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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Capítulo 49 de la novela por entregas #Mastín: malas noticias

¡Feliz Navidad! Hoy es un día para estar con nuestros seres queridos, tengan dos o tres patas, un día de ilusión y regalos, de recordar a los que no están y celebrar que otros han llegado. Hoy es un día mágico, pero también es viernes y aquí tenéis, fiel a su cita, un nuevo capítulo de Mastín.

CAPÍTULO 49

Logan siempre se alegraba cuando les veía coger la correa. Daban igual sus años, que pareciera permanentemente cansado y deseoso de tumbarse a dormitar, la correa significaba salir a la calle, olisquear, marcar y pasear a su lado, y durante unos instantes reaparecía el vigoroso perro al que era imposible cansar y siempre estaba dispuesto a jugar. Ya en la portal el alborozo daba paso a una tranquila complacencia, salvo que enfilaran la calle de la clínica veterinaria.
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– Ya se ha dado cuenta de dónde vamos – dijo su madre mirando al viejo pitbull, que había puesto cara de circunstancias. Martín sabía bien que los perros podían sonreír, pero también que eran capaces de mostrar lo que su abuela llamada “resignación cristiana”. Y no solo con el rostro, se expresaban con todo su cuerpo mejor que cualquier ser humano por muchos Oscars que tuviese.

Martín entendía a Logan, también él estaba intranquilo, aunque sus motivos eran distintos. El chico no tenía miedo de que el veterinario le hiciera daño, lo que temía eran las noticias que podía darles. Ese bulto de la mandíbula no le había gustado nada cuando lo había examinado el día siguiente a volver de vacaciones.

Entraron en la clínica forzando a un Logan que pasó a regañadientes. Les tocaba esperar un poco y se sentaron en las viejas sillas de plástico de la sala de espera, frente a ellos tenían a una pareja joven con un cachorrillo de tamaño pequeño que tiraba como loco de la correa para acercarse a saludar a Logan, que lo ignoraba cordialmente. En otras circunstancias el pitbull blanco y negro le habría saludado encantado; le gustaban mucho los perros pequeños, pero la combinación de calor, edad y veterinario no era la mejor. En cualquier caso la chica que sujetaba al perrillo no parecía tener mucha intención de dejarlo acercarse.

– No hace nada, es muy bueno – apuntó su madre, consciente igual que él de que se encontraban ante un caso de terror de nuevo propietario ante perro de raza potencialmente peligrosa, aunque ese perro fuese el equivalente a un nonagenario somnoliento. La chica dudó, pero finalmente soltó correa pare permitir que el cachorro se acercase a Logan, haciendo un perfecto despliegue de señales de calma y sumisión.

– Es que es muy pesado, quiere jugar a todas horas y con todo el mundo – dijo ella

– Bueno, es normal, es un cachorro – dijo Martín.

– Ya, y ademas es un jack rusell terrier, que son todo energía – añadió la chica sonriendo. Tenía un rostro agradable, con hoyuelos. Era algo mayor que Manu, tal vez tenía unos treinta años, y llevaba un vestido veraniego que llenaba generosamente. Su novio o su marido, o lo que fuera, seguía enfrascado en su móvil, ajeno voluntariamente a todo aquello.

– Logan también era incansable, pero ahora ya es muy mayor y no tiene muchas ganas de jugar – explicó su madre.

– Además, no le gusta demasiado estar en el veterinario – añadió Martín.

– A Jack tampoco, aunque no es que lo conozca mucho. Venimos por las vacunas –

– ¿Se llama Jack? –

– Sí, como la raza. No me compliqué mucho la existencia, ¿verdad? – rió ella – Es una raza que me encanta. Antes tuvimos un mini pincher. Era muy gracioso, muy chiquitín, con unas patitas que eran como lapiceros. El pobrecito se murió. Bueno, le dormimos, no nos quedó más remedio. Lloré muchísimo. Tenía la enfermedad de Von-nosequé, que es típica de su raza, que hacía que no generase suficientes plaquetas. En fin… Estuve leyendo mucho sobre razas pequeñas y con pelo corto que son como más me gusta y vi que el Jack Russell era una raza muy robusta, me acabé de decidir porque no quería llevarme otra vez un berrinche –

– En realidad los más robustos son los mestizos – soltó Martín notando la mirada de reprobación de su madre, que intuía que iba a soltar su discurso a favor de la adopción – espero que Logan viva muchos años con nosotros, todos los posibles, pero el siguiente perro que tenga lo adoptaré en una protectora –

– Mmmm. Sí, es una opción imagino. Yo es que tenía tan claro que quería un cachorro de esta raza para poder educarlo yo –

– ¡Ah, sabe educar perros! Genial. Tal vez pueda hacerle unas consultas sobre Logan, que tiene algunos comportamientos que querríamos corregir – lanzó Martín notando que la mirada de su madre le traspasaba y recordando que la chica de los hoyuelos había sido incapaz de saber que Logan no era ninguna amenaza cuando su cachorro había querido acercarse. Recordando también a todos los ocupantes de la protectora, con escasas posibilidades de conseguir un hogar y sintiendo que la rabia comenzaba a hervir en su interior. Precisamente los cachorros eran los que escondían más retos, los que necesitaban a dueños más capacitados.

