada, pero nos citamos en los Kivus. Nos decimos adiós calurosamente sin tocarnos. Me regalan un sombrero en cuero de cowboy. Ahora sí que voy a ser todo un pintas.

La avioneta cabecea zarandeada entre las nubes por una súbita tormenta. Los cielos se han entenebrecido de repente y las lluvias se arremolinan alrededor de la nave azotando los cristales de la cabina con virulencia. La pareja de ancianos africanos que viaja a mis espaldas debe pensar que este mzungu está loco…y es que me he echado el sombrero sobre los ojos e intento proseguir mi cabezada.

Si no manifiesto síntomas (fiebre, vómitos, diarrea, etcétera) en los próximos 21 días, confirmaremos que no habré caído enfermo de Ébola. No hay necesidad de cuarentenas, cada vez sabemos más del enemigo, pero en el pasado, cuando existía el miedo a causa de su absoluto misterio, había muchas más cautelas. Miro por la ventanilla: bajo el mar embravecido de la borrasca, la luz del día se refleja en el horizonte al rebotar el resplandor solar contra la cúpula celeste. Tengo ganas de fumar, de echar una cerveza.

Este mes de septiembre he aprendido varias cosas sobre el Ébola, pero sólo una fundamental: se le puede vencer. Al Ébola se le puede vencer. He visto a un hombre de 78 años, un hombre que había perdido a la mitad de su familia por la malaventura de estas fiebres hemorrágicas, sobrevivir a la incubación y contagio: Papá Gaga, un pastor de una iglesia que se quejaba en la guardia de confirmados de “dolor de articulaciones”. También he presenciado en cambio cómo una joven de 19 años perecía de Ébola en la cama de al lado.

Es paradójico que salga de esta experiencia esperanzado. Pero es cierto: la supervivencia, la propia existencia, depende de uno, de tu sistema inmune, de la resistencia que plantes. Esa convicción me persuade nuevamente y me concilia con nuestra naturaleza valiente y cobarde. El destino es mitad carácter; la otra mitad, llamémosle hado, fortuna o azar, propone embustera el combate. Lo peor de este virus es que puede acabar con familias enteras, porque la transmisión es más fácil cuanto más estrecho sea el contacto entre humanos.

Triste, real, metafóricamente angustiosa, la vil manera en la que el Ébola se prevale de quienes más te quieren para matarte. El último ‘sms’ antes de embarcar me informó de que tenemos cuatro positivos confirmados. Y yo me tengo que marchar. Pero me resisto, me revuelvo en el asiento tras el copiloto dentro de la cabina de la avioneta, que sigue surcando la tormenta, forcejeo en el aire con esos fantasmas personales, y sentencio: al Ébola se le puede vencer. Sonrío.

A París desde RDC me va a llevar dos días llegar. A veces este trabajo se entrevera en estos contrastes tan brutales: de la interdicción del contacto humano, la angustia asfixiante de la escafandra y el olor a cloro constante, a pasear por los empedrados de París por primera vez en 15 años.

Si alguien conoce bien la ciudad, por favor, sea tan amable de recomendarme un cálido restaurante donde no sirvan mal vino y las viandas no me cuesten un riñón. Claro que quién va a querer un riñón de un posible contacto de Ébola… Qué diablos, suerte tendré si en el curso de formación me dan la mano… (humor negro de emergencias, muy común, ya sé, me estoy tarando).

Voy a Europa en bancarrota, casi sin un céntimo, y en las últimas. Las tarjetas y el teléfono las despaché en valija urgente hacia Bukavu cuando, en el tránsito hacia la misión del Ébola, hice escala en Goma. Así que solamente traigo la envejecida ropa de terreno, algunas camisas arrugadas y una barba de varios días. Y un sombrero en cuero de cowboy.

La tormentita amaina y el sol escarda la lana de las nubes. Joder, sólo quería escribir cinco frases, y me embalo y acabo como siempre… Maldita sea, el condenado pendientito de Hauts-Plateaux me sigue mortificando como el primer día y no me deja dormir de este lado. Me incorporo, olfateo al piloto y al frente veo Entebbe, el aeropuerto de Kampala, Uganda. Aquí me quedé encallado hace un par de años por un tema de visado cuando debía volver a Dolo Ado (Etiopía).

Recuerdo que el pequeño hostal donde nos alojamos en aquella ocasión tenía algunas vistas nocturnas fabulosas de las colinas de Kampala. Como las luces que se contemplan desde ese restaurante italiano abierto a la bahía de colinas de Kigali. Esa va a ser la prioridad principal del día: tomar una cerveza de noche delante de un bonito panorama.

Ah… y encontrar una lavadora.

15 horas. Kampala.

Por la noche, escribo un correo a Barcelona proponiéndome de nuevo, a mi regreso de París, para continuar coordinando la emergencia del Ébola en caso de que no encuentren a nadie.

 

 * Pepe es, desde el pasado mes de julio, responsable del RUSK, equipo de “Réponse d’Urgence Sud Kivu” (Equipo de Respuesta de Emergencia en Kivu Sur), en República Democrática del Congo. Puedes leer también su primer post desde RDC, “Los demonios de mi personal bestiario”.

 Foto: Médicos de MSF se preparan para trata a pacientes con ébola en RDCongo, septiembre de 2012 (© Teresa Sancristóval/MSF).


