Archivo de febrero, 2012

Patinando entre cañas mágicas de bambú

24 febrero 2012

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

De repente, tras uno de los mil recodos en este camino lleno de barro, llegamos a un bosque formado sólo por bambú. No doy crédito a mis ojos. ¡Y tan alto! Ahora sé de dónde sacaron sus cuentos los hermanos Grimm (¿acaso pasaron por aquí?, me pregunto). Es mágico, no encuentro otro calificativo para describirlo.

El camino desciende de forma abrupta. El barrizal es cada vez más resbaladizo. Es como barro espeso y negruzco transformado en hielo. Me deslizo de bambú en bambú mientras admiro la fuerza de estas altísimas maravillas de la naturaleza que crecen a una velocidad vertiginosa.

Un par de horas más tarde salimos a un camino con hierba más alta que yo. Ya no tengo ni idea de donde estoy exactamente. ¡La intensa lluvia, con gotas que me parecen diez veces más gordas de lo normal, no ayuda! Creo que puedo oír el sonido de mis calcetines resbalando dentro de mis botas, llenas de agua turbia, y pienso en la terrible peste que saldrá de ahí cuando me las quite.

Por fin Lubumba, una pequeña aldea en Itombwe Forest, nuestra meta.

Mis deseos parecen haber sido escuchados: deja de llover casi en el mismo momento en que entramos en la aldea. Decidimos acampar alrededor del centro de salud: a un lado las tiendas donde dormiremos, y al otro las tiendas para las consultas médicas. Decido dormir en la choza que me han preparado (léase: han sacado a las vacas para hacerme sitio…).

La noche cae rápidamente. Nos sentamos todos dentro de mi choza, en torno a la ‘babulla’, un pequeño hornillo de carbón tradicional, secando nuestra ropa y comiendo nuestro famoso arroz con judías, mientras nos dejamos llevar por sueños de mejor comida y de “haute cuisine” en un restaurante de cinco estrellas, en el que degustamos un sabroso cóctel de gambas y saboreamos una copa de Beaujolais a temperatura perfecta.

Me deslizo dentro del saco de dormir y casi antes de que mi cabeza toque la almohada, que me he improvisado con ropa seca, me apago como una vela en una tormenta tropical.

En medio de la noche, me despierto de repente. ¿Son moscas despertándome a estas horribles horas de la noche o es algo más? Lo sé. Mi cabeza se llena de flashes de un buen amigo mío, Philippe Havet. Fue mi jefe de Misión el año pasado aquí en Congo. Cuando estuvo con nosotros en Hauts-Plateaux, en octubre de 2010, contrajo malaria y tifus. Tuvimos que evacuarle de inmediato en helicóptero al hospital de Bukavu.

Philippe era un hombre con un corazón enorme y siempre dispuesto a ir allí donde hubiese gente necesitada. Su sentido del humor era contagioso y todo el personal, sin excepciones, le quería mucho. Me entristece profundamente darme cuenta de nuevo que ya no está entre nosotros. Fue asesinado en Mogadiscio mientras trabajaba para MSF no hace mucho**. Te echo de menos, “mon petit grand homme”. ¡Descansa en paz hermano!

Me doy cuenta de que mi trabajo para MSF no está exento de peligros. Esta organización trabaja mucho en zonas de conflicto y siempre hay riesgos, incluso cuando se imponen unas muy estrictas normas de seguridad.

Me doy cuenta de que cada vez hay menos respeto por los trabajadores humanitarios, es como si nuestro espacio operacional fuese menguando. En octubre del año pasado, dos de mis colegas, Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, fueron secuestradas en Kenia. “¡Ánimo a las dos!”, pienso. ¿Qué le depara el futuro al mundo humanitario? Ya casi no podemos hacer nuestro trabajo. Hay que hacer algo y rápido. No por mí ni por MSF siquiera, sino por las personas a las que atendemos, la gente que lo necesita. ¡Ellos son quienes más sufren!

Salgo del “Hotel Lubumba”, casi doblándome para no darme de nuevo con la cabeza como cuando entré. A la derecha, en una cerca de bambú, unas botas de agua se cuecen al primer sol de la mañana.

