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Reflexiones

24 noviembre 2011

Por Carmen de Nova (Colombia, Médicos Sin Fronteras)*

 

¿Qué es en lo primero que pensamos cada uno de nosotros cuando hablamos de Acción Humanitaria? ¿Acaso no pensamos en buenas intenciones, ayuda al necesitado y, en definitiva, en todas aquellas mejores virtudes de la condición humana? ¿Acaso no pensamos en un arma de lucha contra la necesidad extrema? Durante toda mi vida creí firmemente en este discurso, sin pensar que la Acción Humanitaria pudiera tener ningún posible efecto contrario al deseado.

Sin embargo, después de todo un año de estudio de maestría sobre el tema, no me quedó más remedio que hacerme algunas preguntas. De repente no todo parecía tan claro: mi trabajo, que con algún que otro esfuerzo conseguí orientar hacia aquello en lo que yo más creía, se veía de repente cuestionado por un montón de economistas, antropólogos, sociólogos, abogados, y más cerebros respetables y respetados.

Que la Cooperación Internacional y la Acción Humanitaria pudieran llegar a ser planteadas por algunos estudiosos como una herramienta de freno a los procesos de desarrollo de un país es algo que queda lejos de la lógica más inmediata de muchos. Ahí van los argumentos y razones.

Hablando de la Acción Humanitaria, que es a lo que MSF se dedica (la destinada a preservar la vida, aliviar el sufrimiento y restablecer la dignidad de las personas en periodos en los que su supervivencia está amenazada), esta es básicamente la provisión de unos servicios que deben ser responsabilidad de los distintos Estados, podemos decir que, en esencia, se corre el peligro de que los agentes humanitarios sustituyan a estos en sus funciones.

Y esta sustitución en muchas partes del mundo puede provocar un efecto contrario a lo deseado, es decir, se exime a los Gobiernos de la obligación de crear un “Estado de Bienestar”… “Si Médicos Sin Fronteras ya está haciendo el trabajo allí, ¿por qué invertir yo en lo mismo?”. Y esto puede llevar a un debilitamiento de las instituciones y a otra serie de consecuencias para las poblaciones a las que atendemos y que, tarde o temprano, se quedarán sin nosotros.

Bien, muchos de los que sostienen fervientemente esta lógica argumentan que, para que la ayuda sea realmente eficaz, debería estar dirigida por una organización multilateral (es decir, compuesta muchos Estados donantes), internamente democrática, justa, sin intereses económicos en los países receptores, comprometida, etc.

Además aseguran que los aportes económicos deben ser donados a los Gobiernos locales, previas condiciones y mecanismos de rendición de cuentas establecidos, para que ellos diseñen sus propios procesos de desarrollo, y así fortalezcan las instituciones locales. Pero hay millones de personas en el mundo cuya salud, o cuya vida, están amenazadas ahora, y que no pueden esperar.

Es cierto que las causas más profundas de la pobreza en el mundo no las puede atacar la Acción Humanitaria. Es cierto que poco podemos hacer contra un sistema global injusto, unas instituciones pobres o inexistentes, unos mercados financieros que no atienden al llanto de los hambrientos, unas políticas exteriores dañinas, la ignorancia de muchos y la avaricia de pocos, la pésima distribución de la riqueza en el mundo, el consumo desenfrenado y las causas más globales de este mal mundo en el que vivimos. Todo eso es cierto, pero mientras, los que pagan son los mismos.

Muchos dicen que organizaciones como Médicos Sin Fronteras lo único que hacen es “poner tiritas”, y yo digo que alguien tendrá que ponerlas. Que las heridas duelen y sangran, y que duelen y sangran siempre a los mismos, que el dolor se trata, aunque no podamos curar la enfermedad de raíz, y también es importante tratarlo.

Hay otras formas de lucha, todas necesarias, y esta es una de ellas. La lucha por salvar vidas aquí y ahora, cuando nadie puede o quiere hacerlo, la lucha por alzar las millones de voces de los olvidados, de denunciar las consecuencias de todas esas causas profundas de las que hemos hablado, la lucha por cambiar las vidas de personas con nombre y apellidos.

Aquí, en Colombia, estamos en ello.

* Carmen de Nova es matrona en el proyecto de MSF en Cauca.

