Archivo de mayo, 2012

Y de repente Ambia se puso mejor

31 mayo 2012

Por Michele Trainiti (Médicos Sin Fronteras, Etiopía)

He pasado casi ocho meses en Etiopía, concretamente en Hiloweyn y sus alrededores, trabajando para MSF en la respuesta a la crisis de los refugiados somalíes. Al principio era responsable del centro de salud, y más tarde me hice cargo de todos los proyectos en Liben.

Cuando pienso en el campo de refugiados de Hiloweyn, pienso en Ambia. Fue uno de nuestros primeros pacientes, una pequeña de 9 años y 10 kilos de peso, enferma de tuberculosis y sin nadie en la vida aparte de un tío suyo. Todo el resto de su familia había muerto durante la crisis nutricional o en la guerra. Ambia ha sido uno de los símbolos de nuestro centro de salud.

Por aquel entonces, entre finales del verano y otoño de 2011, el hospital estaba abarrotado de pacientes: solíamos tener entre 40 y 50 niños hospitalizados con desnutrición severa, de los cuales por lo menos 8 estaban ingresados en cuidados intensivos. El personal tenía que hacer guardias agotadoras para poder atender a todos los pacientes las 24 horas del día.

Fuera del centro de salud, una multitud inacabable esperaba a ser admitida también en nuestro programa nutricional. Cientos de mujeres con niños desnutridos. Dentro del centro, los médicos y enfermeras corrían de una tienda a otra, de un paciente a otro, durante todo el día, con solo unos pocos minutos de descanso para comer y cenar.

En aquel momento, el campo albergaba a unos 25.000 refugiados del sur de Somalia, que habían llegado hacía unas pocas semanas. Cada mañana distribuíamos sudarios para aquellos que habían muerto en el campo durante la noche. Perdíamos a entre tres y cuatro niños cada semana y, en el peor momento, llegamos a perder uno al día. La situación era muy difícil, la población en el campo no reconocía la desnutrición como una enfermedad, probablemente acostumbrada a años y años de hambruna y sequía, y por lo tanto nos traían a los niños sólo cuando enfermaban de algo más (diarrea, infecciones respiratorias, etc.), así que a menudo nos llegaban en un estado muy crítico.

Y entre ellos se encontraba Ambia. Como os digo, tenía 9 años y pesaba 10 kilos. Ojos abiertos al mundo de par en par, muñecas tan pequeñas como las de una niña de 4 años, muy testaruda, muy débil, siempre a la defensiva. Siempre enferma. No importaba lo ocupados que estuviesen los sanitarios, siempre sacaban unos minutos extra para ella. Y ella sonreía, pero no mejoraba. Conseguía ganar peso, pero al cabo de unos días volvía a perderlo rápidamente. Su diagrama de peso era una línea irremediablemente descendente.

Pensando en aquel tiempo, siento que de alguna forma ella era el paradigma de toda aquella crisis: un lugar complicado donde, a pesar de los inmensos esfuerzos, no vislumbrábamos signo alguno de mejora, donde cada mañana contábamos las camas que se habían quedado vacías por la noche, donde, perdida toda esperanza, las madres querían llevarse a casa a sus bebés moribundos, donde el personal sanitario poco a poco pero de forma progresiva se iba agotando en ese esfuerzo extenuante que supone tener que afrontar una abrumadora crisis nutricional.

Y entonces un buen día, de repente, Ambia se puso mejor. Nos limitamos a cambiar su dieta, ya que de todas formas no estaba respondiendo ya a los alimentos terapéuticos. El tratamiento contra la tuberculosis también empezó a tener sus primeros efectos positivos. Siempre recordaré a su tío llorando quedamente al darle las gracias al médico por salvarle la vida a la pequeña.

En octubre de 2011, la situación empezó a mejorar. Había menos pacientes con necesidad de hospitalización, también fallecían menos, y la mortalidad en el campo estaba bajo control. La situación sanitaria y nutricional se fue estabilizando poco a poco, la distribución de alimentos cada vez llegaba a más gente y los esfuerzos médicos por fin daban resultado.

