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Archivo de la categoría ‘República Democrática del Congo’

Petite Bebé. Cuál es el futuro de un bebé prematuro en República Democrática del Congo

Por Begoña Hermida Val, responsable médico del proyecto de Médicos Sin Fronteras en Shabunda.

acientes esperan su turno en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

Pacientes esperan su turno en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

¿Te imaginas cuál puede ser el porvenir de un bebé que nace en una pequeña aldea de la República Democrática del Congo? ¿Y si además ese bebé pesa 650 gramos al nacer y lo hace en un centro hospitalario donde solo una fuente de calor artificial puede ayudarle? Pero, ¿y si además su mamá, que es VIH positiva, le abandona para ir a una chambre de prière (o casas de oración, uno de los recursos habituales de la población local para curar problemas de salud) donde acuden a buscar la solución a su enfermedad de la mano de un curandero o charlatan que es como los llaman por aquí?

Como cada dos semanas, durante más de nueve meses de misión en el proyecto de Shabunda, me desplazo a Matili, donde apoyamos el centro hospitalario de la localidad. A mi llegada, la responsable de actividades  de las enfermeras, me dice que quiere presentarme el caso de una “Petite Bebé”, de dos días de vida y con un peso que no llega a los 700 gramos.

Su mamá, abatida por el VIH y la desnutrición, la ha abandonado. Ha decidido acudir ir a una chambre de prière para resolver sus problemas a través de la oración. Ahora, necesitamos alimentarla, mantener su temperatura corporal y protegerla del ambiente al que ha tenido que exponerse bruscamente ocho semanas antes de lo previsto.

Nuestra “Petite Bebé”, que todavía no tiene nombre, estaba ahora bajo el cuidado de su abuela, quien, al contrario que su hija, había decidido hacer todo lo posible para que sobreviviese. Las enfermeras de la recién reorganizada unidad de neonatología, acostumbradas a la llegada de casos tan difíciles como este y a ver morir unos seis neonatos por mes, no mostraban una gran esperanza.

Ponemos nuestro mayor empeño para motivarlas y hacerles ver que si juntos nos volcamos en los cuidados de la pequeña, esta tendrá un halo de esperanza. ¿Qué cuidados habremos de darle? Alimentación artificial, ante la imposibilidad de lactancia, conservación de una temperatura adecuada, los cuidados diarios del cordón umbilical y de la piel en general asegurando las normas de higiene para así evitar las infecciones y complicaciones, como el síndrome de insuficiencia respiratoria, que podrían llevarle a la muerte.

Otra técnica muy recomendada para el cuidado de los prematuros de menos de 2 kilogramos, es el llamado ‘método canguro’, que se caracteriza por la lactancia exclusiva y más frecuente, y el contacto piel-piel entre la mamá y el bebé para reforzar así el dúo madre-hijo. Desafortunadamente, ¿cómo poder beneficiarte de ello si tu mamá no está contigo?

Para sorpresa de todo el equipo, tras dos semanas hospitalizada, “Petite Bebé” y su minúsculo cuerpo seguían luchando día tras día por sobrevivir: su tórax se movía con fuerza y a gran velocidad para poder asegurar la entrada de aire en sus diminutos e inmaduros pulmones.

En la reunión médica matinal, el equipo de guardia informa cada día de la evolución de su peso, que poco a poco aumenta y está ya en 700 gramos. Todo el equipo se muestra feliz y su abuela llena de esperanza. Mamá sigue sin aparecer.

Dos pacientes descansan en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

Dos pacientes descansan en el hospital de Matili. Juan Carlos Tomasi.

Al mismo tiempo, en mi cabeza ronda una gran cuestión: ¿qué será mejor para ella, sobrevivir o no hacerlo? Teniendo en cuenta que el bajo peso al nacer contribuye del 60% al 80% de las muertes neonatales y que en más del 20% de los supervivientes permanecen secuelas irrecuperables, no encuentro una respuesta a mi pregunta.

Pasan los días, me tengo que ir de Matili, y paso a visitarla una última vez. Al verla, con sus 710 gramos hoy y sus 17 días de vida, me viene a la mente la respuesta a la cuestión que me acechaba: Vivir sería maravilloso, si alguien le ayudase a hacerlo. Si su familia quisiese luchar por ella; si tuviesen acceso a la alimentación, a cuidados básicos de salud, a educación, a vivienda, a un empleo, en definitiva, a cualquiera de esos derechos básicos que apenas disfruta un muy pequeño extracto de la población mundial. También pensé, sería todavía más maravilloso si el Gobierno de su desestructurado país hiciese políticas para que ella, y para los otros 65 millones de habitantes, tuviese la oportunidad de una vida digna.

Contra todo pronóstico, gracias a sus ganas de vivir, a la atención que los equipos médicos de Médicos Sin Fronteras y del Ministerio de Salud brindan y con el único amor de su anciana abuela, Petite Bebé sigue luchando por salir adelante. Me despido con un sentimiento amargo, pero a su vez, con la esperanza de que su diminuto cuerpecito siga creciendo.

Bahati njema, dogo rafiki! (En swahili: buena suerte, amiguita)

Médicos Sin Fronteras trabaja en República Democrática del Congo desde 1981. En la actualidad, alrededor de 3.000 congoleses y 200 empleados internacionales trabajan conjuntamente para facilitar de servicios médicos a la población a través de 20 programas repartidos por todo el país.

Los hombres que no querían a las mujeres

Por Amanda Martínez, cooperante de Farmamundi en República Democrática del Congo (RDC).

Ella ni siquiera lloraba. Contaba su historia con una calma desconcertante. Las demás mujeres la escuchaban atentas y en silencio, formaba parte de la terapia: escuchar y compartir.

Ella estaba embarazada, pero ese embarazo no se acompañaba de alegría y orgullo, sino todo lo contrario, de vergüenza y miedo a ser repudiada. Con solo 32 años, Therese Kavira, del poblado Mutendero, a 26km de la ciudad de Butembo, había sido violada en más de una ocasión y el bebé que iba a traer al mundo era fruto de una de esas agresiones. A pesar de todo, estaba convencida de que quería tenerlo, y que lo iba a cuidar con todo el cariño que ella no había tenido, costase lo que costase, al fin y al cabo, decía, no había sido culpa suya.

Su marido la abandonó tras haber sido violada, no estaba bien visto en la comunidad.

Hizo una pausa. A su lado, una mujer la cogió de la mano. Siguió hablando, contó que dejó su casa, la mayoría de sus pertenencias y se fue a casa de un familiar, donde seguía siendo despreciada por el padre de familia. No la querían, pero no sabía dónde ir. Contaba que trabajaba duro, como lo hacen el resto de las mujeres africanas, responsables del cien por cien de las tareas reproductivas del núcleo familiar: transportar agua, leña, trabajar el campo, preparar la comida, limpiar, siempre con bebés a la espalda cargados con telas descoloridas.