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Foto superior: Tras un extenuante parto, Daniela Mosquero dio a luz a una niña sana en el Hospital San Francisco de Asís de Quibdó (Chocó), en cuya maternidad trabaja MSF. Este hospital es la única estructura pública de salud con servicios de atención secundaria en maternidad en el departamento del Chocó. (© Mads Nissen, 2010).

Foto inferior: Atención primaria a víctimas de la violencia y la exclusión en Barbacoas, Nariño (© Juan Carlos Tomasi, 2007).

Imágenes de Colombia

28 octubre 2011

Por Carmen de Nova (Colombia, Médicos Sin Fronteras)*

Llegué a Colombia con millones de imágenes en mi cabeza, de esas imágenes prefabricadas que compramos a menudo en los estantes de los periódicos, en las vitrinas de las noticias, que yo compré también en las líneas perfectamente narradas de “Cien años de soledad”, imaginando que iba hacia un Macondo mágico y lejano.

Muchas de esas imágenes se mezclaban entre cafetales, bananeros, acentos caribeños y pequeñas y grandes ciudades de un país que, hace mucho ya, dejó atrás un pasado colonial para crear su propia identidad y que, lejos de esas etapas que muchos siguen llamando “subdesarrollo”, se alza emergente desde el otro lado del charco.

Por eso, por muchas imágenes que se almacenaran en mi cabeza, no lograba crear aquella que sería mi escenario durante los siguientes meses, porque me iba, de nuevo, como parte del equipo de Médicos Sin Fronteras, a apoyar a poblaciones olvidadas, míseras, con necesidades que van mucho más allá de las mías, de las nuestras. No lograba encontrar esa imagen entre las muchas que se agolpaban en mi cabeza, la de la Colombia pobre y sin salud, la Colombia marginada, sin aliento, o al menos la de una Colombia semejante a los lugares comunes de MSF.

Pero desde que aterricé, mochila en mano, en las caóticas calles de Bogotá, con el mareo de las alturas que me acompañó durante mi estancia en la ciudad del museo de Botero, hasta que, poco después, dejé la mochila en un rincón escondido de la selva pacífica colombiana, cambiando el mareo por sudor y a Botero por bachata, se me han llenado los ojos y el corazón de lugares comunes.

Puerto Saija, en el departamento de Cauca, es un poblado que nace en la ribera del río Saija, uno de los cuatro grandes ríos que atraviesan la pantanosa y fácilmente inundable costa pacífica colombiana, un entresijo de ríos y afluentes que dibujan un auténtico laberinto de corrientes. Un laberinto salpicado de miles de poblados que aparecen tímidamente de entre los árboles, donde poblaciones indígenas y afrocolombianas viven a espaldas del mundo, como si la gran cordillera montañosa que separa esta zona del resto del país realmente evitara que el mundo los viese, los oyese, como si el eco de estas montañas se tragase sus gargantas.

Otro lugar olvidado. Otro lugar oculto de la mirada internacional. Otro lugar donde los niños lucen pies descalzos y miradas limpias, donde las madres indígenas lavan la ropa en la orilla del río entre ocho o nueve chiquillos con hambre, donde los pobres son muy pobres y no hay ricos, donde la ignorancia es el sustento de unos pocos, y donde además, hay un conflicto que lleva alimentando los miedos durante cincuenta años. Sí, un conflicto que ya se ha cobrado lo impagable.

Desde que llegué a la selva pacífica colombiana, el conflicto ha estado en boca de todos. La gente lo habla, se oye, se sabe, pero al principio no se palpa. Un conflicto que anda sutilmente bajo la conciencia de todos, todos los días y a todas horas, y que, también sutilmente le va dando la cara a uno, poco a poco, cuando ya te has habituado a que sea solo un concepto abstracto, sin forma.

Me esperan todavía algunos meses aquí, en este poblado que parece solo y perdido. Entre esta gente que esconde las pequeñas alegrías y los grandes dramas de una población que vive otra de esas realidades que no se entienden. Quizás una realidad impregnada del realismo mágico de García Márquez, quizás una realidad absurda como tantas otras. Vamos a descubrirla.

* Carmen de Nova es matrona en el proyecto de MSF en Cauca.

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Foto superior: Vista aérea del río Saija. © Carmen de Nova.

Foto inferior: Puerto Saija. © Carmen de Nova.

Un agua que se lleva las esperanzas

18 febrero 2011

Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

Como cada año, la época de lluvias en Bolivia debió comenzar en noviembre y debía extenderse hasta  abril de este año; pero ya nadie cree en ese calendario que rige la vida productiva y social del país. Lo que hasta hace unos 10 años atrás era una certeza ahora se ha convertido en una utopía.  Las lluvias se retrasaron hasta enero y el servicio nacional de meteorología ha avisado que sólo habrá lluvias hasta marzo.