[1] Término en África meridional, central y oriental para una persona de origen extranjero. Traducido literalmente, significa “alguien que deambula sin rumbo fijo” o “vagabundo sin rumbo”.

Los demonios de mi personal bestiario

01 octubre 2012

Por J. Mas Campos, coordinador de Emergencias de Médicos Sin Fronteras en Kivu Sur, República Democrática del Congo*

Jueves, 11:00 horas. Vuelo en una minúscula avioneta de hélices de cuatro pasajeros (más pequeña aún que aquella de la que salté en paracaídas), dibujando el trayecto Isiro–Bunia, en la Provincia Oriental de la República Democrática del Congo (RDC). Una sabana verde y frondosa, como musgo bullente de vida, se extiende bajo nuestra ruta. Me acuerdo de El paciente inglés, pero ni aquí hay desierto ni yo soy muy paciente. Saco una libreta de hojas rayadas. Me prometo escribir poco.

Hace dos semanas regresé a RDC previo briefing** en Barcelona. Al vuelo me agarran no bien entro en la sede y me despachan a la emergencia de Ébola de la Provincia Oriental, ubicada fuera de mi hábitat natural: los Kivus, las armas. “Ve a formarte, chaval, que los ébolas van a abundar los próximos años y nos tenemos que experimentar”, me dicen los jefes.

El Ébola, tantas veces llevado a la gran pantalla, es una fiebre hemorrágica vírica que mata a entre el 30 y el 90% de los que la contraen. La tragedia: se desconoce todavía el reservorio original (¿monos? ¿murciélagos?), pero el mal se contagia por contacto entre humanos, en concreto a través de los fluidos corporales. En estas misiones está prohibido tocarse y hay que lavarse las manos con agua clorada de distintas soluciones docenas de veces al día: así se crea un estado de alerta que ayuda a establecer medidas higiénicas y de control básicas.

Es igualmente por eso por lo que hay que vestirse de cosmonauta en la antecámara del pabellón de tratamiento, y a la salida te pulverizan sistemáticamente antes de asegurarse de que estés “desinfectado”. Por eso llevamos doble guante, doble capa, por el acaso de si alguna se rajara y fatalmente hiciera contacto piel a piel con los pacientes. Miento a mi familia diciéndole que vuelvo a los Kivus para que no tengan miedo.

Paso varios días profesionalmente jodido, cuestionándome y sintiéndome completamente imbécil, inútil, sin sentido. El último día y medio en cambio es adrenalínico y me recobra de nuevo para la batalla: me percato de que sin querer he aprendido tanto que he encontrado cosas fascinantes. Creo que he vuelto a enamorarme de este trabajo.

Pero me pasa lo mismo que me ocurre siempre: marché de Etiopía antes de que explotase la emergencia de desplazados de Somalia, de Yemen cuando los houthis amenazaban con sus invasiones bárbaras, de Hauts Plateaux (RDC), lugar en el que había muchos casos de violencia sexual, cuando se suspendían temporalmente las clínicas móviles, y ahora me voy del Ébola justo cuando se han confirmado nuevos casos y la epidemia aún está lejos de extinguirse…

Cómo jode marcharse cuando las cosas se ponen  feas. Disculpen, ya saben, los demonios de mi personal bestiario.

(Continuará)

 

 * Pepe es, desde el pasado mes de julio, responsable del RUSK, equipo de “Réponse d’Urgence Sud Kivu” (Equipo de Respuesta de Emergencia en Kivu Sur), en República Democrática del Congo.

** Sesión informativa en la que el personal de MSF recibe información previa a su salida a terreno sobre contexto, funciones y el proyecto

 Foto: El equipo de emergencias de MSF en Uganda se prepara para entrar en la zona de aislamiento de pacientes de ébola en el hospital de Kagadi en la reciente epidemia de la fiebre hemorrágica (julio de 2012. © Agus Morales).

La remota Bibwe

28 septiembre 2012

 Por Angeline Wee (médico de MSF en Kitchanga, República Democrática del Congo)

Una de las áreas en las que trabajamos cuando estamos en la montaña congoleña es una aldea llamada Bibwe. Es remota. Apenas hay vehículos que lleguen hasta allí y hay una densa vegetación a ambos lados de la carretera. Somos la única ONG que trabaja en la zona. Otra organización no gubernamental ha rehabilitado la carretera justo hasta Bibwe. Es fascinante ver donde termina la carretera y comienza el bosque.

Durante el último año, nuestro equipo había estado haciendo semanalmente clínicas móviles en Bibwe. En marzo, después de intensos trabajos de reparación y construcción, finalmente se estableció un centro de salud permanente que ofrecía un paquete básico de atención primaria de salud, atendida por enfermeras del Ministerio de Salud.

Poco después, comenzaron los enfrentamientos entre los diferentes grupos armados. Cientos de familias abandonaron Bibwe para  ir a aldeas más seguras y el pueblo fue saqueado. Nuestro personal también se vio obligado a evacuar por seguridad. El centro de salud fue saqueado dos veces… medicamentos y muebles robados… el sistema de agua y saneamiento destrozado… Los asaltantes rompieron el hormigón que cubre los depósitos de desechos pensando había dinero escondido, destrozaron el depósito de agua con machetes, rompieron las letrinas, robaron los techados de plástico…

Al final pudimos volver a Bibwe en mayo. Fue un comienzo muy lento ya que nuestros viajes se vieron interrumpidos a menudo por razones de seguridad y el centro de salud sólo podía funcionar como un puesto con los servicios más básicos. Fue una época frustrante para todos.