Las industrias madereras iban abriéndose paso en los valles y las colinas de Kivu Norte, al Este de la República Democrática del Congo, y cada vez había que recorrer más kilómetros para llegar a los campos de cultivo, muchos de ellos, además, ocupados por grupos armados. Un día, estaba recogiendo maíces y escuchó voces masculinas que la dejaron petrificada. Cuando reaccionó quiso correr, pero ya era tarde. De nuevo, volvieron a abusar de ella, quedándose así embarazada.

ACABAR CON LA IMPUNIDAD

La República Democrática del Congo se considera uno de los peores lugares del mundo donde nacer mujer. Esta situación se agrava en la zona este del país, territorio de los Kivu, donde la población vive sumergida en un contexto de crisis profunda de larga duración. Todo ello promueve que las violaciones de derechos humanos que sufre los habitantes de esta zona sean continuas y sistemáticas, incidiendo además con mayor dureza en función del género y de la posición económica.

Por otra parte, la impunidad generalizada que existe para los agresores, sean conocidos o desconocidos por la víctima, es escalofriante. En ocasiones, son obligadas a contraer matrimonio con sus agresores para no manchar la imagen en la comunidad. En otras ocasiones los hermanos, cónyuges o padres de las víctimas resuelven los casos con una compensación económica entre familias. Pero ¿y ellas?

Farmamundi apoya, entre otras y desde hace más de una década, a una Asociación Local de Mujeres en la ciudad de Butembo que articula estrategias necesarias para que las mujeres, como Therese, y niñas que han padecido violencia sexual accedan a una atención sanitaria de urgencia y tratamiento especializado. Las víctimas que acuden al Centro Hospitalario de FEPSI, en la Zona de Salud de Butembo, son inmediatamente atendidas médica y psicológicamente, gracias al abastecimiento en medicamentos y material sanitario de calidad, que incluye unos kits de urgencia para prevenir embarazos no deseados y otras enfermedades de transmisión sexual.

Además, un equipo humano profesionalizado y con larga experiencia en el tratamiento psíquico de las víctimas de violencia sexual se encarga de su tratamiento psicológico, contribuyendo así a su reestructuración personal y reintegración social.

Por último, la estrategia de atención incluye el asesoramiento legal de estas víctimas, cuyo objetivo no es tanto la interposición de una denuncia, sino la asesoría de calidad de las mujeres, un derecho que es sistemáticamente vulnerado debido a la desinformación y las barreras sociales y económicas para acceder a la justicia.

Las mujeres y niñas son el 50% de la población mundial. Están ahí y sufren. No solo en la República Democrática del Congo, sino también en Nigeria, Guatemala, Nepal, Brasil, Estados Unidos, España o Alemania. Abramos los ojos a una realidad que es más evidente en unas regiones que en otras, pero que existe a nivel mundial.

Respetémoslas, escuchémoslas, amémoslas porque son nuestras hijas, hermanas, madres y mujeres. Seguro que así podremos acercarnos más a esa paz tan anhelada por todos.

El niño que no sonreía nunca

Clara Noguer, médico anestesióloga  de Médicos Sin Fronteras en Lulingu, República Democrática del Congo (RDC)

Yuma tiene 6 años y no sonríe nunca. Es un niño muy delgado, de ojos enormes y mirada brillante. Llega al hospital doblado de dolor. Parece que tiene algún problema en el abdomen; no disponemos de pruebas complementarias pero consideramos que no puede esperar, hay que operar de inmediato.

El niño espera paciente de pie en medio del quirófano mientras lo preparamos todo. No dice una palabra. Le pinchamos y le volvemos a pinchar, es difícil encontrarle una vía. Yuma ni se mueve, la frente se le cubre de perlas de sudor y finalmente le asoman un par de lágrimas, pero no se queja.

La intervención es mucho más compleja de lo que todos esperábamos. Hace poco que Yuma tuvo fiebre tifoidea. Parte de sus intestinos quedaron afectados por la enfermedad que le provocó múltiples abscesos que se perforaron y derivaron en una peritonitis grave. Es sorprendente como ha podido aguantar hasta este punto cuando su abdomen es un auténtico desastre. Y pensar que ha venido caminando más de 30 km a través de la selva de la mano de su abuela, que ha aguantado días y días de fiebre y dolor, sin prácticamente comer ni beber. Su fortaleza es increíble.

La fiebre tifoidea es una enfermedad bacteriana que se transmite al ingerir agua o alimentos contaminados con heces de personas infectadas o portadoras. Los niños son especialmente susceptibles tanto esta infección como a la presencia de complicaciones y al riesgo de deshidratación severa provocada por las diarreas. El tratamiento precoz con antibióticos reduce radicalmente la gravedad, la duración de los síntomas y las complicaciones. La falta de hábitos higiénicos y de agua filtrada o purificada, hace endémica esta enfermedad en regiones como esta.

Asimismo, el difícil acceso a los servicios de salud implica un diagnóstico y tratamiento tardío o incluso inexistente. Esta enfermedad tiene más incidencia en contextos de desplazamientos de población y campos de refugiados, por las dificultades que presenta el consumir agua en condiciones de higiene apropiadas y la falta de estructuras sanitarias.

Como consecuencia, en RDC no es extraño encontrar casos como el de Yuma, en los cuales la falta de acceso al tratamiento conduce a la presencia de abscesos intestinales y perforaciones digestivas, complicación típica de esta infección y que entraña una gravedad extrema con un importante riesgo vital asociado, necesitando intervención quirúrgica de urgencia.

Cirugía complicada
La intervención se prologa durante más de tres horas, su condición clínica es precaria y la cirugía difícil, pero después de mucho esfuerzo conseguimos terminar la operación y llevarlo a la sala de recuperación. Al principio le cuesta un poco despertarse, pero finalmente abre sus ojos. Con el semblante agotado, parece que no tiene fuerzas ni para quejarse. Desorientado busca algún rostro que le resulte familiar. Lo dejamos descansar tranquilo acompañado de su abuela. Ahora viene la parte más difícil de todas, los intestinos que han tenido que ser resecados y suturados tendrán que cicatrizar bien, si no el peligro de que haya una nueva perforación es alto, y no creo que aguante una complicación tal. Desgraciadamente, su estado nutricional es malo, ahora tendrá que pasar varios días en ayunas, y eso no juega nada a nuestro favor.

Me quedo vigilando sus constates vitales hasta que se hace de noche. Es hora de volver a la base. Ahora mismo no podemos hacer más. Nos centramos en calmarle el dolor que le produce la herida que cruza su vientre desde el esternón hasta debajo del ombligo, darle fluidos y antibióticos por vía intravenosa. Solo nos queda cruzar los dedos y ver cómo evoluciona, las primeras 24 horas serán claves.

