Archivo de agosto, 2011

“Medio millón de murcianos se hacinan en los campos de refugiados del sur de Francia”

29 agosto 2011

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Kenia)*

 

y a continuación de este titular vendría el siguiente subtítulo: “a pesar de los esfuerzos del gobierno francés y la presencia de Naciones Unidas, miles de murcianos siguen padeciendo las consecuencias de la desnutrición y los primeros brotes de sarampión y cólera”.

Obviamente sólo trato de llamar vuestra atención: en España no se dan las condiciones que en Somalia han forzado a más de medio millón de somalíes a buscar refugio en Kenia. No hay guerra, no hay sequía, existe un gobierno, un sistema de salud público y, afortunadamente, no hace falta la presencia de actores como Médicos Sin Fronteras.

Imaginar un campo de refugiados con la población de Murcia capital resulta cuando menos difícil, pero os aseguro que es una realidad; acabo de estar en los campos de Dadaab, en Kenia, una acumulación de tres mega-sub campos (Ifo, Dagahaley y Hagadera), de un cuarto en proceso de extensión (conocida como Ifo2 e Ifo3) y de otro más planificado (Kumbios). Según hablamos, estos campos ya sobrepasan las 440.000 personas.

Digo esto porque cada día se producen una media de 1.400 nuevas llegadas, en su mayoría mujeres y niños, que han recorrido a pie desde Somalia distancias similares a la que habría entre Murcia y Andorra. De seguir esta tendencia, a finales de año podríamos estar hablando de más de medio millón de personas en los campos, convirtiéndolos en la tercera “ciudad” en número de población de este turístico país que es Kenia.

Si en el último post os hablaba del desplazamiento interno, el flujo de refugiados es la otra cara de la moneda… con la diferencia de que en el ámbito humanitario pensábamos que campos de esta magnitud se habían convertido en una rareza.

Por muchísimas razones, a nadie le interesa que existan: seguridad, economía, medio ambiente y la propia capacidad de los países receptores para con sus respectivas poblaciones hacen que a ningún gobierno le guste ver en su territorio tanta población de otro país agolpándose de una forma tan súbita y descontrolada. ¿Podemos pensar en España acogiendo a medio millón de portugueses, 170.000 de ellos llegados sólo en un año? Además, están todas las experiencias de los años 90, cuando muchos de los campos de los vecinos de Ruanda se utilizaron como bases para contraatacar de nuevo…

El cambio en los conflictos tras la caída del Muro también ha favorecido más el desplazamiento interno que el de los refugiados que cruzan fronteras; e incluso muchos de nuestros países (que no sufren conflictos y no reciben flujos masivos de población en comparación a lo que sucede en África, por ejemplo) prefieren del desplazamiento interno que potenciales refugiados, ya que éstos últimos les generarían obligaciones de acogida y asilo que en muchos casos no están dispuestos a asumir.

MSF ya estuvo presente en la creación de estos campos hace veinte años, cuando fueron diseñados para 90.000 personas que huyeron tras la caída del régimen de Siad Barré en Somalia en 1991. Volvimos hace tres años, cuando la intensidad de la guerra en Somalia durante la intervención del ejército etíope generó decenas de miles de refugiados más.

En julio de 2010 se decidió extender un tercer campo (Ifo) para tratar de descongestionar a los 270.000 refugiados que por aquel entonces se agolpaban en Dadaab. Fue ahí cuando consideramos que era necesaria una mayor inversión de MSF. Tras un largo proceso de negociación entre el Gobierno de Kenia y el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Ifo finalmente ha sido extendido. Y hemos comenzado a trabajar en esta extensión hace sólo tres semanas, cuando la población de los campos supera ya las 440.000 personas.

En próximos posts os contaré qué estamos haciendo y cuál es nuestro análisis de la situación desde el punto de vista médico y humanitario. Pero, una vez más, resulta inevitable reflexionar en voz alta: ¿dónde está la carga de la recepción de la población somalí? ¿Por qué cientos de miles de personas han tenido que dejarlo todo y huir? ¿Es suficiente pedir dinero y dar comida para dar una respuesta a estas poblaciones? ¿De verdad podemos seguir aceptando que cada generación vea las escenas del niño desnutrido, la madre desesperada, la tienda del refugiado y los logos de las organizaciones humanitarias como MSF en el fondo?

