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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Archivo de Abril, 2016

Grecia, un miércoles cualquiera

José Luis Hitos. Delegado de la Unidad de Comunicación en Emergencias UCE
de Cruz Roja Española. Grecia.

cr3Aterrizas una tarde cualquiera de miércoles en el aeropuerto de Atenas y todo parece normal; coges el taxi rumbo al hotel y el viaje transcurre según los cauces esperados, a toda velocidad y con un tráfico abigarrado, nada inusual en el país heleno; llegas al alojamiento y lo mismo, te reciben con la hospitalidad y simpatía habituales en el Mediterráneo. Incluso al traspasar el umbral del hotel, las personas con las que te cruzas por la calle transmiten sensación de total cotidianidad, los más peques jugando en el parque o volviendo de sus actividades extraescolares, y los adultos –los más afortunados, al menos- apurando su jornada laboral o regresando ya al calor del hogar.

Nada hace pensar en el motivo de tu viaje, la crisis de los refugiados, esa que mantiene a miles de personas, de distintas partes del mundo, “atrapadas” en Grecia entre el futuro al que aspiran pero se les niega y el pasado del que huyen. Casi uno llega a preguntarse: ¿me habré equivocado de destino?

cr1Pero entonces te encuentras con compañeros que están allí para lo mismo que tú, aportar –a través de Cruz Roja– su granito de arena para aliviar el sufrimiento de esas personas, y ya todo cambia. Más cuando te empiezan a contar sus experiencias diarias en los campos, donde ya llevan un mes trabajando de forma ininterrumpida. Y más aun cuando te subes al coche camino de uno de los campamentos donde Cruz Roja tiene a sus equipos de Salud –el de Skaramagas- y en el trayecto tropiezas con las decenas de tiendas de campaña en el puerto del Pireo en las que, desde hace semanas, se hacinan varios miles de refugiados.

Parece que no, que al final no había ningún error en mi destino. Ojalá sí lo hubiera en el de esas decenas de miles de personas que abandonaron un buen día (si por bueno entiendes la obligación de huir de tus raíces para salvar la vida) su tierra natal en busca de un futuro mejor, y más seguro, y meses –o años- después se encuentran atrapados entre dos opciones, ninguna alentadora: renunciar a su sueño, cuya búsqueda tantas cicatrices ha dejado en su cuerpo y en su alma, y volver a su país y a las bombas de las que trataban de escapar; o bien, por el contrario, esperar, aguardar indefinidamente, en las condiciones que ofrecen los campos, a que surja esa posibilidad de continuar con su odisea y alcanzar su Ítaca particular, llámese este Noruega, Alemania, Francia, España, o cualquier otro país de la Unión Europea.

En cualquier caso, mientras su futuro se aclara, en campos como los de Skaramagas (2.000 personas y subiendo) o Ritsona (alrededor de 600 personas ahora, pero ha llegado a albergar casi un millar) hay cada día equipos de Cruz Roja Española ofreciendo una atención sanitaria básica, apoyo psicosocial y, ante todo, una mano amiga ante la adversidad.

Gente como Sami, Carmen, Merche, Aser, Marina, Pilar, Ade, Tirso, Raquel, Óscar, Alejandro, María, Esperanza, Rebeca, Vega, Ana, Fátima, Adriana y tantos otros que ya se fueron o que vendrán en las próximas semanas, un miércoles cualquiera, y descubrirán en la trastienda de esa Grecia de apariencia tan “normal” a unas 50.000 personas varadas en distintos rincones de un país que hoy es territorio refugiado.

Terremoto en Nepal: creciendo en el Epicentro

Por Avinashi Paudel, UNICEF Nepal

“Quiero a mi hija más que a nada en el todo el mundo,” dice Amita Gurung, sosteniendo a su hija Arpita con firmeza en sus brazos. “Pero cuando pienso en el día en que nació, sólo me entran ganas de llorar.”

Ese fue el día en el que un terremoto devastador golpeó el centro de Nepal, en abril del año pasado. El pueblo de Amita estaba en el epicentro.

