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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

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La conservación de los saberes ancestrales en Bolivia

Por Gabriel Díaz, cooperante de Global Humanitaria.

bol-2Los agricultores, como los navegantes, saben observar y descifrar las señales de la naturaleza, porque así manda la tradición y porque no a todas partes llegan los pronósticos meteorológicos convertidos en espacios estrella de la tele.

En un margen de tiempo relativamente corto, hemos pasado del agujero de la capa de ozono y las consecuencias del efecto invernadero hasta instalarnos en el cambio climático, que no parece ser otra cosa que la fatiga de la madre naturaleza ante tanto desmadre humano. Y así lo perciben los campesinos cochabambinos del centro de Bolivia, que están padeciendo las consecuencias de estos cambios. En ese sentido y sin ánimo de enaltecer desmesuradamente ninguna cultura –casi todas tienen sus bienes y sus males-, los quechuas y aimaras han mantenido un diálogo con la naturaleza que no deja de sorprendernos a quienes provenimos de la ciudad.

Habituados a vivir de lo que la tierra les ofrece, tanto la siembra como la cosecha se convierten en un rito que implica mucha observación previa, con todos los sentidos. Se ve, se huele, se escucha, se palpa. Así lo vive desde hace décadas don Julio Morales, quien a los 82 años comparte su sabiduría con hijos y vecinos, lo que la tierra, la fauna y el cielo anuncian.

Por ejemplo, a comienzos de agosto, Julio levanta las piedras del terreno que habita en el Valle Alto cochabambino. Dependiendo del grado de humedad que presenten, la cosecha de papa (allí hay más de 110 variedades), será buena o mala. Es lo que lo que académicamente se denominan bioindicadores o predicciones agrícolas basadas en indicadores físico atmosféricos que intentan minimizar los efectos del cambio climático. Pero para mantener esta variedad de papas y otros productos como la cebada, es vital preservar el cultivo rotativo, respetar el tiempo de descanso de la tierra, manejarla en diferentes alturas, comunitariamente y con abonos naturales. Esto resulta fundamental para garantizar la seguridad alimentaria familiar y reducir los índices de desnutrición infantil.

Las familias del lugar observan el viento, el comportamiento de ciertos animales, el florecimiento de las plantas, las heladas, las nubes y el brillo y nitidez de las estrellas, a unos 4.000 metros de altura. Y de forma muy coherente, la población rural plantea que el ciclo escolar coincida con el agrícola. Esto prevendría el éxodo constante de los jóvenes del campo a la ciudad, dejando atrás una concepción de la vida que no tiene que ver con el “tener” sino con el “ser integral”, hombres y mujeres viviendo en armonía con su entorno.

Pero el desafío es duro: las multinacionales los presionan y amenazan la producción e intercambio local de semillas, llevando pesticidas depredadores y el mercantilismo que desprecia la economía de trueque. A todo esto la tierra da muestras de cansancio, el clima no ayuda y frente a los que mueven los hilos del poder en la agroindustria estos campesinos se encuentran desamparados, muy solos.

Tras visitar y conocer a campesinos e indígenas del sur de Perú y Bolivia, uno reafirma la convicción de que las fronteras entre países son artificiales y nada justificables. Y también lo son las fronteras interiores –o mentales- que vamos generando y fomentando muchas veces, por desconocimiento o una educación que crea consumidores y no ciudadanos.

Por todo esto, de la mano de CENDA (Centro de Comunicación y Desarrollo Andino) y la comunidad, desde Global Humanitaria desarrollamos proyectos que contribuyen a la conservación o recuperación de los conocimientos ancestrales* de estas culturas milenarias, las más postergadas del continente americano. Aunque es mucho más lo que nos une de lo que nos separa, a la vista está que es preciso dialogar y encontrar espacios de entendimiento, porque cada pueblo debería poder ejercer el derecho de vivir a su manera, en paz con sus vecinos.

Tan sencillo y tan complejo.

Por la solidaridad, siempre

Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

Hace dos años me embarqué en esta empresa con un propósito: intentar demostrar que la solidaridad de muchos, aunque expresada en pequeño, puede cambiar positivamente la vida de muchísima gente. Corría marzo de 2010 y Ayuda en Acción entraba al Blog Solidario de 20minutos.es.