 

*Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF en Somalia, Kenia y Etiopía.

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Foto 1: Refugiados somalíes recién llegados a Kenia esperan en la puerta del centro de recepción del campo de Daghaley (© Michael Goldfarb/MSF, julio de 2011).

Foto 2: Asentamientos espontáneos de refugiados somalíes que se quedaron fuera del abarrotado campo de Daghaley, en enero de 2011 (© MSF). 

Foto 3: Un pequeño somalí con desnutrición aguda, atendido en el hospital de MSF en Dadaab, Kenia (© Brendan Bannon, julio de 2011).

 

 

IDP: lucha por la vida (en Mogadiscio)

25 agosto 2011

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Somalia)*

 

Un desplazado y un refugiado difieren en que este último ha cruzado una frontera entre países huyendo por razones diversas, entre ellas la persecución o la violencia. Un desplazado ha tenido que dejar su lugar de origen para acudir a otro, siempre dentro del territorio de su país. Es lo que se conoce en la jerga humanitaria como IDP (léase “aidipís”), lo que equivaldría a “desplazados internos”.

Los IDP gozan de una protección internacional muy inferior a la de los refugiados; por ejemplo, no existe una agencia internacional que tenga el mandato de atenderlos. Sin embargo, y debido al cambio en la tipología y pautas de los conflictos (internos más que internacionales, afectando a los civiles más que a los combatientes), el número de IDP superó al de refugiados hace ya varios años. A principios del 2011, el mundo contaba con un total de 27 millones de desplazados, frente a 15 millones de refugiados.

Mogadiscio, desde donde os escribo, es ahora mismo uno de los paradigmas del desplazamiento interno. Somalia ya lo era antes de esta crisis, siendo uno de los países con más IDP del mundo, estimados en cerca del millón y medio; por ejemplo, MSF lleva trabajando en el llamado “corredor de Afgoye”, situado en el camino hacia Kenia, desde hace varios años, atendiendo alrededor de medio millón de personas en lo que supone uno de los epicentros del desplazamiento interno del mundo. Como ya os comentaba en el anterior post, hay cosas en Somalia que no tienen nada de nuevo.

Pero ahora en Mogadiscio hay novedades: los IDP se acumulan de forma masiva y en muy variadas formas en un mismo entorno urbano. Hemos podido ver grandes campos de desplazados dentro de la propia ciudad, como el de Babhbado, con cerca de 30.000 personas, donde todas las organizaciones han centrado su atención, por lo que nuestra intervención no ha sido necesaria. También hemos visto “mini corredores”, como el de Jazeera, con unas 12.000 personas, donde ya hemos empezado a realizar campañas de vacunación y chequeos para conocer el estado exacto de desnutrición de la población.

 Pero lo que realmente caracteriza la situación ahora es la acumulación en “bolsas” que oscilan entre las 20 y las 500 familias; se asientan en cualquier sitio, desde antiguos campos de fútbol a mezquitas, y sobre todo en las casas de la población local, que una vez más muestra una capacidad de solidaridad espontánea y mecanismos de afrontamiento asombrosos, y lo hacen en todos los barrios a lo largo de la ciudad.

Los desafíos para nosotros son enormes. Para empezar, resulta muy complicado “mapear” a los desplazados y estimar cifras de población. Si queremos atender a estas poblaciones, hay que negociar acceso (con los clanes, los líderes tradicionales, los gobernadores, etc.) a todos y cada uno de los distritos; y tenemos que diseñar cuidadosamente nuestros proyectos, combinando hospitales y centros de salud fijos (donde incluimos el tratamiento de los casos severos de desnutrición) con las estrategias periféricas (incluyendo los puestos de salud, clínicas móviles, campañas de vacunación, etc.). Cada movimiento en Mogadiscio todavía supone un riesgo para la seguridad y tiene que ser adecuadamente gestionado…

Pero la magnitud de las necesidades requiere de esa respuesta. El sarampión hace estragos, sobre todo en los niños. Ya hay casos confirmados de cólera: aunque todavía no tengamos un brote epidémico, las diarreas agudas y sangrantes se dan en prácticamente todas las zonas de desplazamiento que hemos visto. Las enfermedades respiratorias agudas también. Y lo peor de todo esto es que el debilitamiento del sistema inmunológico consecuencia de la desnutrición hace que las personas, sobre todo los niños, mueran; de hecho, su estado hace en muchos casos inviable salvarles la vida aunque sus enfermedades sean absurdamente fáciles de tratar.