Paso la noche sin sacármelo de la cabeza, pegada a la radio por si algo se complica. Afortunadamente, amanece y no he recibido ninguna llamada, espero que signifique buenas noticias. Y efectivamente lo son. Acudo directamente a la sala de cirugía a verle, y me encuentro con un niño fatigado de ojos llorosos, pero sin rastro de fiebre. La herida tiene buena pinta y sus constantes son normales. Respiro aliviada, primera batalla ganada aunque soy consciente que no hay que confiarse. Estamos lejos de pensar que está fuera de peligro, pero me invade una oleada de optimismo.

Yuma resiste
Los días pasan. Yuma está cada vez más delgado, pero resiste. Al rato lo encontramos acurrucado en una hamaca fuera de la sala, incluso se le puede ver dando algún paseo, siempre colgado del brazo de su inseparable abuela. Después de hablar con los médicos locales, conseguimos que acepten empezar a darle de comer después de una semana. Se le ilumina la mirada cuando le ponemos delante un plato de insípido arroz blanco con alguna verdura. Siete días en ayunas, una gran intervención quirúrgica tras días y días de fiebre e intensos dolores, un pequeño cuerpo frágil de 15 kilos luchando con uñas y dientes contra una gran infección. Parece increíble que todo esté yendo tan bien.

Un día, Yuma vuelve a quejarse de dolor, la herida empieza a tener mal aspecto, entre los puntos de sutura empieza a salir algo de pus. Para el equipo es un jarro de agua fría. Ya no contábamos con que algo saliese mal. Antibióticos, vigilancia y curas, solo podemos hacer esto.  El niño, después de tantos días, se ha convertido en un veterano, una parte más de la rutina hospitalaria. Cuando llego cada mañana lo primero que hago es ir a verle, chocarle la mano y llevármelo con su cara seria y resignada a cambiarle el apósito.

Finalmente, después de casi un mes ingresado, Yuma está listo para ser dado de alta. La infección se ha resuelto y cada día tiene mejor aspecto; no debemos prolongar más su ingreso. Con una mezcla de alegría y pena, le decimos a su abuela que pueden marcharse. Ella asiente y se va a envolver todos sus trastos en una tela que cargará sobre su cabeza durante el largo camino de vuelta a casa. Mientras, me quedo sentada en el suelo con el niño que no sonríe nunca. Justo antes de marchar, nos damos la mano como hacíamos cada día. Pero hoy es diferente, se anima, sonríe y me echa los brazos al cuello, se me encoge el corazón y no puedo evitar que se me salten las lágrimas.

Les acompañamos hasta la puerta del hospital. Me quedo embobada viéndolos alejarse por el camino, queriendo guardar para siempre esta foto en mi retina. La abuela, con una mano sobre la cabeza equilibrando su equipaje y la otra enlazada con la de su nieto Yuma, el niño con fuerza de titán al que finalmente vimos sonreír.

Malaria: una emergencia silenciosa e invisible

Por Sandra Smiley, responsable de Comunicación de MSF en República Democrática del Congo

Son algo más de las ocho de la tarde. Acabo de llegar, jadeando y resoplando, a la base de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Bikenge, provincia de Maniema. El equipo de promoción de la salud – Albert, Daniel y Gaston – está ya allí, esperándome. Van lo suficientemente vestidos, con sus camisas de cuello, como para verse con la reina de Inglaterra; pero hoy nuestra tarea es concientizar la comunidad respecto a la malaria. “Lo siento, llego tarde”, les digo sin apenas aliento. “Tuve que responder una llamada de emergencia.”

A medida que recorremos la avenida principal de Bikenge, intercambiamos jambos (“hola” en swahili) con otros peatones. Los ciclistas pasan bamboleándose. No hay coches en estas carreteras: las que conducen a la ciudad son tan malas que sólo los todoterrenos 4×4 las pueden transitar. Como resultado de esto las mercancías se mueven, dentro, fuera y alrededor de Bikenge, casi exclusivamente en bicicletas o en la espalda de alguien.

A la sombra de un bananero nos reunimos una multitud. Los chicos comienzan sus explicaciones. Hablan de que es la malaria: una enfermedad parasitaria transmitida por un mosquito que puede provocar síntomas desagradables. Sin tratamiento se transforma en una patología grave que causa complicaciones, como la anemia. Una vez que la enfermedad llega a este punto puede ser letal.

Daniel explica cómo se manifiesta la malaria en un niño. © Sandra Smiley/MSF
Daniel explica cómo se manifiesta la malaria en un niño. © Sandra Smiley/MSF

Lo que cuenta sobre la enfermedad un superviviente me permite comprender que saben de qué estamos hablando. Conocen que deben usar mosquiteras para protegerse, también saben la manera de identificar la malaria y que deben visitar una clínica médica cuando sus hijos enferman.

Pero el problema es, dicen, que los precios que se cobran por la atención sanitaria son demasiado altos. La mayoría de los hospitales y clínicas de la República Democrática del Congo operan sobre una base de recuperación de costes, lo que significa que, aunque el propio servicio sea formalmente gratuito, el paciente tiene que pagar por todo lo demás: guantes, pruebas, medicamentos… Tratar a un niño de la malaria puede llegar a costar más de 50 dólares, una suma que muy pocos pueden permitirse. Y, para cuando la situación es tan desesperada como para pedir dinero a sus familiares, amigos y vecinos, a menudo ya es demasiado tarde.

La charla pasa a centrarse en los signos y los síntomas de la malaria: falta de apetito, dolor de cabeza, escalofríos y vómitos. Y como si fuera una señal un sonido fuerte y desagradable surge desde el interior de la multitud. Alguien está enfermo. Todas las cabezas se giran hacia la fuente de ese ruido: una niña en brazos de su abuela, escupiendo, con episodios de tos y arcadas.

Desde luego, no soy un profesional de la medicina; mi formación médica se limita apenas a un curso de primeros auxilios y a un par de temporadas de Anatomía de Grey. Sin embargo, sé cuándo un niño está enfermo cuando lo veo. Por eso, pongo la mano sobre la frente de la niña: está caliente al tacto.

“¿Sabéis dónde está el centro de salud de MSF?”, pregunto. La abuela dice que sí.

“Vamos. Veamos a las enfermeras de la clínica”, le digo. “No le costará nada. Y es mejor hacerlo que lamentarlo”.