Ya hay toda una muchedumbre sentada a la entrada del pequeño recinto improvisado para la clínica móvil. Vienen de lejos. Entre ellos, la mujer que trajeron ayer noche dos hombres en camilla, tras caminar durante dos días, igual que nosotros. Sus rostros parecen cansados pero felices: ¡MSF ha llegado! ¡Por fin!

El bosque de Itombwe Forest es una región totalmente olvidada por otras organizaciones. El sistema de salud se derrumbó hace tiempo, si es que alguna vez existió. Tenemos trabajo que hacer… ¡y mucho!

En cuatro días, pasamos 1.100 consultas médicas. Trabajamos duro y nos sentimos satisfechos, como la propia población. Incluso asistimos el parto de una hermosa niña. Los rostros de estas personas estarán grabados en mi mente para siempre, sus sonrisas, su sentimiento de alivio, la esperanza que se refleja en sus ojos, ardiendo por saber cuándo regresaremos…

Para mí esta será la última vez. Ya ha llegado la hora de que alguien tome el relevo. Alguien con una visión fresca y nuevas ideas sobre cómo puede MSF prestar una mejor asistencia aquí. Pronto seguiré mi andadura en otra misión: Yemen. Un entorno diferente con retos distintos y ya estoy más que listo para ello…

Hasta la próxima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux

** Philippe Havet y Adrias Karel, trabajadores internacionales de MSF, fueron asesinados en un tiroteo en las oficinas de MSF en Mogadiscio, Somalia, en diciembre de 2011.

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Fotos: todas © Ferry Schippers

Foto1: El bosque de cañas mágicas de bambú.

Foto2: Centro de salud en Lubumba donde MSF establece la clínica móvil.

Foto3: “El hotel Lubumba”.

Foto4: Vista de Lubumba, con botas secándose al sol.

Foto5: Niña nacida en el parto asistido durante la clínica móvil en Lubumba.

Foto6: Ferry Schippers y el resto del equipo de la clínica móvil de MSF.

¡Nos están esperando!

20 febrero 2012

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

Caminamos en dirección a Musonjo: una larga fila de porteadores atravesando lentamente una paleta de diferentes gamas de verde, con movimientos serpenteantes, reduciendo con cada pequeño pero decidido paso la distancia a nuestra meta de hoy.

Cada paso, sin importar la dificultad que conlleve, me acerca a la meta, y ese es un pensamiento que siempre me hace sonreír.

Pienso en los invasores alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, que detuvieron su avance justo antes de llegar a estas montañas, conformándose con ocupar y controlar el Lago Tanganyika, y el más pequeño Lago Kivu. ¿Quién querría adentrarse en estas enormes montañas? ¿Y para qué?

El de hoy será un día de buen ejercicio, para relajar mis músculos un poco, sin cuestas empinadas, como si de un paseo en una tarde de domingo se tratase…

En el extremo noroeste ya puedo distinguir Rubuga, nuestro destino de hoy, una pequeña aldea con sólo un par de casas, un centro de salud y una iglesia. Mañana habrá un relevo de porteadores: el objetivo es hacer que tantas aldeas como sea posible participen en esta tarea, con el fin de que todos nos repartamos el trabajo a partes iguales. La noticia de nuestra llegada ya ha corrido, así que no tenemos problemas para encontrar nuevos porteadores para mañana por la mañana.

Incluso antes de entrar en el pueblo, ya nos reciben el pastor y la enfermera responsables del centro de salud, y naturalmente todo un tropel de niños, curiosos como siempre ante la presencia de este extraño hombre blanco.

