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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Archivo de la categoría ‘Mastín’

Capítulo 55 de #Mastín: la carta

imageEsto ha llegado a su fin. Al menos de momento. Ahora me toca un periodo de revisión y corrección, porque he estado escribiendo como una kamikaze cada semana y seguro que la novela gana pasando por ese proceso. Y luego quiero publicarla íntegra a beneficio de la asociación asturiana Amigos del perro, ya veremos de qué manera lo consigo.

Ha sido más de un año escribiendo sin faltar a mi cita con vosotros, 55 semanas sin interrupción, y se me hace muy extraño pensar que ya ha acabado. Voy a echar de menos a Martín, a su madre, a Mal, a Logan, a Trancos, a Juan… y a esta obligación semanal que ya formaba parte de mi rutina. Voy a seguir escribiendo, pero a partir de ahora será en privado. Tengo una segunda novela de ciencia ficción a la mitad, que detuve para centrarme en esta historia.

Os invito a que me dejéis vuestra opinión, vuestras sugerencias, a que la recomendéis y la critiquéis, sobre todo a que se la ofrezcáis a los adolescentes y jóvenes que conozcáis, porque así será cómo podremos cambiar de verdad las cosas.

Gracias por haberme acompañado.

CAPÍTULO 55:

La carta apareció tarde. Martín había dejado la bolsa en un rincón de su dormitorio y no la había querido tocar. Pensó en tirarla directamente, pero algo le frenó, no supo nunca bien el qué. Aquel día que la vio partir, que se despidieron casi sin mirarse, se había limitado a instalar a los tres gatos en casa y a dejarse envolver por un estúpido programa de subastas que ponían en bucle en la tele.

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Capítulo 54 de #Mastín: “no voy a suponer un problema”

perro2Más de un año escribiendo  Mastín en este blog. Comencé el 23 de enero de 2015 y el próximo viernes concluirá. No sé a vosotros, pero a mí me va a dar pena despedirme de Logan, Martín, su madre, Mal, Juan, Manu…

Luego mi idea es que pase por un proceso de revisión y corrección y publicarla, para que se pueda leer al fin de cabo a rabo y sin esperas.

Tanto si lo vuestro es leer como si es ayudar a los animales (más aún si son las dos cosas), ya podéis comprar Galatea, mi novela de ciencia ficción, en su versión digital por 2,99 euros. Aquí tenéis más información.

CAPÍTULO 54:

– ¡Logan! ¡Logaaan! ¡Ven aquí! – Martín iba en busca del viejo pitbull, que olisqueaba un matojo ajeno a su llamada. Siempre había sido un perro muy obediente, si no acudía no era porque hubiera decidido empezar a ignorar órdenes a su vejez.

– ¡Logan! ¡Ven! – volvió a gritar Martín acelerando el paso – Te estás quedando sordo como una tapia, tío – concluyó sabiendo que el perro ni le oiría ni le entendería.

Loga levantó finalmente la cabeza, buscando a Martín. Miró a su alrededor completamente desorientado y se dirigió decidido a un corredor que andaba estirando en un banco cercano. Cuando Martín vio lo que pasaba, echó a correr para llegar lo antes posible junto al perro. No lo logró antes de que Logan llegara hasta el corredor, que se quedó inmóvil y solo se atrevía a mirar alternativamente al enorme pitbull que lo olisqueaba extrañado y al chico que iba hacia él.

– No hace nada, tranquilo. Es que es ya muy mayor y ni ve ni oye bien, ha debido pensar que tú eras yo – dijo Martín que ya había llegado, agachándose para ponerle la correa.

– Pues no le sueltes. Además esos perros tienen que ir siempre atados y con bozal, pueden ser peligrosos –

Martín contó hasta cinco antes de responder a aquel hombre, que lo miraba muy digno dentro de sus mallas cortas y su camiseta de tirantes fluorescente. – Lo siento si te ha asustado, pero no es nada peligroso. Es muy bueno y muy mayor. Y en este parque a esta hora no hay prácticamente nadie –

– Aquí siempre hay gente. Y eso lo dices tú, pero es un animal y nunca se sabe –

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Capítulo 53 de la novela por entregas #Mastín: dos días y dos noches

Seguimos en la recta final de Mastín, la novela que llevo escribiendo en directo desde el 23 de enero de 2015. Mañana, sábado, cumpliré un año de compromiso con vosotros. Y apenas quedan un par de semanas más para concluirlo. Por cierto, ya podéis comprar Galatea, mi novela de ciencia ficción, en su versión digital por 2,99 euros. Aquí tenéis más información.