Fue así, y en un intento por mostrar los resultados del trabajo que Ayuda en Acción hace en Bolivia, que llegué a este espacio al que quiero profundamente. Fue mi primera experiencia de publicación en la red  y me dejó muchas sorpresas agradables. Dos años después, y ante la falta de tiempo para cumplir con los requerimientos de un espacio como este, dejo el Blog Solidario.

Y quiero hacerlo reconociendo, como siempre, el valor de la solidaridad y del empeño de nuestra propia gente por hacer uso de ella para mejorar la vida de la colectividad. Hay quienes piensan que con un poquito de ayuda no se puede hacer nada: Ayuda en Acción viene juntando esos muchos poquitos (que agradecemos profundamente)  desde hace años y está consiguiendo  cambiar la vida de millones de personas en el mundo.

Pero de quienes quiero hablar aquí hoy, como despedida y  por hacer merecido homenaje a sus esfuerzos en un día especial como el 8 de marzo, es de las mujeres.

Creo haber dicho otras veces aquí que soy de raíces cubanas. Más que de raíces, nací en Cuba y me crié allí, pero los azares de la vida me trajeron a esta tierra que quiero tanto y es mía también. Cuando llegué a Bolivia vine con la ilusión de poder conocer a la gente, sus tradiciones, su modo de ver la vida y descubrir sus ilusiones y esperanzas; y si podía, ayudarles a encontrarlas. Y en ese camino, las mujeres bolivianas me llevaron de la mano.

Corría el año 2003 cuando conocí a Geydi, una chica de 14 años de una intrincada comunidad en el norte paceño. Con esa edad, siendo aún adolescente, dirigía la Central  Agrariade Mujeres Campesinas de su municipio y lideraba un grupo de jóvenes que promovían el cumplimiento de sus propios derechos. Ella y su grupo consiguieron, por esfuerzo propio, que los gobiernos locales instalaran Defensorías de la Niñez en los municipios de la zona. “Cuando sientes que gente que no te conoce  comparte tu problema y te apoya desde lejos, no hay ninguna razón para que tú no lo hagas con los que tienes a tu alrededor”, me dijo entonces. Ella y otros 100 adolescentes impulsaron el proyecto de alfabetización que llevó a su municipio a declararse unos años después “Libre de Analfabetismo”.

 

Matrimonio Montaño

 

A finales de 2004 tuve la suerte de conocer a la Sra. Montaño, quien con más de 60 años de vida y  5 hijas, y dada su tradición cafetalera, decidió asociarse con otras 24 mujeres de Coroico y emprender un esfuerzo colectivo de producción orgánica y exportación vía comercio justo. ¿Qué si le fue difícil? Claro que sí! Pero no dudó en correr el riesgo, embarcar a su marido en la empresa y exigir a sus hijas que se superaran para ser el futuro dela empresa.  Irma, la mayor de las hijas del matrimonio Montaño, terminóla Universidad Campesinay se formó como Perito Cafetalero, siendo jurado en competencias internacionales. “Café con aroma de Coroico” –como se llama su asociación- ha obtenido diversos premios en competencias internacionales donde se evalúa la calidad del café.

 

Remy

 

Allí conocí también a Remy, una joven de veintitantos años, voluntaria del proyecto de Ayuda en Acción que, con su hijita mayor de la mano (no tendría más de 5 años) y embarazada, recorría las comunidades cercanas a la suya para orientar a las mujeres sobre el embarazo y el parto. A ello dedicaba el 70% de su tiempo libre. “Antes no había buena orientación ni atención en las comunidades. Muchas personas tenían muchos hijos y luego no tenían recursos para criarlos; no traían a sus hijos al hospital  porque tenían que pagar. Ahora les explicamos que hay seguro gratuito para las madres y los niños; y nosotros mismos tenemos medicamentos y conocimientos para atender casos simples, gracias a las capacitaciones. Cuando las nacen las “wawas” (niños) les explicamos que deben traerlos al hospital a vacunarse y les hablamos sobre la importancia de la lactancia materna y la alimentación del bebé”.

