“Esta es una reforma en la que todos ganan, empresarios y trabajadores», dice Mariano Rajoy en el BOE, en el Real Decreto-ley de la reforma laboral. No es cierto. Ganan los empresarios. La reforma, que incumple de modo flagrante las promesas de Rajoy y del PP en la oposición, es básicamente una herramienta para que los empresarios gestionen sus recursos humanos casi a su antojo: facilita y abarata el despido, permite bajar salarios, bendice la movilidad funcional o geográfica…
Aunque dice el Gobierno que hace la reforma para generar empleo, ellos mismos saben que no es así, que la hacen para mejorar la imagen de España ante la UE y los mercados financieros, como demuestra la obsequiosidad con que se la anticiparon Rajoy y Guindos a mandatarios europeos. El Gobierno cree que así pone en marcha un círculo virtuoso: se abaratará nuestra deuda, se equilibrarán nuestras finanzas públicas y después se podrá incentivar la recuperación. Pero existe el riesgo de lo contrario, de un círculo vicioso. La reforma laboral quizás mejore el diferencial de la deuda, pero puede provocar también dos rotos fiscales. Uno en los gastos, porque va a generar un alud de despidos, y habrá que subsidiar a muchos más parados que ahora. Otro en los ingresos, porque el miedo de toda la población (al despido, a la bajada de salarios, etc.) puede derrumbar aún más el consumo y la actividad económica, y en definitiva los ingresos fiscales.
Con la subida de impuestos y los recortes de gasto público de diciembre, el Gobierno le puso un freno a la recuperación. Con la reforma laboral, al margen de otras consideraciones ideológicas, quizás le haya puesto otro.


Comentarios recientes