– Bueno, tampoco es que sea una experta… –

– Entonces tal vez le hubiera venido mejor un perro adulto y ya educado de una protectora, que los cachorros por mucho que se lean libritos de raza no se sabe cómo pueden salir y… –

– ¡Martín! – le interrumpió con dureza su madre. La pareja de la chica con hoyuelos levantó la vista del teléfono para mirarle a los ojos, serio pero sin ninguna expresión definida. Intuyó lío, se preparó para afrontarlo y le salvó la llegada del veterinario acompañando a una mujer de unos cincuenta años que portaba con esfuerzo el traspontín de un gato.

– Ya podéis pasar – dijo a la pareja del jack rusell tras saludar a Martín y a su madre con un parco movimiento de cabeza.

Podría haberle llevado a la veterinaria de la protectora, pero llevaban acudiendo a aquella consulta toda la vida y estaban contentos con su profesionalidad, su trato y el precio que tenía. No era un tipo muy hablador, pero tanto Martín como su madre confiaban en él. Logan no había conocido otro veterinario.

– No puedes estar soltándoles charlas a todos los que hayan comprado un perro o se hayan comportado de cualquier forma que a ti no te encaje –

– Hombre, la verdad es que poder, sí que puedo –

– No, no es verdad. No puedes ir por la vida en plan palizas. ¿Te recuerdo que tu padre y yo compramos un beagle cuando nos casamos? No éramos muy distintos a esa pareja –

– Y os hubiera dicho lo mismo si os hubiera conocido –

Su madre miró al techo con los ojos en blanco. – ¡Con lo mono que eras a los seis años! Podías haberte quedado ahí –

– ¿No pudiendo quedarme solo en casa ni ir solito al colegio? ¿Poniéndome la mitad de la ropa con las etiquetas por fuera y sin poder bajar a pasear a Logan? No lo creo – bromeó él para quitar hierro al asunto del jack rusell. Funcionó, su madre resopló una risita y le dejó en paz. Le dejó de nuevo carcomiéndose por lo que el veterinario les diría en breve de aquel jodido bulto.

***

– Bueno, es maligno – dijo el veterinario sin andarse con rodeos en cuanto le acompañaron al interior de su consulta.

Fue oír “maligno” y el estómago de Martín se convirtió en una piedra. No se atrevió a decir nada a preguntar nada. Su madre tampoco, aparentemente estaba igual de paralizada que su hijo. Por suerte el veterinario retomó su discurso enseguida. Tenía los resultados del análisis y también la radiografía que le habían hecho. Era maligno y tenía comprometido el hueso de la mandíbula, pero muy poco, menos de lo que le había parecido a simple vista por el tamaño del bulto. Martín observó la zona que el veterinario señalaba como claramente afectada y asentía como si realmente fuera capaz de distinguir algo. La buena noticia era que Logan estaba de buen humor, comía y bebía sin problemas, sin dolor. El tumor no estaba afectándole de ninguna manera.

– La única manera de eliminar el tumor sería quitándole la mandíbula inferior, y eso es una barbaridad en un perro de su edad. No tiene ningún sentido –

– ¿Qué podemos hacer entonces? – preguntó Martín.

– Poco. Iremos controlando mes a mes su evolución. Si empieza a dar problemas, a afectarle, pues iremos viendo qué medidas tomar. Esperemos que no llegue a dar guerra –

– Al ser tan mayor quizás evolucione más despacio, ¿verdad? – dijo esperanzada su madre.

– Bueno, en los animales no funciona exactamente así – les dijo el veterinario con una sonrisa.

Salieron en silencio de la consulta, digiriendo las malas noticias, tras un Logan que tiraba de la correa feliz por salir de aquel sitio indemne.

– Es muy mayor, hace tiempo que sabemos que antes o después nos iba a dar un susto. Y esto no tiene porqué afectarle, ya lo has oído, solo hay que controlarle –

– Ya lo sé mamá –

– Pero no está de más que nos vayamos mentalizando de que puede que no le quede mucho tiempo con nosotros –

– Llevamos tiempo sabiendo que es mayor, mentalizándonos, pero no sé si eso servirá del algo cuando llegue el momento. En cualquier caso no me apetece demasiado pensar en ello. Logan está bien, aquí con nosotros, y eso es lo único que importa – dijo el chico deteniéndose para que el pitbull marcase una farola.