La asistencia en los partos es una parte integral del proyecto.  Sin embargo, no fuimos capaces de proporcionar este servicio durante varias semanas, ya que no contábamos con materiales adecuados. Se les pidió a las mujeres que fueran a parir a Mpati, donde hay un centro de salud al que también apoyamos. Pero para llegar hay a Mpati desde Bibwe, hay que caminar más de 2 horas. Esto y la inseguridad hizo que las mujeres prefirieran dar a luz en su casa.

Pasear por Bibwe era muy triste. Lo que antes era un pueblo animado había quedado reducido a una colección de casas quemadas. Un día, charlé con algunas mujeres que volvían de sus campos de cultivo. Se dirigían a Mpati. Les pregunté si el viaje era seguro. Se encogieron de hombros, sonriendo. “Depende de la suerte que tengamos. A veces nadie nos detiene. A veces nos detienen hombres armados y nos pueden robar todo o nos dejan algo. No son violentos siempre y cuando hagamos lo que ellos digan. Ya nos han robado todo el maíz, pero al menos nos quedan otros cultivos “.

Algunas semanas después, por fin conseguimos recuperar los tanques de agua, muebles y otros materiales. Hemos empezado a nuestros servicios de maternidad y volvemos a ser un centro de salud.

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Fotografía: Mujeres a la espera de ser atendidas en Kivu Norte, República Democrática del Congo (© Peter Casaer).

 

Agua

11 septiembre 2012

Por Angeline Wee (es médico para MSF en Kitchanga, en República Democrática del Congo)

Hace unos meses, en mayo, hubo un desplazamiento masivo de la población debido al movimiento de grupos armados en las montañas. Muchas de las familias provenían principalmente de tres aldeas – Nyange, Bibwe y Kitso. Ahora estas aldeas han quedado integradas en Mpati.

Los desplazados se encuentran principalmente en las colinas alrededor de nuestro centro de salud y en una base de la ONU cerca. Nuestro equipo fue el encargado de llevar a cabo una evaluación rápida inicial de las necesidades de estos desplazados. En ese momento, nuestros trabajadores sociales nos había ayudado con el recuento de la población y la evaluación.

Nuestro equipo Watsan trabaja investigando las fuentes de agua. En mayo, contamos 1.830 personas, todos ellos, estaban usando los 4 letrinas de nuestro centro de salud y una fuente de agua contaminada en el fondo de un valle.

Como resultado del cuestionario de ejercicio y de la comunidad que administra, hemos sido capaces de generar una cantidad significativa de datos y transmitir las necesidades de la población a otras ONG y los WASH (agua / saneamiento) . Desde entonces, se había llevado a cabo una distribución de jabón y construido 40 letrinas. Solidarité, un actor de WASH, construyó otras 112 letrinas, duchas, desenterraron las áreas de residuos y rehabilitó la fuente de agua.

Nuestro trabajo nunca se termina.. Nuestros agentes de extensión realizaron otro recuento de la población en junio. La población de desplazados desde entonces ha aumentado a 6.320 personas.  La relación de las personas con las letrinas es de 41,6 personas por letrina. Con una única fuente de agua disponible, cada persona tiene un promedio de sólo 4,2 litros de agua por día para todas sus necesidades (beber, cocinar y limpiar). Así como un punto de referencia, utilizamos las directrices establecidas por el Proyecto Esfera. Este proyecto se puso en marcha en 1997 para desarrollar un conjunto de normas mínimas universales en áreas básicas de asistencia humanitaria. Se recomienda que sólo debe haber 250 personas por grifo y se calcula que las necesidades totales de agua básicos por persona son de 7.5-15L por día.

Este es un campo de desplazados es reconocido oficialmente y por lo tanto los desplazados califican para la ayuda. Dentro de los nuevos desplazados, sólo el grupo de Nyange puede beneficiarse de la ayuda, ya que vienen de otro campamento oficialmente reconocido.

Los desplazados restantes no califican para la ayuda, en el sentido de que no están en una lista oficial cuando hay una distribución de alimentos y artículos no alimentarios. Debido a la inseguridad en la zona, no han sido capaces de ir a sus campos o tierras de pastoreo. Su situación se ha vuelto más desesperada con el tiempo. Algunas familias se han visto obligadas a robar a sus vecinos y la comida de los campos cercanos. Esto ha creado una tensión en el campamento.
A menudo levantar las manos en la desesperación. Justo cuando las cosas empiezan a intervenir y levantar la vista, nuevos problemas surgen. Una vez le pregunté a Claudio por qué trabaja para MSF. Se encogió de hombros y dijo … ‘, así puedo usar mis habilidades con las personas adecuadas en el lugar adecuado “.

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Fotografía: Mujeres  a las afueras de la ciudad de Kitchanga en el norte de la provincia de Kivu, República Democrática del Congo. © Michael Goldfarb

Cólera, barcazas y pepitas de oro

24 julio 2012

Por Agus Morales (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)*

Como sé que nuestros lectores son muy románticos, hoy traigo una historia africana para alimentar su natural inclinación a lo extraordinario. Es el relato de cómo se atendió una emergencia médica en un lugar remoto del Congo, donde la vida transcurre con cachaza, ajena al mundanal ruido y la inmediatez de las redes sociales. Me dispongo a contarlo no sin antes contestar un par de mensajes en Twitter.