La iglesia parece un buen sitio para pasar la noche, pero el pastor insiste en que durmamos en su casa, que ya ha evacuado justo antes de nuestra llegada. Ya han seleccionado la gallina que van a sacrificar para la cena y, antes incluso de que llegue a la casa, ya están calentando agua en un par de ollas para que pueda darme una “ducha”. Qué más podría pedir…

La esposa del pastor ha preparado en la casa adyacente a la suya una pequeña habitación donde poder ducharme. La sala de estar está llena de familiares sentados alrededor de una hoguera; tanto la sala como el cuarto donde me voy a duchar están llenos de humo porque no hay chimenea. Así que vuelvo a marcarme otro récord, dándome la ducha más rápida de la historia: entro conteniendo la respiración, corro hacia el cuarto habilitado para la ducha, me desvisto, me tiro agua por encima, me enjabono, vuelvo a tirarme agua por encima, me visto y salgo corriendo a respirar algo de aire puro.

Todavía me pregunto cómo pueden estar ahí sentados, comer, dormir, etc… En aquel preciso instante, decido dejar de fumar.

Toda la aldea se ha reunido en torno a la casa. Todavía es de día y los tejados ya humean. La última parte de nuestro viaje empieza justo después de dar apretones de manos grandes y pequeñas, viejas y jóvenes.

Ahora estamos de nuevo subiendo en cuesta, escalando la montaña que separa Hauts- Plateaux del bosque de Itombwe, y me hace feliz poder ver ambos al mismo tiempo cuando llegamos a la cumbre.

El tiempo parece estar cambiando. Algunas nubes parecen estar colgando de lado, como si tuviesen miedo de pasar sobre la montaña. Desgraciadamente, cuelgan del lado hacia el que nos dirigimos… Nuestro bien merecido descanso se ve interrumpido sin miramientos por las primeras gotas de agua. Es hora de moverse.

Lluvia… ¿qué es la lluvia aparte de unas gotas de agua que caen sobre nosotros y nos empapan la ropa? El cuerpo humano consiste de un mínimo del 70 % de agua, así que ¿qué son un par de gotas más? Adelante se ha dicho. ¡Nos están esperando!

 

(Continuará)

* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux.

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Fotos: Clínica móvil hacia Lubumba, en el bosque de Itombwe (Hauts-Plateaux, República Democrática del Congo). © Ferry Schippers.

Volviendo sobre la identidad

15 febrero 2012

Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

Luego de muchos meses ausente de este espacio que tanto quiero, quiero hablar sobre un tema sobre el que ya escribí en diciembre de 2010 y que entonces generó un debate que se fue tornando áspero y que finalmente se centró en asuntos distintos al que había intentado yo abordar. Retomo este tema hoy con la esperanza de que, si mis palabras generan algún debate, lo hagan siempre desde la sensatez y la obligación social que debemos sentir todos de construir un mundo mejor y aportar a ese fin.

Intentaba en aquel entonces explicar las razones por las que en mi país, Bolivia,  muchos niños y niñas no tienen certificado de nacimiento y las implicaciones que ese pequeño detalle tiene. Para poner un poco más en contexto, un niño sin certificado de nacimiento es más propenso a ser víctima de trata y tráfico pues en este lado del mundo, donde aún tenemos fronteras, se burlan los controles;  de prostitución infantil porque nadie sienta la denuncia en la policía;  de analfabetismo,  porque en la escuela exigían el certificado de nacimiento como requisito para la matriculación (ahora ya no es necesario); de maltrato físico;  de explotación laboral; etc. La lista de males posibles es interminable.

Supe de un caso en el que, en la frontera entre Bolivia y Argentina, una madre le entregó su hija de 10 años a una persona que supuestamente, por una suma de 30 pesos argentinos, se encargaría de pasarla al otro lado. Ambas migraban en busca de mejores oportunidades de vida porque la pobreza es mala consejera. Al llegar al otro lado, la señora no encontró ni a su hija ni a la mujer a la que se la había entregado. Y de estas, allí mismo se escuchan muchas historias, las cuales te cuentan incluso los guardias fronterizos de ambos lados. Según el Observatorio de Trata de Personas[1],  la Fuerza especial de Lucha contra el Crimen atendió solamente 282 casos de trata y tráfico durante 2010, pero se conoce que los casos reales de estos delitos superan por mucho esa cifra.

 

En el lado boliviano, un póster distribuido por el Defensor del Pueblo reza:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero muchos no lo pueden leer o no saben lo que eso significa.