Mwinyi, el supervisor de enfermería del ambulatorio termina su papeleo. En un día corriente, más de la mitad de los pacientes a quienes atenderá tiene la malaria. © Sandra Smiley/MSF
Mwinyi, el supervisor de enfermería del ambulatorio termina su papeleo. En un día corriente, más de la mitad de los pacientes a quienes atenderá tiene la malaria. © Sandra Smiley/MSF

Por la tarde, de vuelta a la base, escaneo el último informe de actividad del centro de salud de Bikenge apoyado por MSF. En medio de tablas y gráficos, es preciso destacar un dato en particular: la mitad de los pacientes ingresados en urgencias la semana pasada padecía malaria.

Me gusta pensar que, de donde procedo, si uno de cada dos pacientes que entra en una sala de urgencias sufre de la misma enfermedad, potencialmente mortal pero prevenible, habría una respuesta y una acción masivas e inmediatas. Se llevarían a cabo campañas de prevención a gran escala y la ciudadanía exigiría que se depuraran responsabilidades.

Pero aquí nada de esto sucederá. La población parece haber aceptado que sus hijos enfermen. ¿Y por qué no habrían de tener esa actitud? ¿Qué más pueden hacer? A pesar de la manifiesta necesidad, las mosquiteras no se distribuyen. Las aguas estancadas -auténticas piscinas de malaria- no son drenadas y los centros de salud hacen pagar a gente que no tiene dinero.

Una enfermera toma una muestra de sangre de un niño para realizar  un test rápido de malaria en el área de triaje del centro de salud de Bikenge. © Sandra Smiley/MSF
Una enfermera toma una muestra de sangre de un niño para realizar un test rápido de malaria en el área de triaje del centro de salud de Bikenge. © Sandra Smiley/MSF

La visita del ‘suluby’

Por Ana de la Osada. Minova (R.D. Congo)
Referente médico de la campaña de vacunación de Minova


A finales de septiembre el suluby llegó a Karango, un pueblo de la región de Minova encaramado en las montañas que rodean el lago Kivu, en el este de la República Democrática del Congo (RDC).

El suluby, más conocido para nosotros como sarampión, bajó a Karango, siguiendo la ruta que baja desde los llamados Hauts Plateaux, la zona más alta del lugar. Aprovechó la pobre cobertura de vacunación que caracteriza esta zona del país para instalarse cómodamente y atacar, cómo no, a los más vulnerables. A principios de octubre, el visitante se cobró en una semana la vida de cuatro niños del pueblo, todos ellos menores de 5 años.

Campaña de vacunación en Minova.República Democrática del Congo. Fotografía  de la Osada / MSF
Campaña de vacunación en Minova.República Democrática del Congo. Fotografía de Ana de la Osada / MSF

Miembros del equipo de urgencia de MSF España en la provincia de Kivu del Sur (RUSK) nos desplazamos al lugar para responder a la epidemia que empezaba a extenderse por el litoral de Minova. El suluby no se había conformado con Karango y ya había aparecido en otros pueblos cercanos, como Ruhunde y Nyamasasa.

Nuestro objetivo era claro: hacerle frente. Era necesaria una vacunación masiva, pero a la vez había que asegurarse de que la población afectada por la epidemia tuviera acceso gratuito a los centros de salud y el hospital para prevenir y frenar las complicaciones que puede provocar el virus del sarampión. Se hicieron donaciones de medicamentos, se apoyó a los equipos de los centros sanitarios se estableció un sistema para referir los casos graves al hospital.

La diferencia entre la vida o la muerte para un pequeño con sarampión puede ser tan sencilla como que su madre tenga o no dinero para pagar la consulta y el tratamiento médico. En la mayoría de los centros sanitarios de esta zona el acceso a la salud no es gratuito y desgraciadamente no está al alcance de todos.

El primer día que fuimos a Karango nos acercamos al centro de salud para hablar con el equipo. Era sábado, día de consulta prenatal, y aprovechamos para hablar con las mamás que esperaban turno. Cuando les explicamos que se iba a organizar una campaña de vacunación masiva y que el tratamiento sería gratuito empezaron a aplaudirnos. Una madre nos explicó que había perdido a dos de sus tres hijos, los más pequeños. La falta de medios económicos le impidió llevarlos al centro de salud y murieron en casa sin que ella pudiera hacer nada por impedirlo. El suluby no tiene piedad de los que tienen menos recursos.
A finales de octubre empezamos a recorrer todo el litoral del lago en la zona Minova para asegurar el tratamiento gratuito de casos y animar a la comunidad para que participara en la campaña de vacunación, dirigida a todos los niños entre 6 meses y 15 años. El primero de diciembre se dio el pistoletazo de salida: comenzó la campaña con el objetivo de inmunizar a unos 75.000 niños durante algo más de dos semanas. Una buena cobertura de vacunación es la mejor arma contra la expansión del sarampión. Eso es precisamente lo que tenemos que conseguir.

Durante la primera mañana, aun con el sol saliendo, pensaba mientras subíamos hacia Karango en todas esas madres con las que habíamos hablado y de todos los niños de ese pueblo que habían recibido la visita del suluby, con mejor o peor suerte. Durante los tres primeros días vacunamos todo el área de Karango: un total de 5.200 niños. No fue nada fácil mantener el orden en los puntos de vacunación, pero las mamás tenían muy claro su objetivo y aguantaron de pie varias horas, algunas desde las 6 de la mañana, ansiosas por ver como sus hijos recibían la protección.

 

Un niño es vacunado contra el sarampión en Karango, en la región de Minova. República Democrática del Congo. Fotografía Ana de la Osada / MSF
Un niño es vacunado contra el sarampión en Karango, en la región de Minova. República Democrática del Congo. Fotografía Ana de la Osada / MSF

 Mientras escribo esta historia hemos pasado el ecuador de la campaña. 66.250 niños han sido vacunados y aún nos quedan varios días de trabajo intenso. El cansancio se hace notar y cada madrugón pesa, pero ahí seguimos. Calculamos que al final de la campaña cubriremos con creces el objetivo, llegaremos a vacunar a unos 100.000 niños.

 El suluby ya empieza a sentirse incómodo en la zona del litoral de Minova.


En las dos primeras semanas de diciembre, un equipo de MSF realizó una campaña de vacunación contra el sarampión en el área de Minova (provincia de Kivu del Sur, en el este de la República Democrática del Congo) en la que fueron inmunizados 90.887 niños y jóvenes de entre 6 meses y 15 años, un 20 % más de los previstos inicialmente.

 El sarampión puede ser mortal en los niños si no se trata, pero es muy fácil de evitar mediante la vacunación. Desde hace décadas, el país ha sufrido epidemias de sarampión con un resurgimiento importante de la enfermedad desde el año 2010. Un estudio realizado por Epicentre, el centro de investigación epidemiológica de MSF, indica que entre 2010 y 2013 se registraron en el país casi 300.000 casos y que algo más de 5.000 pacientes (1,7% del total) fallecieron. Según el informe, el número de casos descendió más de un 20% tras las primeras campañas de vacunación.