Era el mediodía de un sábado cualquiera. Amita, con nueve meses de embarazo, estaba acostada, perezosa en la cama viendo la televisión. De golpe escuchó un sonido como de crujidos y a su hermana gritando “¡Terremoto! ¡Terremoto!” Amita recuerda cómo, con un  embarazo muy avanzado, consiguió arrastrarse fuera de una casa que se derrumbaba, mientras el mundo entero parecía sacudirse. Recordarlo hoy, sigue siendo como una pesadilla para la joven madre.

Terremoto en Nepal: creciendo en el epicentro

Amita Gurung sostiene a su hija Arpita de 11 meses en el remoto pueblo de Chomar. ©UNICEF/Chandra Shekhar

En su pueblo, Snan, mucha gente reunió y recuperó alimentos de entre los escombros de la tienda del pueblo. Un par de horas después del terremoto, Amita empezó a sufrir dolores en el estómago. Avisó a su suegro y él inmediatamente reconoció que estaba de parto. Consiguieron llevar a Amita a tiempo al interior de un establo.

Después de tres horas muy intensas de doloroso parto, el primer llanto de Arpita devolvió algo de vida al pueblo de Snan. Familiares y vecinos se quedaron impresionados por ese poder de la naturaleza para destruir y crear al mismo tiempo.

“Mucha gente del pueblo murió aquel día. Pero nosotras dos estábamos vivas”, suspiró Amita. “Fue raro pero me sentí feliz de que las dos sobreviviéramos”.

Después del nacimiento de Arpita, la felicidad naciente de la nueva madre se vió dominada por preocupaciones primarias de supervivencia. “Todó quedó destruído y enterrado, estaba preocupada por encontrar algo para comer, vestir y un lugar donde dormir” recuerda Amita. “Me preguntaba si ese temblor constante perjudicaría a mi hija”.

Terremoto en Nepal: creciendo en el epicentro

Amita Gurung sostiene a su hija Arpita de 11 meses en el remoto pueblo de Chomar ©UNICEF/Chandra Shekhar

Amita había planificado ir al centro de salud para tener a su bebé. Pero nada ocurrió según lo previsto. Ni siquiera tuvo tiempo de acudir al grupo de voluntarias de salud femenina de su comunidad cuando comenzaron los dolores del parto. “Pensé que el puesto de salud podía haber quedado destruido también y estaba preocupada por ver cómo mi hija y yo conseguiríamos medicamentos, de necesitar alguno”.

Amita está agradecida con su familia, que cuidó de ella aún cuando lo que más preocupaba a cada uno, era su propia seguridad. A pesar de sus posibilidades, consiguieron agua para que pudiera beber y noodels para que comiese. Inmediatamente, con ropas y madera, fabricaron una cama improvisada, para la nueva madre y su hija. Más tarde consiguieron manteca, arroz y huevos, y cubrieron así sus necesidades alimenticias.

Como muchos jóvenes del pueblo, el marido de Amita se marchó al extranjero para trabajar. Pudo ver al fin a su hija cuando Amita consiguió subir una foto de Arpita a las redes sociales de un amigo. “¡Dijo que nuestra hija era hermosa!”, nos cuenta con una sonrisa.

Un año después del terremoto, Amita sigue viviendo en la casa de acogida, lejos de su pueblo de origen, con otras cuarenta familias. Antes del terremoto, Amita tenía una casa limpia y bonita. Una cocina sin humos dentro del hogar, además de un baño y grifo de agua cerca de la casa. “Vivir aquí no es muy cómodo, especialmente cuando llueve, sobre todo si la lluvia viene acompañada de granizo y vientos fuertes” cuenta Amita. “El baño está muy lejos y apesta. El grifo también está lejos y el agua escasea”.

A pesar de las mejorables condiciones de vida, Amita se asegura de que Arpita recibe todas las vacunas necesarias. Habla con frecuencia con el grupo de mujeres voluntarias de salud femenina de su comunidad para conocer cómo puede mejorar los cuidados de su hija y su alimentación.

