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Contamos historias extraordinariamente cotidianas que nombran cada una de las realidades de la diversidad sexual y de género.

Porque no soy el ‘chico mono’ del que hablas

Hoy Enrique Anarte (@enriqueanarte) nos trae un relato del que no te podrás bajar.

Fotografía de Marina Tizón

Fotografía de Marina Tizón

Miradas. No demasiadas, más algunas veces, menos otras. Miradas que, sin decir nada, lo dicen todo. Si una imagen puede decir más que mil palabras, una mirada debe rondar niveles parecidos. Suele acompañarlas el comentario de turno: “Eres muy mono”. O aquello de: “¿Te han dicho alguna vez lo guapo que eres?”. Sonríes. Miras hacia abajo. Sientes, sin saber por qué, que deberías sentirte halagado. Es una sensación violenta porque, al mismo tiempo, algo dentro de ti, muy adentro, te insta a gritar un par de verdades. Las palabras se enredan en la lengua. Al final te limitas a sonreír y mirar hacia abajo.

El que habla es un hombre. El que escucha, tú, también. Vienes de cenar con una amiga, una feminista radical, de estas que no calzan tacones y ejercen la legítima defensa cuando un piropo les violenta en plena calle, en el metro o en un bar. Tú la admiras: le pides que te cuente una y otra vez sus anécdotas sobre cómo se enfrenta a los tíos que se le acercan demasiado en las discotecas, sobre cómo descarga todo su armamento transfeminista cuando un obrero precavido se fija en la chica solitaria que anda unos metros más allá. Te encanta aquella de El Rocío, cuando el capillita de turno se le arrodilló a decirle lo guapa que era y las mil bulerías que le cantaría a la semana y ella, en legítima defensa, apartó al acosador de un manotazo. Mon corps m’appartient, lleva ella tatuado en un lateral del torso. Qué suerte que haya mujeres como ella en este mundo.

Tu acompañante insiste: “Qué chico tan mono”. Vuelves a la realidad. A la abrumadora realidad de esas cuatro paredes, un cuerpo cerca de otro y, entre los dos, cientos de historias de distancia: de soledades, de incomprensiones, de esperanzas, de decepciones, de supervivencia. Y, contra todo pronóstico, allí estáis, y todo se reduce a esas cuatro palabras. Qué chico tan mono.

Las velas susurran, amenazando con apagarse en cualquier momento. El alcohol, intacto aún, desprende el mismo aroma de amargura que tu mutismo. No te atreves a rebelarte contra ese piropo. Más bien al contrario: buscas razones para aceptarlo. Que alguien te diga que eres atractivo físicamente es algo bueno, ¿no? Nadie responde. ¿No? Eco, silencio.

Suele ocurrirte. Te pasa a izquierda y a derecha, lo mismo da comunistas que liberales. Han visto todos tus (engañosos, por cierto) perfiles fotográficos pero no se han dignado a repasar tu Linkedin o tu tuitline para buscar pistas sobre qué te interesa, a qué dedicas todo ese tiempo en el que no te miras en la cámara interna del teléfono. ¿Por qué iban a leer más de dos párrafos que hayas escrito? Al final, todo se reduce a una suma de likes en Facebook e Instagram. Aquí todas (ojalá) somos feministas: ni se nos ocurra llamar a una chica solo “mona”. Patada en el careto. Ahora bien, tocar el culo al chico mono está permitido: solo es el chico mono. El que sale muy guapo en su última foto. (Nota del autor: es necesario un ejercicio de imaginación muy grande para obviar todas las lacras patriarcales de nuestra sociedad y la reiteración de la gran mayoría de las formas de violencia de género. Si a alguien no le chirría esta ficción es que no probablemente no sea consciente de la gravedad de este problema)

Cuando salís juntos, él discute sobre política con sus amigos. O economía. Grandes líderes del futuro, de los de toda la vida. Tú eres el chico mono y te toca cerrar el pico. Piénsalo bien, podría ser peor: podría tocarte jugar el papel de payaso andaluz. A pesar, no obstante, de ser de los pocos en la mesa capaz de diferenciar entre el complemento directo y el indirecto. Vuelves a las cuatro paredes, que ya no oprimen. Lo miras a los ojos.

No soy un chico mono. No quiero serlo. No tiene mérito alguno ni creo merecer ningún reconocimiento. Prefiero hablar de política. Prefiero poder equivocarme. Hablemos de mis errores, de mis sueños, de este sentimiento de absurdo vital que me ahoga por la noches. Con tus piropos me estás convirtiendo en una cáscara vacía. Un cuerpo incapaz de nombrarse, de emanciparse, de identificarse más allá de tus galantes cadenas. No soy un mueble, y menos aún un estereotipo. La igualdad no era esto. Me estás cosificando. No soy un chico mono. Y esta cena se ha acabado.

2 comentarios

  1. Dice ser Jaja

    Si nos ofendemos porque nos digan que somos un chico mono (o una chica mona) a lo mejor es porque somos nosotros mismos los que tememos no ser nada mas. Un piropo es algo dicho para agradar (con unos límites de buen gusto, claro). No carguemos a los demás con nuestras inseguridades.
    Las anécdotas de tu amiga, por cierto, ni pizca de gracia. No se es menos mujer por aceptar con una sonrisa en que te digan que eres guapa. Ahí estas tu para demostrar que, además, eres otras muchas cosas.

    08 junio 2015 | 11:02

  2. Dice ser reina

    vaya tontería hijo mio

    09 junio 2015 | 18:34

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