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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Estaciones

por Trish Newport (Chad, Médicos Sin Fronteras)*

El cambio de estación afecta a la vida de las personas de manera diferente en distintos lugares del mundo. Durante la mayor parte de mi vida, el cambio de estación me había provocado una sensación de expectación emocionada con respecto a lo que pudiese traer la nueva temporada.

Aquí, en Chad, las estaciones se pueden dividir según el clima, o según la epidemia. Están la estación de la meningitis, la del cólera y la de la desnutrición, y todas ellas se solapan en algún momento. En abril, tuvimos la estación de la meningitis y se iba acercando lentamente la temporada alta de la desnutrición. Nos rodeaban las señales del cambio de estación, pero en este caso no era algo que me emocionara.

El número de personas en el programa de desnutrición de Massakory iba creciendo paulatinamente cada semana. Y no solo crecía el número de admisiones, sino que estaba cambiando el tipo de admisión. Empezamos a ver un número creciente de niños que retornaban al programa. Podemos curar la desnutrición de un niño, pero no somos capaces de curar de este problema al país. Al salir del programa, los niños regresan a los mismos problemas que originaron su desnutrición.

Así fue como conocí a Abdoulaye, de 22 meses, y a su madre. Abdoulaye estuvo en el programa de desnutrición en verano de 2011. Se curó en septiembre, pero en enero enfermó de diarrea. Él y su familia viven a dos horas y media caminando del centro de salud más próximo. Su madre no le había podido traer al centro de salud porque, ella sola, tenía que atender el campo para asegurar que la familia tuviese algo que comer.

Poco a poco, la salud de Abdoulaye empeoró hasta que volvió a estar desnutrido. En febrero reingresó en el programa de nutrición ambulatoria. A las pocas semanas había recuperado un peso adecuado y, una vez más, le consideramos ‘curado’. Cuando se lo dijimos a la madre de Abdoulaye, se enfadó. “¿Y ahora qué? ¿Esperar a que vuelva a estar desnutrido?”, nos contestó.

En Massakory estamos llevando a cabo una investigación sobre un alimento suplementario que sirve para prevenir la desnutrición en niños de entre 6 y 24 meses de edad. Vamos a distribuirlo en los pueblos de la región en la que vive Abdoulaye, entregándoselo a cada uno de los niños que cumplan los criterios de edad. Sus madres reciben cuatro tarros de este alimento cada mes: deben dar a sus hijos tres cucharadas tres veces al día. Se lo expliqué a la madre de Abdoulaye, pero no se calmaba. “Y cuando se acabe la distribución, cuando hayáis terminado de estudiarnos, ¿qué hacemos entonces? ¿Esperar a que nuestros hijos enfermen y vuelvan a estar desnutridos?’”. No supe qué responder. ¿Cuál es la respuesta?

La discusión me retrotrajo a Yibuti, a la primera vez que me encontré con algunas madres de las que sospechábamos estaban limitando la ingesta de alimentos de sus hijos para poder acceder a la atención médica gratuita ya que de otra forma no podían ver a un médico. Me recordó a algunas madres desesperadas en Níger que parecían mantener constantemente desnutrido a uno de sus hijos para poder recibir una ración semanal de alimentación terapéutica con la que poder alimentar al resto. Me recordó también a las madres del Congo, que debían decidir entre ir a recoger las cosechas de sus campos, donde las violarían, o quedarse en casa, no ser violadas y ver cómo sus familias pasaban hambre.

Las causas de la desnutrición son complejas, como lo es también su tratamiento. No lo es clínicamente, pero social, política y económicamente sí que es tremendamente problemático. Ni la alimentación terapéutica ni todos los demás productos similares son la solución a largo plazo.

Cuando se marchaba del centro con su última ración semanal, la madre de Abdoulaye miró hacia atrás y, con cínico realismo, se despidió con un “nos vemos dentro de unos meses”.

 Me recordó al final del campamento de verano cuando era joven. El fin de la temporada de acampada nos arrancaba lágrimas a todos, con la esperanza compartida de volvernos todos a ver al verano siguiente. La temporada alta de la desnutrición ha comenzado, pero ya sé que, para cuando asome su final, se habrán derramado muchas lágrimas, y pondré cada gramo de optimismo en la esperanza de que no tengamos que volver a ver en el centro de nutrición a los mismos niños que hemos tratado este año. Dicen que es lo último que se pierde, pero incluso la esperanza tiene sus límites.

* Trish Newport, de nacionalidad canadiense, es enfermera. Esta es su quinta misión con MSF.

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Foto 1: Una madre alimenta a su hijo con alimento terapéutico preparado (RUTF por sus siglas en inglés) en el centro ambulatorio de MSF en Karal, oeste del Chad (© Simon Petite/MSF, febrero de 2012).

Foto 2: Mujeres saliendo del centro de distribución de alimento terapéutico en Kitchimarom, oeste de Chad (© Simon Petite/MSF, febrero de 2012)

1 comentario

  1. Dice ser A. H. A.

    Hay algo que no entiendo, supongo que me faltan datos, me gustaría que alguien me los explicase.

    Los niños que suelo ver desnutridos tiene edad para ser lactantes. Entonces, ¿por qué están desnutridos? ¿Son las madres las desnutridas? ¿O es que no dan el pecho? Hace poco leí algo sobre el éxito en Mauritania contra la desnutrición, a través de la “extensión de la lactancia materna”. ¿Cómo puede ser que en este tipo de países se abandone la lactancia, cuando es un seguro de vida para los niños?

    Creo que se me escapa algo, a ver si alguien me lo aclara, por favor.

    29 Junio 2012 | 16:08

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