De las primeras entrevistas realizadas con los miles de desplazados a los que ya hemos accedido a través de los programas de salud primaria, vacunación y tratamiento ambulatorio de la desnutrición, sabemos que la mayoría de ellos han pasado por grandes penurias durante el camino a Mogadiscio. En algunos casos han andado cientos de kilómetros.

Amina, una madre de 5 hijos, nos dijo que tuvo que abandonar a dos de ellos por el camino porque ya no podían acarrearlos consigo; su marido se quedó atrás para cuidarlos y ya no ha vuelto a saber de ellos. Ahora uno de sus niños se debate entre la vida y la muerte en nuestro centro terapéutico nutricional y ella se pregunta qué hacer para comer, para dormir, para cobijarse, para curarse, para sobrevivir.

La ciudad sigue recibiendo aviones de ayuda alimentaria, ONGs internacionales y muestras de apoyo al gobierno somalí por parte de líderes políticos. Pero el desafío en un entorno de desplazamiento urbano es hacer que esa ayuda llegue a todos y cada uno de los seres humanos que la necesitan. Ese desafío se multiplica exponencialmente en Mogadiscio.

 Mi penúltimo pensamiento es que todos seamos capaces de hacerlo sin caer en los errores del pasado. El último es que la abstracción del término “IDP” no deja entender la enormidad de la afrenta a la dignidad que supone esa situación para personas como Amina.

* Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF para Somalia, Kenia y Etiopía.

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Fotos: Equipos de MSF atienden a los desplazados somalíes en el distrito de Wadaag, al sur de Mogadiscio (13 de agosto de 2011). © Feisal Omar.

¿Volver a empezar? (en Mogadiscio)

24 agosto 2011

Por Alfonso Verdú, Médicos Sin Fronteras (Somalia)*

Para mucha población somalí obligada a huir en busca de ayuda, sí. Para muchos actores humanitarios que intentan ahora entrar en el país, también. Para unas pocas organizaciones, como Médicos sin Fronteras, que llevan años en Somalia, no tanto. La llamada internacional de ayuda para la crisis del Cuerno de África estaba y sigue estando muy alto en la agenda pública: medios de comunicación, agencias de Naciones Unidas, ONGs, gobiernos, hasta el propio Vaticano.

La ecuación que se nos presenta para despejar es relativamente sencilla: no ha llovido, la sequía ha acabado con el ganado y los cultivos, la población se ha quedado sin comida y sin medios de subsistencia, se genera hambruna. Eso es lo descriptivo. ¿Qué toca hacer ahora?: dar cientos de millones de dólares, comprar comida, dar comida. Ecuación despejada.

Antes de terminar mi última misión en Mogadiscio en diciembre del año 2007, MSF logró abrir un hospital de 70 camas. Este hospital tenía un programa nutricional pediátrico, para niños menores de 5 años. A las dos semanas de la apertura, estaba totalmente lleno. Respondíamos a brotes de cólera, atendíamos las complicaciones obstétricas, continuábamos con la cirugía de guerra… representaba lo que Somalia ha sido, era en ese momento y es ahora para MSF: una de las mayores y más prolongadas crisis humanitarias del mundo consecuencia de un interminable conflicto armado interno.

Sí, ahora tenemos una nueva ventana de oportunidad: podemos restablecer al personal internacional en Mogadiscio de forma permanente. Evaluar esta posibilidad era una de las razones de mi desplazamiento a Mogadiscio estos días pero, después de estar aquí una semana, lo que he visto es que esta sigue siendo la Somalia cuyas complicaciones no sólo obedecen a una sequía extrema, sino también a la violencia, al desplazamiento, al fracaso de las políticas internacionales de cooperación al desarrollo, a la ausencia de actores humanitarios sobre el terreno y a un gobierno basado en Kenia que no es funcional. Esto es, a factores estrictamente humanos.