CAPÍTULO 53:

Martín acababa de descubrir que dos días y dos noches podían durar toda una vida. Dos días y dos noches, ni siquiera cuarenta y ocho horas, porque Mal había llegado el viernes casi a medianoche y se había despedido el domingo a las cuatro de la tarde para evitar que su madre la encontrase allí. Muy poco tiempo que para Martín había durado un mundo, hasta que vio entrar a su madre por la puerta con la pequeña maleta y aquel mundo pasó a parecer un sueño difícil de creer cierto.

Habían trabajado mucho aquel día y medio. Lo primero que habían hecho era llevarse a los nueve perros que les habían tocado en el reparto, cortándoles el pelo, las uñas, con Mónica revisándolos a fondo y administrando antibióticos, antiinflamatorios, curas y extrayendo sangre a todos ellos. Todos tenían chip y documentación, salvo uno, una diminuta yorkshire que al quitar nudos y mugre resultó tener el manto plateado y cuyo chip indicaba que sus propietarios vivían en el centro de Madrid. Habían denunciado su desaparición hacía tres años. Una perra robada para ser usada como una máquina para criar con toda seguridad. Llamaron casi inmediatamente pero no dieron con ellos, tal vez habían cambiado de móvil. Martín interrumpió su actividad en las redes sociales de la protectora, contestando a la miríada de personas que se había ofrecido para acoger o adoptar a esos animales nada más ver las fotos que había subido, para buscar en Google el nombre de sus dueños. No tardó en dar con una página de Facebook y dejó un mensaje explicando la situación. Contactaron con él el domingo y quedaron en pasar el lunes por la protectora. Probablemente ahí tendrían el primer final feliz. A los otros ocho aparentemente no iba a costarles encontrar un hogar en cuanto el juez permitiera que se dieran en adopción. De momento solo podían salir en acogidas muy controladas. Con socios veteranos y un par de voluntarios lo solucionaron. La protectora no era el mejor lugar para aquellos perros minúsculos, aterrorizados, mal socializados y, en algunos casos, convalecientes.

También necesitaban dinero para atenderlos y así lo había dejado claro en twitter y facebook. Martín no controlaba las cuentas de la protectora, pero Laura sí y le dijo por whatsapp que habían tenido un pico de donaciones, pero nada comparado con el inmenso número de peticiones de adopción.

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Capítulo 52 de la novela por entregas #Mastín: el bósforo de Martín

20130905_173647 Viernes, así que hay nuevo capítulo de Mastín, la novela que llevo escribiendo en directo casi un año. Por cierto, ya podéis comprar Galatea, mi novela de ciencia ficción, en Amazon por 2,99 euros entrando aquí.

CAPÍTULO 52:

Mal no llamó al timbre, se limitó a dar unos leves toques en la puerta. Daba igual lo suaves que fueran, a Martín no se le hubiera pasado por alto un simple roce de nudillos contra la madera barnizada. Llevaba media hora esperando su llegada.

Abrió con el corazón saltando en el pecho y repitiéndose que no había motivo objetivo para estar tan nervioso. Abrió y lo primero que vio fue su sonrisa, así que se agarró a ella para recuperar el control y no parecer un imbécil. Había pasado por casa para cambiarse, probablemente también para bajar a Trancos, que se apretaba contra su pierna. Llevaba unos shorts vaqueros, una vieja camiseta gris y la cara lavada. El chico ya sabía que con aquel calor no soportaba la capa de maquillaje que le obligaban a ponerse en el trabajo.

– He subido con Trancos. Llevo todo el día fuera y no quería que estuviese más tiempo solo. Espero que no importe –

– Claro, perfecto – dijo él haciéndose a un lado para que pasaran. Habían aprendido a saludarse de manera contenida, a encerrar mundos enteros tras un cruce de miradas, pero en cuanto Martín cerró la puerta desapareció el espacio entre sus cuerpos; sus bocas y sus manos se encontraron. Territorio conocido y al mismo tiempo peligroso. Durante un único y turbio instante el chico recordó otros labios, otra piel embriagando la suya en aquel mismo lugar, tras cerrar la puerta, no tantos meses atrás. Apartó el recuerdo de Manu que le había tomado al asalto casi al mismo que Mal se apartaba de él.