La semana pasada, después de siete meses, volví a ver a Ambia. Y apenas pude reconocerla. Iba vestida con un traje somalí tradicional, el pelo cubierto y un velo enmarcándole el rostro, los mofletes y la cara resplandecientes… tuve que buscar ese pestañeo de obstinación en sus ojos para encontrar en ella a la Ambia que yo conocía.

Compartía sonriente un paquete de galletas con una amiga que había hecho en el centro de salud. La enfermera de la sala me dijo que acababa de completar con éxito el tratamiento de tuberculosis pero que todavía iba al centro de salud a diario, por costumbre y por las galletas. Ambia me miró y pude percatarme de que su sonrisa se agrandaba. Quiero pensar que me había reconocido.

Ahora la sala donde Ambia había estado ingresada está casi vacía; sólo hay una pocas camas ocupadas por niños enfermos. La inacabable cola de gente fuera del centro ha desparecido, y en general todo está muy tranquilo en comparación con hace apenas unos meses. La situación sanitaria en Hiloweyn ha mejorado significativamente, la crisis nutricional ha sido derrotada.

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Foto 1: Una trabajadora de MSF enseña a la madre de un niño con desnutrición aguda cómo completar su lactancia haciendo que el niño tome también suplementos al mismo tiempo que toma el pecho. Hospital de MSF en Hiloweyn, Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 2: Una larga cola de madres con sus niños, refugiados somalíes, en el campo de Dolo Ado, en Etiopía, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 3: Una familia de refugiados somalíes recién llegados a la frontera etíope, en septiembre de 2011 (© Samuel Hauenstein Swan).

Foto 4: Refugiados somalíes en la sala de espera en el centro de salud de MSF en Kobe, Etiopía, en julio de 2011 (© Lali Cambra).

La primera referencia del día

28 mayo 2012

por Niklas Bergstrand (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

Como os decía, cruzamos un puente… Varias personas se bañan en las azules aguas del río, se limpian los dientes y lavan la ropa. En la distancia, pequeñas chozas de adobe con techo de paja puntúan el paisaje.

Cuando llegamos al otro lado, la radio crepita y el operador pide a Paul que se dirija urgentemente al centro de salud Jimi Bagbo. Paul aprieta el acelerador y se mete a toda velocidad en una sucio y estrecho camino que corta la verde exhuberancia que nos rodea, haciendo todo lo posible por sortear los baches.

Al llegar al centro de salud, vemos a una mujer que aprieta a un niño contra el pecho. Los ojos de la mujer están muy abiertos, con una mezcla de miedo y confusión. El niño respira muy rápido y pesadamente. Tiene malaria severa y anemia, y necesita ser ingresado en el hospital con urgencia. Suben a la ambulancia, la puerta cierra y salimos de inmediato para un trayecto de una hora de baches hasta el centro de referencia Gondama.

“Me gusta mucho mi trabajo, e gusta conducir”, me explica Paul tras dejar al niño y a su preocupada madre en la sala de urgencias del hospital. “Estas ambulancias suponen un gran beneficio para la comunidad, porque la gente puede llegar gratuitamente al hospital cuando están enfermos. Si no hubiera ambulancias, ¿cómo podrían permitirse el dinero que cuesta el transporte?”.

Durante la guerra civil en Sierra Leona, Paul fue testigo de más atrocidades de las que quiere recordar. Se acuerda de las bandas de niños drogados que eran utilizados como máquinas de matar y que entraban arrasando en aldeas y ciudades. Aunque a lo largo de los años también ha compartido buenos momentos con sus colegas de trabajo, y ha ayudado a salvar innumerables vidas de mujeres y niños.

“Durante la guerra, toda esta carretera estaba plagada de controles”, me cuenta mientras volvemos a Sumbuya. “Era habitual encontrarse muchos cadáveres a lo largo de la carretera entre Bo y Freetown. Cada vez que tenía que cogerla, no era capaz de dormir la noche anterior. Había ataques y mataban a mucha gente”.