Sobre el terreno, hemos visto un enorme aumento en nuestros programas nutricionales, llegando a tratar a siete veces más niños desnutridos que en el mismo periodo del año pasado. La desnutrición severa aguda está por encima de los umbrales de emergencia. Hay muchos desplazados internos dispersos por Mogadiscio, difíciles de mapear y acceder. Hay que prepararse para los casi inevitables brotes de cólera. Hay que vacunar contra el sarampión. Todo eso lo tenemos ya en marcha.

Pero precisamente esto no pasa sólo por pedir millones de dólares. Esto pasa por hacer la ayuda efectiva (que llegue rápidamente), imparcial (que llegue a quienes más lo necesitan), neutral (que no se penalice a la población sólo por vivir en áreas controladas por actores que no nos gustan o con quienes no sabemos tratar) e independiente (que no sea manipulada o controlada por otros que no seamos nosotros).

Hacer eso no es tan sencillo. El modelo de ayuda internacional que se nos vende (movilizar fondos, comprar comida, darla) no funciona en un entorno como el Somalí. Mogadiscio no tiene nada que ver con una región que se encuentra a 20 kilómetros de aquí (Jowhar). Ni siquiera un barrio de la capital tiene nada que ver con otro situado a 10 minutos en coche.

La situación de los somalíes en los mega-campos de refugiados de Dadaab (Kenya) tiene también poco que ver con las regiones más desfavorecidas de ese mismo país. Como poco tiene que ver la situación (y cómo implementar programas humanitarios) en los campos de Dolo (Etiopía) con la que vemos en otras regiones de ese país, en muchas de las cuales la población no muestra signos severos de desnutrición, por ejemplo.

Por tanto, aglutinar todas estas micro-realidades en un eslógan que combine “Cuerno de Africa”, “sequía” y “hambruna” es cuanto menos simplista y, hasta el momento, poco útil para la población somalí.

Todo apunta a que estamos ante una crisis gravísima, pero una crisis compleja a la que no se puede responder con soluciones simplistas. Estar en Mogadiscio con el personal de MSF que ha mantenido los programas activos permite cuanto menos tener una buena idea de la realidad.

¿Volver? No para nosotros, hemos estado aquí durante 20 años seguidos. Otra vez hambruna… ¿Volver a empezar? No para nosotros, la crisis de la población somalí ha sido una constante desde hace mucho tiempo, sobre todo dentro de Somalia, pero también con los refugiados en Etiopía, Kenia, Yibuti, Uganda o Yemen.

La gran prioridad ahora, dentro de tanto ruido, sigue siendo la misma: que la población somalí acceda a una ayuda de emergencia médico-humanitaria de calidad mientras las soluciones políticas siguen en estado crítico.

*Alfonso Verdú es responsable de Operaciones de MSF para Somalia, Kenia y Etiopía.

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Fotos: Equipos de MSF atienden a los desplazados somalíes en el distrito de Wadaag, al sur de Mogadiscio (13 de agosto de 2011). © Feisal Omar.

Té con leche (en Somalia)

22 agosto 2011

Por Hussein Sheikh Qassim, Somalia (Médicos Sin Fronteras)

Cuando nos levantamos, el cielo estaba cubierto de nubes negras. Ya no vimos el sol en todo el día. Por culpa del mal tiempo, son menos los enfermos que nos han llegado, ya que los coches no han salido a la carretera por miedo a lluvias torrenciales: las carreteras no están asfaltadas, así que cuando llueve mucho se convierten en lodazales en los que los coches no pueden ni avanzar. Así que nadie se arriesga, y eso que realmente no ha llovido en condiciones en los últimos tres años.

De todas formas, el hospital está lleno debido al enorme volumen de pacientes que nos han estado llegando en los últimos días. Hemos estado muy ocupados.

Marere es un algo diferente de otras regiones de Somalia: está cerca de un río, y llueve ocasionalmente, aunque el suelo está demasiado seco como para que suponga alguna diferencia, así que no hay vegetación. La mayor parte del país sufre una grave sequía, y la mayoría parte de los pacientes a los que atendemos están extremadamente desnutridos. En un hospital cualquiera de un país cualquiera, obviamente ves enfermos, es lo normal. Pero lo que estamos viendo aquí no es normal: estamos viendo a personas que, además de estar enfermas, están muriendo de hambre.