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Capítulo 51 de la novela por entregas #Mastín: solo en casa

CYC3Ve0WkAAJGku.jpg largeMi regalo de reyes tardío: un nuevo capítulo de Mastín, la novela que llevo escribiendo en directo casi un año.

CAPÍTULO 51:

– Si necesitas cualquier cosa, me llamas. Estaré pendiente del móvil, de no quedarme sin batería ni nada de eso, pero por si acaso quiero que metas en la agenda el teléfono de David y el fijo del hotel. Te paso los dos por whatsapp antes de irme –

– No te preocupes, que es solo un fin de semana. No voy a molestarte en tus minivacaciones, que ya sé que las semanas en el piso de la abuela no son vacaciones del todo para ti – Martín se tumbó con las manos cruzadas bajo la nuca en la cama en la que había estado sentado, viendo a su madre terminar de meter ropa en su pequeña maleta azul.

– No me vas a molestar, que tampoco me voy a un monasterio con voto de silencio. Vamos a hacer algo de senderismo, visitar algún pueblo, comer bien y aprovechar la piscina del hotel, que tiene una pinta estupenda –

Martín calló, pero pensó que no era lo único que iba a hacer su madre con su compañero de trabajo, o con su novio, ¡con lo que demonios fuese!, en aquel hotel. Racionalmente lo tenía más que asumido, pero en muchos otros planos seguía tocándole los huevos. Decidió pensar en cualquier otra cosa. Mejor aún, en nada. Pronto vio que el techo tenía varias pequeñas grietas y había una mancha en una esquina de la pared de tono amarillento. El dormitorio de sus padres necesitaba una buena mano de pintura. Para él siempre sería el dormitorio de sus padres. A saber lo que habría visto ese techo. A ver… que no es que quisiera imaginar a sus padres en ese plan, pero estaba claro que lo habrían hecho sobre esa misma cama con frecuencia y no sólo la vez que justificaría su existencia. Martín decidió que huir de una imagen mental incómoda no le había conducido precisamente a otra mejor. Se puso en pie.

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Capítulo 50 de la novela por entregas #Mastín: ya era hora de saltar

947314_906018199469158_6001048921133856160_n¡Feliz Año Nuevo! Dan igual fiestas y resacas, aquí tenéis el primer capítulo de Mastín de 2016. Quedan pocos para terminar esta historia que pronto hará un año que seguimos semanalmente desde este blog.

Un año entero escribiendo un capítulo a la semana, acaba traduciéndose en una novela de trescientas páginas. Otro ejemplo de que la constancia es el camino para lograr muchos objetivos, más que el quererlo todo cuanto antes, desfondándonos y frustrándonos.

También en la protección animal es una regla que funciona. Los problemas difíciles no tienen soluciones fáciles ni rápidas.

Por un 2016 en el que seguiremos mejorando, avanzando, aunque con frecuencia cueste verlo.

¡Nos seguimos leyendo!

CAPÍTULO 50:

Juan apartó la vista del partido que estaban desarrollando en la televisión para mirar fugazmente a su amigo. – Vas a tener que contárselo, me da que no te queda otra –

– No estoy tan seguro, no es el momento. Y estoy convencido de que no le iba a gustar nada y no me apetece que me sermoneen. Lo he hablado con Mal, tampoco creo que el imbécil del bajo se atreva a abrir la boca. Una cosa es amenazar con que va a contárselo a mi madre y otra muy distinta es pegar el timbrazo y hacerlo –

– No sé tío, existe la posibilidad. Mejor que se entere por ti y no por el vecino que le deja las bragas que se le caen al patio colgadas del pomo de la puerta. Tu madre no parece precisamente un ogro y estáis siendo de lo más formales, digo yo que lo entenderá –

Martín sacudió la cabeza. – No estoy tan seguro. Además, contárselo a mi madre supondría hacerlo público en cierto modo. Aún es pronto –

Juan de repente pareció muy enfadado. Detuvo el videojuego y se irguió en el sofá, con el ceño fruncido y la voz cortante.

– ¿Aún es pronto? ¿Y tienes alguna pista de cuándo cambiarán las cosas? No sé a qué está jugando tu amiga Mal, primero no quiere nada, luego sí pero a escondidas, luego quiere tiempo para pensarlo, después todo sigue como antes de haberlo pensado… No se aclara –

– Es complicado… – objetó el chico.

– ¡Y una mierda es complicado! Vale, hay nueve años de diferencia. ¡¿Y qué?! –

– No son nueve, ahora son ocho – lo interrumpió Martín.

