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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Mohammed no tiene quien le pregunte

Por Enrique Anarte (@enriqueanarte)

Foto: r2hox (Lavapiés - Madrid)

Foto: r2hox (Lavapiés – Madrid)

Mohammed (nombre ficticio) vive en Madrid. Es árabe, de un país rico en problemas y pobre en soluciones. Probablemente porque se las robaron las oligarquías locales y los intereses extranjeros. Un país que hoy se asocia con algunos de los capítulos más oscuros de las historia de la Humanidad. Podría ser Siria, Irak, Yemen. En el fondo, el nombre no importa. Las vidas deberían valer lo mismo, al margen de las fronteras.

No es ese, sin embargo, el país que Mohammed recuerda. El día en que nos conocemos, tras hablar unas semanas por una popular app para chicos gais, se abre sin problemas a mi quizás demasiado incisiva curiosidad. Me habla de su antigua vida, de su familia, del chico con el que hace un tiempo compartió sueños de futuro. Me habla de su fe. Lo hace armado hasta los dientes de explicaciones, de justificaciones, como si tuviera que rendir cuentas por lo que siente. Como si yo tuviera derecho alguno a juzgarlo.

Lo hace desde la experiencia de la incomprensión. Huyó de su hogar (de la guerra, del hambre, de la miseria, qué más le da al que no tiene más remedio que huir) y llegó a España para seguir viviendo, a pesar de todo. Parte de su familia residía en otras ciudades españolas, parte llegaría después. Su padre sigue allí. Se mantiene en todo momento pendiente de su móvil de última generación: si ve que se conecta a Skype, tiene que llamarle inmediatamente; las oportunidades son escasas y no sabe si podrá volver a hablar con él. La banda sonora de nuestra conversación es la alegría y el animado ambiente de las terrazas de Lavapiés. Cuando habla con su padre, no obstante, lo hace teniendo que elevar el tono o repetir lo dicho a ratos si, de repente, el atronador sonido un tiroteo o una explosión hacen inaudible la voz del ser querido.

Llegado un momento, enmudece. Siento cómo nace un sentimiento de empatía y comprensión, pero me equivoco: no puedo entenderlo. No puedo entender tanto dolor. Me pide cambiar de conversación. Durante un momento, no sé cómo reaccionar. No sé qué preguntarle.

Empieza a hablarme de su nueva vida aquí. Ha tenido problemas con los caseros: muchos lo echan sin miramientos cuando descubren que es árabe y musulmán. No va a pregonar su fe, pero tampoco va a esconderla, si le preguntan. Ellos, en su ceguera, no ven al refugiado, pero sí una amenaza, un peligro, un riesgo. Al final, no obstante, ha encontrado piso y lo han contratado para trabajar en una multinacional que valora sus conocimientos de inglés y árabe. Además, ha empezado a tejer una red de nuevas amistades. Menciona a sus amigos más antiguos, los que ha dejado allí, pero decide no seguir hablando. Los recuerdos están manchados de sangre, polvo y agua salada.

Conocer a gente es, en general, una ayuda. Aunque a veces no. “Los musulmanes persiguen, torturan y asesinan a los gais”. El sermón se repite casi a diario. Me lo imagino tratando de dar una explicación, estrellándose contra las puertas cerradas de la razón occidental. Me lo imagino sentado ante un jurado, culpable por querer ser feliz sin renunciar ni su orientación sexual ni a su fe. Sencillamente porque, para él, ambas son irrenunciables.

Reconoce que ser homosexual allí, en el hermoso país que habita en su memoria, no era precisamente fácil, al menos no visto desde aquí. La verdad es que su definición de normalidad escapa al sentido común que dicta mi cosmovisión. Secretismo, peligro, protección del honor familiar. Entiendo que no pretende convencerme, igual ni siquiera justificar un determinado modo de vida. Solo está explicándome cómo funcionaba aquello. Antes del desastre, claro, cuando todo iba bien. “Claro que había problemas, pero podíamos vivir, teníamos un futuro”. Los paralelismos a la Europa cristiana, (hetero)patriarcal y racista de no hace muchas décadas eran más que evidentes.

Quiero explicarle que estoy dispuesto a escucharle. Le hablo de Brigitte Vasallo y su crítica  a la mirada colonial sobre los derechos de las mujeres y las personas LGTBI en sociedades no occidentales. Charlamos sobre las interpretaciones del Islam que compatibilizan sus creencias y valores con la defensa y el respeto de la diversidad sexual y de género, como Muslims for Progressive Values. Le hablo del papel, perfectamente documentado aunque todavía ausente de muchos libros de texto, que tuvieron los imperios coloniales europeos en la imposición de legislaciones y valores homófobos a lo largo y ancho de sus colonias; de la necesidad de incorporar todos estos matices trascendentales al envenenado debate sobre el Islam y los derechos humanos que invade nuestras universidades, nuestros bares, nuestro día a día.

Asiente a todo, apenas dice nada. Supongo que tiene tanto que decir al respecto que no sabe por dónde empezar.

Si acaso alguien le preguntara…

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