La vida campesina del país, tan llena de actividades  ligadas a la cultura y las creencias, gira en torno a las lluvias. Las comunidades indígenas rinden culto a la Pachamama (la Madre Tierra) en agosto y le piden siempre que bendiga sus escasas tierras con las lluvias necesarias para regar los cultivos y tener una cosecha abundante. Nunca le han pedido que mande más agua de la necesaria y el último tiempo, sus dioses no han sido equitativos. En unos lugares las lluvias intensas han inundado los campos, y se han llevado los terrenos cultivados en las márgenes de los ríos; en otros no llovió en los últimos dos años y las familias han padecido sequías tremendas que les han quitado el agua para sembrar, para dar al ganado y para beber ellos mismos. Los pobres siguen pagando el precio más alto por la crisis ambiental.

 Desborde del Río Chico. Foto: Correo del Sur

*Desborde del Río Chico (Correo del Sur)

El calendario escolar del país, que inicia clases en febrero y las termina en noviembre, toma en cuenta las lluvias. A veces se hace imposible llegar hasta la escuela durante la temporada de lluvias: atravesando ríos crecidos, o viviendo en comunidades que se han inundado y donde, de pronto, la preocupación principal es cómo salvar las pocas pertenencias familiares, los alimentos y algunos animales  vitales para la subsistencia. Cuando se es pobre, la naturaleza nos pone a prueba con cambios mínimos; ni hablar  ya del impacto que tiene en la vida de las personas los grandes cambios climáticos que están ocurriendo en los últimos años.

Desde hace dos semanas, nuestra oficina central en Bolivia se ha convertido en un centro de llamados de emergencia. En Tarvita (Chuquisaca) una riada arrastró un bus y un camión llenos de personas; el turbión de piedras, agua y lodo llegó de pronto, mientras las movilidades intentaban cruzar el río. Murieron 34 personas y sólo 19 pudieron salvarse.

 Río Quime se lleva varias casas. Foto: Diario La Razón

*Río Quime se lleva varias casas (Diario La Razón)

El pasado viernes 225 familias de la localidad de Río Chico, en Sucre, vieron como el agua del río se llevaba más de 400 metros lineales de gaviones (protectores de riberas) y sus terrenos quedaban a merced de la corriente. Con esos terrenos se fueron también las garantías de seguridad alimentaria de las familias que tenían sus cultivos sembrados allí: papas, hortalizas, maíz, entre otros. En algunos terrenos, el agua alcanzó 1 metro de altura.

Ese mismo día, en la localidad de Quime, aledaña a nuestro proyecto de Licoma, en La Paz, 139 personas fueron afectadas cuando el río del mismo nombre arrasó los gaviones protectores y con ellos las casas de esas familias. Y con las casas perdieron sus pertenencias y las herramientas con las que se ganan el pan diario.

Al día siguiente nos reportaban que 80 familias de Betanzos, en Potosí, habían sufrido el embate del río y habían perdido 400 hectáreas de cultivos.

Se teme que estas inundaciones desencadenen brotes de mosquitos aedes aegiptys, causantes del dengue, en las zonas endémicas de la enfermedad, y que esto derive en otra emergencia, esta vez, sanitaria.

En todos estos lugares se ha movilizado la cooperación de Ayuda en Acción para, al mismo tiempo que se hace la evaluación de los daños, se elaboren planes de atención a la emergencia en conjunto con los gobiernos municipales y las gobernaciones departamentales. Esto permite llevar ayuda efectiva y oportuna en la fase de emergencia; posteriormente se apoyarán las fases de rehabilitación social y productiva.

En el Chaco chuquisaqueño no llovió los dos últimos dos años y los pobladores padecieron una intensa sequía. En 2010 Ayuda en Acción, junto a la gobernación, puso en marcha un programa de atención a las familias que incluyó la construcción de reservorios de agua y sistemas de “cosecha de agua” de lluvia, para garantizar el suministro tanto a las personas como a los animales y los terrenos. También distribuyó alimentos secos y semillas de maíz. En los últimos meses, las semillas sembradas han comenzado a brotar y se espera una cosecha que al menos permita garantizar la seguridad alimentaria de las más de mil familias de la zona.