 

 

Teresa Ramírez

 

En Viacha conocí a Doña Teresa Ramírez, quien empezó a producir leche con dos vaquitas. Luego supo del proyecto que Ayuda en Acción estaba apoyando, donde se capacitó en técnicas de manejo y alimentación del ganado. Así aprendió a conservar mejor el forraje para todo el año y aumentó su producción. En un concurso para promover el  aprendizajese ganó elderecho a la construcción de un establo pequeño, que luego ella misma  hizo ampliar, con lo ganado de su venta. Hoy tiene un hato de 18 cabezas, produce queso pasteurizado y tiene un ingreso aproximado de 405 euros/mes. De sus 9 hijos, 7 estudian en la ciudad, 2 de ellos para ser maestros.

 

 

 

 

 

Mujeres Yamparas

 

Y en Molle Punku, en Chuquisaca,  conocí a un grupo de mujeres yamparas que me mostraron la represa que ellas mismas, junto a los hombres de su comunidad, habían construido con sus manos; la que les garantizaba la cosecha de todo el año. Con la mirada orgullosa señalaban el camino que, a pico y pala,  habían abierto para llevar los materiales de construcción hasta el sitio dondese construiría eldique; el camino del futuro garantizado.

No olvidaré nunca esa imagen y con ella grabada en la retina sigo caminando de la mano de mujeres heroicas anónimas, que siguen apostando por crecer aún en las peores condiciones, de la mano dela solidaridad. Atodas ellas, mi homenaje este 8 de marzo porque me enseñaron que por la solidaridad, siempre se puede.

 

P.D: Aprovecho para agradecer a 20minutos.es este espacio creado para que la gente ligada al mundo de la cooperación muestre lo que se está haciendo desde esta trinchera para construir un mundo mejor para todos. Y a los lectores, que siempre, desde la crítica y/o  la coincidencia, me animaron a seguir escribiendo.

Llevando vida buena y digna a los ayoreos de Bolivia

Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

 

Hasta hace unos 70 años, los ayoreos poblaban un territorio de 300.000  Km cuadrados en el Chaco de Paraguay y Bolivia. Fueron siempre un pueblo nómada de cazadores y recolectores -aunque también practican la agricultura y la pesca- que habitó antaño una extensa región de bosque bajo. En ese espacio conseguían todo lo que necesitaban para vivir y reproducirse. Sin embargo, desde mediados del siglo pasado, han sido expulsados de la selva por la explotación indiscriminada de la madera y los suelos.

Niño cazando almuerzo. Foto: Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

En Bolivia, actualmente sólo se reportan alrededor de 1.700 personas de este pueblo y, aún así, algunos de ellos todavía evitan cualquier contacto con foráneos.  Han visto como los terratenientes y latifundistas invadían sus territorios y destruían sus bosques, única fuente de subsistencia para ellos.  La deforestación avanza a pasos acelerados; no importa que la  Constitución Política aprobada hace muy poco tiempo en Bolivia les reconozca la titularidad colectiva de las tierras,  aún en la práctica esos bosques se siguen depredando.

Niños en la escuela. Foto de  Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

Y migrando de un lado a otro, los ayoreos fueron moviéndose  a lugares con condiciones para subsistir, abandonando sus regiones de origen y acercándose a zonas más pobladas y con ello, a la llamada  “civilización”. A escasos kilómetros de San José de Chiquitos, ciudad intermedia de la Chiquitanía boliviana, los ayoreos se instalaron en  Nueva Jerusalén y
conformaron  una comunidad de 25 habitantes. Hasta hace unos 10 años vivían como el resto de los componentes de la etnia, sin ropas y con las casas sin paredes que hoy conservan. Pero no faltó el que, en nombre de la cooperación o del Estado, vino y construyó una escuela con paredes y pizarras y les entregó material educativo sólo en castellano; y una casa cultural de ladrillo a la que nunca han entrado los miembros de la comunidad.