José Sánchez es enfermero y trabaja con Médicos Sin Fronteras desde abril de 2010. Tiene 36 años y es de la ciudad malagueña de Ronda. Ahora se encuentra lejos de allí: en la provincia congolesa de Kivu del Sur, fronteriza con Ruanda. En mayo estalló una emergencia de cólera en el poblado de Ndea, situado en esta zona. “Había una veintena de casos y nuestro equipo montó una unidad de tratamiento de cólera”, explica el enfermero.

Contado de esta forma parece muy sencillo. Él mismo comprobó que no lo fue. A nuestro malagueño le tocó viajar a Ndea con un equipo de emergencia de 19 personas, incluidos 15 porteadores. La misión era ampliar la unidad de tratamiento de cólera y socorrer a los afectados. Pero no hay carreteras que lleven a Ndea. El primer día, echaron siete horas a pie desde el último lugar transitable por vehículos hasta un pueblo a mitad de camino donde hicieron noche. “El camino estaba lleno de barro, tuvimos que atravesar siete u ocho ríos, algunos en tronco, otros en barcaza o piragua… Por eso se tarda tanto, en realidad no está tan lejos”, dice José.

Al día siguiente, el equipo tuvo que caminar durante otras fatídicas seis horas hasta llegar a Ndea. “Es una zona de minas de oro. Encontramos por el camino a congoleses que escarbaban la pared, tiraban la tierra a la orilla y allí limpiaban las pepitas de oro”, relata el enfermero, quizá poseído de forma pasajera por Gabriel García Márquez. Ndea es un pueblo de mineros sin alcalde, en el que el interlocutor del equipo fue el gerente de las minas. “Al llegar, solo había una persona en la unidad de tratamiento de cólera, pero pronto empezaron a aumentar los casos”, recuerda José.

En este Macondo congolés les esperaba una dieta especial. “Solo había hoja de mandioca y carne de caza. El primer día que comí carne pensé que era pollo pero me di cuenta de que tenía muchas costillas. La gente me decía: ‘¿Qué, te gusta el mono?’. La cocinera me explicó luego que, para comer, solo había mono y a veces pato o pollo”. El andaluz puntualiza que el mono siempre iba acompañado de salsa y fufú, el elástico pan típico del Congo.

Entre manjar y manjar, llegó a Ndea una carta que alertaba de casos de diarrea en pueblos cercanos. Llegaron a uno de ellos, Tchombi, y trataron a numerosas personas que habían contraído cólera. Cumplida la misión**, la expedición partió entonces, por fin, de vuelta a la civilización (otra vez caminos de barro, ríos, pepitas de oro), de donde ya salía otro equipo de MSF dispuesto a continuar con la mística y, sobre todo, a salvar vidas.

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* Agus Morales es responsable de prensa en emergencias de MSF. Acaba de regresar de República Democrática del Congo. Puedes leer aquí su anterior post, “Una foto para Bembeleza”.

**Médicos Sin Fronteras trató 41 casos de cólera en Ndea y 55 en Tchombi durante la intervención de emergencia que lanzó entre mayo y junio de este año.

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Fotos: Equipo de MSF de camino a Ndea por caminos inexistentes y cruzando zona minera (© Henry Ali N’Simbo).

Una foto para Bembeleza

04 julio 2012

Por Agus Morales (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)*

“Hombres armados llegaron a nuestra aldea para quemar casas y matarnos. Tuve que huir. Mis nueve hijos vivían conmigo pero ahora no sé dónde están, no sé si están vivos o no”.

Estamos en el poblado de Minova, en la ribera congolesa del lago Kivu. Ndalinyichi Muhima, una viuda de 54 años, se refugia en un edificio en construcción que acoge a decenas de personas que, como ella, han huido de la violencia. “Vine aquí sola”, cuenta Muhima, que perdió a su marido hace tres años.

Esta vivienda fue la señal de alarma para que Médicos Sin Fronteras lanzara una intervención de emergencia en Minova y en la localidad vecina de Kalungu. Nuestro equipo detectó que una avalancha de desplazados propiciada por dos conflictos diferentes estaba llegando del norte y el noroeste. A veces esto no es fácil de comprobar, porque los desplazados se integran en los núcleos de población o son acogidos por los autóctonos.

En esta zona del Congo oriental aún hay ecos del genocidio ruandés. Diferentes comunidades sufren ataques de grupos armados en las provincias de Kivu, fronterizas con Ruanda. Las fuerzas congolesas luchan también contra organizaciones armadas rebeldes. El puzzle es complejo y no solo responde a la violencia étnica sino al control por los recursos naturales y el dominio territorial.

Cosidos al exuberante paisaje de Kivu encontramos, como parches, antiguos campos de desplazados que se han convertido en asentamientos y otros nuevos que recuerdan la permanencia del conflicto. Son cicatrices que se reabren. Shamamba Katone, de 69 años, calcula que ha tenido que huir de los combates unas ocho veces a lo largo de su vida. “Vas y luego vuelves; vas y luego vuelves… Y cuando has vuelto te das cuenta de que tu casa ha sido quemada”, lamenta este congolés, a quien le cuesta recordar un periodo de paz en la región.

