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El año de las familias: la esperanza arcoíris

Juan Andrés Teno (@jateno_) , periodista y activista LGTBI especializado en Diversidad Familiar

Foto: Madison Scott-Clary

Hace ahora 12 años que en España se cerró el ciclo democrático con la reforma del Código Civil en materia de matrimonio. Por fin todos los españoles no sólo tenían las mismas obligaciones sino que también podían gozar de los mismos derechos. Los ciudadanos de segunda habían desaparecido.

La gran fiesta de la comunidad LGTBI era que todos los ciudadanos podían, si querían, contraer matrimonio y expresar públicamente su amor a través del registro civil. Pero lo más significativo de aquella apuesta valiente no fue la posibilidad de que dos hombres o dos mujeres pudieran casarse, lo verdaderamente revolucionario fue que podrían tener hijos en común.  Así nació la esperanza arcoíris, el futuro, la continuidad de la especie a través del amor entre personas del mismo sexo.

Ha pasado más de una década y sigo pensando que el legado más bello que nos dejaron Zapatero, Zerolo, García, Gimeno, Fernández, Poveda, Cádiz, Gomez, Antonelli… son nuestros hijos e hijas, tanto aquellos que estaban aquí antes del año 2005 como los miles que han venido después. Y han llegado porque han sido paridos por sus madres, engendrados por sus padres, adoptados, acogidos, nacidos gracias a la belleza científica y humana de la gestación por subrogación.

Son nuestros jabatos, nuestras heroínas. Algunos son ya jóvenes que encajan su futuro enarbolando la bandera arcoíris que han mamado en sus casas. Pero estos niños singulares han estado y siguen huérfanos.

La clase política y el activismo LGBTI creyeron que con darles legitimidad jurídica estaba todo el trabajo hecho; sus padres y sus madres ya sabíamos que el proceso estaba comenzando, y en eso nos hemos quedado: en el inicio. Somos conscientes, las familias homoparentales, de que somos la minoría de una minoría, de que nuestros vástagos son el reducto menos numeroso de esa comunidad que ha sido estigmatizada durante muchos siglos, pero son nuestros hijos. Son la belleza, el futuro, nuestra lucha diaria, nuestro compromiso social, nuestra aventura en la vida, nuestro barco y, aunque enfile peligrosamente hacia lo cursi, nuestro timón.

La orfandaz normativa la encontramos cuando inician su etapa escolar, cuando son objeto de acoso, cuando difaman a sus familias… y no encontramos asidero legal para hacer valer sus derechos.

Las leyes LGTBI que han ido apareciendo desde hace unos años los obvian. Cataluña, Galicia, Madrid y Extremadura ha redactado unas normas en las que se intuye su protección, pero no se explícita. Lo que no se nombra acaba por no existir y nuestras hijas e hijos están ahí, siguen creciendo y están desamparados.

La solución ante esta pasividad normativa es que estas niñas y niños sean considerados miembros de pleno derecho del colectivo LGTBI hasta que alcancen su mayoría de edad. De este modo conseguirían la misma seguridad jurídica que los menores LGTBI: todos iguales, todos protegidos, todos blindados en su desarrollo personal y social.

Esta denominación es urgente que se incorpore a las leyes que se están gestando en Andalucía, Aragón, Valencia y Navarra y que sea uno de los pilares que sostenga la Ley Estatal, cuyo borrador ha depositado la FELGTB en la conciencia de los partidos políticos. Para ello, previamente, es necesario que los colectivos LGTBI asuman a nuestros hijos, los acojan como miembros necesarios de esta comunidad y públicamente reconozcan una situación de hecho y transformarla en una realidad de derecho.

Y hay que hacerlo ahora, antes de que sea demasiado tarde y de que alguno sea víctima de LBTBIfobia a causa de la orientación sexual de sus madres o sus padres. Cuando la horda cavernaria abre sus fauces y exhala exabruptos homófobos, uno de sus pilares de insensatez va dirigido directamente sobre la homoparentalidad. La bestia ruge por que le hemos arrebatado la exclusividad de una estructura social que creían poseer en exclusividad: la familia.

El año en el que Madrid acoge la celebración internacional del Orgullo (World Pride), la FELGTB cumple un cuarto de siglo de lucha por nuestros derechos y se conmemora el 40 aniversario de la primera manifestación en España que clamaba por nuestra dignidad; este año, debe ser el comienzo de una nueva era en la que se vea reconocida la lucha diaria que enfrentamos las familias homoparentales.

Por todo ello, el 2017 debe ser el año de las familias, que es lo mismo que afirmar que debe ser el año del futuro.

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