Muchas madres caminan kilómetros para llegar al hospital, cargando con sus hijos a la espalda y sin nada que llevarse a la boca durante días, así que cuando llegan no sólo tenemos que atender a los niños: también tenemos que alimentarlas a ellas.

Esta semana, una anciana llegó con su nieto de tres años desde el campo de desplazados de Jiro, que está a unos 70 kilómetros de aquí. Su familia se dedicaba al pastoreo, pero todo el ganado murió y tuvieron que irse de su aldea con unas pocas cabras que les quedaban. Nos dijo que el pequeño, Siyat Abdi Ali, llevaba un mes enfermo, con tos, vómitos y diarrea. Pero lo que realmente nos impactó fue que, durante todo aquel mes, lo único que habían podido darle de comer era té dulce con un poco de leche de cabra: no les quedaba otra cosa.

Como podéis imaginar, el niño era todo piel y huesos, literalmente se estaba muriendo de hambre. Además de la desnutrición aguda severa, tenía neumonía. También la abuela estaba gravemente desnutrida, y tuvo que ser ingresada. Siyat está siendo alimentado primero mediante suero porque está demasiado débil como para poder deglutir. Al menos ya mueve las piernas, cosa que era incapaz de hacer cuando llegó.

En general estamos viendo más adultos desnutridos, de nuevo algo que no es habitual. Precisamente acabamos de ingresar en el centro nutricional a un chico de 14 años, al que en Somalia ya se considera adulto. También vemos un volumen creciente de mujeres embarazadas, que en condiciones normales necesitan ingerir más alimentos ya que comen por dos… pero aquí no llegan al mínimo, y algunas de ellas llegan al parto tan desnutridas, tan debilitadas, que no tienen fuerza muscular suficiente como para empujar. Un parto natural requiere contracciones musculares, y si estas no se producen, el parto se complica y las hemorragias son frecuentes, así que tenemos que practicarles transfusiones. En cuanto a los bebés, si es que sobreviven al parto, nacen por debajo de su peso, extremadamente debilitados, y deben quedarse ingresados.

La semana pasada, en una sola noche teníamos hasta 103 niños ingresados en el centro de nutrición intensiva, todos ellos con desnutrición aguda severa. En la zona de hospitalización, tenemos 57 pacientes de todas las edades, otros 131 en el área de tuberculosis, y pasamos unas 300 consultas al día.

El hospital dispone también de servicios de vacunación, una clínica y de clínicas móviles, que se desplazan a las localidades de los alrededores de Marere para tratar a los pacientes y que ellos no tengan que desplazarse. También tenemos algunos coches preparados para enviarlos como ambulancias a recoger a los niños con desnutrición más avanzada y a los pacientes en peor estado. Así que, si nos atenemos simplemente a las cifras, estamos desbordados.

Estamos salvando muchas vidas, niños y adultos que habrían muerto de no existir este hospital. No hay nadie más trabajando en esta zona, y MSF es la única organización que proporciona asistencia –tanto médica como alimentaria—en esta región. Llevamos años haciéndolo.

Permitidme, para terminar, que os cuente una pequeña historia. Antes de que MSF abriera este hospital en juulio de 2003, había poca gente joven en la región: muchísimos morían por culpa de enfermedades prevenibles y tratables. Ahora, las cosas han cambiado a simple vista: si te das un pequeño paseo por la ciudad, puedes ver a muchos jóvenes que están vivos por haber sido tratados o vacunados en el hospital. Tan es así, que aquí la gente llama a los menores de 11 años “la generación MSF”.

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Foto: Centro nutricional del hospital de MSF en Marere (julio de 2011, © MSF).

Llevando vida buena y digna a los ayoreos de Bolivia

19 agosto 2011

Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

 

Hasta hace unos 70 años, los ayoreos poblaban un territorio de 300.000  Km cuadrados en el Chaco de Paraguay y Bolivia. Fueron siempre un pueblo nómada de cazadores y recolectores -aunque también practican la agricultura y la pesca- que habitó antaño una extensa región de bosque bajo. En ese espacio conseguían todo lo que necesitaban para vivir y reproducirse. Sin embargo, desde mediados del siglo pasado, han sido expulsados de la selva por la explotación indiscriminada de la madera y los suelos.

