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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

‘White God’, el Espartaco de los perros mestizos (o de los indignados)

Ayer estuve en el preestreno de una película a la que tenía muchas ganas: White God del húngaro Kornel Mundruczo, ya os lo conté aquí hace unos meses. Acudí al cine expectante y salí tibia. ¿Por qué? Os voy a dar una explicación que a partir de cierto punto contendrá spoilers, pero avisaré no os preocupéis.
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Es una película interesante y original, sin duda, y encierra mucho mérito. Manejar doscientos perros como lo hacen y lograr tanto de su perro protagonista (que en realidad son dos animales diferentes) y la jauría que lo acompaña no es nada fácil y da lugar a imágenes impactantes como la que ilustra el cartel, pero tal vez nacido de ese lógico orgullo por la proeza conseguida abusan de repetir demasiados planos semejantes. Un error, porque cuando repites un truco llamativo muchas veces acaba perdiendo su brillo.

Y ahí viene el que creo que es el primer gran problema de la película: su exceso de metraje. No es sólo que haya sobrante de planos de perros corriendo, en grupo o en solitario, es que también hay demasiada niña en bicicleta, demasiado de casi todo. Con media hora menos habría resultado una cinta mucho más efectiva.

Hay un segundo gran problema a mi parecer, y es el mensaje que quiere transmitir, que puede dar lugar a interpretaciones erróneas y a fomentar prejuicios (y aquí estoy pensando más en términos de protección animal que cinematográficos). No es un argumento que se pueda seguir con literalidad, por mucho realismo que haya en determinados momentos, por que vista así no tiene ni pies ni cabeza. Es todo una gran alegoría, “un cuentito” decía una amiga al salir del cine, otro explicaba que era claramente simbólica del movimiento indignado cuando se concebía el guión. Yo, que tal vez soy más elemental, me quedo con que muestra la maldad del ser humano, como envilece la inocencia con un golpe de efecto sobre lo que pasaría si esa inocencia se rebelase, pero creo que a este Espartaco canino le falta un norte claro y disfraza de poesía y simbolismo cierta carencia de rumbo y agujeros de guión.

Y como esto no es un blog de cine (para eso ya está el de mi compañero Carles Rull) sino un blog de protección animal. ¿Qué tiene White God en ese sentido?

Ojo, a partir de aquí spoilers. Repito, que no quiero líos: SPOILERS.
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Pues es que el tema no es la protección animal, es el levantamiento de las masa oprimidas simbolizadas en perros como podría haber usado cualquier otro animal; es cierto que al principio muestra la crudeza del futuro que le espera a un perro abandonado, y bien está que así sea. Incluye una buena representación del submundo de las peleas de perros, aunque en la vida real no existe eso de un entrenador que lo apueste todo a un animal en plan Rocky. En esa primera mitad sí que se puede extraer un mensaje proteccionista poderoso: si abandonas nada bueno le espera a tu perro, sólo desolación, miserias y maltratos, probablemente la muerte al final de ese camino espinoso.

En esa primera mitad sí emociona, no tanto la segunda, en la que vemos a Hagen, el mestizo de shar-pei protagonista, que escapa de seguir peleando contra otros perros para iniciar una cruzada contra los humanos que le hicieron sufrir liderando a un enorme grupo de mestizos abandonados. Insisto: es un Espartaco canino en el que tienes que creerte que se ha producido un salto estratosférico en la inteligencia de un perro que hasta ese momento era bastante normalito y en la de sus seguidores. De hecho en esa primera mitad es un perro normal, con el comportamiento propio de cualquier perro.

En la segunda parte no lo logra, pese a que incorporan una muerte algo gratuita creo que buscando ese impacto emocional. Hagen deja de ser un animal normal, no nos explica muy bien cómo ni porqué, y pasa a ser un estratega que sabe burlar a los antidisturbios, con los que su ejército de perros entabla una batalla con víctimas. Yo recordaba a los voluntarios de protectoras que insisten constantemente en que se adopte a perros adultos de pasado desconocido sin miedo, que lo que se ve en un perro es lo que hay, que no se esconde en ellos la maldad, la venganza y, ni siquiera, la inestabilidad. Un perro noble no se convierte en una bestia sedienta de sangre. A eso me refería antes con que puede dar lugar a interpretaciones erróneas y a afianzar prejuicios.

No creo que la gente salga precisamente deseando adoptar un mestizo de tamaño grande
como los que se ven, los que más dificultades tienen para encontrar un hogar, antes que comprar un cachorrito de dálmata.

Y sobre el final… Un plano impresionante sí, pero si como decía mi amigo no está hablando de perros sino de los indignados, pobrecitos míos, el final que les espera por alzarse contra los amos.

Y sólo os he hablado del perro, pero en toda la película comparte protagonismo con una niña de trece años, una adolescente que también sigue su propio camino de descubrimiento y pérdida de inocencia que se queda más cojo. Desaprovechan elaborar un paralelismo coherente con lo que le sucede a ella.

¿A quién le puede gustar? Pues yo recomendaría abstenerse a las almas sensibles en extremo respecto al sufrimiento animal, hay imágenes duras empezando por un alegato al vegetarianismo con el despiece en el matadero de una vaca. Es una película para los que buscan propuestas distintas en cartelera, cineastas que exploran otros caminos.

Por cierto, los perros procedentes de protectora que se usaron en la película encontraron todos un hogar, eso hay que agradecérselo.

Me sigo quedando con Espartaco si la cosa va de la rebelión de los oprimidos, incluso con Senderos de Gloria (salvando las distancias). Y si hay que elegir una buena historia sobre el perro y su relación con el hombre, prefiero el libro de Colmillo Blanco, que también muestra la pérdida de inocencia, el mundo de las peleas de perros (contado por alguien que lo vivió de primera mano) y que al final desemboca en la redención por el amor. De hecho en ese libro nosotros somos esos dioses blancos a los que hace referencia el título White God.

Leed a Jack London, que merece la pena.

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