– Me da igual. Como si son diez. No es el fin del mundo, que tú ya eres mayorcito, no es como si tuvieras catorce. No va a presentarse la Policía a detenerla –

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Capítulo 49 de la novela por entregas #Mastín: malas noticias

¡Feliz Navidad! Hoy es un día para estar con nuestros seres queridos, tengan dos o tres patas, un día de ilusión y regalos, de recordar a los que no están y celebrar que otros han llegado. Hoy es un día mágico, pero también es viernes y aquí tenéis, fiel a su cita, un nuevo capítulo de Mastín.

CAPÍTULO 49

Logan siempre se alegraba cuando les veía coger la correa. Daban igual sus años, que pareciera permanentemente cansado y deseoso de tumbarse a dormitar, la correa significaba salir a la calle, olisquear, marcar y pasear a su lado, y durante unos instantes reaparecía el vigoroso perro al que era imposible cansar y siempre estaba dispuesto a jugar. Ya en la portal el alborozo daba paso a una tranquila complacencia, salvo que enfilaran la calle de la clínica veterinaria.
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– Ya se ha dado cuenta de dónde vamos – dijo su madre mirando al viejo pitbull, que había puesto cara de circunstancias. Martín sabía bien que los perros podían sonreír, pero también que eran capaces de mostrar lo que su abuela llamada “resignación cristiana”. Y no solo con el rostro, se expresaban con todo su cuerpo mejor que cualquier ser humano por muchos Oscars que tuviese.

Martín entendía a Logan, también él estaba intranquilo, aunque sus motivos eran distintos. El chico no tenía miedo de que el veterinario le hiciera daño, lo que temía eran las noticias que podía darles. Ese bulto de la mandíbula no le había gustado nada cuando lo había examinado el día siguiente a volver de vacaciones.

Entraron en la clínica forzando a un Logan que pasó a regañadientes. Les tocaba esperar un poco y se sentaron en las viejas sillas de plástico de la sala de espera, frente a ellos tenían a una pareja joven con un cachorrillo de tamaño pequeño que tiraba como loco de la correa para acercarse a saludar a Logan, que lo ignoraba cordialmente. En otras circunstancias el pitbull blanco y negro le habría saludado encantado; le gustaban mucho los perros pequeños, pero la combinación de calor, edad y veterinario no era la mejor. En cualquier caso la chica que sujetaba al perrillo no parecía tener mucha intención de dejarlo acercarse.

– No hace nada, es muy bueno – apuntó su madre, consciente igual que él de que se encontraban ante un caso de terror de nuevo propietario ante perro de raza potencialmente peligrosa, aunque ese perro fuese el equivalente a un nonagenario somnoliento. La chica dudó, pero finalmente soltó correa pare permitir que el cachorro se acercase a Logan, haciendo un perfecto despliegue de señales de calma y sumisión.

– Es que es muy pesado, quiere jugar a todas horas y con todo el mundo – dijo ella

– Bueno, es normal, es un cachorro – dijo Martín.

– Ya, y ademas es un jack rusell terrier, que son todo energía – añadió la chica sonriendo. Tenía un rostro agradable, con hoyuelos. Era algo mayor que Manu, tal vez tenía unos treinta años, y llevaba un vestido veraniego que llenaba generosamente. Su novio o su marido, o lo que fuera, seguía enfrascado en su móvil, ajeno voluntariamente a todo aquello.

– Logan también era incansable, pero ahora ya es muy mayor y no tiene muchas ganas de jugar – explicó su madre.

– Además, no le gusta demasiado estar en el veterinario – añadió Martín.

– A Jack tampoco, aunque no es que lo conozca mucho. Venimos por las vacunas –

– ¿Se llama Jack? –

– Sí, como la raza. No me compliqué mucho la existencia, ¿verdad? – rió ella – Es una raza que me encanta. Antes tuvimos un mini pincher. Era muy gracioso, muy chiquitín, con unas patitas que eran como lapiceros. El pobrecito se murió. Bueno, le dormimos, no nos quedó más remedio. Lloré muchísimo. Tenía la enfermedad de Von-nosequé, que es típica de su raza, que hacía que no generase suficientes plaquetas. En fin… Estuve leyendo mucho sobre razas pequeñas y con pelo corto que son como más me gusta y vi que el Jack Russell era una raza muy robusta, me acabé de decidir porque no quería llevarme otra vez un berrinche –