 

 

 

 

Kahuzi, el monte que todo lo ve

Por Ana de la Osada, enfermera y coordinadora médica de MSF en Kalonge, RDC.

Kalonge. Al fondo, el monte Kahuzi. Foto: Ana de la Osada
Kalonge. Al fondo, el monte Kahuzi. Foto: Ana de la Osada

El monte Kahuzi, un antiguo volcán ya extinguido, es el pico más alto del Parque de Kahuzi-Biega. Desde Kalonge siempre es fácil encontrarlo. Kahuzi conoce todo lo que pasa en este pequeño pueblo de Kivu Sur, en la República Democrática de Congo. Y no es de extrañar, porque desde su cumbre a 3.308 metros seguro que tiene una buena perspectiva. Se podría decir que Kahuzi es “el monte que todo lo ve”.

Kalonge. Foto: Ana de la Osada
Kalonge. Foto: Ana de la Osada

Kahuzi también sabe del ritmo que la vida tiene por aquí. La luz, la lluvia, el sol… todo influye en las actividades de la gente, sobre todo si tenemos en cuenta que aquí, en un mismo día, podemos llegar a tener todas las estaciones del año. Digamos que Kalonge es “térmicamente inestable”, que aquí las apariencias engañan. Conseguir hacer un buen pronóstico del tiempo en este pequeño lugar es todo un desafío, incluso para los meteorólogos más atrevidos.

Sin embargo, eso forma parte de su encanto. Trabajar aquí, como MSF lleva haciendo desde 2008, es en parte un privilegio. Las colinas verdes que nos rodean dibujan un paisaje digno de ver, y el contraste con el marrón de los caminos hace que a veces no sepas hacia donde prefieres mirar. El monte Kahuzi lo sabe y por eso mismo contribuye también con su fuerte presencia a la belleza de este lugar: el sol desperezándose detrás de él, las nubes que muchas veces compiten entre ellas para rodear su cumbre, los cielos rosados del atardecer que hacen que la luz ambiente cambie a un color más grisáceo, los relámpagos que asoman tras las nubes amenazando tormenta…

Kahuzi vigila la base de MSF día y noche. Conoce nuestros movimientos entre la casa y la oficina, entre la oficina y el hospital y nuestras salidas a los pueblos remotos de la periferia.Está al corriente de que dentro de unos meses MSF terminará su trabajo aquí, entre colinas, caminos y gentes amables deseosas de saludarnos. Sabe que nos instalamos aquí de manera temporal, para dar apoyo a una población maltratada por los desplazamientos, ligados siempre a esos episodios de violencia que en este país son tan frecuentes. Sin embargo, ahora la situación es distinta, más calmada y con más recursos a nivel sanitario, lo cual nos ha obligado a replantearnos si nuestra presencia en este lugar sigue siendo indispensable.

Puesto de salud apoyado por MSF en la periferia de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF
Puesto de salud apoyado por MSF en la periferia de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF

Llegar a este punto no ha sido fácil y por supuesto hay días o momentos en que te preguntas si realmente deberíamos irnos o si por el contrario sería mejor quedarse, porque al estar inmerso en esta pequeña realidad las cosas se ven desde otra perspectiva. Aquí la objetividad se difumina ligeramente, porque muchas veces no es fácil que la parte racional se anteponga a la emocional, y en el pequeño día a día de Kalonge siempre se viven muchas emociones, buenas o malas, pero emociones al fin y al cabo.

No es fácil decir adiós, al menos nunca lo ha sido para mí. Despedirse de un proyecto, de un lugar en el que llevamos ya seis años, de toda esta gente a la que hemos dado tanto apoyo… pero, ¿quién dijo que este trabajo fuera fácil?

Nuestro objetivo en este tiempo ha sido facilitar a la población un acceso gratuito a la salud y para ello nos hemos sumergido en las actividades del Hospital de Kalonge y de ocho Centros de Salud, distribuidos en diferentes pueblos, en los que se da una atención primaria.

Mi posición como coordinadora del equipo médico del proyecto me ha dado la oportunidad de tener una visión global de las dificultades que hay a nivel de salud, pero también de todo lo que hemos logrado en este tiempo con nuestro trabajo. Lo que más destacaría es sin duda el apoyo que damos a las mujeres, las grandes luchadoras de una sociedad en las que la discriminación y la desigualdad de género están al orden del día.

La maternidad de nuestro hospital es el servicio con mayor actividad durante todo el año. El número de partos no depende de la estación en la que nos encontremos, y al contrario que otras enfermedades como la malaria o las infecciones respiratorias, ni la lluvia ni la estación seca dan tregua a nuestras mamás. Para que os hagáis una idea de lo frenético del ritmo, en Kalonge tenemos una media de 9 partos al día… lo cual supone que cada año unas 3300 mujeres dan a luz aquí.

El primer bebé nacido en la nueva maternidad. Foto: Ana de la Osada
El primer bebé nacido en la nueva maternidad. Foto: Ana de la Osada

Hace poco hemos terminado, gracias al apoyo y trabajo de nuestro equipo logístico, un nuevo edificio para la maternidad y la neonatología. Ahora hay más espacio las mamás y los bebés, más luz para levantar el ánimo en las situaciones difíciles, mayor capacidad para atender más pacientes. El día en el que “nos mudamos” al nuevo edificio fue emocionante: durante unas semanas tuvimos que trasladar la maternidad a una gran tienda de campaña, con las dificultades e incomodidades que eso conlleva para todo el personal médico y sobre todo para las mujeres que venían a parir al hospital. Sin embargo, los esfuerzos valieron la pena. Durante la mañana en la que estuvimos trasladando todo el material al nuevo edificio, una mujer se puso de parto, así que ese mismo día pudimos inaugurar el paritorio. Para mí fue una satisfacción pensar en la suerte que tuvo esa mamá al poder dar la bienvenida a su bebé en esa estructura nueva y confortable que habíamos construido. Fue nuestro primer bebé de la nueva maternidad y todos los que estábamos allí presentes. ¡Os podéís imaginar la enorme sonrisa que teníamos en la cara!

Las circunstancias y los contextos cambian, y nosotros estamos obligados a plantearnos a estar presentes allí donde más se necesite, donde vayamos a tener más impacto. Ojalá pudiéramos llegar a todo, pero no es así, y eso nos obliga a priorizar.

Mientras tanto, hasta la despedida, seguimos teniendo un gran trabajo por hacer: luchar contra reloj por dejar las cosas bien terminadas y dar el apoyo necesario para que tras nuestra salida las cosas puedan seguir rodando, que al fin y al cabo eso es lo más importante.