Y mientras en algunos sitios el agua se lleva las esperanzas de las familias, en otros, con el brote de los sembradíos, la esperanza vuelve a renacer.

Nutriéndonos de los frutos de nuestra tierra

08 febrero 2011

Luz Amparo Atehortúa Correa, Ayuda en Acción Colombia

Leidi Yohana estudia en la escuela Cinco Días del municipio de Timbio en el Cauca, una de nuestra áreas de desarrollo y su proyecto “Trabajando y mejorando por nuestros hijos” apoyado por Ayuda en Acción.

 

Leidi nos cuenta cómo en el año han estado trabajando en la huerta escolar y asegura: “Nuestros padres nos ayudaron a limpiar un pedazo de tierra que nos asignaron en el colegio; ellos limpiaron y nos ayudaron a hacer las eras utilizando costalillas y guaduas, porque el terreno era inclinado y para que no se derrumbara. Nosotros los niños y niñas abonamos y sembramos las semillas que nos regaló Corpotunia, socio de Ayuda en Acción.  La profesora nos repartió las eras de tres en tres, a mí me tocó con Víctor y Camilo y sembramos alverja, otros niños sembraron zanahoria, cilantro, acelga, lechuga y espinaca. Sembramos las semillas y las vimos crecer”.  

Los jueves, en el horario de ciencias naturales, Leidi  y sus compañeros/as de 4ºA van a trabajar en la huerta y la desyerban, aporcan, quitan las hojas secas y nos dice ella que su profesora les recuerda que a las plantas se les debe querer y cuidar mucho porque nos dan sus frutos. Cuando hace mucho sol riegan las plantas y cuando recogen los frutos lo hacen con mucho cuidado. Algunos de los productos que cosechan los venden y el dinero que reciben de estas ventas lo guardan para comprar semillas y volver a sembrar. La espinaca la llevaron al restaurante de la escuela y Leidi les dio cilantro a sus compañeros para que llevaran a sus casas. Con la espinaca y la acelga hicieron arroz verde, albóndigas de espinacas que las cosecharon de la era de otros compañeros.

 

Después de esta cosecha sembraron remolacha y rábano y dice Leidi, que todos/as se ponen contentos cuando van a trabajar en la huerta. En el proyecto de las huerta escolar todos/as los alumnos/as y los/as profesores/as aportan. En la clase de educación artística, hicieron los letreros, en las clase de español, hacen resúmenes sobre la huerta y,en las horas de ingles, están aprendiendo los nombres de las hortalizas en ingles y la profesora de preescolar escribió un letrero que dice “SEMILLAS DURMIENDO”.

Leidi nos comparte su alegría al ver la foto de su era de alverjas que ya está florecida y que están esperando cosecharla para hacer arroz con pollo en el restaurante escolar.

Gracias al testimonio de Leidi podemos ver resultados del trabajo que está realizando Ayuda en Acción en Cauca y su socio Corpotunia en las 35 comunidades donde se realiza el proyecto y la manera en que se han involucrado padres, madres, profesoras/es y niños/as. Les comparto otra frase de Leidi. “Nosotros somos niños campesinos por eso nos gusta el campo y en nuestras casas tenemos pequeñas huertas”.

Y por su testimonio podemos ver que estos niño/as si se están Nutriendo de los frutos de sus  tierra y de sus manos.

El páramo de Santurbán está en peligro

27 octubre 2010

Amparo Atahortua, Ayuda en Acción Colombia

El Páramo de Santurbán es un sistema ecológico ubicado en los Departamentos de Santander y Norte de Santander (Colombia), de vital importancia por su capacidad para retener agua en el suelo y controlar su flujo a través de las cuencas hidrográficas. En él se encuentran 85 lagunas y los nacimientos de los ríos que abastecen de agua al Área Metropolitana de Bucaramanga y 20 municipios más: en total 3 millones de personas se abastecen de agua gracias a este ecosistema. El Proyecto de minería a cielo abierto que se pretende realizar en el Páramo de Santurban acabaría con él y con el agua para las personas.

En un proyecto minero, se utilizan toneladas de explosivos que generan deslizamientos de tierra; toneladas de cianuro que luego van a las fuentes de agua y generan lluvía ácida

SI LA EXPLOTACIÓN MINERA SE REALIZA, ASÍ QUEDARÍA EL PÁRAMO:

Uno de los objetivos del proyecto que desarrollamos con Ayuda en Acción es la defensa y protección del agua, por tal motivo, las asociaciones campesinas del AD Bucaramanga participan activamente en la campaña “Salvemos el Agua, Salvemos la vida”. En el marco de esta campaña se han realizado charlas sobre la importancia de proteger las fuentes de agua y los impactos negativos de la minería.

