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Tres generaciones de Kamalaris: Abuela, madre e hija

Nicole Baltussen, Plan Internacional.

“Mi abuela, mi mamá y yo fuimos Kamalaris, pero yo no dejaré que mis hijas trabajen de esta manera”. La firmeza de sus palabras esconde años de servidumbre obligada. De los 14 a los 17 años, Lila Wati Chaudhary –ahora tiene 22- fue kamalari en casa de un terrateniente en Katmandú, Nepal. Kamalari, significa “esclava” en su lengua local y es una forma de trabajo infantil, basada en la servidumbre como pago por deudas adquiridas.

Tres generaciones de Kamalaris: Abuela, madre e hija

Tres generaciones de Kamalaris: Abuela, madre e hija.

Tres generaciones de su familia viven en una choza de barro con techo de paja en un pequeño pueblo Nepalí. La historia de Lila es común a la de muchas niñas de la zona cuyos padres trabajan cultivando en tierras fértiles pertenecientes a ricos hacendados.

Su padre, Ram Krishna, es Kamaiya, allí llaman así a los granjeros que trabajan la tierra de otra persona a cambio de una parte de la cosecha. En ocasiones, tras el reparto, los cultivos no son suficientes para que la familia viva y Ram, se ve obligado a comprar parte de lo que él mismo ha producido, al dueño. A menudo endeudándose al hacerlo.

Las deudas, los años de tradición del sistema kamalari y la falta de acceso a la educación, llevan en muchas ocasiones a que los campesinos, se vean obligados a vender a sus hijas como esclavas domésticas como pago por la deuda contraída. Algunas son enviadas a trabajar con tan solo seis años.

Lila sentada en su cama

Lila sentada en su cama

Lila empezó trabajando como Kamalari cuando tenía 14 años. Le daban comida, alojamiento y 500 rupias nepalíes al año (alrededor de 40 euros). Su madre Aangani de 40 y su abuela Fulrami de 68, también trabajaron como Kamalari cuando eran jóvenes.

A pesar de que, desde el año 2000, en Nepal existe una ley que prohíbe la servidumbre por deudas, es habitual que los propios oficiales que implementan dicha normativa tengan kamalaris trabajando en sus casas, por lo que aún queda mucho trabajo por hacer para erradicar esta práctica tradicional, que se calcula que todavía hoy afecta a miles de niñas nepalíes.

A pesar de todo, hay una generación de niñas que llega pisando fuerte. Niñas que crecen siendo educadas, aprendiendo a leer, a escribir, entendiendo sus derechos y recibiendo la oportunidad de formarse y poder tomar decisiones sobre su futuro.
Lila es una de ellas. Ella pudo retornar a la escuela gracias al programa de rehabilitación para niñas Kamalari de Plan Internacional. En la escuela ha aprendido sobre sus derechos y sobre cómo obtener la información y las herramientas necesarias para desarrollarse y progresar.

Lila con su madre Aangani

Lila con su madre Aangani

 

Su madre Aangani ha sido también beneficiada por el porgrama de Plan Internacional, formando parte de un grupo de ahorro en el que ha aprendido, junto a otras mujeres, cómo aumentar su producción de frutas y empezar nuevos negocios con la ayuda de microcréditos.

“Como kamalari tuve que trabajar duro todo el día”, dice Lila. “No tenía tiempo para la escuela o para leer. Afortunadamente, eso ha cambiado. Ahora me siento bien y si tengo hijos más adelante, les ayudaré para que vayan a la escuela y tengan nuevas oportunidades.”

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