BLOGS
El Blog Solidario El Blog Solidario

Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Archivo de Julio, 2016

La metamorfosis de una epidemia

Malawi

 

El diagnóstico precoz, tratamiento y atención médica garantizan una vida larga y sana a las personas diagnosticadas con VIH.

En Malawi, Martha Jere nació hace 19 años con VIH. Entonces, un diagnóstico de VIH era prácticamente una sentencia de muerte, especialmente para los niños que vivían en países con pocos recursos. Hoy en día, un diagnóstico temprano, el tratamiento, y la atención sanitaria adecuada aseguran una vida larga y sana. Hoy Martha como madre, ha desafiado a las probabilidades y su hijo, Rahim Idriss, forma parte de la generación libre de SIDA de Malawi.

El SIDA es la principal causa de mortalidad de adolescentes en África, y se ha triplicado desde el año 2000. Como Martha, muchos viven con VIH desde que son bebés – la enfermedad se transmite durante el embarazo, el parto o la lactancia – pero no recibieron tratamiento. Martha empezó el tratamiento a los 11 años.

Casada a los 17, Martha pensaba en el matrimonio como una forma de asegurar económicamente su futuro. El matrimonio infantil es común en África Subsahariana. En Malawi, la mitad de las mujeres  se casan antes de cumplir los 18 años.

Martha forma parte de un grupo juvenil de apoyo en el que comparte su experiencia como adolescente que vive con VIH. Cuando se quedó embarazada, empezó a recibir apoyo de otras madres en su misma situación. Su marido se marchó poco después de que naciera su hijo.

En su jardín, Martha vierte agua en un balde para lavar la ropa.

En su jardín, Martha vierte agua en un balde para lavar la ropa.

 

Como muchas madres jóvenes, Martha ya no va al colegio. Conserva la esperanza de volver, pero por el momento trabaja en su pequeño negocio de lavandería. Cría a su hijo Rahim ella sola compartiendo una casa de una habitación con su hermana.

Martha ha aprendido a vivir con VIH y su experiencia, ayuda a otras personas en su misma situación.

“Animo a otras madres que encuentro porque aunque tengan el VIH, no es el fin del mundo, y podrán tener una vida longeva”, dice.

Martha recibe tratamiento simplificado – solo una pastilla al día para prevenir la transmisión del VIH de madre a hijo. Hace una década, menos del 1% de las embarazadas y madres lactantes con VIH tenían acceso al mejor tratamiento posible. Hoy 3 de cada 5 tienen reciben tratamiento antirretroviral.

En la clínica, un trabajador sanitario saluda a Rahim.

En la clínica, una trabajadora sanitaria saluda a Rahim.

Seis semanas después de que naciera Rahim, le hicieron por primera vez un test de VIH. Esta dolencia se desarrolla rápidamente en niños, por lo que hacer los exámenes y recibir los resultados pronto puede ser cuestión de vida o muerte.

A nivel global, menos de la mitad de los niños expuestos al VIH se hacen la prueba antes de cumplir los 2 meses de vida. Martha tuvo que esperar 2 meses para recibir los resultados del test del VIH de Rahim. No es fácil vivir con la incertidumbre, pero Martha recibió asesoramiento y pudo hacer frente al miedo.

Martha sabía que seguir con el tratamiento y continuar con las pruebas durante la lactancia era crucial para mantener a Rahim sano. Desde el 2000, gracias a programas como del que Martha ha formado parte, han identificado 1,3 millones de nuevas infecciones de VIH en los niños.

“Estaba tan emocionada, fui tan feliz al saber que mi hijo no tenía el virus”, recuerda Martha. “Rahim Idriss tiene 8 meses ahora y crece sano y fuerte”, nos cuenta una madre claramente orgullosa. “Es feliz, simpático y se siente a gusto con cualquiera”.

“Quiero que los niños de Malawi sean una generación libre de VIH, que estén educados y conozcan las vías de transmisión del VIH de manera que puedan prevenir y ser una generación sin VIH”, dice Martha.