El 18 de septiembre, en el Festival del Oriente Colombiano, participamos con una carroza que recreaba el escenario del Páramo y la mina de explotación de oro a cielo abierto, para informar a todas las personas sobre el peligro y la necesidad de defender el Páramo.

Desde los municipios de Lebrija, Matanza y Rionegro, delegaciones de todas las asociaciones de mujeres y productores que mantienen un vínculo solidario con Corambiente y Ayuda en acción, llegaron a la cita para manifestar su preocupación por la defensa de las fuentes de agua que proveen a sus comunidades y exigir a las autoridades que no permitan la explotación minera.

La señora Emperatriz Román, líder de la Asociación de Mujeres Campesinas de Lebrija, expresa: “Somos productoras de alimento y si nos quitan el agua, nos arrancan el corazón”.

Niños y niñas habitantes del área metropolitana de Bucaramanga fueron protagonistas en la carroza, personificando el trabajo en la explotación minera y el trabajo en la producción de alimentos, para dar vida a los dos escenarios y evidenciar los cambios culturales y ambientales que se podrían sufrir de darse la explotación, contando con su alegría y espontaneidad se unieron en esta idea de defender el páramo como patrimonio para su generación y las futuras.

La Carroza Salvemos el agua, Salvemos la vida, es otro esfuerzo más que el Área de desarrollo, junto con Ayuda en Acción, realiza en el camino por la sostenibilidad de los procesos comunitarios: sin ecosistemas sanos es imposible tener agua apta para el consumo humano, sin agua es imposible producir alimentos para la población, sin alimento el tejido social se rompe; por esta razón es primordial el esfuerzo de cada amigo(a) solidario(a) y estas organizaciones por salvar el agua, salvar la vida.

Yo puedo liderar

13 agosto 2010

Andrea Gómez, Ayuda en Acción Colombia

Una de las cosas que les queremos seguir contando de nuestras áreas de desarrollo (ADs) en Colombia es lo que realiza la fundación Pies Descalzos con los Centros de Interés en Cazucá.

Es de resaltar que esta zona presenta muchas dificultades relacionadas con la violencia y la falta de  oportunidades  para que los niños, niñas y jóvenes puedan hacer un uso adecuado de su tiempo libre.

Queriendo contribuir a generar mejores condiciones de vida, nacen los Centros de Interés como una estrategia para que niñez y juventud  puedan hacer un uso positivo de su tiempo en los espacios  extraclase, además de aportar a la mejora de la comunicación y la relación entre los niños y niñas apadrinados.

A esta iniciativa se han sumado los padres y madres ofreciendo sus casas para que funcionen allí los Centros de Interés: así podemos comprobar el compromiso que tiene las familias  con el bienestar de sus hijos e hijas y con la comunidad en su conjunto.

Los responsables de las actividades, llamados talleristas,  son niños y niñas estudiantes de sexto a noveno grados, de la “Institución Educativa Gabriel García Márquez” y la escuela “Manuela Beltrán”. Ellos a su vez están liderados por becarios , estudiantes de carreras técnicas o universitarias.

En los centros los principales protagonistas son los niños, niñas y sus familias, que los apoyan en su proyección hacia la comunidad. Allí pueden hacer consultas para terminar los deberes,  jugar, participar en talleres en las áreas básicas de conocimiento  o en áreas artísticas.

Además se logra la interiorización de la filosofía del Vínculos Solidario y se trabajan los Derechos  de los niños y niñas a partir de la exigencia del respeto y del no maltrato, lo que se espera que se proyecte hacia la familia y la comunidad.

 María del Pilar nos cuenta su experiencia.

“Estoy vinculada al centro de interés ‘Mariposas Amarillas’ porque me gusta mucho enseñar y aprender. Este Centro de Interés es un espacio abierto donde los niños y las niñas del barrio ‘Carlos Pizarro’ y ‘Minuto de Dios’ juegan, se divierten y sobre todo aprenden” asegura.