– En realidad los más robustos son los mestizos – soltó Martín notando la mirada de reprobación de su madre, que intuía que iba a soltar su discurso a favor de la adopción – espero que Logan viva muchos años con nosotros, todos los posibles, pero el siguiente perro que tenga lo adoptaré en una protectora –

– Mmmm. Sí, es una opción imagino. Yo es que tenía tan claro que quería un cachorro de esta raza para poder educarlo yo –

– ¡Ah, sabe educar perros! Genial. Tal vez pueda hacerle unas consultas sobre Logan, que tiene algunos comportamientos que querríamos corregir – lanzó Martín notando que la mirada de su madre le traspasaba y recordando que la chica de los hoyuelos había sido incapaz de saber que Logan no era ninguna amenaza cuando su cachorro había querido acercarse. Recordando también a todos los ocupantes de la protectora, con escasas posibilidades de conseguir un hogar y sintiendo que la rabia comenzaba a hervir en su interior. Precisamente los cachorros eran los que escondían más retos, los que necesitaban a dueños más capacitados.

– Bueno, tampoco es que sea una experta… –

– Entonces tal vez le hubiera venido mejor un perro adulto y ya educado de una protectora, que los cachorros por mucho que se lean libritos de raza no se sabe cómo pueden salir y… –

– ¡Martín! – le interrumpió con dureza su madre. La pareja de la chica con hoyuelos levantó la vista del teléfono para mirarle a los ojos, serio pero sin ninguna expresión definida. Intuyó lío, se preparó para afrontarlo y le salvó la llegada del veterinario acompañando a una mujer de unos cincuenta años que portaba con esfuerzo el traspontín de un gato.

– Ya podéis pasar – dijo a la pareja del jack rusell tras saludar a Martín y a su madre con un parco movimiento de cabeza.

Podría haberle llevado a la veterinaria de la protectora, pero llevaban acudiendo a aquella consulta toda la vida y estaban contentos con su profesionalidad, su trato y el precio que tenía. No era un tipo muy hablador, pero tanto Martín como su madre confiaban en él. Logan no había conocido otro veterinario.

– No puedes estar soltándoles charlas a todos los que hayan comprado un perro o se hayan comportado de cualquier forma que a ti no te encaje –

– Hombre, la verdad es que poder, sí que puedo –

– No, no es verdad. No puedes ir por la vida en plan palizas. ¿Te recuerdo que tu padre y yo compramos un beagle cuando nos casamos? No éramos muy distintos a esa pareja –

– Y os hubiera dicho lo mismo si os hubiera conocido –

Su madre miró al techo con los ojos en blanco. – ¡Con lo mono que eras a los seis años! Podías haberte quedado ahí –

– ¿No pudiendo quedarme solo en casa ni ir solito al colegio? ¿Poniéndome la mitad de la ropa con las etiquetas por fuera y sin poder bajar a pasear a Logan? No lo creo – bromeó él para quitar hierro al asunto del jack rusell. Funcionó, su madre resopló una risita y le dejó en paz. Le dejó de nuevo carcomiéndose por lo que el veterinario les diría en breve de aquel jodido bulto.

***

– Bueno, es maligno – dijo el veterinario sin andarse con rodeos en cuanto le acompañaron al interior de su consulta.

Fue oír “maligno” y el estómago de Martín se convirtió en una piedra. No se atrevió a decir nada a preguntar nada. Su madre tampoco, aparentemente estaba igual de paralizada que su hijo. Por suerte el veterinario retomó su discurso enseguida. Tenía los resultados del análisis y también la radiografía que le habían hecho. Era maligno y tenía comprometido el hueso de la mandíbula, pero muy poco, menos de lo que le había parecido a simple vista por el tamaño del bulto. Martín observó la zona que el veterinario señalaba como claramente afectada y asentía como si realmente fuera capaz de distinguir algo. La buena noticia era que Logan estaba de buen humor, comía y bebía sin problemas, sin dolor. El tumor no estaba afectándole de ninguna manera.

– La única manera de eliminar el tumor sería quitándole la mandíbula inferior, y eso es una barbaridad en un perro de su edad. No tiene ningún sentido –

– ¿Qué podemos hacer entonces? – preguntó Martín.

– Poco. Iremos controlando mes a mes su evolución. Si empieza a dar problemas, a afectarle, pues iremos viendo qué medidas tomar. Esperemos que no llegue a dar guerra –

– Al ser tan mayor quizás evolucione más despacio, ¿verdad? – dijo esperanzada su madre.