Recién nacido en la maternidad de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF
Recién nacido en la maternidad de Kalonge. Foto: Fernando Calero/MSF

Nos vamos despidiendo paulatinamente y de manera programada. Cuidar la percepción que la población tiene de nuestra salida es ahora una de nuestras prioridades, porque pese a que dentro de poco ya no estaremos en Kalonge, MSF continúa trabajando en este inmenso país, lleno de necesidades que cambian día a día. El seguir siendo aceptados es parte fundamental para que podamos trabajar de la mejor manera posible.

Nosotros nos iremos, pero quiero pensar que un gran poso del trabajo que MSF ha hecho aquí también quedará: mujeres embarazadas que han podido parir en una estructura de salud en lugar de en una casa, niños a los que hemos curado de esa enfermedad tan terrible y a la vez tan fácil de tratar (cuando se tienen los medios) que es la desnutrición, personas desplazadas a las que les hemos facilitado el acceso a la salud…

Pese al paso del tiempo, el monte Kahuzi seguirá dominando el paisaje, vigilando todo lo que pasa por Kalonge. Y si en algún momento se da cuenta de que MSF tiene que volver, así nos lo hará saber.

Caminante, no hay camino… en Kalonge

Por Jana Brandt, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge (República Democrática del Congo).

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Caminan, caminan y caminan. En Kalonge, aparte de algunos moto-taxis que no todos se pueden permitir, los medios de transporte no existen, ni siquiera los burros, las mulas o los caballos. Todo, realmente todo, desde muebles de madera hasta sacos de plátanos, se transporta a pie. La mayoría de las veces se lleva la carga sobre la cabeza. Y normalmente sobre la cabeza de la mujer.

La fuerza física de las mujeres congoleñas es impresionante. ¿Sacos de carbón de 30 o 40 kilos? Ningún problema, incluso estando embarazada. “Y aún así, andan más rápido que nosotras”, pienso avergonzada. Los habitantes de Kalonge caminan desde muy pequeños y la costumbre hace el hábito. Las niñas aprenden desde chiquititas a cargar agua en una botella pequeña o a transportar palitos de madera para hacer fuego en la casa.

Con los pies como únicos medios de transporte, la medición de las distancias en Kalonge es muy relativa. Cuando preguntas si fulano de tal vive lejos, la respuesta suele ser negativa: siempre dirán que vive “cerca”, aunque para nosotros sea lejos. Caminar durante una hora seguida hasta llegar a algún lugar es considerado “aquí al lado”. Caminar durante tres o cuatro horas para llegar a la oficina y entregar algún informe, o simplemente para saludarte, es absolutamente normal. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, decía Machado, y no puede haber mejor descripción para la vida diaria de Kalonge.

Caminar para llegar al colegio. Caminar para trabajar los campos. Caminar para buscar madera. Caminar para llegar al mercado, no sólo para comprar, sino sobre todo para vender. Caminar para traer agua. Y muy importante: caminar para llegar a un puesto de salud, arrastrando el peso de una enfermedad. Es esta la realidad de Kalonge. Las distancias medidas en kilómetros para llegar a un centro de salud no son muy grandes (oscilan entre los 25 y 30 kilómetros para los trayectos más largos), pero esta distancia se vuelve penosa para cualquier persona castigada por una enfermedad y físicamente debilitada.

Sólo si el estado de salud del paciente es demasiado grave, es la familia o la comunidad quien lleva al enfermo al hospital. Caminando, por supuesto. Con los seis coches de MSF no tenemos la capacidad de transportar a todos los enfermos de Kalonge desde los centros de salud hasta el hospital. Kalonge tiene una población de 142.779 habitantes y materialmente es imposible cubrir todos los requerimientos sanitarios y logísticos que allí se presentan. Sólo a veces, durante las visitas semanales a los centros, podemos llevar al hospital en nuestros coches a algunos enfermos graves o urgentes.

Una imagen que se me ha quedado grabada en la memoria es la del padre que cargó con su hija de 3 años a la espalda durante horas, hasta llegar, desesperado, a uno de nuestros centros de salud: la pequeña estaba a punto de morir por los efectos de una fuerte anemia causada por la malaria. Llevaba la preocupación y el cansancio escritos en la cara c???????????????????????????????uando abrazaba con desesperación a la niña –Emedo era su nombre-, mientras los enfermeros le inyectaban glucosa y artesunato (un antipalúdico) para devolverle la vida.

Una vez estabilizada en el centro de salud, la llevamos en uno de nuestros coches al hospital, donde el equipo médico se ocupó de ella. Unos días más tarde se la veía dando sus primeros paseos por el recinto del hospital, agarrada de la mano de su padre, que ahora ya lucía una gran sonrisa. Cuando nos descubrió, se nos acercó y dijo en un francés que le salió con dificultad: “¡Dios va os dar alguna cosa!” Yo no soy creyente, pero reconozco que me emocioné.

Por suerte, el caso de Emedo no es frecuente en Kalonge. Aquí estamos a 1.800 metros de altura, y por tanto la malaria no suele ser un problema mayor, al revés que en las zonas cálidas de Kivu Sur, donde las epidemias de paludismo causan cada año muchas víctimas mortales. En Kalonge son más frecuentes las enfermedades diarreicas y las infecciones respiratorias debido al clima frío y la abundante lluvia.

Pero el caso de Emedo también demuestra que caminar lo es todo en Kalonge. En Kalonge, caminar es vida. En todos los sentidos, día tras día.

 

 Puedes leer otros posts de Jana desde Kalonge aquí.

 

 

La ‘musungu’ y los alucinantes niños de Kalonge

Por Jana Brandt, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge, República Democrática del Congo

Niños que salen de la nada en Kalonge, RDCongo (© Jana Brandt).

Niños que salen de la nada en Kalonge, RDCongo (© Jana Brandt).

 

¡¡Musunguuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!! ¡¡¡Musuuuuunguuuuuuuuuu!!!1” Me paro para ver desde dónde llegan los gritos. No veo a nadie. Otra vez: “¡¡musunguuuuuuuuuuuuuuuuuu!!” De repente, una cara sucia pero sonriente aparece de la nada. Desde las plataneras se escuchan risas sofocadas. Otra cara. Y otra. Un grupo de niños de diferentes edades surge entre los árboles y corre hacia mí. ¿Cómo es posible que los niños siempre le vean a uno primero antes de verlos a ellos? “Jambo2, musungu”, me saludan, rebozando de alegría. “¡Jambo sana!”, respondo yo, también sonriendo.

¡Musunguuu!!” es el grito que más nos acompaña aquí en Kalonge. Los seis expatriados de Médicos Sin Fronteras somos los únicos blancos en toda la zona, y como tales, llamamos muchísimo la atención. Los niños son todo un espectáculo. Nos ven desde lejos aunque nosotros no les veamos y, vayamos donde vayamos, los niños siempre aparecen por todos lados para saludarnos o para acompañarnos un trozo del camino. Tan pálidos que somos, debemos de parecerles extraterrestres.