Inevitablemente han ido asumiendo algunas costumbres que les impone el hecho de vivir cerca de otras comunidades: usan ropas y trabajan la artesanía para vender, usando los
ingresos para comprar alimentos y cubrir otras necesidades. Sin embargo, un problema importante que enfrentan es la pérdida de identidad cultural, impuesta por la migración a zonas pobladas en busca de mejores condiciones que casi nunca encuentran y por un sistema estatal que no asegura la educación y la salud culturalmente adecuadas.

El profe de la comunidad nos mostraba la Casa de Cultura que nadie usa. Foto: Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

No hace mucho que Otto, quien es su agente comunitario de salud y se ha convertido en líder de la comunidad, enseñaba a los niños a purificar el agua que recogían de arroyuelos o que acopiaban durante las lluvias. En algunos casos, los niños caminaban hasta 8 kilómetros para conseguir un poco del líquido. Sobre un techo de calamina y en botellas
plásticas marcadas, los pocos niños de la comunidad ponían el agua al sol, eliminando de esta manera los gérmenes más sensibles y que les provocaban diarreas constantes.  Entonces Otto, el maestro  y otros miembros de la comunidad se acercaron a Ayuda en Acción y al CIEP (ONG boliviana contraparte en San José de Chiquitos) para plantearles sus necesidades y conseguir que se les apoye no sólo en obras de construcción, sino también en sus procesos de integración y de incidencia ante el Estado.

Gracias a esa gestión, hace unos meses estrenaron su sistema de agua potable. Se trata de una instalación simple y comunitaria, como todo allí, que los niños y adultos recibieron con júbilo. Gerardo, quien vive en Nueva Jerusalén y tiene mucha habilidad para la elaboración de bolsas con la fibra de un cactus denominada garabato; es observador y de pocas
palabras, pero aún así no se contuvo al expresar su satisfacción por el nuevo sistema de agua: Con la llegada de agua pura a Nueva Jerusalén mejorará nuestra vida y nos enfermaremos menos, sobre todo los niños pequeños.  Mi hija está esperando un hijo; él podrá tener agua limpia cuando nazca”. 

 Una ayorea teje mientras visitábamos la escuela. Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

Este sistema de agua, cuya instalación apoyaron Ayuda en Acción y  la Fundación  Bancaja, reducirá en un 75% las estadísticas de diarreas agudas, infecciones parasitarias y
desnutrición de los niños y niñas de Nueva Jerusalén. El pasado 9 de agosto se celebró nuevamente el Día Internacional de los Pueblos Indígenas; a ellos este homenaje,
desde la intención de que conserven su cultura y sus tradiciones en un marco de vida digna y buena.

 

Pablo y el efecto secundario

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 Pablo Alvares Herreira, de 55 años de edad. Sufre una alergia provocada por el tratamiento contra el Chagas que está recibiendo.

Los médicos examinan a Pablo, que padece uno de los efectos secundarios del benznidazol. No es un fármaco ideal, pero es el mejor que existe. Debe tomarse bajo supervisión médica y obliga a hacer un seguimiento semanal del paciente por parte de personal sanitario formado. El tratamiento dura al menos 60 días, dependiendo del peso del enfermo.

Las tasas de curación del benznidazol alcanzan casi el 100% en recién nacidos y lactantes, pero en niños mayores, adolescentes y adultos sólo rondan el 60% o 70%. Esto, sumado al hecho de que los efectos secundarios son más habituales en adultos, llevó durante años a excluir del tratamiento a las personas de más edad, como Pablo. Pero la experiencia de MSF ha demostrado que los efectos secundarios son manejables y que el tratamiento de adultos es posible.

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© Foto: Vania Alves

Asteria y la decisión

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Asteria, a la que ya conocéis, tuvo que dejar de darle el pecho a su bebé de un año para poder recibir tratamiento contra el Chagas.

Los dos únicos medicamentos que existen contra este mal se desarrollaron a partir de la investigación veterinaria: el benznidazol y el nifurtimox, que son muy antiguos y tienen muchos y graves efectos secundarios. Por eso, ni las mujeres embarazadas ni las lactantes pueden recibir tratamiento.