Las causas para que un niño o una niña carezcan de Certificado de Nacimiento son muchas, pero sin duda la pobreza y el analfabetismo son  dos de las fundamentales. Entre no tener el dinero suficiente para cubrir el costo de la inscripción en el Registro Civil cuando ya tienen más de 5 años y el no tener el conocimiento necesario sobre la importancia de inscribirlos en cuanto nacen se debaten las familias. La realidades que el18% de los niños y niñas menores de 5 años no tienen este documento.

No faltó quien considerase que la solución pasaba por controlar la natalidad – y créanme que se intentó en algunos países, sin éxito, hace muy poco años-. Si eso fuera cierto, me pregunto qué razón habría tenido aquella señora en la frontera con Argentina para entregar su única hija a una desconocida. Me pregunto también con qué derecho un gobierno o un Estado pueden privar a sus ciudadanas de elegir libremente  la cantidad de hijos que quiere tener por razones como esta, cuando la responsabilidad del Estado está en garantizar el cumplimiento de los derechos a todos sus miembros. Y un niño o niña tiene el derecho de ser ciudadano desde el momento en que nace.

El asunto es que cuando a esas causasse une el ser indígena, las cosas se ponen peor. Para continuar poniendo en contexto, todavía hay en Bolivia, sobre todo en la zona del Chaco guaraní,  familias de esa etnia que viven bajo régimen de “empatronamiento”, o sea, tienen “Patrones”. El hacendado les mantiene dentro de sus terrenos, con derecho a mala comida y techo decadente (como lo oyen), a cambio de su mano de obra. En algunos casos les pagan con bonos que deben cambiar por productos que el mismo hacendado les vende.  Allí, los niños de las familias empatronadas casi nunca pueden asistir a la escuela y no tener certificado de nacimiento los expone a explotación laboral.

Ahora, que desde hace unos años el gobierno nacional aprobó un decreto que obliga a entregar el primer certificado de nacimiento de manera gratuita a todos los niños hasta los 12 años, el trabajo de las ONG se ha centrado en facilitar el acceso de los Oficiales de Registro Civil hasta las comunidades más alejadas  y en informar a la población para que no se dejen timar por funcionarios corruptos que quieren cobrarles el trámite. En los dos municipios del Chaco guaraní donde Ayuda en Acción está trabajando, Villa Vaca Guzmán y Huacaya, hemos conseguido que en los últimos 5 años, el 93,5% de los niños y niñas ya tengan un documento de identidad. Seguimos trabajando para que el restante  6,5% lo consiga pronto; así como para desempatronar  a las familias semi cautivas y ofrecerles una alternativa de asentamiento, habitabilidad y desarrollo humano: escuelas para los niños y niñas; opciones de formación técnica y de trabajo para los adultos; asistencia médica de calidad para todos; entre otras cosas.

Aún así, no es que esto sea suficiente; hay mucho todavía por andar. Por eso hemos unido nuestro apoyo al esfuerzo de las propias familias y de las autoridades locales, que quieren salir adelante, pero obligando al Estado a cumplir con sus obligaciones y respetando y velando por el cumplimiento de los derechos de cualquier ser humano.

 


[1] http://www.observatoriotrata.org/estadisticas

“No pueden encontrarte si te sumerges”

14 febrero 2012

Testimonios de la violencia en Sudán del Sur (3ª parte). Testimonio de un paciente de 39 años que resultó herido de bala en un brazo en el ataque a Pibor el 31 de diciembre de 2011*.

Cuando se produjo el ataque contra mi aldea, huimos al bosque sin comida, sólo con agua para los niños. Recibí un tiro en el brazo. Estuve escondido en el bosque durante 8 días. Sangraba tanto que a veces perdía el sentido sin darme cuenta. Por la noche, me dolía tanto que no podía dormir. Tardé otros tres días en llegar andando al hospital.

Yo he tenido suerte. No encontraron a mi familia cuando me dispararon porque ellos habían huido antes. Llegaron al río y se sumergieron. Sacaban la boca del agua de vez en cuando para respirar y volvían a esconderse bajo el agua. Si te escondes en el bosque pueden encontrarte, pero en el agua no.