Pero la tragedia humana no solo responde al machete y el kaláshnikov: la falta de comida y atención médica y enfermedades como la malaria golpean a un pueblo ya maltratado por la violencia. En Kalungu, MSF intenta aliviar el sufrimiento de los desplazados. “Apoyamos un centro de atención primaria, que incluye servicios de maternidad y consultas prenatales. Referimos los casos de urgencia al hospital de Kalungu”, resume Carlos Francisco, coordinador de emergencias en esta zona.

En el hospital del pueblo, MSF paga las facturas de los pacientes: antes había ocho ingresados y ahora unos 40, lo cual revela que la gente no acude al hospital por falta de recursos. Nos guía en la visita el director del centro, Jean de la Croix; en seguida bromeamos porque se llama igual que el más conocido místico español, San Juan de la Cruz.

El doctor explica el caso de niños que han sufrido malaria o desnutrición y que gracias a la hospitalización han sobrevivido. Cuando caminamos por la maternidad, una madre que acaba de dar a luz pide una instantánea a nuestro fotógrafo, Juan Carlos Tomasi. Es una desplazada que huyó de los combates en Masisi (Kivu del Norte). “Mi hijo nació anoche, hace unas horas, y quiero una foto para enseñársela cuando sea grande”, pide Bembeleza Chiba.

El nacimiento coincide con el día del aniversario de la independencia del Congo (30 de junio). Prometemos enviar por correo electrónico la foto de este hijo de la medianoche que aún no tiene nombre. Decidimos que el intermediario será el director del hospital, porque esta es una bella misión que solo un poeta puede cumplir.

 

* Agus Morales es responsable de prensa en emergencias de MSF. En estos momentos se encuentra en República Democrática del Congo junto con el fotógrafo Juan Carlos Tomasi.

Foto: Bembeleza Chiba y su hijo, aún sin nombre, en el hospital de Kalungu (© Juan Carlos Tomasi).

Día de la Malaria: Bahati, con la suerte de su lado

25 abril 2012

Por Chris Bird (Médicos Sin Fronteras, República Democrática del Congo)

Cuando se pone el sol y las crestas de las montañas de Mitumba adquieren una tonalidad azulada, puede verse una hilera de madres sentadas en un banco de madera delante del puesto de las enfermeras en la tienda de pediatría. Los niños postrados en su regazo acaban de ser admitidos. Están demasiado débiles para protestar siquiera contra las enfermeras que llevan linternas frontales para poder encontrar mejor la vena en la que colocarles el suero.

Estos niños tienen malaria severa, una mezcla de signos y síntomas, resultados de laboratorio (si es que los hay) e infección con un tipo de parásito de la malaria, el Plasmodium falciparum. Una vez que el parásito falciparum, como si de un taladro se tratase, ha entrado en el organismo a través de la probóscide de una hembra hambrienta de sangre del mosquito anofeles, se reproduce con gran rapidez y, como una microscópica bola de demolición, aplasta los glóbulos rojos, dejando a los niños sin aliento, con anemia severa, y se pega a los vasos sanguíneos del cerebro, causando ataques epilépticos, el coma y la muerte.

El tiempo lo es todo: retrasar el tratamiento multiplicará de forma descontrolada los parásitos, y el niño llegará a un punto de no retorno. Lejuif, la enfermera de guardia, y yo empezamos con el niño que parece más enfermo, un pequeño de 18 meses llamado Bahati. Sus pies están fríos, lo que indica que se encuentra en estado de shock. No responde cuando le frotamos enérgicamente el pecho, está en coma y respira agitadamente: padece un síndrome respiratorio agudo grave. Su hemoglobina, la medida de cuánto oxígeno pueden transportar sus glóbulos rojos, es muy baja. Necesita una transfusión de sangre inmediatamente.

Le trasladamos a toda prisa bajo las estrellas, desde la tienda al edificio de una planta en el que se encuentra la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). La unidad dispone de un concentrador de oxígeno, que utilizamos para ayudarle a respirar mientras le colocamos el suero, le damos medicamentos antipalúdicos y le preparamos para una transfusión.

Las familias tienen que donar sangre si un niño necesita una transfusión. La madre de Bahati ha venido andando desde la ciudad de Misisi, rica en yacimientos de oro, a 15 kilómetros de distancia, sin la compañía de su pareja. Como está embarazada, no puede donar sangre. Y en el congelador no hay sangre del grupo sanguíneo del pequeño.

Wilondja, enfermera también, regresa a la tienda de pediatría y persuade a otra de las madres para que done sangre. También empezamos a administrarle antibióticos pues no tenemos otra forma de descartar que padezca meningitis o alguna infección sanguínea, lo cual es posible porque Bahati ha sido sometido hace poco a una práctica tradicional consistente en extirpar la campanilla.

La voluntad política y los fondos para comprar mosquiteras, insecticida y medicamentos tanto para curar la enfermedad como para controlar su transmisión han salvado muchas vidas en el África subsahariana. Por ahora, no existe ninguna vacuna lo suficientemente prometedora en el horizonte.

La experiencia en este distrito de salud congoleño, Kimbi-Lulenge, parece confirmar el último Informe Mundial sobre Malaria de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de 2011, que afirma que en República Democrática del Congo los casos van en aumento, desafiando la tendencia mundial, y contra todo pronóstico.

Médicos Sin Fronteras trató un 15% más de pacientes con malaria en Kivu Sur durante los primeros dos meses de 2012, en relación a 2011. Sin embargo el nuevo proyecto de Kimbi también se ajustaría a la evaluación de la OMS según la cual el hecho de que la atención médica llegue a una población remota (más remota incluso por culpa del conflicto) conlleva un mayor registro de casos.