Arpita parece un niña despierta y está a punto de empezar a andar, pero su madre está preocupada por ella. Le hubiera gustado darle una casa mejor y un ambiente más saludable donde crecer. “Arpita enferma con frecuencia de una tos con silbidos”, nos dice. “Puede ser por el frío excesivo bajo las paredes metálicas del centro de acogida y por el humo provocado por cocinar dentro”.

Aunque no está segura de cuándo será capaz de darle a su hija una vida mejor, en condiciones más estables, hay una cosa que esta madre está determinada a conseguir. Casada a una edad temprana y sin haber podido seguir con su educación debido a su embarazo, Amita está decidida a no dejar que su hija corra la misma suerte. “Quiero que el futuro de mi hija sea completamente distinto al mío”, dice Amita. “¡Quiero que pueda estudiar, tanto como ella quiera!”

En los catorce distritos más afectados por el terremoto, UNICEF está trabajando con el gobierno nepalí y otros aliados para el desarrollo para fortalecer la salud, educación, nutrición y las instalaciones y servicios de agua, salud y saneamiento para los más de un  millón de niños afectados por el terremoto, como Arpita.

“Papá, no quiero morir en el mar”

José Luis Hitos. Delegado de la Unidad de Comunicación en Emergencias UCE
de Cruz Roja Española. Grecia.

 

Cuando la mayor de sus tres hijas –Fatma, de tan solo siete años- le imploró “Papá, no quiero morir en el mar”, Abdul lo tuvo claro: no arriesgaría la vida de sus tres retoños y de su mujer, ya embarazada de un cuarto, en esa embarcación improvisada con la que el mafioso de turno prometía conducirlos hasta la isla de Lesbos.

AbdulNo al menos aquel día. Porque antes o después habría que intentarlo. Después de tanto esfuerzo, tanto sufrimiento, tantos kilómetros recorridos huyendo de la guerra y en busca de un lugar seguro donde empezar de nuevo, no iban a rendirse fácilmente. Cuando se presentó -previo pago de 4.000 dólares- la siguiente oportunidad, no lo dudó: era el momento.

Y lo consiguieron. Sí, llegaron a esa isla griega protagonista en los últimos meses, a su pesar, de tantas imágenes de sueños rotos y vidas truncadas luchando por alcanzar sus orillas. Abdul y su familia tuvieron suerte, no solo llegaron sanos y salvos a Lesbos sino que, además, dos semanas después pudieron coger un barco hacia Atenas. Noruega, el destino final de su travesía, estaba un poco más cerca.

O eso creían ellos. Porque nada más llegar al puerto, la policía griega los hizo subir a un autobús que los trajo hasta donde ahora se encuentran, Rytsona, uno más de la miríada de campamentos de refugiados que hay repartidos por el país heleno. Un lugar en mitad de la nada, en pleno bosque, donde una población que fluctúa entre las 600 y las 900 personas –gran parte de ellas, menores- se hacina desde hace ya más de un mes en precarias tiendas de campaña.

Este sitio es para animales, no para personas. Hay muchos mosquitos y serpientes enormes pululan a sus anchas”, lamenta este sirio nacido hace 30 años en Alepo y que hace dos, cuando una bomba arrasó con la casa que acababa de construirse con los ahorros de sus años de trabajo en Guinea Ecuatorial, decidió que era el momento de huir, de buscar un futuro mejor, y sobre todo más seguro, para su familia.

Ese futuro que a día de hoy se encuentra en stand by en medio de un recóndito paraje del sur de Grecia desde el que, preguntado por Cruz Roja, admite resignado pero con infinita tristeza no saber qué hacer, aunque “si no abren las fronteras en Europa, no nos quedará más remedio que volvernos a nuestro país”.

A ese país devastado por la guerra del que llevan dos años intentando huir. Y la vida sigue… aunque no por igual para todos.

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Nepal un año después, el terremoto que se llevó a los mayores

Por Judith Escribano, responsable de comunicación en Age International,
apoya las relaciones de lobby e incidencia con HelpAge International.

Nepal es uno de los países más pobres del mundo. Una de cada cuatro personas vive por debajo del umbral de pobreza con menos de 1$ al día. Cuesta imaginarse como estas personas sin recursos afrontan las devastadoras que dejó el terremoto de abril 2015. Sin embargo, he visitado recientemente Katmandú para ver el estado del nuevo programa de asistencia ante una catástrofe, y he visto cómo estas personas están haciendo todo lo posible para recuperar lo perdido.

