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Sobre el arte de la docencia #DíaMundialdelaEducación

Por José Antonio Hoyos profesor de francés en la Escuela Profesional de la Fundación Vicente Ferrer.

Sin que yo mismo lo supiera o lo previera, aunque quizás sí deseándolo inconscientemente, me he visto siempre atraído por la docencia.

La palabra ha sido un vehículo que, desde que conozco, he pilotado con más o menos pericia pero, sobre todo, con mucho apego. Y de ahí a la docencia diría que solo hay un cambio de marcha, aquel que permite sistematizar el contenido para hacerlo interactivo y creativo.

Tengo un cofre dorado en mi mente en el que guardo el recuerdo de algunos profesores del colegio, del instituto y de la universidad por los que siento una admiración que para algunos de ellos es ya póstuma. Dentro de ese cofre hay frases y conceptos que me enseñaron de una manera que hoy siento tan evocadora que parecen un olor. Tengo también en la memoria ideas que me regalaron que, aún hoy en día, utilizo y parafraseo incluso en conversaciones con mis amigos.

Creo que el docente es un artista, un funambulista que se pasea por la más noble rama intelectual del verbo compartir: compartir el conocimiento. Además, no sólo para transmitirlo sino también, y sobre todo, para inocular el “veneno” de la duda, el más poderoso machete para desbrozar de prejuicios y medias verdades el cerebro de los estudiantes, estudien lo que estudien y tengan la edad que tengan.

Ejercer la docencia le empapa a uno de sueños de realidad que cambian la esencia personal. Los niños africanos a los que di clase durante un par de años en Tanzania convirtieron mi mente en una fiesta de pompas de jabón exigiéndome lo máximo para enseñar lo mínimo: a leer, escribir, sumar y restar; y las chicas y chicos indios a los que ahora tengo el privilegio de enseñar francés en la Escuela Profesional de la Fundación Vicente Ferrer me están haciendo sentir la emotiva bidireccionalidad del maravilloso ejercicio de la enseñanza, pues tanto o más aprendo cada día yo como ellos. Son jóvenes de las castas más bajas que de otra manera no tendrían la oportunidad de estudiar un idioma extranjero y que lo aprenden con la esperanza de ser contratados por alguna empresa, normalmente multinacional, que les pague un sueldo digno con el que mantenerse a sí mismos y a sus familias, normalmente pobres y numerosas.

(@Juan Alonso)


La atención que me prestan, su actitud, y la viveza de sus preguntas y miradas me hacen sentir a veces que estuviera dando clase a un grupo de ardillas.

Calculo que la densidad emotiva de este proyecto es tan grande como la de la materia de un agujero negro, y la deferencia, agradecimiento y respeto que ellos me muestran -aun siendo enormes- son en realidad minúsculos comparados con la explosión de orgullo no presuntuoso que yo siento al formar parte de algo tan noble y puro como enseñar para formar y sostener.

Estudiar una lengua nueva es tender un puente inacabable entre las ideas propias y el mundo exterior a través de un río ancho como el horizonte por el que discurren las circunstancias verbalizables de la vida.

En esta escuela, pues, palabra a palabra, se construyen puentes a través de los cuales cruzan vidas en busca de su realización.

El profesor cooperante con dos alumnos de la Escuela Profesional donde da clases. (@Mario Ruiz-Ayúcar)

* José Antonio Hoyos (Burgos, 1973) estudió Telecomunicaciones en la Universidad Pública de Navarra. Después de trabajar durante 15 años en Madrid en la multinacional Bertelssman y en otros sectores comenzó su carrera como docente. Primero en Tanzania como profesor en una escuela de la ONG Born to Learn, donde colaboró durante dos años. Desde 2015 es profesor de francés en la Escuela Profesional de la Fundación Vicente Ferrer.

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