En mi comunidad, algunas personas han sido asesinadas y muchas otras han desaparecido. No sabemos si están vivas o muertas. Vimos como mataban a algunas. También se han llevado a algunos niños.

Pensábamos que MSF no volvería a trabajar aquí porque lo saquearon todo. Temíamos que no regresasen. Pero han vuelto y estoy contento. Si no estuviesen aquí, quizá no habría sobrevivido.

Mi casa ha sido reducida a cenizas, entera, con todas nuestras pertenencias. No sé si puedo volver a casa, porque hay tanta gente desaparecida y tantos muertos… Queremos volver para cultivar maíz y sorgo para los niños, pero ya no queda nada allí.

¿Que qué pensamos, quienes hemos sobrevivido, de toda esta muerte y estas desapariciones? Muchos todavía lloran, todavía siguen buscando a sus esposas e hijos desaparecidos. ¿Cómo podemos siquiera pensar en el futuro?

* Testimonios recogidos por los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) entre los pacientes atendidos tras los ataques en Pibor y Lekwongole a finales de diciembre.

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Foto: Vista de Pibor, mayo de 2011. (© Liang Zi).

Preparativos para una caminata de 6+9

09 febrero 2012

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

Y de nuevo son las 5 en punto de la mañana. Tras dos días de descanso, me preparo para nuestro viaje al bosque de Itombwe, una caminata de dos días a través de la cadena montañosa de Hauts-Plateaux, en el extremo este del país. Ayer ya avisamos a la comunidad local y a las aldeas de los alrededores de que íbamos a necesitar porteadores. Muchos esta vez: 34.

Tardo por lo menos 30 minutos en encontrar el valor de mover hacia un lado de la cama un cuerpo al que ya empiezan a pesarle los años. Me visto en menos de 5 minutos. ¡Todo un récord personal y un motivo de júbilo!, me digo a mí mismo. Lo recordaré cuando regrese la semana que viene…

Los primeros porteadores ya han llegado cuando me dirijo al “baño”, una letrina protegida por una pequeña estructura de bambú cubierta por hierba. Un espectáculo casi romántico. El valle está repleto de nubes bajas que cubren el río, y al fondo del todo puede verse el mercado de Magunda. Me imagino que va a ser un día hermoso y soleado, y me paro a respirar este momento de paz.

Detrás de la oficina puedo ver toda una hilera de material, embalado a conciencia, protegido de la lluvia y preparado para ser transportado. Mesas y sillas plegables, tiendas para las consultas, pilas de rollos de plástico, cajas con vacunas, una gran nevera (que tendrán que cargar entre cuatro personas), bolsas de plástico con arroz, judías, pescado seco y salado, ‘babulas’ (hornillos de carbón tradicionales) y naturalmente carbón, sacos de dormir y tiendas de campaña para dormir. En definitiva, todo lo necesario para nuestra clínica móvil.

Tenemos previsto salir al bosque de Itombwe dentro de dos días. Primero una caminata de seis horas para llegar al valle al borde de Hauts-Plateaux, durmiendo en una pequeña aldea donde nos acogerá, como de costumbre, la hospitalaria población local, y luego al día siguiente emprenderemos una nueva caminata de otras nueve horas subiendo por la montaña hacia el oeste, para descender de nuevo a las puertas de la selva tropical, lo que en inglés llaman “rainforest”, bosque lluvioso. ¿Por qué “lluvioso”? Me temo que lo voy a averiguar muy pronto…

Hay múltiples grupos étnicos en Hauts-Plateaux, como los Babembe, los Bafuliro, los Banyamulenge, etc… La población de Kihuha (y la de Marungu en realidad) son Banyamulenge, también llamados tutsis congoleños. Originariamente estas personas vinieron de Ruanda hace dos siglos, y desde entonces se han producido un par de flujos migratorios más.