¿Por qué hubo tantas personas mayores que fallecieron en el terremoto de Nepal?

Al menos el 29% de las personas que fallecieron a causa del terremoto de Nepal de 2015 fueron personas mayores. Es un dato altísimo si tenemos en cuenta que solamente el 8% de la población de Nepal es “mayor”.

¿Por qué ocurre este enorme contraste?

Cuando el terremoto de magnitud 7,8 se produjo a las afueras de Katmandú el 25 de abril de 2015, Dupha tenía 85 años y se había quedado casi ciego a causa de unas graves cataratas. Tenía también problemas para poder oír como consecuencia de una larga enfermedad, que le había dejado también con dificultades para poder moverse. Ni siquiera había notado el terremoto; fue sólo cuando su hija mayor lo sacó de la casa cuando entendió la gravedad de la situación. “Habría podido morir en mi cama si no hubiera sido por ella”, cuenta.

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La situación de Dupha es más frecuente de lo que puede parecer. En realidad, su historia nos ayuda a entender por qué las personas mayores son particularmente vulnerables durante las emergencias y por qué tantas personas mayores han fallecido en el terremoto de Nepal.

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Me convertí en la primera mujer albañil de mi comunidad para ayudar en la reconstrucción

“He ganado confianza en mí misma, porque ahora sé que puedo hacer todo lo que me proponga siendo mujer. Aunque sigo encontrando barreras, la formación en albañilería me hizo sentir valiosa. Entendí que las mujeres son capaces de hacer lo mismo que los hombres”, cuenta Shrijana, una joven de 21 años que vive en el distrito de Dolakha, el epicentro del segundo terremoto que en mayo de 2015 sacudió Nepal.

Shrijana perdió de pequeña a su madre, pérdida a la que el año pasado se le sumó la de su hermano pequeño, por lo que tuvo que asumir pronto el papel de madre y encargarse de la economía familiar. Dejó la escuela pronto y a los 18 años se fue a vivir con su tío a Katmandú, donde consiguió un trabajo en una tienda. Gran parte de lo que ganaba lo enviaba a su familia. Pero, cuando su hermano murió, Shrijana decidió regresar a su comunidad.

“Me siento orgulloso de ser su padre. Aunque no puedo apoyarla en sus estudios, ella asume la responsabilidad de toda la familia. Con su ayuda, puedo cuidar de mis otras hijas”, explica el padre de Shrijana, de 54 años.“Es un modelo a seguir para toda la comunidad. Quiero ayudarla a hacer sus sueños realidad”, prosigue.

Shrijana posa frente a un edificio en obras, de cuya recontrucción es responsable.

Shrijana posa frente a un edificio en obras, de cuya recontrucción es responsable.

Sobrevivir al terremoto y aprender una nueva habilidad

Cuando el colosal terremoto golpeó Nepal el 25 de abril de 2015, Shrijana y su familia estaban trabajando cerca de casa. Su hogar resultó gravemente dañado, como muchos otros de la comunidad. La joven se enteró de la formación en albañilería que Plan International ofrecía en su pueblo y pidió ser incluida. Así, se convirtió en la albañil más joven del programa en su localidad.

“Al principio, los miembros de la comunidad me dijeron que era demasiado joven y que no estaba cualificada. Pero no me importó”, afirma Shrijana. “Hay otras 8 jóvenes albañiles en el programa, pero yo soy la más pequeña. Las otras  mujeres me consideran como su hija y me ayudan durante las sesiones de formación. Los hombres se burlaban de mí si no sabía algo o no era capaz de cargar cosas pesadas. A pesar de las burlas, seguía decidida a aprender con ellos”, declara.

Mujeres unidas

Con sus nuevas competencias en construcción, Shrijana construye un hogar transitorio para Krishna, de 76 años, y su marido, que está enfermo y no puede hacerlo por sí solo. La anciana pareja perdió su casa por culpa del terremoto. Tienen ocho hijos que van a visitarles a Dolakha, pero que viven en Katmandú el resto del tiempo.