Médicos Sin Fronteras trabajó en Sierra Leona durante la guerra civil, en numerosas localidades a lo largo del país. La guerra duró once años y se llevó más de 50.000 vidas, muchas de ellas de civiles inocentes. Las actividades de MSF iban desde la cirugía de guerra, hasta la asistencia primaria de salud para personas que no podían pagarse la atención médica.

Hoy, MSF se centra en la atención obstétrica y en el tratamiento de niños con desnutrición y malaria tanto en Bo como en sus alrededores. Cada mes, los equipos atienden a más de 700 niños y asisten un centenar de partos.

“Ese pueblo que ves ahí fue incendiado durante la guerra”, recuerda Paul señalándome un grupo de chozas y edificios en la distancia. “El hospital local que está un poco más adelante también fue incendiado, y MSF ayudó a reconstruirlo”.

Las caras sonrientes de los escolares, los animados corrillos en los puestos callejeros y el tranquilo devenir de la vida que observo me hacen difícil imaginar que todo eso ocurrió hace no mucho más de diez años.

“Ahora estamos mejor. Puedes ir a cualquier sitio, la gente es amistosa –cuenta Paul–. Cuando tengo el día libre, en los fines de semana, me gusta ver el fútbol. Soy forofo del Manchester United.”

A medida que las sombras se alargan y que el día se acerca a su fin, Paul me deja en el recinto de MSF. Le espera un último viaje, tiene que ir a buscar a otro paciente antes de acabar su turno, otro niño con malaria severa cuyo futuro sería incierto sin la ayuda de Paul y del resto del equipo de MSF en Bo.

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Foto 1: Cruzando el puente de camino al centro de salud Jimi Bagbo (© Niklas Bergstrand).

Foto 2: Paul lleva urgentemente al hospital de Gondama a un niño con malaria severa y anemia, y a su madre (© Niklas Bergstrand).

Foto 3: Hospital de MSF en Gondama (© Niklas Bergstrand).

La ambulancia de Paul

17 mayo 2012

por Niklas Bergstrand (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

No hace mucho que ha amanecido, y sin embargo es como si el mundo entero estuviera ya despierto. Las gallinas cloquean, las cabras balan, los niños cantan de camino a la escuela, y el tráfico matutino ya petardea en una nube de polvo amarillo. Detrás de los muros del recinto de MSF, la flotilla de 4×4 blancos reluce  en la brillante luz del sol.

Un hombre con gorra azul está ocupado llenando el depósito de uno de los coches. Se llama Paul Sefoi, y lleva casi 15 años trabajando con MSF en Sierra Leona. Es uno de los varios conductores de las ambulancias con las que trasladamos a los pacientes en estado crítico desde los centros de salud rurales al Centro de Referencia Gondama de MSF, un hospital de 220 camas situado a las afueras de Bo, la segunda ciudad más importante del país.

Gracias a este sistema de referencias a la maternidad del hospital, hemos conseguido que la cifra de muertes maternas en el distrito de Bo se reduzca en más de la mitad respecto a la media nacional.

 “Cuando llevas a una mujer embarazada en el coche, tienes que conducir con mucho cuidado. La última vez que traje a una, dio a luz en el coche”, me cuenta Paul mientras circulamos hacia Sumbuya, un puesto de salud rural cerca de los límites del distrito. “La señora  sangraba mucho, pero al final tanto ella como el niño se pusieron bien”.

Sierra Leona tiene algunos de los peores indicadores de salud en el mundo. Aquí la gente sigue muriendo de enfermedades que son fácilmente prevenibles y tratables. Uno de los principales problemas de salud es la malaria, que es endémica en Sierra Leona, y que mata a más de 20 personas cada día en este país.