En la más establecida intervención de MSF en la ciudad de Baraka, a orillas del lago Tanganyika, la proporción de menores de 5 años con malaria severa en enero y febrero de este año llegó al 9,3%. En Kimbi, al 25 por ciento. La diferencia se debe probablemente a un adecuado acceso a la atención médica, ya que gran parte de la población de los alrededores de Baraka tiene a su alcance centros de atención primaria de salud con stocks fiables de antipalúdicos.

Por el contrario, en Kimbi, una zona remota en la que comenzamos a trabajar el pasado octubre, MSF ha tenido que superar complejas dificultades de aprovisionamiento. Pero ya estamos apoyando centros de salud como el de Misisi, para que los niños como Bahati puedan conseguir tratamiento más cerca de sus casas antes de caer tan enfermos. También hemos empezado a utilizar el artesunato inyectable, un antipalúdico mejor que la vieja quinina; de hecho, Kimbi es uno de los primeros proyectos del África subsahariana en los que lo estamos usando.

Tras dos días de tormentoso tratamiento y un coma con ataques epilépticos periódicos, Bahati, que en suahili significa “suerte”, con la ayuda de su nombre y de la atención del personal de enfermería en la UCI provisional, ha conseguido reponerse. Pero miles de niños morirán este año de malaria en RDC, de una enfermedad que es prevenible y curable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Foto 1: Una niña con malaria severa ingresada en el hospital de Mweso, en Kivu Norte. Junto a ella, su hermano pequeño, que no está enfermo. República Democrática del Congo, noviembre de 2011. (© Raghu Venugopal).

Foto 2: Los equipos de MSF se desplazan a las zonas más remotas de RDC para responder a brotes de malaria. República Democrática del Congo, marzo de 2012. (© Gijs Van Gassen).

Foto 3: El test de diagnóstico SD Bioline permite determinar con rapidez y de una forma sencilla si una persona tiene malaria. Con una sola gota de sangre, el test identifica una proteína específica asociada a la presencia del parásito falciparum. Los test con dos barras indican la presencia de la proteína, es decir que la persona padece malaria. Sobre los tests se registran los nombres de los pacientes y la hora en que se tomó la muestra. República Democrática del Congo, marzo de 2012 (© Gijs Van Gassen).

Patinando entre cañas mágicas de bambú

24 febrero 2012

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

De repente, tras uno de los mil recodos en este camino lleno de barro, llegamos a un bosque formado sólo por bambú. No doy crédito a mis ojos. ¡Y tan alto! Ahora sé de dónde sacaron sus cuentos los hermanos Grimm (¿acaso pasaron por aquí?, me pregunto). Es mágico, no encuentro otro calificativo para describirlo.

El camino desciende de forma abrupta. El barrizal es cada vez más resbaladizo. Es como barro espeso y negruzco transformado en hielo. Me deslizo de bambú en bambú mientras admiro la fuerza de estas altísimas maravillas de la naturaleza que crecen a una velocidad vertiginosa.

Un par de horas más tarde salimos a un camino con hierba más alta que yo. Ya no tengo ni idea de donde estoy exactamente. ¡La intensa lluvia, con gotas que me parecen diez veces más gordas de lo normal, no ayuda! Creo que puedo oír el sonido de mis calcetines resbalando dentro de mis botas, llenas de agua turbia, y pienso en la terrible peste que saldrá de ahí cuando me las quite.

Por fin Lubumba, una pequeña aldea en Itombwe Forest, nuestra meta.

Mis deseos parecen haber sido escuchados: deja de llover casi en el mismo momento en que entramos en la aldea. Decidimos acampar alrededor del centro de salud: a un lado las tiendas donde dormiremos, y al otro las tiendas para las consultas médicas. Decido dormir en la choza que me han preparado (léase: han sacado a las vacas para hacerme sitio…).

La noche cae rápidamente. Nos sentamos todos dentro de mi choza, en torno a la ‘babulla’, un pequeño hornillo de carbón tradicional, secando nuestra ropa y comiendo nuestro famoso arroz con judías, mientras nos dejamos llevar por sueños de mejor comida y de “haute cuisine” en un restaurante de cinco estrellas, en el que degustamos un sabroso cóctel de gambas y saboreamos una copa de Beaujolais a temperatura perfecta.

Me deslizo dentro del saco de dormir y casi antes de que mi cabeza toque la almohada, que me he improvisado con ropa seca, me apago como una vela en una tormenta tropical.

En medio de la noche, me despierto de repente. ¿Son moscas despertándome a estas horribles horas de la noche o es algo más? Lo sé. Mi cabeza se llena de flashes de un buen amigo mío, Philippe Havet. Fue mi jefe de Misión el año pasado aquí en Congo. Cuando estuvo con nosotros en Hauts-Plateaux, en octubre de 2010, contrajo malaria y tifus. Tuvimos que evacuarle de inmediato en helicóptero al hospital de Bukavu.

Philippe era un hombre con un corazón enorme y siempre dispuesto a ir allí donde hubiese gente necesitada. Su sentido del humor era contagioso y todo el personal, sin excepciones, le quería mucho. Me entristece profundamente darme cuenta de nuevo que ya no está entre nosotros. Fue asesinado en Mogadiscio mientras trabajaba para MSF no hace mucho**. Te echo de menos, “mon petit grand homme”. ¡Descansa en paz hermano!