– Bueno, en los animales no funciona exactamente así – les dijo el veterinario con una sonrisa.

Salieron en silencio de la consulta, digiriendo las malas noticias, tras un Logan que tiraba de la correa feliz por salir de aquel sitio indemne.

– Es muy mayor, hace tiempo que sabemos que antes o después nos iba a dar un susto. Y esto no tiene porqué afectarle, ya lo has oído, solo hay que controlarle –

– Ya lo sé mamá –

– Pero no está de más que nos vayamos mentalizando de que puede que no le quede mucho tiempo con nosotros –

– Llevamos tiempo sabiendo que es mayor, mentalizándonos, pero no sé si eso servirá del algo cuando llegue el momento. En cualquier caso no me apetece demasiado pensar en ello. Logan está bien, aquí con nosotros, y eso es lo único que importa – dijo el chico deteniéndose para que el pitbull marcase una farola.

Su madre sacudió la cabeza. – La verdad es que ahora no sé si me apetece irme con David este fin de semana –

– Vete mamá, no te preocupes. Pásalo bien. No va a cambiar nada. Logan y yo estaremos perfectamente

– Te veo con muchas ganas de perderte de vista – sonrió ella mientras sacaba las llaves de ese bolso gigante que llevaba en el que encontrar cualquier cosa llevaba un par de minutos para abrir la puerta del portal – A saber qué tendrás preparado –

– Ya te lo dije, una fiesta por todo lo alto – bromeó él.

En ese momento se abrió la puerta y asomó Ernesto, el del bajo. Salió a la calle sin saludar, pero no sin lanzar antes una mirada cargada de intención a Martín, que se esforzó por no apartar la vista y endurecer el gesto.

– Ese tipo es cada vez más imbécil – sentenció su madre al entrar en el ascensor. Martín no tenía nada que objetar a eso.

***

Mal se estaba preparando para ir a trabajar, iba de acá para allá, arreglándose y metiendo cosas en el bolso. Martín la observaba ir y venir desde el viejo sofá. No le había dicho nada del tumor de Logan, no sabía bien por qué. Tal vez porque no dándole importancia, no acordándose de él, era en parte como si no existiera.

– Aún no ha dicho nada, pero se le ven las ganas. Tenías que ver la miradita que me ha lanzado en el portal – dijo Martín acariciando a Aristóteles, que ronroneaba medio dormido en su regazo. Era su favorito, tenía que lograr como fuera que se quedase con él en casa. Y también con Hipatia, que en ese momento jugaba con la cola de Trancos. El enorme galgo tenía una paciencia infinita con los gatitos. Kant, que era un pequeño terrorista peludo, se agazapaba tras un cojín dispuesto a saltar sobre su otra mano. Tenía las manos surcadas de pequeños arañazos, y eso que estaba siguiendo los consejos de Mal de no jugar con ellos con las manos; siempre empleaba juguetes o bolitas de papel albal, Mal tenía la casa llena de esas pelotitas plateadas.

La chica se sentó a su lado, frustrando el ataque sorpresa del gatito. Le colocó la palma de la mano sobre la mejilla sin afeitar – No quiero causarte problemas con tu madre Mastín, es lo último que pretendo – Él notó que aquello realmente la preocupaba, vio en sus ojos la sombra de la duda, la notó recordando la diferencia de edad entre ellos y todo lo que podría suponer. Lo vio tan claro que tuvo la necesidad de detenerlo cuanto antes.

Martín la besó. Fue rozar sus labios suaves y el mundo desapareció con todos sus problemas. Ella era la única capaz de lograr que todo salvo el hecho de estar juntos dejara de importar. Una magia extraña convertía todo el universo en solo él y ella, que le procuraba una felicidad serena. Mal pasó de estar a su lado a sentarse a horcajadas sobre él, intensificando sus caricias. Martín notó que su respiración se aceleraba. Las manos se deslizaron bajo la ropa, los labios sobre el cuello delicado de ella y ambos empezaron a moverse rítmicamente. Entonces ella suspiró y se apartó. Se puso de pie y se colocó la ropa, mirándole con el rostro encendido y los ojos brillantes.

– Tengo que irme corriendo o llegaré tarde. Y me tendré que maquillar de nuevo. En la tienda les gusta vernos pintadas como si fuésemos de boda –

Se inclinó para darle un beso rápido de despedida.

– Cierra con llave cuando salgas – pidió antes de desaparecer en el baño.