“Nuestra experiencia como coordinadores y coordinadoras de este centro ha sido satisfactoria ya que hemos aprendido a enseñar lo que sabemos, a tolerar a las demás personas. En mi caso personal, había tenido inconvenientes con algunos niños y niñas de mi barrio y a través del trabajo en equipo en el Centro de Interés y la participación de ellos y ellas en el mismo, estos problemas se superaron y ahora somos muy buenos amigos y nos queremos” añade.

María del Pilar afirma que ha aprendido a respetar opiniones ajenas. “Hemos proyectado, todos los y las coordinadoras, con nuestra manera de ser, lo que queremos que los niños y niñas aprendan. Y me refiero a los valores y el respeto a los demás y uno mismo”.

“A los niños y las niñas que asisten al Centro de Interés se les pide no agredirse como una forma de respeto al otro y otra y como una manera de hacerse valer”.

A ella esta experiencia le ha servido para fortalecer su capacidad de liderazgo, sus relaciones con la gente de su comunidad y su capacidad de compartir con los demás sus conocimientos. “Nos consideramos líderes y educadores ya que enseñamos lo que somos y tenemos. El Centro de interés no es una biblioteca ni un parque: es una mezcla de las dos” señala.

Recreando Sueños

29 julio 2010

Andrea Gómez y Amparo Atehortúa, AeA Colombia, con el apoyo de Juan Alejandro Morales, de CORPOTUNÍA.

Desde la oficina  de Ayuda en Acción en Colombia hemos empezado la comunicación con ustedes  y tendremos la oportunidad de encontrarnos muchas veces pues nuestras áreas de desarrollo nos están brindando constantemente muy buenas noticias, somos  Amparo Atehortúa y Andrea Gómez responsables de Vínculos Solidaros de la Organización.

Queremos contarles algo de lo que han logrado nuestros amigos de CORPOTUNIA en su proyecto “Trabajando y mejorando para nuestros hijos”, que impulsan en el Departamento del Cauca (Colombia), con apoyo de Ayuda en Acción.

Danza de San Juanito, niños de la escuela Santateresita Tunia, en Piendamo. Foto: Juan Alejandro Morales

Danza de San Juanito, niños de la escuela Santateresita Tunia, en Piendamo. Foto: Juan Alejandro Morales

Han diseñado un programa llamado Recreando Sueños, donde los niños las niñas y los jóvenes de comunidades del Cauca pueden, a través de la danza y el canto, compartir valores donde la solidaridad, el respeto, la dignidad y la interculturalidad aparecen como solución a algunos de los problemas originados por prejuicios sociales que afectan sus costumbres ancestrales, prejuicios derivados de la infiltración de culturas extrañas que afectan su autoestima y la relación de sus comunidades con el resto de la sociedad, pues las personas que se benefician de este accionar son en su mayoría población indígena de las etnias Nasa y Guambiana.

Baile de los niños de la escuela 20 de Julio, del municipio de Caldono. Foto: Juan Alejandro Morales

Baile de los niños de la escuela 20 de Julio, del municipio de Caldono. Foto: Juan Alejandro Morales

Cada pueblo ha desarrollado una serie de manifestaciones propias, a las que llamamos cultura, pero tristemente nos damos cuenta que mantener la identidad cultural, que es el conjunto de valores, tradiciones, símbolos, creencias y modos de comportamiento, resulta más difícil de conservar pues los medios de comunicación, la vulnerabilidad por la cercanía a las ciudades, el consumismo desenfrenado, entre otros aspectos, han llevado a una pérdida de la identidad, fenómeno que se ve reflejado en la inclusión de nuevas costumbres que en muchos casos generan incertidumbre, malos hábitos y hasta violencia.

Baile de los niños de la escuela de Cerro Alto, en Caldono. Foto: Juan Alejandro Morales

Baile de los niños de la escuela de Cerro Alto, en Caldono. Foto: Juan Alejandro Morales

Con el proyecto Recreando Sueños, niños niñas y jóvenes aprenden (aquí poner lo que aprenden; por ejemplo: danzas y cantos tradicionales de sus comunidades) y más tarde se reúnen para mostrarlos a grupos de otras comunidades de la región y a los visitantes que llegan al sitio donde se reúnen. Maravillados se ven estos niños, niñas y jóvenes cuando, en el marco de Feria Agroindustrial y Artesanal de Tunía, presentan sus habilidades. Asisten niños y niñas del municipio de Caldono, de las “veredas” (pequeñas comunidades) “20 de julio”, Las Mercedes, Miravalle y Cerro Alto, e intercambian con niños y niñas de los resguardos guambianos de La María – Piendamó y de Silvia. Al igual que niños y niñas de la comunidad de Cinco Días, del municipio de Timbío. En esta Feria dan a conocer sus aptitudes, que en muchos casos apenas están despertando. Este encuentro es de gran importancia para la formación integral que el Recreando Sueños les ofrece, donde pueden desarrollar acciones encaminadas al mejoramiento en la calidad de vida que contribuyen de manera directa en los pequeños y pequeñas, y una manera en que se consigue esto es involucrándolos actividades de este tipo, esto permite cambios en su vida y, sobre todo, soñar que cada día se puede construir un mundo mejor.