Me doy cuenta de que mi trabajo para MSF no está exento de peligros. Esta organización trabaja mucho en zonas de conflicto y siempre hay riesgos, incluso cuando se imponen unas muy estrictas normas de seguridad.

Me doy cuenta de que cada vez hay menos respeto por los trabajadores humanitarios, es como si nuestro espacio operacional fuese menguando. En octubre del año pasado, dos de mis colegas, Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, fueron secuestradas en Kenia. “¡Ánimo a las dos!”, pienso. ¿Qué le depara el futuro al mundo humanitario? Ya casi no podemos hacer nuestro trabajo. Hay que hacer algo y rápido. No por mí ni por MSF siquiera, sino por las personas a las que atendemos, la gente que lo necesita. ¡Ellos son quienes más sufren!

Salgo del “Hotel Lubumba”, casi doblándome para no darme de nuevo con la cabeza como cuando entré. A la derecha, en una cerca de bambú, unas botas de agua se cuecen al primer sol de la mañana.

Ya hay toda una muchedumbre sentada a la entrada del pequeño recinto improvisado para la clínica móvil. Vienen de lejos. Entre ellos, la mujer que trajeron ayer noche dos hombres en camilla, tras caminar durante dos días, igual que nosotros. Sus rostros parecen cansados pero felices: ¡MSF ha llegado! ¡Por fin!

El bosque de Itombwe Forest es una región totalmente olvidada por otras organizaciones. El sistema de salud se derrumbó hace tiempo, si es que alguna vez existió. Tenemos trabajo que hacer… ¡y mucho!

En cuatro días, pasamos 1.100 consultas médicas. Trabajamos duro y nos sentimos satisfechos, como la propia población. Incluso asistimos el parto de una hermosa niña. Los rostros de estas personas estarán grabados en mi mente para siempre, sus sonrisas, su sentimiento de alivio, la esperanza que se refleja en sus ojos, ardiendo por saber cuándo regresaremos…

Para mí esta será la última vez. Ya ha llegado la hora de que alguien tome el relevo. Alguien con una visión fresca y nuevas ideas sobre cómo puede MSF prestar una mejor asistencia aquí. Pronto seguiré mi andadura en otra misión: Yemen. Un entorno diferente con retos distintos y ya estoy más que listo para ello…

Hasta la próxima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux

** Philippe Havet y Adrias Karel, trabajadores internacionales de MSF, fueron asesinados en un tiroteo en las oficinas de MSF en Mogadiscio, Somalia, en diciembre de 2011.

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Fotos: todas © Ferry Schippers

Foto1: El bosque de cañas mágicas de bambú.

Foto2: Centro de salud en Lubumba donde MSF establece la clínica móvil.

Foto3: “El hotel Lubumba”.

Foto4: Vista de Lubumba, con botas secándose al sol.

Foto5: Niña nacida en el parto asistido durante la clínica móvil en Lubumba.

Foto6: Ferry Schippers y el resto del equipo de la clínica móvil de MSF.

¡Nos están esperando!

20 febrero 2012

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

Caminamos en dirección a Musonjo: una larga fila de porteadores atravesando lentamente una paleta de diferentes gamas de verde, con movimientos serpenteantes, reduciendo con cada pequeño pero decidido paso la distancia a nuestra meta de hoy.

Cada paso, sin importar la dificultad que conlleve, me acerca a la meta, y ese es un pensamiento que siempre me hace sonreír.

Pienso en los invasores alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, que detuvieron su avance justo antes de llegar a estas montañas, conformándose con ocupar y controlar el Lago Tanganyika, y el más pequeño Lago Kivu. ¿Quién querría adentrarse en estas enormes montañas? ¿Y para qué?

El de hoy será un día de buen ejercicio, para relajar mis músculos un poco, sin cuestas empinadas, como si de un paseo en una tarde de domingo se tratase…

En el extremo noroeste ya puedo distinguir Rubuga, nuestro destino de hoy, una pequeña aldea con sólo un par de casas, un centro de salud y una iglesia. Mañana habrá un relevo de porteadores: el objetivo es hacer que tantas aldeas como sea posible participen en esta tarea, con el fin de que todos nos repartamos el trabajo a partes iguales. La noticia de nuestra llegada ya ha corrido, así que no tenemos problemas para encontrar nuevos porteadores para mañana por la mañana.

Incluso antes de entrar en el pueblo, ya nos reciben el pastor y la enfermera responsables del centro de salud, y naturalmente todo un tropel de niños, curiosos como siempre ante la presencia de este extraño hombre blanco.

La iglesia parece un buen sitio para pasar la noche, pero el pastor insiste en que durmamos en su casa, que ya ha evacuado justo antes de nuestra llegada. Ya han seleccionado la gallina que van a sacrificar para la cena y, antes incluso de que llegue a la casa, ya están calentando agua en un par de ollas para que pueda darme una “ducha”. Qué más podría pedir…

La esposa del pastor ha preparado en la casa adyacente a la suya una pequeña habitación donde poder ducharme. La sala de estar está llena de familiares sentados alrededor de una hoguera; tanto la sala como el cuarto donde me voy a duchar están llenos de humo porque no hay chimenea. Así que vuelvo a marcarme otro récord, dándome la ducha más rápida de la historia: entro conteniendo la respiración, corro hacia el cuarto habilitado para la ducha, me desvisto, me tiro agua por encima, me enjabono, vuelvo a tirarme agua por encima, me visto y salgo corriendo a respirar algo de aire puro.

