Archivo de julio, 2011

Asteria y el alivio

26 julio 2011

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Asteria Jiménez y sus hijas. Está feliz porque sus hijas no están infectadas con el Chagas.

Los padres de Asteria y sus suegros sí padecen el mal. Su marido no sabe aún si está infectado ya que no se encuentra ahora en Aiquile y no ha podido hacerse aún la prueba. Existe una prueba rápida de diagnóstico (utilizada por MSF) pero el resultado debe confirmarse en laboratorio. 

A menudo, los países endémicos de Chagas no disponen de las instalaciones ni el personal necesario para realizar estas pruebas. Dado que en muchas ocasiones que esta enfermedad no presenta síntomas, el diagnóstico del Chagas debería estar integrado en la atención primaria, con el fin de que las pruebas sean rutinarias en áreas de alta incidencia de la enfermedad. De lo contrario, miles de personas seguirán murieron sin saber que padecían Chagas.

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Foto: © Vania Alves.

Bernardino, Andreia y el miedo

20 julio 2011

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Bernardino Castellón, de 33 años, y su esposa Andreia, de 32. Su mayor miedo es que sus tres hijas queden huérfanas.

Ambos padecen Chagas. Bernardino perdió a su padre cuando era adolescente, y Andreia a su madre con apenas 10 años. Los dos murieron por causa no determinada. Puede que fueran víctimas del Chagas, hasta hace bien poco tiempo una enfermedad desconocida por esta comunidad, que no la relacionaba con el insecto que la contagia, la vinchuca.

El mal de Chagas es silencioso. La mayoría de personas infectadas no presentan ningún síntoma durante muchos años. Sin embargo, en la fase crónica de la enfermedad, el 30% de los afectados desarrollarán lesiones cardíacas, digestivas y neurológicas, causando daños irreversibles, y en ocasiones la muerte. Cerca de 14.000 personas mueren cada año en Latinoamérica por culpa del Chagas, y se estima que entre 10 y 15 millones de personas la padecen.

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 Foto: Bernardino, Andreia y una de sus hijas. Aiquile, Cochabamba (Bolivia).  © Vania Alves.

Gente trabajando por su gente

18 julio 2011

Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

Me encanta mi trabajo. Supongo que, como todos, es a veces agotador, otras menos relajado, y sobre todo, me da muchas satisfacciones. Es lo que tiene la cooperación al desarrollo: te llena.

Hace unos días, sin embargo, tuve la sensación de que yo me regocijaba por algo que a muchos se les daba sin tantos aspavientos. Y que no se me malentienda, no se trata de que ande yo por el mundo hablando de lo que hago o de lo que consigo cambiar con mi trabajo. Es más, por lo general me gusta hablar de lo que la gente cambia con su propio esfuerzo. A lo que me refiero aquí es a que aquello que yo consideraba hasta hace poco un resultado del esfuerzo de gente que trabaja, como yo, en organizaciones de desarrollo, es bastante más que eso.

Esa misma sensación la tienen los voluntarios, a quienes  esto se les da cada día, y muchas veces, nadie reconoce su esfuerzo titánico, su dedicación entrañable y su solidaridad
plena con las causas buenas con las que se comprometen. No hacen alarde de su trabajo y sus logros; no escriben memorias anuales llenas de resultados; no arman páginas en Internet contando sus proezas.  Son los héroes anónimos del desarrollo.

Ayuda en Acción tiene en España más de mil voluntarios; personas solidarias de todas las edades, credos, orígenes y profesiones u oficios, que se comprometen más allá de toda expectativa y que se movilizan en sus localidades  para sensibilizar, para captar fondos para los proyectos, para sumar más a la causa contra la pobreza. Todos ellos tienen nuestra admiración y respeto por su entrega.

Pero Ayuda en Acción tiene otra fuerza voluntaria, no cuantificada, que está al pie de la tarea todos los días del año, en el mismo lugar donde cambiar las condiciones de vida de la gente  es el trabajo, ya no la meta. Son nuestros colaboradores locales y asumen las tareas más diversas. Un títere para concienciar; una feria para educar; una campaña para conseguir fondos para ayudar a un niño que no puede venir a la escuela porque le falta algo; recorriendo caminos interminables para recoger una carta de un niño a sus amigos españoles, esos que se ha comprometido con su desarrollo. Son el ejército que, como hormigas infatigables, arrastran cargas más grandes que ellos y las llevan a buen puerto. Nunca pierden su entusiasmo, aún cuando los recursos escasean y las trabas aumentan; están siempre motivados por el fin último de ayudar a los demás.