Desde la década de los años 70 del siglo XX se denominan “Banyamulenge”, para evitar llamarse “Banyarwanda” (gente de Ruanda) y ser vistos como extranjeros. Las tensiones étnicas contra los tutsis aumentaron una vez terminada la era colonial así como el exterminio en 1972 de hutus en Burundi. Como respuesta a ello, los tutsis parecen haber intentado distanciarse de su identificación étnica como ruandeses, asociándose a Mulenge, una aldea en el Moyen-Plateaux, y pasando a ser por tanto “gente de Mulenge”.

Justo antes de emprender la marcha, topo con una mujer que carga con una pila de piedras sobre la cabeza. Siempre me he preguntado cómo pueden estas mujeres cargar con cosas sobre la cabezas, caminar bien derechas y subir y bajar estas montañas, con gracia e indudable orgullo. ¡Sorprendente! Una vez probé a hacerlo y tan ocupado estaba en mantener el equilibrio, que tropecé con un tronco y casi me rompo la crisma en el intento…

(Continuará)

Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux.

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Fotos: todas © Ferry Schippers

“Se llevaron a mi única hija”

06 febrero 2012

Testimonios de la violencia en Sudán del Sur (2ª parte): Testimonio de una paciente de 24 años que resultó herida de bala en una pierna y en la mejilla durante el ataque contra Lekwongole el 27 de diciembre de 2011.

Nuestra aldea fue una de las primeras en ser atacadas. Tres mujeres, incluida yo, escapamos corriendo con nuestro hijos: mi única hija, de 3 años, y dos de sus hijos, de 10 y 11 años. Sólo conseguimos llevarnos con nosotras agua para los niños, pero ni comida, ni ropa, nada.

Corrimos e intentamos escondernos entre la maleza cuando oímos que se acercaban. Pero escucharon a mi hija llorar y dieron con nosotras tres y los tres niños. Cogieron a mi hija y se la llevaron, y cortaron el cuello a los dos niños delante de nuestros propios ojos.

Nos dijeron a las tres que corriésemos, y a los 10 metros empezaron a dispararnos. Las otras dos mujeres resultaron muertas en el acto. Yo fui alcanzada por un disparo en la pierna y me caí. Vinieron hacia mí y me dispararon a bocajarro en la cabeza para asegurarse de que acababan conmigo y se marcharon dándome por muerta. Pero la bala me atravesó la mejilla y sobreviví.

Me arrastré hasta llegar al río para beber agua y permanecí allí sola durante siete días con mucho dolor. No sabía dónde estaba mi familia o qué había ocurrido con mi pequeña, mi única hija. Al octavo día, no podía seguir allí sola durante más tiempo así que, utilizando un palo, logré ponerme en pie y caminar durante dos horas hasta que tropecé con unos vecinos que me cuidaron durante siete días.

Me dijeron que mi madre había desaparecido. Luego me dejaron para ir a informar a mi familia sobre mi paradero. De nuevo me quedé sola durante dos días. Y de nuevo tuve que arrastrarme hasta el río para beber agua. Entonces el hermano de mi marido me encontró y me llevó a Lekwongole, donde llegamos al cabo de tres días. No podía andar, estaba muy cansada y sufría mucho dolor.

Cuando MSF a Lekwongole, se encargaron de llevarme en coche hasta Pibor. Al día siguiente supe que mi madre había muerto. Mi madre está muerta, sí. Si al menos si mi hija estuviese conmigo, me sentiría bien. Pero no estoy bien, ni siquiera sé qué ha sido de mi pequeña.

De mi familia, diez personas han muerto: cuatro mujeres y seis hombres. De la familia de mi marido, ocho más han sido asesinadas. También han raptado a uno de mis sobrinos, de 6 años de edad. Es muy doloroso porque toda mi familia ha sido asesinada. Se han llevado a mi única hija, me siento tan sola. Es tan doloroso.

Respecto al futuro, si consigo trabajo, trabajaré pero quién sabe. La gente suele quedarse atrapada aquí sin absolutamente nada.

* Testimonios recogidos por los equipos de Médicos Sin Fronteras entre los pacientes atendidos tras los ataques en Pibor y Lekwongole a finales de diciembre.

