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El mapa de los afectos: 25 años de activismo LGTB

Por Jesús Generelo (@JesusGenerelo) presidente de la FELGTB

Manifestación estatal del Orgullo LGTB de 1997 / Foto: FELGTB

Recientemente pude escuchar a la madre de un niño transexual afirmar públicamente que las familias de menores trans tuvieron que arremangarse y aprender a organizarse para proteger los derechos de sus hijas e hijos porque el movimiento LGTB no había asumido esa defensa. En ese momento se me vino a la cabeza el discurso, radicalmente opuesto, de otra madre activista. Esta otra mujer mantenía, y lo hace cada vez que tiene ocasión, que ella se convirtió en mejor persona gracias a este movimiento. Porque gracias a él, a su lucha, ella había conseguido entender, aceptar y querer incondicionalmente a su hijo.

A ambas madres las tengo por queridas amigas, pero con todo el cariño, me atrevo a decir que a la primera le falta una visión histórica y compleja de lo que ha sido y es el movimiento LGTB. Y me atrevería a responderle que sin este, sin los cambios radicales que ha propiciado, tal vez en este momento las mentalidades no hubieran madurado lo suficiente para que hubiera surgido este bienvenido y glorioso movimiento de familias a favor de sus hijas e hijos LGTB. Es más, tal vez sin estas décadas de movimiento, ella no hubiera alcanzado a entender quién es su hijo y lo que significa ser transexual. Por fortuna, nunca lo sabremos. Pero sí sabemos que muchas, muchas familias, han aprendido a comprender y a bien amar gracias a este movimiento que nos hace respirar orgullo.

Porque el movimiento LGTB ha transformado el mapa de los afectos. Que es, quizás, lo más profundo que hay y que se tiene que transformar. A poco que echemos la vista atrás –no mucho, un puñado de años– encontramos la foto fija de miles de jóvenes lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, abandonando sus casas camino del exilio; muchas y muchos adolescentes trans olvidando sus estudios por falta de entendimiento, de cariño; expulsiones del hogar; supresión de custodias a padres y madres LGTB; rechazos de familiares, de amigos… No vamos a hablar de discriminación legal, de faltas de derechos. Que también, pero ahora no hace al caso. Hablamos de falta de afecto, de amor, de malversación de los sentimientos porque la sociedad nos educaba para odiar, para rechazar, para no entender a las y los diferentes, para sentir incluso repulsión física ante ellos. Aunque estos fueran nuestros propios hijos, padres, madres o hermanas.

Esto fue así, lo sigue siendo en la mayor parte del Mundo. En nuestro país, por suerte, la situación ha cambiado. Ahora incluso resulta difícil creer que esto haya de forma tan masiva. Porque este país está irreconocible. Y eso se lo debemos al movimiento LGTB. A estos 40 años de lucha por los derechos, por la igualdad… y por los afectos.

Un movimiento que ha provocado una revolución contando, durante décadas, con una única herramienta: la visibilidad de quienes unían sus fuerzas en él. Pacífico, sin violencias, sin dinero, sin apoyos institucionales durante mucho, mucho tiempo. Mostrándose, demostrando que conocernos es querernos. Haciendo caer prejuicios, rasgando velos de estigmas.

Y el movimiento LGTB, puesto que no tenía referente ni espejo en el que mirarse, se ha ido construyendo sobre la marcha, creciendo, ampliándose, entendiéndose a sí mismo, incorporando nuevos apoyos y nuevas perspectivas. Desde el punto de vista personal esta lucha siempre se percibe como desesperantemente lenta. Cuando una niña, un adolescente, una persona LGTB cualquiera sufre, se siente sola, no aceptada o incluso sin esperanza, cuando un joven trans se quita la vida, nos evidencia que vamos lentos, que vamos con retraso. Pero desde un punto de vista histórico, este proceso ha sido vertiginoso, casi increíble. Cada paso nos ha llevado a otro paso, cada escalón nos ha permitido subir otro más, y así hemos ido ganando espacios sociales, comprensión, afectos. Sin cada paso anterior, no hubiera sido posible abrir nuevas puertas de armarios.

Y ahí están las opiniones de cada cual para juzgar qué cosas se han hecho mejor o peor, si el movimiento debía haber acabado también con el capitalismo, con la familia, con la injusticia global, con el binarismo de género, si tenía que haber cubierto de glamour a nuestra gris sociedad, revolucionado las formas de construir las masculinidades, etc., etc. Que cada cual rellene su particular línea de puntos en su particular concepción de la función de los movimientos sociales y, en concreto, del movimiento LGTB. El camino no se ha acabado y trabajo, queda mucho por hacer. Pero algo parece indudable: el mapa de los afectos sí ha resultado alterado. Para bien. Hemos aprendido a querernos y a querer más y mejor. Y ese mérito siempre estará en el currículum del movimiento, de nuestro movimiento.

Por eso, ayer, 28 de abril, el día en el que FELGTB ha cumplido 25 años, resulta muy afortunado que nuestra organización, haya optado por declarar este 2017 como Año por los Derechos LGTB en todo el mundo. Porque ese mapa de los afectos que hemos transformado, que estamos en proceso de transformar más profundamente, no admite fronteras.

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