Traje típico de la zona de Caldono. Foto: Juan Alejandro Morales

Traje típico de la zona de Caldono. Foto: Juan Alejandro Morales

Estamos convencidos que en esta región, donde se goza de una gran diversidad étnica y cultural, se pueden ejecutar acciones que permitan el desarrollo de potencialidades intelectuales, éticas y artísticas que lleven a una mejor condición humana en busca de una sociedad más justa, creada para la paz y la libertad, donde niños, niñas y jóvenes conserven todos aquellos conocimientos y tradiciones de sus ancestros, donde se construyan ideales, saberes y valores, donde vivan con dignidad y respeto.

Tres veces víctimas

27 julio 2010

Por Javier Fernández Espada (Colombia, MSF)

 Unos dirán que todo empezó hace casi cincuenta años con la aparición de las FARC; otros dirán que hace setenta años, con la época de La Violencia; algunos dicen que hace doscientos, con la independencia; e incluso hay otros que dicen que todo empezó hace algo más de quinientos años.

Lo cierto es que durante todo este tiempo, e independientemente de cuándo empezara, los colombianos vienen viviendo desde hace mucho las consecuencias directas de un conflicto armado. Podríamos incluso asegurar que todas las generaciones que comparten el presente han vivido en tiempo de violencia y conflicto.

Por supuesto que esta situación afecta de manera diferente a cada persona, pero lo que nadie puede negar es que todo el mundo se ve interiormente afectado de una manera o de otra. Por suerte, sólo una desafortunada minoría sufre las consecuencias físicas, pero ¿qué ocurre con las consecuencias psicológicas? De esas no se libra nadie.

En todas las actividades que Médicos Sin Fronteras realiza en sus proyectos en Colombia, se incluye la presencia de psicólogos con el único interés de apoyar a las personas que están padeciendo las consecuencias de este conflicto. ¡Las historias que escuchan son aterradoras! Por supuesto no las vamos a reproducir en este texto, por un lado por la confidencialidad que merecen estas personas y que les proporcionamos en todo momento, y por otro lado porque no me quiero enfocar en los orígenes, sino en las consecuencias, y las consecuencias son que un porcentaje muy alto de la población necesita apoyo en términos de salud mental para lidiar con los efectos que los eventos traumáticos han producido en ellos.

Sin embargo y pesar de las necesidades acuciantes, el presupuesto que se dedica a la salud mental en Colombia es muy inferior al que se dedica en otros países de la región sin un conflicto armado activo; por ejemplo, Bolivia destina un porcentaje a salud mental del presupuesto global de salud el doble de grande que el colombiano, Perú veinte veces mayor, Brasil veinticinco veces más, y Surinam 42 veces más[1], países todos ellos donde las necesidades psicológicas son en principio menos dramáticas.

MSF acaba de publicar el informe “Tres Veces Víctimas”. Durante su elaboración simplemente hemos constatado cn datos lo que nuestros ojos nos habían mostrado durante los últimos años: por un lado el devastador efecto del conflicto en la salud mental, y por otro el hecho de que muchos colombianos son víctimas primero de la violencia, después pasan a ser víctimas del silencio y de la estigmatización por los propios eventos traumáticos que les ha tocado sufrir, y finalmente se convierten en víctimas del abandono al no recibir el apoyo que merecerían por parte de las instituciones.

Trastornos adaptativos, depresión, duelo, problemas de relación… Son algunos de los diagnósticos que más a menudo nos estamos encontrando en nuestras actividades médicas. Urge que se replantee el apoyo en salud mental en el sistema de salud colombiano.

Es cierto que las víctimas no se morirán “de esto” (salvo las excepciones dramáticas de los episodios de suicidio), pero sí que se morirán “con esto” si no se les trata correctamente. Su vida será mucho mejor, más digna y más amable cuando reciban el apoyo psicosocial que se merecen. Al fin y al cabo, ellos no eligieron nacer en un país en guerra.