Donde los campos de refugiados se convierten en “ciudades”: los mayores huyen del Sudán del Sur a Uganda

Por Eddy Day-Clarke, Responsable de Desarrollo de Recursos de HelpAge International.

El polvo llega a todas partes. Incluso cuando tenemos las ventanas cerradas durante todo el viaje que dura diez horas, todos estamos cubiertos de un polvo fino, rojo al bajarnos del coche; en ese momento chocamos con el calor sofocante que hacía en el asentamiento de refugiados. Como nunca antes había ido a un campo de refugiados, estaba un poco insegura de lo que iba a encontrar, por tanto, con dificultad, traté de esconder la ansiedad que sentía en mi estómago. Me estaba imaginando las imágenes de las personas muertas y las situaciones de hambruna de los campos que había visto en la tele, pero la realidad de este campo no parece ser la misma.

En el campo de Numanzi nos reunimos con al menos 200 personas mayores, muchas acompañadas por los niños que cuidaban, que se encontraban debajo de un árbol inmenso en el centro del campo. Nos estaban esperando y, al ver que nos estábamos acercando, empezaron a cantar una canción tradicional y a bailar. Es hermoso y emocionante ver cómo todos están compartiendo esta música a pesar de las cosas horrorosas a las que seguramente habrán sido testigos esas mujeres y esos hombres mayores durante sus vidas, y las pocas experiencias de los jóvenes acompañantes.

Adjumani en Uganda hace frontera en el norte con Sudán del Sur y es el punto principal de entrada para los refugiados del Sudán del Sur; el número de los refugiados ha aumentado rápidamente debido a las nuevas amenazas de violencia y terror. Uganda es un país único en África gracias a sus leyes que favorecen a los refugiados, y gracias a esto más de 199.000 de personas han llegado a Adjumani desde que la situación doméstica y política ha empeorado en Sudán del Sur en 2013.

A los campos de refugiados se les llama aquí “ciudades” ya que en estas zonas las reglas que impiden la migración son más permisivas que en otras partes del mundo.

LA HISTORIA DE DAVID

Nuestro traductor profesional, que traduce dinka, luganda e inglés, nos facilita comunicarnos directamente con las personas. David tiene 70 años. Junto con su esposa cuidan de sus tres nietos. Su hija y su marido han sido matados violentamente en su pueblo antes que la familia huyera a Adjumani. Él nos cuenta con entusiasmo que lo más importante para él es ver que sus nietos pueden ir a la escuela y beneficiarse de una buena educación.

Lee el resto de la entrada »

Cumpliendo 5 años con Sudán del Sur

Hoy, 9 de julio, Sudán del Sur cumple cinco años, del mismo modo que decenas de miles de niños en el país solo han conocido la violencia, el miedo y la convulsión a lo largo de la mayor parte de su vida.

Después de más de dos años de guerra civil, ¿cómo se vive siendo niño en Sudán del Sur hoy? Aproximadamente un millón de niños se han visto forzados a huir de sus hogares por culpa de la violencia; más de 400.000 han dejado el colegio debido a las luchas y más de un tercio de todos los niños sufren desnutrición. Estas son las historias de 5 niños que cumplen 5 años en Sudán del Sur.

 

©UNICEF/UNI203954/Everett. Gatchang Moet, 5 años, Bentiu. En el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

©UNICEF/UNI203954/Everett. Gatchang Moet, 5 años, Bentiu. En el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

“Quiero ser piloto de aviones”. Gatchang responde sin pensarlo dos veces, de pie en el centro de la habitación que comparte con otros ocho miembros de su familia.

Gatchang, nos cuenta su abuelo, nació en un día particularmente cálido. No pueden recordar un momento sin conflicto. Cuando Gatchang cumplió apenas dos años, su ciudad quedó destruida prácticamente por completo con el estallido de la guerra civil. Su familia huyó para estar a salvo a un campo de protección de civiles controlado por la ONU. Ha pasado la mayoría de su vida dentro de este espacio de mucha seguridad.