Su madre sacudió la cabeza. – La verdad es que ahora no sé si me apetece irme con David este fin de semana –

– Vete mamá, no te preocupes. Pásalo bien. No va a cambiar nada. Logan y yo estaremos perfectamente

– Te veo con muchas ganas de perderte de vista – sonrió ella mientras sacaba las llaves de ese bolso gigante que llevaba en el que encontrar cualquier cosa llevaba un par de minutos para abrir la puerta del portal – A saber qué tendrás preparado –

– Ya te lo dije, una fiesta por todo lo alto – bromeó él.

En ese momento se abrió la puerta y asomó Ernesto, el del bajo. Salió a la calle sin saludar, pero no sin lanzar antes una mirada cargada de intención a Martín, que se esforzó por no apartar la vista y endurecer el gesto.

– Ese tipo es cada vez más imbécil – sentenció su madre al entrar en el ascensor. Martín no tenía nada que objetar a eso.

***

Mal se estaba preparando para ir a trabajar, iba de acá para allá, arreglándose y metiendo cosas en el bolso. Martín la observaba ir y venir desde el viejo sofá. No le había dicho nada del tumor de Logan, no sabía bien por qué. Tal vez porque no dándole importancia, no acordándose de él, era en parte como si no existiera.

– Aún no ha dicho nada, pero se le ven las ganas. Tenías que ver la miradita que me ha lanzado en el portal – dijo Martín acariciando a Aristóteles, que ronroneaba medio dormido en su regazo. Era su favorito, tenía que lograr como fuera que se quedase con él en casa. Y también con Hipatia, que en ese momento jugaba con la cola de Trancos. El enorme galgo tenía una paciencia infinita con los gatitos. Kant, que era un pequeño terrorista peludo, se agazapaba tras un cojín dispuesto a saltar sobre su otra mano. Tenía las manos surcadas de pequeños arañazos, y eso que estaba siguiendo los consejos de Mal de no jugar con ellos con las manos; siempre empleaba juguetes o bolitas de papel albal, Mal tenía la casa llena de esas pelotitas plateadas.

La chica se sentó a su lado, frustrando el ataque sorpresa del gatito. Le colocó la palma de la mano sobre la mejilla sin afeitar – No quiero causarte problemas con tu madre Mastín, es lo último que pretendo – Él notó que aquello realmente la preocupaba, vio en sus ojos la sombra de la duda, la notó recordando la diferencia de edad entre ellos y todo lo que podría suponer. Lo vio tan claro que tuvo la necesidad de detenerlo cuanto antes.

Martín la besó. Fue rozar sus labios suaves y el mundo desapareció con todos sus problemas. Ella era la única capaz de lograr que todo salvo el hecho de estar juntos dejara de importar. Una magia extraña convertía todo el universo en solo él y ella, que le procuraba una felicidad serena. Mal pasó de estar a su lado a sentarse a horcajadas sobre él, intensificando sus caricias. Martín notó que su respiración se aceleraba. Las manos se deslizaron bajo la ropa, los labios sobre el cuello delicado de ella y ambos empezaron a moverse rítmicamente. Entonces ella suspiró y se apartó. Se puso de pie y se colocó la ropa, mirándole con el rostro encendido y los ojos brillantes.

– Tengo que irme corriendo o llegaré tarde. Y me tendré que maquillar de nuevo. En la tienda les gusta vernos pintadas como si fuésemos de boda –

Se inclinó para darle un beso rápido de despedida.

– Cierra con llave cuando salgas – pidió antes de desaparecer en el baño.

Martín se quedó allí, sentado, recuperando el aliento y la cordura. Daba igual que su madre se enterase y no lo aprobara, daba igual que nadie lo entendiese. Daba igual todo con tal de poder estar de nuevo junto a Mal.

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La vida de Patrón ha estado pendiendo de un hilo, solo por ser un perro clasificado como potencialmente peligroso.

En Almería, la perrera no da lugar a adopciones de un ppp pero por azares del destino, éste se ha podido salvar. Este precioso animal ha sido salvado gracias a una cadena humana en la que ha participado mucha gente y donde se han implicado muchas personas… Es la historia de un animal condenado a morir pero que ahora puede oler la libertad y soñar con un hogar.

Ahora está en una residencia, y necesitan ayuda para costear su estancia allí, su esterilización y el tratamiento de una pequeña colitis.

Es un perro tranquilo, sumiso y muy dócil pero como sabemos el mejor sitio es un hogar donde ser feliz, que no caiga en el olvido que toda esta lucha de lugar a que sea adoptado, pero mientras si alguien se ofrece en acogida indefinida mejor. Está delgado pero pronto se recuperará.

Contacto: 619886260

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser lola amigo

    entiendo perfectamente esa sensación de que se te acaba el mundo porque tu perro/gato no tiene solución, para mí la más fuerte fue con una de mis gatitas, Ava, a la que aún añoro
    y no sigo porque tras ocho años sin ella, aún me duele

    25 Diciembre 2015 | 10:08

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