 Y muchas de las mujeres embarazadas que llegan a nuestro hospital están en estado crítico. A veces, las parteras tradicionales les han dado dosis de hierbas tradicionales tan grandes que, por su potencia, provocan contracciones en el útero.

 Cruzamos un puente…

(Continuará)

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Foto: Paul Sefoi, conductor de ambulancias de MSF (© Niklas Bergstrand)

 

De “a tiempo” o “demasiado tarde”

11 mayo 2012

Por Patricia Lledó (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

El sistema de clínicas, criterios de complicación y traslados a tiempo con ambulancia al hospital ha logrado disminuir la mortalidad materna en este distrito de Sierra Leona en el que trabajamos. Es increíble lo que pueden hacer un “a tiempo” y un “demasiado tarde”… Pese a todo, aún recibimos  muchos “demasiado-tardes”, porque las pacientes tardan en tomar la decisión de acudir a la clínica y/o paren en casa, y a veces no viven cerca de la clínica o carecen de transporte.

Entra una paciente con parto obstruido. Lleva empujando desde la noche anterior y el bebé no sale. La examino a ella y escucho el latido del feto, muy lento. Decido hacer un parto instrumental con ventosa (por supuesto aquí sin esas cosas como anestesia epidural), y saco al bebé volando y llamo al pediatra para que me eche una mano con la resucitación del recién nacido. 20 minutos más tarde tenemos que admitir que ha sido un “demasiado tarde” para el bebé. Lo arropamos en un refajo de telas de colores.

Pero la madre está bien, un “a tiempo” para ella, teniendo en cuenta que el parto obstruido mata a entre un 10 y un 20% de las 1.000 mujeres que mueren cada día en el mundo por causas relacionadas con el embarazo y el posparto. Por no hablar de que puede causar fístulas de difícil arreglo en la madre, abocándola a perder orina el resto de su vida sin control.

Salgo a tomar un poco el aire (¡qué calor, no hay forma de encontrar una sombra para fumar un cigarillo tranquila!) justo para ver llegar la siguiente ambulancia. Hemorragia posparto. Hala, a correr todos. Sangre, vías intravenosas, mucha más sangre, drogas para contraer el útero, algún que otro trocito de placenta que hay que sacar y… ufff, “un a tiempo”. La hemorragia es la principal causa de mortalidad materna en estos países. ¡Ya llevamos dos puntos contra las estadísticas hoy!

Reviso a unos gemelitos, cuya madre murió hace cuatro días de una complicación relacionada con la hipertensión del embarazo llamada eclampsia. Llegó inconsciente, logró dar a luz a los gemelos y, pese a todas las drogas posibles, nunca despertó para verlos. Van ganando peso, estamos enseñando a la abuela cómo preparar la fórmula de leche artificial para recién nacidos. Ya queda poco y podrán irse a casa, a la casa sin madre… un “demasiado tarde”.

Así pasa el día, mezclando “demasiado tarde” con “a tiempo”, siempre salpicado por algún llanto o grito de dolor de las madres de las otras 150 camas pediátricas que tiene el hospital. Pero sazonado con alguna risa y mirada picarona de los niños que no están tan graves y pululan por el hospital.

Hoy no ha habido ningún “demasiado tarde” para ninguna madre, un buen día sin duda. Ya se ha hecho de noche y huele distinto, igual llueve pronto.

Hago la última ronda antes de intentar “estirar la variz”, como decían mis compañeros en el hospital en el que trabajaba en Madrid antes de esta vida loca. Y además tengo hambre. Si es que las necesidades básicas son las mismas en todas partes del mundo, ya lo decía mi abuela…

Miro la sala llena de mosquiteras a media luz. Todas las pacientes parecen ir bien, algunas sonríen (pensarán “qué hace la blanca esta despierta”). Pues a ver qué trae el resto de la noche. Nuevas miradas seguro, y esperemos que ningún “demasiado tarde” y muchos “a tiempo”.

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Foto: Sala de Urgencias del Hospital de Refencia de Gondama, Sierra Leona (© Niklas Bergstrand/MSF)