Una de mis muchas responsabilidades como coordinadora de terreno de MSF es mantener el contacto con todos los actores de la zona. En más de una ocasión me he encontrado en reunión con un líder comunitario o las autoridades locales cuando de repente escucho detrás de mí susurros de voces infantiles o una mano que me toca la espalda o el cabello. Si me giro, puedo estar segura de encontrarme con un grupo de niños que se empujan entre ellos en disputa sobre la mejor vista a la blanca que está sentada en una casita construida de barro y paja. Su natural curiosidad infantil es infinita.

Como en todo el país, también en Kalonge la tasa de natalidad es muy alta (para la República Democrática del Congo: 40 por cada 1.000 habitantes). La zona de Kalonge tiene 142.779 habitantes, y 19,5% de ellos son niños. La media de niños por familia oscila fácilmente entre seis y ocho. Las mujeres se embarazan muy jóvenes y no es raro que a los 30 años ya tengan siete o más hijos.

Como consecuencia, en el hospital apoyado por MSF se atiende sobre todo a mujeres y niños. Con unos 200 partos por mes sólo en el hospital (sin contar los nacimientos en los ocho centros de salud donde MSF también trabaja), la salud maternal e infantil encabeza la lista de las actividades de MSF en la zona. A pesar del gran número de bebés que nacen en Kalonge, la llegada al mundo de cada niño es motivo de fiesta. Cuando la madre sale del hospital con su hijo en brazos y envuelto en paños de colores, la esperan amigas y familiares cantando y bailando para felicitarla y saludar al nuevo miembro de la comunidad. Cantando y bailando acompañan a la madre y al bebé hasta la casa.

Sin embargo, no todas las familias tienen los medios para alimentar a tantas bocas. En los casos aislados donde la madre muere durante o después del parto, muchas veces la única opción para que el bebé sobreviva es dejarlo bajo la custodia del hospital durante los primeros seis meses de vida para asegurar una alimentación apropiada.

Freddy, enfermero de MSF en Kalonge, dando el biberón a Rose (© Jana Brandt).

Freddy, enfermero de MSF en Kalonge, dando el biberón a Rose (© Jana Brandt).

 

Así sucedió con la pequeña Rose. Ella nació en el hospital en marzo. Cuando su madre murió durante el parto, su familia no tuvo otro remedio que dejarla allí durante los primeros meses de vida. Desde entonces, Rose vive de manera temporal en la neonatología, rodeada de mamás con sus recién nacidos -no pocas veces gemelos o trillizos-, y los enfermeros se ocupan de ella.

Contrariamente a lo que uno se podría imaginar de un bebé medio huérfano, Rose es de los bebés más felices que he visto en mi vida. Con su carácter alegre y su continua sonrisa desdentada, ha conquistado el corazón de muchos. Sobre todo a Bea, la supervisora MSF del equipo médico, la tiene hechizada: no pasa un día en que no se tome por lo menos cinco minutos para saludarla o llevarla de paseo por el recinto del hospital. Rose, encantada de la vida, mira todo con mucha atención con su grandes ojos negros, regalando sonrisas al mundo.

Jambo, musungu”, escucho de nuevo. Esta vez de una voz abatida que proviene de una de las camas de la unidad de nutrición terapéutica intensiva. Me saluda Christine, una niña desnutrida de 4 años. A pesar de su débil estado físico –parece mucho menor que su edad real–, le encanta hablar con todo el mundo. “¿Habari3, Christine?” “Musurii4”, me contesta con una leve sonrisa. Trago saliva. ¿Ya dije lo alucinantes que son los niños de Kalonge? Pues eso.

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(1) Musungu = “Europeo / Blanco” en Suahili.

(2) Jambo = “Hola” en Suahili

(3) Habari = “¿Cómo estás?” en Suahili

(4) Musuri = “Muy bien” en Suahili

 

 

Cuervos e intimidades

Por Jana Brandt, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge, República Democrática del Congo (RDC)

Base de MSF en Kalonge, RDC (© Fernando Calero).

Hospital de referencia de Kalonge, RDC (© Fernando Calero).

 

¡Trasss!

Un extraño ruido me despierta en mi primera mañana en Kalonge. Suena como si algo muy pesado se hubiera caído sobre el tejado de aluminio de la casa. Otra vez: “¡trasss!”, seguido por unos golpecitos rápidos. Son las seis de la mañana. ¿Qué diablos es esto?

Me levanto para averiguarlo y descubro una bandada de cuervos de color blanco y negro que caminan alegremente sobre el tejado, saludando los primeros rayos de sol con sus gañidos. Los golpes que me despertaron son producidos al aterrizar en el tejado. “¿Tan poco pájaro y tanto ruido?”, me pregunto sorprendida. Aún no sé que ellos me acompañarán todas las mañanas en Kalonge. Mañanas muy mañanas, porque los días empiezan temprano aquí. Normalmente, a las seis de la mañana ya estoy en pie.

El día anterior había llegado a Kalonge, situado a unos 60 kilómetros de Bukavu. El viaje hasta aquí fue exuberante. Para llegar, cruzamos el Parque Nacional Kahuzi-Biega, ascendiendo más de 2.000 metros hasta llegar a la base de Médicos Sin Fronteras que se encuentra en el borde del parque, a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar.

El parque fue inscrito en la lista  de Patrimonio de la Humanidad en 1980 no sólo por su variada flora (en especial los bosques de bambú), sino también para proteger a una población de gorilas de montaña que en aquel entonces todavía contaba con algunos miles de ejemplares. Fue aquí donde la famosa Dian Fossey comenzó a estudiarlos antes de marcharse a Ruanda.

Sin embargo, a partir del estallido de la guerra en los noventa en esta zona del Congo, la población de simios fue disminuyendo y hoy día solo se cuenta con un centenar de esta especie. En 1997 el parque fue declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad en peligro. Desde la base de MSF, divisamos –si hace buen tiempo– el monte Kahuzi (3.308m), uno de los dos volcanes extintos que dan el nombre al parque nacional. El otro es el monte Biéga (2.790m).

Éric, conductor de MSF y 'traductor' ocasional (© Jana Brandt).

Éric, conductor de MSF y ‘traductor’ ocasional (© Jana Brandt).

El viaje me permitió tener una primera impresión del terreno.  Con los coches pasamos por lugares imposibles. Sin embargo, mi primer reto no es el viaje, sino la comunicación por radio. La red de telefonía es inexistente en esta parte del país, por lo cual la radio se convierte en nuestro principal medio de comunicación. Y hay que comunicar en francés. Exclusivamente. A causa de las continuas interferencias en la transmisión, sólo logro entender la mitad de los mensajes, más aún porque desconozco el protocolo interno de comunicación. Si no hubiera sido por Éric, el conductor, quien me ayuda y me ‘traduce’, hubiera sido imposible entenderlo todo.