Martín se quedó allí, sentado, recuperando el aliento y la cordura. Daba igual que su madre se enterase y no lo aprobara, daba igual que nadie lo entendiese. Daba igual todo con tal de poder estar de nuevo junto a Mal.

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La vida de Patrón ha estado pendiendo de un hilo, solo por ser un perro clasificado como potencialmente peligroso.

En Almería, la perrera no da lugar a adopciones de un ppp pero por azares del destino, éste se ha podido salvar. Este precioso animal ha sido salvado gracias a una cadena humana en la que ha participado mucha gente y donde se han implicado muchas personas… Es la historia de un animal condenado a morir pero que ahora puede oler la libertad y soñar con un hogar.

Ahora está en una residencia, y necesitan ayuda para costear su estancia allí, su esterilización y el tratamiento de una pequeña colitis.

Es un perro tranquilo, sumiso y muy dócil pero como sabemos el mejor sitio es un hogar donde ser feliz, que no caiga en el olvido que toda esta lucha de lugar a que sea adoptado, pero mientras si alguien se ofrece en acogida indefinida mejor. Está delgado pero pronto se recuperará.

Contacto: 619886260

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Capítulo 48 de #Mastín: antes o después, habrá que hablar en serio

Mastín arrancó en enero, un intento kamikaze por elaborar una novela juvenil que también pudiera gustar a los adultos y cuyo marco fuera la protección animal, como vehículo para crear conciencia, para dar a conocer esta realidad entre los jóvenes, que son los que pueden realmente contribuir a que cambie radicalmente.

Pronto hará un año desde que echó a volar este reto de escribir en vivo semana tras semana, sin paracaídas ni red, equipada solo con una brújula y mis ganas. Pronto acabará y comenzaré el proceso de revisarla a fondo y ver de qué manera puedo verla publicada.

Pero de momento, aquí está de nuevo Martín:

CAPÍTULO 48

Lo recordaban. Habían pasado tres semanas, pero no se habían olvidado de él. Miradas de reconocimiento, alegría desbordante, confianza tímida, coletazos entusiastas y lenguas al vuelo. No le habían olvidado. Él tampoco a ellos. Nada más entrar en la protectora y comenzar a recorrer los pasillos que dividían los cheniles le dio la impresión de que todo lo vivido en Asturias había sido un sueño, un tiempo extraño en un lugar irreal.

Aquello era la realidad. El olor a perro, los ladridos y los pelos pegados por todas partes.

También su pequeño dormitorio, el calor que aplastaba aquella ciudad de ladrillo visto, asfalto y hormigón, Juan frente a la consola, las risas de Andrés y el calor que irradiaba y generaba en él el cuerpo de Mal.

Mal. Aún no habían hablado durante los escasos cuatro días que llevaba en Madrid. Ella no se había decidido a hacerlo y él no se atrevía. Era la misma, pero también distinta. La notaba serena, segura y un puntito más triste. Por lo demás todo seguía igual que antes: se buscaban a escondidas de los demás, en cuanto se notaban libres de miradas indiscretas se les escapaban las manos y las bocas. No hablaban de ellos, ni de lo que habían hecho mientras estaban separados. Tampoco del futuro. Lo hacían de los inquilinos y los voluntarios de la protectora, de almas grises que abandonaban, maltrataban o se negaban a adoptar cualquier cosa que no fuese un animal de una raza de moda. Hablaban también de los gatos filósofos, de series de televisión, de qué países les gustaría conocer, de si tenían o no cosquillas y de si pedirían una pizza para comer o cocinarían algo rápido. Hablaban en el coche, camino a la protectora, paseando a Trancos y a Logan y tumbados a medio vestir en el viejo sofá de ella.

– Antes o después tendréis que hablar en serio y aclarar las cosas – le había dicho Juan la tarde anterior, poniendo en pausa el Splinter Cell. Martín sabía que tenía razón. Veía a Sam Fisher congelado en su uniforme de combate y sabía que él también estaba en suspensión, como el personaje del videojuego.

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Capítulo 47 de #Mastín: aquello era lo que significaba estar despierto

imageMastín arrancó en enero, un intento kamikaze por elaborar una novela juvenil que también pudiera gustar a los adultos y cuyo marco fuera la protección animal, como vehículo para crear conciencia, para dar a conocer esta realidad entre los jóvenes, que son los que pueden realmente contribuir a que cambie radicalmente.