“Estoy orgullosa de ella. Lo está haciendo muy bien y probando que es igual que cualquier hombre. Está llevando a cabo un duro trabajo. Nunca antes había visto una mujer albañil,” dice Krishna refiriéndose a Shrijina.

“Estoy orgullosa de mí misma. Ahora sé que puedo ser una persona mejor. Todas estas habilidades me ayudarán: utilizaré todo lo que he aprendido para construir mi propio hogar y también otras casas de mi comunidad,” dice orgullosa.

Shrijana y su familia posan frente a su casa, dañada por el terremoto de abril de 2015

Shrijana y su familia posan frente a su casa, dañada por el terremoto de abril de 2015

“Los niños y niñas son los más vulnerables a sufrir violaciones de sus derechos y continúan enfrentándose a desafíos mientras se recuperan de los terremotos: desde la falta de colegios seguros hasta violaciones de sus derechos, como el matrimonio, el trabajo y la explotación infantil. Se debe priorizar su protección”, afirma Concha López, directora de Plan International España.

Desde el terremoto de abril de 2015, Plan International ha proporcionado materiales de construcción de emergencia, incluyendo cabos y láminas de plástico, para más de 52.467 hogares. En los últimos meses, Plan International ha formado a 479 albañiles y carpinteros para trabajar en construcciones resistentes a terremotos. Estos profesionales ayudarán a construir 11.142 hogares transitorios y semi-permanentes.

Plan International responde al fenómeno El Niño en Indonesia

Las familias reciben agua potable de tanques instalados por Plan International

Las familias reciben agua potable de tanques instalados por Plan International

“Estoy feliz por no tener que beber más agua de los estanques”, cuenta Lenti, una niña de 10 años que vive en la provincia indonesa de Nusa Tenggara Oriental, donde Plan International acaba de instalar tanques de agua potable.

En los últimos siete meses, Lenti y su familia se han visto obligados a consumir agua contaminada que sacaban de una cuenca fluvial a los pies de las colinas vecinas. El agua de la reserva se ha utilizado para el baño y otras necesidades domésticas.

Desde que la prolongada sequía provocada por el fenómeno meteorológico El Niño afectó a esta zona, los vecinos de muchos pueblos se han quedado sin acceso a agua potable. Los depósitos de los tanques de las casas se han secado, y la única fuente de agua es la reserva que cada vez está más vacía y turbia.

Donde Lenti vive, hay al menos 10.000 niños y niñas amenazados por enfermedades transmitidas por el agua que no tienen más opción que consumir comida cocinada con agua contaminada.

“Esta es nuestra situación ahora mismo. La salud no puede seguir siendo una preocupación para nosotros porque no tenemos elección ni oportunidades para conseguir agua potable”, dice Amandus, uno de los vecinos.

Desde finales de marzo, Plan International en Indonesia ha suministrado 5.000 litros de agua potable al día a las ciudades afectadas por la sequía provocada por el fenómeno El Niño.

“La cantidad de agua que suministramos es sólo para el consumo y no puede cubrir todas las necesidades domésticas de una familia. Nuestra prioridad es disminuir el riesgo de contraer determinadas enfermedades por beber agua no potable”, explica Nasrus Syukroni, experto en emergencias de Plan International en Indonesia.

Foto: Amandus

Un vecino recoge el agua que suministra Plan International

Aunque el agua distribuida es mínima, los miembros de la comunidad ya están notando los efectos positivos que los tanques han supuesto en sus hogares.

“Normalmente tengo que comprar agua todos los días pero desde que recibo agua potable, ya no necesito comprarla”, explica Sadik, de un pueblo en el distrito de Aesesa. Aquí los vecinos se han visto obligados a comprar agua para cocinar y beber, gastando una media de 20.000 rupias indonesas al día para adquirir 500 litros de agua.

Desde el principio, Plan International ha priorizado la distribución de kits para agua (bidones, equipos de depuración) para garantizar que todos los niños y niñas tengan acceso a agua potable. De esta manera, se ha reducido el riesgo de contraer enfermedades transmitidas por el agua.