El Chagas es una de las enfermedades catalogadas como “olvidadas” por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La investigación y el desarrollo de nuevos métodos de diagnóstico y tratamientos no reciben el suficiente apoyo económico ni político: los pacientes de Chagas son muy pobres y no representan un mercado rentable. 

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Foto: © Vania Alves.

Asteria y el alivio

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Asteria Jiménez y sus hijas. Está feliz porque sus hijas no están infectadas con el Chagas.

Los padres de Asteria y sus suegros sí padecen el mal. Su marido no sabe aún si está infectado ya que no se encuentra ahora en Aiquile y no ha podido hacerse aún la prueba. Existe una prueba rápida de diagnóstico (utilizada por MSF) pero el resultado debe confirmarse en laboratorio. 

A menudo, los países endémicos de Chagas no disponen de las instalaciones ni el personal necesario para realizar estas pruebas. Dado que en muchas ocasiones que esta enfermedad no presenta síntomas, el diagnóstico del Chagas debería estar integrado en la atención primaria, con el fin de que las pruebas sean rutinarias en áreas de alta incidencia de la enfermedad. De lo contrario, miles de personas seguirán murieron sin saber que padecían Chagas.

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Foto: © Vania Alves.

Bernardino, Andreia y el miedo

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Bernardino Castellón, de 33 años, y su esposa Andreia, de 32. Su mayor miedo es que sus tres hijas queden huérfanas.

Ambos padecen Chagas. Bernardino perdió a su padre cuando era adolescente, y Andreia a su madre con apenas 10 años. Los dos murieron por causa no determinada. Puede que fueran víctimas del Chagas, hasta hace bien poco tiempo una enfermedad desconocida por esta comunidad, que no la relacionaba con el insecto que la contagia, la vinchuca.

El mal de Chagas es silencioso. La mayoría de personas infectadas no presentan ningún síntoma durante muchos años. Sin embargo, en la fase crónica de la enfermedad, el 30% de los afectados desarrollarán lesiones cardíacas, digestivas y neurológicas, causando daños irreversibles, y en ocasiones la muerte. Cerca de 14.000 personas mueren cada año en Latinoamérica por culpa del Chagas, y se estima que entre 10 y 15 millones de personas la padecen.

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 Foto: Bernardino, Andreia y una de sus hijas. Aiquile, Cochabamba (Bolivia).  © Vania Alves.

Gente trabajando por su gente

Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

Me encanta mi trabajo. Supongo que, como todos, es a veces agotador, otras menos relajado, y sobre todo, me da muchas satisfacciones. Es lo que tiene la cooperación al desarrollo: te llena.

Hace unos días, sin embargo, tuve la sensación de que yo me regocijaba por algo que a muchos se les daba sin tantos aspavientos. Y que no se me malentienda, no se trata de que ande yo por el mundo hablando de lo que hago o de lo que consigo cambiar con mi trabajo. Es más, por lo general me gusta hablar de lo que la gente cambia con su propio esfuerzo. A lo que me refiero aquí es a que aquello que yo consideraba hasta hace poco un resultado del esfuerzo de gente que trabaja, como yo, en organizaciones de desarrollo, es bastante más que eso.

Esa misma sensación la tienen los voluntarios, a quienes  esto se les da cada día, y muchas veces, nadie reconoce su esfuerzo titánico, su dedicación entrañable y su solidaridad
plena con las causas buenas con las que se comprometen. No hacen alarde de su trabajo y sus logros; no escriben memorias anuales llenas de resultados; no arman páginas en Internet contando sus proezas.  Son los héroes anónimos del desarrollo.

Ayuda en Acción tiene en España más de mil voluntarios; personas solidarias de todas las edades, credos, orígenes y profesiones u oficios, que se comprometen más allá de toda expectativa y que se movilizan en sus localidades  para sensibilizar, para captar fondos para los proyectos, para sumar más a la causa contra la pobreza. Todos ellos tienen nuestra admiración y respeto por su entrega.