 

©UNICEF/UNI203958/Everett. Election Lowata, 5 años, viene del pueblo de Lomolo, en un centro de tránsito en Adjumani, Uganda.

©UNICEF/UNI203958/Everett. Election Lowata, 5 años, viene del pueblo de Lomolo, en un centro de tránsito en Adjumani, Uganda.

“¡Nunca! No había estado en un tobogán hasta ahora. Pero me gusta”, dice antes de darse la vuelta para lanzarse otra vez.

Nacida el año en que su país alcanzó la independencia, sus padres la llamaron orgullosamente Elección. Después de dos años de malas cosechas, y un persistente asalto a su ganado por parte de tribus rivales, la familia se quedó sin opciones. Hoy en día, en el año en que su hija y su país cumplen cinco años, Elección y su familia se han visto forzados a atravesar la frontera a su país vecino, Uganda. La mañana después de su llegada, Elección visitó la zona infantil y el aula apoyadas por UNICEF, alzando la mano para responder a las preguntas desde el principio.

“Creo que va a volver todos los días”, dice su padre Kompeo, orgulloso, sonriendo por primera vez en toda la semana.

 

“Un día preguntó a su profesor qué hacían esos aviones en el cielo”, cuenta Florence entre risas cuando escucha a su hija decir que quiere ser piloto. “Su profesor dijo que eran personas que van mucho a la escuela, y en ese momento Susan decidió que quería ser piloto”.

©UNICEF/UNI203956/Everett. Susan Andua, 5 años, en el exterior de la casa de su madre Florence en Nimule, Sudán del Sur.

©UNICEF/UNI203956/Everett.
Susan Andua, 5 años, en el exterior de la casa de su madre Florence en Nimule, Sudán del Sur.

Sólo un 10% de las niñas en Sudán del Sur completa la educación primaria, y la edad media con que se casan en las zonas rurales rara vez supera los 15 años. Resultado de ello: hay más adolescentes que mueren al dar a luz que adolescentes que terminan el instituto.

 

 

 

“Mi madre me ayuda con los botones todos los días, antes de ir a la escuela”, nos cuenta Madadr mientras se levanta para enseñarnos su pequeña chaqueta.

©UNICEF/UNI203953/Everett. Madadr Tuok, 5 años, Bentiu. En la Escuela Primaria Lich, en el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

©UNICEF/UNI203953/Everett.
Madadr Tuok, 5 años, Bentiu. En la Escuela Primaria Lich, en el Centro de Protección de Civiles de Bentiu.

Esta escuela es una de las ocho operadas por UNICEF dentro del Centro de Protección de Civiles de Bentiu. Con una población de 90.000 personas, de las que más del 60% son menores de 18 años, la demanda de educación es acuciante.

Continúa hablando de una lata vacía de aceite “La llevo a la escuela desde casa cada día. Si me siento delante, puedo llegar a ver al profesor”.

 

 

“Mis botas vienen de Jubba”, dice Sabri, orgulloso de saber que sus botas vienen de la capital de Sudán del Sur, una ciudad que nunca ha visto. “Mi madre tiene una hermana allí, que trabaja en el hospital”.

Hadia, de 13 años, es la que gana el pan en la familia de Sabri, de seis personas, incluyendo sus hermanos gemelos de seis meses.

©UNICEF/UNI203955/Everett. Sabri, 5 años, Magwi, desde el exterior de la casa que alquila su madre en Torit, Sudán del Sur.

©UNICEF/UNI203955/Everett.
Sabri, 5 años, Magwi, desde el exterior de la casa que alquila su madre en Torit, Sudán del Sur.

“No hay dinero para la escuela ahora”, dice Rose, la madre de Sabri. “Pero cuando los bebés hayan crecido un poco volveré a trabajar, y Sabri irá al colegio. Quiero que tenga una educación. Puede conseguir lo que quiera, se puede ver que es un buen chico”.