 

Encuentro con colaboradores Locales. Foto: Katherine Argote, AeA

 

Hace unos días reunimos a una modesta representación de esos incansables, adolescentes y adultos, con el propósito de conocer sus expectativas y sus necesidades para hacer mejor el buen trabajo que ya hacen. Al ser la primera experiencia de este tipo en Bolivia,  pensábamos que vendrían con su lista de necesidades y demandas, quejándose del poco apoyo y reconocimiento que reciben, de la poca atención que les damos. Y lo que nos dieron fue una lección de vida; un par de bofetadas simbólicas.

Llegaron cargados de entusiasmo, ávidos de nuevos conocimientos y herramientas para trabajar, dispuestos a compartir sus experiencias positivas y a enseñarnos todo lo que los años de  trabajo en el terreno les han dado. No tuvieron un solo reclamo, sólo nuevas ideas y nuevos retos, a los que pusieron fecha de cumplimiento. Una de ellos, profesora de una escuelita rural en Santa Cruz, nos contó cuándo y cómo nació su “semillita solidaria”  y tuvo el acierto de preguntarnos cuándo nació la nuestra.

 

Encuentro con Colaboradores Locales 2. Foto: Katherine Argote/ AeA

 

Al final de ese encuentro de dos días, les hicimos un reconocimiento simbólico por su entrega, pero tengo la seguridad de que su mayor reconocimiento lo reciben día a día, allí, donde su trabajo es más útil, de voz y mano de su propia gente. Al despedirlos, intentado animarlos a seguir trabajando con el mismo empeño, la misma motivación y el mismo entusiasmo, me repetí algo que intento recordarme a mí misma con frecuencia: tengo tanto que aprender!

El señor Ruperto y la vinchuca

12 julio 2011

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

Ruperto Mamani, 57 años. Líder comunitario en Aiquile, Cochabamba (Bolivia).

Cuando alguien encuentra una vinchuca en su casa, se la entrega al señor Ruperto y él a su vez se la da al equipo de MSF o al hospital local. La vinchuca se encuentra en las grietas de las casas de adobe, una mezcla de tierra, hierba y estiércol, y convive desde hace generaciones con las poblaciones más depauperadas de las zonas rurales de Bolivia. Por eso, el Chagas es una enfermedad asociada a los más pobres.

La vinchuca o chinche picuda es un insecto de apariencia y agilidad similares a las de la cucaracha. Puede ser portadora del parásito “tripanosoma cruzi”: cuando la vinchuca infectada pica, al mismo tiempo deposita sus heces en la piel, y cuando la persona se rasca, el parásito se introduce en el flujo sanguíneo. 

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Foto: © Vania Alves

Sonia y la epidemia silenciosa

07 julio 2011

Por Vania Alves (Bolivia, Médicos Sin Fronteras)

 

Aiquile, Cochabamba. Sonia, de 11 años de edad, y su sobrina Érica, de 5.

Todos en la familia, con la excepción de Érica, padecen el mal de Chagas. Sonia sufrió una reacción alérgica al tratamiento con benznidazol y tuvo que suspenderlo. No existe por el momento un tratamiento pediátrico, adaptado a los niños –una consecuencia de la falta de interés de la industria farmacéutica por esta enfermedad olvidada–, y los más pequeños son los más vulnerables a los efectos secundarios.

 

Bolivia es el país con mayor incidencia de la enfermedad de Chagas en el mundo. Se estima que el área endémica abarca el 60% del territorio nacional, y que el 40% de la población boliviana está infectada, porcentaje que puede llegar al 70% en las zonas de mayor endemicidad, como Cochabamba.

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Foto: © Vania Alves

“Sin una identidad nada merece la pena. No existes. Es mejor morir”

04 julio 2011

Por Sergio Rubio, Plan Internacional – Ecuador

Los problemas por los que están pasando las comunidades indígenas de Ecuador no son algo nuevo, pero cada día son extremadamente “más”: Son uno de los grupos de población más excluidos, más olvidados y más vulnerables del país. Sin embargo, hacer algo para revertir la situación es realmente complicado.