Niño cazando almuerzo. Foto: Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

En Bolivia, actualmente sólo se reportan alrededor de 1.700 personas de este pueblo y, aún así, algunos de ellos todavía evitan cualquier contacto con foráneos.  Han visto como los terratenientes y latifundistas invadían sus territorios y destruían sus bosques, única fuente de subsistencia para ellos.  La deforestación avanza a pasos acelerados; no importa que la  Constitución Política aprobada hace muy poco tiempo en Bolivia les reconozca la titularidad colectiva de las tierras,  aún en la práctica esos bosques se siguen depredando.

Niños en la escuela. Foto de  Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

Y migrando de un lado a otro, los ayoreos fueron moviéndose  a lugares con condiciones para subsistir, abandonando sus regiones de origen y acercándose a zonas más pobladas y con ello, a la llamada  “civilización”. A escasos kilómetros de San José de Chiquitos, ciudad intermedia de la Chiquitanía boliviana, los ayoreos se instalaron en  Nueva Jerusalén y
conformaron  una comunidad de 25 habitantes. Hasta hace unos 10 años vivían como el resto de los componentes de la etnia, sin ropas y con las casas sin paredes que hoy conservan. Pero no faltó el que, en nombre de la cooperación o del Estado, vino y construyó una escuela con paredes y pizarras y les entregó material educativo sólo en castellano; y una casa cultural de ladrillo a la que nunca han entrado los miembros de la comunidad.

Inevitablemente han ido asumiendo algunas costumbres que les impone el hecho de vivir cerca de otras comunidades: usan ropas y trabajan la artesanía para vender, usando los
ingresos para comprar alimentos y cubrir otras necesidades. Sin embargo, un problema importante que enfrentan es la pérdida de identidad cultural, impuesta por la migración a zonas pobladas en busca de mejores condiciones que casi nunca encuentran y por un sistema estatal que no asegura la educación y la salud culturalmente adecuadas.

El profe de la comunidad nos mostraba la Casa de Cultura que nadie usa. Foto: Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

No hace mucho que Otto, quien es su agente comunitario de salud y se ha convertido en líder de la comunidad, enseñaba a los niños a purificar el agua que recogían de arroyuelos o que acopiaban durante las lluvias. En algunos casos, los niños caminaban hasta 8 kilómetros para conseguir un poco del líquido. Sobre un techo de calamina y en botellas
plásticas marcadas, los pocos niños de la comunidad ponían el agua al sol, eliminando de esta manera los gérmenes más sensibles y que les provocaban diarreas constantes.  Entonces Otto, el maestro  y otros miembros de la comunidad se acercaron a Ayuda en Acción y al CIEP (ONG boliviana contraparte en San José de Chiquitos) para plantearles sus necesidades y conseguir que se les apoye no sólo en obras de construcción, sino también en sus procesos de integración y de incidencia ante el Estado.

Gracias a esa gestión, hace unos meses estrenaron su sistema de agua potable. Se trata de una instalación simple y comunitaria, como todo allí, que los niños y adultos recibieron con júbilo. Gerardo, quien vive en Nueva Jerusalén y tiene mucha habilidad para la elaboración de bolsas con la fibra de un cactus denominada garabato; es observador y de pocas
palabras, pero aún así no se contuvo al expresar su satisfacción por el nuevo sistema de agua: Con la llegada de agua pura a Nueva Jerusalén mejorará nuestra vida y nos enfermaremos menos, sobre todo los niños pequeños.  Mi hija está esperando un hijo; él podrá tener agua limpia cuando nazca”. 

 Una ayorea teje mientras visitábamos la escuela. Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo

Este sistema de agua, cuya instalación apoyaron Ayuda en Acción y  la Fundación  Bancaja, reducirá en un 75% las estadísticas de diarreas agudas, infecciones parasitarias y
desnutrición de los niños y niñas de Nueva Jerusalén. El pasado 9 de agosto se celebró nuevamente el Día Internacional de los Pueblos Indígenas; a ellos este homenaje,
desde la intención de que conserven su cultura y sus tradiciones en un marco de vida digna y buena.