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Foto: Hospital de atención primaria de MSF en la región de Pibor (© Liang Zi)

Testimonios de la violencia en Sudán del Sur

03 febrero 2012

Por Karel Janssens (Sudán del Sur, Médicos Sin Fronteras)*

Me presento brevemente: me llamo Karel Janssens, soy coordinador de terreno de Médicos Sin Fronteras en Pibor, en el Estado de Jonglei, en Sudán del Sur. Quiero haceros una rápida introducción a la que va a ser una pequeña serie de testimonios de pacientes recogidos por nuestros equipos tras la última ola de violencia en esta zona.

 

Por situaros: en Pibor, MSF proporciona atención sanitaria en tres estructuras de salud, tres clínicas: una en el pueblo de Pibor, una en Lekwongole y una en Gumruk. Y estas tres estructuras ofrecen la única atención sanitaria disponible para las 160.000 personas que viven en esta zona. El pasado 23 de diciembre, tuvimos que evacuar al equipo al saber que iba a producirse un ataque inminente contra Lekwongole y la propia Pibor, lo que de hecho se produjo: Lekwongole el día de Navidad, y Pibor un par de días después.

Regresamos a Pibor el 7 de enero y reanudamos las actividades médicas. Unos días más tarde, yo mismo me desplacé a Lekwongole para comprobar en qué estado estaba la clínica: me la encontré reducida a cenizas. Sólo quedaban las paredes y el techo, y del resto no queda nada, lo habían quemado todo, y lo que no, lo habían esparcido por todas partes. Un verdadero caos. Y en cuanto a Lekwongole, era un pueblo fantasma. Las llamas lo habían devorado todo, no quedaba ni una sola choza en pie. Apenas unas pocas personas vagaban por aquel siniestro paisaje, junto a perros callejeros y algunos pájaros.

Ahora hemos vuelto a trabajar en Lekwongole. Pasamos consulta a las personas que huyeron del pueblo y que se han instalado como han podido en los alrededores de Lekwongole. No se atreven a regresar a sus casas, primero porque ya no queda nada en pie, pero también porque tienen miedo de nuevos ataques. Así que la gente se acerca desde el campo en busca de comida -que esperan conseguir en la pista de aterrizaje- y en busca de asistencia médica.

Uno de los principales problemas a la hora de reanudar las actividades es el hecho de que nuestro personal local sufrió también las consecuencias de la violencia. Al poco de volver a Lekwongole seguíamos sin noticias de casi treinta de ellos; algunos regresaron después, pero de otros seguimos sin saber nada.

Tres semanas después de los ataques seguíamos recibiendo pacientes con heridas de bala y otras sufridas durante la huida. Pero también vemos muchos casos de malaria: casi la mitad de los pacientes que vemos la padecen. Vemos diarrea, infecciones respiratorias, y naturalmente esto se debe a que la gente se ha dispersado por el campo, buscando refugio como han podido entre árboles y matorrales, y duermen al raso y sin mosquiteras.

Estos han sido ataques de mucha virulencia. Yo mismo pude comprobar, viajando por la carretera que conduce desde aquí hacia el sur, que la mitad de las aldeas han sido atacadas e incendiadas. No es la primera vez que se produce un ataque en el Estado de Jonglei. El año pasado ya hubo varios, tanto aquí en Pibor como en Pieri, más al norte. Los equipos de allí también tuvieron los mismos problemas, con hospitales saqueados, evacuaciones, muchos heridos y entre ellos muchas mujeres y niños.

En los próximos posts me gustaría, simplemente, dejaros los testimonios de algunos de los pacientes que hemos atendido en estas últimas semanas, ya que no hay mejor forma de explicar lo sucedido.

(Continuará)

* Karel Janssens es coordinador de proyecto de MSF en Pibor, Estado de Jonglei.

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Foto superior: Pacientes atendidos en la clínica de MSF en Pibor tras los ataques (© Heather Whelan/MSF).

Foto inferior: Dentro de la clínica incendiada de MSF en Lekwongole (© Heather Whelan/MSF).