Todavía me pregunto cómo pueden estar ahí sentados, comer, dormir, etc… En aquel preciso instante, decido dejar de fumar.

Toda la aldea se ha reunido en torno a la casa. Todavía es de día y los tejados ya humean. La última parte de nuestro viaje empieza justo después de dar apretones de manos grandes y pequeñas, viejas y jóvenes.

Ahora estamos de nuevo subiendo en cuesta, escalando la montaña que separa Hauts- Plateaux del bosque de Itombwe, y me hace feliz poder ver ambos al mismo tiempo cuando llegamos a la cumbre.

El tiempo parece estar cambiando. Algunas nubes parecen estar colgando de lado, como si tuviesen miedo de pasar sobre la montaña. Desgraciadamente, cuelgan del lado hacia el que nos dirigimos… Nuestro bien merecido descanso se ve interrumpido sin miramientos por las primeras gotas de agua. Es hora de moverse.

Lluvia… ¿qué es la lluvia aparte de unas gotas de agua que caen sobre nosotros y nos empapan la ropa? El cuerpo humano consiste de un mínimo del 70 % de agua, así que ¿qué son un par de gotas más? Adelante se ha dicho. ¡Nos están esperando!

 

(Continuará)

* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux.

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Fotos: Clínica móvil hacia Lubumba, en el bosque de Itombwe (Hauts-Plateaux, República Democrática del Congo). © Ferry Schippers.

Preparativos para una caminata de 6+9

09 febrero 2012

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

Y de nuevo son las 5 en punto de la mañana. Tras dos días de descanso, me preparo para nuestro viaje al bosque de Itombwe, una caminata de dos días a través de la cadena montañosa de Hauts-Plateaux, en el extremo este del país. Ayer ya avisamos a la comunidad local y a las aldeas de los alrededores de que íbamos a necesitar porteadores. Muchos esta vez: 34.

Tardo por lo menos 30 minutos en encontrar el valor de mover hacia un lado de la cama un cuerpo al que ya empiezan a pesarle los años. Me visto en menos de 5 minutos. ¡Todo un récord personal y un motivo de júbilo!, me digo a mí mismo. Lo recordaré cuando regrese la semana que viene…

Los primeros porteadores ya han llegado cuando me dirijo al “baño”, una letrina protegida por una pequeña estructura de bambú cubierta por hierba. Un espectáculo casi romántico. El valle está repleto de nubes bajas que cubren el río, y al fondo del todo puede verse el mercado de Magunda. Me imagino que va a ser un día hermoso y soleado, y me paro a respirar este momento de paz.

Detrás de la oficina puedo ver toda una hilera de material, embalado a conciencia, protegido de la lluvia y preparado para ser transportado. Mesas y sillas plegables, tiendas para las consultas, pilas de rollos de plástico, cajas con vacunas, una gran nevera (que tendrán que cargar entre cuatro personas), bolsas de plástico con arroz, judías, pescado seco y salado, ‘babulas’ (hornillos de carbón tradicionales) y naturalmente carbón, sacos de dormir y tiendas de campaña para dormir. En definitiva, todo lo necesario para nuestra clínica móvil.

Tenemos previsto salir al bosque de Itombwe dentro de dos días. Primero una caminata de seis horas para llegar al valle al borde de Hauts-Plateaux, durmiendo en una pequeña aldea donde nos acogerá, como de costumbre, la hospitalaria población local, y luego al día siguiente emprenderemos una nueva caminata de otras nueve horas subiendo por la montaña hacia el oeste, para descender de nuevo a las puertas de la selva tropical, lo que en inglés llaman “rainforest”, bosque lluvioso. ¿Por qué “lluvioso”? Me temo que lo voy a averiguar muy pronto…

Hay múltiples grupos étnicos en Hauts-Plateaux, como los Babembe, los Bafuliro, los Banyamulenge, etc… La población de Kihuha (y la de Marungu en realidad) son Banyamulenge, también llamados tutsis congoleños. Originariamente estas personas vinieron de Ruanda hace dos siglos, y desde entonces se han producido un par de flujos migratorios más.

Desde la década de los años 70 del siglo XX se denominan “Banyamulenge”, para evitar llamarse “Banyarwanda” (gente de Ruanda) y ser vistos como extranjeros. Las tensiones étnicas contra los tutsis aumentaron una vez terminada la era colonial así como el exterminio en 1972 de hutus en Burundi. Como respuesta a ello, los tutsis parecen haber intentado distanciarse de su identificación étnica como ruandeses, asociándose a Mulenge, una aldea en el Moyen-Plateaux, y pasando a ser por tanto “gente de Mulenge”.

Justo antes de emprender la marcha, topo con una mujer que carga con una pila de piedras sobre la cabeza. Siempre me he preguntado cómo pueden estas mujeres cargar con cosas sobre la cabezas, caminar bien derechas y subir y bajar estas montañas, con gracia e indudable orgullo. ¡Sorprendente! Una vez probé a hacerlo y tan ocupado estaba en mantener el equilibrio, que tropecé con un tronco y casi me rompo la crisma en el intento…

(Continuará)

Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux.

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Fotos: todas © Ferry Schippers