 

Pablo y el efecto secundario

10 agosto 2011

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 Pablo Alvares Herreira, de 55 años de edad. Sufre una alergia provocada por el tratamiento contra el Chagas que está recibiendo.

Los médicos examinan a Pablo, que padece uno de los efectos secundarios del benznidazol. No es un fármaco ideal, pero es el mejor que existe. Debe tomarse bajo supervisión médica y obliga a hacer un seguimiento semanal del paciente por parte de personal sanitario formado. El tratamiento dura al menos 60 días, dependiendo del peso del enfermo.

Las tasas de curación del benznidazol alcanzan casi el 100% en recién nacidos y lactantes, pero en niños mayores, adolescentes y adultos sólo rondan el 60% o 70%. Esto, sumado al hecho de que los efectos secundarios son más habituales en adultos, llevó durante años a excluir del tratamiento a las personas de más edad, como Pablo. Pero la experiencia de MSF ha demostrado que los efectos secundarios son manejables y que el tratamiento de adultos es posible.

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© Foto: Vania Alves

Asteria y la decisión

04 agosto 2011

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Asteria, a la que ya conocéis, tuvo que dejar de darle el pecho a su bebé de un año para poder recibir tratamiento contra el Chagas.

Los dos únicos medicamentos que existen contra este mal se desarrollaron a partir de la investigación veterinaria: el benznidazol y el nifurtimox, que son muy antiguos y tienen muchos y graves efectos secundarios. Por eso, ni las mujeres embarazadas ni las lactantes pueden recibir tratamiento.

El Chagas es una de las enfermedades catalogadas como “olvidadas” por la Organización Mundial de la Salud (OMS). La investigación y el desarrollo de nuevos métodos de diagnóstico y tratamientos no reciben el suficiente apoyo económico ni político: los pacientes de Chagas son muy pobres y no representan un mercado rentable. 

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Foto: © Vania Alves.

Crónica desde Etiopía: Paliar el hambre es la prioridad

01 agosto 2011

Por Rose Foley (Etiopía, PLAN Internacional)


Los niños y las madres lactantes son los más vulnerables
en la actual hambruna que está azotando todo el sur de Etiopía. La mayoría llegan malnutridos, muy delgados y enfermos. PLAN les da alimentos ricos en nutrientes para poder mejora su estado de salud.

Giro la esquina y me encuentro con Yoseph. Le conocí el lunes, llegó cojeando a causa de la  malnutrición y con muchos dolores. Hoy,  sin embargo, sonríe. Acaba de recibir su último suministro de alimentos. Está descansando la pierna, sentando orgulloso sobre un saco de harina y con una botella de aceite. “Hoy es un gran día” nos dice.

Belalanesh, de 8 años de edad, balancea a su hermano pequeño intentando calmar sus llantos. Su ropa también está manchada de harina. Su madre, Kabiwish cuida de sus otros dos hijos gemelos, mientras ella coge la ración de aceite que les corresponde. El lunes, Belalanesh me dijo que estaba triste y sentía su tripa vacía. Pero hoy sonríe tímidamente y se ríe un poco cuando la pregunto qué tal se encuentra.                                                        

Paliar el hambre de esta gente que no tiene nada que comer es la prioridad en estos momentos. Sin embargo, PLAN debe también mirar más allá de las necesidades inmediatas. En un periodo de hambruna como este, los menores necesitan una protección especial ya que las familias se ven forzadas en muchos casos a romper con la rutina y marcharse a otro lugar recorriendo largas distancias. La escolarización de los niños y las niñas  se suele ver interrumpida, y ante la falta de dinero los niños pueden acabar trabajando para traer a casa ingresos extras. Las niñas son quienes corren más peligro ya que además de tener responsabilidades en el hogar, son especialmente vulnerables a los abusos sexuales.

Mientras los suministros se siguen repartiendo en los puntos de distribución de comida de PLAN (llenando los estómagos y repartiendo sonrisas);  los trabajadores de la organización actúan también detrás de la escena. Se han desplazado a las comunidades, hogares y las escuelas de las zonas del sur de Etiopía para proteger a los niños y sus familias de esta crisis alimenticia.