Entre los distintos problemas que sufren, quiero centrarme en el que, a juicio de los propios protagonistas, resulta más significativo: el debilitamiento y, en algunos casos, la pérdida de las costumbres, de las tradiciones, de la cultura y, en definitiva, de la identidad. “Cuando no tienes esto no sabes quién eres, de dónde vienes, no eres nadie. Nadie tiene en cuenta tus opiniones, no tienes derechos, no existes, nada merece la pena y, para eso, mejor morir, ¿no crees?”, me contaba hace días un líder comunitario.

Y tiene razón. Fue una lección de vida que aprendí en una de mis primeras visitas al terreno con PLAN Internacional en Ecuador. Pero en este caso quien me la dio no fue un adulto, sino una adolescente indígena que no tendría más de 14 años. Acostumbrado a mi vida en ‘Occidente’ me atreví (sin pensarlo y sin ser consciente) a preguntar cómo era el día a día de un pobre en la sierra de los Andes ecuatorianos.

A pesar de la timidez inicial que caracteriza a esta gente, rápidamente la niña levantó su mirada, clavó sus ojos en los míos y, con gran contundencia, me espetó: “Perdone, señor, pero nosotros no somos pobres. Tenemos ganas, ilusión, tradiciones, alegría, valores, cultura y una identidad. Lo único que no tenemos es dinero. ¿No piensa que ustedes, los europeos, son los pobres? Lo único que tienen es plata”. En este momento sobran las palabras. Como cantamos estos días los españoles “indignados” en Quito, a más de 8.000 kilómetros de nuestros hogares, solamente nos queda “aprender del Sur para dignificar el Norte”.

Fiesta del Sol en el cantón de Cañar, Ecuador

Fiesta del Sol en el cantón de Cañar, Ecuador

Inti Raymi, la Fiesta del Sol

Bajo este contexto, el pasado 21 de junio pude acudir a una de las múltiples celebraciones que se realizan en el país del Inti Raymi (Fiesta del Sol en el idioma kiwchua), uno de los rituales incas en el que los indígenas dan gracias al Dios Sol y a la Madre Tierra por las abundantes cosechas. En muchos lugares esta fiesta se ha convertido en una de las mayores atracciones turísticas de Ecuador, llenas de extranjeros y con un transfondo para “hacer el agosto”.

PLAN, fiel a su misión y a sus principios, ha apostado por el compromiso con la cultura de las comunidades a través de los niños, niñas y jóvenes. Por segunda vez en la historia del país (es el segundo año que se organiza), y dentro de un proyecto cuyo objetivo es fomentar la identidad cultural mediante la participación, tuvo lugar el único Inti Raymi de Ecuador donde los auténticos protagonistas son las niñas y niños.

Fue en la provincia de Cañar, en la zona sur de la cordillera andina, en un territorio con altísimos índices de pobreza extrema donde los habitantes generalmente se dedican a la agricultura, ganadería, comercio y manufactura de sombreros de paja. El 33% de los menores vive sin sus padres debido al problema de la migración. La región, sin embargo, tiene reservas minerales como el carbón y plata, lo que ha dado lugar a que la llamen “el pordiosero sentado sobre el banco de oro”.

A nuestra llegada, había más de 800 niñas y niños provenientes de 23 comunidades y acompañados por sus familiares. Momentos más tarde, mediante música, danza, oraciones, procesiones, desfiles, sacrificios de animales y gastronomía, los menores, vestidos con atuendos tradicionales, comenzaron a expresar su gratitud por la cosecha anual y la abundancia de productos.

Fueron casi siete horas de representaciones ante unas 2.500 personas en un ambiente de auténtica fiesta, lleno de alegría, de compartir momentos y de muchísimo colorido, en el que todos reflejaban su orgullo por recuperar la cultura, las costumbres y las tradiciones de sus comunidades.

Por momentos sentí que había retrocedido 300 años y que yo era un espectador de lujo dentro del mundo inca, aunque con algún episodio esporádico que recordaba a la colonización española.

Lo importante es que muchas tradiciones y costumbres perdidas se han recuperado y, lo que es mejor, que ese legado ya no tiene los días contados para volver a caer en el olvido, sino que tendrán que pasar varias generaciones hasta su desaparición. Muchas personas se sintieron, ese día, muy orgullosos de ser indígenas ecuatorianos.

Los niños, niñas y jóvenes son los protagonistas de esta segunda edición de la Fiesta del Sol - PLAN Ecuador

Los niños, niñas y jóvenes son los protagonistas de esta segunda edición de la Fiesta del Sol - PLAN Ecuador