Salir de Bukavu y llegar a Kalonge es como cruzar dos universos. Aquí nos encontramos en un mundo totalmente rural donde la electricidad, el agua corriente y las calles asfaltadas no existen. El ritmo de vida es otro. Más pausado, más lento. Trabajar para MSF siempre significa trabajar mucho, los días laborales suelen ser muy largos, pero trabajar para MSF no es siempre sinónimo de urgencia. El proyecto de Kalonge lleva ya 4 años y medio y como el contexto es cada vez más estable, las actividades de MSF están ya muy consolidadas.

En sus orígenes, el proyecto fue establecido para atender las necesidades médico-humanitarias de un gran número de desplazados a causa del conflicto armado que azotaba la región. Con los años, el número de nuevos desplazados ha ido bajando y hoy se trata sobre todo de seguir garantizando la atención sanitaria gratuita y de calidad para la población de la zona, mediante el apoyo a un hospital y a ocho centros de salud en la periferia.

Durante mi presentación oficial como nueva coordinadora de terreno me llevé otra sorpresa, cuando alguien del equipo local me lanzó, con una gran sonrisa: “et toi? Tu est disponible?”*  ¿Qué? Con interrogantes en la cara, miro a la coordinadora que remplazo. “Sí”, sonríe, “aquí esta pregunta es normal.”  Con la disponibilidad se refieren a la disponibilidad para una relación, si uno tiene pareja o no. O si uno tiene pareja, pero sin embargo está disponible (entonces lo llaman “disponibilidad geográfica”).

Una pregunta por lo menos curiosa, una pregunta para la cual no estoy del todo preparada… Así empezó mi nueva vida en Kalonge, perdida en el monte congolés. Con cuervos e intimidades. ¡Quién se lo hubiera imaginado!

(Continuará)

* ¿Y tú? ¿Estás disponible?

 

Puedes leer los posts anteriores de Jana aquí.

Varada en Bukavu

Por Jana Brandt, coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge, República Democrática del Congo (RDC)

Estuve una semana en Bukavu, esperando mi permiso de trabajo para poder salir a Kalonge, a “mi” proyecto. La salida se retrasó por problemas administrativos en Kinshasa, la capital congoleña. Al haber terminado todas las reuniones informativas con el equipo de coordinación, no me quedaba otra que esperar y tener paciencia.

Bukavu, capital de Kivu Sur, con alrededor de 1 millón de habitantes, es una ciudad bastante particular. Su ubicación a lado del lago Kivu es sin lugar a duda espectacular (el paisaje es increíble), pero también es escenario de un gran despliegue humanitario: actualmente más de 250 ONGs tienen sus oficinas en la ciudad para gestionar desde allí proyectos de diferentes tipos en la región. Los típicos todoterrenos blancos que casi todas las ONGs utilizan para moverse -las más de las veces el terreno es de difícil acceso- abundan en la ciudad y chocan con la sencillez generalizada que domina el ambiente.

Clínica móvil de MSF en Nyabiondo, Kivu Norte (© Colin Delfosse)

Clínica móvil de MSF en Nyabiondo, Kivu Norte (© Colin Delfosse)

También MSF gestiona desde Bukavu cuatro proyectos en la región: en Shabunda, Minova y Kalonge con proyectos fijos, a parte de un equipo de emergencia llamado RUSK (Respuesta de Emergencia para Kivu Sur) que interviene en urgencias médicas en diferentes lugares de la zona. El equipo de MSF en Bukavu es enorme: más de 80 personas (entre médicos, enfermeros, logistas, administradores, conductores, etc.) se encargan del apoyo a los proyectos en terreno y a la vez hacen de puente con Barcelona, donde tiene su sede MSF España.

La elección de Bukavu para tantos actores no es ninguna casualidad: tanto Kivu Sur como Kivu Norte han sido históricamente dos de las provincias más turbulentas del país, lo que se debe no sólo a su ubicación estratégica como región fronteriza a Uganda, Ruanda y Burundi, sino sobre todo a su riqueza en minerales. Los Kivus siguen siendo hasta hoy escenario de mucha violencia armada que cada año causa el desplazamiento de miles de personas. El contexto congoleño con sus muchos grupos rebeldes es sumamente complejo.

Un Estado disfuncional, en el cual por ejemplo el sistema sanitario es muy ineficiente, agrava la situación para la población: la esperanza de vida en la República Democrática del Congo (RDC) es de tan sólo 45 años y con ello, una de las más bajas del mundo. Por tanto, trabajar en Congo se convierte casi en una obligación para una organización médica como Médicos Sin Fronteras. Las necesidades médicas son de tal dimensión que se podría señalar casi con los ojos cerrados cualquier punto del mapa congoleño e intervenir allí sin tener que preguntarse si va a ser pertinente o no: siempre lo será.

Los retos para trabajar en un país como Congo son enormes, no sólo en términos de sanidad, sino también logísticamente. Las infraestructuras, sobre todo las carreteras y los medios de transporte, son prácticamente inexistentes. Un pequeño, pero importante detalle: RDC es el undécimo país más grande del mundo, con una extensión de aproximadamente 2,3 millones de kilómetros cuadrados. ¡El equivalente a 4,6 veces el tamaño de España!

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Equipos de MSF durante una intervención de emergencia para atender a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

No es difícil imaginarse entonces el reto que representa la inexistencia de vías de transporte para el equipo logístico de MSF. Por ejemplo, a Shabunda, el transporte de materiales y personal funciona exclusivamente por avioneta. Sólo una vez se hizo el trayecto por tierra para aprovisionar el proyecto con coches 4×4. Por cuestiones de seguridad el equipo, tuvo que coger una ruta más larga: fueron 650 kilómetros… ¡y 8 días de viaje! En la época de lluvia, que por estas latitudes dura de septiembre hasta abril, la duración de los trayectos se duplica fácilmente, convirtiendo los movimientos en pequeñas pesadillas sobre todo para los conductores.

Cuando en la tarde de un miércoles recibí por fin el OK para mi salida a Kalonge, me sentí muy contenta, pero también tenía mil y una preguntas en mi mente. Es mi segunda misión con MSF y mi segunda misión como coordinadora de proyecto, pero es la primera en un contexto “típico” MSF. Estambul (Turquía), donde pasé casi 10 meses trabajando en un proyecto de salud mental para inmigrantes, fue -al tratarse de un contexto urbano– una experiencia muy diferente comparada con lo que me espera ahora en Congo. No voy a mentir: por momentos sentía cierto vértigo ante la responsabilidad que debía afrontar. Pero era un vértigo que también daba mucha energía. Así que: ¡para allá que me fui!

(Continuará)