“Hemos establecido los lugares más accesibles y seguros en los que instalar tanques de agua. Nos hemos coordinado con el gobierno y los voluntarios locales para que los niños y niñas puedan acceder facilmente al agua”, declara Mahmud Abdurrahman, miembro del equipo de Plan International en Indonesia.

La organización de cooperación al desarrollo y ayuda humanitaria Plan International alerta de la necesidad de protección de niños y niñas ante los efectos del fenómeno El Niño y recuerda que la infancia es la población más vulnerable en sequías e inundaciones, que podrían intensificarse el primer trimestre de 2016.

“Ante los efectos que está provocando El Niño en todo el mundo, es necesario proteger los derechos de la infancia y garantizar su acceso a agua potable, teniendo en cuenta el riesgo de enfermedades como el cólera y  el dengue, la inseguridad alimentaria y la pérdida de educación de los niños y niñas”, asegura la Directora General de Plan International España, Concha López.

Una infancia en la calle es una vida sin derechos

Día Internacional de los Niños de la Calle

Por Amrullah Amrullah, gerente del programa de Protección de la Infancia de Plan International en Indonesia

Niños y niñas de la calle participan en un taller de Plan International en Jakarta

Niños y niñas de la calle participan en un taller de Plan International en Jakarta

Hay pocas oportunidades para quienes viven en los barrios pobres de Yakarta. Y esto es especialmente cierto en el caso de la infancia. Algunos recogen botellas de plástico y otras cosas de la basura, otros tocan el banjo en los autobuses pidiendo limosna, consiguiendo lo justo para poder seguir sobreviviendo. Sus padres no se pueden permitir pagar el precio de los certificados de nacimiento y sin esos certificados su futuro está muy limitado.

Los altos costes y el excesivo papeleo hacen que conseguir un certificado de nacimiento en Indonesia se convierta en una pesadilla burocrática. Pero el registro de nacimientos es algo absolutamente necesario. Sin una identidad legal, ven negado el acceso a la educación y a la salud. El registro de matrimonio, el pasaporte y el derecho a voto también están fuera de su alcance.

Según los datos del Ministerio de Asuntos Sociales de 2012, más de 94.000 niños viven en las calles en Indonesia, de lo que solo 7.000 están en la capital, Yakarta. No obstante, solo un quinto, el 22%, está registrado.

Indonesia tiene una de las tasas de registro de nacimiento más bajas de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). En Camboya, Tailandia, Singapur y Vietnam, por ejemplo, más del 90% de la población está registrada.

El año pasado, Plan International realizó encuestas en cinco barriadas de Yakarta y descubrió que más del 60% de los padres nunca habían intentado registrar a sus hijos. En toda Indonesia, Plan International estima que tres millones de niños y niñas se unen cada año a los 30 o 35 millones que no están registrados.

El sistema de servicios públicos no ofrece las oportunidades adecuadas para que los niños y niñas de la calle puedan ser registrados, con una larga lista de documentos requeridos para cumplir los criterios, que incluyen: notificación de nacimiento, una carta de informe de nacimiento del alcalde del municipio, libro de familia o carta de residencia y certificado de matrimonio o de divorcio de los padres.

Niños y niñas reciben un certificado de nacimiento con el apoyo de Plan International.

Niños y niñas reciben un certificado de nacimiento con el apoyo de Plan International.

La encuesta de Plan International descubrió que solo el 54% de los encuestados tenían un notificación de nacimiento de sus hijos o hijas. La mayoría, el 84%, no tenía una carta de informe de nacimiento del ayuntamiento. Solo la mitad disponía de un libro de familia o carta de residencia y menos del 40% de los encuestados tenía un certificado de matrimonio del Registro Civil.

Políticamente, el Estado está obligado a desarrollar un sistema que asegure el bienestar  y protección de la infancia y, por esta razón, el Ministerio de Asuntos Sociales lanzó recientemente un programa nacional para el bienestar de la infancia. El objetivo del programa es ofrecer a cada niño y niña una cuenta de ahorro con un depósito de alrededor de 150 dólares para cubrir los costes de la educación primaria y la atención sanitaria. Pero sin un certificado de nacimiento, los niños y niñas  sin registrar no podrán acceder a este sistema.