Pronto hará un año desde que echó a volar este reto de escribir en vivo semana tras semana, sin paracaídas ni red, equipada solo con una brújula y mis ganas. Pronto acabará y comenzaré el proceso de revisarla a fondo y ver de qué manera puedo verla publicada.

Pero de momento, aquí está de nuevo Martín:

CAPÍTULO 47

Aquello era como viajar del otoño al verano, retroceder una estación entera en el tiempo simplemente con rodar unas tres horas en coche, puede que menos. Gijón había amanecido gris y pidiendo chaqueta, aunque según su abuela la mañana abriría y tendrían día de playa. Llovía sin fuerza pero sin parar en el puerto de los túneles, como llamaba Martín desde que era un niño muy pequeño al trayecto ascendente y con curvas, entre bosques, que les sacaba de Asturias. Al atravesar el negrón aparecieron en León con un clima y un paisaje completamente diferente. Allí se veía por todas partes el gris de las montañas, la lluvia había cesado y el sol quería asomar entre nubes. Ahora recorrían la meseta castellana, campos dorados a ambos lados de la carretera, cielos de un azul interminable y un sol de justicia que arremetió sobre ellos cuando abandonaron el habitáculo climatizado del coche para estirar las piernas, echar gasolina, que Logan hiciese un pis y bebiese y para tomar un café y una coca cola en una estación de servicio en algún punto indeterminado de Valladolid. Le apenaba dejar atrás las montañas verdes y el mar, despedirse de sus primos hasta el año siguiente, pero aquella enorme extensión de tierra llana bajo el sol abrasador también le parecía hermosa. Y tenía ganas de volver a verse en casa, en su habitación, de visitar la protectora y ver cómo estaban los perros, de encontrarse con Juan, Andrés y el resto, de comenzar de una vez la universidad tras hacer los papeleos. Y de estar con ella, claro. Si es que ella quería estar con él.

Recordó las últimas palabras que le había dedicado: “Necesito ver todo esto en perspectiva. Probablemente tú también, aunque ahora no lo creas. Vete y vuelve. ¡Eh, Mastín! Son solo tres semanas. Y he dicho que vuelvas a mí”.

Desde luego había tenido esas tres semanas para verlo en perspectiva. Apenas habían intercambiado unos pocos mensajes. No habían hablado. Martín había respetado su necesidad de espacio y distancia. Esas tres semanas le habían ayudado a ver que seguía queriendo estar con ella, más incluso que antes. Había podido liarse con otras, pero no había querido hacerlo. Su cuerpo parecía rechazar otro contacto que no fuese el de Mal. Su “amor imposible”, como decía su prima metiéndose con él. Tenía que reconocer que también había aprendido que podía estar sin ella y pasarlo bien, que tal vez eso significaba que podría acostumbrarse y ser feliz si lo que ella había decidido a lo largo de esos veintitrés días es que lo suyo no tenía sentido y quería cortar definitivamente.

El chico sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en el paisaje. No quería siquiera pensar en esa posibilidad. Si se encontraba con aquello, ya vería cómo reaccionaría.

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Capítulo 46 de Mastín: hay decisiones que se toman con las tripas

Ya llevo casi un año fiel a mi cita de los viernes, entregando sin falta un nuevo capítulo de Mastín. Esta novela por entregas ya está enfilando su recta final.

CAPÍTULO 46

Llevaba sentado en esa silla toda la tarde. Primero solo, luego acompañado por sus primos y sus amigos, que habían ido llegando paulatinamente. Solo algunos se habían dejado caer por la caja para pedir un helado, unas patatas o una coca cola. Al McDonald’s no le estaba resultando nada rentable aquella mesa en la que estaban.

– ¿Nos movemos? – preguntó por tercera vez. No parecía que hubiera mucho interés por mover el culo. La mayoría estaban tan a gusto, a cubierto y con una temperatura estupenda, entre cháchara y bromas.

– Vale, pero… ¿dónde vamos?- planteó Marina.

Hubo un silencio que amenazó con convertirse de nuevo en islas de conversación y chanzas que les tendrían allí otra hora. Martín se negaba. Miró en el móvil la cartelera.

– ¿Vamos al cine? Ponen la de Inside Out cada hora –

– Es de dibujos, es una peli para críos – protestó Fernando.

– No seas paleto. Es Pixar que siempre hace cosas decentes y dicen que mola – replicó Martín sintiéndose de nuevo el cinéfilo rarito del grupo.

– Sí, Toy Story y Cars. Ya superé mi fase de Buzz Lightyear y Rayo McQueen –

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