Pero Ayuda en Acción tiene otra fuerza voluntaria, no cuantificada, que está al pie de la tarea todos los días del año, en el mismo lugar donde cambiar las condiciones de vida de la gente  es el trabajo, ya no la meta. Son nuestros colaboradores locales y asumen las tareas más diversas. Un títere para concienciar; una feria para educar; una campaña para conseguir fondos para ayudar a un niño que no puede venir a la escuela porque le falta algo; recorriendo caminos interminables para recoger una carta de un niño a sus amigos españoles, esos que se ha comprometido con su desarrollo. Son el ejército que, como hormigas infatigables, arrastran cargas más grandes que ellos y las llevan a buen puerto. Nunca pierden su entusiasmo, aún cuando los recursos escasean y las trabas aumentan; están siempre motivados por el fin último de ayudar a los demás.

 

Encuentro con colaboradores Locales. Foto: Katherine Argote, AeA

 

Hace unos días reunimos a una modesta representación de esos incansables, adolescentes y adultos, con el propósito de conocer sus expectativas y sus necesidades para hacer mejor el buen trabajo que ya hacen. Al ser la primera experiencia de este tipo en Bolivia,  pensábamos que vendrían con su lista de necesidades y demandas, quejándose del poco apoyo y reconocimiento que reciben, de la poca atención que les damos. Y lo que nos dieron fue una lección de vida; un par de bofetadas simbólicas.

Llegaron cargados de entusiasmo, ávidos de nuevos conocimientos y herramientas para trabajar, dispuestos a compartir sus experiencias positivas y a enseñarnos todo lo que los años de  trabajo en el terreno les han dado. No tuvieron un solo reclamo, sólo nuevas ideas y nuevos retos, a los que pusieron fecha de cumplimiento. Una de ellos, profesora de una escuelita rural en Santa Cruz, nos contó cuándo y cómo nació su “semillita solidaria”  y tuvo el acierto de preguntarnos cuándo nació la nuestra.

 

Encuentro con Colaboradores Locales 2. Foto: Katherine Argote/ AeA

 

Al final de ese encuentro de dos días, les hicimos un reconocimiento simbólico por su entrega, pero tengo la seguridad de que su mayor reconocimiento lo reciben día a día, allí, donde su trabajo es más útil, de voz y mano de su propia gente. Al despedirlos, intentado animarlos a seguir trabajando con el mismo empeño, la misma motivación y el mismo entusiasmo, me repetí algo que intento recordarme a mí misma con frecuencia: tengo tanto que aprender!

El señor Ruperto y la vinchuca

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

Ruperto Mamani, 57 años. Líder comunitario en Aiquile, Cochabamba (Bolivia).

Cuando alguien encuentra una vinchuca en su casa, se la entrega al señor Ruperto y él a su vez se la da al equipo de MSF o al hospital local. La vinchuca se encuentra en las grietas de las casas de adobe, una mezcla de tierra, hierba y estiércol, y convive desde hace generaciones con las poblaciones más depauperadas de las zonas rurales de Bolivia. Por eso, el Chagas es una enfermedad asociada a los más pobres.

La vinchuca o chinche picuda es un insecto de apariencia y agilidad similares a las de la cucaracha. Puede ser portadora del parásito “tripanosoma cruzi”: cuando la vinchuca infectada pica, al mismo tiempo deposita sus heces en la piel, y cuando la persona se rasca, el parásito se introduce en el flujo sanguíneo. 

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Foto: © Vania Alves

Sonia y la epidemia silenciosa

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Aiquile, Cochabamba. Sonia, de 11 años de edad, y su sobrina Érica, de 5.

Todos en la familia, con la excepción de Érica, padecen el mal de Chagas. Sonia sufrió una reacción alérgica al tratamiento con benznidazol y tuvo que suspenderlo. No existe por el momento un tratamiento pediátrico, adaptado a los niños –una consecuencia de la falta de interés de la industria farmacéutica por esta enfermedad olvidada–, y los más pequeños son los más vulnerables a los efectos secundarios.

 

Bolivia es el país con mayor incidencia de la enfermedad de Chagas en el mundo. Se estima que el área endémica abarca el 60% del territorio nacional, y que el 40% de la población boliviana está infectada, porcentaje que puede llegar al 70% en las zonas de mayor endemicidad, como Cochabamba.

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Foto: © Vania Alves