Ani, de 15 años, no sabe dónde está su padre, lo que significa que no podrá conseguir un certificado de nacimiento. Para registrarse, necesita el DNI de su padre, el certificado de matrimonio de sus padres y un libro de familia. Está frustrada porque no puede ser una ciudadana oficial de su país.

Tri, también de 15 años, va a una escuela informal y trabaja cantando en la calle, con lo que gana unos dos dólares al día. Es consciente del valor de un certificado de nacimiento, especialmente para su educación.

“Mis padres están divorciados. Mi padre está muy ocupado trabajando y no tiene tiempo de registrar mi certificado de nacimiento. Ni siquiera entiende su importancia”, dice.

Desde 2012, Plan International lleva a cabo un programa para el registro universal de nacimientos de los niños y niñas de la calle de Yakarta. El programa busca concienciar  a los niños de la calle y sus familias sobre la importancia del registro y, además, ayudar al Gobierno a ofrecer un acceso más fácil al registro.

“Una infancia en la calle es una vida sin derechos. En el mundo hay 250 millones de niños y niñas que viven en las calles. Por eso, es necesario apoyo institucional y legislativo para abordar este problema, que radica en la falta de registro de nacimientos, en la pobreza y en la violencia contra la infancia. Los niños y niñas que han vivido en la calle pueden salir adelante a través de educación y apoyo psicosocial. Es posible devolverles la dignidad y darles los conocimientos para que puedan salir de la situación de pobreza extrema”, explica Concha López, directora general de Plan International España.

Plan International ya ha conseguido algunos logros después de incidir en las políticas del gobierno sobre registro de nacimientos. El último año, el parlamento indonesio cambió la ley para hacer más accesibles y baratos los registros, eliminando tasas y el requerimiento de que el registro se debía llevar a cabo en el lugar de nacimiento. Más de mil niños y niñas han sido registrados ya desde la simplificación del procedimiento. Parece que el reto puede conseguirse si la sociedad civil, las empresas, los gobiernos y las comunidades se unen para ayudar a los niños y niñas excluidos.

El Día Internacional de los Niños de la Calle es una manera de concienciar sobre los niños y niñas que simplemente no existen y sobre el valor del registro para ofrecerles un mejor futuro. El Consorcio de Niños de la Calle, del que Plan International forma parte, anima a la población a que colabore para que las voces de los niños de la calle se oigan en todo el mundo.

 

Vivir en Zaatari: la vida de un refugiado sirio mayor

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Por Chris Roles, director de Age International. Coordina las relaciones con HelpAge International y Age Reino Unido y responsable del área de incidencia, fundraising y acción humanitaria.

La actual crisis de Siria ha sido considerada por Naciones Unidas como la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con ACNUR, el número de refugiados que huyen del conflicto a países vecinos como Turquía, Líbano y Jordania, ha sobrepasado ya los cuatro millones. Hay, además, casi 8 millones de personas desplazadas dentro de Siria, muchas de ellas en situaciones muy difíciles y en lugares de difícil acceso.

Recientemente he visitado Jordania para ver cómo las personas mayores afrontan esta crisis. También quería ver personalmente cómo las donaciones de nuestros socios ayudan a los refugiados sirios mayores y cómo es el día a día de los trabajadores de nuestra organización y contrapartes allí, como Handicap International.

En el interior de la cuarta ciudad más grande de Jordania

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Comencé mi viaje visitando el campo de refugiados de Zaatari. Para muchos de los refugiados que han llegado a Jordania, este lugar se ha convertido en su hogar. Es un área muy grande, de gran extensión. Se ha convertido en la cuarta ciudad más grande Jordania: una ciudad de tiendas de campaña y caravanas en medio del desierto.

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Hoy es el viaje de su vida, mañana puede ser el de la mía

Por Ianire Molero, coordinadora de campaña #Elviajedesuvida, UNICEF Comité Español

Malak, Bryn, Assia o Allahyar nunca habrían elegido este viaje. Tampoco los millones de niños y niñas que diariamente abandonan sus hogares en diferentes lugares del mundo huyendo de la violencia, la pobreza o los desastres.