[1] Asociación Colombiana de Psiquiatría

Fotos: Dibujos realizados por pacientes del proyecto de MSF en Caquetá.

Colombia vive

04 noviembre 2009

Por Javier Fernández Espada (Colombia, MSF)

Mi nombre es Javier, soy de Barcelona y esta es la primera vez que voy a escribir un blog, así que de salida quiero pedir excusas a todos aquellos lectores que se sientan defraudados por mi falta de experiencia en estas lides. Tampoco tengo nada que ver con la literatura, soy un arquitecto técnico reconvertido a trabajador humanitario así que, como empezareis a deducir, no voy a cultivar una literatura que sea especialmente atrayente.

Sin embargo, intentaré suplir mi inexperiencia y mi probable ineficacia con humanismo, con historias humanas; porque lo que os quiero contar a través de mi blog no son las desigualdades sociales de este país, tampoco os quiero contar los cincuenta años de guerra que lleva Colombia (aunque algunos digan que doscientos años, incluso más), ni tampoco esperéis análisis de contexto geopolítico hablando de teorías de la conspiración entre Colombia y sus países vecinos. Para aquellos que esperéis este tipo de información os aconsejo que hagáis clic arriba a la derecha y ‘googleéis’ artículos de politólogos que seguro que os lo explicarán mejor que yo.

Lo que yo os quiero contar durante las entregas que dure este blog son historias de personas. Vidas de esos anónimos individuos que nunca pasarán a los libros de Historia pero que están escribiendo con su sangre, con su sudor y con sus lágrimas el pasado y el presente de Colombia y que esperemos y deseemos que escriban el futuro con risas y con esperanzas.

Me niego a hacer que la guerra o el narcotráfico sean los protagonistas de mi blog, me niego rotundamente a dedicar un par de horas semanales a escribir sobre los paramilitares, la guerrilla, el gobierno o los narcotraficantes, a ellos ya se les dedica suficiente literatura y demasiada publicidad en las crónicas negras de la sección internacional de los periódicos.

Yo no he venido a Colombia para dedicarles mi tiempo a ellos, he venido para ofrecer mis limitadas facultades a los campesinos, a los indígenas, a los afrodescendientes, a los niños soldado, a las mujeres víctimas de violencia sexual, a las personas que sufren psicopatológicas por culpa de episodios de violencia, a los enfermos de Chagas, a las víctimas de la malaria… ellos tienen que ser los protagonistas de este blog, ellos son el principal y único motivo por el que estoy ahora mismo escribiendo y vosotros (a estas alturas del blog) todavía leyendo.

Cuando vuelo hacia un nuevo país tengo la costumbre de hacerme un retrato mental de lo que voy a encontrarme. Recuerdo que cuando llegué hace unos años a la República Centroafricana no tenía ni idea de lo que me encontraría allí, pero sin embargo en Colombia es diferente: la afinidad cultural, un pasado y un presente común, muchos compañeros que han pasado por este país y que han compartido conmigo sus emociones, sus frustraciones y sus alegrías hicieron que llegara a Bogotá con una fotografía muy concreta de lo que estaba esperando. Inmediatamente después de aterrizar en El Dorado y caminar los primeros metros por Bogotá, la fotografía se rompió en mil añicos como si fuera un espejo distorsionado, todo era diferente.

Antes de leer las siguientes entregas de este blog os pido que rompáis también vuestra fotografía mental, que os olvidéis de las mariposas de Macondo, de Pablo Escobar, de las gordas de Botero y de la cintura de Shakira.

No hagamos prejuicios de lo que nos vamos a encontrar, porque nunca hemos conocido ni probablemente llegaremos a conocer lo suficiente a los protagonistas que adornarán este blog: seres humanos como cualquier otro ser humano en el mundo con sus ambiciones y sus esperanzas, con sus defectos y sus virtudes, personas que son mucho más importantes que la guerra que les ha tocado sufrir. Porque al fin y al cabo la guerra es circunstancial, temporal; en cambio, las personas viven para siempre.

Hasta la semana que viene.

(Foto superior: Comunidad rural La Gabarra. © Jesús Abad Colorado)

(Foto inferior: Graciela, de 57 años de edad, y su familia, desplazados cerca de Bogotá desde una comunidad rural del departamento del Meta. © Juan Carlos Tomasi)