Han nacido en Siria, Honduras, República Centroafricana o Afganistán, y sus vidas están atravesadas por el conflicto y la desesperación. Tienen entre 7 y 16 años y algo en común: un viaje que nunca van a olvidar. Acumulan experiencias traumáticas, dramas que arrancan en su país de origen y se encadenan en este éxodo a ninguna parte.

Malak (7 años) sobrevivió a un naufragio en su viaje a Lesbos. Recuerda a sus amigos en Siria, donde ya no queda nadie. Bryan (17 años) salió de Honduras huyendo del crimen y la falta de oportunidades. Perdió una pierna en “La bestia”, el tren de la muerte que llega hasta la frontera con EEUU. Assia (10 años) vive con su abuela en un campo de refugiados en Chad desde que escapó de República Centroafricana. Allahyar (13 años) entró en una balsa de 8 metros cuadrados con 70 personas hacia Turquía, pasando por Pakistán e Irán. Sus padres pagaron 3.200 euros para sacarle de Afganistán.

Sus viajes no terminan en el destino. Aún tendrán que encarar el racismo, la discriminación o las devoluciones. Sus historias son parte de #Elviajedesuvida, la última acción de sensibilización de UNICEF, grabada con cámara oculta para llamar a la reflexión y la empatía sobre la durísima situación que viven los niños refugiados y migrantes.

Solo en 2015 unos 300.000 han arriesgado su vida en el Mediterráneo para llegar a Europa. Y en los últimos siete meses 358 niños han muerto cruzando las aguas entre Grecia y Turquía. Son las cifras de una crisis que se intensifica cada vez más rápido.

Cada día, imágenes desgarradoras muestran la mayor crisis de refugiados y migrantes en Europa desde la II Guerra Mundial, de la que un 40% de sus víctimas son niños.

Inyecciones de realismo que fracturan unos principios fundacionales a punto de convertirse en mito. Mujeres embarazadas esperando en la frontera, niños pintando en el barrizal, personas que cargan sus vidas a la espalda y esperan hueco en un tren. Seres humanos en imágenes deshumanizadas que recuerdan momentos de la historia donde tampoco hubo respuestas cuando tocaba. ¿No nos duele la deshumanización?

#Elviajedesuvida ha revelado que sí, que sí que duele. Esta campaña nos ha supuesto un giro provocador, una sacudida para demostrar que no somos indiferentes, que los seres humanos no somos insensibles. Un desafío al relato diario para expresar que este no es un viaje de placer.

Son causas de fuerza mayor las que te obligan a tomar la decisión de tu vida: abandonar tu hogar y tus sueños. 250 millones de niños viven en países afectados por conflictos. Sabemos que la solución pasa por la acción de la comunidad internacional para poner fin a los conflictos en Siria, Afganistán, Iraq, Pakistán, República Centroafricana, Yemen o Eritrea, entre otros muchos.

Esta campaña refuerza el trabajo político y humanitario de UNICEF en esta crisis. Exigimos a los gobiernos europeos medidas urgentes y justas de protección a la infancia, especialmente para los que viajan solos, los bebés o los niños con discapacidad.

Con los espacios amigos de la infancia en varios puntos de la ruta de los Balcanes estamos consiguiendo que los niños vuelvan a ser niños en medio del caos, que reciban atención psicosocial, abrigo y calzado, alimentación o atención sanitaria.

Personas reales que una tarde fueron de compras nos han ayudado a contar que este no debería ser el viaje de la vida de nadie. Gracias a cada una de esas personas por su empatía, por su generosidad, por prestarnos sus reacciones y contarnos las sensaciones semanas después.

Gracias por estar al otro lado del relato, por ser las “víctimas” de un viaje al que como Malak, Bryan, Assia o Allahyar no llegasteis voluntariamente. Nos habéis contagiado vuestras sensaciones a través de las redes. Tenemos fuerza para seguir exigiendo el fin de esta crisis a las puertas de Europa.